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Cuidar Ancianos y Máquinas de Curar

El cuidado de los ancianos y las máquinas de curar ─ L'Hôtel-Dieu                                                     Por Iván Castrillón A.                                                                                                                      Historiador, Colombiakrítcia

Charles Marville, L'Hôtel-Dieu, du quai Saint Michel. París IVe. Vers 1867 - Vergue. Wikimedia Commons

El cuidado de los ancianos desde la Grecia Clásica se suele repartir entre la familia y las instituciones asistenciales, así transcurrió en la Edad Media entre los hospedajes u hospitales para peregrinos y pobres, y los monasterios-hospitales para los ancianos acomodados. Pero hubo que esperar hasta finales del siglo XVIII para que los hospitales se reformen y se conviertan en máquinas de curar y no del «buen morir» y así se sumó la curación a los cuidados de largo plazo.

En el post anterior quedó la sensación de una guerra intergeneracional por los efectos de los cambios demográficos y la competencia, entre jóvenes y ancianos, por quienes finalmente asumen los costos que imponen dichos cambios. Mi amigo Mauricio me compartió un risible texto de Borges que entre otros aspectos se lee: He imaginado el argumento de una novela que por razones de ceguera y de ocio no escribiré, y que sería el reverso de la admirable «Diario de la guerra del cerdo», de Bioy Casares. El tema de ese libro es una conjuración de los jóvenes contra los viejos; el tema del mío, cuya redacción queda a cargo de cualquiera de mis lectores, es una conjuración de los viejos contra los jóvenes, de los padres contra los hijos. Examinemos las diversas y atroces posibilidades de ese argumento, que acaso nadie escribiría. Ojalá nadie, ya que sería un libro muy triste. Quizá lo habría aceptado Léon Bloy. 

Pero es obvio que el problema demográfico conlleva es a otra dialéctica en la que se confrontan unos pocos ─muy ricos─ con muchos desposeídos, donde los primeros ─pese a su bajo número─ ironicamente persisten porque han logrado el apoyo de los denominadas “clases medias” pero especialmente del grupo cuyo arquetipo lo describe muy bien los denominados yuppies.

Los dos grandes problemas de nuestro presente son el cambio climático y la inequidad. El covid-19 y sobre todo la gran mortandad entre ancianos, pobres y grupos minoritarios es la prueba de que estamos atrapados en dicho bogavante como lo señala la ONU. Esto es posible porque hemos permitido que se implante una nueva forma de «soberanía despótica» lo que muestra perspicazmente Frédéric Gros en Desobedecer, pues la mayoría agradecemos que nos hayan donado las tres condiciones de la sumisión porque irónicamente estas nos liberan de decidir y por consiguiente de asumir la responsabilidad y los miedos de sus efectos. Primero nos privan de los medios de subsistencia; segundo nos impiden cuestionar esa expropiación y por último nos convencen que así se garantiza la pertenencia a esa comunidad que se rige bajo la mirada escrutadora del rostro invisible del déspota.

Esta tensión entre vivir bajo un régimen despótico o en libertad queda muy bien resumido por la Fontaine en la fabula del lobo y el perro ─el primer famélico pero libre, el segundo lozano pero tiranizado─. Pero desviémonos un poco para poder retomar esta discusión. 

La coyuntura del Covid-19 nos convoca porque hizo visible los riesgos de ser viejo. Isabel Ortiz del Programa Global de Justicia Social resumió en los siguientes puntos la magnitud del problema que empieza por: 

  • la disecriminación en la distribución del recurso hospitalario con base en la edad
  • la alta mortandad en los asilos por abandono o recursos insuficientes, en suma por negligencia institucional. 
  • la presión de la multibillonaria industria de geriátricos y asistencia de largo plazo para rehuir la responsabilidad. 
  • Como solución propone: que los Estados de manera urgente, salden sus pasivos sanitarios e inviertan más en servicios y asistencia de largo plazo en salud para las personas mayores. 

Todo está está estrechamente relacionado con lo que Josep Vilajoana ha presentado en TEDXBarcelona como edadismo que significa una percepción y actitud sobre la vejez cargada de estereotipos, prejuicios, acciones discriminatorias y excluyentes. Con el agravante del maltrato a los ancianos cuya dinámica aún es pobremente diagnosticada, comprendida y esto a su vez está explicado con los determinantes sociales de salud que comprende la distribución desigual del empoderamiento, de la riqueza y de el acceso a los recursos. De ahí la importancia del estudio de la salud como bien económico -economía de la salud- y el privilegiar su componente de la farmacoeconomía, aspecto sobre el cual volveremos. 

La demografía del envejecimiento. [Datos

La OMS resume la dinámica demográfica actual al afirmar que la población mundial se envejece de forma acelerada. Como ya se anotó Japón es el referente obligado con un descenso sostenido de la población por noveno año y este déficit implica satisfacer las necesidades derivadas por el incremento del número de viejitos y la escasa mano de obra joven por lo cual la Abeconomía ha tenido que fomentar la diversidad laboral ampliando la participación de las mujeres, la de los inmigrantes y también la de los viejos.

