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La trumpeconomía

Por: Salomón Kalmanovitz

El objetivo del programa económico del presidente Trump es que todos los ciudadanos norteamericanos ganen altos salarios y para ello se propone aumentar la tasa de crecimiento de la economía un punto porcentual por año. Esto se dificulta porque la ocupación es alta, después de siete años seguidos de reactivación que legó Obama, la oferta laboral se reducirá con la represión a la inmigración y la deportación de los que llevan años participando en los mercados de trabajo no calificado, en los que los blancos rehúsan participar. El resultado puede ser más inflación que crecimiento.

Buena parte del desempleo de Estados Unidos se debe al acelerado cambio tecnológico ocurriendo no sólo en la industria, sino también en los servicios, en especial en el comercio minorista. Una parte del desempleo se debe al traslado de industrias a China y México, pero para que se devuelvan deben hacerlo con nuevas olas de robotización y automatización que seguirán desplazando el trabajo; el mismo Trump utiliza a China para surtir sus negocios.

El ímpetu al crecimiento vendrá de una fuerte reducción de impuestos, sobre todo al 1 % más rico de la población que incluye a Trump, lo que encenderá los espíritus animales de los empresarios y con ello disparará la inversión. Al mismo tiempo, se propone aumentar el gasto público que deberá financiarse con deuda, lo que presionará las tasas de interés hacia arriba. El Banco de la Reserva Federal aumentará también su tasa de interés para contrarrestar la inflación, lo que devolverá la economía a su bajo crecimiento del siglo XXI.

Al Congreso republicano no le gusta la propuesta tributaria de Trump: sostiene que la baja de impuestos debe ir acompañada de una reducción similar del gasto público, para que no se produzcan déficits que impliquen un aumento de la deuda pública que hoy ronda 107 % del PIB. No les importa si arruinan la infraestructura, la educación, la salud y se deja de financiar la ciencia y la tecnología, cuyos creadores son sospechosos de ser ateos y liberales. De esta manera, es casi cierto que su propuesta será comprometida sustancialmente por el partido republicano y deberá recurrir a los demócratas para que le apoyen su plan de renovar la obsoleta infraestructura del país, pero estos le demandarán que no baje tanto los impuestos de los ricos.

El plan de proteger el trabajo norteamericano, renegociando los tratados comerciales para obtener un equilibrio de comercio, está destinado al fracaso pues el déficit norteamericano se debe a que gasta más de lo que produce o invierte más de lo que ahorra. El déficit comercial se lo financian China y Japón. Reducir los impuestos y al mismo tiempo aumentar el gasto público significa que importará más y exportará menos. Las tasas de interés más altas y la inflación revaluarán a su vez el dólar de Estados Unidos, agravando su déficit comercial.

Trump anunció que quería que los acreedores de Estados Unidos aceptaran motilar un 15 % de su deuda pública, confundiendo el país con una de sus tantas empresas que ha llevado a la quiebra para tumbar a sus acreedores y trabajadores. Pero Estados Unidos no es una empresa cualquiera: es garante de la estabilidad financiera mundial y los mayores tenedores de su deuda son ciudadanos, fondos de pensiones, fondos de inversión y gobiernos municipales norteamericanos, con sólo un tercio en portafolios de China y Japón. Sólo una persona ignorante e incompetente ha podido sugerir tan peligrosa idea.



Tomado de: El Espectador
14 May 2017

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¿Y por qué Trump bombardeó Sheyrat?

por Thierry Meyssan

A pesar de las apariencias, la administración estadounidense, lejos de comportarse de forma errática, está tratando de fijar el marco de su política exterior. El presidente Donald Trump está negociando con un representante del Estado Profundo, la estructura que gobierna Estados Unidos desde el 11 de septiembre de 2001. Y parece que han llegado a un acuerdo cuyos detalles están todavía por precisar. Varios miembros de la administración aclararían la nueva política exterior de la Casa Blanca a fines de mayo, ante una comisión del Congreso.

En el momento del ataque estadounidense contra la base aérea siria de Sheyrat, hice notar que aquella acción no era más que una farsa y que el secretario de Estado la había utilizado para presionar a sus aliados europeos y obligar al verdadero organizador de la agresión contra la República Árabe Siria –el Reino Unido– a mostrar su rostro. Hoy se sabe un poco más al respecto.

El presidente Trump, enfrentado simultáneamente a la oposición de la clase dirigente y la del Estado Profundo estadounidense, utilizó el ataque contra la base siria de Sheyrat para «restaurar la credibilidad» (sic) de la Casa Blanca.

En el verano de 2013, el presidente Obama, acusó a Siria de haber utilizado armas químicas y de haber cruzado así una «línea roja». Pero Obama no decidió tomar “represalias”, incluso se escudó en el Congreso para no hacerlo. Su impotencia fue entonces particularmente evidente ya que, en virtud de la «Syrian Accountability Act» –la declaración de guerra que el Congreso había adoptado contra Siria en 2003–, Obama podía haber bombardeado ese país sin pedir la opinión de los congresistas.

Al acusar a Siria de haber utilizado armas químicas, esta vez en Khan Cheikhun, y bombardeándola de inmediato, Donald Trump no buscaba otra cosa que dar prueba de la «credibilidad» que había faltado a su predecesor.

Sabiendo perfectamente que Siria no era culpable –ni en el verano de 2013, ni ahora en Khan Cheikhoun–, el presidente Trump se las arregló para que el Ejército Árabe Sirio supiera de antemano que la base iba a ser atacada y tuviera tiempo de evacuarla.

A continuación, Trump inició negociaciones con el Estado Profundo estadounidense –o al menos con uno de sus voceros, el senador John McCain. Un representante de Israel, el también senador [estadounidense] Lindsey Graham, participó en las discusiones.

Por supuesto, los europeos se sorprenderán mucho al enterarse de que Donald Trump tuvo que comportarse como un vulgar «señor de la guerra» para reafirmar su posición como presidente de un Estado miembro de la ONU. No estaría de más que tuviesen en mente el excepcional contexto actual en Estados Unidos, donde el Estado Profundo se compone fundamentalmente de militares y, sólo de forma secundaria, de civiles.

