Por Mauricio Castaño H
Historiador
Colombiakrítica


Pasar, caminar, siempre moverse, partir y regresar. La vida definida por el movimiento. La inmovilidad y el aislamiento matan. Moverse y congregarse, en el aislamiento y en la quietud morimos. El afuera y el adentro. Se rompe el cascarón para ganar independencia. La mano y el martillo empuñado, es el gesto de querer salirnos de nosotros mismos. El yo que se exterioriza y se busca en el afuera para no encontrarse, pero no importa, porque la vida es movimiento, es búsqueda incesante. Qué sería de nosotros si no tuviéramos algo por delante que nos atrajera, que nos motivara, que nos pusiera en movimiento, algo por qué luchar, algo que le dé sentido a nuestras vidas, a nuestra existencia.


Apunta de querer estar afuera, de salirse uno de sí mismo, la mano ingeniosa crea la herramienta, con ella traza calles, construye pasajes, centros comerciales, edificios, viviendas, todo esto devela nuestros movimientos, el estar de un lado para el otro, yendo y viniendo, partiendo y regresando, estamos en casa pero el afuera nos jala, pero luego es a la inversa, las raíces nos jalonan, nos hibernan. Moverse, siempre el movimiento. La ciudad es un escenario de intercambios, todo el tiempo funcionando, es el ruido y la antítesis de la arcadia del miserable campo donde la vida sin servicios básicos está en constante peligro.


La piedra y la carne dicen bien de este doble registro de la materia y el espíritu, lo suave y lo duro, palabras y cosas, lenguaje y mundo. Nos enseña Michel Serres en Estatuas que toda estatua, toda momia, toda pirámide es piedra o sólido que recubre la carne. Estatua es un cuerpo viviente recubierto de piedras. Las piedras tiradas se amontonan para cubrir, para tapar al cuerpo lapidado. La carne, el hombre bajo tierra se descompone, se convierte en humus, regresa a su estado inicial. Es la transubstanciación, cuerpos mezclados, como el tiempo que mezcla en la edad avanzada lo negro y lo blanco, cabellos negros y blancos, canosos.


También es el espíritu transubstanciado en piedra, es una técnica social que funciona por sustitución, el sustituto, el reemplazo, es la víctima que paga por las culpas de otro y así saciar, detener a la masa, a la turba enfurecida, a la multitud violenta que quiere derramar sangre, están sedientos de venganza.  Pero no sólo los hombres son actores, también lo son los dioses, ellos son comodines, vicariantes como los mitos que se piensan en los hombres, los encarnan. 


El territorio escenográfico es fuente inagotable para quienes saben leerle. Serres habla de caja blanca, caja negra con ignografía. Son los ritos, mitos sustitutos de un real representado, el lenguaje es abstracción de los objetos captados. El lenguaje oculta las cosas en su plena abstracción. La palabra absorbe a la cosa. Su anverso es la experiencia, el examen de lo real, de lo concreto, de lo empírico que es el exterior.


En lo ritual de nuestros tiempos, muy común muertos tras muertos, éste borra a aquel, cosa tan común la muerte, nos hemos acostumbrado a ella. La repetición una y otra vez de asesinatos en los mass media, en la tv, ellos también son rituales que aún hoy no sabemos qué celebramos, solo sabemos que como espectadores nos da gusto saber que son otros los muertos y no nosotros, la prueba es que todavía seguimos vivos... por el momento. En sí, sociedad del sacrificio humano, muerte colectiva, la muerte en toda circunstancia que no nos abandona, accidentes de tránsito, violencias armadas, familiares. Es la tragedia, la representación del ritual que involucra la vida. Por más que se quiera escapar, siempre estamos de regreso a los infiernos, las alcantarillas están allí para recordarnos el abajo y el arriba, el afuera y el adentro, la carne y la piedra.

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