Esta triple tendencia del aumento de la esperanza de vida, el descenso de la fecundidad y el aumento de los viejos centenarias hace visible la gerontogonía que como devenir impredecible debe acudir a una gerontología que redefina la economía de la salud apoyada en el diseño industrial, urbano y cultural para adecuar las infraestructuras sociales ─educación, empleo, vivienda, transporte, atención sanitaria y social─ para un desarrollo equitativo y sostenible y así disponer de los recursos para asistir a las cada vez mayores demandas de las personas mayores dependientes por efecto de las enfermedades crónicas, la multimorbilidad ─un individuo con dos o más enfermedades crónicas,─ y las discapacidades cognitivas. Por eso es significativo evaluar dos efectos de la coyuntura covid-19; por una parte cómo los sistemas de salud en el modelo de la prevención ─muy diferente la situación de la preparación coreano─, está tan mal cualificado para esta crisis que la población en general, pero en particular los ancianos, fueron desatendidos pues se redujo la atención en policlínicas y servicios descentralizados, se suspendieron consultas y actos quirúrgicos programados; descontinuando la atención de personas con enfermedades crónicas no transmisible a la vez que se genera según Mayte Sancho el denominado efecto péndulo al reforzarse los servicios del gran formato institucional que ya mostró sus grandes baches y se descuida los validados modelos domésticos con servicios flexibles centrados en la persona.

De allí la importancia del movimiento global a favor de los derechos de las personas mayores que centra su misión en cuatro factores: Ingresos, Salud, Competencias y Entornos favorables, para lo cual construyeron el índice Global de envejecimiento con el cual se mide el bienestar de las personas mayores en 96 países monitoreando cómo las políticas públicas hacen frente a los retos del envejecimiento de la población.

Los derechos de los ancianos en la coyuntura del Covid-19

Insistimos, la coyuntura ha mostrado lo expuestos que están los ancianos en el modelo de la prevención de ahí que la ONU se haya pronunciado: Las personas mayores tienen el mismo derecho a la vida que los demás durante y después del coronavirus, porque para ellas además de la manutención el factor más crítico es la salud.  Por consiguiente cuando se piensa en sus derechos específicos estos no se pueden desligar de los derechos socioeconómicos y culturales o DH de segunda generación y entre estos los 14 derechos del paciente. En consecuencia es importante como ciudadanos e interesados promover el derecho del anciano y el uso del indicador Global Health Impact que evalúa el acceso universal a los servicios de salud y medicamentos esenciales.

Elementos para una comprensión de la gerontogonía

Inventariemos algunos mojones y hagamos una rápida síntesis del devenir del cuidado de los ancianos y el desarrollo de los sistemas asistenciales. Desde la Grecia Clásica es manifiesto ese doble movimiento del cuidado de las personas mayores entre el topos o lugar de la familia, llámese hogar o casa, y la de instituciones de asistencia, por donde circularon narrativas y técnicas de tipo médico al lado de filosofía o estilos de vida sobre lo cual habrá que volver: Vitruvio relata sobre “la casa de Creso, destinada por los sardianos a los habitantes de la ciudad que, por su edad avanzada, han adquirido el privilegio de vivir en paz en una comunidad de ancianos a los que llaman Gerusía” [Trejo, C].

En la Edad Media la organización asistencial tendrá dos modelos: el de los hospitales propiciados por el Concilio de Nicea en el 325 d.C., para atender a los peregrinos enfermos siendo el primero el de San Basilio en Cesarea y que se fueron transformando en hospederías, hospitales y leproserías, lugares de acogida bajo los preceptos de la caridad para los sin techo, huérfanos y pobres. La otra ruta parte de la regla de San Benito por lo tanto en los monasterios de la orden no solo atenderán en sus hospitales, iniciados con el de Montecassino en el año 529, a sus hermanos sino también a la población creyente. En estos hospitales-monasterio se desarrolló un lucrativo negocio para albergar ancianos adinerados que se recogían y se preparaban allí para el peregrinaje a la vida eterna. Recordemos aquí que en el modelo asistencial de la Iglesia Romana sus instituciones desembocaron en la gestión del «buen morir».

La Época Clásica y la irrupción de la Salud Pública

El cuidado de los ancianos estuvo distribuido entre el espacio de la familia y los espacios asistenciales dirigido por la Iglesia distribuidos entre hospedajes para pobres y marginales y, los monasterios para personas adineradas. Pero en la época clásica se consolida el poder de los monarcas absolutistas ─luego ilustrados─ que han roto la hegemonía de la Iglesia Romana. Movimiento que tuvo entre sus iniciadores a Felipe IV de Francia a principios del siglo XIV quien destruyó la orden de los Templarios. En el siglo XVI así como el déspota tiene el poder de «hacer morir» por lo mismo tiene la facultad de «hacer vivir» y en consecuencia estos monarcas asumen la obligación cristina que tenía la Iglesia de cuidar a los desvalidos.

Por la misma época toma forma el modo de producción capitalista, que va destruyendo la producción de los talleres rurales en favor de las nuevas proto-fábricas urbanas generando importantes movimientos de desruralización. Bajo la nueva cuadratura administrativa del orden disciplinario, descrito por Foucault, se tiene varios flujos intelectuales e interesa resaltar aquí el significativo de la Historia Natural que entregó las clasificaciones como la zoología, la botánica, la nosología médica y la paleontología que se constituyeron en un zócalo fundamental para la emergencia en el siglo XIX de las ciencias de la vida.

