Subjetividad y normatividad en Canguilhem y Foucault


Pierre Macherey *


Cuando Canguilhem tuvo conocimiento de la primera gran obra de Foucault, Historia de la locura, sobre la que tuvo que escribir un informe en tanto que jurado de tesis, inmediatamente subrayó su carácter innovador, y su importancia, mucho más allá de los límites concedidos a un trabajo especializado que concernía la historia de la psiquiatría; algunos años más tarde, hacía aparecer en la colección Galeno que dirigía en PUF, Nacimiento de la clínica, la obra de Foucault que sin duda más le interesó porque su tema lo concernía de más cerca, y a la que a menudo se refirió en sus propios trabajos1. En fin, cuando Les Mots et les choses fue puesto en circulación, le consagró con el título «¿Muerte del hombre o agotamiento del Cogito?», un importante estudio aparecido en 1967 en Critique en el que, tomando su defensa contra sus contradictores o sus censuradores –se estaba entonces en plena querella del humanismo– él elogiaba la “lucidez” del proceder de Foucault, a propósito de la que llegaba hasta sugerir en conclusión que ella podría jugar con respecto a las ciencias humanas un rol comparable al que había jugado la Crítica de la razón pura para las ciencias de la naturaleza. Por lo demás, uno de los últimos escritos de los que Foucault autorizó su publicación fue la retoma de una presentación general del camino de Canguilhem, que había sido redactado en 1978 207

en el momento en que lo tradujeron en los EE. UU.; ese texto, titulado en su versión definitiva “la Vida: la experiencia y la ciencia”, es sin duda uno de los más importantes y de los más pertinentes comentarios que hayan sido consagrados al pensamiento de aquel que, en la conversación, Foucault llamaba en ese momento –sin ironía, y siendo él avaro en este tipo de efusiones– “nuestro viejo maestro”. Se puede pues decir que Canguilhem y Foucault se han reconocido (en el sentido fuerte del término), e incluso en parte reconocido el uno en el otro a través de intereses y valores que compartían en común; entre ellos se tejió una relación intelectual fuerte que podemos suponer jugó un rol nada despreciable en el desarrollo de sus respectivos pensamientos.

