Por Mauricio Castaño H.
Historiador
Colombiakrítica

«Cuando se pone uno a dirigir una revolución, la dificultad no está en hacerla avanzar, sino en contenerla.» Mirabeau ... 40 años más tarde: «La dificultad no estriba en hacer salir al pueblo a la calle, sino en hacerlo entrar nuevamente en sus casas.» Casimir-Périer Julio de 1.830 «La Revolución, como Saturno, devora a sus propios hijos». Vergniaud. «Para la Revolución han hecho falta desórdenes; el orden antiguo no era más que esclavitud y, en este caso, la insurrección es el más santo de los deberes»


Todo el tiempo, en todo momento se toman decisiones, pensar es pesar se lo dice con frecuencia, sopesar, balancear entre opciones para optar por la que será considerada la más conveniente. A unos decidir les puede demorar años, décadas, para otros es cuestión de segundos. Se baraja aquí y allá hasta que por fin se acierta. Todo es cuestión de valores que enmarcan a todo ser viviente. La particularidad viene de las sensaciones y el cerebro, éste es un aparato de confrontaciones, siempre hay un balanceo por esto o aquello. En sí, uno siente, uno piensa con todo el cuerpo, toda nuestra piel es un filtro, un interfaz que nos reporta el mundo exterior, desde luego, doblado por nuestros sentidos. Por tanto, no es una toma de partido por un cerebralismo desvinculado del cuerpo, de la piel, del sentir, lo más profundo es la piel, ella refleja el adentro y el afuera, el mundo en mí. He allí un empirismo especial.


Pero acá un desequilibrio. Todo esto está bien hasta que se nota la ventaja excesiva que tienen los mass media para dominar las voluntades individuales de las personas. La servidumbre voluntaria es la obediencia ciega, casi que por reflejo sin reparos incuestionables. Obedecer a cambio de una paga, trabajar para ganarse el pan con el sudor de la frente, el obrero y la tiranía del patrón... qué importa, luego están las monedas que proporcionan pequeñas libertades. Obediencia a cambio de una especie de chantaje, de una paga que recompensa, el futuro a crédito, es lo más común en la relación explotado versus explotador.


En esto de las decisiones encontramos una especie de pesantez, una pesadez con la que se carga después de un hecho decidido, esa costumbre de mirar hacia atrás o hacia adelante, de valorar, chequear si se hizo lo mejor que pudo, si se hizo lo suficiente. O por el contrario la flojera hizo una mala jugada, estar anclados en el pasado, en los recuerdos por lo ya ido, esto no es más que estar presos de la nostalgia, de la aflicción: la viuda que entra en depresión, fuera de sí misma, sin principio de realidad, sin polo a tierra, en un eterno pasado aferrada, anclada a su difunto cónyuge, ha sido, es su único mundo de su existencia, su todo, regresarla de esa ficción del pasado es toda una proeza. El otro extremo es sumergirnos en la ansiedad por el futuro, el mañana incierto sin control que nos desvela, que nos quita toda paz posible.


En esto de la individualidad cada vez más anulada, negada, viene a bien una anotación final. La materia prima de las denominadas redes sociales, del mundo de la Internet, tienen gran estrella negra de desinformación, manipulación a través del flujo del odio que circula copiosamente. Y el análisis es tan raro como escaso. En la noche, con los ojos puestos sobre la pantalla, los dedos van deslizando de manera continua sobre contenidos volátiles, ningún procesamiento crítico, cosas baladíes, y más detrás, está un algoritmo que hace dinero. Manos, cuerpo, todo el ser es la riqueza de quienes se llenan los bolsillos con el oro digital. Las redes sociales son el ágora pública de los odios, las mentiras y de la idiotez. La polarización política se vende como pan caliente. El odio, las mentiras, la desinformación son la mina detrás del algoritmo que hace fortuna para unos pocos meta empresarios. 


La red social no es empresa tecnológica, es una empresa de publicidad que utiliza la tecnología para vender nuestra atención, su producto no son las plataformas, si no tú y yo, nosotros mismos, nuestras emociones, nuestros datos, el plato ofrecido es adictivo, cada vez queremos más y más sin límites, el movimiento perpetuo atrapa a la mayoría ingenua. La fé mueve montañas, pero también niega los abismos en los que uno cae.

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