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Endurece Confrontación Social ‎en Francia‎

Por Thierry Meyssan


El «Gran Debate Nacional» logró desviar la atención de los franceses del grave ‎problema de desindustrialización que habían planteado los Chalecos Amarillos, estima ‎Thierry Meyssan. Por muy interesantes que puedan parecer, las problemáticas que ‎se discutieron durante esa gran sesión de parloteo son absolutamente secundarias dado ‎el prodigioso retraso económico acumulado por la Unión Europea en relación con los ‎países miembros de la Organización de Cooperación de Shanghai.

Los Chalecos Amarillos y la respuesta de Emmanuel Macron
En respuesta al movimiento de los Chalecos Amarillos, el presidente francés Emmanuel Macron ‎anunció algunas medidas sociales y organizó un debate nacional de 3 meses. ‎

Pero al cabo de esas discusiones resulta no sólo que las posiciones siguen siendo las mismas sino ‎que además se han endurecido. ‎

Las medidas sociales que realmente se pusieron en marcha consistieron en aumentar el poder ‎adquisitivo de los trabajadores peor remunerados mediante una revalorización de ciertas ‎subvenciones, en vez de mejorar sus salarios. ‎

El «Gran Debate» permitió que se expresaron 2 millones de franceses, pero la gran mayoría los ‎Chalecos Amarillos prefirió ignorarlo. Se abordaron numerosos temas –como la caída del poder ‎adquisitivo de las clases populares y medias, la ineficacia del Estado en el interior del país y la ‎política energética– pero sin abordar nunca la causa de la crisis. Y es importante recordar que esa crisis, lejos ‎de ser únicamente francesa, está afectando a todos los países occidentales desde que desapareció ‎la Unión Soviética y se acentuó grandemente debido al derrumbe financiero registrado en 2008 ‎‎ [1].‎

Los franceses han tomado conciencia del hecho que la mediana burguesía se ha visto desclasada, ‎obligada a abandonar las ciudades y relegada a la «periferia urbana». Pero siguen sin asimilar la ‎rápida desaparición de la clase media en Occidente y su repentina aparición en Asia. ‎Por consiguiente, no han entendido todavía que los males que los afectan son resultado del ‎éxito de los actores capitalistas que han logrado deshacerse de las reglas políticas, así que siguen ‎considerando responsables a los súper ricos y no a los políticos que han venido eliminando las reglas que ‎los súper ricos tenían que respetar en el pasado. ‎

El desplazamiento de las empresas occidentales que utilizan conocimientos y habilidades básicas ‎puede favorecer a todos sólo si se crean nuevas empresas que utilizan conocimientos y ‎habilidades más avanzadas. Por lo tanto, Asia no ha robado la riqueza de Occidente sino que ‎se ha beneficiado con las inversiones occidentales. La anomalía reside en el hecho que –desde ‎el fin de la URSS– los responsables políticos occidentales renunciaron a regular ese proceso, ‎autorizando no sólo la transferencia de tecnología –como medio de lucrar con la desigualdad ‎de los niveles de vida entre países– sino también para escapar a las responsabilidades sociales. ‎

Los Chalecos Amarillos han evitado cuidadosamente la designación de líderes para su movimiento, ‎dejando así a la clase dirigente sin interlocutor. ‎

Esa clara dirigente, que inicialmente adoptó una actitud conciliadora hacia los participantes en las ‎protestas, endureció bruscamente su actitud hacia ellos cuando entendió que no sería posible ‎resolver la crisis sin afectar directamente su propio modo de vida. Se puso entonces del lado ‎de la oligarquía y en contra del pueblo y desató la represión policial que ya ha causado numerosos ‎heridos y mutilados de por vida. El paso siguiente ha sido dejar el campo libre a los anarquistas ‎para que causen desórdenes del orden público durante las manifestaciones, con lo cual ‎desacreditan las protestas. ‎

Al cabo de estos 3 meses de protestas, la sociedad francesa está simultáneamente más ‎consciente del problema y más profundamente dividida. Hay dos lecturas posibles de este ‎periodo:‎ 

- considerar que los acontecimientos actuales (aumento de las desigualdades; debilitamiento de ‎las instituciones nacionales y evolución hacia un Estado represivo; competencia en cuanto a quién ‎representa al pueblo unido) son similares a los que condujeron a la Segunda Guerra Mundial. 

- o considerar que esos mismos acontecimientos son similares a los que acabaron suscitando el ‎movimiento de las Comunas Libres (como la célebre Comuna de París). 

Esas dos interpretaciones no se contradicen entre sí en la medida en que la Segunda Guerra ‎Mundial fue también una manera de responder a la crisis financiera de 1929 sin tener que asumir ‎sus consecuencias económicas y sociales. ‎

Un sondeo de opinión IFOP-Atlantico del 20 de marzo de 2019 muestra que si bien un 50% de los ‎franceses espera que haya reformas, un 39% estima que habrá que pasar por una revolución. Esa ‎última proporción es dos veces mayor en Francia que en los demás países occidentales donde se ‎realizó el sondeo. Este apetito revolucionario se explica simultáneamente por la tradición ‎francesa y por el muy particular inmovilismo de las instituciones que hace imposible toda solución ‎reformista (las reformas actuales se hacen siempre en beneficio de quienes controlan las ‎instituciones y no a favor del interés general). ‎


La situación de Francia en el mundo


Considerando que la clase dirigente francesa está más preocupada por preservar su modo de vida ‎que por resolver la crisis y que la causa de esta crisis es de naturaleza transnacional, podemos ‎prever que la evolución de dicha crisis dependerá principalmente de factores exteriores.‎

Hace años que existe entre la clase dirigente un debate sobre una eventual decadencia de Francia. ‎Resulta imposible resolver ese debate porque la noción de decadencia responde a valores ‎relativos. Sin embargo, lo que sí es cierto es que Occidente en general, y Francia en particular, ‎se ha visto ampliamente desbordado por otros actores.‎

Desde 2009, o sea desde el derrumbe financiero de 2008, Estados Unidos ha registrado un ‎crecimiento de 34%, la India de 96% y China de 139%, mientras que el “crecimiento” de la Unión ‎Europea fue negativo (-2%).‎

Durante el mismo periodo, Estados Unidos –que gobernó el mundo de manera unilateral ‎a partir del derrumbe de la Unión Soviética– mantuvo su despliegue militar a través del mundo y ‎su capacidad de producción de armamento pero perdió su superioridad tecnológica en el sector ‎militar. Estados Unidos se especializó entonces en la guerra asimétrica, o sea en la manipulación ‎de grupos armados no estatales que Estados Unidos arma y financia. Mientras tanto, Rusia, ‎cuyo ejército se hallaba en ruinas después del derrumbe de la URSS, supo reconstruirse y, gracias ‎a su progreso científico, convertirse en la primera potencia mundial en términos de guerra ‎convencional y de armamento nuclear.‎

En materia de derechos humanos y de derechos del ciudadano, Estados Unidos es el único país ‎que practica a gran escala el asesinato sin juicio mientras que los países miembros de la Unión ‎Europea –incluyendo el Reino Unido, que está a punto de abandonarla– son los únicos Estados ‎que convocan referéndums para ignorar después la voluntad expresada por sus ciudadanos. ‎En Rusia, el índice de población carcelaria es de 385 por 100 000 habitantes pero en ‎Estados Unidos es de 655, o sea un 70% más elevado. ‎

El mundo de hoy no tiene nada que ver con el de hace 10 años. Estados Unidos sigue estando a ‎la vanguardia en Occidente, pero Occidente ya no es la vanguardia del mundo. Rusia y China ‎lo han sobrepasado, tanto en el plano económico, como en el plano militar e incluso en materia ‎de política. Pero seguimos viendo películas de Hollywood, aprendiendo inglés y soñando con pasar ‎las vacaciones en Nueva York, como si nada hubiese cambiado.‎

Creer que una mejor repartición de la riqueza en Occidente puede resolver el problema, como en ‎los últimos 500 años, es sólo una ilusión. Existe, por supuesto, un conflicto de clase que habrá ‎que resolver, pero es de carácter muy secundario en relación con los cambios internacionales. ‎Todas las luchas sociales clásicas serán insuficientes ya que Occidente ha perdido su ‎preeminencia. ‎

¿Cómo desbloquear la situación?

