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Filósofos en Campaña

François-Xavier Bellamy, Laurent de Sutter.
Filósofos en campaña
Exclusivo

François-Xavier Bellamy et Laurent de Sutter en 2019 © Serge Picard

Con ocasión de las elecciones europeas el 26 de mayo, dos filósofos son cabeza de lista.  Desde la acogida de los refugiados hasta la gestación en vientre alquilado (GPO), todo opone al francés François-Xavier Bellamy y al belga Laurent de Sutter que se lanzan a la política sin renegar de ninguna de sus convicciones metafísicas.

Nació en 1985, este profesor de filosofía en un liceo y en un preuniversitario, conferencista carismático, ha publicado dos obras muy notables, Les Déshérités (Plon, 2014), sobre la crisis de la transmisión, y Demeure (Grasset, 2018), manifiesto contra la orden de mantenernos en movimiento perpetuo.  Está al frente de la lista de los Republicanos (LR) en las elecciones europeas.

Nació en 1977, profesor de derecho en la Universidad libre de Bruselas, director de colecciones tanto en las PUF como en Polity (Reino Unido), es el autor, entre otras, <de libros que están siendo traducidos para ser leídos en nuestros encuentros de los martes de pensamiento en francés: Magic (PUF, 2015), 23 de abril; Metafísica de la puta (Léo Scheer, 2014), mes de junio; la Edad de la anestesia  (los Lazos que Liberan, 2017), octubre de este años>; además de Après la loi (PUF, 2018) y Qu’est-ce que la pop’ philosophie ? (PUF, 2019).  Se ha puesto a la cabeza de la lista paneuropea de izquierda European Spring («primavera europea») en Bélgica.
Mayo 2019

Estos dos saben que los filósofos que entran en la política, como Platón o Maquiavelo, reciben golpes.  Pero François-Xavier Bellamy & Laurent de Sutter se atrevieron a descender a la arena.  El primero, un católico sin complejos, conjuga su preocupación ecológica con la crítica del capitalismo liberal  y el conservatismo moral. Laurent Wauquiez ha apostado por nombrarlo encabezando la lista de los Republicanos (LR) para las elecciones europeas.  El segundo conduce en Bélgica la lista de izquierda paneuropea creada por el ex-ministro de finanzas griego Yánis Varoufákis, partidario de un « New Deal » verde.  Desde la prostitución hasta la pornografía, pasando por la pop’ filosofía, surfea con facilidad por entre los temas más sorprendentes.  Todo opone al joven versallés, debatidor calmo y obstinado, y al pensador tenebroso y provocador.  Antes de verlos despedazarse quizás en los bancos del Parlamento europeo, les hemos propuesto que confronten, no sus programas, sino sus visiones del mundo y sus valores; por un lado, la referencia a la naturaleza y a una justa medida muy aristotélica; y por el otro, las inspiraciones de Gilles Deleuze y de Slavoj Žižek para deconstruir todos los puntos de anclaje.  En el fondo, tienen bastantes desacuerdos tanto políticos como metafísicos. Esto fue lo que les escuchamos.

François-Xavier Bellamy : Compartimos la constatación de una crisis provocada por el movimiento universal que se apoderó de nuestro mundo, alimentado en particular por una economía del consumo.  Ud. lo evoca en su introducción a la obra colectiva Accélération ! [PUF, 2016].  Pero nuestras respuestas son radicalmente diferentes.  Allá donde Ud. piensa que tiene que salir de esta crisis por medio de una aceleración que la rebase, me parece que el llamado que este mundo nos lanza es ante todo la búsqueda de un nuevo equilibrio.  Éste no constituiría un retorno al inmovilismo, sino una reorientación del movimiento hacia otra cosa distinta a la dinámica destructiva del puro consumo. Nuestro modelo devasta al mundo. La respuesta se sitúa en el rechazo a ese mandato de estar en movimiento perpetuo, del dinamismo erigido en valor autónomo.  Tenemos que reencontrar el sentido de una política que se da por misión transmitir lo que, en este mundo, merece ser preservado, por ejemplo en el dominio del entorno. Desde el punto de vista social, la licuefacción de la sociedad impone un retorno hacia un orden de los objetivos, que nos permite dibujar el horizonte de un porvenir común.  Se nos exige estar siempre « en marcha » ¡sin decirnos en qué dirección seguir! Es lo que provoca esta crisis de sentido y esta dificultad de pensar nuestro sitio en la historia.

Laurent de Sutter : Ud. se sitúa en la lógica de Parménides, aquel filósofo presocrático que invoca una permanencia del ser.  Yo me considero por el contrario como un partidario de Heráclito, para quien todo se mueve sin cesar. Puesto que todo es impermanencia, el asunto es aprender a vivir con ello.  Nada permanece, y nunca nada ha permanecido. Es la lección del pensamiento chino, mientras que la tradición occidental se ha construido sobre la idea de que hay cosas que permanecen.  ¿No será ya hora de volverse un poco chino? Un mundo no es algo que nos esté dado. Es algo que se construye, y así ha ocurrido desde el neolítico. Esta construcción del mundo pasa por una logística del espacio: los caminos, los puentes, las carreteras, etc.  Es lo que hace la China con su nuevo proyecto de la ruta de la seda, que establece una relación ambiciosa de reconstrucción del mundo. En Europa, por razones políticas y financieras, hemos renunciado a ese proyecto. Es una lástima.

F.-X. B. : Ud. tiene toda la razón en evocar la China –la perspectiva del tiempo largo está mucho más presente que en Occidente.  En las decisiones políticas muchos razonan en función del próximo sondeo. La China, persigue un proyecto ¡durante muchos siglos!  Ella encarna en este plano lo que más falta nos hace: el sentido de una política que se dé por medida algo que exceda el tiempo corto.  Este es un verdadero talón de Aquiles de nuestras democracias –especialmente en la cuestión ecológica–; esta incapacidad de pensar una responsabilidad política que vaya más allá de la inmediatez y de la fluidez de la opinión.  El pensador de la ecología Hans Jonas tenía razón, en su Principio responsabilidad [1979], en plantearse la cuestión de nuestra responsabilidad ante las generaciones futuras.  En la actualidad nos contentamos muy frecuentemente con repetir eslóganes de administradores sin proyecto: hay que reformarse, adaptarse, porque el mundo cambia.  ¿Se trata de buscar una mayor justicia, más prosperidad? ¿Hacer un mundo más seguro, o incluso más bello? No: hay que cambiar porque el mundo cambia. Si no cedemos a este imperativo de la adaptación, estamos condenados a desaparecer.  Como lo formula en sustancia Thomas Hobbes en su tratado Sobre la naturaleza humana [1640], la vida se la compara de acá en adelante con una carrera, pero una carrera cuya meta es superar perpetuamente a sus competidores.  Se ha vuelto la única máxima política actual: « Es preciso que esto marche, sino seremos rebasados. » Por lo demás tenemos el sentimiento, muy humillante, de estar continuamente superados por los otros, mientras que no dejamos de hablar de movimiento.  Vuelvo a pensar en la doctrina propuesta por Christophe Castaner: « Nuestra única ideología es: “¿Esto funciona?”» El pragmatismo se ha erigido en objetivo último. Sólo se trata de moverse sin que se tenga la menor idea de a dónde nos dirigimos. En este universo, los que nos permitirán sobrevivir y re-humanizar el mundo no son los que se suman a la carrera sino los que tratarán de fijarle una meta, y darle un sentido.

