Pueblo, Estado y Poder

Por Mauricio castaño H 

Historiador

Colombiakrítica



Un Pueblo Sin Poder

Estado sin Pueblo, Pueblo sin Estado.


Todo viviente precisa de un territorio para desplegar su vida, su ex-istencia (Ex fuera, stecia sentir), y dónde hay más de uno, hay disputa de Poder. Es una condición biológica, de vida. En el ser humano puede ser más complejo por el lenguaje que envuelve sus hechos, su acontecer. Y es en la concreción del llamado Poder político en donde los hombres validan esto o aquello. 


Vale el ejemplo de la expresión Estado sin Pueblo y Pueblo sin Estado, en la historia se tiene el pueblo de Palestina que se les ha negado el territorio por parte de Israel, por eso aquella expresión de Estado sin Pueblo y viceversa también. Incluso se dice un Poder sin Gobierno. Aquella realidad cruda del territorio y de la existencia, en el humano se cubre con la capa del lenguaje al punto de definirnos por ese extremo que nos cubre, nos envuelve y define como seres del lenguaje. Pero ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre, porque ante todo seguimos siendo animales en ese piso biológico que a todos nos asiste, el lenguaje es posterior gracias a la doma que es la civilización.


Mejor vale decir que somos toda esa realidad compleja para lo mejor y para lo peor, somos bestias domadas por el lenguaje, por la cultura pero al fin de cuentas seguimos siendo esas bestias que dormitan en nosotros que desde luego se tiene su despertar: la ira de intenso dolor, el síndrome de la cama que arde, los odios ancestrales de Caín y Abel, los hermanos que disputan preferencias, y que gana el más diestro en el dominio y manejo de las herramientas o armas como en esta historia bíblica del puñal asesino; o en el amante enceguecido por la infidelidad que quiere morir matando, matar y comer del muerto.


Excedentes, Acumulación


Toda vida es despliegue de energía productiva, erótica, pulsional. En este ser humano en particular, se tiene como evento único de esta especie la acumulación de bienes, los excedentes y subsidiario de ello, se deriva todo lo competente a la destinación de hombres y tiempo para tales fines referidos al almacenamiento, conservación, en sí administración de esa acumulación de productos. Y esto no es más que la distribución del Poder, quienes hacen esto, quiénes hacen aquello, y desde luego las creencias median, regulan el obrar, los privilegiados, los ricos harán esto, los pobres harán aquello.


El excedente de riqueza motiva disputas en los grupos de Poder por quién hacerse a todas ellas o quedarse con la mejor parte. Los excedentes motivan los gastos suntuosos como muestra de unas ventajas de ciertas clases que el Poder privilegia. Incluso, enseñó Goerges Bataille, los excedentes son aprovechados para ejercer dominio, poder, quien más da termina aplastando, humillando a quien recibe pero también a su adversario que no lo supera en despilfarro de generosidad. Incluso al Estado está anexa la corrupción que es el excedente apropiado por los que poseen el Poder.


Los mass media y la Estupidez


Viene a cuento la estupidez. La estupidez no es un error ni una sarta de errores, es más bien una manera de ser. En nuestros días los gestos repetitivos que generan dependencia solo sirven a la gran publicidad y también para instalar en las personas este o aquel sentir, este o aquel pensamiento, este o aquella preferencia política que comandan los nuevos feudos de la Inteligencia Artificial al servicio de los grandes intereses capitalistas, tal y como viene sucediendo en las elecciones políticas en países donde se juegan intereses geoestratégicos. 


Estos hechos son los que están acabando con las democracias gracias a los mass media que fabrican estúpidos, idiotas sin el pensar necesario para cuestionar el matadero a donde sin conducidos. El pensamiento crítico ha sido vencido por la manipulación y adición a los mass media.


