Muralla de Amor y Muerte
El muerto no es el muerto, el la muerte. Cada época reflejada es sus costumbres y cultura exhiben a los seres humanos, nadie está a título personal en su propio cuerpo, somos flujos existenciales, torrentes que nos llevan y nos traen, que nos viven. Acá un texto extraído del libro de Philppe Aries: El Hombre Ante la Muerte. Es una provocación para animar su lectura, en fin, queremos llamar la atención en éstas transformaciones de la muerte y el morir transcurridas a través de los tiempos y las culturas en Occidente, el alma y el cuerpo, cielo e infierno, luego el paraíso. Incluso ese empuje en nuestros días para convocar a vivir un presente extendido, vivir el aquí y el ahora, y en el más allá, cuándo ya no estamos en cuerpo presente, somos un leve recuerdo en los seres queridos, somos una leve brizna que el viento se lleva. Colombiakrítica.
La MURALLA CONTRA LA NATURALEZA TIENE DOS PUNTOS DÉBILES: EL AMOR Y LA MUERTE
Por Philppe Aries.
La muralla contra la naturaleza tiene dos puntos débiles: el amor y la muerte La todopoderosidad de la naturaleza actúa sobre el hombre en dos lugares: el sexo y la muerte. Hasta finales de la Edad Media, en nuestras culturas occidentales, eran extraños el uno para el otro. Esta incompatibilidad no es un fenómeno cristiano: las alusiones sexuales son rarísimas en el arte funerario grecolatino, si se exceptúa a los etruscos. Pero desde el siglo XVI , se han acercado, hasta constituir a finales del siglo XVIII un auténtico corpus de erotismo macabro. Casi todo el resto de las cosas de la muerte no ha cambiado: la solemnidad de las pompas fúnebres o la afectación de sencillez de los funerales continúan y amplifican tradiciones nacidas a mediados de la Edad Media. El cambio del arte de bien morir por la meditación sobre la melancolía de la vida, real pero discreto, no salta a la vista. El desplazamiento de los cementerios donde los excomulgados y los pecadores públicos tienen ahora su sitio se ha hecho en silencio, sin escándalo ni sorpresa.
En los siglos XVII-XVIII es en el fondo del inconsciente donde se ha producido algo turbador: ahí, en pleno imaginario, el amor y la muerte se han acercado hasta confundir sus apariencias. Y esto se ha hecho, como hemos visto, en dos etapas. A finales del siglo XVI y durante la primera mitad del XVII , la época barroca, un mundo todavía desconocido de emociones y de imaginaciones ha empezado a bullir. Pero los movimientos provocados de esa forma acaban de alcanzar la superficie de las cosas, y los contemporáneos todavía no se han dado cuenta de ello. Sin embargo, las distancias entre el amor y la muerte se habían ya estrechado y los artistas estaban intentando sugerir sin saberlo semejanzas antiguamente ignoradas entre uno y otra.
A partir de mediados del siglo XVIII , es un continente peligroso y salvaje lo que ha emergido realmente, haciendo aflorar a la conciencia colectiva lo que hasta entonces había sido cuidadosamente rechazado y que se ha expresado en las concepciones de la naturaleza violenta y destructora. La amplitud de este movimiento fue bien captada y analizada por G. Bataille, en un clima de surrealismo favorable a su comprensión. Tratemos, a modo de conclusión, de interpretar este gran fenómeno de lo imaginario.
Durante milenios, el homo sapiens ha debido sus progresos a la defensa que ha opuesto a la naturaleza. La naturaleza no es ya una Providencia bien regulada y bienhechora, sino un mundo de aniquilamiento y de violencia que, si puede ser evaluado más o menos bueno o malo según la inclinación de los filósofos, siempre sigue siendo exterior, si no hostil, al hombre. El hombre ha opuesto por tanto la sociedad que ha construido a la naturaleza, a la que ha comprimido. La violencia de la naturaleza ha tenido que ser mantenida al margen del dominio reservado por el hombre a la sociedad. El sistema defensivo se ha logrado y mantenido por la creación de una moral y de una religión, por el establecimiento de la ciudad y del derecho, por la puesta a punto de una economía, gracias a una organización del trabajo, a una disciplina colectiva, e incluso a una tecnología.