L. de S. : Estoy de acuerdo en denunciar la pura transitividad de la noción de reforma.  Se anuncia que hay que reformar pero no se dice por qué hay que hacerlo. En desquite, no considero que sea la noción de objetivo la que nos vaya a permitir salir de la miseria.  No veo cómo se podría en la actualidad planificar lo que deberíamos hacer mañana. No pienso pues que se pueda plantear una meta, una finalidad a priori.  Mi posición no es pragmática como la de Christophe Castaner.  Es pragmatista, en el sentido del psicólogo y filósofo estadounidense William James.  Lo que me interesa no es que eso marche porque « tiene que funcionar », en el sentido del deber, del mandato.  Me intereso más bien en que lo que marche constituya, para citar a Bruno Latour, « cadenas de embragues ».  La transmisión no es la repetición de un saber inmóvil, sino el que una consecuencia de lugar a otra consecuencia.  En el fondo, nunca se sabe cuál es el camino que hay que seguir y el objetivo que va a lograr. El problema de mirar hacia atrás, hacia las causas para ver si las cosas se han hecho bien, es que no hace otra cosa que confirmar las ideas y los conceptos de los que ya disponíamos antes.  Esto sólo sirve para llenar casillas, pero no se aprende nada nuevo de eso. Si por el contrario le apostamos al movimiento, las cosas siempre serán nuevas. La evaluación del valor de una cadena de consecuencias no tiene que ver con su adecuación a un propósito o a un horizonte de finalidad hacia el cual se orientaría y que se habría fijado por adelantado, sino con el hecho de que permita la continuación, la ramificación.  Por lo demás ¿quién va a formular el objetivo?
Tener un « hogar » ?

F.-X. B. : Es ilusorio querer negar o suprimir el movimiento, pero se precisa volver darle todo su sentido.  Me siento más próximo de la perspectiva de Aristóteles que considera que el movimiento tiene una finalidad.  Al titular mi libro Demeure <Morada>, quise decir que el hombre sentía la necesidad de habitar el mundo, y no simplemente de abrigarse en alguna parte en un espacio geométrico neutro como el de Galileo o de Descartes.  Una de las más grandes necesidades de la conciencia humana es la de situar, marcar el espacio construyendo en él lugares habitados por una memoria, hábitos, rituales, obras. Es verdad incluso entre los nómadas; las grandes civilizaciones nómadas son civilizaciones del desplazamiento, pero de un desplazamiento recurrente, organizado, transmitido y ritualizado; es una manera de habitar el mundo, de dejar huellas, de instalar puntos de referencia.  Es el lugar familiar la condición de un mundo humano. En este sentido, no hay consciencia de la alteridad que no supone admitir ante todo lo familiar; no hay pensamiento del afuera sin pensamiento del adentro. Lo que constituye la fuerza del viaje es que él es un desplazamiento hacia otraparte.  Y la mundialización podría privarnos de la posibilidad misma del viaje, en su culto por la itinerancia.  Si se vuelve la ocasión de una uniformización acelerada del mundo, nos privará de la posibilidad misma de una experiencia de cualquier otro lugar.  Cualquier turista occidental ha experimentado –y contribuye dramáticamente a esta experiencia– del aplastamiento de las singularidades. Cuando se sale de un aeropuerto internacional, Ud. puede viajar un gran rato sin adivinar en qué ciudad se encuentra.  Son las mismas insignias, el mismo comercio estandarizado, que desdeñada la manera cómo los hombres habían aprendido a construir ajustándose a la singularidad de los lugares, domesticando la diversidad de los climas y de los terrenos. ¿Dónde está la otraparte hoy?  Para mí no se trata de pensar un repliegue hacia el adentro, sino más bien de ¡salvar la posibilidad del afuera! En esta perspectiva, la palabra « migrante » me fascina, pues dice que algunos seres tendrían como condición ser « migrantes », estar en perpetuo desplazamiento.  No partirían ya de alguna parte para llegar a otra. No tendrían ni punto de partida ni punto de llegada, serían esencialmente errantes. Y se los podría así desplazar siguiendo una política de cuotas, que les asignaría una residencia de manera aleatoria y arbitraria, negando así el hecho de que los seres estén animados por un movimiento que les es propio.
François-Xavier Bellamy en 2019 © Serge Picard

L. de S. : Yo por el contrario pienso posible un afuera absoluto, sin adentro.  Este afuera comienza en el cuerpo mismo. Sabemos que en física no hay adentro.  Estamos todo el tiempo atravesados por vidas bacterianas, por alimentos. Todo lo que nos es en propio lo más profundo, todo lo que define nuestras vida es algo que viene de otraparte.  Lo que nos es más íntimo es siempre lo más éxtimo. Jean-Luc Nancy ha escrito un magnífico texto, L’Intrus [Galilée, 2000] <el Intruso.  Buenos Aires: Amorrortu, 2006>, en el que cuenta su trasplante cardíaco.  Nos participa su fascinación por este intruso que sin embargo está en lo más profundo de su ser, y que incluso es su corazón, con lo que eso implica en el espacio de nuestros valores occidentales.  La cavidad más profunda de su ser está ya afuera, ya expulsada o expropiada. Si se generaliza esta historia a escala mundial, se comprende que la verdadera cuestión no es la del « hogar » sino lo que se lleva consigo: suplementos, prótesis…  Hay que oponer pues una metafísica del ser –en la que se sería algo, con un adentro, un hogar– y una metafísica del tener –que no sería el tener del depredador o del que acumularía un capital, sino de aquel que tiene una vida de la misma manera que tiene vestidos, un esposo o una esposa.  Todo sería entonces cuestión de acompañamiento, no de identificación con una tradición. Es absurdo querer oponer el adentro y el afuera, el aquí y el en-otra-parte. Como lo dice Gilles Deleuze, los mas grandes viajeros están inmóviles.  El más allá comienza aquí.  Es cuestión de mirada, de gestión del territorio.  El asunto de los migrantes es algo que queda arreglado por adelantado.  Con la “Democracy in Europe Movement 2025” [DiEM25] y el programa de la “European Spring”, queremos salir de una Europa del temor, de la fortaleza con respecto a una afuera amenazador.  Evidentemente que hay que acoger a todos los que vienen, porque es lo que hacemos con respecto a nosotros mismos. Si el afuera comienza en uno mismo, ¡uno siempre se acoge a sí mismo!  No hay ninguna razón material para no acoger a todos los migrantes que lo quieran. Sabemos que los migrantes enriquecen los países en los que se hacen presentes. Pero, independientemente de esto, no tiene ningún sentido político el poner la menor barrera a la migración de los individuos.  La angustia de los autóctonos con respecto a los migrantes es fabricada. Por definición, las angustias no carecen de objeto. Corresponden a un clima emocional o psicopolítico. Si el miedo de verse expropiado de su trabajo, o el de ver a su hija violada por un sirio lo domina todo, ese miedo sirve para conjurar otros ligados a la incapacidad de los individuos para organizar e imaginar sus existencias.  El miedo por los migrantes es pues el fruto de una voluntad política siniestra, que lucha contra la imaginación, contra las reformulaciones radicales imaginativas. Es indecente decir que « no se puede acoger toda la miseria del mundo ».  Humana y materialmente se lo puede hacer.  La cuestión es ¿lo queremos hacer?

