El Innecesario Pene Largo

Fragmento Capítulo 7
Libro ¿Por qué es divertido el sexo?
Jared Diamond


En principio, parecemos carentes de estructuras exageradas de señalización comparables con la
cola de cuarenta centímetros de un tejedor. Al reflexionar, sin embargo, me pregunto si realmente no exhibiremos una de tales estructuras: el pene de un hombre. Uno podría objetar que no cumple función alguna de señalización y que no es nada más que maquinaria reproductiva bien diseñada. Sin embargo, esta no es una objeción seria a mi especulación: hemos visto ya que los pechos de las mujeres constituyen simultáneamente señales y maquinaria reproductiva. 

Las comparaciones con nuestros parientes simios insinúan que el tamaño del pene humano excede de forma similar a los meros requerimientos funcionales, y que ese tamaño excesivo podría servir como una señal. La longitud del pene en erección es de sólo unos tres centímetros en gorilas y de casi cuatro en los orangutanes, pero es de quince centímetros y medio en los humanos, aun cuando los machos de aquellas dos especies poseen cuerpos mucho más grandes que los hombres.

¿Son esos once o doce centímetros extra del pene humano un lujo funcionalmente innecesario? Una contra interpretación es que un pene grande podría ser útil de alguna manera en la amplia variedad de nuestras posiciones copulatorias comparadas con las de muchos otros mamíferos. Sin embargo, el pene de casi cuatro centímetros del macho de orangután le permite actuar en una variedad de posiciones que rivalizan con las nuestras y sobrepasar nuestra actuación ejecutando todas esas posiciones mientras cuelga de un árbol. En cuanto a la posible utilidad de un pene grande en el mantenimiento de coitos prolongados, los orangutanes nos superan también al respecto (duración media de quince minutos, frente a los simples cuatro minutos del hombre medio estadounidense). La insinuación de que el gran pene humano sirve como alguna clase de señal podría ser percibida observando lo que sucede cuando los hombres tienen la oportunidad de diseñar sus propios penes más que quedarse satisfechos con su legado evolutivo.

Los hombres de las tierras altas de Nueva Guinea lo hacen metiendo el pene en una funda decorativa llamada falocarpo. La funda tiene hasta sesenta centímetros de largo y diez de diámetro; frecuentemente es amarilla o rojo brillante y está variadamente decorada en la punta con piel, hojas o un ornamento bifurcado. Cuando encontré por vez primera a hombres de Nueva Guinea con falocarpos, entre la tribu de los ketengban, en las montañas Star, ya había oído hablar mucho de ellos y tenía curiosidad por ver cómo los utilizaban y cómo los explicaba la gente. Resultó que los hombres llevaban los falocarpos constantemente, por lo menos siempre que me encontraba con ellos. Cada hombre posee varios modelos, que varían en tamaño, ornamentación y ángulo de la erección, y cada día elige un modelo de acuerdo con su estado de ánimo, de forma muy parecida a como nosotros seleccionamos todas las mañanas una camisa que ponernos. En respuesta a mi pregunta de por qué llevaban falocarpos, los ketengban replicaban que se sentían desnudos e indecentes sin ellos. Esta respuesta me sorprendió, con mi perspectiva occidental, porque los ketengban estaban por lo demás completamente desnudos e incluso dejaban sus testículos al descubierto.

El falocarpo es en efecto un llamativo seudopene erecto que representa aquello con lo que a un hombre le gustaría estar dotado. El tamaño del pene que nosotros evolucionamos está desafortunadamente limitado por la longitud de la vagina de una mujer. Un falocarpo nos muestra el aspecto que tendría un pene humano si no estuviera sujeto a restricciones prácticas. Es una señal incluso más patente que la cola de un tejedor. El verdadero pene, aunque es más modesto que un falocarpo, es indecentemente largo según los cánones de nuestros ancestros simios, aunque el
pene del chimpancé también ha sido agrandado por encima del estado ancestral que se ha deducido y rivaliza en tamaño con el pene humano. La evolución de los penes ilustra evidentemente el funcionamiento de la selección desenfrenada tal como Fisherlla postuló. Empezando desde un pene de simio ancestral de cuatro centímetros, parecido al pene de un gorila u orangután moderno, el órgano humano aumentó en tamaño por un proceso desenfrenado, transmitiendo una ventaja a su
propietario como señal cada vez más llamativa de virilidad, hasta que su longitud fue limitada por contraselecciones a medida que se hicieron inminentes las dificultades de encajarlo dentro de la vagina de una mujer.