Que Occidente se ha quedado a la zaga de Rusia y China es un hecho, pero no una fatalidad. ‎No se trata aquí de defender la estrategia que Paul Wolfowitz enunció en el momento de la caída ‎de la Unión Soviética, estrategia tendiente a impedir que los competidores de Estados Unidos ‎pudieran desarrollarse más rápido que el país del dólar, sino de precisar que el mundo sería un ‎lugar mejor si todos pudieran desarrollarse libremente. No se trata tampoco de afirmar ‎que todo desarrollo tendría que ser conforme al American Way of Life simplemente porque ‎los recursos del planeta no lo permiten. Se trata más bien de estimular cada civilización a seguir ‎su camino respetando su propio medioambiente. ‎

Sólo un Poder soberano puede ordenar los cambios estructurales. La única escala de gobierno ‎que permite promover el interés general es la Nación. Así que la prioridad debería ser restablecer ‎la soberanía nacional. Simultáneamente, debe instituirse la democracia en el marco nacional, pero ‎esto sigue siendo una cuestión secundaria ante la cuestión primordial del servicio del interés ‎general. ‎

En el caso de Francia, eso significa liberarse tanto del poder político de carácter supranacional ‎como del mando militar extranjero, lo cual significa separarse no necesariamente de la Unión ‎Europea sino de los principios del Tratado de Maastricht y no de la alianza atlántica sino del ‎mando integrado de la OTAN. ‎

Sólo recuperando su soberanía podrá Francia desempeñar un papel en el concierto de las ‎naciones. Por el momento, Francia finge defender el multilateralismo cuando en realidad está ‎aplicando una política de bloque, alineándose sistemáticamente tras las posiciones alemanas. ‎

La primera decisión que Francia tendría que tomar es poner fin a la libre circulación de capitales. ‎No se trata en lo absoluto de prohibir los movimientos de dinero, de renunciar al comercio ‎internacional ni de dirigirse hacia la autarcía sino de recuperar el control de la riqueza nacional, ‎que debe mantenerse en el país que la produce. ‎

La segunda decisión tendría que ser reducir el campo y la duración de la propiedad intelectual, las ‎patentes y los derechos de autor. Los descubrimientos, inventos, creaciones, las ideas en general ‎no son cosa del derecho sobre la propiedad intelectual, pertenecen a todos. Las exclusividades y ‎regalías son medidas temporales que deben reglamentarse única y exclusivamente en función del ‎interés general. ‎

La tercera decisión sería revisar uno a uno los acuerdos comerciales internacionales. El objetivo ‎no es instaurar reglas proteccionistas, que podrían interrumpir el perfeccionamiento de la ‎producción de bienes servicios, sino velar por el equilibrio en materia de intercambio, lo cual ‎no tiene nada que ver con el proteccionismo. ‎

Estados Unidos ha iniciado un proceso de reconquista de su soberanía, renunciando parcialmente ‎a su supremacía imperial y regresando a una posición de simple hegemonía. Al mismo tiempo, ‎está reequilibrando su balanza comercial. Pero mantiene los abusos en materia de propiedad ‎industrial porque estos le garantizan una cómoda renta. ‎

Conclusión

Las reformas resultan siempre menos dolorosas que las revoluciones. En definitiva, son cambios a ‎largo plazo que tendrán que realizarse de una u otra manera. La clase dirigente los rechaza ‎actualmente, pero no podrá impedirlos y sólo puede esperar prolongar su propio confort a ‎expensas del sufrimiento de los demás sectores de la sociedad. Pero ese confort llegará a su fin ‎cuando el Sistema, que actualmente favorece a esa clase, comience a destruir también su modo ‎de vida. ‎

Tomado de. https://www.voltairenet.org/es

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“Chalecos amarillos”, ¿y ahora qué?


  nº 126.  Febrero de 2019
“Chalecos amarillos”, ¿y ahora qué?
Mis en ligne le 12/12/2018 | Mis à jour le 14/12/2018
Le hemos solicitado a diez filósofos que se presten, en caliente, a un ejercicio de anticipación.  Según ellos ¿cuál sería la salida más probable, o la más deseable, para el movimiento de los “chalecos amarillos” ?  No faltan pistas para el porvenir.
Février 2019

Pierre Zaoui: “El pueblo ha regresado, lo que puede conducir a lo peor... como a lo mejor”
Mis en ligne le 12/12/2018 | Mis à jour le 12/12/2018 
Pierre Zaoui © Witi De Tera/Opale/Leemage

Si el filósofo especialista en Spinoza se regocija con este movimiento social espontáneo, inventor de formas inéditas de dignidad y de solidaridad, al mismo tiempo se inquieta por su potencial fascista que podría llevar a un partido populista y nacionalista al poder…  A menos que los “chalecos amarillos” lleguen a trastrocar completamente la mesa para crear, finalmente, algo nuevo en política.
n°126
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Sin duda que se precisa estar ciego y sordo desde hace años, si no se ha visto la degradación continua de las condiciones de vida de las pequeñas clases medias, no haber ni siquiera imaginado por un instante lo que puede ser la suerte actual de una mujer o de un hombre que gana razonablemente su vida, es divorciado(a), con hijos, que fuma y utiliza el diesel… para encontrarse sorprendido por este movimiento de los «chalecos amarillos», como por su amplitud no tanto en el número exacto de manifestantes y de «bloqueadores» como en la simpatía popular que suscita el movimeinto, a pesar –pero quizás también en razón– de las violencias que lo acompañan.  No hay ninguna necesidad de haber leído a Maquiavelo para comprender que un Príncipe que se apoya exclusivamente sobre los grandes y nunca sobre el pueblo corre los más grandes peligros. Tampoco se necesita haber leído a Jacques Rancière para medir hasta qué punto el pretendidos «realismo» de nuestros dirigentes no es sino una utopía que ignora casi todo de la dura realidad, y hasta qué punto su pretendido «pragmatismo» no es frecuentemente sino el velo de un dogmatismo puramente ideológico. Ni siquiera se tiene necesidad de haber leído a Marx para saber que la lucha de clases ni se decreta, ni se suprime, y que puede tomar las formas más sorprendentes como las más inventivas; y este movimiento de los «chalecos amarillos» es particularmente inventivo, por su deseo de darle vuelta a las formas actuales de invisibilización y de aflicción de las gentes ordinarias en potencia de afirmación (una toma de los colores más bien que una toma de la palabra, como se lo decía en mayo de 1968), por su horizontalidad, su transversalidad y su no afiliación, radicales, por su capacidad para investir nuevos lugares de lucha (los barrios chics del oeste parisino, los ronds-points peri-urbanos, las redes informales…), por su espontaneismo que dura.

