Por Julio César Londoño

Si yo volviera a nacer y Dios me hablara así como Él habla, con gran aparato porque el trueno es su voz y las nubes son el polvo de sus pies y sabe tronar con divina altanería, Soy el que Soy, punto, y me dijera: Vea, chino, esta es su segunda oportunidad sobre la tierra, qué quiere cambiar del guion 01, le diría: ¡Oh, irascible e inescrutable deidad, la lista es tan larga que prefiero decirte lo que quiero conservar: ponme de nuevo los mismos profesores de la primera vez! Por ejemplo, Gonzalo Tobar, un profesor de literatura que nos leía los clásicos nuestros y los ajenos mientras dibujaba, con una monolínea perfecta, los camellos y las pirámides que cargan en sus jorobas los camellos de elásticas cervices de Valencia, o el signo de interrogación de los cuellos de los cisnes de Darío, o el mapa del tesoro de Stevenson. Éramos vándalos de ocho años que llegábamos del recreo sudando, gritando, alguno con el cuero cabelludo roto, pero en cuanto don Gonzalo —bajito, gordo, rubicundo, gnomo adorable— empezaba a leer, las fieras nos calmábamos.

O Édgar Mayor, un profesor de física y matemáticas cuyos tableros parecían páginas de un libro perfectamente diagramado porque los ordenaba en columnas, trazaba círculos perfectos a pulso y vectores capaces de mover el planeta de un palancazo. En sus clases la física era armónica y simple; la matemática, un palacio de precisos cristales. Entre leyes y teoremas, deslizaba herejías que sugerían que el diablo era un ángel con ambiciones de poder y que Dios y el neoliberalismo eran partes sustantivas del Eje del Mal, ¡y lo demostraba todo con un rigor francamente geométrico!

O Édgar Londoño, un profesor de química que era tan adorado por mis compañeros que un día me atreví a preguntarle cuál era su secreto. «Son dos —me dijo—: el primero es revelarles que la ciencia es una cosmología pagana, un tejido laborioso de las generaciones, y que muchos de los hacedores de ciencia no son científicos, solo personas muy observadoras, algunas muy jóvenes, como ustedes. El segundo es demostrar, con ejemplos sacados de la cocina de la casa, de la sagacidad eléctrica de los analgésicos o de los sótanos del sexo, que la química sabe cómo se cuecen los fríjoles en la cocina y cuál será el color de los ojos de tus hijos».

O el padre Jiménez, un sacerdote que dedicaba las clases de religión a debatir todos los temas del mundo, excepto los religiosos. Mucho antes de que se oyera por acá la palabra constructivismo, este sacerdote comprendió que los muchachos sabíamos 40 veces más cosas que él (música, películas, jergas, tendencias, recovecos urbanos y pecados inéditos) y convirtió las clases en un espacio de creación colectiva de conocimiento que era casi tan divertido como el recreo.

Luego llegaron unos paralelepípedos rutilantes: Borges, Valéry, H. G. Wells, Chesterton, Russell, Carl Sagan, Jacob Bronowski, François Jacob, Germán Arciniegas, William Ospina, Harari. En todos ellos he hallado una mezcla deliciosa de rigor y conjeturas, de lógica y paradojas, de cálculo y poesía. Fue la confirmación definitiva de que la clase no tenía que ser inferior al recreo.

Nota. Estudié en escuelas y colegios públicos, que eran los mejores, a tal punto que los ricos preferían matricular a sus hijos en estas instituciones. Luego, en los 80 el neoliberalismo metió la mano y empezaron los recortes a los presupuestos de la educación pública y los incentivos tributarios a la educación privada. Esta pérfida política se agudizó a partir de los 90 y
explica la enorme brecha que separa hoy a los colegios públicos de los privados, y la decadencia de la investigación en las universidades públicas.

Fuente: El Espectador 9 oct. 2020 

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