Esta muralla levantada contra la naturaleza tenía dos puntos débiles, el amor y la muerte, por donde siempre rezumaba algo de la violencia salvaje. La sociedad de los hombres tuvo muchísimo cuidado de reforzar estos dos puntos débiles. Hizo cuanto pudo para atenuar la violencia del amor y la agresividad de la muerte. Contuvo la sexualidad con prohibiciones que han variado de una sociedad a otra, pero que siempre han buscado moderar su uso, disminuir su poder, impedir sus extravíos. Asimismo, ha despojado a la muerte de su brutalidad, de su incongruencia, de sus efectos contagiosos, atenuando su carácter individual en provecho de la permanencia de la sociedad, ritualizándola y haciendo de ella un paso entre los demás pasos de cada vida, apenas algo más dramático. La muerte ha sido domada; y bajo esa forma primitiva la habíamos reconocido al principio de este libro (capítulo 1).
Existía entonces cierta simetría entre los dos mundos de la sociedad humana y de la naturaleza. Una y otra eran continuas, estando asegurada la continuidad de la sociedad gracias a las instituciones y los códigos de moralidad tradicionales. Marchaban al mismo tempo, y entre ellas habían tenido lugar cambios, pero limitados por la costumbre y evitando que se transformaran en efracción.
Ése era el papel de las fiestas, en efecto: abrir periódicamente las ventanas y permitir que la violencia penetrara durante algún tiempo. También la sexualidad era un dominio en el que, con grandes prudencias, se había dejado un lugar al instinto, al abandono del deseo y del placer. En ciertas civilizaciones, como entre los malgaches, la muerte era ocasión de un levantamiento temporal de las prohibiciones; en nuestras civilizaciones occidentales y cristianas el control fue más riguroso, la ritualización más constrictiva, la muerte estaba mejor vigilada.
Sobre este fondo ceremonial, en el occidente cristiano, o cuando menos en sus élites, se produjo un primer cambio hacia mediados de la Edad Media. Un modelo nuevo apareció: el de la muerte de uno mismo. La continuidad de la tradición fue rota. La tradición había embotado a la muerte, para que no hubiese ruptura. Pero en la Edad Media, la muerte fue inventada como fin y resumen de una vida individual. La antigua continuidad fue reemplazada por una suma de discontinuidades. Fue entonces cuando la dualidad del cuerpo y del alma comenzó a imponerse en lugar del homo totus. La supervivencia del alma, activa desde el momento de la muerte, suprimía la etapa intermedia del sueño, a la que la opinión común había permanecido vinculada durante mucho tiempo. Privado de su alma, el cuerpo no era ya nada más que polvo restituido a la naturaleza. De cualquier modo, esto no tuvo grandes consecuencias mientras no se reconoció a la naturaleza una personalidad demiúrgica, rival de Dios.
Por otro lado, la sustitución de una serie de discontinuidades biográficas por la continuidad primitiva no era todavía universal y el modelo antiguo de la muerte domada seguía subsistiendo. Por eso la relación entre el orden de lo humano y el desorden de la naturaleza no había sido afectado realmente antes del siglo XVI . El sistema de defensa resistía bien. Comenzó a agrietarse en el momento de las grandes reformas religiosas, católicas y protestantes, de las grandes depuraciones del sentimiento, de la razón, de la moralidad.
El orden de la razón, del trabajo, de la disciplina se doblegó en los emplazamientos de la muerte y del amor, de la agonía y del orgasmo, de la corrupción y de la fecundidad; pero estas primeras brechas fueron al principio cosa de lo imaginario, que a su vez preparó el paso a lo real.
Por estas dos puertas hizo irrupción el salvajismo natural en la ciudad de los hombres, en el momento en que ésta, en el siglo XIX , se disponía a colonizar la naturaleza y empujaba cada vez más allá las fronteras de una ocupación técnica y de una organización racional.
Se diría que, en su esfuerzo por conquistar la naturaleza y el entorno, la sociedad de los hombres abandonó sus viejas defensas alrededor del sexo y de la muerte; y la naturaleza, a la que podía creerse vencida, refluyó en el hombre, entró por las puertas abandonadas y le prestó el salvajismo.
A principios del siglo XIX todo esto está muy lejos aún de hallarse consumado en la práctica, pero las señales de angustia se han encendido. Los fantasmas del marqués de Sade aparecen como presagios de apocalipsis. Muy discretamente, pero muy eficazmente también, algo irremediable ha intervenido en las relaciones milenarias entre el hombre y la muerte.
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