¿Un gesto desesperado?
Es por esto que toda filosofía progresista, o incluso simplemente humanista, no puede dejar de aplaudir primero a un tal movimiento, y admirar todas esas personas que se presume ordinarias que se inventan nuevas formas de dignidad y de solidaridad.  Sin embargo este es solamente (para retomar una distinción bien querida en la tradición aristotélica) el discurso exotérico de tales filosofías, es decir público y que se dirige a todos.  El discurso esoterico, reservado a los pares o a los miembros de la escuela, tiene otro tenor, menos entusiasta, mucho más desesperado.  Pues cuando se ha leído un poco Maquiavelo y Spinoza, se sabe bien que la mayor parte del tiempo el pueblo no echa por tierra un régimen político sino para instaurar en su lugar uno nuevo aún peor, pues aparece sin pátina del tiempo ni las moderaciones de la tradición.  Cuando uno ha leído un poco Rancière, se sabe claramente que las políticas emancipatorias de reconfiguración de lo sensible, las capaces de volver a darle un poco de luz y de belleza a las vidas invisibles, a la manera de Flaubert o de Conrad (y segura que hay de Flaubert y de Conrad entre esos «chalecos amarillos»: mil Emma Bovary y mil Félicité, mil Kurtz et mil Nostromo surgen hoy ante nuestros ojos admirativos), son perfectamente compatibles con las posiciones mas reaccionarias.  Cuando se ha leído un poco a Marx, se sabe más aún que la lucha de clases puede conducir a las sociedades tanto seguramente a su transformación revolucionaria como a su ruina, y que las formas más apolíticas de la lucha de clases son las más favorables al advenimiento de nuevas tiranías. <¿qué tal Venezuela? Paláu>
Ahora bien, de todos estos puntos de vista, y habida cuenta de las relaciones de fuerzas actuales, es decir la casi-desaparición factual y teórica de la izquierda; de la megalomanía exhibida («mi persona es sagrada, soy la República»), como en espejo del presidente, de Jean-Luc Mélenchon, el único que en el campo progresista podría legítimamente reivindicarse de este movimiento; y del viento de extrema derecha que asola todos los países desarrollados o en vías de desarrollo (de los Estados Unidos a Brasil, de la Gran Bretaña a Hungría, de Turquía a Italia), es muy probable (nada seguro, pues nunca hay nada cierto en política) que el movimiento de los «chalecos amarillos» sólo pueda conducir al advenimiento al poder en 2022 del siniestro Frente nacional de Marine Le Pen, y esto si el poder no lograr podrir el movimiento y dejar que los rencores fermenten aún algunos años, o más pronto aún, si el poder no termina finalmente por ser desbordado y llevado a las cuerdas de las elecciones anticipadas.  Por esto el vals esquizofrénico de la mayor parte de los filósofos humanistas de hoy: se aplaude en público, se alienta incluso a todos aquellos y aquellas que se unen al movimiento de los «chalecos amarillos» para tratar de ahogar sus potencialidades fascistoides bajo nuevas formas de solidaridad democrática… pero en el fondo de su corazón lloran y no se cree en nada, pues desde Voltaire & Schopenhauer la lucidez ha estado del lado del pesimismo.
Lo que pasa es que una tal esquizofrenia no es para nada satisfactoria a términos para el espíritu; muy pronto no es sino una postura o una cobardía o una sombra gozona.  El historiador y poeta palestinao Elias Sanbar subraya en algún lugar que el pesimismo quizás está del lado de la inteligencia, pero que también es perezosísimo; siempre es más fácil constatar lo peor que tratar, valga lo que valga, imaginar vías de salida.  Entonces, ¿qué otra vía de salida le queda a la Francia del mañana?
Nos podríamos imaginar esto: que el movimiento de los «chalecos amarillos», yendo hasta el fondo de su constatación radical –«ya nadie nos representa», «no tenemos más líderes»–, conduzca no a una crisis del régimen recuperable por el partido del peor y el terrible nacionalismo, sino a su echada a perder general.  Así este movimiento se mantendrían bien, durante meses, pasaría Navidad, se reforzaría en pleno invierno, y terminaría por parir una Asamblea constituyente que recusaría a todos los partidos existentes, e instituiría una VIª República.  No más del PS y del LR, ciertamente, incluso si esto de hecho ya está actuado, sino sobre todo nada de LREM –puesto que es uno de los objetivos confesados sel movimiento–, y más aún: no más RN ni FI, no más Le Pen o Mélenchon, nada más de lo de antes, todo nuevo.  Sinceramente, ¡qué alegría más grande sí así fuera!
Ciertamente, en una tal asamblea constituyente nueva, se reencontrarían las fuerzas y las divisiones del antiguo mundo; seguro que sí, no se habría terminado así ni con el capitalismo, ni con los efectos deletéreos para toda democracia de la limitante externa y de la ley de los mercados, ni con los envites de los flujos migratorios y del calentamiento global, ni con la cuestión de Europa y del reparto deseable o no de las soberanías; ciertamente los chalecos amarillos no nos habrían hecho mejores como por arte de magia.  Pero las cartas al menos se habrían vuelto a repartir en torno al eje mayor del movimiento: lograr rearticular la cuestión de las desigualdades o de la justicia social, y la de la lucha contra el calentamiento climático. Pues este es claramente un signo indudable; que el movimiento se haya disparado a partir del impuesto al diesel es claramente el signo que la cuestión climática no es para nada ajena al «pueblo» sino solamente insoportable en tanto que ella se desarticula de la cuestión social (recordemos que la huella de carbono de un rico que tiene un vehículo eléctrico o hébrido, pero que monta en avión regularmente, es 150 veces superior a la de un «pobre» que rueda con un diesel que poluciona).

¿Mal viento o República más justa?
Evidentemente que una tal imaginería para mañana tiene poca oportunidad de que ocurra.  Es más probable que Francia conozca el mal viento que conoce la mayor parte de los países capitalistas: las atroces bodas del capital y del odio, en provecho una vez más del solo capital y de sus sirvientes.  Pero uno no gana nunca nada apostándole a su propia muerte, incluso si ella es probable. Por el contrario, como todo profetismo, ese proyecto de una VIª República no tiene sentido sino a partir del presente.  Hay que confiar en los «chalecos amarillos», ir con ellos, implicarse en su movimiento, seguir el movimiento real que ellos dibujan.  Los filósofos de fines del siglo XX, a la manera de Deleuze, soñaban un poco complacientemente con un pueblo que falta. Hoy, el pueblo ha regresado y aquí está; es política, metafísica, estéticamente contradictorio, sueña con tiranos y los vilipendia, quiere poder de compra y se burla de él, bello y feo a la vez.  En suma, es exactamente como la filosofía; comprometido con todos los poderes y sus caudillos, imperfecto, veraz y mentiroso, colabo y resistente, abigarrado, múltiple, incierto en sus deseos tanto como en sus odios. Desde Sócrates, entre pueblo y filosofía ninguna tiene lecciones que darle al otro. Pero siempre se ha ganado con unirlos más que en oponerlos, pues pueblo y filosofía han compartido siempre el mismo sueño: la llegada de una República más justa.
Tr. Paláu, Envigado, co; enero 9 de 2019
ARTICULO
Bernard Stiegler: “Repensar una política industrial en la era del Anthropoceno y de la automatización”
Mis en ligne le 17/12/2018 | Mis à jour le 17/12/2018 
Para este pensador de la técnica, el movimiento “chalecos amarillos” saca a luz la urgente necesidad de una nueva política que valorice el trabajo más bien que el empleo.  Entre estas proposiciones está la de generalizar al conjunto de los asalariados el régimen intermitente de los trabajadores del espectáculo.

Filósofo, dirige el Institut de recherche et d’innovation (IRI) del Centro Georges-Pompidou y preside la asociación Ars industrialis.  Las ediciones Fayard acaban de reeditar el conjunto de su reflexión sobre la técnica, en un volumen de cerca de mil páginas.  La Técnica y el Tiempo, que retoma a la vez su tesis La Falta de Epimetheo <Bilbao: Hiru, 2003>, y se abre a lo contemporáneo con Le Nouveau Conflit des facultés et des fonctions dans l’Anthropocène.  Por otra parte, un nuevo ensayo apareció recientemente en la ed. Les Liens qui Libèrent, en torno a los conceptos de entropía y de neguentropía: Qu’appelle-t-on panser? 1. L’immense régression.


