Costumbres de Violencia

Mauricio Castaños H.
Historiador
Colombia Krítica
Débora Arango
Colombia es una nación insuficiente se le dice mucho, se debate entre la llamada modernidad y los grandes rezagos del antiguo colonialismo, industrias manufactureras y grandes haciendas agrícolas o de ganadería, un campesinado condenado a vivir en la miseria y unos ricos terratenientes de cultura colonial. 

Las ciudades son una mezcla de ese país con esos halos de modernidad y mucho de clases dirigentes ancladas en un viejo mundo, una clase dirigente inculta que aprendió a hacer dinero con el recurso de la violencia y la corrupción.


Pese a todos esos frenos azarosos de la cultura y quizás del mundo de la técnica, la llamada Colombia y sus ciudades son mayoritariamente una cosa bien distinta a lo que fue el mundo colonial o lo que fueron sus inicios republicanos. Algunos cambios así lo constatan: hoy se puede decir que no hay gente descalza en el país, los zapatos fueron de popularidad después de los años sesenta del siglo pasado, igual sucedió con los cubiertos y vajillas que acompañan las comidas, otro tanto sucedió con la masificación de la letrina o sanitarios, luz eléctrica para uso de los hogares, en fin, así muchos cambios que pueden parecer insignificantes pero que representaron grandes transformaciones para los individuos y para las familias colombianas.


Pero estos cambios tecnológicos si bien afectan o contribuyen a modificar ciertas prácticas cotidianas, existen otras costumbres que no cambian y que perduran y persisten como largas duraciones. La llamada cultura de la violencia es una de esas largas duraciones y en Antioquia se puede visualizar mejor porque tanto se ha hablado y estudiado que se ha vuelto familiar o parte del paisaje.


Es el antioqueño violento y se hace matar por aventajar al otro, en estas tierras se aprendió a usar muy bien la cerca que demarca los predios, y su uso ventajoso de correr la cerca en propiedad ajena hizo que se usara con frecuencia el machete en tiempos pasados y en los modernos el revólver, la escopeta y después de los ochenta el fusil o la motosierra para herir o asesinar a su posible oponente (La motosierra según está documentado se usó por primera vez en el Valle del Cauca para descuartizar campesinos a manos del paramilitarismo). Creemos que el mayor grado de la perfección de este recurso cultural de la violencia se da con el llamado paramilitarismo en donde confluyen esos dos mundos mencionados renglones arriba: terratenientes e industriales en bina usurpando violentamente tierras a campesinos que se volvieron obstáculos para ampliar las tierras de aquellos y también para favorecer logísticas y rutas del rentable negocio del narcotráfico.


Permear es una palabra que puede decir bien lo que ha significado esa toma del camino de la cultura de la violencia: esa violencia imbricada del país colonial y del país moderno ha permeado todos los rincones, todos los intertisios de la sociedad colombiana, de todas sus llamadas clases o estratos sociales. Fue con Pablo Escobar que Colombia se dió a conocer ante el mundo de lo que es una sociedad mafiosa: los delincuentes de cuello blanco se blindan con abogados inescrupulosos que juegan al derecho y al reves con los vacíos de la justicia, politicos aliados con la mafia, un Estado Mafioso,  los niños juegan a ser valientes pillos inatrapables por los policías, los jóvenes no quieren estudiar y mejor optan por el camino que los conduzca a la fácil riqueza, no correrán la cerca pero si echarán por el mejor atajo de llegar a una vida onerosa y bañados en montañas de dinero, aprendieron bien de sus mayores que la finalidad de la vida es hacer riqueza a como dé lugar: el sicario es bendecido por su madre para que le vaya bien en sus fechorías, su religión, su escapulario de María Auxiliadora lo protegerá y lo guardará de cualquier peligro, el sicario bien devoto es. La religión ha sido flexibilizada para salvaguardar el mundo criminal: El popular sacerdote García Herreros bendecía a Pablo Escobar, a los mafiosos, luego que les llenará sus bolsillos y alcancías.


El mundo del estudio y de las profesiones son bien devaluadas, así como la mala madre le dice a su hijo haga plata mijo cómo sea, pero haga, igual la inculta clase dirigente o sus gobernantes le dice a sus conciudadanos: defiendase como pueda, pero defiéndase, es el lenguaje de un régimen salvaje. Ese mismo mensaje pareciera susurrar el gobierno a las universidades públicas cuando recortan drásticamente su presupuesto para educar a la supuesta nueva sociedad.


No se dejará atrás, no se dejará de mencionar las grandes o las mega obras de infraestructura que hacen en el país o en las ciudades, pues su realización obedece a desarrollar o dar continuidad a ese país violento: hacen mega puentes o vías para que la industria automotriz se abarrote de ganancias sin importar su inviabilidad por su contaminación ambiental producida. Hacen parques o andenes en obediencia de la industria cementera. Y si ha de decirse del Estado Social de Derecho, júzguese: recortan beneficios de salud tendientes cada vez más a su privatización, con las pensiones cada vez se es más joven para jubilarse pero cada vez los viejos se hacen a temprana edad pero son inservibles para el trabajo.


En suma, la costumbre en colombia, su cultura está hecha con un tejido fuerte de una violencia salvaje en donde predomina el sálvese quien pueda, la solidaridad es un término escaso, y el valor de la vida se escapa velozmente. El mundo viejo terrateniente se trenza con un tímido sector industrial para parir lo más atrasado del denominado mundo contemporáneo.

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Decrecimiento o barbarie.

Entrevista  por
MONICA DI DONATO
Decrecimiento o barbarie.

Entrevista a Serge Latouche

“El decrecimiento tan sólo resulta posible en unas ociedad del decrecimiento’, es decir, en el marco de uns istema que se base en otra lógica”
Traducción del francés por Eric Jalain Fernández

La aparición del “Pequeño tratado del decrecimiento sereno”, publicado en España por Icaria Editorial, nos ha ofrecido la oportunidad de dialogar conS Serge Latouche. Filósofo y economista francés, es uno de los opositores más conocidos del proceso de occidentalización del planeta y uno de los críticos más duros de la ideología universalista de connotaciones utilitarias. Tras las huellas de las ideas de pensadores como Ivan Illich y Marcel Mauss, Serge Latouche reclama la liberación de la sociedad occidental de la dimensión universal de la economía, criticando, entre otras cosas, el concepto de desarrollo y las nociones de racionalidad y eficiencia económica. A través de las páginas
de esta entrevista, el pensador francés afirma la necesidad de un cambio cultural que desemboque en la creación de un nuevo enfoque, una nueva visión para abordar los problemas de un planeta al borde del colapso por hiperconsumo.

Así, frente a la expansión ilimitada, Latouche propone replantearse el propio concepto de bienestar y de riqueza; frente al fetichismo del PIB, que nos convierte en víctimas de una economía agobiante y acelerada, habla de decrecimiento sereno y de la felicidad de la sobriedad.

Pregunta: Prof. Latouche, Vd. es un economista, pero afirma haber perdido la fe en esta “religión”. Desde hace ya muchos años, tanto sus ideas y reflexiones como sus libros son considerados un punto de referencia sólido para los defensores de la “crítica al desarrollo, para rehacer el mundo” parafraseando el eslogan de una conferencia internacional celebrada en París hace unos años. ¿Cuáles han sido los momentos fundamentales de su recorrido como intelectual crítico y de vanguardia?


Respuesta: Fue en Laos donde se produjo el cambio de perspectiva, en 1966-1967. Allí descubrí una sociedad que no estaba ni desarrollada ni sub-desarrollada, sino literalmente “adesarrollada”,es decir, fuera del desarrollo: comunidades rurales que plantaban el arroz glutinoso y que se dedicaban a escuchar cómo crecían los cultivos, pues una vez sembrados, apenas quedaba ya nada más por hacer. Un país fuera del tiempo donde la gente era feliz, todo lo feliz que puede ser un pueblo. Pero ya se veía venir lo que iba a ocurrir, y que de hecho está ocurriendo en el momento actual: que el desarrollo iba a destruir esta sociedad que, aunque
no fuera idílica (no existe ninguna sociedad idílica), poseía una especie de bienestar colectivo, de arte de vivir, refinado a la par que relativamente austero, pero en cualquier caso en equilibrio con el medio ambiente. El conflicto entre los estadounidenses y los  comunistas iba a atraparlos entre dos fuegos e iban a ser desarrollados o subdesarrollados a su pesar, y su equilibrio, su sistema social vernáculo, iba a resultar destruido. Eso fue lo que me condujo de alguna manera a cambiar de parecer y a tomar conciencia del carácter etnocéntrico del desarrollo, incluyendo su versión marxista, es decir, socialista. Fue por lo tanto ahí donde, en el fondo, sufrí una crisis: como economista, perdí la fe en la economía, en el crecimiento, en el desarrollo e inicié mi propio camino. Comencé entonces a hacer cursos de filosofía de la economía, de epistemología económica y a enseñar a llevar a cabo una deconstrucción crítica de la economía política, incluyendo la de Marx. Esta reflexión fundamental, que incluía la antropología
económica, era una crítica al homo economicus en nombre de una antropología más concreta, que se apoyaba en Karl Polanyi, Marshall Sahlins y Marcel Mauss. La antropología económica hablaba de una realidad social que resultaba totalmente ajena a los economistas, y que sin embargo debía ser tenida en cuenta por los mismos. Durante esos años me dediqué a acumular lecturas y de ese recorrido, en cierto modo mi travesía personal por el desierto,
surgió Épistémologie et économie (1973),1 que marca la liquidación del viejo hombre (un poco como La ideología alemana para Marx). Fue entonces cuando volví a las cuestiones del desarrollo.