Según nuestras informaciones, el presidente Trump aceptó al parecer renunciar –al menos por ahora– al desmantelamiento de la OTAN y de su versión civil –la Unión Europea. Esa decisión implica que Washington sigue –o finge seguir– considerando a Rusia como su principal enemigo. Por su parte, el Estado Profundo estadounidense parece haber aceptado renunciar a seguir apoyando a los yihadistas y haber abandonado a la aplicación del plan británico de las «primaveras árabes».

Para sellar ese acuerdo, dos personalidades provenientes de las filas de los neoconservadores entrarían próximamente en la administración Trump y se encargarían de dirigir la política hacia Europa:
- Kurt Volker, el director del McCain Institute (universidad del Estado de Arizona), sería nombrado director de Eurasia en el Departamento de Estado. Volker es un ex juez militar y fue embajador del presidente Bush Jr. ante la OTAN durante la guerra de Georgia –en agosto de 2008.
- Tom Goffus, uno de los asistentes del senador McCain en la Comisión senatorial a cargo de las fuerzas armadas, sería nombrado asistente adjunto del secretario de Defensa a cargo de Europa y de la OTAN. Goffus es un oficial de la US Air Force y ya desempeñó ese tipo de funciones bajo la jefatura de Hillary Clinton y en el Consejo de Seguridad Nacional.

En cuanto a Siria, ese acuerdo –si ambas partes llegan a ratificarlo– debería poner fin a la guerra de Estados Unidos contra la República Árabe Siria. Pero la guerra podría continuar por iniciativa del Reino Unido y de Israel, respaldados por sus aliados –Alemania, Arabia Saudita, Francia, Turquía, etc.

Poco a poco sigue reduciéndose el grupo de los llamados «Amigos de Siria», que en 2012 llegó a reunir 130 países y organizaciones internacionales. Hoy sólo quedan 10.


Tomado de: voltairenet.org

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Trump: dos pasos adelante y un paso atrás

 

 Por Thierry Meyssan

Mientras la prensa internacional describe el gran cambio de rumbo de Donald Trump, Thierry Meyssan nos muestra que el nuevo presidente de Estados Unidos vocifera y bombardea, pero pone especial cuidado en no dar pasos irreversibles.

El radical cambio de retórica del presidente Trump sobre el conjunto de su política exterior llegó acompañado del bombardeo contra la base aérea siria de Sheirat y el uso de una bomba gigantesca contra una montaña afgana.

El mundo tembló ante esa exhibición de fuerza: 59 misilesTomahawk utilizados en Siria y una megabomba GBU-4/B3en Afganistán. Pero la base aérea de Sheirat reiniciaba sus operaciones al día siguiente del ataque mientras que la «Madre de todas las bombas» ciertamente provocó el derrumbe de 3 salidas de un túnel natural, pero –también ciertamente– no destruyó los cientos de kilómetros de pasadizos subterráneos que los ríos han perforado con el tiempo en la montaña. En resumen, mucho ruido para nada.

Esas dos operaciones estaban destinadas, evidentemente, a convencer al Estado Profundo estadounidense de que la Casa Blanca enarbola nuevamente la política imperial. Y ese fue el efecto que tuvieron en Alemania y Francia. La canciller Angela Merkel y el presidente Francois Hollande aplaudieron al amo y llamaron a acabar con Siria de una vez. La sorpresa vendría de otra parte.

El Reino Unido no se limitó a seguir la corriente. Su ministro de Exteriores, Boris Johnson, propuso adoptar sanciones contra Rusia, según él cómplice de los «crímenes» sirios y de alguna manera responsable de la resistencia afgana, además de muchas otras cosas.

En la reunión de ministros de Exteriores del G7, Johnson anunció la anulación de su viaje a Moscú e invitó a todos sus socios a romper sus relaciones políticas y comerciales con Rusia. Pero sus homólogos, aunque aprobaron la iniciativa británica, mantuvieron una prudente reserva. Por su parte, el secretario de Estado Rex Tillerson descartó claramente la absurda proposición de Johnson y mantuvo su propio viaje a Moscú. Con el mayor aplomo, Johnson dijo entonces que los europeos habían dado a Tillerson un mandato para que hiciera entrar en razones a los rusos.

El protocolo internacional prevé que un ministro que visita otro país es recibido por su homólogo, no por el jefe de Estado local, pero la prensa atlantista presentó la recepción de Tillerson por parte de su homólogo ruso Serguei Lavrov como indicio de un enfriamiento de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia. Sin haber tenido aún tiempo de saludar a su invitado, Lavrov fue interrumpido a gritos por una periodista estadounidense. Recordándole enérgicamente las reglas de cortesía, el ministro ruso se negó a responderle antes de haber cumplido lo que establece el protocolo.

El encuentro, a puertas cerradas, entre Lavrov y Tillerson duró más de 4 horas, lo que parece mucho tiempo para dos personas que no tenían nada que decirse. Los dos ministros solicitaron después una audiencia al presidente Vladimir Putin, que los recibió por espacio de 2 horas más.

Al término de ambos encuentros, los ministros dieron una conferencia de prensa y aseguraron, muy serios, que sólo habían tomado nota de sus divergencias. Serguei Lavrov incluso mencionó a los periodistas el peligro que esta ruptura significaba para el mundo.

Pero al día siguiente, el mismo Lavrov indicaba, al dirigirse a la prensa rusa, que había llegado a un acuerdo con su visitante. Y dijo que Washington se había comprometido a no atacar nuevamente al Ejército Árabe Sirio y que Moscú había decidido restablecer la coordinación militar entre el Pentágono y las fuerzas armadas rusas para evitar incidentes aéreos en el cielo de Siria, coordinación que la parte rusa había suspendido a raíz del ataque estadounidense contra la base aérea siria.

En resumen, la administración Trump vocifera clamando su poderío y bombardea. Pero teniendo a la vez mucho cuidado en no cometer nada irreparable. Lo peor y lo mejor siguen siendo posibles.

Tomado de: Redvoltaire.org


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Cómo sobrevivir a la era Trump

Por: Joseph E. Stiglitz *

En apenas un mes largo, y a un ritmo vertiginoso, el presidente de EE. UU., Donald Trump, ha logrado propagar caos e incertidumbre. No es de extrañar que tanto ciudadanos como líderes empresariales, así como la sociedad civil y el gobierno, realicen esfuerzos por responder apropiada y eficazmente.

Ningún punto de vista sobre el camino a seguir es necesariamente provisional, ya que Trump aún no ha propuesto legislación detallada, y el Congreso y los tribunales no han respondido plenamente a su chorrera de decretos. Sin embargo, el reconocimiento de la incertidumbre no es justificación para la negación.