n°126
Febrero de 2019
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« Me sorprendió la rápida evolución del movimiento de los “chalecos amarillos”, por la manera cómo se presentaba y como fue percibido.  Al comienzo, las ocupaciones de ronds-points permitían pensar en el fenómeno de los Tea Partys de los EE. UU., que preparó la elección de Donald Trump, y en aquella asombrosa declaración de Sarah Palin: ‘‘Me encanta respirar ¡el olor de los gases de escape!’’  Sin embargo, y a pesar de la presencia de la “ultra-derecha” que es por supuesto muy peligrosa, el empuje de ese movimiento evolucionó positivamente, y de manera muy inesperada.  Comparados con la escena “de las protestas” bien conocida en Francia desde hace decenios, los “chalecos amarillos” son evidentemente un acontecimiento completamente singular y muy interesante, más allá de sus extremas ambigüedades.  Entre las reivindicaciones enunciadas por esos manifestantes sin líder, la proposición de crear una asamblea deliberativa para la transición ecológica es particularmente ilustrativa de lo que ese movimiento tiene de fundamentalmente nuevo.  Y esto quedó confirmado por un signo alentador –que ciertamente hay que interpretar sin hacerse muchas ilusiones–: el 8 de diciembre en Burdeos, su manifestación se hizo en asocio con la Marcha por el clima.
Cuando uno escucha a los “chalecos amarillos”, se oyen voces de gente un poco perdida que vive a menudo en condiciones insoportables y que tienen el mérito de expresar y concientizar los límites y las inmensas contradicciones de la sociedad contemporánea.  Frente a lo cual el gobierno de Emmanuel Macron parece ser incapaz de considerar la envergadura de los problemas planteados. Mucho me temo que las medidas anunciados por el presidente el 11 de diciembre no resuelvan nada e instalen el movimiento en la larga duración, precisamente en tanto que expresa –al menos simbólicamente– la toma de consciencia colectiva de la crisis contemporánea.  El horizonte político en toda Europa no es para nada regocijante: las extremas derechas van probablemente a sacar beneficio electoral de estas cóleras, dado que no se va a responder a las cuestiones que legítimamente plantea el movimiento de los “chalecos amarillos”, que pone en evidencia la falta de sentido histórico del presidente Macron y de sus ministros, y que subraya además la vanidad de los que pretenden encarnar la izquierda, todos ellos incapaces de proponer el menor enunciado a la altura de lo que se juega como una primera gran crisis social característica del Anthropoceno. 
Para mí que soy un “hombre de izquierda”, la cuestión importante es saber lo que sería una gran política industrial de izquierda que recoja los desafíos del Antropoceno y de la automatización, es decir: también de cara a la “Inteligencia artificial”.  Afrontar esta cuestión supone sobreponerse al impensado de la crítica marxiana, a saber, a la entropía.  Todos los sistemas complejos, tanto a nivel biológico como a nivel social, están destinados a una périda de diferencial –de energía, de biodiversidad, de interpretación de la información– que conduce al caos entrópico.  El concepto de neguentropiía, que fue propuesto a partir de los trabajos de Erwin Schrödinger, designa la capacidad del viviente para diferir la pérdida de energía, diferenciándose para ello orgánicamente, creando islotes y nichos que instalan localmente “diferance” (como decía Derrida), por medio de la que se inscribe el porvenir como bifurcación en el devenir entrópico donde todo indifiere.
El punto fundamental es aquí que, mientras que la entropía se observa a nivel macroscópico, la neguentropía sólo se instaura localmente por conversiones de energía bajo todas sus formas, incluída la energía libidinal; y Freud es con Bergson el primero en comprender el cambio radical de punto de vista requerido por la entropía.  El “repliegue nacionalista” es una expresión sintomática de la explosión entrópica provocada por la mundialización como Antropoceno. A lo que hay que responder con una nueva política económica e industrial que valorice sistemáticamente la neguentropía.
Es en este sentido que con Patrick Braouezec –presidente del Establecimiento público territorial Plaine Commune–, el Institut de recherche et d’innovation & Ars Industrialis llevan a cabo un experimento en Seine-Saint-Denis, un territorio de 430.000 habitantes, donde experimentamos la puesta en funcionamiento de una economía contributiva territorial fundada en una nueva macroeconomía a escala nacional.  Se trata ante todo de valorizar el trabajo antes que el empleo, y de generalizar el sistema de los intermitentes del espectáculo: la idea es poder garantizarle a la gente el 70% de su último salario en los períodos en que no trabajen, con la condición de que reencuentren al final de diez meses un empleo intermitente –en el caso de los intermitentes del espectáculo, por 507 horas, luego de las cuales han “recargado su derecho” al ingreso contributivo.  Creamos en este momento talleres en los dominios del cuidado de la infancia, de una alimentación urbana de calidad, de la construcción y de los oficios urbanos, de la mecánica de recalificación de los vehículos términos en vehículos limpios, etc.  Este experimento los sostienen la Fundación de Francia, Orange, Dassault Systèmes, la Caisse des dépôts et consignations, la Société générale, la fondation Afnic et Emmanuel Faber, director general de Danone, todos ellos actores a la búsqueda de una nueva concepción de la economía industrial enteramente movilizada en la lucha con el Antropoceno y por la restauración de una solvencia económica de largo aliento, fundamentada en la inversión y no en la especulación.  Es emprendiendo iniciativas audaces de este género como se podrá responder verdaderamente a los “chalecos amarillos”. »
Declaraciones recogidas por ALEXANDRE LACROIX
Director de redacción
Tr. Paláu, Envigado, co; enero 10 de 2019
ARTÍCULO
Frédéric Gros: “Una violencia que beneficia a todos, excepto a las víctimas”
Mis en ligne le 20/12/2018 | Mis à jour le 20/12/2018 
Denunciada por todos, la violence que ha acompañado las manifestaciones de «chalecos amarillos» sin embargo ha tenido una función estratégica y política de la que ha sacado partido el movimiento, tanto como el gobierno y los media… ¿Irresponsable?


n°126
Febrero de 2019
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Se han planteado muchos interrogantes –con razón pues había por qué perder sus categorías mejor implantadas– sobre la naturaleza política, el origen social, las modalidades estratégicas de los «chalecos amarillos».  A mi me gustaría desplazar el ángulo crítico aquí e interrogarme sobre el estatus de la violencia en lo que les ha parecido a todos como un movimiento inédito.  Que las manifestaciones de cólera social se acompañen de violencias no es una novedad histórica. Los sábados de cólera han estado marcados por violencias urbanas intensas, que se debieron a grupúsculos extremistas que vinieron a medis de la colère ont été marqués par des violences urbaines intenses, qui furent le fait de groupuscules extrémistes venus «para romperlo», de infiltrados oportunistas, de «chalecos amarillos» arrastrados miméticamente por la atmósfera de guerrilla; y finalmente los policias también, buscando presentar esta última violencia como forzosamente defensiva y protectora.
Esta violencia ha tenido el principal carácter de no ser asumida por nadie y denunciada por todos; con la única diferencia que del lado de los «chalecos amarillos», lo más frecuentemente se la denunciaba pero sin condenarla.  Esta violencia, sobre la que los observadores una vez más se ponían de acuerdo para decir que ella fue ampliamente una intervención de elementos exógenos al movimiento, se debe constatar que al mismo tiempo ella le beneficiaba a todos… exceptuando por supuesto a sus pobres víctimas directas.  Al gobierno por una parte, puesto que ella le permite presentar todo nuevo anuncio de manifestación como irresponsable puesto que, de derecho democrático fundamental, se ha vuelto una amenaza objetiva de guerra, a pesar incluso de las intenciones pacíficas de los organizadores. A los propios «chalecos amarillos», puesto que esta violencia subrogada a los extremistas y encapuchados declaraba inocentes a los manifestantes, al mismo tiempo que les permitía beneficiarse de sus efectos políticos –¿quién puede seriamente creer que una serie de manifestaciones pacíficas habrían provocado la anulación de los impuestos incriminados, y los anuncios sucesivos del presidente?  A las fuerzas policiales pues les ofrecían una palanca para una represión por fuera de norma. Y finalmente a las cadenas de TV de información en vivo y en directo, que organizaron cada sábado «ediciones especiales» adictivas, para espiar el desastre y la catástrofe. Esta violencia que nadie asume pero de la que todos buscan los beneficios, define un paisaje político que arriesga con acompañarnos muchos tiempo
Filósofo, ha tenido un gran éxito público y crítico con su libro Marcher. Une philosophie (Carnets Nord, 2009).  Especialista en Michel Foucault, ha estudiado la demanda de seguridad en las democracias contemporáneas en Le Principe Sécurité (Gallimard, 2012), así como los movimientos de resistencia en Desobedecer (Albin Michel, 2017; tr. Paláu en proceso, para el mes de agosto 2019).  Su seminario anual en Sciences-Po Paris está consagrado al tema «Violence et responsabilité», que encuentra un eco en la actualidad.
Tr. Paláu, Envigado, co; enero 10 de 2019
ARTÍCULO
Francis Wolff: “¿Un movimiento antipolítico o la reinvención de un ‘nosotros’?”
Mis en ligne le 17/12/2018 | Mis à jour le 19/12/2018 
¿Los chalecos amarillos?  Un movimiento «anti», para Francis Wolff, sin consciencia de clase ni voluntad de estructuración, y que arriesga con un hundirnos en un clima de «guerra civil fría», a merced de la menor pasión digital.  A menos que los lazos que se han tejido en los ronds-points den a luz una redefinición de la palabra «collectivo».