El pene humano ilustraría también el modelo del hándicap de Zabavi como una estructura costosa y perjudicial para su propietario. De acuerdo, es más pequeño y probablemente menos costoso que la cola de un pavo real; sin embargo, es suficientemente grande como para que si la misma cantidad de tejido fuera dedicada a corteza cerebral extra, este hombre rediseñado cerebralmente obtuviera
una gran ventaja. Así pues, el coste de un pene grande debería ser considerado como el coste de una oportunidad perdida: dado que cualquier energía biosintética disponible para un hombre es finita, la energía despilfarrada en una estructura lo es a expensas de energía potencialmente disponible para otra estructura. Un hombre podría alardear: «Ya soy tan inteligente y superior que no necesito dedicar más gramos de protoplasma a mi cerebro, sino que en su lugar puedo permitirme el hándicap de empaquetar tales gramos inútilmente en mi pene.»

Sigue siendo discutible la audiencia supuesta a la que está dirigida la proclamación de virilidad del pene. La mayoría de los hombres asumirían que las que se quedan impresionadas son las mujeres. Sin embargo, las mujeres tienden a informar que les excitan más otros rasgos de un hombre, y que la visión de un pene es en realidad poco atractiva. En lugar de ello, los que están realmente fascinados por el pene y sus dimensiones son los hombres. En las duchas de los vestuarios masculinos los hombres miden rutinariamente entre ellos su dotación.

Aun cuando algunas mujeres queden también impresionadas por la visión de un pene grande, o queden satisfechas por su estimulación del clítoris y la vagina durante el coito (como es muy probable), no es necesario para nuestra discusión caer en un argumento del tipo de «o esto o aquello» que asume que la señal está dirigida sólo a un sexo. Los zoólogos descubren constantemente que, entre los animales, los ornamentos sexuales cumplen una doble función: atraer a parejas potenciales del sexo opuesto y establecer predominio sobre los rivales del mismo sexo. En este aspecto, como en muchos otros, nosotros los humanos portamos todavía el legado de cientos de millones de años de evolución vertebrada grabados profundamente en nuestra sexualidad. Sobre ese legado, nuestro arte, lenguaje y cultura han añadido recientemente sólo un barniz.

La posible función señalizadora del pene humano y el objetivo de esa señal (si es que hay alguno) siguen siendo cuestiones sin resolver. Así pues, este tema constituye un final apropiado para este libro por lo bien que ilustra su propósito: la importancia, la fascinación y las dificultades de un enfoque evolutivo de la sexualidad humana. La función del pene no es meramente un problema fisiológico
que pueda ser esclarecido sin dobleces mediante experimentos biomecánicos sobre modelos hidráulicos, sino también un problema evolutivo. El problema evolutivo lo plantea la expansión cuádruple en el tamaño del pene humano, más allá de su tamaño ancestral, durante el transcurso de los últimos 7 a 9 millones de años. Una expansión tal está pidiendo a gritos una interpretación histórica y funcional. Al igual que hemos visto en relación con la producción de leche estrictamente femenina, la ovulación oculta, los papeles masculinos en la sociedad y la menopausia, tenemos
que preguntar qué fuerzas selectivas impulsaron la expansión histórica del pene humano y mantienen su gran tamaño hoy.

La función del pene es también una materia apropiada para concluir porque a primera vista parece tan poco misteriosa. Casi cualquiera afirmaría que las funciones del pene son expulsar la orina, inyectar esperma y estimular físicamente a las mujeres durante el coito. Pero la aproximación comparativa nos enseña que esas funciones son conseguidas en el resto del mundo animal mediante una estructura
mucho más pequeña que la que nosotros llevamos a cuestas. También nos enseña que esas estructuras tan sobredimensionadas evolucionaron de varias formas alternativas que los biólogos todavía luchan por comprender. Así pues, incluso el objeto más familiar y aparentemente más transparente del equipamiento sexual humano nos sorprende con cuestiones evolutivas no resueltas.
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