Ya se indicó que la función asistencial de la Iglesia hacia el siglo XVI ha sido asumida por los Monarcas Absolutistas. Perdura, con cambios, el hogar espacio de referencia del grupo familiar pero la institucionalidad asistencial se desdoblará, por un lado en los asilos y por el otro los hospitales ya no como espacios para el «buen morir» donde se recibía ─como ya se indicó─, a pobres y abandonados sino también a los «anormales» enfermos mentales, alcohólicos y vagabundos.  Entonces tomemos como punto de inflexión de la deriva que integró a los cuidados de los ancianos el hospital como espacio de curación, el incendio y reformas que sufrió el Hôtel Dieu en París entre los años 1772 y 1788. La nueva biopolítica de proteger la mano de obra reorganiza la función de los espacios públicos y la arquitectura, pues se establece la policía en su doble función, una más antigua que la otra; la añeja del control y vigilancia de la población pero en especial nos interesa la orientada a regular la vida en las ciudades: fomentar la higiene y la salud pública en relación a la disposición de los cadáveres, basuras y excretas, el suministro de agua y cuidado del aire, la densidad y uso del espacio público....

Pero atañe aquí resaltar los efectos de la disrupción del hospital como máquina de curar, pues se transformó además en un recinto que favorece la innovación y la enseñanza médica.  Listemos algunos de esos efectos. Será muy importante en la consolidación de la mirada clínica y sus protocolos, allí también converge las técnicas de los cirujanos barberos y el discurso de Galeno para exudar el quirófano como el espacio de los cirujanos y sus nuevas técnicas como la anestesia, la antisepsia y la hemostasia. Hacia 1840 se consolida los laboratorios clínicos que permitirá a un Claude Bernard publicar en 1859 Introducción al estudio de la medicina experimental obra fundadora de la medicina anclada en el laboratorio con el foco en la enfermedad que viene de adentro del organismo como la diabetes. Por su parte Louis Pasteur entre 1860 y 1885 desplegó la teoría de las infecciones o las patologías de origen microbiano, es la enfermedad que llega de afuera. Por ahí, define los protocolos para la vacunación y con Lister desarrolla toda la técnica de la antisepsia médica y se tiene aquí los fundamentos de la industria farmacéutica. Finalmente Etienne-Jules Marey en 1882 inventa la cronofotografía para sus investigaciones del movimiento tanto en animales como humanos y así instauró la medicina apoyada en lo que se denomina el estudio y diagnóstico por imágenes cuyos servicios y productos hoy se apuntalan en la ingeniería biomédica. En suma, fue en torno a las máquinas de curar que se organizó el sector de la salud. ¿Pero por qué un derecho desembocó en un negocio apuntalado en la exclusión?.

La muerte de los viejos se explica por la organización y control empresarial de la Salud.

Los monarcas ilustrados, a su pesar, dieron paso al Estado Nacional el cual recibe la obligación moral ya no de «hacer morir» sino de «hacer vivir» y para eso se tuvo que desarrollar los Sistemas de Seguridad Social. El problema es que el actual escándalo de la muerte de ancianos nos señala un fracaso, por lo menos parcial, pues este conocimiento que se desprendió de las máquinas de curar debería estar abierto y disponible para todos, pero ha sido apropiado bajo diferentes modelos de negocios por las empresarios privados, alegando derechos de propiedad intelectual cuyo objetivo es fomentar el aprendizaje y la creación de nuevas productos. Asunto que siempre fue mentiroso pero que hoy se agrava pues es utilizado para preservar un orden empresarial ya perimido que para el tema que nos ocupa es especialmente crítico, el del acceso a los servicios de salud con calidad y los medicamentos esenciales. Este problemas y sus debates es el que hemos querido aquí preparar para presentar en el siguiente post.


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Sobrevivir

Por Mauricio Castaño H
Historiador
http://colombiakritica.blogspot.com/

Todo el mundo simula que no ve, no hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Se quiere aparentar lo que no se es, no es verdad de que la mujer del César no sólo debe aparentarlo sino serlo. El demagogo esconde, malicioso discursea sobre pendejadas para hacer perder de vista lo esencial. En las pequeñas historias, en los acontecimientos de una serie de discontinuidades, Colombia es ejemplo de la especie humana en su carrera violenta por sobrevivir, sus clases de Poder libran una lucha por quedarse con el trono, por asegurar el ejercicio de gobierno nacional. En el cuerpo se inscriben los acontecimientos, el lenguaje los marca y las ideas los disuelven. En el cuerpo está impresa la historia. El cuerpo está dentro una serie de regímenes que lo moldean; es roto por ritmos de trabajo, de reposo y de fiestas, de amor; forjado, confeccionado por leyes, valores, hábitos; el también construye sus resistencias.

Una sociedad se expresa en sus silencios, en sus chistes, es la genealogía, es la historia un carnaval concertado, en cuya escena actúan no almas inmortales, sino muchas almas mortales, en su ambición de trono, sale lo peor de la condición humana, muchos pensamientos viles, promesas de sangre. Esta mañana amanecí con sed de violencia, el amanecer los exalta si tienen cadáveres de compañía, pupilos de la madre muerte colombiana, pichones de escuelas neonazis, y detrás de las máscaras se esconden los maestros, el precandidato, los empresarios que viven a merced de los asesinatos, sus riquezas se las juegan en la vendetta de armas, municiones, negocio y diversión, grandes sumas de dinero pero han aprendido lo festivo en la desgracia, se divierten con las masacres, trozando los cuerpos de sus víctimas con motosierra, cortando cabezas y jugando con ellas como balón en las canchas de futbol. El ojo al principio fue entrenado para la caza y la guerra, el castigo subordinado a la necesidad de vengarse, de excluir al agresor, de liberarse de la víctima, de espantar a los otros. Cita de Michel Foucault en Nietzsche, la genealogía y la historia, el cual inspira todo el presente texto.

