Mauricio Castaño H. Historiador – http://colombiakritica.blogspot.com/ 

Los gestos de paz son de valorar. Valientes aquellos hombres quienes se atreven a silenciar los fusiles o por lo menos así lo proponen, a terminar con la guerra, con el sufrimiento de miles y miles de personas, a mirar otros senderos económicos diferentes a la rentable industria militar. Valientes quienes van a contracorriente de los agitadores violentos, valerosos quienes se enfrentan con el monstruo de la guerra que nunca deja sus bestiales alaridos. Es más fácil hacer la guerra que la paz, claro, ir en contra de la tradición bélica, en contra de quienes siempre reclaman continuar indefinidamente el círculo de la violencia. Quienes matan no se dan cuenta que lo hacen, ni los autores materiales ni intelectuales. Aquellos se sumen en refinadas metodologías de tortura y dolor que infringen a la víctima para extraer sus secretos.

Los determinadores del crimen se regocijan en banquetes en donde cierran jugosos negocios que les trae la guerra. Aún no sabemos de sus cuantiosas riquezas y de lo rentable que les resulta la industria militar. Hacer que otros carguen con sus errores, es el deseo del poderoso, buscar un culpable, un chivo expiatorio. Los hombres son máquinas de construir religiones, por creencias van a la guerra, matan sin piedad, simples autómatas sin freno moral. Entonces, se precisa desactivar esas máquinas culturales. Desactivar los odios hechos cultura que atraviesan cada historia personal, a ese cada quien dispuesto a apretar el gatillo por mera mecánica, por pura inercia. Tenemos como hacerlo, pues la justicia es una versión moderna de sacrificio.

Los humanos somos fábricas de inventar dioses. Un problema nos mantiene en encrucijada. Un Dios inspira santidades a unos cuantos, y a la gran mayoría los guía los dioses de la guerra, los dioses falsos que giran infinitamente en la espiral de la violencia, en la incesante venganza. La obediencia voluntaria confiere poder a esos hombres llamados jefes de Estado, quienes en su nombre mandan a la guerra a los hijos de la masa votante y siempre obediente. Todos van en regocijo camino a la venganza.

Todos disputamos un mismo deseo, todos vamos tras el mismo objeto en disputa. Eh ahí el origen de la tragedia como en el mundo shesperiano, el poder se manifiesta en tener lo más preciado por todos, quien lo obtenga primero es muestra de victoria, los demás sufren la humillación de la derrota. Odio, venganza, traición, chantaje, los secretos es el cóctel de las mieles de poder. A todo se le saca el mayor provecho. ¿Tienes frente a ti un cadáver? Mira a tu enemigo más próximo y peligroso, incúlpalo, válete de las artimañas, hazlo aparecer como el asesino más cruel sobre el cual debe descargarse toda la furia por la muchedumbre sedienta de venganza.

René Girad nos enseñó que todos vamos tras el mismo deseo, nos lo disputamos con violencia. Y para cesar la guerra descubrió el papel del chivo expiatorio, pagar la culpa para detener la violencia, no permitir que siga cobrando más víctimas. Victima quiere decir reemplazo, el segundo, en lugar de. Vicario, el vice, el segundo, el que paga por el otro, por tanto una víctima es siempre inocente.

Valeroso es el presidente de Colombia que se arriesga con la paz, es difícil hacerla, es difícil ir a contracorriente de todos los buitres que se alimentan de la rentable guerra y del sufrimiento de la mayoría pobre.

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