F.-X. B. : Comprendo su intención y su generosidad, pero la paradoja del mandamiento propuesto en su discurso consiste en decir: « Suprimamos las barreras ¡y acojamos! »  Pero para poder acoger, es claramente necesario ¡tener cuatro muros en los cuales acoger! Si queremos que sea una acogida verdadera, es necesario que tengamos un hogar.  No creo que se pueda confundir el adentro y el afuera. La vida está hecha de límites fecundos. En mi cuerpo la piel constituye una separación entre el mundo exterior y yo.  Sin embargo es por medio de ella que contacto con él. Si en la actualidad existe una angustia colectiva con respecto a los migrantes, que se transforma en agresividad y en violencia, es porque está ligada a una pulsión de vida: tenemos esta piel que es la condición de vida.  Cuando se nos dice que debemos deshacernos de nuestros muros para acoger al mundo entero, algo en nuestro inconsciente colectivo nos dice: « Yo quiero recibirlos, pero déjenos los muros para eso » No creo que la sociedad francesa esté atravesada por el racismo. Si así fuera el caso, luego de los atentados que vivimos nos habríamos hundido en la violencia mimética que sin duda esperaban los terroristas…  Afortunadamente eso no aconteció. Pero nuestra sociedad está atravesada por grandes tensiones, y si ignoramos el sentido de esta inquietud colectiva corremos el riesgo de que se transforme en violencia. Mientras que yo sería el último en proponer una política del miedo que provocara dichas violencias, soy el primero en sostener que negar esta inquietud en torno al « hogar » solo puede alimentar esta política del miedo.

L. de S. : No creo que se pueda reconstituir algo así como un « adentro », una interioridad que nos sería propia, una francidad <o una colombianidad>…  Por lo demás, no estoy de acuerdo con una visión puramente ética de la acogida. Aceptar verdaderamente es lograr llegar a vivir junto con el vecino al que se quiere matar porque sus hijos ¡corren todo el tiempo sobre la plancha!  La democracia, ¡es vivir con gentes que uno detesta!♣♦  Es por esto que no se puede pensar la recepción de migrantes al modo de puerta abierta: « ¡Venid a mi casa ! »  La realidad es más bien: « Estoy acá por toda suerte de razones. ¿Cómo llegar a coexistir en el mismo territorio, en un espacio común? »  Si tenemos ampliamente con qué alojar toda la miseria del mundo es porque el espacio verdadero no es material. Es mental. Es el de la cultura.  Las culturas son procesos de transformación, maneras de negociar la evolución común. Si alguien me dice hablando de migrantes: « No me siento ya en casa », y no tengo ganas de ¡estar en la de ellos!  En desquite, si tenemos algo que hacer juntos, esto si se vuelve interesante. Y esta es la única cuestión que se nos debe plantear cuando nos encontramos con alguien, en lugar de estarse preguntando quien está en su hogar y quién no lo está.

El orden de los cuerpos

F.-X. B. : La familia es precisamente uno de los fundamentos de la cultura.  Evoluciona pero sigue siendo el envite central y un punto de referencia en la sociedad.  Actualmente la cuestión es saber cómo articular el orden de los cuerpos y el orden de los corazones.  Esta relación pasa por el registro de la técnica. Ahora bien, nos encontramos en un punto de bifurcación.  Y entonces: 1/ O afirmamos que la prótesis es la condición del hombre desde siempre y que no hay porque detener el despliegue de una humanidad que se aumenta por medio del dispositivo técnico.  Este optimismo acepta con entusiasmo lo que la técnica podrá ofrecer a nuestros deseos, cualesquiera ellos sean. Se lo ve en el terreno de la filiación, de la procreación, pero también del envejecimiento y de la muerte.  2/ O consideramos que no hay ninguna felicidad más grande que debamos esperar de una carrera al aumento. No creo que hayamos encontrado una vida mejor en la sociedad de consumo♦♥, organizada para que todo deseo encuentre su satisfacción lo más rápido posible.  ¿Qué va a ocurrir cuando transpongamos esta lógica a nuestros cuerpos para hacerlos corresponder a lo que querríamos que fueran?  Es impresionante que seamos los primeros humanos en decidir sobre el porvenir de la humanidad. Pero esto debería conducirnos a una forma de prudencia, a la phronésis de Aristóteles, antes que estar cediendo totalmente al movimiento de la tecnización del mundo.  Es lo que explica mi posición sobre la PMA <procreación médica asistida> /GPA <gestación por otro>.  ¿Queremos recibir nuestra vida de lo que nos precede y que nosotros mismos no hemos decidido? ¿O un gesto técnico debe remediar esta finitud que define la condición humana?  Ya no se trataría entonces de heredar sino de vencer. De ajustar la vida a la dinámica de nuestros deseos. El deseo de tener un hijo por parte de una persona sola o de una pareja homosexual no es menos bello ni menos legítimo que en una pareja heterosexual.  Pero, en un caso, la medicina sirve para reparar los cuerpos e inscribirse en el orden de la salud, mientras que en los otros equivale a satisfacer un deseo y a inscribirse en el orden de la técnica. La cuestión es pues: ¿queremos construir un mundo en el que la condición humana sea vencida, y no simplemente reparada, para ajustarse a nuestros deseos?  Y esto opera igualmente para el deseo de inmortalidad. Las promesas del transhumanismo van a colocar a nuestra generación en un punto de bifurcación decisivo.

