Por Mauricio Castaño H
Historiador
http://colombiakritica.blogspot.com/

La ciudad se mueve al ritmo de la tal civilización. Ruidos de motosierra, tala de árboles,  avisos de próximas construcciones, sirenas de los bomberos veloces que intentarán apagar incendios avanzados y provocados, los ambientalistas impotentes y agraviados porque las fuerzas del universo parecieran conspirar en su contra y a favor de los festivos constructores, urbanistas y dirigentes que se regocijan con sus batallas ganadas, ganar suelo que venden a metro cuadrado como oro en polvo, son como dioses de la bolsa que saben cómo subir los precios para incrementar sus ganancias. El verbo conjugado es construir, construir y construir, el cemento es buen negocio, da buenos dividendos. Es un mundo incompleto quien sólo gire hacia el sólo dinero, éste tan sólo es medio y no fin.


La civilización que se nos impuso fue la del hacha y el machete que tumban monte para colonizar y decir esto es mío y aquello lo tuyo. Lo salvaje, nos hacen creer, son esas palabrejas de madre tierra, madre naturaleza, equilibrios cósmicos. Nada de eso, lo que valen son las máquinas ruidosas que echan humo. El metro cuadrado del cemento es la unidad de medida que da el valor, soñadores y excéntricos los que están pensando que la tabla rasa debe darse según el espacio biodiverso que ofrezca condiciones salubres, libres de bocanadas de humo que terminan en tus pulmones y finalmente aceleran tu muerte. Son asuntos de condiciones de calidad, favorables a la vida que esperamos se impongan más temprano que tarde. 


No queremos parecernos quejumbrosos ni mucho menos nostálgicos de mundos ya idos, tampoco añoramos los tiempos de los solo tapa rabos, decimos, insistimos, las comodidades hacen la vida más fácil y placentera, pero nos gusta conjugar la palabra responsabilidad con el planeta biodiverso, del cual dependemos para vivir. Esta carrera loca de la explotación, de sacar la última gota de petróleo sobre el planeta, para encender los últimos leños de madera, para cocinar la última rata viva sobre el suelo, ello nos pondrá de regreso a aquellos tiempos de la naciente humanidad, pero con la diferencia de un planeta agotado. A los urbanistas, los constructores, los dirigentes, a todos ellos daremos las gracias por habernos empujado al matadero infernal. 


Estamos a tiempo de hacer el alto en el camino, reconocernos en lo que somos. Al César lo que es del César, y a Isabel y Fernando el genocidio de estas tierras hace 500 años. Otros patrones de vida están a la espera de ser adoptados que frenarían esta carrera loca de la depredación. Que esas Redes de pequeños espacios verdes para enfriar las ciudades que sean más bien grandes y abundantes.


Por estos días, frente a esa ola, esa fiebre de tumbar o talar árboles, he querido llamar a esto Arboricidios, pues parece ya una costumbre, un discurso justificatorio, que debe haber tala, pero nos parece un discurso tramposo, y mejor aún, perdonen lo fuerte del término, hipócrita, pues aducen enfermedad generalizada de más del ochenta por ciento de los árboles existentes, por ejemplo, en la ciudad de Medellín. Lo malicioso está en que tal epidemia no tiene razón de ser en entidades que son ambientalistas, nos parece más bien que hacen el favor a los constructores y dirigentes, todos ellos la misma cosa de empresarios que son, para tumbar bosques y vegetación, y detrás las máquinas ostentosas que limpiarán y luego echarán cemento, y al final de cuentas, todo se reduce a las ganancias de aquellos pocos a costa de joder este hábitat de aire cada vez más polucionado. Vale el llamado a la sensatez, y mejor aún, a que los ciudadanos frenen esa carrera loca de estos depredadores inescrupulosos.
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