Cuando la sociedad entra en crisis se suspenden las reglas y normas. Es atacada por una especie cáncer que hace metástasis, entonces la sociedad entera resulta en un vacío, en donde los débiles son los más vulnerados. La metafísica les promete en su justicia divina, en su recompensa de ultratumba, un dios aliado que se regocija en la sangre derramada, ellos dirán ofrendada. Estos hombres de muerte, que respiran guerra de violencia son profundos creyentes. La metafísica les ayuda a respirar aires de sangre. La economía y dios van de la mano, deidades de la guerra y de la economía, Júpiter y Quirino. 

Todo emerger, sobresalir, adviene, designa un lugar de enfrentamiento, y está allí en el intersticio. Se adviene un teatro en el que está representada siempre la misma obra: es la que repiten indefinidamente los dominadores y dominados. Unos hombres dominan a otros, unos hombres se apoderan de las cosas que se necesitan para vivir, les imponen duraciones que quizás no tengan. De Cada momento en la historia  se hará un  ritual, fijan reglas, satisfacciones de violencia. Las reglas están hechas para servir a esto a aquello, se pliegan al gusto de tal o cual. Quien interpreta es quien se apodera de las reglas. Por eso la historia es la genealogía de las morales, de los ideales, de los conceptos. Las fuerzas de la historia no obedecen ni a una mecánica ni a una obstinación, sino más bien al azar de la lucha, tampoco es la continuación de un devenir, y mucho menos eterno

En los juegos de poder, unos se acercan más a valores nobles, otros van en el jinete de la muerte, prometen sangre, quieren arrastrar a la carnicería humana. Y los individuos en la sociedad se identifican, expresan con sus silencios, con sus ruidos, con sus risas esto o aquello. Unos quieren el tronar de la guerra, otros prefieren caminos que dignifican la existencia con los vientos de paz.


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Entrevista a Alain Corbin



Le Point.fr - Publicado el 30/06/2012 a las 15:57
Entrevista realizada por SOPHIE PUJAS
Traducción de Luis Alfonso Paláu

Alain Corbin: “La exclamación (¡!) es una confesión de que se hace mala Historia” 


Inagotable Alain Corbin. Ya sea que evoque su infancia normanda, o las investigaciones de una vida, este historiador a propósito irónico, cultiva el mismo gusto  por el detalle, la misma precisión en la anécdota rica de significación. Nacido en 1936, Alain Corbin siempre ha preferido los caminos de través, a reserva de empujar violentamente una historiografía ronroneante. Desde los años setenta,este especialista en el siglo XIX escogió poner el cuerpo en el proscenio  de la escena histórica. 

Se hundió en temas hasta entonces reprobados: el imaginario de la prostitución (Les Filles de noces. Misère sexuelle et prostitution), el libro que lo lanzó a la celebridad, o las representaciones de la sexualidad (L’Harmonie des plaisirs. Les manières de jouirdu siècl des Lumières à l’avènement de la sexologie). Con el propósito de explorar las más inefables, como el olfato (Le Miasme et la Jonquille. L’odorat et l’imaginaire social, XVIIIe--‐ XIXe siècles) o el oído (LesCloches de la terre). E incluso las metamorfosis de la mirada, gracias a las cuales los hombres comenzaron un día a ver en la playa no un espacio salvaje sino un objeto de delicias (Le Territoire du vide. L’Occident et le désir du rivage).

Enseñó en París I y contribuyó así a escribir una historia de los sentidos que actualmente tiene sus émulos en las universidades del mundo entero. Su otro terreno de estudio son los campos, y la vida cotidiana de los campesinos del siglo XIX. Especialmente con Le Monde retrouvé de Louis--‐ François Pinagot. Sur les traces d’un inconnu (1798-¬‐1876), donde trató de recomponer –a partir de frágiles huellas– la vida de un rústico desconocido, elegido al azar en los archivos del Orne. Pero también con Le village des “cannibales”, donde buscó desenmarañar las causas subterráneas de un hecho diverso atroz: el salvaje asesinato en 1870 de un joven noble sospechoso de ser prusiano a manos de todo un pueblo. Una violencia bien real, nacida de un imaginario colectivo. Nos encontramos pues con un apasionado.

© Jacques Graf / JDD/SIPA

LE POINT.FR : La Historia, en su vida, fue primero la irrupción de la guerra…

Alain Corbin: En efecto. Hago parte de la generación cuyo sentimiento de existir es contemporáneo del sentimiento de estar en guerra. Uno de mis primeros recuerdos es el de mi padre que me dice: “Juicioso pues ¡es la guerra!” Me imaginaba el “tiempo de paz” del que hablaban los adultos como una especie de eldorado… En junio del 40, cuando tenía 4 años, mis padres me llevaron en su éxodo que los condujo hasta las Landas. Más tarde, en agosto de 1944, pasé un mes en casa de un campesino, un antiguo artillero de la guerra del 14, que había cavado una trinchera en pleno soto. Recuerdo también muy bien a esos soldados norteamericanos del ejército del general Patton que, en el momento de la Liberación, nos lanzaban limonada, chocolates, y después sus jeeps… 

El mundo de los campos que Ud. tanto ha estudiado ¿es también el de su infancia?

¡Por supuesto! Mi padre, un mulato antillano, era medico rural. Yo crecí en lo profundo del bosque normando, en una pequeña aldea que se llama  Lonlay-l’Abbaye, llena de encanto y de austeridad. Era un mundo cerrado ¡y muy arcaico! El cura dirigía todo. Los caminos, por los que ahora voy en bicicleta, ni siquiera tenían cascajo. Había muchos artesanos: talabarteros, guarnicioneros, siete tiendas de especias… ¡Para nada tuve que cambiar de costumbres o de ambiente cuando estudié los campesinos del siglo XIX!