Vale una explicación sobre el porqué elegimos a nuestros verdugos, el miedo nos paraliza, nos consume, nos asiste una tendencia al abandono, la tentación a la renuncia, a abandorlo todo, y entonces adviene de algún lado cualquier tonto, cualquier idiota que encarna esa pulsión y no dudamos en seguirlo no importa que estemos pisando el propio infierno, que nos lleven al propio matadero


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El Fracaso Escolar, Cultura Mafiosa

 Por Mauricio Castaño H
Historiador
Colombiakrítica


Remachar, insistir sobre el fracaso de la Escuela en formar una sociedad crítica y edificante. En su lugar tenemos el triunfo de escolares acríticos absorbidos por modelos mafiosos, vidas ostentosas, de rumba y todo lo relacionado con el bajo mundo. No es difícil percatarse cuando las estadísticas arrojan que más del sesenta por ciento de los jóvenes son expulsados de la escuela, no logran graduarse como bachilleres, pero además, el sistema educativo no logra competencias de lecto escritura, matemáticas, ciencias básicas. Esto lo evidencian las pruebas Saber y Pisa.


¿Ganó el pulso la sociedad mafiosa a la propuesta educativa?


El Fracaso de la Escuela


El sistema educativo es una máquina de expulsar fracasados, su diseño vertical, autoritario está hecho para compaginar con una sociedad piramidal que rinde culto al mérito como su nuevo evangelio capitalista para producir exclusión. Los estudiantes son expulsados a la calle en el medio de la nada, porque se sabe que la calle alberga lo mejor y lo peor, allí la crudeza de la sociedad se manifiesta en blanco y negro, y decirlo de una vez, es el hampa, el mundo criminal, el que allí reina, absorbe de qué manera, con la complicidad de las autoridades sometidas a los pillos, en los barrios lo ilegal es ley, la muerte es el recurso para dejar vivir o hacer morir, los matones de barrio obedecen al Patrón.


Cultura Acrítica


Tengo para decir una falencia de cultura crítica en nuestra sociedad colombiana. Y como nada permanece vacío, bueno es preguntarse por lo que prevalece, y no hay dudas en la respuesta: la cultura mafiosa. Una anécdota ilustra bien nuestro decir. Tres décadas atrás, cinco estudiantes (no importa la cifras, son miles, la mayoría para mejor señas, los que se identifican con este sentir), se acercan al sensato y riguroso profesor de geometría y matemáticas en un colegio de las periferias de la ciudad de Medellín, palabras más, palabras menos, esto dicen en tono relax y de dar parte de tranquilidad: «Profe… no se mate tanto enseñando… a nosotros nada de eso nos interesa ni nos va a servir… nosotros estamos acá (estudiando) para escapar de la cantaleta de los papás… a nosotros lo que nos interesa es conseguir plata como los duros del barrio (traquetos, pillos, matones).


Contagio, Pandemia Mafiosa


Contagio, imitación, son equivalentes en los comportamientos sociales. Gabriel Tarde, micro sociólogo francés, develó el caminar distinto de una ciudad a otra, las comunidades se copian los gestos, se imitan a partir de un modelo, un patrón. En nuestra sociedad actual no es difícil constatar esto, mirar en las calles, transporte público, espacios comunes, en todo lugar donde se desenvuelve la vida social y privada, un sonido, un ruido no ha de faltar; tan variados según el formato: en espacios públicos los comerciantes muelen anuncios y amenizan con música para todos los transeúntes, de vez en vez, se interrumpe con una voz anunciante de los productos y las ofertas del momento, local tras local compiten con anuncios en disputas de clientes, es todo un mar de caos auditivo, pero sólo algunos reparan porque todo esto ruidoso es parte del paisaje, en un gran mercado de cachivaches con el cual blanquean dineros del traqueteo. 


Pero esto que se irriga hace parte del mal gusto, de una cultura mafiosa, traquete que tuvo su cara publicitada con Pablo Escobar, aún hoy lo siguen festejando, celebrando en souvenir como gorras, camisetas, llaveros. Y desde luego en cierta música popular como los narco corridos. Miles de turistas vienen a Medellín y Colombia en busca del paraiso de drogas y tetas, del gran mercado del turismo sexual. Grandes negocios lavan dineros de la mafia acá y en el mundo, el fútbol también es una de las empresas perfectas para estos fines. Por donde se quiera se mire, la gran oferta del gusto del traqueteo está disponible.