Por el contrario, ahora está claro que lo que dice Trump y los tuits que escribe deben ser tomados en serio. Tras las elecciones del mes de noviembre, existía una esperanza casi universal de que abandonaría el extremismo que caracterizó a su campaña electoral. Se pensaba que este maestro de la irrealidad adoptaría una forma de ser distinta a momento de asumir la maravillosa responsabilidad de lo que a menudo se llama el cargo más poderoso en el mundo.

Algo similar ocurre con cada nuevo presidente de Estados Unidos: independientemente de si votamos a favor del nuevo titular del cargo, proyectamos en él la imagen que tenemos en mente de lo que queremos que dicha persona sea. Pero, si bien la mayoría de los funcionarios electos aceptan ser todo lo que las personas quieren que sea, Trump no ha dejado entrever ninguna duda sobre que tiene la intención de hacer lo que dijo que haría: una prohibición de la inmigración musulmana, un muro en la frontera con México, una renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la derogación de las reformas financieras Dodd-Frank del año 2010, y mucho más; incluso hará lo que sus propios partidarios pensaron que no llegaría a hacer.

En algunas oportunidades he criticado aspectos y políticas específicas del orden económico y de seguridad que fue creado tras la Segunda Guerra Mundial sobre la base de las Naciones Unidas, la OTAN, la Unión Europea y una red de otras instituciones y relaciones. Sin embargo, existe una enorme diferencia entre los intentos por reformar estas instituciones y sus relaciones para que puedan servir mejor al mundo y una agenda que busca destruirlas de manera categórica.

Trump ve el mundo en términos de un juego de suma cero. En realidad, la globalización, si es bien administrada, es una fuerza de suma positiva: Estados Unidos gana si sus amigos y aliados –ya sea Australia, la Unión Europea o México– son más fuertes. Pero el enfoque de Trump amenaza con convertir la globalización en un juego de suma negativa: EE. UU. también perderá.

Ese enfoque quedó claro desde su discurso inaugural, en el cual su repetido conjuro “Primero, Estados Unidos”, con sus connotaciones históricamente fascistas, confirmó el compromiso que Trump tiene con sus estrategias más feas. Las administraciones anteriores siempre han tomado en serio su responsabilidad de promover los intereses de Estados Unidos. Pero las políticas que perseguían, por lo general, se enmarcaban en términos de una comprensión ilustrada de lo que significa el interés nacional. Los estadounidenses, según ellos, se benefician de una economía mundial más próspera y una red de alianzas entre países comprometidos con la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho.

Si hay una luz de esperanza en el nubarrón Trump es un nuevo sentido de solidaridad con respecto a los valores fundamentales, tales como la tolerancia y la igualdad, que ahora se sustentan por la toma de conciencia del fanatismo y misoginia –ya sean manifiestos o encubiertos– que encarnan Trump y su equipo. Dicha solidaridad se ha tornado mundial, y Trump y sus aliados enfrentan protestas y rechazo a lo largo y ancho del mundo democrático.

En Estados Unidos, La Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU), que había previsto que Trump rápidamente pisotearía los derechos individuales de las personas, ha demostrado que está tan preparada como siempre para defender los principios constitucionales fundamentales, tales como el debido proceso, la igualdad de protección y la neutralidad oficial con respecto a la religión. Y, durante el mes pasado, los estadounidenses han apoyado a la ACLU con millones de dólares en donaciones.

Del mismo modo, a lo largo y ancho de EE. UU., los empleados y clientes de las empresas han expresado su preocupación respecto al apoyo que algunos directores ejecutivos y miembros de las juntas directivas brindan a Trump. De hecho, como grupo, los líderes e inversionistas corporativos estadounidenses se han convertido en sus facilitadores. En la Reunión Anual del Foro Económico Mundial de este año, en Davos, muchos ya empezaron a salivar al sólo pensar en las promesas de recortes de impuestos y desregulación, mientras afanadamente ignoraban el fanatismo de Trump –sin mencionarlo siquiera en una sola de las reuniones a las que asistí –e ignorando también su proteccionismo.

La falta de coraje fue aún más preocupante: estaba claro que muchos de los que estaban preocupados por Trump tenían miedo de elevar sus voces, ya que podría ocurrir que ellos (y el precio de las acciones de sus empresas) se convirtieran en blanco de un tuit. El miedo omnipresente es un sello característico de los regímenes autoritarios, y ahora lo estamos viendo en Estados Unidos por primera vez en mi vida adulta.

Como resultado, la importancia del Estado de derecho, que otrora fue un concepto abstracto para muchos estadounidenses, se ha convertido en algo muy concreto. Bajo el Estado de derecho, si el gobierno quiere evitar que las empresas contraten a terceros y subcontraten internacionalmente, tiene que promulgar leyes y adoptar regulaciones para crear los incentivos adecuados y desalentar el comportamiento que le es indeseable. El gobierno no intimida ni amenaza a empresas en particular; tampoco retrata a los traumatizados refugiados como una amenaza a la seguridad.

Los principales medios de comunicación de Estados Unidos, como The New York Times y The Washington Post, se han negado, hasta ahora, a ver como normal el sacrificio de los valores estadounidenses que lleva a cabo Trump. No es normal que Estados Unidos tenga un presidente que rechace la independencia judicial; no es normal sustituir a los oficiales militares y de inteligencia del más alto rango e importancia, quienes se encuentran en el núcleo de la formulación de políticas de seguridad nacional, con un fanático acérrimo de los medios de comunicación que es de extrema derecha; y no es normal que Trump, cuando se encuentra frente a la más reciente prueba de misiles balísticos de Corea del Norte, se dedique a promocionar los negocios de su hija.

Sin embargo, cuando nos vemos constantemente bombardeados por acontecimientos y decisiones completamente inaceptables y que se pasan de la raya, es fácil empezar a adormecerse y comenzar a mirar más allá de los grandes abusos ya ocurridos, fijando la mirada en las aún más grandes parodias que vendrán. Uno de los principales desafíos durante esta nueva época será permanecer vigilantes y,
siempre y cuando sea necesario, resistir.