¿Cómo nació su gusto por la Historia?

A partir de 1945, estudié en el seminario menor de Flers, en el Orne, que de hecho era un simple colegio confesional. Me aburría espantosamente. El reglamento era de 1858, y la disciplina era aterradora. Levantada a las seis de la mañana, misa en latín, no había calefacción, estaba prohibido hablar en la mesa, excepto en el momento del postre, luego de que el director tocaba una campanita… Me refugié entonces en la lectura de las novelas históricas como Notre-Dame de Paris de Victor Hugo. Y los manuales de historia ¡eran más divertidos que los de matemáticas! 

Pero ¿por qué apasionarse por una historia de las representaciones?

Estudié en la facultad de Caen, donde uno de mis profesores era un fanático de los Annales, la revista que Marc Bloch & Lucien Febvre habían fundado. Él me hizo leer precisamente a Febvre. Me dije que era exactamente lo que había que hacer: una historia de la sensibilidad, que por entonces se llamaba historia de las mentalidades. No he hecho nunca otra cosa. Luego leí con gran interés los trabajos de sus continuadores: Georges Duby, Robert Mandrou, Alphonse Dupront. Por mi parte, tenía unas ganas de hacer una historia de los gestos. Se me amenazó con que ¡nunca haría carrera con eso!

¿Fue pues por esta razón que Ud. comenzó por una tesis más clásica, sobre los trabajadores del Limousin?

Sí, ¡pero también por azar! Al día siguiente de aprobar la agregación, se  hacía la fila ante el inspector para escoger un puesto. Me dieron algunos minutos para decidirme entre Pau y Limoges, dos ciudades, en las que nunca había puesto mis pies. Opté por Limoges porque estaba más cerca de París. En 1959, el Limousin era una región abandonada por la historiografía. Escogí consagrarle mi tesis. Pero desde que la terminé, me pasé a la historia de las “muchachas de vida alegre”, que nunca había sido hecha en Francia. Los emigrantes limusinos que estudié fueron los que construyeron París. Se alojaban en el barrio de la Alcaldía, allí donde estaban las prostitutas. Se pretendía siempre que ellos le eran fieles a la mujer que habían dejado en casa, pero yo no me creía el cuento… Pasé pues muy fácilmente de las casas amobladas limusinas, a las casas de “farolito rojo” que estaban al lado. Y es ante todo el estudio de la miseria sexual de los hombres.

Ud. fue el primero en trabajar ese tema, a fines de los años setenta. ¿Por qué ese desdén de los historiadores por un tema tan “social”?

¡Era tabú! A causa del dolorismo y del deseo de respetabilidad del mundo universitario. Estudiar el dolor, la muerte, el hospital, ¡vamos que está bien! Pero los placeres, sobre todo no… Algunos colegas eran guasones cuando yo llegaba a los coloquios. A veces se me reprochó haber estudiado ¡a las “rameras”!

Y hoy ¿cuán lejos está la sociedad de ese moralismo?

Ud. sabe, hay muchos libros sobre la prostitución o la sexualidad, así como sobre otros placeres. Los ensayos sobre la gastronomía, por ejemplo, están en aumento constante… En literatura también, el erotismo se ha vuelto un objeto de estudio, pero sólo hace poco tiempo. La Pléiade esperó a los alrededores del año 2000 para publicar los autores libertinos. Antes había que ir a los libreros especializados en las curiosa, los libros eróticos. Actualmente están por todas partes presentes. 

Dedicándose a la historia de las sensaciones desde aquella época, Ud. se apropió de un objeto de estudio particularmente inefable…

Por supuesto, ¡es la evanescencia por excelencia! En el Perfume y el miasma, describí el imaginario social ligado a los olores. Mis trabajos sobre las prostitutas me habían conducido allí, puesto que se las llamaba putas, es decir literalmente mujeres que huelen maluco. Había muchas, pero muchas ocurrencias olfativas en los textos que trataban sobre ellas. Esto también me había sido sugerido por la novela A contrapelo de Huysmans, en la que el héroe, des Esseintes, busca reconstituir los mensajes sensoriales de antaño. Constato
que de mis libros es uno de los que más eco ha tenido; fue escrito hace treinta años y siguen apareciendo aún traducciones nuevas, y reediciones. Me contaron que, incluso el novelista alemán Patrick Süskind ha confesado que ese libro le había inspirado para escribir el Perfume. En la actualidad, la antropología, la historia de la recepción y de la emisión de los mensajes de los sentidos se ha desarrollado mucho. Se escribe libros sobre el tacto, sobre el olfato… en aquella época eso parecía extravagante.


¿Era natural pasar del imaginario del cuerpo al de los lugares, con El territorio del vacío. Occidente y la invención de la playa (1750-1840), de 1988?

La playa implica todos los sentidos. El tacto, con la arena, la vista, el olfato… Yo iba a la playa en el Cotentin cuando estaba niño. Muchos de mis temas de estudio están ligados a mi experiencia personal. Esto le hacía decir a uno de mis colegas que nunca había hecho nada mas que lo que me daba la gana y lo que me divertía… ¿Y por qué no? Por lo demás seguí con las Campanas de la tierra. Cuando era niño, en Lonlay-l’Abbaye, se escuchaba las campanas todo el día. Mostré que hasta el siglo XIX, si no se conocía la retórica
de las campanas se estaba por fuera del sistema de comunicación pueblerino. 

Pero este placer que lo apasiona tanto ¿estaba entonces presente en esos campos?