L. de S. : Yo pienso por el contrario, como Peter Sloterdijk, que las sociedades son ellas-mismas grandes úteros artificiales.  De cierta manera todos hemos nacido de una ¡PMA! Desde este punto de vista, la PMA nunca ha planteado problemas, tanto menos si se ancla esta novedad en el espacio de negociación entre humanidad y técnica.  No existe nada distinto a las prótesis técnicas, ya se trate de alimentarnos, cortarnos el cabello o evitar morir de frío en invierno. No existe nada por fuera de la técnica. La cuestión de la PMA/GPA no es ni una cuestión técnica ni una cuestión moral, sino el asunto de saber si se tiene el derecho a mezclarse en los asuntos de los otros.  Ahora bien, no veo qué ganemos poniéndonos a regular los asuntos de procreación. He escrito sobre prostitutas, por las que tengo mucho respeto, de las que soy muy próximo, a las que yo mismo he frecuentado. La puta, como la llamo, es una figura de lo real, que suscita en el espacio público un momento de real, en el sentido en que aparece una verdad.  Cuando la prostitución implica daño, por ejemplo una violencia, hay que tratar de evitarla o de repararla. Pero criticar la mercantilización de los cuerpos es absurdo. Toda persona que trabaja desplaza su cuerpo en el espacio durante un intervalo de tiempo, moviliza su cerebro… a cambio de dinero. Y esto nos afecta a todos. Incluso el escritor ser siente a veces « mercantilizado ».

Laurent de Sutter en 2019 © Serge Picard
F.-X. B. : ¿A nombre de qué preocuparse por los asuntos de los otros?  Y regresamos a la definición de la política. No creo que la política se reduzca a determinar un código de la ruta social, de manera que cada quien pueda circular con seguridad evitando los daños.  Existe en el corazón de la política una preocupación por lo que nos es común. Por supuesto que hay que evitar la aterradora desmesura de una política que confundiera la ley y la moral, y que entrampara nuestras libertad reduciendo el discernimiento personal a imperativos legales.  Pero me parecería igualmente inquietante decir que no hay por qué meterse en las relaciones contractuales de los individuos, como si la sociedad no estuviera para nada concernida por lo que deviene humano en ella. Es en este sentido que la PMA es una cuestión política.

Una civilización europea ?

F.-X. B. : Por supuesto que hay una civilización europea.  Su rasgo caracterísitico me parece ser la maduración del pensamiento crítico.  Los que empujan este pensamiento crítico hasta el punto de negar su realidad afirmando que no existe civilización europea, ofrecen por lo demás la mejor prueba de que ella todavía existe; Europa es el único lugar del mundo en la que se niega la pertenencia a una cultura singular.  Uno no se imagina al primer ministro japonés diciendo que no hay cultura japonesa. Y por lo demás, a nadie se le ocurriría decir que no hay cultura marroquí o que la civilización china no existe…. Por el contrario, nuestro presidente afirmó que no hay cultura francesa, y nosotros nos hemos rehusado a nombrar las raíces de nuestra civilización en los tratados europeos…  Es una sorprendente aberración. Toda civilización está hecha de singularidades culturales que modelan las conciencias humanas. Europa nace con la emergencia del pensamiento griego. Se dispersa en el despliegue del Imperio romano, y se nutre de la tradición judeo-cristiana. El contacto de Atenas, de Roma, de Jerusalén constituye el espíritu europeo. El cristianismo como religión se vive diferente del islam, por ejemplo; la inquietud socrática de la vida interrogada, se añade a la exigencia de una libertad de conciencia que maduró poco a poco en la historia europea.  Todo lo que constituye la mirada que lanzamos sobre el mundo, nuestras instituciones políticas, nuestras convicciones morales, nuestro derecho y nuestra estructura jurídica, es heredada de una tradición que nos agrupa. Negarlo es una forma de denegación de la realidad. El pensamiento crítico se cristaliza en la Ilustración, pero su exageración nos ha empujado hasta la negación de nosotros mismos. Esto no nos aporta ninguna libertad ni ninguna apertura al mundo, solamente una ansiedad colectiva que hace que no sepamos ya quienes somos. ¿Cómo luchar contra los comunitarismos que desgarran a nuestras sociedades si no sabemos decir lo que une?  Defiendo pues la idea de inscribir en nuestros tratados esta dimensión de civilización, que hace que Europa no sea una organización internacional abstracta, sino que ella está inserta en una historia milenaria. Precisamos también hacer que se viva concretamente la experiencia de esta cicilización, desarrollando para ello los intercambios o preservando nuestro patrimonio.

L. de S. : ¡La idea de civilización europea es ¡una enorme broma!  La Europa institucional apenas si tiene medio siglo. Es un producto de la post-guerra; salió de un momento de gran angustia mundial, cuando súbitamente aparecen las Naciones unidas, la Unesco, etc.  Es un período en el que no se sabe muy bien cómo van a evolucionar las cosas, en el que es preciso evitar patinar. Europa nace de una inquietud y de una angustia, no de una cultura. Por lo demás, se tiene dificultad en encontrar una cultura europea en tanto que tal, constituida propiamente.  La historia de Europa es la de la configuración progresiva de los Estados, que datan en su mayor parte del siglo XIX, por no decir comienzo del XX. Y antes de aparecer, esos Estados resultan de desplazamientos extremos de población, de las que algunas vienen del medioriente. Cuando se habla de Europa, hay que recordar que España estuvo poblada por descendientes de visigodos.  Que no se nos venga a hablar de nación española, que no se nos diga que existe nación francesa, incluso si en Francia hubo tentativas nervudas de los poderes reales desde el siglo Xº para hacerla existir. Pero, hasta la Revolución francesa, no había unidad de medida idéntica entre Orleans y Paris. La gente no hablaba la misma lengua, no se imaginaban incluso el mismo mundo. Por lo tanto, cuando se me habla de tradición o de civilización europea ¡me muero de la risa!  Si hubiera que definir a Europa, habría que hacerlo de manera prospectiva. Ella es el espacio potencial de un universal concreto. Será necesario pues llevarla a lo más alto posible, por medio de reformas institucionales, la idea de Europa, haciendo de manera que esta idea pueda inspirar a otros pueblos del mundo.