n°126
Febrero 2019
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La Francia peri-urbana, la de las pequeñas y medianas ciudades, cliente de los centros comerciales, la que trabaja duro y gana poco, la que no es suficientemente pobre como para estar en el Sisben y que no es suficientemente rica como para salir con dignidad, la que nunca ha desfilado con los funcionario pero que tampoco ha ideo a la Manif para todos <la del 1º de mayo>, decidió un día expresar su cólera contra el impuesto al diesel bloqueando para ello las encrucijadas y ocupando los ronds-points.  La derecha aplaude; revuelta fiscal, dice ella.  La izquierda añadió: justicia social, afirmó ella.  La extrema derecha vio acá el despertar de las «gentes de bien» que han sido abandonadas por la mundialización.  La extrema izquierda diagnosticó que ya viene la insurrección. Y todos se mezclaron al movimiento soplando sobre sus brasas.  Todos tenían para ello buenas razones puesto que las «reivindicaciones» eran móviles y contradictorias: más Estado, menos Estado; más diálogo, nada de diálogo, etc.  Todos se engañaban sin embargo, porque la naturaleza profunda de ese «movimiento», conectada con la época, se les escapaba. Es antipolítico; está animado por el imperio de los «derechos subjetivos» sin límite ni medida.  Est anticolectivista; es una revuelta clasista sin conciencia de clase y por fuera del marco de la producción. Es antijerárquico; depende de las redes sociales y de su falsa horizontalidad «igualitarista» (discurso de odio, teorías complotistas, infox, etc.)
¿Qué hay que temer?  ¿Qué se estructure? Dada su naturaleza antipolítica, sólo lo podría hacer en torno a una figura televisiva carismática, como en Italia; pero habría que haber sido Cyril Hanouna al comienzo del movimiento.  La idea de un movimiento «Cinco Estrellas» a la françesa se desmoronó. ¿Qué va a terminar por agotarse? Bien podría ser entonces la primera de una serie de revueltas individualistas, por fuera de todo marco institucional, social o político, fomentadas por la sola potencia de las redes sociales.  Estaríamos entonces entrando en un período de guerra civil fría, caracterizada por una exacerbación de las pasiones antidemocráticas a nombre de una exigencia de «siempre más democracia» (en el entendido “que es a mí ¡al que hay que escuchar!”), un «sálvese quien pueda y cada uno por sí mismo inmediatamente», un trumpisma «a la françesa» alimentado por la tiesura de las clases dominantes, la ineluctable desaparición de los servicios públicos (puesto que la social democracia está fumigada), la aceleración del desmantelamiento de la Unión europea, una agravación de las crisis ecológicas, en suma el acabamiento del movimiento anti-Ilustración: el sueño de Steve Bannon♠♠ o de Éric Zemmour.
¿Qué podremos esperar de todo esto?  Una verdadera salida por lo alto supondría una salida del marco nacional para reclamar una justicia fiscal y una lucha contra las políticas neoliberales a escala europea.  Pero su naturaleza franco-francesa se lo impide.
Entonces, la única esperanza es que su forma termine por contradecir su naturaleza.  En efecto, habría que tomarles las palabras a los que, en cada etapa, cuales quiera sean las «victorias» obtenudas, repiten: «Iremos hasta el final».  ¿Cuál objetivo? Ellos no están buscando ninguna nueva concesión del «poder»… uno siente claramente que no se satisfarán nunca. La meta que se han propuesto, ¿no será precisamente no tener ninguna?  No será poder continuar viviendo lo que están viviendo juntos, en cada encrucijada, en cada rond-point, por primera vez y para su gran sorpresa?  Lo que descubren en el fondo, lo que están reinventando, son esos sentimientos que les ha preservado su modo de vida: la solidaridad, la fraternidad, la calidez del colectivo.  Vayamos más lejos. ¿No podríamos esperar que hicieran de esta reinvención de un «nosotros» inesperado la fuente de una «auto-institución de la société», en contra incluso de la naturaleza de su lucha?  Descubrirían por ejemplo que podrían compartir el carro (con ¡doble ganancia!), hacer sus compras colectivamente para obtener descuentos, ayudarse entre vecinos, defender aquí un dispensario amenazado, hacer que se abra una escuela primaria gracias a una institutriz jubilada que bien podría ser voluntaria, etc.  El imaginario no tiene límites desde que uno acepta ser colectivo. Y la democracia comienza por la base, y no en las ilusiones de referendos de repetición.


Profesor emérito de la Escuela normal superior de Paris, este especialista en filosofía antigua defiende un carácter propio del hombre, en tanto que ser de lenguaje capaz de «decirle el mundo» al otro de manera objetiva.  Autor de Nuestra humanidad.  De Aristóteles a las neurociencias (Fayard, 2010; tr. castellana de L. A. Paláu, Medellín, enero – noviembre de 2016 / enero de 2017), es también un apasionado de la música y buscó descubrir la esencia de ese arte en ¿Por qué la música? (Fayard, 2015; tr. castellana de L. A. Paláu, Medellín, junio – diciembre de 2015 y octubre 31 de 2017).  En su último ensayo, Trois Utopies contemporaines (Fayard, 2017), propone volver a lanzar la perspectiva utópica en torno a la redefinición de un «nosotros», a la vez humanista y cosmopolita.
Tr. Paláu, Envigado, co; enero 10 de 2019


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Las razones de la cólera

Mis en ligne le 07/12/2018 | Mis à jour le 07/12/2018
Peter Sloterdijk en 2016 (cc) Wikimedia Commons / Fronteiras do Pensamento

¿Cómo explicar los accesos de violencia que atraviesa Francia?  La cólera ya no se contiene en un mundo de ganadores y de perdedores, como lo explica Alexandre Lacroix en el estudio del “Soir 3”, citando para ello a Peter Sloterdijk.

«Que el perdedor que pierde demasiado a menudo, cuestione el juego de manera violenta, es una opción que el caso crítico de la política hace que aparezca luego del fin de la Historia», anota Peter Sloterdijk en 2007.  En el ensayo Cólera & Tiempo, el filósofo alemán se inclina sobre el estado de Occidente.  Muestra cómo la promesa de la democracia parlamentaria ha sido contener las pasiones –la cólera, el odio, el resentimiento...–, por medio de la deliberación racional dándole a cada quien la posibilidad de expresar su voz.
Según Alexandre Lacroix, director de redacción de Philosophie magazine invitado del Soir 3 de France 3 el jueves 6 de diciembre, Peter Sloterdijk muestra también cómo ese «gran cuadro de una pacificación de las pasiones políticas por la deliberación racional está camino de fisurarse».
Como lo testimonian hoy los «chalecos amarillos», la cólera ya no se contiene.  ¿Por qué? Fue luego de 1989, después del fin de la historia y la caída del muro de Berlín, que el espíritu liberal se propagó por todas partes en el mundo, y el juego económico se volvió una vasta competencia donde ya sólo se trata de perdedores y de ganadores.  Ahora bien ¿cuál es la reacción espontánea de los perdedores frente a esta humillación? Es la cólera que se expresa por el terrorismo y la violencia. De ahora en adelante esta ya no se dirige contra las solas élites sino también contra las propias reglas del “juego”.
Como escribe Peter Sloterdijk, «el Viejo Mundo conocía los esclavos y los siervos, que fueron los vectores de la consciencia desdichada de su tiempo.  Los tiempos modernos inventaron al perdedor. Ese personaje, que se encuentra a mitad de camino entre los explotados de ayer y los superfluos de hoy y de mañana, es la figura incomprendida en los juegos de poder de las democracias.  No todos los perdedores se dejan tranquilizar por la indicación de que su estatus corresponde a su colocación en una competencia. Muchos replicarán que ellos nunca han tenido la más mínima ocasión de participar en el juego y de posicionarse luego.  Su rencor no se dirige solo contra los vencedores sino también… contra las reglas del juego».



Revue de presse
Los filósofos tras los chalecos amarillos
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A favor de la movilización de los “chalecos amarillos”, filósofos de todas las corrientes toman la pluma para la defensa de la “decencia ordinaria”.  Repaso de sus argumentos.


Decencia ordinaria

En la calle como en el campo intelectual, el movimiento de los «chalecos amarillos» reúne individuos de todas las orillas, tanto de derecha como de izquierda, en torno a una defensa de la «Francia de abajo».  Filósofos como Michel Onfray & Jean-Claude Michéa se encuentran en la defensa de este movimiento de protesta a nombre de la «decencia ordinaria»♣♣, aquella noción debida a George Orwell.  Para el ensayista anarquista, son precisamente estos valores «populares», esta moral común atenta a las injusticias, los que son humillados por «las formas tiránicas del poder moderno».
Elogiando la «izquierda libertaria» contra la «izquierda liberal», Michel Onfray evoca el modelo «de las sublevaciones campesinas a través de los siglos» y «del socialismo libertario del siglo XIX»; se coloca al lado del «pueblo invisible».  «Esta sublevación, como la de los gorros rojos, me gusta, escribe él en una carta abierta publicada en su sitio web.  Pues ella muestra que existen en Francia, lejos de la clase política que sólo se representa a sí misma, gentes que comprendieron que había una alternativa a esta democracia representativa que parte el mundo en dos, no tanto la derecha y la izquierda, los soberanistas y los progresistas, los liberales y los antiliberales, no, sino entre los que, de derecha o de izquierda, ejercen el poder, y aquellos sobre los cuales él se ejerce, poco importa que sean de derecha o de izquierda».
Para Jean-Claude Michéa, también él lector de George Orwell y defensor de la decencia común, «el movimiento de los “chalecos amarillos” (buen ejemplo de paso, de esa inventividad popular que yo anunciaba en Les Mystères de la gauche) es, de cierta manera, el exacto contrario de “Noche De Pie”».  Según él, el movimiento de ocupación de las plazas fue una revuelta «de urbanitas hipermóviles y sobrediplomados», como lo escribe en su carta abierta aparecida en el sitio Les Amis de Bartleby.  «Aquí por el contrario son claramente los de abajo (tal y como los analizaba Christophe Guilluy – por lo demás curiosamente ausente hasta ahora de todos los talk-shows televisados, en provecho, entre otros cómicos, del reformista sub-keynesiano Besancenot), que se rebelan, con suficiente consciencia revolucionaria ya como para negarse a tener que escoger entre explotadores de izquierda y explotadores de derecha».