¡Por supuesto! Todo es relativo. Las necesidades no eran las mismas. Las gentes de campo tenían su huerto, su marrano, hacían su mantequilla. Y ¡tenían sus alegrías! Placeres que nos parecerían irrisorios, eran para ellos grandes placeres. Las relaciones entre muchachos y muchachas, las comilonas por primeras comuniones, las fiestas de la cosecha, los paseos de olla… Por supuesto que si los miramos con nuestros ojos ¡no podemos sino llorar por su suerte! La Historia consiste en hacer un viaje en el tiempo para cambiar de costumbres y de cabeza, exactamente como se lo puede hacer por medio de un viaje en el espacio. Es menester no indignarse retrospectivamente, es absurdo. Es necesario mirar, ver la felicidad como la desgracia. Pero si se desembarca allí con nuestras maneras de pensar, lo único que se ve es la miseria, y lo único que tiene para preguntarse es por qué no se suicidaron todos… Un poco como uno se indignaría ¡de que los indios de Amazonas no tuviesen televisión! Tratemos pues de comprender su goce, su bienestar, sus placeres. La exclamación (¡!), dado que supone un juicio de valor, es pues la confesión de que se está haciendo mala historia. No entremos demasiado en lo compasivo. La Historia atrae hacia el dolor porque el dolor produce texto, y denuncia. Incluso en los diarios íntimos, el bienestar produce poco texto… 

Sin embargo, el campo tal como Ud. lo cuenta no tiene nada de idílico… Así mismo Ud. ha descrito una masacre colectiva de una rara violencia, en ¡el Pueblo de los “caníbales” (1990)! 

Pero ¡porque la masacre constituye un objeto histórico fascinante! Los habitantes de Hautefaye, ese pueblito de la Dordogne, que amaba a Napoléon III, querían defenderlo. Juntos, en grupo, tomaron a un infortunado aristócrata por un prusiano republicano, lo quemaron, y quizás se lo comieron un poco. Pero este género de cosas no son hechos aislados. Pasé dos días en Hautefaye con ocasión de un reportaje para el periódico Libération. Un habitante nos contó que en el momento de la Liberación y de la depuración, las gentes borrachas habían masacrado a muchos… 

Estos pueblos son el juego de pulsiones colectivas. En 1988, a Ud. se le ocurrió trazar el destino de un individuo, Louis-François Pinagot. ¿Por qué?

En el cementerio de mi abuela se habían destruido muchas tumbas. Yo creo que es lo que los especialistas llaman una reducción. De este modo, las gentes de las que hablaba mi abuela habían desaparecido. Esta interrogación sobre la desaparición me llevó a tratar de resucitar a un desconocido. Me fui a los archivos de Orne para escoger a alguno al azar, y ver lo que se podía decir de su vida. ¿Hasta dónde puede ir el fracaso de la biografía? No se puede escribir la biografía de un hombre desaparecido sin dejar huellas, pero quizás se
pueda resucitar su entorno. Es el principio, en el cine, de la cámara subjetiva: se ve lo que veía el personaje; él no lo veía. Me parece que en historia no se pueden encontrar los sentimientos y las emociones de una persona que no ha dejado ni diario íntimo ni correspondencia, pero se puede ver lo que vio. Al lector le toca reconstituir la novela histórica de la que he dado los elementos.

Escribir la historia de la Historia, ¿es un envite de memoria esencial?

Por supuesto. En Les Héros de l’histoire de France expliqués à mon fils, mi último libro, mostré las fluctuaciones de nuestras glorias nacionales. Quería mostrar la historicidad de los resortes de la admiración. Mi hijo más pequeño está en el colegio. A su edad, me habían enseñado a admirar a Bayard & Du Guesclin, héroes a la Plutarco. A él se le ha hablado de Martin Luther King y de Mandela. La cultura de la victoria se hundió en Francia. Pero, curiosamente, se tiende a sustituirle una cultura del derrotado. Cuando se trata de hablar de Napoleón en la televisión, en la fecha de aniversario, se ha tenido ya mucho Trafalgar, pronto será Waterloo… Esto es algo no válido en los EE.UU., donde los ciudadanos han conservado la cultura de la victoria. Admiran al general Patton, por ejemplo.

Ud dice que los héroes de la República no le interesan a nadie…

¡Es un hecho! La fundación de la República, de la que tanto se habla, ¡aburre a la gente! Hay un número inmenso de colegios y de calles Gambetta, o Jules Ferry, todo el mundo es republicano, y sin embargo los fundadores de la República no apasionan para nada. Por lo demás no tengo ni idea por qué; quizás es algo muy cercano. Que los grandes militares no interesen ya es algo lógico; por ejemplo, el mariscal Foch, gran héroe por excelencia cuando yo era niño. Es una consecuencia del hundimiento de lo militar, del colonialismo, de la aventura. Antiguamente la aventura era un desafío a la muerte. Eso terminó con Malraux. Hoy, en la mar, los navegantes solitarios ¡tienen radio! Cuando Monfreid iba al mar Rojo, o Lawrence a Arabia, era otra cosa… Lo que es interesante es que el hundimiento de los modelos se produce por censuras subrepticias, que no tienen necesidad de ser dichas, que están en el aire del tiempo. A veces, me pongo a leer lo que subrepticiamente se me ha prohibido leer; es una manera de no ser víctima de la censura y de lo “políticamente correcto” de nuestro tiempo.

tr. Luis Alfonso Paláu, Medellín, febrero 15 de 2012.
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Anexo 1: 

La invención de la playa

BELÉN ALTUNA 1 JUL 2009

Siempre que llega el verano me sorprende comprobar el hambre de playa que tiene la gente. Es evidente que, para muchos, es algo parecido al paraíso. En gran parte, sin duda, porque lo relacionan con el dolce far niente, con un sentido lúdico y hedonista de la vida. Tan básica y sencilla parece la idea de ponerse un bañador y tomar el sol, pasear por la orilla y bañarse, que lo que maravilla es que sea una actividad tan novedosa en la historia. 