El libro: sustenta la formación crítica


Ante ponemos a esta cultura mafiosa del bajo mundo y acrítica, una paideia para la vida, una educación que va desde la escuela, la calle, los lugares comunes hasta la familia. Acá nos encontramos con el universo del libro. El libro es un buen instrumento para forjar un pensamiento crítico por la complejidad que despliega, que lo caracteriza a diferencia del habla o de los procesos de habladurías, que son en la práctica espontáneas al igual que los gestos de rostro y manos a los que recurre. Es el leer un buen libro la posibilidad de surfear por el globo terráqueo, incluso por la función cerebral de la imaginación que nos proyecta dos pasos adelante.


Y por supuesto el escribir no es ajeno. Y por el contrario, el proceso de escritura exige niveles de ingenio y creatividad para elaborar figuras literarias de esos mismos gestos humanos propios de la comunicación, del relacionamiento humano de cada cultura, aunque existen gestos universales como por ejemplo la risa, la tristeza, el enojo, pero que en el habla son bien diferentes. No es gratuito que el libro y la flor sean el mejor regalo en las fiestas de San Valentín en España, cuna de Don Quijote, el señor que hizo del cultivo de las letras toda una pasión de vida al punto de confundirse con ellas mismas, la figura Don Quijote era larga como una letra (Foucault).


Pero cosa rara y extraña es hoy tener un libro en la mano, en cambio es anhelo y orgullo tener pistola en el cinto o hacerse acompañar de matones, da prestigio y poder, es el legado de la sociedad traqueta y mafiosa, conseguir dinero es el norte, ser estudioso y profesional es de tontos.


Cultivar una sociedad crítica exige esfuerzos para desarrollar pensamientos edificantes y creativos. Y esto está muy lejos de prácticas repetitivas que conducen a la idiotez como se percibe en el mundo actual con el desarrollo de las redes sociales. No es gratuito que países como Francia e Inglaterra estén regulando en niños el uso de dispositivos electrónicos y con ellos las adictivas redes sociales.


Finalmente recordamos la triada a tener en cuenta para una paideia para la vida, una educación integral compuesta por las tres instituciones que siguen sin remediar los males y que por el contrario los mantienen, los toleran y los agravan, son estas tres instituciones a decir de Francois Dagognet: La justicia que sólo se contenta con partir la pera en dos; La Escuela reproduce (exclusión) más de lo que produce (saber, inclusión) y por último la religión asfixiada en el solo dogma sin dinamizar el cuerpo presente de la solidaridad en la comunidad mutua y de amor deseada. La noche más oscura tiene su amanecer resplandeciente. Toca tener esperanza, es lo último que se pierde.


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Plinio Mendoza Vs. Antonio Caballero


 Dos columnas, dos columnistas, a nuestra manera de ver, dos miradas de país, una que representa lo ultra Conservador y derechista (Plinio) y Otra libertaria en referencia a la cultura democrática (Antonio Caballero), son dos miradas que reflejan a su manera el país político en el que nos debatimos desde los inicios republicanos. Colombiakrítica

El periodismo colombiano está de luto con la muerte del gran Plinio Apuleyo Mendoza. Su pluma certera y ácida será inolvidable. Por eso quisimos recordar el día en que el boyacense se sacó chispas con Antonio Caballero en las páginas de SoHo. Redacción Soho. De esta revista tomamos las siguientes dos columnas .

 


Plinio en los infiernos

Por Antonio Caballero

Me piden que escriba algo sobre Plinio Apuleyo Mendoza. Una crítica. Ah, ¿un artículo explicando por qué Plinio es un horror?

Sí, eso. Así que escribo esto. Y empiezo citando un texto de Plinio de hace veinte años referido a una conversación que mantuvo con su padre hace cuarenta. Plinio padre, que sabe que pronto va a morir, quiere traspasarle a Plinio hijo su acción del Jockey Club de Bogotá, según él, el mejor sitio para hablar de política y de negocios mientras se saborea un estupendo ajiaco. Pero Plinio hijo la rechaza:

 -Viejo -le dice, con cariñosa firmeza-, siempre se ha dicho en este país que los que son izquierdistas a los veinte años, a los cuarenta aspiran a ser socios del Jockey Club. Quizás una excepción a la regla no esté mal.