* Premio Nobel de Economía, 2001

(c) Project Syndicate 1995–2017
Tomado de: El Espectador.com
4 Mar 2017

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«Lo que yo espero de Trump»

Entrevista con el experto en temas internacionales Alfred de Zayas
«Lo que yo espero de Trump»
por Alfred de Zayas

En medio del coro de críticas que la prensa mainstream entona de forma extrañamente unánime contra el nuevo inquilino de la Casa Blanca, el experto independiente de la ONU en cuestiones vinculadas al orden internacional Alfred de Zayas explica serenamente a la publicación suiza Horizons et Débats lo que pudiera esperarse del presidente estadounidense Donald Trump.
Red Voltaire | Ginebra (Suiza) | 13 de febrero de 2017


Horizons et Débats: Señor de Zayas, usted es ciudadano estadounidense, vive en Suiza y tiene gran experiencia y conocimientos en materia de política internacional, principalmente en derecho internacional.

Seguramente siguió usted con atención las elecciones estadounidenses. A pesar de todas las predicciones, Donald Trump ganó la elección presidencial en Estados Unidos. ¿Le sorprende eso?

Alfred de Zayas: Como todo el mundo, yo estoy bajo la influencia de los medios de difusión, así que me sorprendió el resultado. Mis candidatos habrían Bernie Sanders o Elizabeth Warren, por los demócratas, y Ron Paul o Patrick Buchanan, por los republicanos. Los combates de gladiadores entre Trump y Clinton no me gustaron en lo absoluto y siento alivio ahora que ya terminaron esas elecciones.

En realidad, desde mis tiempos de estudiante en Harvard estoy inscrito en el Harvard Republican Club. Lo que yo buscaba en los candidatos era, en primer lugar, la rectitud, un comportamiento correcto, una ética, cierta humildad, el respeto hacia los demás y un espíritu de paz.

H&D: ¿Qué significa eso concretamente en política?

Alfred de Zayas: Concretamente, me gustaría poder ver que el presidente de Estados Unidos respeta la soberanía de los demás Estados y que renuncia a querer extender por el mundo la manera de ver las cosas que tienen los estadounidenses, recurriendo incluso a la fuerza. No se pueden exportar ni la «democracia» ni nuestros «valores». Deberíamos dejar de exigir cambios de regímenes en otros países, y también dejar de financiarlos.

H&D: ¿Qué piensa usted de Donald Trump?

Alfred de Zayas: No importa que a mí me guste o no, hay que plegarse a las realidades y tratar de sacar el mejor partido de la nueva situación. Seamos optimistas, después de la tempestad generalmente viene la calma. El señor Trump necesita sobre todo buenos consejeros y lo último que necesita son ideólogos rígidos o ex anticomunistas radicales.

Desgraciadamente, se expresó de manera inadecuada en el momento del fallecimiento de Fidel Castro. Parece que sus consejeros todavía tienen una imagen en blanco y negro, vestigio de los tiempos de la guerra fría. Las palabras del papa Francisco fueron las más adecuadas.

H&D: ¿Qué piensa usted de la política exterior de Trump?

Alfred de Zayas: En realidad, sabemos demasiado poco para poder pronunciarnos desde ahora. Es positivo ver que el señor Trump se ha pronunciado en varias ocasiones contra el «intervencionismo» que ha prevalecido hasta el presente. No quiere seguir utilizando la OTAN como un arma de intervención, ni embarcarse en nuevas aventuras o intentos de cambios de régimen.

Hay que tener la esperanza de que abandonará el papel estadounidense de «policía mundial». Eso me parece esencial cuando vemos las consecuencias de nuestra política exterior en Afganistán, en Libia y en Siria: catástrofes una tras otra.

H&D: ¿Qué piensa usted de la relación de Trump con el presidente ruso Vladimir Putin?

Alfred de Zayas: Ellos se respetan mutuamente. Es importante que el señor Trump no tenga ningún interés en provocar a Putin injustificadamente. Es verdad que en la incierta situación de Ucrania será más fácil hallar una solución con el señor Trump que con la señora Clinton, si ella hubiese ganado la elección.

H&D: ¿Cuáles pudieran, en su opinión, ser las dificultades en la futura política exterior?

Alfred de Zayas: Parece que Trump quiere modificar el acuerdo nuclear con Irán. Eso me parece poco juicioso. Nos guste o no, Persia tiene una larga historia y hay que dejarle espacio.

H&D: ¿Qué piensa usted de los proyectos económicos de Donald Trump?

Alfred de Zayas: Trump es también un empresario. En el mundo del comercio a menudo aparecen ideas nuevas. En todo caso, tiene razón en criticar esos enormes acuerdos comerciales, como el TLCAN, el TPP, el TTIP, el TISA, etc.

Esos acuerdos benefician a las transnacionales, que ni siquiera pagan sus impuestos ya que transfieren sus ganancias a los paraísos fiscales. Todos esos acuerdos deben ser revisados con lupa y readaptados para que la globalización beneficie a todo el mundo y no sólo a las élites.

Aunque que Trump es multimillonario, hace tiempo que viene expresando interés por las capas medias estadounidense y parece decidido a iniciar una lucha contra el`desempleo.

Yo espero que sirva a los derechos humanos de todos los estadounidenses, concretamente, que se esfuerce por lograr que la «mayoría silenciosa» deje de ser sistemáticamente engañada por las mentiras de los medios de difusión de las élites. Espero que pueda mantener las viejas tradiciones cristianas estadounidenses, permitiendo que la Navidad siga siendo verdaderamente cristiana y no solo un gran mercado para el consumismo.

No comparto la idea de construir un muro entre Estados Unidos y México. Se puede actuar de otra manera para lograr una inmigración en regla. No podemos olvidar que Estados Unidos es por definición una tierra de inmigración, lo cual lo distingue de países como Alemania y Suiza.

H&D: ¿Han tenido características especiales estas elecciones estadounidenses?

Alfred de Zayas: Por supuesto, simplemente por el solo hecho que millones de estadounidenses se separaron de los medios de difusión, a pesar de todo el poder de estos. Toda la prensa estaba en contra de Trump, tratando de difamarlo, falseando sus declaraciones, incluso mintiendo. Y a pesar de todo, [Trump] ganó. Eso es verdaderamente una revolución –sobre todo de parte de los electores jóvenes– contra el establishment, contra todo lo que huela a «políticamente correcto».

Millones de personas declararon que están cansados –cansados de las manipulaciones del New York Times, del Wall Street Journal, del Washington Post, de la CNN, etc. Parece que numerosos lectores se mudaron para internet, Facebook y Twitter.