Alain Corbin relató esta transformación en El territorio del vacío. Occidente y la invención de la playa (1750-1840). Durante siglos la costa fue simplemente la prolongación última del mar, algo que inspiraba miedo y repulsión, un espacio utilizado únicamente por marineros, pescadores y traficantes. En el siglo ilustrado, en cambio, despierta una nueva sensibilidad: algunos artistas y escritores animan a ver la costa como el mirador del infinito, un territorio sublime en el que el vacío se vuelve emoción. Por otro lado, la medicina comienza a promulgar el higienismo, un modo de vida saludable que incide en las bondades terapéuticas de tomar las aguas, es decir, las aguas termales de los balnearios, y que pronto se extiende también a las aguas marinas. Así, recetados por sus médicos, numerosos aristócratas comenzaron a pasar temporadas en poblaciones costeras, tomando regularmente baños de mar.

A lo largo del siglo XIX, ésta fue una actividad practicada preferentemente por las clases altas, aquellas que contaban con el dinero y el tiempo libre necesarios para ese tipo de vida. Desde la década de 1880, la reina María Cristina y su corte veranearon asiduamente en San Sebastián, por ejemplo, consolidando así la ciudad como destino turístico. Si bien en las primeras décadas del siglo XX la excusa higienista fue cayendo en desuso, la industria del turismo pronto encontró otras buenas razones: la playa se convirtió en el lugar ideal para el ocio y la diversión. Al mismo tiempo, empezaron a proliferar las loas a los baños de sol como fuente de vida y energía. La aparición del turismo de masas a partir de los años 50 hizo el resto: las playas -pobladas de bañadores siempre menguantes- se convirtieron en destino preferente.

Así que ya ven, para que todos los años miles y miles de personas practiquen esa actividad que parece tan natural de ir a la playa, ponerse un bañador y tomar el sol, pasear por la orilla y bañarse, han debido de sumarse múltiples factores históricos. Un cambio de mentalidad que implica, para empezar, una visión hedonista de la existencia, muy alejada del valle de lágrimas; una conquista de la igualdad social que presupone el reconocimiento del derecho al ocio y al tiempo libre para todos; una concepción del cuerpo y de la sexualidad libre de la losa del pecado; un amplio desarrollo de la industria del turismo y del sector servicios, etcétera. En fin, que lo disfruten.

Anexo 2: Joel.jegouzo

Las campanas de la tierra


El Día de todos los santos resuena en lo sucesivo en la discreción de un paisaje sonoro entero bajo el yugo del flujo continuo de los ruidos de automóviles. El resto del tiempo, oímos (entendemos) sólo el sonido "cívico" del instrumento municipal por excelencia: la sirena de los bomberos. Sólo parecen deber sobrevivir en nuestras memorias (informes) el campanario de Saint- Hilaire, o la iglesia de Combray, tomando en la obra de Proust, y para la eternidad, conciencia de ella misma en " la efusion de su flecha " … Curioso, sin embargo, cuánto el día de los muertos le devuelve a nuestras memorias (informes) la existencia exótica del terruño, que parece tener que sobrevivir en estos momentos de borradura... ¿Cuándo pues se efectuó este balanceo de la cultura sensible? 

El lenguaje de las campanas ritmaba las relaciones entre individuos. ¿Cómo imaginar hoy su potencia (fuerza) emocional, la complejidad de los códigos entonces en juego? ¿Cómo comprender el funcionamiento del timbre comunitario como marcador simbólico de las identidades? Es todo este sistema de afectos desaparecidos -cuando el espacio de los sonidos fue fragmentado y cuando no existían ruidos continuos como los del avión- que Corbin describe magistralmente en su estudio. La desacralización del espacio y del tiempo, el sistema doble y temporal del siglo XIX (cojea contra reloj), la transferencia lenta de la emoción del ritmo cósmico al tiempo civil… Leyendo este trabajo, no podemos dejar de soñar con los espléndidos estudios de Eugen Weber al final de los terruños. Pero allí donde este último ponía la transferencia del sentimiento de la localidad a la identidad nacional, Corbin, muy justamente, habla de su captación, la República que jamás ha procurado a él erradicar. ¡Un estudio espléndido!


Anexo 3: http://canibalismoedhec.blogia.com/

El canibalismo, un tema artístico recurrente


La imagen de Cronos tragándose a sus hijos es una de las imágenes más fuertes y aterradoras del arte universal. Dante Alighieri cuenta en ”La Divina Comedia” la historia del conde Guido de Montefeltro, que estaba preso junto a sus hijos pequeños y que se los comió para sobrevivir. Los reyes aqueos Agamennon y Menelao estaban malditos: Atreus, su padre, había convidado a su rival Thyestes a una cena en donde el invitado no sabía que se estaba comiendo a sus hijos. Cuenta la leyenda que el hecho era tan espantoso que el sol dio vuelta sobre sus pasos y se negó a iluminar ese día. 