Saqué al respecto un primer libro titulado Critique de l’impérialisme (1979), que era una crítica de las teorías marxistas y leninistas sobre el imperialismo para aportar otra interpretación
del desarrollo y del sub-desarrollo como aculturación, destrucción de las culturas por imposición de una cultura exterior, la de Occidente. En 1986 esto condujo, de forma natural a Faut-il refuser le développement? A continuación, mis aportaciones se van sucediendo: en 1989 llega L’Occidentalisation du monde, etc.

P: En este sentido, parece ser que las reflexiones relativas a la dimensión ecológica de estos problemas llegan a madurar más tarde, por lo menos dentro de su obra.

R: Efectivamente, ya había argumentado el rechazo al productivismo, pero la dimensión ecológica estaba totalmente ausente en mi obra. En efecto, criticaba el imperialismo occidental, Occidente y la aculturación, pero los límites de la naturaleza no encajaban en mi esquema. Conocía sin embargo los trabajos del Club de Roma y estaba de acuerdo con ellos, pero no sabía cómo integrarlos. No lo logré hasta más adelante, en 1991, con La planète
des naufragés.2 Durante todo este periodo, se estaba creando un pequeño grupo internacional de “conspiradores” alrededor de personas que habían sido discípulos o alumnos de Ivan Illich, como Majid Rahnema, que escribió Quand la misère chasse la pauvreté (2003), o como Wolfgang Sachs, en Alemania. Todas esas personas colaboraban para denunciar la  impostura del desarrollo, la traición de la opulencia. Planteaban una sólida cultura ecológica, una fuerte denuncia de los daños y límites ecológicos del planeta. En aquella época, cuando se hablaba de desarrollo, siempre era con respecto al Sur, pues era el Norte el que desarrollaba al Sur. En consecuencia, tras haber criticado el desarrollo, cuando uno se interesaba por la búsqueda de una alternativa, había que preguntarse: ¿cómo pueden las sociedades del Sur sobrevivir al maremoto de desarrollo que han sufrido? Por eso he descrito cómo los excluidos se autoorganizan y sobreviven en L’autre Afrique, entre don et marché (1998),3 tema que ya había abordado en La planète des naufragés. Lo interesante de la experiencia africana consiste en ver que hay personas que pueden sobrevivir fuera del sistema económico, como en los pueblos que conocí en Laos. He observado, en los suburbios africanos, todo un vivero de “buscavidas” llenos de creatividad, capaces de autoorganizarse
a todos los niveles: social, imaginario y técnico. Se trata, más o menos, de la nebulosa de lo informal. Aunque, en términos económicos, África no cuenta nada, representa menos del 2% del PIB mundial, cuando sin embargo se visita ese continente nos sorprende encontrar, un poco en todas partes, una extraordinaria capacidad para producir felicidad, que nosotros somos cada vez más incapaces de fabricar. Logran sobrevivir gracias a la solidaridad, poniendo en común lo poco que tienen. Consiguen, al fin y al cabo, producir riqueza porque tienen una gran riqueza relacional. Esto nos aporta pistas sobre una salida posible al crecimiento o sobre una sociedad sin crecimiento, con menos bienes materiales pero más relaciones, capaces de generar felicidad. Pero contar esto en el Norte, en los años ochenta, suponía predicar en el desierto. En 2001 pensamos que ya había llegado el momento de salir del armario y de dar un buen golpe organizando un gran coloquio al respecto. Así que nos lanzamos a la aventura. Tuvimos la suerte de lograr una financiación que nos permitió reunir a setecientas personas en la UNESCO durante tres días. Era efectivamente un buen momento y los amigos de Silence y de Casseurs de pub4 tuvieron la idea de sacar un número sobre la “décroissance” (decrecimiento), retomando el título de una obra en la que Jacques Grinevald había reunido y traducido algunos artículos de Nicholas Georgescu-Roegen, quien sin embargo nunca había utilizado la palabra decrecimiento por la simple razón de que no existe en inglés. El número tuvo tanto éxito que fue reeditado y organizamos un segundo coloquio en Lyon titulado La décroissance con otras asociaciones, entre ellas Nature et progrès, L’Écologiste, Silence, Casseurs de pub y Ligne d’horizon.

Aprovechamos entonces la oportunidad para crear el Réseau des objecteurs de croissance pour un après-développement (Red de objetores al crecimiento por un post-de sarrollo, ROCAD en su siglas en francés).

P: Antes hizo referencia a Ivan Illich, del quien ha sido discípulo. El pensador austriaco auspiciaba, con su critica al concepto de desarrollo, dar un giro frente a la solidez que acompaña las ideas de progreso, desarrollo y crecimiento. Aunque la crítica del concepto de crecimiento parece reunir más apoyos, sobre todo en relación con la evidencia ineludible de las limitaciones biogeofísicas del planeta, alrededor de los conceptos de desarrollo y de progreso las posiciones parecen contradictorias. Sin embargo, Georgescu-Roegen dijo que es imposible concebir el desarrollo sin crecimiento. ¿Puede reflexionar sobre la naturaleza de estos conceptos y las relaciones que los unen?

R: Los valores sobre los que reposan el crecimiento y el desarrollo, y muy especialmente el progreso, no corresponden para nada con aspiraciones universales profundas. Estos valores (concepción del tiempo, relaciones con la naturaleza, etc.) están relacionados con
la historia de Occidente, y probablemente no tengan ningún sentido para otras sociedades. Donde no existen los mitos que fundamentan la pretensión de control racional de la naturaleza y la fe en el progreso, la idea de desarrollo y de crecimiento carece de sentido y las prácticas relacionadas con ella resultan totalmente imposibles por impensables y prohibidas. 

De los tres pilares de la modernidad que son el progreso, la técnica y la economía, el primero de ellos ocupa un lugar central en la medida en que anima el imaginario que permite el florecimiento de los otros dos. La economía es una invención histórica que se configura en las representaciones, en las formas de ver y de sentir, antes de ser activada en la circulación mercantil. La técnica es, qué duda cabe, una práctica, pero en su forma moderna siempre va acompañada de todo un imaginario del cual “el faro tecnológico” supone la parte más visible. La encarnación del progreso en la cotidianidad de la economía de crecimiento depende de su identificación simbólica con la técnica. Si aceptamos el penetrante análisis de Jacques Ellul, ésta constituye el medio indiscutible de la modernidad. Los conceptos de desarrollo y de crecimiento están también estrechamente vinculados a la visión progresista del mundo. En realidad, el progreso tiene que ver con todo lo que constituye la modernidad y, en el mundo moderno, todo tiene que ver con el progreso. Se trata de un sujeto/objeto ineludible. Si el progreso está en el fundamento de la economía, la economía, a su vez, resulta necesaria para el establecimiento del progreso. Sin un sistema de mercado resulta imposible dar sentido a algo como el producto nacional bruto (PNB) per cápita, y sin un progreso del PNB, ¿cómo demostrar la mejora en la marcha de la humanidad? Todos los demás progresos son demasiado abstractos y ninguna mejora espiritual podría seducir a las personas a no ser que haga más cómodas sus vidas. Existe además una ética que modela
la acción y promueve la invención y las transformaciones. Esto, que era una mera “representación” durante el Renacimiento, no se convierte en “imaginario concreto” hasta la época contemporánea.

P: Continuando la reflexión sobre estas cuestiones y haciendo otra vez referencia a las palabras de Ivan Illich: “Es inevitable – decía- que la sociedad de consumo determine dos tipos de esclavos. Los intoxicados y los que aspiran a serlo, es decir los iniciados o los neófitos. Es muy probable que sea porque no se les da otra alternativa: fuera del círculo de desarrollo existe sólo privación y miseria”. Esta idea también está respaldada por la creencia de que el progreso es sinónimo de bienestar y seguridad.En este sentido, nos damos cuenta de que las ideas de progreso y el desarrollo están inculadas y dependen del imaginario creado ad hoc por el mundo occidental, es ecir, de su pensamiento único. ¿No es peligroso este modelo para los países del sur el mundo?