Excepción que iba a ser, naturalmente, el propio Plinio el joven, que por aquel entonces se consideraba un rebelde romántico y llevaba en Europa una vida de intelectual bohemio en el exilio. 

Pero no: volvió a imponerse la regla. Muy pronto el joven Plinio experimentó una conversión tan radical como la de San Pablo en el camino de Damasco, pero no al cristianismo, como aquel, sino a la burguesía. Una mañana despertó con la añoranza desesperada de aquella acción del Jockey Club que tan alocadamente había dejado pasar delante de sus narices, y por el resto de su vida se dedicó con todas sus fuerzas a recuperarla. Tal vez fue André Gide el que dijo que “hay que seguir la propia inclinación, pero hacia arriba”. Plinio ha seguido la suya, sí, pero cuesta abajo, como quien se echa a rodar a botes al abismo.

Y así, de tumbo en tumbo, de lambonería en adulación, de artículo de compromiso en artículo de encargo, de agregaduría cultural en embajada en Roma, de amigo millonario en amigo presidente, de amigo paramilitar en mujer hermosísima (es curioso: Plinio, de creerle, sólo ha conocido mujeres hermosísimas y personajes de fama universal; unas y otros lo adoran a él), de tumbo en tumbo, digo, acabó Plinio siendo lo que es ahora: embajador de Portugal.

Él hubiera preferido Francia. Pero bueno: más vale pájaro en mano. El resultado de esa decadencia, devastadora como la descrita por Wilde en El retrato de Dorian Gray, puede leerse en el rostro devastado de Plinio. Como decía Pavese, a partir de los cuarenta años todo hombre es responsable de su propia cara. Y las etapas de su itinerario pueden seguirse al hilo de sus libros. O, mejor, al hilo de sus títulos, todos ellos resueltamente autobiográficos: El desertor, Años de fuga, El perfecto idiota latinoamericano.

Es una lástima. Pues la verdad es que Plinio tenía todas las condiciones necesarias para ser otra cosa. Un gran escritor, por ejemplo. Tenía la inteligencia y el talento, el humor y la cultura, y el dominio de la palabra. De todo eso se pueden todavía encontrar retazos en sus artículos de prensa o en sus libros de chismes. Pero le faltó perseverancia, y se dejó dominar por la sordidez de sus más bajos apetitos: las ganas de probar un estupendo ajiaco en el Jockey Club. Y sin embargo no creo que, pese a las apariencias, esté de veras satisfecho: buscando el paraíso en la Tierra ha terminado en el infierno.

¿En cuál de los Círculos del Infierno hubiera puesto el Dante a Plinio, de haberlo conocido? ¿En el primero, ese tedioso limbo de los que no conocieron la verdadera fe? ¿O en el Segundo, el de los pecadores de la carne? Pero habría que saber si Plinio ha amado alguna vez. Tal vez le correspondiera un lugar en el Tercero: el de los envidiosos, los ávidos, los voraces, los glotones: ese ajiaco en el Jockey. O en el Cuarto, con los despilfarradores del propio talento; o en el Quinto, con los coléricos y los rencorosos. Quizás no en el Sexto, donde moran los herejes. Pero sí, con sobrado derecho, en el Séptimo, a donde van los violentos, porque toda su vida ha sido Plinio un apóstol de la violencia: la violencia de extrema izquierda en su alocada juventud, y la de extrema derecha en su edad madura de converso. Y aún mejor estaría en el Octavo Círculo, el más poblado del poema dantesco: el de los tramposos, los lambones y los aduladores, los hipócritas, los mentirosos, los falsarios, los simuladores.

El que más le conviene, sin embargo, es sin duda el Noveno y último Círculo infernal, en la mismísima triple boca de Lucifer, siendo incesantemente masticado en compañía de Judas Iscariote, que traicionó a Cristo, y de Bruto y Casio, que traicionaron a César. Pues el pecado capital de Plinio es el más terrible: se traicionó a sí mismo, como Ángel Caído.