Sin embargo, este reconocimiento estaba lejos de ser evidente, incluso a primera vista no hubiera debido presentarse, tanto por la diferencia en las posiciones de los protagonistas de esta relación en el campo filosófico, como por la distancia que existía entre algunos de los presupuestos intelectuales que comportaban sus respectivas gestiones2. En efecto, Canguilhem pertenecía al linaje de Alain, un filósofo del juicio, del deber-ser y del sujeto que asume –como él lo decía– sus “exigencias”, que lo hacen “normativo”, tanto como lo pueda; mientras que Foucault, al menos al comienzo se caracterizaba por su reserva con respecto a una posición subjetivizadora, tendencialmente humanista, orientada por consideraciones 208 privilegiadas de las figuras de la conciencia, cuya consecuencia era que una cuestión como la del deber-ser, en el sentido de un imperativo asumido de manera reflexiva, no tenía a priori sentido para él, por no decir incluso que no tenía ninguno. Por otra parte, Canguilhem era una figura respetada en la Universidad, que si no era propiamente el guardián del templo se había hecho conocer en tanto que profesor, inspector general, miembro o presidente del jurado de la agregación, por el rigor de sus posiciones, que había podido hacer interpretarlas en el sentido de un cierto conformismo3; mientras que las relaciones de Foucault con las instituciones estuvieron desde el comienzo marcadas por la desconfianza, lo que las hizo difíciles, por no decir que en ocasiones fueron tumultuosas. Para resumir en una sola palabra esta situación, Canguilhem –lector asiduo de Renouvier, de Lachelier & de Hamelin, filósofos neo-kantiano reputados entonces como de retaguardia, en los que uno difícilmente imagina que Foucault se haya podido interesar– estaba de lleno en “el sistema”, incluso si detentaba dentro de él una posición singular; mientras que Foucault (que había tenido dificultades para digerir su fracaso la primera vez que se presentó al concurso de la agregación en filosofía) adoptaba con respecto a ese “sistema” la actitud de un contestatario, que a lo sumo consiente en ocupar ciertos márgenes, lo que marcó su carrera universitaria (si es que esta expresión es apropiada en su caso) y la hizo seguir una trayectoria bastante imprevisible e irregular, pero no por ello menos brillante.
En estas condiciones, ¿cómo Canguilhem y Foucault lograron entenderse, permaneciendo cada uno firme en sus posiciones respectivas, cuando cada uno por su lado la asumía con el más grande rigor? El presente estudio tiene por hilo conductor la hipótesis siguiente: es en torno a la relación entre lo normativo y lo subjetivo donde se anudó la discusión entre Canguilhem y Foucault. A la pregunta “¿qué es ser sujeto bajo normas?” ellos respondieron, el primero, Canguilhem, razonando del sujeto hacia las normas, por tanto planteando que las verdaderas normas son aquellas que los sujetos ponen en funcionamiento dinámicamente en la medida en que “toman partido”4; el otro, Foucault, razonando de las normas al sujeto, por ende planteando que sólo existen sujetos sujetados a normas que tienen sus fuentes en otra parte distinta a una conciencia, instancia de juicio (Foucault). Desarrollando hasta sus últimas consecuencias estas dos opciones de sentido aparentemente inverso, Foucault y Canguilhem no dejaron de acercarse y entenderse, en un espíritu de verdadera connivencia, sin que sin embargo sus respectivas posiciones llegaran exactamente a confundirse.
Para darle un contenido preciso a la alternativa que se acaba de esbozar, veamos cómo intervino en el marco de la discusión suscitada por el concepto de episteme. En “¿Muerte del hombre o agotamiento del cogito?”, Canguilhem señala:
No existe en la actualidad filosofía menos normativa que la de Foucault, más ajena a la distinción de lo normal y de lo patológico5.
Esta anotación toma toda su importancia cuando uno se recuerda que, en la situación opuesta, Canguilhem hace él mismo pasar al primer plano de su trabajo la consideración de lo normativo, y hace de la separación de lo normal y de lo patológico el objetivo principal de su reflexión. Por consiguiente, uno no se sorprende que plantee la siguiente cuestión en la continuación de su artículo, que a primera vista es una objeción hecha a Foucault:
Tratándose de un saber teórico ¿será posible pensarlo en la especificidad de su concepto sin referencia a ninguna norma?6
Pensar un saber teórico en la especificidad de su concepto, reintegrándolo para ello a la dinámica propia del conocimiento científico que es una actividad completa cuyo desenvolvimiento es histórico, no es en efecto aprehenderlo en un plano de generalidad, como orden teórico puro, indiferenciado y neutro, cuyo desarrollo unívoco estaría sometido a una ley objetiva de la cual él saca su carácter de necesidad, sino que es seguir el camino efectivo en el curso del cual se elaboraron poco a poco, de manera imprevisible e irregular, los conceptos que permiten tratar problemas específicos, como por ejemplo el del comportamiento reflejo (tema de la tesis que Canguilhem preparó bajo la dirección de Bachelard7); ahora bien, hacer la historia de un concepto es establecer el inventario de las elecciones que han sido hechas en tal o cual momento por tal o cual científico que, descartando para ello otras, las ha privilegiado, de alguna manera las ensaya; y no se ve cómo esas escogencias hubieran podido ser efectuadas en ausencia de normas, por tanto de principios de evaluación, asumidos con toda responsabilidad por los que de ellos se reclaman, que habrían fijado las orientaciones en respuesta a esperas y a exigencias de orden axiológico, y no únicamente lógico. De hecho, la historia de las ciencias practicada por Canguilhem, que es a la vez una historia de los problemas y una historia de los conceptos que permiten formular esos problemas a la espera de su solución que no estaría de ninguna manera prefigurada desde el comienzo en su enunciado, es, no un desenvolvimiento predeterminado en y por su estructura de partida, sino una sucesión de experimentos y de aventuras teóricas llevadas a cabo por los científicos, auténticos sujetos de saber que, a medida que –se van volviendo bajo sus propios riesgos y peligros, normativos– han decidido dirigirse en tal o cual sentido y sacar todas las consecuencias de dicha elección. Es pues pesando cuidadosamente sus palabras que Canguilhem tituló la conferencia que pronunció en 1964, en conmemoración del cuarto centenario del nacimiento de Galileo: “la Significación de la obra y la Lección del hombre”8. Una cosa es la significación de la obra, es decir el valor de verdad o el grado de cientificidad, que le pueden ser atribuidas a las tesis que ella vehicula; y otra es la lección del hombre, es decir el compromiso de éste con un trabajo de pensamiento jalonado a punta de tomas de partido, como el rechazo del geocentrismo, una orientación bien arriesgada cuya responsabilidad fue asumida personalmente por Galileo. Canguilhem muestra en su conferencia de 1964 que, comprometiéndose por esta vía –una elección que sabemos le costó personalmente muy caro– Galileo “estaba en la verdad” (se lo puede afirmar hoy) sin que esto signifique propiamente hablando que él decía la verdad, pues de hecho, él no disponía de todas las pruebas –que finalmente sólo fueron provistas en el marco de la mecánica newtoniana– que permitieran establecer lo bien fundada de dicha elección, que era (en el sentido fuerte del término) una escogencia, un partido que se tomaba de alguna manera, que resultaba de un juicio efectuado a la espera de su validación, por tanto que estaba por verse:
Estar en la verdad no significa siempre decir verdad. Y es aquí donde la lección del hombre va a aclarar la significación de la obra9.
De la misma manera que tener buena salud no es encontrarse en un estado estable cuya perpetuación estaría a prueba de todo riesgo10, para un científico estar en lo 212