H&D: ¿Piensa usted que la prensa va a comportarse de otra manera en el futuro?

Alfred de Zayas: Vamos a ver. El New York Times no ha digerido aún este resultado. Son muchos los redactores de los medios mainstream que siguen comportándose como si todavía pudiesen hacerlo caer [a Trump] y que esperan que un nuevo conteo [de votos] en Wisconsin o en Pensilvania todavía permita a Hillary Clinton llegar a Washington. Eso es curioso. Incluso siguen utilizando las armas de antes, como la comparación con el hitlerismo, comparando a Trump con Hitler. Pienso que ninguna persona razonable puede creer esas estupideces.

Al recurrir al insulto y a falsas comparaciones históricas, los medios sólo se ridiculizan más de lo que ya lo han hecho.

H&D: ¿Por qué perdió las elecciones Hillary Clinton?

Alfred de Zayas: Porque representaba una «élite» derrotada. Lo que todo el mundo esperaba de ella era que mantuviese la marcha habitual. Se subestimó la profunda decepción que el pueblo estadounidense siente hacia el establishment.

Es interesante ver que todos los grupos de presión estaban a favor de Clinton, tanto el complejo militaro-industrial como Wall Street y los lobbies LGTB. Sin embargo, ganó Trump. Eso debe llamarnos a la reflexión.

H&D: Después de la elección ha habido numerosas manifestaciones y protestas contra Donald Trump. ¿Qué piensa usted de eso?

Alfred de Zayas: Quien no esté de acuerdo con la política de este nuevo presidente debe someter a discusión alternativas concretas. De nada sirve suscitar caos y querer sublevarse contra Trump.

H&D: ¿Qué espera usted de los políticos europeos?

Alfred de Zayas: Quieran o no, tendrán que adaptarse. Algunos van a deplorar sus palabras anteriores. El colmo de la arrogancia fue el político de la CDU alemana, Norbert Rottgen, cuando «advirtió» en contra de Trump. O las declaraciones del político socialista alemán Rolf Stegner, hablando de «catástrofe», y las de Frank-Walter Steinmeier [el entonces ministro alemán de Exteriores] calificando, de manera muy poco diplomática, a Trump de «predicador del odio». Los políticos son a menudo oportunistas y rápidamente hallarán otro vocabulario. No esperamos ni un comportamiento de sumisión, ni una actitud intransigente sobre el TTIP y el TISA.

La manera de expresarse del jefe de la Asociación Federal de la Industria Alemana, Ulrich Grillo, incluso es cómica cuando trata de darle lecciones a Estados Unidos exigiéndole a Trump que acabe con «el racismo, e chovinismo, el populismo y el sexismo» y que se abstenga de limitar el «libre intercambio» porque se expone a una guerra comercial. ¡Vaya, vaya!

H&D: Si usted tuviese una entrevista con Trump, ¿qué le diría?

Alfred de Zayas: Le recomendaría que resucite los valores de la Constitución estadounidense, que busque la justicia social, que invierta más en la infraestructura y en la formación de la juventud.

Le recomendaría que les diga a los europeos: «Dejen que los demás pueblos encuentren su propio camino hacia la democracia, dejen de inmiscuirse en los asuntos internos de Austria, de Hungría y de Ucrania. Abandonen esa cultura política nefasta de la presión, del acoso y del chantaje.»

Le aconsejaría que haga pagar a Goldman Sachs y a otras empresas.

Le aconsejaría revisar todos los acuerdos comerciales para aportar más justicia a todo el mundo.

Pero, sobre todo, me esforzaría por atraerlo hacia la paz, hacerlo renunciar a las aventuras, nada de guerra contra Rusia, contra China o contra Irán. Eso permitiría el libre desarrollo de los derechos humanos. Le deseo éxito, tanto por el pueblo estadounidense como por los europeos y por el mundo entero.

Es evidente que Trump no podrá escapar a las necesidades políticas cotidianas, pero paso a paso podrá corregir las estupideces de las corruptas élites estadounidenses… y quizás las de las élites europeas. Si ya se atrevió a proclamar que esas élites “están desnudas”, ahora es necesario revelar el engaño.
Alfred de Zayas

Fuente
Zeit Fragen (Suiza)


Red Voltaire


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El año de la Gran Muralla

Ignacio Ramonet

Es posible que 2017 sea recordado en la historia como el año de la Gran Muralla. ¿Por qué? Porque Donald Trump, el nuevo presidente de Estados Unidos, está decidido a edificar una monumental barrera de protección en la frontera con México para impedir, según él, la “invasión” de los inmigrantes ilegales venidos del “peligroso Sur”...

Al mandatario estadounidense, alguien debería recordarle lo que la Historia precisamente enseña: que casi nunca esas ciclópeas fortificaciones detuvieron nada. ¿No construyeron acaso los chinos, en la antigüedad, la impresionante Gran Muralla para detener a los mongoles? ¿No elevó el Imperio romano, en el norte de Inglaterra, el colosal Muro de Adriano para rechazar a los bárbaros de Escocia? Es conocido, en ambos ejemplos históricos, que los gigantescos vallados fracasaron. Los mongoles pasaron, y también los manchúes, y los caledonianos... Como seguirán pasando, hacia Estados Unidos, los mexicanos, los centroamericanos, los caribeños, los musulmanes... En la eterna dialéctica militar del escudo y la espada, la respuesta a la Gran Muralla de Donald Trump serán los miles de túneles subterráneos que probablemente los parias de la tierra ya están perforando…

Pero es que, además, surge otra contradicción. Por una parte está el anunciado Plan de inversiones de Trump de un “millón de millones de dólares” en obras públicas para reconstruir, como en un nuevo New Deal, las infraestructuras, aeropuertos, carreteras, puentes y túneles en todo el país. Lo cual debe relanzar la actividad económica, el crecimiento y, sobre todo, crear millones de empleos. Pero, por otra parte, ya hay pleno empleo en Estados Unidos... Bajo el presidente Barack Obama se crearon doce millones de puestos de trabajo (1). La paradoja es que, en realidad, hace falta mano de obra... Y faltará todavía más si Donald Trump expulsa, como prometió, a once millones de trabajadores inmigrantes ilegales... ¿Quién construirá la Gran Muralla, los puentes, las carreteras y los túneles?