La Francia periférica
Christophe Guilly es en efecto la otra referencia recurrente solicitada en sostén de los «chalecos amarillos».  Para el autor de La France périphérique (Flammarion, 2014) y del Crépuscule de la France d’en haut (Flammarion, 2016), existe una fractura hexagonal, que la representación política ignora, entre las metrópolis y los territorios «periféricos», los de las ciudades intermedias y de los territorios rurales en los que vive el 60% de la población.  En una entrevista concedida en el 2016 a Philosophie magazine, el geógrafo anunciaba la situación futura: «Si la democracia es darle el poder a los que no lo tienen, explicaba él, la verdadera revolución sería ir hacia esos territorios que no crean riqueza.  O vamos hacia ellos, o serán ellos los que se apoderen de todas las palancas posibles: populismo, extrema derecha, radicalización islámica.  ¡Se ha visto la violencia del movimiento de las Boinas rojas! Hay que escuchar la cólera que se manifiesta desde los territorios. En caso contrario, a las ciudadelas medievales le responderán las sublevaciones populares».
La defensa de esos territorios abandonados de la República llega hasta la Académie française, donde tiene asiento Alain Finkielkraut.  El Inmortal toma la pluma en Le Figaro para felicitarse, al mismo tiempo que rechaza las violencias y las destrucciones, de que las clases populares se encuentren a «la vanguardia de la historia.  Ellas habían abandonado el campo del progreso por el del repliegue proteccionista y particularista.  Y ahora tenemos que el antiguo mundo se resiste. Sale de la invisibilidad. Se recuerda, poniéndose chalecos amarillos fluorescentes, del buen recuerdo de la start-up nation.  Este repentino surgimiento, esta revuelta de los “somewhere” [las “gentes de alguna parte”] contra los “anywhere” [las “gentes de todas partes”] en efecto me ha encantado». 

La defensa del populismo
La filósofa Chantal Mouffe, inspiradora de los movimientos Syriza, Podemos, La France insoumise & Nuit Debout, le da un nombre al establecimiento de esta frontera entre el pueblo «de abajo» y las élites, la Francia de las metrópolis y la Francia periférica: el populismo.  «Esta construcción de una nueva frontera, afirma ella en Libération, es el resultado de la emergencia de toda una serie de resistencias a treinta años de hegemonía neoliberal que instauraron una post-democracia… caracterizada por la crisis de la representación política y la crisis del sistema económico neoliberal.  Primero que todo, los ciudadanos tiene el sentimiento de no tener una verdadera escogencia entre las diferentes ofertas políticas; no distinguen ya el centro derecha del centro izquierda. Y se preguntan por qué ir a votar. Es un movimiento de fondo común a toda la Europa occidental.  Es lo que yo llamo “la ilusión del consenso”: los individuos tiene la impresión de haber sido olvidados, quieren que se les escuche».  Y la filósofa, autora de Pour un populisme de gauche (Albin Michel, 2018), nos recuerda la importancia de las emociones políticas y de convocar a la constitución de ese «populismo de izquierda» como una «estrategia de construcción discursiva de una nueva frontera política» entre el pueblo y la oligarquía.  Testigos de ello los «chalecos amarillos», con las heterogéneas exigencia de ese pueblo.  Pero su «unidad está garantizada por la identificación con una concepción democrática radical de la ciudadanía».


