Por Mauricio Castaño H
Historiador
http://colombiakritica.blogspot.com/


El crimen organizado, las rentas criminales es la mayor preocupación de alcaldes y gobernadores de esta Colombia. Su confesión hecha al presidente de la república es ya una manifestación de impotencia ante esta epidemia de violencia y muerte a la que nos someten a diario los pillos, los matones de barrio. Recuerdo el irónico chiste del hijo que varias veces tenía que ser despertado por su señora madre para que fuera al colegio. Se resistía a levantarse alegando cualquier excusa como cinco minutos más de modorra, otra perecita más... Hasta que se sincera: Mamá yo no quiero ir allá porque todo el mundo se burla de mí, los profesores y estudiantes. Mijo, responde su madre, tiene que ir porque usted es el rector del colegio. 


El chiste evidencia la falta de legitimidad de las figuras de gobierno, igual a como sucede con los mandatarios, no saben qué remedio hallar frente a la epidemia criminal que invade cada esquina, cada metro cuadrado de la ciudad en donde se toman a los niños desde los ocho años para iniciarlos en el consumo de marihuana y demás alucinógenos, igual proceden con los adolescentes, interceptados en las esquinas de los colegios para ofrecerles drogas, en fin, para apropiarse de todo aquello que dé rentabilidad. Copan los espacios públicos y privados que resultan estratégicos para sus llamadas plazas de vicio, desencadenando en cascada toda una negación de la vida, tras las ventas de las drogas se viene la oferta de prostitución, atracos, violaciones sexuales, calles deterioradas por la mendicidad, excrementos, orina de taxistas, etc. 


Y como siempre, el miedo es el principal recurso para someter a quien se resistan, leves escarmientos hasta finalmente pagar con la propia vida, ellos tienen el poder de dejar vivir o hacer morir. Las metodologías del dolor, del miedo, de la tortura siempre están a la orden del día en la historia de la humanidad, para ser aplicados a todos por igual. Tanto los gobernantes como los ciudadanos de a pié están sometidos a las lógicas, al entramado del crimen organizado. Si ello no aparece en los noticieros es porque mienten en estadísticas o porque hacen desaparecer los crímenes.


Si esta es la preocupación de los hombres de poder, qué diremos de los ciudadanos de a pie, los que se preguntan a diario qué hacer con la plaga del crimen que se expande a la velocidad de la luz. Cualquier recodo del espacio público es tomado por los tentáculos del mundo criminal. Además de las altas rentabilidades, al menos 236 millones de dólares anuales, tienen a su favor todo un ejército de desempleados, la oferta laboral casi única para los jóvenes, pues como sabemos el liberalismo del mundo del capital ha despojado de lo único que le quedaba a los individuos: su fuerza laboral. Hoy la fábrica robotizada ya no los necesita, entonces los pistoleros la toman a su favor.


Tenemos que lo malo de una sociedad no puede ser atribuible solo a unos cuantos, de tal palo tal astilla, tenemos lo que nos merecemos. Hasta qué punto se toleran fechorías que van subiendo de tono hasta convertirse en un monstruo de mil cabezas. Todos en esta sociedad celebran conseguir dinero a como dé lugar, los traquetos son recibidos como héroes por sus madres, vecinos... Pablo Escobar, símbolo del mal de Colombia, es venerado en la cultura popular como un santo más, a su tumba van con ofrendas. Esto en la cultura popular, en las élites significó echar el bobo por delante, pues las drogas ilícitas han sido y son consideradas otro renglón más de la economía.


Por ello esta tierra parece de nadie, solo de los que imponen la lógica del crimen organizado. Las calles, repetimos, son orinales de taxistas, letrinas para indigentes, los parques zonas de consumo de vicio y mercadeo de prostitución, en Medellín vayan al sector del Poblado, al parque lleras lugar de las prepagos o protistutas, el parque de la Presidenta aledaño al hotel Dann Carlton es zona de microtrafico y atracos.


La cultura que somos nos devela, somos lo que hacemos, la nuestra es una sociedad sin frenos morales o éticos, inspirada en liberalismo económico,  da rienda suelta a conseguir dinero a como dé lugar, no importan los medios sino el fin por sí mismo. Se dice que los pueblos tienen a sus gobernantes que se merecen, de tal palo tal astilla, es duro reconocer, pero esa es nuestra sociedad. El desequilibrio de las sociedades viene por el exceso reunido, la apropiación de unos pocos cuando los otros están desprovistos, privados de lo necesario. A todas estas, ante la impotencia de los mandatarios parece ser que estamos ante una epidemia criminal.


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