Declaraciones recogidas por MICHEL ELTCHANINOFF
Redactor jefe de Philosophie Magazine, agregado y doctor en filosofía, especialista en fenomenología y en filosofía rusa.  Ha publicado Dostoïevski. Le roman du corps (Jérôme Millon, 2013), Dans la Tête de Vladimir Poutine (Solin/Actes Sud, 2015), Les nouveaux Dissidents (Stock, 2016), además Dans la tête de Marine Le Pen (Actes Sud, 2017)

Tomado de Philosophie Magazine,

º 129.  Mayo de 2019


Tr. Luis Alfonso Paláu C.  Envigado, co; abril 24 de 2019


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“Chalecos amarillos”, ¿y ahora qué?


  nº 126.  Febrero de 2019
“Chalecos amarillos”, ¿y ahora qué?
Mis en ligne le 12/12/2018 | Mis à jour le 14/12/2018
Le hemos solicitado a diez filósofos que se presten, en caliente, a un ejercicio de anticipación.  Según ellos ¿cuál sería la salida más probable, o la más deseable, para el movimiento de los “chalecos amarillos” ?  No faltan pistas para el porvenir.
Février 2019

Pierre Zaoui: “El pueblo ha regresado, lo que puede conducir a lo peor... como a lo mejor”
Mis en ligne le 12/12/2018 | Mis à jour le 12/12/2018 
Pierre Zaoui © Witi De Tera/Opale/Leemage

Si el filósofo especialista en Spinoza se regocija con este movimiento social espontáneo, inventor de formas inéditas de dignidad y de solidaridad, al mismo tiempo se inquieta por su potencial fascista que podría llevar a un partido populista y nacionalista al poder…  A menos que los “chalecos amarillos” lleguen a trastrocar completamente la mesa para crear, finalmente, algo nuevo en política.
n°126
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Sin duda que se precisa estar ciego y sordo desde hace años, si no se ha visto la degradación continua de las condiciones de vida de las pequeñas clases medias, no haber ni siquiera imaginado por un instante lo que puede ser la suerte actual de una mujer o de un hombre que gana razonablemente su vida, es divorciado(a), con hijos, que fuma y utiliza el diesel… para encontrarse sorprendido por este movimiento de los «chalecos amarillos», como por su amplitud no tanto en el número exacto de manifestantes y de «bloqueadores» como en la simpatía popular que suscita el movimeinto, a pesar –pero quizás también en razón– de las violencias que lo acompañan.  No hay ninguna necesidad de haber leído a Maquiavelo para comprender que un Príncipe que se apoya exclusivamente sobre los grandes y nunca sobre el pueblo corre los más grandes peligros. Tampoco se necesita haber leído a Jacques Rancière para medir hasta qué punto el pretendidos «realismo» de nuestros dirigentes no es sino una utopía que ignora casi todo de la dura realidad, y hasta qué punto su pretendido «pragmatismo» no es frecuentemente sino el velo de un dogmatismo puramente ideológico. Ni siquiera se tiene necesidad de haber leído a Marx para saber que la lucha de clases ni se decreta, ni se suprime, y que puede tomar las formas más sorprendentes como las más inventivas; y este movimiento de los «chalecos amarillos» es particularmente inventivo, por su deseo de darle vuelta a las formas actuales de invisibilización y de aflicción de las gentes ordinarias en potencia de afirmación (una toma de los colores más bien que una toma de la palabra, como se lo decía en mayo de 1968), por su horizontalidad, su transversalidad y su no afiliación, radicales, por su capacidad para investir nuevos lugares de lucha (los barrios chics del oeste parisino, los ronds-points peri-urbanos, las redes informales…), por su espontaneismo que dura.

¿Un gesto desesperado?
Es por esto que toda filosofía progresista, o incluso simplemente humanista, no puede dejar de aplaudir primero a un tal movimiento, y admirar todas esas personas que se presume ordinarias que se inventan nuevas formas de dignidad y de solidaridad.  Sin embargo este es solamente (para retomar una distinción bien querida en la tradición aristotélica) el discurso exotérico de tales filosofías, es decir público y que se dirige a todos.  El discurso esoterico, reservado a los pares o a los miembros de la escuela, tiene otro tenor, menos entusiasta, mucho más desesperado.  Pues cuando se ha leído un poco Maquiavelo y Spinoza, se sabe bien que la mayor parte del tiempo el pueblo no echa por tierra un régimen político sino para instaurar en su lugar uno nuevo aún peor, pues aparece sin pátina del tiempo ni las moderaciones de la tradición.  Cuando uno ha leído un poco Rancière, se sabe claramente que las políticas emancipatorias de reconfiguración de lo sensible, las capaces de volver a darle un poco de luz y de belleza a las vidas invisibles, a la manera de Flaubert o de Conrad (y segura que hay de Flaubert y de Conrad entre esos «chalecos amarillos»: mil Emma Bovary y mil Félicité, mil Kurtz et mil Nostromo surgen hoy ante nuestros ojos admirativos), son perfectamente compatibles con las posiciones mas reaccionarias.  Cuando se ha leído un poco a Marx, se sabe más aún que la lucha de clases puede conducir a las sociedades tanto seguramente a su transformación revolucionaria como a su ruina, y que las formas más apolíticas de la lucha de clases son las más favorables al advenimiento de nuevas tiranías. <¿qué tal Venezuela? Paláu>
Ahora bien, de todos estos puntos de vista, y habida cuenta de las relaciones de fuerzas actuales, es decir la casi-desaparición factual y teórica de la izquierda; de la megalomanía exhibida («mi persona es sagrada, soy la República»), como en espejo del presidente, de Jean-Luc Mélenchon, el único que en el campo progresista podría legítimamente reivindicarse de este movimiento; y del viento de extrema derecha que asola todos los países desarrollados o en vías de desarrollo (de los Estados Unidos a Brasil, de la Gran Bretaña a Hungría, de Turquía a Italia), es muy probable (nada seguro, pues nunca hay nada cierto en política) que el movimiento de los «chalecos amarillos» sólo pueda conducir al advenimiento al poder en 2022 del siniestro Frente nacional de Marine Le Pen, y esto si el poder no lograr podrir el movimiento y dejar que los rencores fermenten aún algunos años, o más pronto aún, si el poder no termina finalmente por ser desbordado y llevado a las cuerdas de las elecciones anticipadas.  Por esto el vals esquizofrénico de la mayor parte de los filósofos humanistas de hoy: se aplaude en público, se alienta incluso a todos aquellos y aquellas que se unen al movimiento de los «chalecos amarillos» para tratar de ahogar sus potencialidades fascistoides bajo nuevas formas de solidaridad democrática… pero en el fondo de su corazón lloran y no se cree en nada, pues desde Voltaire & Schopenhauer la lucidez ha estado del lado del pesimismo.
Lo que pasa es que una tal esquizofrenia no es para nada satisfactoria a términos para el espíritu; muy pronto no es sino una postura o una cobardía o una sombra gozona.  El historiador y poeta palestinao Elias Sanbar subraya en algún lugar que el pesimismo quizás está del lado de la inteligencia, pero que también es perezosísimo; siempre es más fácil constatar lo peor que tratar, valga lo que valga, imaginar vías de salida.  Entonces, ¿qué otra vía de salida le queda a la Francia del mañana?
Nos podríamos imaginar esto: que el movimiento de los «chalecos amarillos», yendo hasta el fondo de su constatación radical –«ya nadie nos representa», «no tenemos más líderes»–, conduzca no a una crisis del régimen recuperable por el partido del peor y el terrible nacionalismo, sino a su echada a perder general.  Así este movimiento se mantendrían bien, durante meses, pasaría Navidad, se reforzaría en pleno invierno, y terminaría por parir una Asamblea constituyente que recusaría a todos los partidos existentes, e instituiría una VIª República.  No más del PS y del LR, ciertamente, incluso si esto de hecho ya está actuado, sino sobre todo nada de LREM –puesto que es uno de los objetivos confesados sel movimiento–, y más aún: no más RN ni FI, no más Le Pen o Mélenchon, nada más de lo de antes, todo nuevo.  Sinceramente, ¡qué alegría más grande sí así fuera!
Ciertamente, en una tal asamblea constituyente nueva, se reencontrarían las fuerzas y las divisiones del antiguo mundo; seguro que sí, no se habría terminado así ni con el capitalismo, ni con los efectos deletéreos para toda democracia de la limitante externa y de la ley de los mercados, ni con los envites de los flujos migratorios y del calentamiento global, ni con la cuestión de Europa y del reparto deseable o no de las soberanías; ciertamente los chalecos amarillos no nos habrían hecho mejores como por arte de magia.  Pero las cartas al menos se habrían vuelto a repartir en torno al eje mayor del movimiento: lograr rearticular la cuestión de las desigualdades o de la justicia social, y la de la lucha contra el calentamiento climático. Pues este es claramente un signo indudable; que el movimiento se haya disparado a partir del impuesto al diesel es claramente el signo que la cuestión climática no es para nada ajena al «pueblo» sino solamente insoportable en tanto que ella se desarticula de la cuestión social (recordemos que la huella de carbono de un rico que tiene un vehículo eléctrico o hébrido, pero que monta en avión regularmente, es 150 veces superior a la de un «pobre» que rueda con un diesel que poluciona).