Otro problema: las estadísticas oficiales estadounidenses señalan que el índice de jubilados por trabajadores activos no cesa de aumentar. O sea, como en todas las sociedades desarrolladas, el número de personas de la tercera edad crece más rápido que el de jóvenes. Consecuencia: las cinco primeras ocupaciones que ofrecerán más empleo en la próxima década son las siguientes: ayudantes de cuidado personal, enfermeros, ayudantes del hogar y auxiliares sanitarios, trabajadores del sector de la comida rápida y vendedores en comercios al por menor. Todas actividades duras y mal pagadas, trabajos clásicos de los inmigrantes. Si se alza la “Gran Muralla” en Estados Unidos, ¿quién los ejercerá?

Otro aspecto del problema: las migraciones nunca se realizan por capricho. Son el resultado de guerras o conflictos, de desastres climáticos (sequías), de la demografía, de la urbanización acelerada del Sur, de la explotación, de la mutación económica (disminución del campesinado), de los saltos tecnológicos y de los choques culturales. Hechos sociológicos que están empujando a la gente de los países pobres –sobre todo a los más jóvenes– a emigrar en busca de mejor vida. Hechos que están por encima del control de cualquier político y que un Muro puede quizás frenar, pero no podrá detener ni desvanecer.

Además, si Donald Trump está obsesionado con los inmigrantes latinos, que vaya preparándose para las otras “invasiones” que vienen. El África subsahariana, por ejemplo, contaba en el año 2000 con 45 millones de personas de entre 25 y 29 años, que es la edad en la que más se emigra. Hoy los subsaharianos de esa edad ya son 75 millones y, en 2030, serán 113 millones... El Banco Africano de Desarrollo estima que, de los 12 millones de subsaharianos que ingresan cada año en la fuerza laboral, apenas 3 millones encuentran empleo formal. El resto –o sea, 9 millones de jóvenes cada año...– constituye una reserva cada vez mayor de migrantes potenciales... En la India, cada mes, un millón de jóvenes cumplen 18 años y muchos sueñan con emigrar (2)...

Aunque la “Gran Muralla” de Donald Trump hay que entenderla también en sentido metafórico, pues significa, asimismo, una barrera de aranceles para dificultar el acceso de productos extranjeros al mercado interior: con tasas anunciadas del 45% sobre las importaciones provenientes de China y del 35% para las de México... O sea, proteccionismo comercial duro, que fue uno de los ejes centrales de la campaña electoral. Y que es el verdadero significado de la elección del nuevo Presidente de Estados Unidos, quien arrancó su primera semana en el poder con un gesto hacia los votantes de la clase obrera que le ayudaron a ganar el 8 de noviembre pasado y que se sienten perjudicados por las deslocalizaciones industriales. Trump cumplió su promesa y firmó un decreto para retirar a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP, Trans-Pacific Partnership), un acuerdo con once países de la cuenca del Pacífico promovido por Barack Obama. También anunció que renegociará el tratado de libre comercio con México y Canadá (NAFTA, por sus siglas en inglés) (3).  

Todo ello significa una derrota de la globalización neoliberal, del libre mercado y de las deslocalizaciones. Basta con ver, sobre este tema, el berrinche interminable y el pataleo permanente contra Donald Trump de todos los partidarios del ultraliberalismo. Empezando por los grandes medios de comunicación dominantes, que ahora arremeten sin tregua –cosa inaudita– contra el propio presidente de Estados Unidos como si de Chávez se tratara. Léase, por ejemplo, en España, el incontrolable furor anti-Trump del neoliberalísimo diario El País.

En este año en el que se celebra el centenario de la revolución bolchevique de octubre 1917, la “gran sacudida” que Donald Trump está imprimiendo en los asuntos internos estadounidenses y en la geopolítica internacional no deja, pues, de estremecer al mundo. En algunas cosas para bien, en muchas otras para mal.   

               

(1) El presidente Obama ha dejado una tasa de paro del 4,7%, un nivel cercano al pleno empleo.

(2) Todas las estadísticas provienen del semanario The Economist, número especial “The World in 2017”, Londres, diciembre de 2016.

(3) El NAFTA, que une Canadá, Estados Unidos y México en una sola área comercial, se aprobó en 1994 siendo presidente de Estados Unidos el demócrata Bill Clinton, esposo de Hillary Clinton. Donald Trump ha afirmado que no se retirará del acuerdo, por ahora, sino que quiere renegociarlo.

Tomado de Lemonde 
Nº: 256   Febrero  2017


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Empieza la era Trump

Por Ignacio Ramonet


Unos días después del acuerdo entre Rusia y Turquía que permitió acabar con la interminable batalla de Alepo, leí en un célebre semanario francés el siguiente comentario: “La permanente crisis de Oriente Medio está lejos de resolverse. Unos piensan que la solución pasa obligatoriamente por Rusia, mientras que otros creen que todo depende de Turquía. Aunque lo que queda claro ahora es que, de nuevo y definitivamente –por lo menos cabe desearlo–, Rusia tiene en sus manos los argumentos decisivos para poner punto final a esa crisis”. ¿Qué tiene de particular este comentario? Pues que se publicó en la revista parisinaL’Illustration... el 10 de septiembre de 1853.

O sea, hace ciento sesenta y tres años la crisis de Oriente Medio ya era calificada de “permanente”. Y es probable que lo siga siendo... Aunque un parámetro importante cambia a partir de este 20 de enero: llega un nuevo presidente de Estados Unidos a la Casa Blanca: Donald Trump. ¿Puede esto modificar las cosas en esta turbulenta región? Sin ninguna duda, porque, desde finales de los años 1950, Estados Unidos es la potencia exterior que mayor influencia ejerce en esta área y porque, desde entonces, todos los presidentes estadounidenses, sin excepción, han intervenido en ella. Recordemos que el caos actual en esta zona es, en gran parte, la consecuencia de las intervenciones militares norteamericanas decididas, a partir de 1990, por los presidentes George H. Bush, Bill Clinton y George W. Bush, y por el (más reciente) azorado apoyo a las “primaveras árabes” estimuladas por Barack Obama (y su secretaria de Estado Hillary Clinton).