R: Es peligroso en la medida en que destruye la esfera vernácula que aseguraba, mejor o peor, la supervivencia, ciertamente frugal pero digna, de una mayoría de pobres, sustituyéndola por la miseria, por la pobreza modernizada que plantea Illich, que afecta más o menos a la mitad de la humanidad (mil millones y medio de personas que viven con menos de un dólar al día, además de otros dos mil millones con menos de dos dólares).

P: En este sentido, y en relación con lo que llevamos diciendo, no es exagerado afirmar que cada individuo está fuertemente ligado a los engranajes del sistema: disociarse, retirarse, desertar, es casi imposible. Estamos presos y somos víctimas de fuertes condicionamientos sociales y culturales, y las alternativas no parecen ser viables. ¿Cómo se puede descolonizar, desintoxicar este imaginario que no nos permite resistir y luchar así por las utopías de sociedades distintas?

R: El gran desafío consiste en romper los círculos, que son también cadenas, para salir del laberinto (como diría Castoriadis) que nos mantiene prisioneros. La realización de la sociedad del decrecimiento podría ciertamente lograr la descolonización de nuestro imaginario, pero dicha descolonización resulta un requisito previo para construirla. Los propios educadores deben desintoxicarse ellos mismos para poder transmitir unas enseñanzas no tóxicas. La ruptura de las cadenas de la droga no resulta fácil cuando a los traficantes (en este caso, la nebulosa de corporaciones transnacionales y los poderes políticos a su servicio) les interesa mantenernos esclavizados. Aún así, lo más probable es que nos veamos incitados a llevar a cabo dicha ruptura debido a la saludable sacudida de la necesidad. La educación que necesitamos se parece a una cura de desintoxicación, a una verdadera terapia.

Marcel Mauss concebía las experiencias alternativas o disidentes (cooperativas, asociaciones, sindicatos) como laboratorios pedagógicos para construir al “nuevo ser humano” necesario para el otro mundo posible. La gama de experiencias se ha ampliado hoy en día con ciertas ONG (organizaciones no gubernamentales), con las asociaciones por el mantenimiento de la cultura campesina (AMAP, en sus siglas en francés), los sistemas de intercambios
locales (SELS), las redes de intercambios recíprocos de saberes (RERS), etc.

Estas universidades populares tienen ese objetivo: promover la resistencia y descolonizar el imaginario. Forman parte de la democracia creativa de John Dewey, que pretende incorporar
la educación a la práctica democrática. No queda, ciertamente, demasiado tiempo, pero las cosas pueden ir muy deprisa al calor de los acontecimientos. La crisis ecológica y la crisis financiera y económica que estamos viviendo podrían constituir esa saludable sacudida.

P: Retomando esta última afirmación, lo cierto es que en la actualidad estamos experimentando una grave crisis de los sistema financieros y una creciente crisis de naturaleza socioecológica. Así que la pregunta es: dentro del modelo actual, ¿es realmente posible el decrecimiento? ¿No cree que justo ahora exista el peligro de confundir una propuesta de decrecimiento con el espectro de una recesión económica? Una confusión que podría resultar muy peligrosa...

R: No es raro escuchar o leer de la pluma de periodistas planteamientos como: “¿Decrecimiento?, ya estamos en él”,5 añadiendo que no es precisamente una situación divertida ni serena como afirmamos los partidarios del decrecimiento. Supone evidentemente una ignorancia total del proyecto de sociedad autónoma y sobria que preconizamos los “objetores al crecimiento”. Optar por el decrecimiento no es lo mismo que sufrir un decrecimiento.

El proyecto de una sociedad del decrecimiento es radicalmente diferente al crecimiento negativo, es decir, al que conocemos en la actualidad. El primero es comparable a una cura de adelgazamiento realizada voluntariamente para mejorar nuestro bienestar personal cuando el hiperconsumismo nos amenaza con la obesidad. El segundo es lo más parecido a que nos pongan a régimen forzado hasta el punto de matarnos de hambre. Lo hemos dicho y repetido hasta la saciedad: no hay nada peor que una sociedad del crecimiento sin crecimiento. Se sabe perfectamente que una simple desaceleración del crecimiento hunde a nuestras sociedades en el desconcierto, el paro, la ampliación de las diferencias entre ricos y pobres, la reducción de la capacidad de compra de los más necesitados y el abandono de los programas sociales, sanitarios, educativos, culturales y ambientales que aseguran un mínimo de calidad de vida. ¡Imaginémonos pues la catástrofe que puede suponer que se llegue a tasas de crecimiento negativo! Esta regresión social y civilizatoria es precisamente lo que nos amenaza si no cambiamos nuestra trayectoria.

P: Los conceptos de crecimiento cero, estado estacionario, etc. ¿Pueden considerarse como las raíces teóricas del paradigma del decrecimiento?

R: No realmente, aunque hallemos en John Stuart Mill un planteamiento del estado estacionario que recuerda al proyecto del decrecimiento, así como numerosos puntos comunes de éste con los informes del Club de Roma y su concepto de crecimiento cero. La diferencia es que, en ambos casos, se trata de un decrecimiento forzado dentro del mismo sistema en vez de una opción civilizatoria alternativa.

P: En la óptica de profundizar un poco más en este tema del decrecimiento, me gustaría abrir un pequeño paréntesis y preguntarle sobre un tema al que Vd. mismo hizo una breve referencia en una de sus respuestas y que me parece que domina en
gran medida los debates, por lo menos dentro de círculos de economistas interesados por el tema del decrecimiento, la economía ecológica, los limites biogeofisicos, etc. Es decir, muchos estudiosos ven en Nicholas Georgescu-Roegen y en su bio-economía los gérmenes de las ideas del decrecimiento. Sin embargo, otros dicen que la única pretensión del autor rumano fue la de analizar los fundamentos termodinámicos y biológicos del proceso económico, a fin de evidenciar los límites que imponen
las leyes naturales al proceso de crecimiento económico. En otras palabras, ¿esto significa que en Georgescu-Roegen no había ningún afán normativo por realizar una teoría del decrecimiento? ¿Qué piensa usted al respeto?

R: El proyecto del decrecimiento tiene una doble filiación, y cada una de sus raíces cuenta con una larga trayectoria. Procede, por un lado, de la toma de conciencia de la crisis ecológica y, por el otro, del hilo de la crítica a la tecnología y al desarrollo. Si la intuición sobre los límites del crecimiento económico se remonta indudablemente a Malthus pero no halla su fundamento científico hasta las aportaciones de Lazare Carnot y su segunda ley de la termodinámica, fue sin embargo en los años setenta cuando la cuestión ecológica en el seno de la economía fue teorizada por el gran investigador y economista rumano Nicolas Georgescu Roegen y popularizada por el primer informe del Club de Roma que denuncia los límites del crecimiento. También en los setenta, el fracaso del desarrollo en el Sur, y la pérdida de referencias en el Norte, condujeron a varios pensadores, tras la estela de Ivan
Illich y de Jacques Ellul, a cuestionar la sociedad de consumo y sus bases imaginarias: el progreso, la ciencia y la técnica. Nicolas Georgescu Roegen no se identificaba con esta última tendencia, pues pretendía ser economista y científico.

P: Parafraseando un poco lo que vamos diciendo en esta entrevista, el hipercinetismo es el mal moderno de un modelo esquizofrénicamente productivista. En relación con todo esto, ¿cuál es el tiempo del decrecimiento? ¿Tenemos tiempo para el decrecimiento?

R: Ya es hora de deshacernos de la obsesión por la velocidad y de partir a la reconquista del tiempo, y por lo tanto, de nuestras vidas. ¡El hundimiento se acerca peligrosamente, por lo que ha llegado el momento del decrecimiento! La sociedad de la sobriedad elegida que emergerá del mismo conllevará otro tipo de relaciones con el tiempo. Ya no seremos prisioneros de la concepción temporal, única y lineal que ha dominado a Occidente desde por lo menos el Renacimiento. Recuperar una relación sana con el tiempo consiste sencillamente en volver a aprender a vivir en el mundo. Conduce, por lo tanto, a liberarse de la adicción al trabajo para volver a disfrutar de la lentitud, redescubrir los sabores vitales relacionados con la tierra, la proximidad y el prójimo. No se trata tanto de regresar a un pasado mítico perdido como de inventar una tradición renovada.

P: Decrecimiento o barbarie. ¿Qué hay en esta irreverente provocación?