verdadero no es encontrarse en un camino que conduce derechito y con toda seguridad a la verdad, lo que exigiría que ésta preexistiese a su manifestación; sino que es ser normativo, corriendo el riesgo de escogencias teóricas audaces, que producen rupturas, cuya pertinencia no está de entrada, ni automáticamente garantizada; figurarse que podría ser de otra manera es concebir el devenir del conocimiento como el desarrollo de un sistema completamente racional cuyas condiciones estaban fijas desde el momento de la partida, que siguen un recorrido que conduce necesariamente de verdades en verdades, sin confrontarse con posibles errores y desvíos11. En este sentido, a título personal Galileo estaba bien agarrado por su compromiso propio, era el “sujeto” auténtico de las intervenciones cuyos resultados se consignan en su obra. De manera comparable, en la historia de la biología –dominio al que Canguilhem consagró lo esencial de sus investigaciones– Claude Bernard o Darwin, lejos de estar hundidos en el curso de una lógica inexorable de verdad con respecto a la cual ellos no disponían ya de ningún margen de iniciativa (lo que haría de ellos simples jalones de su desenvolvimiento) han sido verdaderos inventores, creadores de conceptos (el medio interior para Claude Bernard, la evolución de las especies para Darwin) cuya pertinencia estaba destinada a ser puesta a prueba, en un ambiente forzosamente polémico de deber-ser. Es por esto que la historia de las ciencias tal y como la practica Canguilhem es, en el sentido fuerte del término, una historia de científicos que se confrontaron, con los medios de que disponían, y por medio de rectificaciones sucesivas, al debate de lo verdadero y de lo falso, sin saber exactamente hacia dónde iban al momento de partir, salvo que buscaran reinsertar ficticiamente sus procesos en el movimiento retrógrado de lo verdadero.
A primera vista, en Foucault las cosas se presentan de forma completamente diferente; se duda inmediatamente, su reflexión va a pasar claramente por problemas que conciernen “la significación de una obra” como los concernientes a “la lección de un hombre”. Cuando intervino en el Instituto de historia de las ciencias, con ocasión de las Jornadas de estudio organizadas en 1969 por el bicentenario del nacimiento de Cuvier por parte de Canguilhem12, en el marco de un debate bastante tenso que siguió a su exposición, él generalizó sus apuestas de la siguiente manera:
Pero cuando se trata de estudiar capas discursivas, o campos epistemológicos que comprenden una pluralidad de conceptos y de teorías (pluralidad simultánea o sucesiva) es evidente que la atribución al individuo se vuelve prácticamente imposible. Así mismo, el análisis de estas transformaciones puede difícilmente ser referido a un individuo preciso […] De suerte que la descripción que trato de hacer debería dejar de lado en el fondo cualquier referencia a una individualidad, o más bien retomar de arriba abajo el problema del autor […] Pues mi problema es señalar la transformación. Dicho de otra manera, el autor no existe.13