Aunque globalmente la línea que defendió el candidato republicano durante su campaña electoral fue calificada de “aislacionista”, Donald Trump ha declarado en repetidas ocasiones que la Organización del Estado Islámico (OEI o ISIS por sus siglas en inglés) es el “enemigo principal” de su país y que, por consiguiente, su primera preocupación será destruirlo militarmente. Para alcanzar ese objetivo, Trump está dispuesto a establecer una alianza táctica con Rusia, potencia militarmente presente en la región desde 2015 como aliada principal del Gobierno de Bachar el Asad. Esta decisión de Donald Trump, si se confirma, representaría un espectacular cambio de alianzas que desconcierta a los propios aliados tradicionales de Washington. En particular a Francia, por ejemplo, cuyo Gobierno socialista –por extrañas razones de amistad y negocios con Estados teocráticos ultrarreaccionarios como Arabia Saudí y Qatar– ha hecho del derrocamiento de Bachar el Asad, y por consiguiente de la hostilidad hacia el presidente ruso Vladímir Putin, el alfa y el omega de su política exterior (1).

Donald Trump tiene razón: las dos grandes batallas para derrotar definitivamente a los yihadistas del ISIS –la de Mosul en Irak y la de Raqqa en Siria– aún están por ganar. Y van a ser feroces. Una alianza militar con Rusia es, sin duda, una buena opción. Pero Moscú tiene aliados importantes en esa guerra. El principal de ellos es Irán, que participa directamente en el conflicto con hombres y armamento. E indirectamente pertrechando a las milicias de voluntarios libaneses chiíes del Hezbolá.

El problema para Trump es que también repitió, durante su campaña electoral, que el pacto con Irán y seis potencias mundiales sobre el programa nuclear iraní, que entró en vigor el 15 de julio de 2015 y al que se habían opuesto duramente los republicanos en el Congreso, era “un desastre”, “el peor acuerdo que se ha negociado”. Y anunció que otra de sus prioridades al llegar a la Casa Banca sería desmantelar ese pacto que garantiza la puesta bajo control del programa nuclear iraní durante más de diez años, a la vez que levanta la mayoría de las sanciones económicas impuestas por la ONU contra Teherán.

Romper ese pacto con Irán no será sencillo, pues se firmó con el resto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (China, Francia, el Reino Unido, Rusia) y Alemania, a los que Washington tendría que enfrentarse. Pero es que, además, como se ha dicho, el aporte de Irán en la batalla contra el ISIS, tanto en Irak como en Siria, resulta fundamental. No es el momento de enemistarse de nuevo con Teherán. Moscú, que ve con buenos ojos el acercamiento de Washington, no aceptará que esto se haga a costa de su alianza estratégica con Teherán.

Uno de los primeros dilemas del presidente Donald Trump consistirá, pues, en resolver esa contradicción. No le resultará fácil. Entre otras cosas porque su propio equipo de halcones, que acaba de nombrar, parece poco flexible en lo que respecta a las relaciones con Irán (2).

Por ejemplo, el general Michael Flynn, su asesor de Seguridad Nacional (lo que Henry Kissinger fue para Ronald Reagan), está obsesionado con Irán. Sus detractores le definen como “islamófobo” porque ha publicado opiniones que muchos consideran abiertamente racistas. Como cuando escribió en su cuenta de Twitter: “El temor a los musulmanes es perfectamente racional”. Flynn participó en las campañas para desmantelar las redes insurgentes en Afganistán y en Irak. Asegura que la militancia islamista es una “amenaza existencial a escala global”. Igual que Trump, sostiene que la Organización del Estado Islámico es la “mayor amenaza” a la que se enfrenta EE.UU. Cuando fue director de la Agencia de Inteligencia para la Defensa (AID), de 2012 a 2014, dirigió la investigación sobre el asalto al consulado estadounidense de Bengasi, en Libia, el 11 de septiembre de 2012, en el que murieron varios “marines” y el embajador norteamericano Christopher Stevens. En aquella ocasión, Michael Flynn insistió en que el objetivo de su agencia, como el de la CIA, era “demostrar el papel de Irán en ese asalto” (3). Aunque jamás haya habido evidencia de que Teherán tuviera cualquier participación en ese ataque. Curiosamente, a pesar de su hostilidad hacia Irán, Michael Flynn está a favor de trabajar de manera más estrecha con Rusia. Incluso, en 2015, el general viajó a Moscú, donde fue fotografiado sentado al lado de Vladímir Putin en una cena de gala para el canal estatal de televisión Russia Today (RT), en el que ha aparecido regularmente como analista. Posteriormente, Flynn admitió que se le pagó por hacer ese viaje y defendió al canal ruso diciendo que no veía “ninguna diferencia entre RT y el canal estadounidense CNN”.

Otro antiiraní convencido es Mike Pompeo, el nuevo director de la CIA, un ex militar graduado de la Academia de West Point y miembro del ultraconservador Tea Party. Tras su formación militar fue destinado a un lugar de extrema tensión durante la Guerra Fría: patrulló el “Telón de Acero” hasta la caída del Muro de Berlín en 1989. En su carrera como político, Mike Pompeo formó parte del Comité de Inteligencia del Congreso y se destacó en una investigación que puso contra las cuerdas a la candidata demócrata Hillary Clinton por su pretendido papel durante el asalto de Bengasi. Ultraconservador, Pompeo es hostil al cierre de la base de Guantánamo (Cuba) y ha criticado a los líderes musulmanes de Estados Unidos. Es un partidario decidido de dar marcha atrás con respecto al tratado nuclear firmado con Irán, al que califica de “Estado promotor del terrorismo”.

Pero quizás el enemigo más rabioso de Irán, en el entorno de Donald Trump, es el general James Mattis, apodado “Perro Loco”, que estará a cargo del Pentágono (4), o sea, ministro de Defensa. Este general retirado de 66 años demostró su liderazgo militar al mando de un batallón de asalto durante la primera guerra del Golfo en 1991; luego dirigió una fuerza especial en el sur de Afganistán en 2001; después comandó la Primera División de la Infantería de Marina que entró en Bagdad para derrocar a Sadam Hussein en 2003; y, en 2004, lideró la toma de Faluya en Irak, bastión de la insurgencia suní. Hombre culto y lector de los clásicos griegos, es también apodado el “Monje Guerrero”, alusión a que jamás se casó ni tuvo hijos. James Mattis ha repetido infinitas veces que Irán es la “principal amenaza” para la estabilidad de Oriente Medio, por encima de organizaciones terroristas como el ISIS o Al Qaeda: “Considero al ISIS como una excusa para Irán para continuar causando daño. Irán no es un enemigo del ISIS. Teherán tiene mucho que ganar con la agitación que crea el ISIS en la región”.