R: Desgraciadamente ni la crisis económica y financiera ni el agotamiento del petróleo suponen forzosamente el final del capitalismo, ni siquiera de la sociedad del crecimiento. El decrecimiento tan sólo resulta planteable en una “sociedad del decrecimiento”, es decir, en el marco de un sistema que se base en otra lógica. La alternativa es por lo tanto, en efecto: ¡decrecimiento o barbarie! La economía capitalista podría seguir funcionando en una situación de enorme escasez de recursos naturales, de cambio climático y de hundimiento de la biodiversidad, etc. En esto tienen razón los defensores del desarrollo sostenible, del “crecimiento
verde” y del capitalismo inmaterial. Las empresas (por lo menos, algunas de ellas) podrían seguir creciendo y ver cómo se incrementan sus cifras de negocios mientras hambrunas, pandemias y guerras exterminan a nueve décimas partes de la humanidad. Los
recursos, cada vez más escasos, aumentarían es proporcionadamente de valor. La escasez de petróleo no menoscaba la salud de la compañías petroleras, bien al contrario. Si no ocurre lo mismo con la pesca es debido a la existencia de productos sustitutivos del pescado, cuyo precio no puede pues incrementarse en proporción a su escasez en un mercado competitivo. En una economía de escasez, el consumo disminuiría mientras que el valor de los productos continuaría aumentando. El capitalismo recuperaría su lógica original: crecer a expensas de la sociedad. Sería la barbarie.



P: Efectivamente, la razón de la hegemonía social y cultural capitalista dice que la satisfacción de nuestras necesidades y nuestros deseos pasa por la posesión y el uso de bienes y servicios que nos proporciona el mercado. Según el imaginario colectivo,
entonces, hay una correspondencia directa entre la “riqueza” y “la felicidad”, la abundancia y el bienestar, etc. Parece existir como una mágica equivalencia: nivel de la renta-consumo-felicidad. ¿Entonces, el decrecimiento nos llevará a la infelicidad?

R: La sociedad de la economía del crecimiento y del bienestar no produce desde luego la mayor felicidad al mayor número de personas. Se basa en la programación de la caducidad,
tanto para las mercancías —que la aceleración del “usar y tirar” transforma rápidamente en desperdicios—, como para las personas —excluidas o de “usar y despedir”, desde el ejecutivo o el manager desechables hasta los parados, desahuciados, indigentes y otros
residuos sociales. La teología utilizaba una hermosa expresión para nombrar la situación de los que habían perdido la gracia: el desamparo. El italiano, por ejemplo, aún muy religioso, hace un uso cotidiano laicizado de la misma: los disgraziati (desafortunados). La economía de crecimiento funciona mediante el desamparo y multiplica los disgraziati. En una sociedad de crecimiento, los que no son ganadores, los que no avasallan, son todos excluidos en mayor o menor medida. El decrecimiento, al igual que promueve el reciclaje de desechos materiales, también debe interesarse por la rehabilitación de los excluídos. Y si el mejor reciclaje consiste en desechar menos, la mejor forma de rehabilitación social consiste en evitar la exclusión.

P: ¿El proyecto sería encaminarse hacía la que Ivan Illich llamaba “la economía convivial”?

R: Absolutamente. Por supuesto, como toda sociedad humana, una sociedad de decrecimiento deberá organizar la producción y para ello, utilizar razonablemente los recursos de su entorno y consumirlos transformándolos en bienes materiales y en servicios, pero un poco como en esas sociedades de la abundancia de la edad de piedra, descritas por Marshall Salhins, que nunca llegaron a caer en el economicismo.6 Esta nueva sociedad no estará encorsetada por la escasez, las necesidades, el cálculo económico ni el homo economicus.

Estas bases imaginarias de la institución económica deben ser cuestionadas. El retorno a la frugalidad permitirá reconstruir una sociedad de abundancia sobre la base de lo que Ivan Illich llamaba “subsistencia moderna”. Es decir, “el modo de vida en una economía post-industrial en el seno de la cual las personas han logrado reducir su dependencia con respecto al mercado, garantizando —por medios políticos— una infraestructura en la cual las técnicas y los instrumentos sirven, en primer lugar, para crear valores de uso no cuantificados ni cuantificables por los fabricantes profesionales de necesidades”.7

P: Todo esto que estamos debatiendo, nos confirma que el decrecimiento es algo más que un lema provocativo. Es y debe ser, sobre todo, un proyecto político. ¿Cuáles son sus puntos esenciales? ¿Es un proyecto de ecosocialismo? Si es así, es fácil ver por qué “eco”. Me gustaría preguntarle, ¿por qué socialista?

R: Que el decrecimiento es un proyecto político de izquierdas constituye para mí una evidencia porque se fundamenta en una crítica radical a la sociedad de consumo, al liberalismo y retoma la inspiración original del socialismo.

1) Como crítica radical de la sociedad de consumo, del desarrollo o del desarrollismo, se convierte en una crítica inmediata del capitalismo. El crecimiento no es sino el apelativo “vulgar” de lo que Marx analizó como acumulación ilimitada del capital, fuente de todas las contradicciones e injusticias del capitalismo. Puesto que el crecimiento y el desarrollo son respectivamente crecimiento de la acumulación del capital y desarrollo del capitalismo, por lo tanto, explotación de la fuerza de trabajo y destrucción ilimitada de la naturaleza, el decrecimiento no puede ser sino un   decrecimiento de la acumulación, del capitalismo, de la explotación y de la depredación. No se trata tanto de ralentizar la acumulación como de cuestionar el concepto mismo para invertir el proceso destructor.

2) El decrecimiento también es, evidentemente, una crítica radical del liberalismo, entendido como el conjunto de valores que subyacen a la sociedad de consumo. El proyecto político de la utopía concreta del decrecimiento consiste en “las ocho R”: Reevaluar, Reconceptualizar, Reestructurar, Relocalizar, Redistribuir, Reducir, Reutilizar y Reciclar; tres de las cuales, reevaluar, reestructurar y redistribuir, actualizan especialmente
esta crítica. La reestructuración, sobre todo, plantea la cuestión concreta de la superación del capitalismo y de la reconversión del aparato productivo que debe adaptarse al cambio de paradigma. El decrecimiento está forzosamente enfrentado al capitalismo. No tanto por la denuncia de sus contradicciones y límites ecológicos y sociales, como sobre todo por su cuestionamiento del “espíritu del capitalismo” en el sentido propuesto por Max Weber, que lo considera condición para su realización. 

Por redistribución entendemos el reparto de las riquezas y del acceso al patrimonio natural, tanto entre el Norte y el Sur como dentro de cada sociedad. El reparto de la riqueza es la solución más sencilla para el problema social. Puesto que el reparto es el valor ético cardinal de la izquierda, el modo de producción capitalista, basado en la desigualdad de acceso a los medios de producción y generador de desigualdades crecientes, debe ser
abolido.


3) El decrecimiento, en fin, es un proyecto arraigado en la izquierda porque retoma la inspiración original del socialismo, al que se ha calificado, no sin ambigüedades, de utópico. El decrecimiento recupera de la mano de sus inspiradores, Jacques Ellul e Ivan Illich, la fuerte crítica de los precursores del socialismo contra la industrialización. Una relectura de pensadores como William Morris, incluso una reevaluación de los ludditas, aportan sentido
a una visión ecológica del socialismo como ha sido desarrollada por André Gorz. Hemos llegado al final de esta entrevista y me gustaría lanzarle dos preguntas provocativas, que puedan dejar abierto el debate a una posible continuación futura.

P: Durante mucho tiempo, especialmente dentro de la tradición política de la izquierda, se pensaba que era suficiente cambiar “el modelo y el control de la máquina”, los dispositivos del poder (político), para reorientar el sistema en términos socialmente
útiles. Esta es un poco la idea que dirige los planes de matriz reformista. Frente a este modelo, existe una tendencia, una lógica opuesta que quiere llegar a formas de autogobierno, el arte de “no queremos el poder, porque creemos que las cosas sólo se cambian desde abajo”, parafraseando el pensamiento del subcomandante Marcos. Para un proyecto de decrecimiento, ¿es necesario escapar de las ilusiones tecnocráticas e intervencionistas? En otras palabras, ¿sólo una fuerza que viene de abajo es realmente capaz de promover un proyecto de cambio? O, al contrario, ¿de lo que se
trata es construir convenientemente una dialéctica entre los dos niveles?