La emoción en política
El filósofo Frédéric Gros, autor de Désobéir♦♦ (Albin Michel, 2016), insiste también él en la dimensión esencialmente emocional de esta movilización.  «Son momentos de exorcizar los miedos, explica en Libération.  Se inventan allí nuevas solidaridades, se experimentan goces políticos cuyo gusto habíamos perdido, y se descubre que uno puede desobedecer junto con los otros.  Es una promesa frágil que se puede tornar en su contrario. Pero uno no está para darle lecciones al que, con su cuerpo, con su tiempo, con sus gritos, proclama que se puede hacer otra política».
Como Chantal Mouffe, el filósofo, profesor de pensamiento político en Ciencias-Po, constata la desaparición de las reivindicaciones de ese pueblo encolerizado, que puede producir un «malestar», y ese malestar una fuerza.  Pues esta heterogeneidad «vuelve imposible la estigmatización de un grupo y la comodidad de un discurso maniqueo.  Las “élites” intelectuales o políticas han quedado pasmadas. No solamente ellas no comprenden nada, sino que sobre todo ellas se encuentran contestadas en su capacidad de representación, en la certidumbre confortable de su legitimidad.  Su única puerta de salida, en lugar de interrogarse sobre su responsabilidad, consiste por el momento en diabolizar ese movimiento, denunciando su cripto-fascismo. Esto les permite tomar la postura de defensores de la democracia en peligro, de murallas contra la barbarie y de volverse a presentar una vez más como héroes».
Tr. Luis Alfonso Paláu, Envigado, co; diciembre 12 de 2018
Anexo: la carta abierta de M. Onfray.
A los que se creen de izquierda porque consideran que la izquierda sería hoy el combate a favor de los ricos de los barrios elegantes de las urbes, con el fin de que puedan comprar niños llevados por vientres de mujeres pobres (es decir, la izquierda de "Mitterrand 1983"; que también sería la de "Macron 2018", pasando por la de un Hollande quinquenal; sería finalmente la que se nutre de perpetuas joffrinadas desde hace un cuarto de siglo), a los que estiman que ellos son de izquierda porque le encuentran virtudes a la guillotina de 1793 y al Terror de Robespierre, a los goulags de 1917 y a su inventor Lenin, a los osarios de Pol Pot y a las prisiones de Castro o de Mao; a los que consideran que Trotski es mejor que Stalin, aunque Trotski sea el inventor del Ejército rojo y de la represión de los marineros amotinados de Kronstadt, que fueron asesinados porque reclamaban los soviets por los que habían hecho la revolución, mientras que a duras penas habían obtenido la dictadura del partido único; a estos pues… yo les presento mi izquierda libertaria, popular y populista; es la de las sublevaciones campesinas a través de los siglos, es la del socialismo libertario del siglo XIX, es la de un pueblo invisible que encarna la famosa "decencia común" analizada por George Orwell, un pensador anarquista recuperador por todo el mundo en estos momentos.  Estas izquierdas oficiales e institucionales finalmente una más allá de sus divergencias pues, y esto es palpable: todas condenan la iniciativa de los chalecos amarillos. La izquierda liberal, que se parece a la derecha liberal hasta el punto de que se puede tomar a la una por la otra, estima en efecto que estamos aquí ante una ¡manifestación "populiste"! Esta sería la quintaesencia de esa Francia "que rueda en diesel y que fuma tabaco negro"♥♠, según la ocurrencia de acá en adelante famosa de Benjamin Griveaux, hijo de un notario y de una abogada, diplomado en Sciences-Po y del HEC, candidato que no logró entrar a la ENA, y ahora portavoz macroniano del gobierno, luego de haber sido compañero de ruta de Strauss-Kahn y miembro del gabinete de Marisol Touraine en el gobierno de Hollande.  Un hombre nuevo… ¡como todos se pueden dar cuenta!…
Así mismo, entre los sindicalistas, que pretenden comprender el descontento pero que no se suman a la manifestación del 17 de noviembre.  FO, la CFDT y la CGT no irán. ¿Por qué razón? Con el fin de no asociarse a un acontecimiento sostenido por Marine Le Pen y Nicolas Dupont-Aignan.  El mismo repique de campanas de Jean-Luc Mélenchon, por tanto entre los pretendidos Insumisos que tanto aman el pueblo por supuesto, dado que él se calla cuando el líder máximo habla en su nombre, incluso si le quita la palabra cuando él decide dar su opinión completamente solo …
Ahora bien, con esta desbandada de las filas políticas y sindicales, se comprende claramente que, compañeros como marranos, los institucionales de la política y del sindicalismo no lo dirán, pero ellos temen por la democracia representativa en la que ellos prosperan como gusanos en un queso, porque la democracia directa, la de los chalecos amarillos hoy, la de las gorras rojas ayer, le impide a los profesionales de la política hablar alto y fuerte por el pueblo, mientras que al mismo tiempo ellos actúan taimadamente contra él, como por ejemplo no estando a su lado el 17 de noviembre.
Este pueblo sin cabeza y sin apellido, sin rostro y sin representante, sin gran líder y sin debate televisado, sin media subvencionados por el Estado, y sin editorialistas en la prensa parisina, sin casa de edición y sin emisora estatal de radio, sin subvenciones europeas y sin asociaciones lucrativas sostenidas por el mismo Estado, sin partido con sus falsas facturas y sus tomas ilegales de interés; este pueblo pues es el gran miedo de los bienpensantes que, de derecha y de izquierda, socialistas y liberales, comunistas y ecologistas, centristas y robespieristas, con asiento en la Asamblea nacional y en el Senado, disponen de ministros, de primeros ministros y de jefes de Estado que se ven con llavecitas desde hace más de treinta años ¡y cuya impericia no hay necesidad de demostrar!  Melenchon tiene razón: habría que sacar a esta clase política… pero a la suya también, y a él de primero…
Estos ideólogos que viven del sistema haciendo su crítica bien pulidita y gentil, cortés y teatral, hipócrita y cómplice… en los distintos estudios de tv., tienen más que ver con la guiñolada y con la pantalonada.  Este circo es visible luego de que se acaba el directo. Aquellos que se tratan con todo tipo de apelativos ante las cámaras, que se acuchillan y a veces rudamente… luego se tutean, se abrazan, hacen sus negociados, ríen juntos una vez terminado el espectáculo.  Y tan pronto esto ocurre, este pueblo sin rostro continúa sufriendo y trabajando penosamente para amarrar los dos cabos; es él el que está en la primera línea de esta guerra llevada contra las gentes simples por las “élites”, como se dice, que las sacrifican por un plato de lentejas…
(…)
Los chalecos amarillos, como las gorras rojas, se ahorran ese pequeño personal de la política politiquera.  ¿Cómo los podrían querer? Ellos pasan por encima de la cabeza de esa gente que glotonea en los banquetes de las gentes importantes del sistema, y que viven en los barrios exclusivos, comen a sus ansias, beben buenos vinos, compran productos bio y degustan quinua, que recurren a los gastos de representación para pagar sus restaurantes que rara vez son bodeguitas; que nunca pagan sus taxis porque los paga la empresa, que frecuentan la misma ¡pequeña sociedad de los decididores!  No habría nada que reprocharles a esta forma de vida, si una vez llegado el día esa gente estuviera real, verdadera, concretamente del lado de las gentes que sufren de la política liberal de la derecha y de la izquierda. Esta Francia de abajo hace que se conozca su sufrimiento modesta, simplemente, sin grandes palabras y sin largos discursos, sin ideologías y sin blablás, justo diciendo cosas simples y luciendo ese chaleco fluorescente que señala un peligro.
Ellos saben claramente que está muy bien eso de la transición ecológica invocada para justificar esos aumentos, pero ¿cómo se hace para vivir sin vehículo cuando se habita en una ciudad que no está equipada de transporte común?  El panadero de Cantal ¿debería hacer sus entregas en metro? La enfermera bretona, sus visitas en la campiña del Tregor ¿en tranvía? El plomero hacer sus desplazamientos por aquel bosquecillo, adornado con sus herramientas, ¿en tren de cercanías?  Y el visitador médico de Corrêze ¿debería hacer sus miles de kilómetros mensuales ¿en patineta eléctrica? ¿Sino la bici para los de urgencias en un pueblo de los Pirineos? La mujer que va a parir en las Ardennes ¿deberá presentarse en la materna en patines o en un skate?  Francia no se reduce a un puñado de megalópolis: Paris, Lyon, Marseille, Toulouse, Bordeaux.  Pues, luego, por fuera, más allá, además de esas ciudades tentaculares tenemos en Francia un poco más de 35.000 comunas.  Millones de personas viven por fuera de las megalópolis; ¿se les puede exigir la patineta de la transición energética como horizonte insuperable?
No hay necesidad de haber hecho grandes estudios para comprender, e incluso si uno fracasó y no entró al ENA como Griveaux, que el aumento del precio de la gasolina es el aumento de los impuestos indirectos pagados por los más humildes, mientras que Emmanuel Macron distribuye dinero en cantidades astronómicas entre los antiguos aportantes del impuesto sobre las grandes fortunas.  Este aumento del precio de la gasolina, es el impuesto que uno puede estar seguro pagará la gente desprovista de medios para organizar, como se dice, la optimización fiscal de sus ingresos, la que no puede abrir una cuenta en Suiza, que no pueden crear sociedades en cantidad con el fin de esconder la trazabilidad de sus fortunas, o que, por supuesto, no pueden tener recursos en los paraísos fiscales, como Johnny Hallyday o Charles Aznavour, residente fiscal suizo al que el presidente de la República le rindió recientemente homenaje en el patio de honor de los Invalides, ¡haciendo que se colocara una bandera azul-blanco-rojo sobre su ataúd!  Luego el discurso en la iglesia de la Madeleine por el cantante cuyo álbum póstumo lleva por título "Mon pays c’est l’amour", pero que, en materia de países prefería concretamente vivir en Suiza o en los EE. UU.; después el discurso de homenaje presidencial por ese otro cantante que había creado una sociedad en Luxemburgo con el fin de evitar al fisco francés o armenio, lo que hubiera estado más de acuerdo ideológicamente con el discurso público; se comprende que la Francia de arriba pueda organizar un género de insolvencia fiscal en materia de impuestos, vía Gstaad o el Luxemburgo, con la bendición post-mortem del jefe de Estado. Con Emmanuel Macron, el pequeño contribuyente que vive en el límite del umbral de pobreza no escapará al impuesto, puesto que se le cobrará directamente en la estación de servicio donde estará obligado a tanquear su vehículo porque es su instrumento de trabajo.…  Macron le cobra el impuesto pues claramente al trabajo de los rurales, pero no al capital de los cantantes domiciliados en Suiza (ver el artículo de Romaric Godin en "Mediapart" del 29 de marzo de 2018: "Les voies luxembourgeoises de la fortune des Aznavour").
El cambio climático tiene buena espalda, y luego presenta la formidable ventaja de ser políticamente correcto en la casi totalidad de los hogares levantados en ese catecismo desde hace años.  Por el momento, se revela como el mejor aliado del liberalismo salvaje, así como de la defensa de los ricos a los que Macron y los suyos enriquecen, y de la tasa impositiva a los pobres que Macron y los suyos empobrecen…  Si se quiere verdaderamente actuar sobre la transición ecológica, que no se olvide a los polucionadores industriales franceses que extrañamente han sido eximidos por Macron y los suyos. Nicolas Hulot ¡no me contradecirá!
¿Cómo combatir esta "lepra" de la Francia periférica?  de la France périphérique? Enlodando el movimiento para evitar que deje escuchar lo que tiene por decir.  Y siempre en virtud del adagio, decididamente cada vez de más actualidad, según el cual "el sabio muestra la luna, el imbécil mira el dedo ", la prensa institucional dispone de una técnica comprobada: descalificar al demandante con el fin de quitarle piso a la petición.  ¿De qué manera? Es suficiente con hacer de ellos bueyes del terruño, cretinos de los campos, incultos de los sotos, de los que se han quedado en la ruralidad, subdiplomados de las malezas. Es el argumento que triunfa desde que los bobos parisinos de derecha y de izquierda ¡cogieron el hábito de enorgullecerse del Estado liberal maastrichtie!  Es pues la Francia de los bebedores y de los fumadores, de los cazadores y de los automovilistas la que lleva el chaleco amarillo. Dése bien cuenta que esas personas no beben spritz en las terrazas de Saint-Germain-des-Prés, no fuman “cuartos” en los apartamentos chics del Marais, no son veganos de los lofts con vista a la torre Eiffel, no ruedan en patineta eléctrica estacionada cerca de la alcaldía de Paris, son pues claramente ploucs, campesinos, pécoras, en una palabra: bárbaros…
A este movimiento sin cabeza para decapitar, ¡era bueno encontrarle una!  Se dice que un video plebiscitado por casi seis millones de internautas, propulsó a una mujer al proscenio.  El periódico "Vingt Minutes" hizo de ella la "portavoz oficiosa (sic) del movimiento de los chalecos amarillos" (9 de noviembre de 2018).
Pero ¿qué es una portavoz oficiosa?  El equivalente a un vino sin alcohol, un bigote sin pelos, un banquero generoso de un BHL serio, de un Macron gaulliste ¡o de cualquier otra imposibilidad lógica!  Pues, si uno es portavoz lo es oficialmente, y nombrado por gente que dan un mandato a la vista y al conocimiento de todo el mundo; si uno lo es oficiosamente, es porque algunos tienen interés en escoger a esta señora más que a otros que sin embargo son numerosos en hacer posible el movimiento de real insumisión en la red.
Pues resulta que esta dama, que los mass-media oficiales vienen a buscar es "parapsicóloga", "hypno-therapeuta", y que ella releva igualmente informaciones fantasistas y complotistas de aquellos que creen que las estelas de vapor dejadas en el cielo por los aviones son intervenciones conscientes de los gobiernos que nos intoxican esparciendo misteriosos productos…
Desde entonces, toda oposición a este impuesto sobre los más modestos, via el aumento de la gasolina… hay que ¡ponerla en el registro de las ficciones complotistas!  Si esa idiota es plebiscitada por gentes, esas gentes son idiotas y su combate es idiota: QELQTD. No se les hubiera ocurrido a los periodistas del sistema considerar que, si esta dama hubiera sido psicoanalista (que es el nombre que se le da a la parapsicología cuando uno abandona las ciudades y se desplaza más allá del periférico de París…), sus afirmaciones hubieran merecido ser invalidadas.  Por el contrario, habrían sido aún más validadas…
Esta mujer es una persona en medio de los millones de otras y, puesto que ella no es portavoz de la totalidad de los que van a reunirse el 17 de noviembre (excepto para los periodistas que buscaban una cabeza para cortar o una causa para ensuciar), a ella hay que oírla sobre la sola cuestión del aumento del precio de la gasolina, no sobre sus gustos por la parapsicología, ya sea freudiana o no, ni sobre su color preferido, o su teoría de los vapores celestiales.
Me gusta esta sublevación popular, como la de las boinas rojas.  Pues ella muestra que existe en Francia, lejos de la clase política que sólo se representa a ella misma, gente que comprendió que había una alternativa a esta democracia representativa que parte al mundo en dos, no la derecha y la izquierda, los soberanistas y los progresistas, los liberales y los que no lo son, no… sino entre, los que, de derecha o de izquierda, ejercen el poder, y aquellos sobre los que se ejerce, poco importa que sean de derecha o de izquierda.
Que aquellos sobre los cuales se ejerce digan "no" a los que lo ejercen, estos si que son trabajos reconfortantes que se inspiran en La Boétie, que escribía en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria: "Estad dispuestos a no servir más y seréis libres".  Es el imperativo categórico de una izquierda libertaria y popular, populista incluso si se lo quiere, pues no temo con esta palabra estar diciendo que he escogido el campo del pueblo contra el campo de los que lo estrangulan, pues no hay sino dos lados de la barricada.
Que esta fuerza que se levanta ponga atención al poder que va a tener en mente el romperla, quebrarla, descalificarla, mancillarla, aniquilarla, circunscribirla.  Va a sacar figuras para comprarlas mejor. Ese poder tiene interés en los desbordamientos; siempre hay "Benallas" prestos a meter la mano en los deslizamientos útiles para los que tienen necesidad del espectáculo mediático de la violencia social, para instrumentalizarla.  Se van a encender contra-fuegos con medidas de acompañamiento distribuyendo cheques de caridad. Se va a agitar el abanico del pujadismo, del populismo, de la extrema derecha, del petanismo. El futuro dirá lo que habría sido posible hacer con esa gasolina…
Michel Onfray
Tr. Luis Alfonso Paláu, Envigado, co; diciembre 12 de 2018.