¿Mal viento o República más justa?
Evidentemente que una tal imaginería para mañana tiene poca oportunidad de que ocurra.  Es más probable que Francia conozca el mal viento que conoce la mayor parte de los países capitalistas: las atroces bodas del capital y del odio, en provecho una vez más del solo capital y de sus sirvientes.  Pero uno no gana nunca nada apostándole a su propia muerte, incluso si ella es probable. Por el contrario, como todo profetismo, ese proyecto de una VIª República no tiene sentido sino a partir del presente.  Hay que confiar en los «chalecos amarillos», ir con ellos, implicarse en su movimiento, seguir el movimiento real que ellos dibujan.  Los filósofos de fines del siglo XX, a la manera de Deleuze, soñaban un poco complacientemente con un pueblo que falta. Hoy, el pueblo ha regresado y aquí está; es política, metafísica, estéticamente contradictorio, sueña con tiranos y los vilipendia, quiere poder de compra y se burla de él, bello y feo a la vez.  En suma, es exactamente como la filosofía; comprometido con todos los poderes y sus caudillos, imperfecto, veraz y mentiroso, colabo y resistente, abigarrado, múltiple, incierto en sus deseos tanto como en sus odios. Desde Sócrates, entre pueblo y filosofía ninguna tiene lecciones que darle al otro. Pero siempre se ha ganado con unirlos más que en oponerlos, pues pueblo y filosofía han compartido siempre el mismo sueño: la llegada de una República más justa.
Tr. Paláu, Envigado, co; enero 9 de 2019
ARTICULO
Bernard Stiegler: “Repensar una política industrial en la era del Anthropoceno y de la automatización”
Mis en ligne le 17/12/2018 | Mis à jour le 17/12/2018 
Para este pensador de la técnica, el movimiento “chalecos amarillos” saca a luz la urgente necesidad de una nueva política que valorice el trabajo más bien que el empleo.  Entre estas proposiciones está la de generalizar al conjunto de los asalariados el régimen intermitente de los trabajadores del espectáculo.

Filósofo, dirige el Institut de recherche et d’innovation (IRI) del Centro Georges-Pompidou y preside la asociación Ars industrialis.  Las ediciones Fayard acaban de reeditar el conjunto de su reflexión sobre la técnica, en un volumen de cerca de mil páginas.  La Técnica y el Tiempo, que retoma a la vez su tesis La Falta de Epimetheo <Bilbao: Hiru, 2003>, y se abre a lo contemporáneo con Le Nouveau Conflit des facultés et des fonctions dans l’Anthropocène.  Por otra parte, un nuevo ensayo apareció recientemente en la ed. Les Liens qui Libèrent, en torno a los conceptos de entropía y de neguentropía: Qu’appelle-t-on panser? 1. L’immense régression.