R: No conviene excluir ningún nivel de actuación, pero en nuestros países, ciertamente, los cambios desde abajo son mucho más prometedores. Institucionalizar prematuramente el programa del decrecimiento a través de un partido político, por ejemplo, nos expondría a caer en la trampa de la “política profesional”, que determina el abandono por parte de los actores políticos de la realidad social y los encierra en el juego político, mientras las condiciones aún no están maduras para pretender poner en marcha la construcción de una sociedad del decrecimiento, y resulta más que dudoso que ésta pueda inscribirse con eficacia en el marco ya superado del Estado-nación (y menos aún, en el marco de la Europa de los 27). La política profesional, en efecto, tiene poca mano hoy en día con respecto a las realidades que hay que cambiar y conviene ser prudente con la forma de utilizarla. En el mejor de los
casos, los gobiernos tan sólo pueden frenar, ralentizar, suavizar unos procesos que ya no controlan, si es que desean ir a contracorriente. Existe una especie de “cosmocracia” mundial
que, sin explicitarlo, vacía a la política de su sustancia e impone su voluntad. Todos los gobiernos son, lo quieran o no, funcionarios del capital. Y los políticos, incluso si están en la oposición, no pueden escapar a las trampas de la política-espectáculo, o bien a la seducción de una profesionalización generosamente retribuida. Esto no es sin duda ajeno a la descomposición tan desoladora como nociva del partido socialista, pero también de los verdes y de la extrema izquierda. Me refiero a los chanchullos, a los duelos de ego, a las rencillas de ambiciones sórdidas entre políticos con sus depuraciones a golpe de falso rigor ideológico, sin llegar nunca a plantear claramente la cuestión del rechazo al productivismo. El
trabajo de auto-transformación profunda de la sociedad y de los ciudadanos nos parece más importante que los ciclos electorales. Esto no significa que preconicemos la abstención ni que rechacemos la elaboración de propuestas concretas. Sin embargo, consideramos más importante influir en los debates, tirar de las posturas de unos y otros, lograr que se tomen en consideración ciertos argumentos, contribuyendo así a la modificación de las mentalidades. Tal es hoy en día nuestra misión y nuestra ambición.

P: Hoy en día, se empieza a hablar de decrecimiento también en contextos estrechamente marxistas, donde los conceptos de desarrollo, crecimiento y progreso han ocupado el debate político e ideológico por mucho tiempo. ¿Se trata de una impresión errónea que este proyecto de decrecimiento, por lo menos en los términos de revolución cultural, está penetrando en estos ambientes? ¿Qué se está moviendo en esta dirección?

R: No, no es falso. Pero sin embargo, penetra muy lentamente, por la fuerza de las cosas.

Notas 
Monica Di
Donato es
responsable del
Área de
Sostenibilidad
del CIP-Ecosocial

1 Aquellas obras del autor en cuyas citas no se indique lo contrario, no disponen de traducción al castellano.

2 Traducida al castellano como El planeta de los náufragos: ensayo sobre el posdesarrollo, Acento Editorial, Madrid, 1994.
3 Traducida al castellano como La otra África: autogestión y apaño frente al mercado global, Oozebap Editorial, Barcelona,
2007.
4 Nombres de dos organizaciones francesas de activismo social y ecológico que editan revistas y publicaciones con esos
mismos nombres. (N. del T.)
5 Por ejemplo, Pierre-Antoine Delhommais en su crónica del periódico Le Monde del domingo 23 y del lunes 24 de noviembre
de 2008.
6 Salhins, Marshall, Age de pierre, âge d’abondance. L’économie des sociétés primitives (1972), Gallimard, 1976. Versión castellana
: Economía de la Edad de Piedra, Akal Universitaria, Madrid, 1983.
7 Ivan Illich, Le chômage créateur, Le Seuil, 1977, p. 87-88.

Tomada de: Papeles nº 107 2009

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Confesiones de la Carne

Reseñas

LIBERATION
FOUCAULT, «CONFESIONES» PÓSTUMAS
Por Robert Maggiori — 7 février 2018
¿Cómo la «dirección de consciencia» religiosa se vuelve dominación social: la publicación inédita del último volumen de la «Histoire de la sexualité», que permanecía inacabada, clausura la obra del filósofo muerto en 1984.
Ningún preámbulo, ninguna presentacion, ninguna introducción.  En las Confesiones de la Carne, se entra de una vez.  Con un comienzo bastante brutal: « Fueron pues los filósofos y los directores no cristianos quienes formularon el régimen de las aphrodisia en función del matrimonio, de la procreación, de la descalificación del placer y de un lazo de simpatía respetuoso e intenso entre los esposos; es una sociedad «pagana» la que se dio la posibilidad de reconocer acá una regla de conducta aceptable para todos. Lo que no quiere decir efectivamente que la siguieron todos, del dicho al hecho... »  El «pues» es extraño, puesto que normalmente constituye un balance o saca las consecuencias de algo que ha sido dicho previamente.  Para ver con qué conecta eventualmente este primer párrafo, ni siquierea estamos seguros que baste con tener un conocimiento íntimo de toda la obra de Michel Foucault.  Fue en los años 1981-1982 donde se puede situar la redacción definitiva del texto de las Confesiones.
(…)
…en abril de 1983, en una conferencia pronunciada en Berkeley (California), Foucault decía que quería dibujar una «ontología histórica de nosotros mismos o la historia crítica del pensamiento».  Para comprender cómo esta historia —«quiero decir nuestra relación con la verdad, con las obligaciones con nosotros mismos y con los otros»— ha «hecho de nosotros lo que somos», era necesario, decía él, que luego de haber estudiado la relación con la obligación y con la verdad en los estudios sobre «la locura y la psiquiatría, el crimen y el castigo », se le pusiera atención «a las relaciones consigo mismo y a las técnicas a través de las cuales esas relaciones han sido contruidas»; y ponía de relieve lo que durante mucho tiempo había sido “ocultado” por el brillo del «conócete a ti mismo » socrático, a saber: la noción griega de epimeleia heautou o la latina, de cura sui: el «cuidado de sí».  Observaciones y desarrollos esparcidos figuran en los Cursos, permitiendo decir que inmediatamente después de la publicación de la Voluntad de saber, dice Frédéric Gros, «el proyecto de una historia de la sexualidad moderna (siglos XVI-XIX) fue abandonado en aras, en un primer momento (1979-1982), de un recentramiento con dirección a una problematización histórica de la carne cristiana –a través de los principales “actos de verdad” (exomologesis y exagoresis[], las artes de la virginidad y la doctrina del matrimonio en los Padres cristianos de los primeros siglo)– y luego, en un segundo tiempo (1982-1984), de un descentramiento hacia las artes del vivir greco-romanas y el lugar que allí ocupan las aphrodisia».  <tr. Paláu, p. 6>
«Gobierno de sí»
A causa de su permanencia tanto tiempo inédito, las Confesiones de la carne han adquirido una especie de dimensión «mítica», y dado lugar a todo tipo de especulaciones.  ¿Estaba el manuscrito inacabado, lagunar, inferior en cualidad a las obras precedentes, necesitaba una ampliación, refundiciones, supresiones, era objeto de una retención jurídica por parte de los herederos del filósofo, que querían cumplir su última voluntad de no autorizar ninguna publicación de inéditos luego de su muerte?  Lo que sí es seguro es que Foucault, comprometido en la redacción de el Uso de los placeres y de el Cuidado de sí no pudo, tan débil como estaba, proceder a una nueva lectura asidua de las Confesiones, cuya publicación seguía pensando que debería ser diferida.
Sin embargo uno puede seguirse preguntando por qué este texto tan esperado apenas fue publicado este año, en el estado en que se lo hizo —sin aparato crítico—, como quedó en 1981-1982.  La primera razón, plausible, era que exigía el largo trabajo de edición efectuado por Frédéric Gros. La segunda, teóricamente más satisfactoria, es que él parece más comprensible hoy, porque ya se inscribe en la obra entera, a la que la publicación de los Dits et Ecrits, de muchas conferencias (especialmente estadounidenses), y sobre todo de los trece volúmenes de los Cursos del Collège de France —muy especialmente de la Hermenéutica del sujeto así como de el Gobierno de sí y de los otros— da una coherencia en la que las Confesiones encuentra su lugar más fácilmente a posteriori.

