Por: Salomón Kalmanovitz

El objetivo del programa económico del presidente Trump es que todos los ciudadanos norteamericanos ganen altos salarios y para ello se propone aumentar la tasa de crecimiento de la economía un punto porcentual por año. Esto se dificulta porque la ocupación es alta, después de siete años seguidos de reactivación que legó Obama, la oferta laboral se reducirá con la represión a la inmigración y la deportación de los que llevan años participando en los mercados de trabajo no calificado, en los que los blancos rehúsan participar. El resultado puede ser más inflación que crecimiento.

Buena parte del desempleo de Estados Unidos se debe al acelerado cambio tecnológico ocurriendo no sólo en la industria, sino también en los servicios, en especial en el comercio minorista. Una parte del desempleo se debe al traslado de industrias a China y México, pero para que se devuelvan deben hacerlo con nuevas olas de robotización y automatización que seguirán desplazando el trabajo; el mismo Trump utiliza a China para surtir sus negocios.

El ímpetu al crecimiento vendrá de una fuerte reducción de impuestos, sobre todo al 1 % más rico de la población que incluye a Trump, lo que encenderá los espíritus animales de los empresarios y con ello disparará la inversión. Al mismo tiempo, se propone aumentar el gasto público que deberá financiarse con deuda, lo que presionará las tasas de interés hacia arriba. El Banco de la Reserva Federal aumentará también su tasa de interés para contrarrestar la inflación, lo que devolverá la economía a su bajo crecimiento del siglo XXI.

Al Congreso republicano no le gusta la propuesta tributaria de Trump: sostiene que la baja de impuestos debe ir acompañada de una reducción similar del gasto público, para que no se produzcan déficits que impliquen un aumento de la deuda pública que hoy ronda 107 % del PIB. No les importa si arruinan la infraestructura, la educación, la salud y se deja de financiar la ciencia y la tecnología, cuyos creadores son sospechosos de ser ateos y liberales. De esta manera, es casi cierto que su propuesta será comprometida sustancialmente por el partido republicano y deberá recurrir a los demócratas para que le apoyen su plan de renovar la obsoleta infraestructura del país, pero estos le demandarán que no baje tanto los impuestos de los ricos.

El plan de proteger el trabajo norteamericano, renegociando los tratados comerciales para obtener un equilibrio de comercio, está destinado al fracaso pues el déficit norteamericano se debe a que gasta más de lo que produce o invierte más de lo que ahorra. El déficit comercial se lo financian China y Japón. Reducir los impuestos y al mismo tiempo aumentar el gasto público significa que importará más y exportará menos. Las tasas de interés más altas y la inflación revaluarán a su vez el dólar de Estados Unidos, agravando su déficit comercial.

Trump anunció que quería que los acreedores de Estados Unidos aceptaran motilar un 15 % de su deuda pública, confundiendo el país con una de sus tantas empresas que ha llevado a la quiebra para tumbar a sus acreedores y trabajadores. Pero Estados Unidos no es una empresa cualquiera: es garante de la estabilidad financiera mundial y los mayores tenedores de su deuda son ciudadanos, fondos de pensiones, fondos de inversión y gobiernos municipales norteamericanos, con sólo un tercio en portafolios de China y Japón. Sólo una persona ignorante e incompetente ha podido sugerir tan peligrosa idea.



Tomado de: El Espectador
14 May 2017
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