n°126
Febrero de 2019
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« Me sorprendió la rápida evolución del movimiento de los “chalecos amarillos”, por la manera cómo se presentaba y como fue percibido.  Al comienzo, las ocupaciones de ronds-points permitían pensar en el fenómeno de los Tea Partys de los EE. UU., que preparó la elección de Donald Trump, y en aquella asombrosa declaración de Sarah Palin: ‘‘Me encanta respirar ¡el olor de los gases de escape!’’  Sin embargo, y a pesar de la presencia de la “ultra-derecha” que es por supuesto muy peligrosa, el empuje de ese movimiento evolucionó positivamente, y de manera muy inesperada.  Comparados con la escena “de las protestas” bien conocida en Francia desde hace decenios, los “chalecos amarillos” son evidentemente un acontecimiento completamente singular y muy interesante, más allá de sus extremas ambigüedades.  Entre las reivindicaciones enunciadas por esos manifestantes sin líder, la proposición de crear una asamblea deliberativa para la transición ecológica es particularmente ilustrativa de lo que ese movimiento tiene de fundamentalmente nuevo.  Y esto quedó confirmado por un signo alentador –que ciertamente hay que interpretar sin hacerse muchas ilusiones–: el 8 de diciembre en Burdeos, su manifestación se hizo en asocio con la Marcha por el clima.
Cuando uno escucha a los “chalecos amarillos”, se oyen voces de gente un poco perdida que vive a menudo en condiciones insoportables y que tienen el mérito de expresar y concientizar los límites y las inmensas contradicciones de la sociedad contemporánea.  Frente a lo cual el gobierno de Emmanuel Macron parece ser incapaz de considerar la envergadura de los problemas planteados. Mucho me temo que las medidas anunciados por el presidente el 11 de diciembre no resuelvan nada e instalen el movimiento en la larga duración, precisamente en tanto que expresa –al menos simbólicamente– la toma de consciencia colectiva de la crisis contemporánea.  El horizonte político en toda Europa no es para nada regocijante: las extremas derechas van probablemente a sacar beneficio electoral de estas cóleras, dado que no se va a responder a las cuestiones que legítimamente plantea el movimiento de los “chalecos amarillos”, que pone en evidencia la falta de sentido histórico del presidente Macron y de sus ministros, y que subraya además la vanidad de los que pretenden encarnar la izquierda, todos ellos incapaces de proponer el menor enunciado a la altura de lo que se juega como una primera gran crisis social característica del Anthropoceno. 
Para mí que soy un “hombre de izquierda”, la cuestión importante es saber lo que sería una gran política industrial de izquierda que recoja los desafíos del Antropoceno y de la automatización, es decir: también de cara a la “Inteligencia artificial”.  Afrontar esta cuestión supone sobreponerse al impensado de la crítica marxiana, a saber, a la entropía.  Todos los sistemas complejos, tanto a nivel biológico como a nivel social, están destinados a una périda de diferencial –de energía, de biodiversidad, de interpretación de la información– que conduce al caos entrópico.  El concepto de neguentropiía, que fue propuesto a partir de los trabajos de Erwin Schrödinger, designa la capacidad del viviente para diferir la pérdida de energía, diferenciándose para ello orgánicamente, creando islotes y nichos que instalan localmente “diferance” (como decía Derrida), por medio de la que se inscribe el porvenir como bifurcación en el devenir entrópico donde todo indifiere.
El punto fundamental es aquí que, mientras que la entropía se observa a nivel macroscópico, la neguentropía sólo se instaura localmente por conversiones de energía bajo todas sus formas, incluída la energía libidinal; y Freud es con Bergson el primero en comprender el cambio radical de punto de vista requerido por la entropía.  El “repliegue nacionalista” es una expresión sintomática de la explosión entrópica provocada por la mundialización como Antropoceno. A lo que hay que responder con una nueva política económica e industrial que valorice sistemáticamente la neguentropía.
Es en este sentido que con Patrick Braouezec –presidente del Establecimiento público territorial Plaine Commune–, el Institut de recherche et d’innovation & Ars Industrialis llevan a cabo un experimento en Seine-Saint-Denis, un territorio de 430.000 habitantes, donde experimentamos la puesta en funcionamiento de una economía contributiva territorial fundada en una nueva macroeconomía a escala nacional.  Se trata ante todo de valorizar el trabajo antes que el empleo, y de generalizar el sistema de los intermitentes del espectáculo: la idea es poder garantizarle a la gente el 70% de su último salario en los períodos en que no trabajen, con la condición de que reencuentren al final de diez meses un empleo intermitente –en el caso de los intermitentes del espectáculo, por 507 horas, luego de las cuales han “recargado su derecho” al ingreso contributivo.  Creamos en este momento talleres en los dominios del cuidado de la infancia, de una alimentación urbana de calidad, de la construcción y de los oficios urbanos, de la mecánica de recalificación de los vehículos términos en vehículos limpios, etc.  Este experimento los sostienen la Fundación de Francia, Orange, Dassault Systèmes, la Caisse des dépôts et consignations, la Société générale, la fondation Afnic et Emmanuel Faber, director general de Danone, todos ellos actores a la búsqueda de una nueva concepción de la economía industrial enteramente movilizada en la lucha con el Antropoceno y por la restauración de una solvencia económica de largo aliento, fundamentada en la inversión y no en la especulación.  Es emprendiendo iniciativas audaces de este género como se podrá responder verdaderamente a los “chalecos amarillos”. »
Declaraciones recogidas por ALEXANDRE LACROIX
Director de redacción
Tr. Paláu, Envigado, co; enero 10 de 2019
ARTÍCULO
Frédéric Gros: “Una violencia que beneficia a todos, excepto a las víctimas”
Mis en ligne le 20/12/2018 | Mis à jour le 20/12/2018 
Denunciada por todos, la violence que ha acompañado las manifestaciones de «chalecos amarillos» sin embargo ha tenido una función estratégica y política de la que ha sacado partido el movimiento, tanto como el gobierno y los media… ¿Irresponsable?


n°126
Febrero de 2019
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Se han planteado muchos interrogantes –con razón pues había por qué perder sus categorías mejor implantadas– sobre la naturaleza política, el origen social, las modalidades estratégicas de los «chalecos amarillos».  A mi me gustaría desplazar el ángulo crítico aquí e interrogarme sobre el estatus de la violencia en lo que les ha parecido a todos como un movimiento inédito.  Que las manifestaciones de cólera social se acompañen de violencias no es una novedad histórica. Los sábados de cólera han estado marcados por violencias urbanas intensas, que se debieron a grupúsculos extremistas que vinieron a medis de la colère ont été marqués par des violences urbaines intenses, qui furent le fait de groupuscules extrémistes venus «para romperlo», de infiltrados oportunistas, de «chalecos amarillos» arrastrados miméticamente por la atmósfera de guerrilla; y finalmente los policias también, buscando presentar esta última violencia como forzosamente defensiva y protectora.
Esta violencia ha tenido el principal carácter de no ser asumida por nadie y denunciada por todos; con la única diferencia que del lado de los «chalecos amarillos», lo más frecuentemente se la denunciaba pero sin condenarla.  Esta violencia, sobre la que los observadores una vez más se ponían de acuerdo para decir que ella fue ampliamente una intervención de elementos exógenos al movimiento, se debe constatar que al mismo tiempo ella le beneficiaba a todos… exceptuando por supuesto a sus pobres víctimas directas.  Al gobierno por una parte, puesto que ella le permite presentar todo nuevo anuncio de manifestación como irresponsable puesto que, de derecho democrático fundamental, se ha vuelto una amenaza objetiva de guerra, a pesar incluso de las intenciones pacíficas de los organizadores. A los propios «chalecos amarillos», puesto que esta violencia subrogada a los extremistas y encapuchados declaraba inocentes a los manifestantes, al mismo tiempo que les permitía beneficiarse de sus efectos políticos –¿quién puede seriamente creer que una serie de manifestaciones pacíficas habrían provocado la anulación de los impuestos incriminados, y los anuncios sucesivos del presidente?  A las fuerzas policiales pues les ofrecían una palanca para una represión por fuera de norma. Y finalmente a las cadenas de TV de información en vivo y en directo, que organizaron cada sábado «ediciones especiales» adictivas, para espiar el desastre y la catástrofe. Esta violencia que nadie asume pero de la que todos buscan los beneficios, define un paisaje político que arriesga con acompañarnos muchos tiempo
Filósofo, ha tenido un gran éxito público y crítico con su libro Marcher. Une philosophie (Carnets Nord, 2009).  Especialista en Michel Foucault, ha estudiado la demanda de seguridad en las democracias contemporáneas en Le Principe Sécurité (Gallimard, 2012), así como los movimientos de resistencia en Desobedecer (Albin Michel, 2017; tr. Paláu en proceso, para el mes de agosto 2019).  Su seminario anual en Sciences-Po Paris está consagrado al tema «Violence et responsabilité», que encuentra un eco en la actualidad.
Tr. Paláu, Envigado, co; enero 10 de 2019
ARTÍCULO
Francis Wolff: “¿Un movimiento antipolítico o la reinvención de un ‘nosotros’?”
Mis en ligne le 17/12/2018 | Mis à jour le 19/12/2018 
¿Los chalecos amarillos?  Un movimiento «anti», para Francis Wolff, sin consciencia de clase ni voluntad de estructuración, y que arriesga con un hundirnos en un clima de «guerra civil fría», a merced de la menor pasión digital.  A menos que los lazos que se han tejido en los ronds-points den a luz una redefinición de la palabra «collectivo».