En una lección del 5 de enero de 1983, Foucault, luego de haber prevenido a su auditorio de que se curso sobre «el gobierno de sí y de los otras» iba a estar «un tanto descosido y disperso», recuerda «algunos de los referentes» que se había fijado en su trabajo.  En realidad, él resume, «después de todo», todo su recorrido.  Lo que «he tratado de hacer», dice, es «una historia del pensamiento», que se desmarque tanto de la historia de las mentalidades como de la historia de las representaciones.  Y añade: «Por "pensamiento", querría decir un análisis de lo que se podría llamar focos de experiencia, donde se articulan los unos con los otros: primero, las formas de un saber posible; segundo, las matrices normativas de comportamiento para los individuos; y finalmente de los modos de existencia virtuales para sujetos posibles».  Se ven acá los tres muros portadores de la empresa de Foucault, los tres mundos que él ha interconectado y explorado: el conocimiento, el poder, el sujeto (la subjetivación), o, más precisamente, la arqueología de los saberes, la genealogía de los poderes y la problematización de los sujetos.
Objeto de ciencia
El momento «arqueológico» se despliega esencialmente en la Historia de la locura en la época clásica (1961, 1972), el Nacimiento de la clínica (1963), las Palabras y las Cosas (1966) y la Arcqueología del saber (1969).  Foucault describe primero el largo proceso por el cual el «loco», asimilado en la época clásica al delirante, al furioso, al antisocial, al mendigo, al blasfemo, al sodomita, al vagabundo, en el momento del «gran encierro»… se vuelve el «enfermo mental» y por tanto objeto de ciencia, que hace emerger la psiquiatría y la medicina clínica, asi como los lugares (asilo, structuras hospitalarias) donde los nuevos saberes se mudan en poder sobre los cuerpos.  Luego extiende el estudio a las otras ciencias humanas, y exhuma los paradigmas que en una cultura determinada gobiernan el lenguaje, los esquemas perceptivos, los intercambios, las técnicas, el trabajo, los valores y por ende los «órdenes empíricos» en los que los sujetos se piensan y son pensados (por la lingüística, la biología, la economía…).  El segundo momento —que abre en 1975 Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión— vuelve a trazar la genealogía de los poderes, luego el análisis de los discursos donde opera ya el poder hasta el estudio de las propias formas de control y de los microsistemas de dominación.  En este marco, Foucault desmonta «el curioso proyecto de encerrar para corregir», caracteristico de la sociedad disciplinaria, destruye la idea misma de un poder centralizado, piramidal, y muestra que no solamente el poder reprime, sino que al ser «polimorfo», produce realidades tales que ellas puedan de manera molecular ofrecer “puntos de contacto” suplementarios a su ejercicio.  La tercera fase es la que inaugura en 1976 la Voluntad de saber, y qua analiza la elaboración de los discursos de verdad sobre el sujeto.  Pero este ya no es el sujeto diferente (enfermo, loco, delincuente), ni el sujeto en general, sino el sujeto que somos nosotros mismos directamente en relación con el sexo.
Pensamiento antiguo
Sobre todo desarrollado en los Cursos, el tema de la problematización del sujeto se orienta cada vez más hacia la cuestión del gobierno de sí y de los otros por medio de la verdad, luego de las técnicas de existencia, de las experiencias de sí y de la parrêsia, el «hablar verdadero ».  El estudio de la modernidad de Occidente (siglos XVI-XIX), de la formación de los saberes, de los sistemas de poder y de la biopolítica quedaba de ahora en adelante tras Foucault.  Ante él se levantaba el pensamiento antiguo, griego, romano y helenístico, la patrística cristiana, Tertullien, Casiano, Séneca, Sócrates, donde el filósofo atisba los elementos de construcción de una «estética de la existencia individual», fondada en «tecnologías de sí» por las que los individuos «han sido llevados a prestar atención a ellos mismos, a descifrarse, a reconocerse, a confesarse como sujetos de deseo», y a osar la verdad, con respecto a ellos mismos.
Llegamos así a las últimas obras publicadas por Foucault antes de morir: el Uso de los placeres muestra en efecto cómo el comportamiento sexual ha sido encausado por el pensamiento griego clásico, cómo también (anota Frédéric Gros), «el pensamiento médico y filosófico elaboró ese "uso de los placeres" —khrêsis aphrodisiôn— y formuló algunos temas de austeridad que iban a volverse recurrentes sobre cuatro grandes ejes de la experiencia: la relación con el cuerpo, la relación con los muchachos, la relación con la esposa y la relación con la verdad».  El cuidado de sí, prosigue el estudio de «esta problematización en los textos griegos y latinos de los dos primeros siglos de nuestra era», y la «inflexión que ella sufrió en un arte de vivir dominado por la preocupación de sí mismo».  También dispuesto a añadirle a la marquetería algunas piezas tomadas de los Cursos o de las conferencias (las de Berkeley, o la que pronunció en Nueva York en el marco de un seminario con Richard Sennett, de la que Gros dice que «marca una etapa decisiva» en la elaboración del libro), aparece evidentemente que las Confesiones de la carne constituyen una «continuación» del plan foucaltiano.  Y es la medida en que, remontado en la historia, Foucault analiza entonces la manera como la «preocupación de sí mismo» y el gobierno o la dirección de los otros (en el sentido de la «dirección de conscience»), son metamorfoseadas por el cristianismo, por medio de «las obligaciones cristianos de verdad», en el bautismo, la confesión, la preparación para el matrimonio, la exomologesis y la exagoresis monásticas, los ritos de penitencia, la cuestión de la virginidad y de la abstinencia, las reglas del matrimonio, los deberes de los esposos, la exclusión, en el marco de una «ética du no-exceso», en san Agustín por ejemplo, de la «libidinización del sexo»…
«El decir-verdadero y el creer, la veridicción sobre sí mismo y la fe en la Palabra son, o deberían ser, indisociables.  El deber de verdad, como creencia y como confesión <aveu>, está en el centro del cristianismo» se lee en las Confesiones.  «Los dos sentidos tradicionales de la palabra “confession” recubren estos dos aspectos.  La “confesión” es de una manera general el reconocimiento del deber de verdad. Yo dejaría de lado, por supuesto, el problema del deber de verdad comprendido como fe en el cristianismo, para sólo considerar el deber de verdad comprendido como confesión y que logra sus efectos en una economía del pecado y de la salvación.»  <tr. Paláu, p. 266>
Pastoral cristiana
Lo que le interesa a Foucault es en efecto saber cómo la dirección espiritual, el examen de sí, el «control atento de sus actos y de sus pensamientos por parte del sujeto», la «exposición que él hace de ellos al otro, la petición de consejo a un guía y la aceptación de reglas de conducta que él le propone» <tr. Paláu, p. 76>, que existen en tradiciones antiquísimas (ellas tienen por objetivo tanto la virtud como la salvación, y presuponen la idea que uno no podría, sin un maestro, un pastor de almas o un director de conscience, caminar solo «vers la vie parfaite» <p. 83>), son retomadas, reformuladas, modificadas, rechazadas, adaptadas primero en esas «escuelas filosóficas» que son los monasterios, y luego en toda la pastoral cristiana y las obras de los Padres de la iglesia, en lo concerniente al bautismo, la virginidad y el matrimonio.  Evidentemente que transparenta aquí la cuestión de la que Foucault no ha dejado de ocuparse, la del «arte de gobernar los hombres», de la que se ve, —si leemos toda la obra a contrapelo—, que primero se dedicó a la «dirección de consciencia» religiosa, luego se «laicizó», se extendió a toda la sociedad civil, y multiplicó sus dominios de aplicación creando cada vez disciplinas nuevas y tecnologías específicas de dominación: el gobierno de los locos, de los prisoneros, de los niños, de los pobres, de las familias, de las poblaciones, de las ciudades, de los Estados… hasta el gobierno de su propio cuerpo y de su propia conciencia.  El trabajo de Foucault no ha consistido en encontrarle «soluciones» a la dominación, sino en mostrar cómo las relaciones —consigo, con los otros, con el sexo, con el deseo, con la autoridad, con la verad, con la libertad— se problématizan. Las Confesiones de la carne describe un momento crucial de una tal operación.  La obra es erudita pero carece sin duda, debido a su incacabamiento, de indicaciones en cuanto a sus objetivos teóricos, políticos o éticos que persigue, en los que se pudiera entrever los lineamientos de un «desujetamiento», o de ese «arte de la inservidumbre voluntaria» de la que se trata en algunas conferencias.
En su útlimo curso en el collège de France, Michel Foucault evoca, en un momento, su intención de retomar el manuscrito de las Confesiones, y de hacerle algunas modificaciones.  En la primera fila, un fiel asistente lo escuchó murmurar: «Ya es demasiado tarde».