La literatura y el arte tratan al canibalismo como una terrible transgresión que lleva al hombre de vuelta al estado animal. Pero las transgresiones y tabúes tienen un gran poder de fascinación, nuestros  periódicos están llenos de caníbales. Pueden ser ficticios como Hannibal Lecter, interpretado por Anthony Hopkins en ”El silecio de los corderos” o reales, como el carnicero ruso al que la gente llamaba el ”Carnicero de Ucrania” o el alemán que anunció por Internet su propósito de matar a alguien y comerse el cuerpo. Hoy está en la cárcel y prepara un libro de recetas.

El cineasta británico Peter Greenaway presentó en su película ”El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante” una estética del canibalismo, la transgresión más elocuente en un mundo en donde hay pocas cosas que
conmueven de veras. 

Un estudiante de arte japonés mató y descuartizó a su novia holandesa, estudiante de arte como él. Habían hecho un pacto, dijeron sus abogados, que consiguieron fuese repatriado a Japón como insano. Hoy da conferencias para públicos sofisticados, en donde explica los fundamentos artísticos y religiosos de su acción.

En el año 1729 el escritor irlandés Jonathan Swift, una de las mejores plumas satíricas de su tiempo, escribió el panfleto llamado ”Una modesta proposición”. El librito describía científicamente las ventajas de comer carne de niño en lugar de carne de vaca, cordero o cerdo. El panfleto escrito por Swift se convirtió en una poderosa herramienta política contra la colonización inglesa de Irlanda. La descripción de las diferentes maneras de cortar a un niño y de hervir o asar o freír la carne es magistral. Pocas veces la ironía fue llevada a esos niveles.

La comunión católica ha sido llamada por muchos antropólogos como ”canibalismo simbólico”. La frase ”Este es mi cuerpo. Comed y bebed en mi memoria” es un axioma filosófico y metafísico, lleno de significados contradictorios. Para entenderla es necesario usar elementos de análisis prestados tanto de la historia como de la etnología. 

Comer carne humana ha sido siempre castigado con la muerte. Para la iglesia fue siempre muy importante destacar que todo hombre, sin importar su clase social o su raza era parte de la divinidad. Costó varios concilios ecuménicos incluir, en esa humanidad que comparte el misterio de la salvación, a indios y negros, pero una vez acordados, también ellos empezaron a ser a imagen y semejanza de Dios y por lo tanto sagrados.

Los historiadores y los antropólogos han podido constatar los usos caníbales en diferentes momentos de la sociedad, el llamado ”canibalismo por hambre”, que fue usado como último recurso por los náufragos; y el discutido ”canibalismo ritual”. Según las crónicas de las Cruzadas tanto Joinville, Froissart y Villehardouin coinciden contando cómo los primeros ejércitos  cruzados estuvieron obligados a comer carne humana. La población del Cercano Oriente era hostil y se negaba a alimentar a los cruzados, que además venían de una cultura en donde la carne era extremadamente importante. El Cercano Oriente era una región pobre en carne. Como venganza, pero también por necesidad, los cruzados mataban niños de hasta un año y usaban la carne salada como provisiones de viaje.

En ediciones modernas de esas mismas crónicas toda referencia a los usos caníbales de los ejércitos cristianos fue expurgada, probablemente censuradas por respeto a la sensibilidad moderna, escribe el escritor tunecino Amin Malouf en su libro ”Las Cruzadas desde el punto de vista de los árabes.” También el conquistador español Alvar Nuñez Cabeza de Vaca cuenta como él y sus compañeros de infortunio estuvieron obligados a alimentarse con la carne de sus compañeros muertos, luego de un naufragio. 

El historiador de las ideas René Girard ha escrito un libro hermoso e importante sobre la violencia colectiva, la culpa colectiva y el olvido colectivo. El título del libro ”El Chivo Emisario” ilustra su tesis. El escribe que cuando el cuerpo social entra en crisis se suspenden las reglas y normas. Entonces el cuerpo social es atacado por una especie de enfermedad, un cáncer que hace metástasis y resulta en un vacío, una moratoria social. En esa moratoria las leyes son sólo el estado de excepción, y la violencia social se convierte en un incendio. Todos los ”diferentes” pueden ser castigados, la sociedad enferma se venga en sus miembros visiblemente más débiles, en los negros, los judíos, los gitanos, los homosexuales, los extranjeros y todos los disidentes.

El historiador francés Alain Corbin investigó una muerte con rasgos de canibalismo de acuerdo a la tesis de Girard. Su libro ”Le village des cannibals”, publicado en Francia en 1990, causó gran revuelo y creó un encendido debate entre científicos.

Corbin analizó un hecho ocurrido el 16 de agosto de 1870, en la Dordogne. Allí, en el pueblito de Hautefaye, el joven noble Alain de Money fue torturado y quemado en una hoguera frente a una multitud de por lo menos 300 personas. Nunca se supo bien por qué lo mataron, algunos lo habían oído decir ”Viva la República”, otros creían que era un espía prusiano. Pero lo que hizo la muerte del joven más peculiar es que su cuerpo fue descuartizado, se lo trató como a un animal, como carroña.

La acusación de que algunos de los presentes habían comido parte del cuerpo hizo que 21 personas fueran juzgadas colectivamente. Corbin analizó las actas e interrogatorios a 80 personas que fueron las más activas en el apresamiento y asesinato del joven noble. Casi todos los testigos coinciden en que la ceremonia y la hoguera y la atmósfera se convirtieron en una celebración dionisíaca, con carne y sangre como estimulantes.

Especialistas han estudiado testimonios de esos linchamientos y que cuentan de la euforia, del sentido de comunidad creado por la idea de que se estaba aplicando un castigo colectivo.

El arte visual y la literatura parecen seguir siendo los únicos territorios en donde la memoria y la expiación se encuentran.


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