En materia de geopolítica, como se ve, Donald Trump va a tener que salir pronto de esa contradicción. En el teatro de operaciones de Oriente Próximo, Washington no puede estar –a la vez– a favor de Moscú y contra Teherán. Habrá que clarificar las cosas. Con la esperanza de que se consiga un acuerdo. De lo contrario, hay que temer la entrada en escena del nuevo amo del Pentágono, James Mattis “Perro Loco”, de quien no debemos olvidar su amenaza más famosa, pronunciada durante la invasión de Irak: “Vengo en son de paz. No he traído artillería. Pero, con lágrimas en los ojos, les digo esto: si me fastidian, los mataré a todos.” 
 


(1) Aunque, como se sabe, hay elecciones el próximo mes de mayo en Francia, a las cuales el actual presidente socialista François Hollande, muy impopular, ha decidido no volverse a presentar. El candidato conservador con mayores posibilidades de ganar, François Fillon, ha declarado, por su parte, que reorientará la política exterior francesa para normalizar de nuevo las relaciones con Moscú.

(2) Léase Paul Pillar, “Will the Trump Administration Start a War with Iran?”,The National Interest, 7 de diciembre de 2016.

(3) Léase The New York Times, 3 de diciembre de 2016.

(4) James Mattis necesitará que el Congreso le conceda una excepción para esquivar la ley que exige que pasen siete años entre salir del Ejército y acceder a la jefatura del Pentágono.

Tomado de Lemond Diplomatic Nº: 255   Enero  2017

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Logos Libertario

Por Mauricio Castaño H
colombiaKritica.blogspot

Dime cuánto tienes y te diré cuánto vales. El mayor logro de la sociedad moderna es medir la libertad humana de acuerdo con la capacidad de consumo. Se es libre dependiendo de la capacidad de gasto en el comercio. Son templos del consumo los majestuosos centros comerciales, miles de metros cuadrados dedicados a locales comerciales en los cuales satisfaces las ansias de compra, en donde sacias el sentimiento de felicidad inculcado por la propaganda comercial, eres tan feliz en tanto satisfagas tus deseos inculcados. José Saramago, Richard Sennet, Bauman Zygmunt entre otros, han estudiado este fenómeno. Conceptos como corrosión del carácter, sociedad líquida, definen el trabajo juicioso del sistema capitalista para configurar los nuevos sujetos de la sociedad: los empleos ya no son para siempre, pululan los temporales y tercerizados, con ello se logran las mayores ganancias pero se pauperizan las condiciones de las clases laborales, cada vez los ricos son más ricos y más pocos, y los pobres son más numerosos y más pobres. Los seres son arrojados a la nada, entonces van y vienen por el mundo como desorbitados, inseguros de sí mismos, tristes, endonzándose todos las desgracias a su propia responsabilidad.

Las relaciones sociales antes duraderas con los empleos perpetuos, hoy son efímeras y frágiles, incluso el comportamiento personal o síquico es quebrado, personas inseguras e inestables. Las relaciones de pareja tampoco son para siempre, ya los matrimonios no son hasta que la muerte los separe, el amor eterno claudica. En nuestros tiempos una persona puede pasar por varios matrimonios con tus hijos, los míos y los nuestros. Algo bueno sale de estos intercambios, familias ampliadas y enriquecidas por sus experiencias. 


Pero retomemos la crítica negativa en la cual queremos insistir, el modelo de negocio del capitalismo es excluyente en cuanto a la promesa de bienestar general con los Estados Nación fue un fracaso, se constata por los niveles de desgracia e infelicidad que sufren miles de millones de personas del planeta, algunos viven con un dólar al día, otros ni siquiera lo tienen. En economía el saldo social es horripilante. En lo social una sociedad fragmentada, pues su tejido fue confeccionado con el dogma del individualismo, todo lo que le pueda pasar a una persona en este mundo tiene un único y gran responsable: Tú, nadie más. Los gringos tienen una palabra que es su mayor ofensa y vergüenza: Loser, Perdedor.
 

Y esa masa de hambrientos sin dinero ni traje, entonces como por instinto, luchan desesperados por alguna miga de pan, cada vez las ciudades registran inseguridad, la muerte acecha en cada esquina. Los demagogos políticos prometen acabar con el crimen en cárceles atestadas, pero ninguno habla de Inequidad. ¿Y la sociedad organizada? ¿Cuál? Toda está fragmentada, los que más hacen el llamado activismo de sofá, todos dan Me Gusta en el Facebook pero ninguna soporta una reunión comunitaria. La conjugación del pronombre Nosotros es una rareza y una gran amenaza.

El mundo cada vez se reafirma más en el templo del consumo, en los centros comerciales las gentes van y vienen como ratas de alcantarillas husmeando productos, nótese que todo es movimiento, no veréis allí lugares para largas charlas amistosas, todo allí es extraño y pasadizo.  El altar del mundo, Estados Unidos, acaba de elegir a uno de los demagogos de moda Trump, fiel reflejo del mundo del mercado, pues es un hombre salido de sus filas, está dentro de los hombres más ricos. Y se hizo elegir como estadista con un discurso de mercado: promete reactivar la industria nacional y con ella recuperar los empleos para los nacionales, en sí  es una lógica de mercado muy lejana a la de un estadista que propenda por los sueños de un Bienestar General.
 

Este tipo de dirigentes son extravagantes, sus movidas todas conducen a inflar su ego con un puesto de poderío más. Es la misma lógica de todos los Estados Modernos: "El mercado hasta donde sea posible y el Estado hasta donde sea necesario," todo en función del capital, por eso cada vez más se ven líderes del comercio tomando las riendas del Poder, agitar la demagogia con nacionalismos, exacerbar odios raciales con guerras para desviar la atención del verdadero problema. La inteligencia humana se ha sobrepuesto a las grandes dificultades de la vida, esperamos no tardar tanto en encontrar soluciones diferentes a la de medir nuestra libertad y felicidad según sea nuestra capacidad de consumo. Me gusta recordar la reflexión griega epicúrea que recomendaba la ataraxia, evitar la pleonexia, o Nirvana para los orientales, en suma, ponerle límites a los deseos... Este logos de mercado bien vale superarlo.

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