TELERAMA Nº 3552
(…)
¿En qué momento la sexualidad se volvió el «sismógrafo de nuestra subjectividad», el secreto de donde se arrebata la verdad de lo que somos?  Con el aguijón de ese título magnífico, Las Confesiones de la carne, Foucault ausculta la «experiencia» cristiana de la carne, a través de una lectura técnica pero trepidante de los Padres de los primeros siglos (del IIº al Vº siglos) —Clemente de Alejandría, Tertuliano, Cipriano, Ambrosio, Juan Crisóstomo, Casiano, ya citado en 1980 en su curso del Collège de France, Sobre el gobierno de los vivos, cuyo gran ausente san Agustín, aquí si aparece en toda su majestad.  La carne, ese encuentro del deseo y de la verdad («el deber de verdad, como creencia y como confesión <aveu>, está en el centro del cristianismo » <tr. Paláu, p. 266>), se encarna de forma diferente en las prácticas y ascesis de la vie cristiana: virginidad, matrimonio, preparación para el bautizo, penitencia, etc.  La castidad ¿es un abra de tranquilidad o un penoso combate? ¿Cómo se confiesan los pecados? ¿Existían relaciones secuales en el paraíso antes del pecado original?  ¿En qué esta «visible e imprevisible» erección masculina es, para san Agustín, la marca de la desobediencia a Dios?  ¿Por qué, más allá de la procreación, las relaciones sexuales entre esposos, que se considera arreglan el problema de la concupiscencia, son objeto de una obligación recíproca?  «El deber de esposos es una deuda»…
Complejo y sutil, el pensamiento de Foucault desmonta las evidencias; la valorización de la virginidad, a partir del siglo IIIº, no debe por ejemplo ser comprendida como una descalificación de la relación sexual, esa sacudida siempre peligrosa… sino más bien como un relacionamiento del individuo con su propia conducta sexual.  «El lugar central del sexo en la subjetividad occidental se marca ya claramente en la formacion de esa mística de la virginidad», sintetiza Foucault.  Siempre la relación consigo mismos…  Entonces, cuando el filósofo cita a san Ambrosio, «la virginidad es para algunos y el matrimonio para todos», el lector contemporáneo no puede sino verse afectado, projectado de la antigüedad tardía a la reciente legalización de la unión para las parejas homosexuales, el matrimonio para todos.  Si Daniel Defert, el compañero de Michel Foucault, hubiera tenido el derecho moral sobre su obra, además de la propiedad material de los archivos (que él vendió en 2013 a la BNF), el recorrido editorial de las Confesiones de la carne hubiera sido muy diferente sin duda…  Pero esta es otra historia. Ya no la de la verdad del sexo sino la de la verdad del archivo, que encanta todo el destino de las Confesiones de la carne, libro fantasma que se volvió archivo, archivo fantasma que se ha vuelto libro.
Juliette Cerf
LE NOUVEAU MAGAZINE LITTERAIRE
DE LAS CONFESIONES DE LA CARNE AL CORAJE DE LA VERDAD
El último tomo inacabado de la Historia de la sexualidad aparece hoy.  Los análisis de Michel Foucault ¿podrían aclarar los acalorados debates suscitados por la liberación de la palabra femenina?
Foto: Michel Foucault © Hervé Guilbert
Stéphane Legrand
10/02/2018
Filósofa y escritora
¿Comenzaremos un nuevo capítulo de la historia de la sexualidad?  Pues resulta que la famosa averiguación así titulada por Michel Foucault se ve completada con un cuarto y último tomo inacabado, las Confesiones de la carne, enteramente centrado en el lazo que une sexualidad, enunciación de la verdad y poder.  Tanto como decir que los candentes desafíos a la hora de #MeToo, de #BalanceTonPorc y de « la liberté d’importuner » defendida por un colectivo de mujeres en una tribuna dada a le Monde, con la polémica que suscitó.  No se trata de hacer girar las mesas imaginando lo que Foucault habría pensado de toda esta secuencia.  Por el contrario podemos ponerla en perspectiva a la luz de su Historia de la sexualidad.
El primer volumen de tal Historia: La Voluntad de saber, publicado en 1976, describe la formación a comienzos del siglo XIX de un «dispositivo de sexualidad» propio de la modernidad.  Foucault procede allí a trastornarlo todo. La vulgata de su época afirma que, puesto que nuestra esencia más profunda residen en nuestros deseos, nuestro gran asunto es liberarlos, emanciparlos de los constreñimientos sociales.  Él sostiene a la inversa que el principal mandato del poder es el contrario: no reprimir nuestra sexualidad y acallarla como un secreto peligroso, sino de verbalizarla aún y cada vez más, y sobre todo de buscar en ella la clave de nuestra verdad.  El dispositivo de sexualidad tiende a «hacernos pasar casi por entero –nosotros, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra individualidad, nuestra historia– bajo el signo de una lógica de la concupiscencia y del deseo […] El sexo, razón de ser de todo».  A los ojos de Foucault, esta lógica tiene raíces muy profundas, pues es «la pastoral cristiana [la que] ha inscrito como deber fundamental la tarea de hacer pasar todo aquello que tiene que ver con el sexo por el molino sin fin de la palabra». Tales hipótesis, aquí apresuradamente esquematizadas, mantienen una relación ambigua con el debate que nos ocupa.  Se les podría hacer decir que, puesto que vivimos en una sociedad saturada de sexualidad que nos empuja a definirnos como sujetos en función de nuestro sexo, no hay por qué volver un misterio el comportamiento de los depredadores (copulo, por tanto soy), ni de la emoción de las víctimas, tocadas en lo que ellas son sometidas a vivir como su esencia más íntima.  Pero también podríamos recordar que este dispositivo es ante todo un asunto de sujetamiento, que el principio “el sexo, razón de ser de todo” es quizás lo que conduce a sexualizar indebidamente, o al menos a sobre-catexizar las menores manifestaciones del cuerpo deseante, así como lo hacen valor los firmantes de la tribuna que hemos mencionado en aquel periódico.
Esto no debe ocultar la apuesta principal.  Quizás podamos, para tratar de formularla, girarnos hacia análisis foucaultianos que tienen que ver con una configuración social muy anterior, la Grecia antigua, en el segundo volumen de la Historia de la sexualidad: el Uso de los Placeres (1984).  Foucault muestra allí que la relación consigo mismo como sujeto sexual no tiene que ver en aquella sociedad (contrariamente a la nuestra) con la hermenéutica infinita o con el mandato de confesión, sino con la enkrateia, que él define como «une forma activa de dominio de sí, que permite resistir o luchar, y asegurar su dominación en el campo de los deseos y de los placeres».  Una « templanza » que consiste en regular sus deseos sobre la sola naturalidad de la necesidad, haciendo caso omiso de arrebatos superfluos, lo que permitirá tener una chrêsis, un uso apropiado de sus placeres, y por lo mismo, intensificarlos.
El activo y el pasivo
Menos atrayente: la oposición activo-pasivo no concierne solamente al dominio que el sujeto ejerce sobre sí mismo, sino que se transpone en la relación entre el hombre y la mujer.  Esta última encarna para los griegos el polo de la pasividad, aquel de los deseos desbordantes que exigen un control, mientras que el hombres el « el alma » de esa pareja, el principio dominante que debe ejercer el dominio e imponerle una forma a la destapadura inestable de la feminidad.  De suerte que, incluso cuando ellos se someten a las mismas obligaciones, uno y otra no tienen la misma experiencia: « Sólo tener relaciones sexuales con su esposo es para la mujer una consecuencia de que está bajo su potestad.  No tener relaciones sino con su esposa es para el marido la más bella manera de ejercer su poder sobre su mujer» (Comprender: al exhibir el poder que él ejerce sobre sí mismo). Tras los nobles principios éticos aparece claramente una estructura de dominación, es decir una disimetría institucionalizada pero ampliamente inconsciente.  Y tal es cuando menos el problema de fondo que la ola actual de escándalos impone afrontar.
A este título se podría describir a nuestras sociedades, y por ende a lo que « piensa silenciosamente en nosotros », como estructuras de poder que perpetúan las disimetrías dominio/pasividad, dominación/sumisión, analizadas por Foucault, que se transparentan muchísimo en la distinción virilidad/feminidad.  Solamente que ellas estarían ahora desprovistas del principio regulador de la enkrateia, de la temperancia que autoriza un justo uso de los deseos, y ha sido reemplazada en nuestras sociedades por una lógica del exceso que se nutre de sí mismo, por ese mandato permanente de identificarnos (« casi por entero ») con nuestro deseo, con nuestra concupiscencia.  Y esto sin medida, ya sea en la manera agresiva que usamos de ellos, o que lo verbalicemos sin fin; o también que los tranquemos compulsivamente y a menudo con excesos nocivos, en los más minúsculos elementos de la conducta o del discurso.
De ninguna manera puedo zanjar en el diferendo que opone a las militantes del #MeToo y las defensoras de la « libertad de importunar », pues acabo de sugerir que sus combates respectivos me parecen provenir de una matriz común.  Sin embargo estaría inclinada a dirigirme hacia los últimos análisis de Foucault, consacgrados no a la confesión sino a otra forma de decir-verdadero, donde se anudan subjetividad y poder, la de la parrhèsia: el coraje de la verdad[].  La entereza del que « corre el riesgo de decir la verdad » frente al detentador del poder, que podría muy bien no querer escucharla, y que en el acto de decir-verdadero arriesga pues su propia persona al mismo tiempo que amenaza el equilibrio del orden social.  Es el coraje de Platon que no duda en decirle su verdad a Dionisio, el tirano de Siracusa; la de Diógenes el Cínico, que le echa su realeza filosófica al rostro del rey terrestre Alejandro; y también de aquellas (y aquellos) que, en la actualidad, le devuelven a los poderosos la verdad sobre su sexualidad tiránica, como uno devuelve el guante.  Ahora bien, Foucault era consciente de los envites, de los excesos posibles y de los peligros que se corrían. «El decir-verdadero del parresiasta corre los riesgos de la hostilidad, de la guerra, del odio y de la muerte. Y si es verdad que [su] verdad –cuando la reciben […]– puede en ese momento unir y reconciliar, es sólo después de haber abierto un momento esencial, fundamental, estructuralmente necesario: la posibilidad del odio y del desgarramiento».  Pero es el riesgo que hay que tomar.
LA INVENCIÓN DEL DESEO
Las Confesiones de la carne ocupan en la Historia de la sexualidad una posición paradójica.  Son el último tomo pero dan testimonio de las investigaciones que llevaba a cabo a comienzos de los años 1980, y que condujeron a Foucault a extender el campo de su investigación al cristianismo de los primeros siglos de nuestra era, y luego a la antigüedad greco-latina.  Representa a la vez un punto de llegada de los análisis foucaultianos, y al mismo tiempo su fuente. El objeto central del libro es describir la formación de un doble dispositivo, que es todavía el nuestro: el mandato de confesión por una parte, y la incitación constante a decir lo verdadero sobre nosotros mismos, bien particularmente sobre nuestra sexualidad vergonzosa y pecadora; pero también la invención del cuerpo deseante, de un cuerpo saturado de una sexualidad inquietante, lábil, incesante.  Las piezas maestras de esta demostración consisten en estudiar los rituales de penitencia; la manera cómo se impusieron la dirección de conciencia y la confesión, o exagoreusis, que se «desarrolló en el monaquismo como práctica de un examen ininterrumpido de sí mismo ligado a una confesión de boca incesante» ; y la refundición por san Agustín del concepto de libido, que solo el consentimiento en la unión matrimonial podría lavar de los estigmas del pecado original, y que lo lleva a definir «una concepción general del hombre de deseo, y […] una jurisdicción fina de los actos sexueles qui marcaron los dos profundamente la moral del Occidente cristiano ».
S. L.
(…)
El descubre que la mayoría de tales reglas era una herencia reorganizada de las disciplinas de sí elaboradas por los filósofos griegos y latinos de la antigüedad clásica y tardía.  Por lo demás proseguirá ese trabajo que conducirá a la publicación simultánea de el Uso de los placeres y de el Cuidado de sí.  El libro conduce al centro de las preocupaciones foucaultianas de la época.  El autor pone en claro su rechazo de las ideas generales y su necesidad de desmistificar lo que cada época tiene oculto.  Foucault no solamente afina aquí su reflexión sobre la subjetividad y la subjetivación, sino que descubre allá un punto de análisis privilegiado de la emergencia de la sexualidad moderna y del rol que ha jugado el cristianismo.
Con esta aparición se clausura el voluminoso dosier “Patrística” que Foucault había abierto desde 1976, y del que otras piezas ya eran accesibles en Sobre el gobierno de los vivos (2012 ) —curso en el Collège de France de 1980 consagrado en gran medida a los Padres de la Iglesia (Hermas, Tertuliano, Casieno, Clemente de Roma, etc.).  Esta lectura apretada y el análisis innovador de los «regímenes cristianos de verdad » (bautismo, penitencia) permiten finalizar el retrato de lo que se llama el «último Foucault».   El de las «técnicas de sí».
Pero ellas permiten mover las líneas de análisis del cristianismo tal como parecían estatuídas en 1976 en la Voluntad de saber, convertido en una especie de doxa en la que el cristianismo no era sino la religión de la confesión y la obediencia.  Y si las Confesiones retoman en parte los datos de aquella obra, y de los cursos, los amplía y los abre (entre otras por medio de un análisis impertinente de san Agustín) hacia profundidades ocultas y donde el cuerpo « habla» más abiertamente.
Patrólogos, filólogos, historiadores, teólogos pero también filósofos y aficionados ilustrados… del fundamento histórico y cultural del sujeto moderno…  a través de los Padres griegos y latinos de los siglos IIº a Vº encontrarán aquí grano que morder y le darán al pensamiento foucaultiano mucha más precisión y riqueza.
jean-paul gavard-perret
L’HUMANITÉ
INÉDIT. LES AVEUX SANS FIN DE LA CHAIR