n°126
Febrero 2019
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La Francia peri-urbana, la de las pequeñas y medianas ciudades, cliente de los centros comerciales, la que trabaja duro y gana poco, la que no es suficientemente pobre como para estar en el Sisben y que no es suficientemente rica como para salir con dignidad, la que nunca ha desfilado con los funcionario pero que tampoco ha ideo a la Manif para todos <la del 1º de mayo>, decidió un día expresar su cólera contra el impuesto al diesel bloqueando para ello las encrucijadas y ocupando los ronds-points.  La derecha aplaude; revuelta fiscal, dice ella.  La izquierda añadió: justicia social, afirmó ella.  La extrema derecha vio acá el despertar de las «gentes de bien» que han sido abandonadas por la mundialización.  La extrema izquierda diagnosticó que ya viene la insurrección. Y todos se mezclaron al movimiento soplando sobre sus brasas.  Todos tenían para ello buenas razones puesto que las «reivindicaciones» eran móviles y contradictorias: más Estado, menos Estado; más diálogo, nada de diálogo, etc.  Todos se engañaban sin embargo, porque la naturaleza profunda de ese «movimiento», conectada con la época, se les escapaba. Es antipolítico; está animado por el imperio de los «derechos subjetivos» sin límite ni medida.  Est anticolectivista; es una revuelta clasista sin conciencia de clase y por fuera del marco de la producción. Es antijerárquico; depende de las redes sociales y de su falsa horizontalidad «igualitarista» (discurso de odio, teorías complotistas, infox, etc.)
¿Qué hay que temer?  ¿Qué se estructure? Dada su naturaleza antipolítica, sólo lo podría hacer en torno a una figura televisiva carismática, como en Italia; pero habría que haber sido Cyril Hanouna al comienzo del movimiento.  La idea de un movimiento «Cinco Estrellas» a la françesa se desmoronó. ¿Qué va a terminar por agotarse? Bien podría ser entonces la primera de una serie de revueltas individualistas, por fuera de todo marco institucional, social o político, fomentadas por la sola potencia de las redes sociales.  Estaríamos entonces entrando en un período de guerra civil fría, caracterizada por una exacerbación de las pasiones antidemocráticas a nombre de una exigencia de «siempre más democracia» (en el entendido “que es a mí ¡al que hay que escuchar!”), un «sálvese quien pueda y cada uno por sí mismo inmediatamente», un trumpisma «a la françesa» alimentado por la tiesura de las clases dominantes, la ineluctable desaparición de los servicios públicos (puesto que la social democracia está fumigada), la aceleración del desmantelamiento de la Unión europea, una agravación de las crisis ecológicas, en suma el acabamiento del movimiento anti-Ilustración: el sueño de Steve Bannon♠♠ o de Éric Zemmour.
¿Qué podremos esperar de todo esto?  Una verdadera salida por lo alto supondría una salida del marco nacional para reclamar una justicia fiscal y una lucha contra las políticas neoliberales a escala europea.  Pero su naturaleza franco-francesa se lo impide.
Entonces, la única esperanza es que su forma termine por contradecir su naturaleza.  En efecto, habría que tomarles las palabras a los que, en cada etapa, cuales quiera sean las «victorias» obtenudas, repiten: «Iremos hasta el final».  ¿Cuál objetivo? Ellos no están buscando ninguna nueva concesión del «poder»… uno siente claramente que no se satisfarán nunca. La meta que se han propuesto, ¿no será precisamente no tener ninguna?  No será poder continuar viviendo lo que están viviendo juntos, en cada encrucijada, en cada rond-point, por primera vez y para su gran sorpresa?  Lo que descubren en el fondo, lo que están reinventando, son esos sentimientos que les ha preservado su modo de vida: la solidaridad, la fraternidad, la calidez del colectivo.  Vayamos más lejos. ¿No podríamos esperar que hicieran de esta reinvención de un «nosotros» inesperado la fuente de una «auto-institución de la société», en contra incluso de la naturaleza de su lucha?  Descubrirían por ejemplo que podrían compartir el carro (con ¡doble ganancia!), hacer sus compras colectivamente para obtener descuentos, ayudarse entre vecinos, defender aquí un dispensario amenazado, hacer que se abra una escuela primaria gracias a una institutriz jubilada que bien podría ser voluntaria, etc.  El imaginario no tiene límites desde que uno acepta ser colectivo. Y la democracia comienza por la base, y no en las ilusiones de referendos de repetición.


Profesor emérito de la Escuela normal superior de Paris, este especialista en filosofía antigua defiende un carácter propio del hombre, en tanto que ser de lenguaje capaz de «decirle el mundo» al otro de manera objetiva.  Autor de Nuestra humanidad.  De Aristóteles a las neurociencias (Fayard, 2010; tr. castellana de L. A. Paláu, Medellín, enero – noviembre de 2016 / enero de 2017), es también un apasionado de la música y buscó descubrir la esencia de ese arte en ¿Por qué la música? (Fayard, 2015; tr. castellana de L. A. Paláu, Medellín, junio – diciembre de 2015 y octubre 31 de 2017).  En su último ensayo, Trois Utopies contemporaines (Fayard, 2017), propone volver a lanzar la perspectiva utópica en torno a la redefinición de un «nosotros», a la vez humanista y cosmopolita.
Tr. Paláu, Envigado, co; enero 10 de 2019


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