Y esa traición -por un plato de ajiaco- no tiene la nobleza grave de un lúcido suicidio, sino la deshonrosa alevosía de un asesinato por la espalda. 


Caballero y sus alacranes Por Plinio Apuleyo Mendoza


 Algunos lo encuentran temible. Otros, genial. A mí, francamente, no me parece ni lo uno ni lo otro. Como debe ocurrirle al propio Felipe López, observo el caso de Antonio Caballero con una mezcla de divertida tolerancia y de humor. Antonio me recuerda a esos perritos que ladran con estrépito a quien le pase por delante, pero más por susto que por ferocidad. Siempre he sospechado que el veneno que segrega cada nota suya encubre una visceral timidez. Lastimado por ella, Caballero le tiene cazado un vengativo desquite al género humano.

Por vecindad política, comparte con los mamertos la manía de ponerles rótulos infamantes a quienes no piensan como él. A mí me llama derechista o ultraderechista, arribista y amigo del capitalismo salvaje. O, convertido en juez de belleza masculina, me acusa de tener orejas grandes. Es poco si se tiene en cuenta, en otra escala, que a Eduardo Santos lo ha calificado de mediocre, a Alberto Lleras y a López Michelsen de presidentes insignificantes, a Misael Pastrana y a Turbay Ayala de corruptos, a Uribe Vélez de incompetente porque aún hay muertos en Colombia, a Hommes de doctor Jeckill del neoliberalismo, a Bush de émulo de Hitler por haber sacado del poder al bueno de Sadam Hussein, y a Londoño no se diga.

De sus diatribas sólo se escapa Abdón Espinosa Valderrama, porque comparte con él la misma fobia contra el modelo de desarrollo liberal. Se quedaron ambos en el pasado, imaginándose que son todavía de vanguardia. Abdón es fiel a los dogmas de la CEPAL y a los monopolios estatistas. Antonio, a los del izquierdismo elemental de Alternativa. Sus compañeros de entonces abandonaron, con las primeras canas, la vulgata marxista de su juventud. Impávido ante el óxido de sus credos, Caballero tiene, en cambio, la misma aversión de entonces por el capitalismo, la burguesía, los norteamericanos, las corbatas y la máquina de afeitar. Hubiese querido conservar también el pelo largo, pero se le cayó (como a mí). Eso explica que por dentro parezca un eterno adolescente y por fuera, un hippie viejo. 

Políticamente, representa el personaje que con Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa tipificamos en el Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano. Para saber quién lo era y quién no, Montaner hizo un test con una docena de preguntas. ¿Seríamos pobres porque las potencias capitalistas saquean nuestras riquezas, por la voracidad de los inversionistas extranjeros, la globalización o las condiciones de usura del Fondo Monetario Internacional? ¿La mejor manera de acabar con la miseria extrema sería expropiar de sus bienes a la oligarquía y repartir esa riqueza entre los pobres? 

Claro que las respuestas de Caballero serían afirmativas. No todas, pues, reacio a cualquier autoridad, nunca ha digerido bien las revoluciones redentoras. (La izquierda en él, como el cepillo de dientes, es de uso estrictamente personal). Así que en vez de doce puntos, tendría sólo unos ocho de respuestas afirmativas lo que, según Montaner, no lo clasificaría de perfecto idiota sino apenas de idiota a medias, vale decir, políticamente hablando, de medio idiota, minusvalía que podría corregir leyendo mejor a Eduardo Galeano, los sermones de Fray Betto y los poemas de Cardenal.

 Sus diatribas, por supuesto, no corren por cuenta solo de sus regresiones ideológicas, sino también de los alacranes que trae desde la infancia. ¿Será verdad que ve en el poder de Estados Unidos una representación a escala planetaria de una odiosa autoridad paterna que quería hacer de él un diminuto bailarín de flamencos y danzas sevillanas? ¿O realmente, como ya lo dije otras veces, le dieron su primer teterito con un chupo envenenado? Un psicoanálisis pondría estas cosas en claro. Pero no se lo recomiendo. Caballero sin alacranes dejaría de ser Antonio Caballero. Tendría, al fin, algún amigo, pero no lectores.


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