Anexo: la entrevista con F. Gross
«Se querría una cólera, pero bien decente, bien educada»
Par Sonya Faure — 6 décembre 2018 à 20:16
Paris, 1º de diciembre. Photo Alain Jocard. AFP

Para el filósofo Frédéric Gros, las élites están atónitas por el carácter heteróclito e inédito de la movilización de los chalecos amarillos.  Según él, hay que admitir la existencia de un cierto registro de violencia.
En su último libro, Désobéir (Albin Michel, 2017), él buscaba las razones de nuestra pasividad frente a un mundo siempre más desigual.  En la actualidad, una parte de la población se insurge y Frédéric Gros, filósofo y profesor de Sciences-Po, analiza la expresión inédita de la cólera de los chalecos amarillos.
Asalariados o jubilados, los chalecos amarillos a veces dan pruebas de violencia en sus afirmaciones o en sus gestos.  ¿Cómo lo explica?
Ya hay una parte de violencias que emanan de una minoría de quebradores o de grupúsculos que vienen para “batirse o pelearse”.  Es indiscutible, pero es necesario comprender hasta qué punto, al mismo tiempo, ella suscita un escalofrío emocional y una tranquilidad intelectual.  Se permanece en un terreno conocido. El verdadero problema es que es minoritaria. Es la espuma oscura de una ola de cólera transversal, inmensa y popular.  No dejamos de escuchar por parte de los «responsables» políticos el mismo discurso: «La cólera es legítima, la entendemos; pero nada puede justificar la violencia».  Se querría una cólera, pero decente, bien educada, que envíe su memorial de agravios, agradeciendo por lo bajo que el mundo político tenga a bien tomarse el tiempo de consultarlo.  Se querría una cólera desprendida de su expresión. Pero no, hay que admitir la existencia de un cierto registro de violencias que no se debe ya a una elección ni a un cálculo, al que es incluso imposible aplicarle el criterio de legítima vs. ilegítima, porque es la pura y simple expresión de una exasperación.  Esta revuelta es la del “basta, es demasiado ya”, la de “estamos hasta la coronilla”.  Cada gobierno tiene la violencia que se merece.
Lo que parece violento ¿no es también el que ese movimiento no sigue las formas de protesta habituales?
El carácter heteróclito, disparatado de la movilización produce un malestar; se torna imposible la estigmatización de un grupo y la comodidad de un discurso maniqueo.  Ha producido un espanto en las «élites» intelectuales o políticas. No solamente ellas no comprenden nada de esto sino que, sobre todo, se encuentran contestadas en su capacidad de representación, en la certidumbre confortable de su legitimidad.  Su única puerta de salida, en lugar de preguntarse por su responsabilidad, consiste por el momento en diabolizar ese movimiento, denunciar su cripto-fascismo. Esto les permite tomar la postura de defensor de la democracia en peligro, de muralla contra la barbarie y heroizarse una vez más.
Esta forma de desobediencia, este violento cuestionamiento de los cuerpos intermediarios y de la democracia representativa ¿constituyen un peligro?
Los riesgos son grandes y ese espontaneismo representa un real peligro social y político.  Pero por lo menos no vamos a responsabilizar de la crisis de la representación democrática a los perdedores de políticas orientadas todas en el mismo sentido hace treinta años.  Pagamos la destrucción sistemática de lo común durante estos «Calamitosos Treinta años»: violencia de los planes sociales, ausencia de porvenir para las nuevas generaciones, loca prosecución de una «modernización» que se ha traducido en desaparición de las clases medias.  La única cosa de la que se puede estar seguros infortunadamente es que las víctimas de los desbordamientos o de los golpes de bastón serán los más frágiles.
Ud. ha trabajado sobre la noción de seguridad, ¿qué piensa de la respuesta del Estado luego de las manifestaciones y las degradaciones?
Esta vez por parte de las fuerzas del orden se escucha el mismo discurso: «Esta violencia es totalmente inédita, nunca habíamos visto esto, una tal tempestuosidad, una tal brutalidad».  Sería necesario que esta preponderancia dada a la «novedad» no sirva de pantalla a un aumento de la represión.
En su reciente libro, Desobedecer, Ud. analizaba las raíces de nuestra «pasividad».  ¿Qué sucedió para que los chalecos amarillos salieran del «confort» du conformismo?
Nuestra obediencia política se nutre en lo esencial de la convicción de la inutilidad de la revuelta: «¿para qué eso?»  Y luego aparece el momento, imprevisible, incalculable, del impuesto “que llena la taza”, la medida inaceptable. Esos momentos de sobresalto son profundísimamente históricos como para poder ser previsibles.  Son momentos de derribar temores. Se inventan allí nuevas solidaridades, se experimentan goces políticos cuyo gusto habíamos perdido, y se descubre que uno puede desobedecer junto con los otros.  Es una promesa frágil que se puede tornar en su contrario. Pero uno no está para darle lecciones al que, con su cuerpo, con su tiempo, con sus gritos, proclama que se puede hacer otra política.
¿Estamos en un gran momento de desobediencia colectiva?
Sí, una desobediencia que tiene como señal segura su propia exasperación.  Hemos hecho todo lo posible durante treinta años para despolitizar las masas, para comprar los cuerpos intermediarios, para desanimar la reflexión crítica, y ahora nos sorprendemos de tener un movimiento sin dirección política clara y que rehúsa todo leadership.  Esta desobediencia es el mejor testigo de nuestra época.  Nos corresponde prioritariamente interrogar a los actores.
Tr. Luis Alfonso Paláu, Envigado, co; diciembre 12 de 2018.


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