Encuentro con Frédéric Gros, filósofo y quien hizo el prefacio del último volumen de la l’Histoire de la sexualité de Michel Foucault.

¿Qué lugar ocupa las Confesiones de la carne en el seno de la obra de Michel Foucault, y en particular en la Historia de la sexualidad? 
FRÉDÉRIC GROS: Se habla aquí de un estudio muy importante, erudito y apasionante, sobre el cristianismo de los primeros siglos de nuestra era a través del filtro de la sexualidad.  Los libros de Foucault publicados hasta entonces se centran esencialmente, ya sea en la modernidad occidental (siglos XVI-XIX) cuando se trataba de establecer una arqueología de los discursos (las ciencias humanas) o una genealogía de los poderes (la disciplina normalizadora); ya sea en la experiencia antigua de los placeres.  Es el primer libro de Foucault consagrado enteramente a las doctrinas (a propósito del matrimonio, de la virginidad, del pecado de lujuria), a los rituales, a las prácticas (bautismo, penitencia) tal y como los Padres cristianos de los primeros siglos las han elaborado. Esta obra viene pues a completar el estudio de la sexualidad antigua, concediéndole todo su lugar a la antigüedad cristiana.  El examen de esta parte cristiana es particularmente decisivo para Foucault porque, entre más alejada esté la experiencia griega de la nuestra, tanto más por el contrario nuestra experiencia contemporánea de ser « sujetos de desieo » toma sus coordenadas fundamentales y secretas en prácticas de sí elaboradas en los primeros monasterios cristianos o en disertaciones sobre la sexualidad de Adán. Incluso se podría decir que las Confesiones de la carne se presenta como una arqueología del psicoanálisis.
El título tan bello que se ha mantenido para esta parte ciertamente que no es inocente.  ¿De qué confesiones se trata? ¿Qué « experiencia nueva » tiene el cuerpo en los períodos examinados ?
FRÉDÉRIC GROS: Se trata efectivamente de tratar de pensar la novedad radical de una relación con nuestro sexo, una relación finalmente irreductible a la experiencia antigua de los « aphrodisia » (los placeres carnales tal y como están enmarcados, regulados por consejos médicos –en torno al momento, la frecuencia, los que varían según las edades, etc.– o también por los preceptos filosóficos que pueden tratar por ejemplo sobre el comportamiento sexual en el matrimonio).  La experiencia de la carne es el lugar de una experiencia nueva, específica, marcada por una mística de la virginidad, una concepción inedita de la sexualidad de la pareja de esposos en la que se trata esencialmente de poner cuidado en la continencia del otro, pero también una invitación a escrutar sus propios deseos para descubrir en ellos la traza de una tentación demoníaca.
¿La apuesta teórica lo que busca es mostrar el rol prescriptor y constante que ha jugado la religión en materia de comportamientos sexuales?
FRÉDÉRIC GROS: El envite más importante consiste ante todo en superar un malentendido persistente que consiste en resumir la doctrina cristiana en materia de sexualidad a la culpabilidad y a la prohibición.  El cristianismo habría entristecido nuestra carne. Foucault comienza por recordar que los grandes principios de austeridad sexual (finalidad exclusivamente procreadora del acto sexual, obligación de fidelidad en el marco del matrimonio, descalificación de los amores homosexuales) habían sido ya formulados por los filósofos paganos y que ellos son de una regularidad sorprendente a través de la historia.  Ciertamente que el cristianismo innova, pero no reforzando las prohibiciones. Él inventa, pero no creando nuevos objetos de censura, y ni siquiera aumentando la intensidad de nuestra culpabilidad sexual. Mientras que se podría tener tendencia a decir que el cristianismo trató de reducir, de anular, de negar la importancia de la sexualidad, Foucault muestra por el contrario su lugar absolutamente central, decisivo en la constitución del sujeto.  Los primeros Padres cristianos, de Tertuliano a san Agustín, pasando por Casiano y san Juan Crisóstomo, de hecho lo que hicieron fue “reformatear” la experiencia que el sujeto tenía de su relación con el mal, con la verdad, el deseo, la palabra.  Que se nos permita mencionar aquí al menos una de las importantes evocaciones que Foucault hace de las tesis de san Agustín, la relativa a la consecuencia del pecado original: haber introducido en el acto sexual una parte de involuntario (la excitación primera, la secuencia coital) a la que Foucault de da una dimensión de « revuelta ».  De tal suerte que la sexualidad, es en nosotros esa parte de incontrolable, esa parte de insurrección contra sí mismo y que es como el recuerdo, el testimonio de esa revuelta contra Dios que precipitó nuestra caída.
Entrevista realizada por Nicolas Dutent


Traducido por Luis Alfonso Paláu-Castaño para ser leído en la sesión de agosto 21 de 2018, cuando se discuta las Confesiones de la carne que acabo de traducir al español, en los martes del pensamiento francés de la Alianza de Medellín.  Envigado, agosto 17 de 2018.


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