Continuando su intervención, Foucault llega incluso hasta reprocharse haber utilizado nombres propios como los de Cuvier, Bopp o Ricardo, en las Palabras y las Cosas, mientras que el proceso de «transformación» que buscaba evidenciar, sobre cuyo fondo había aparecido la idea de “ciencias humanas”, se desenvolvía en un plano en el que no intervienen ni los autores ni las obras. Visto bajo este ángulo, la historia de los conocimientos se presenta como un proceso sin sujeto.
Canguilhem asistía a la discusión que siguió la presentación de esta tesis, discusión en la que, con excepción de una breve anotación consagrada a la temática de la escala de los seres, no intervino14. Sería difícil reconstituir el hilo de los pensamientos que han debido sucederse en su espíritu escuchando afirmaciones como las que acabamos de oír que, sin duda por táctica más que por perturbación, se abstuvo de comentar. Pero las personas que siguieron esos debates, y los lectores contemporáneos de sus reseñas que han sido publicadas y conservadas, no han podido y no pueden más que estar afectadas por el contraste entre las posiciones defendidas, por un lado por Foucault, para quién (retomando sus términos) “el autor no existe”, y por otra parte por Canguilhem, atento a la vez, en el conjunto de sus investigaciones en tanto que historiador de las ciencias, a “la significación de la obra” y a la “lección del hombre”; y este contraste produce tanta más perplejidad cuanto que estaba probado que, en puntos precisos de los que se debatían, Canguilhem se ponía de lado de Foucault contra sus objetores y detractores, lo que no podía sino perturbar, por no decir escandalizar a algunas de las personas que trabajaban con él en el Instituto de historia de las ciencias; no podían comprender eso que ellas llamaban su “indulgencia”15 con respecto a tesis que, en el fondo, contravenían el espíritu de sus propias investigaciones, o al menos así les parecía.
Para desenredar este enigma es oportuno volver sobre el diagnóstico hecho por Canguilhem en su artículo “¿Muerte del hombre o agotamiento del cogito?” con respecto al concepto de episteme, diagnóstico favorable en el conjunto, lo que no impide sin embargo que esté abierto a una discusión con respecto a algunos aspectos de esta noción que presentan dificultades u oscuridades. Lo que, en este concepto le interesa principalmente a Canguilhem es que él introduce en el análisis histórico lo que llama con un término que regresa en muchas ocasiones en su texto, un principio de “eversión”; por ello se ha de entender el volteo de la mirada que permite desprender el devenir de los conocimientos científicos a la vez, en el plano de su interpretación, del régimen de las ideas recibidas, por tanto de la opinión y, en el plano de su desenvolvimiento real, del presupuesto logicista o formalista según el cual la ciencia progresaría en virtud de su propio empuje racional interno, de adquisición en adquisición, sin posibilidad de derivación o de regreso atrás. Pero una vez admitido esto, surge la pregunta:
La episteme, razón de ser de un programa de eversión de la historia, ¿es o no es algo más que un ser de razón?16
Suponiendo que la episteme sólo pueda ser un ser de razón, Canguilhem somete esta noción a un examen crítico que no deja de presentar una cierta analogía con el que, en la “Dialéctica trascendental” de la Crítica de la razón pura, Kant le hace sufrir a las “ideas” de la razón, forzosamente ideales y tendencialmente idealistas, el Yo, el Mundo y Dios. Asignar a estas ideas un contenido objetivo cuyo tratamiento quedaría asegurado por una disciplina especial, la metafísica, bajo la forma de un conocimiento sometido a la prueba de la verdad, es, según Kant, ir más lejos de lo que lo permiten las capacidades impartidas a la razón y, a término, es legislar en el vacío. Así mismo ¿no podemos preguntarnos si la noción de episteme no responde objetivamente a ningún contenido asignable, lo que invalida la tentación de hacer de ella el objeto de una ciencia completa bautizada “epistemología”? Pero planteándose esta interrogación, es preciso no olvidar que las ideas de la razón, una vez que se les ha negado un carácter objetivo, no por ello han perdido, desde el propio punto de vista de Kant, toda suerte de legitimidad, eso sí con la condición de que un estatuto diferente les sea atribuido; si no tienen el poder de legislar, esas ideas no por ello dejan de ejercer esa función que Kant llama reguladora que, sin que se reporten directamente a contenidos reales, les hace jugar en el modo del “como si”, por tanto a título virtual, a título de posibilidades tomadas en cuenta por sí mismas17. En el mismo sentido, cuando él sugiere que la episteme podría no tener otra realidad que la de un ser de razón, Canguilhem, lejos de considerar que esta noción debe ser descartada, incita a reconsiderar su modo de funcionamiento, es decir el uso que se puede hacer de ella en el marco impartido a lo que Foucault llama una “arqueología del saber”.
Lo que cuestiona Canguilhem es pues precisamente la idea según la cual la episteme podría tener un contenido “objetivo”. Luego de haber avanzado la hipótesis de que ella podría ser a lo sumo un ser de razón, él saca la siguiente consecuencia: 

Una ciencia es un objeto para la historia de las ciencias, para la filosofía de las ciencias. Paradójicamente, la episteme no es un objeto para la epistemología.18
Esto quiere decir que, para la epistemología –es decir, retomando la terminología empleada por Foucault, para la arqueología– ¿ella es otra cosa que un objeto? Ahora bien, si se examina atentamente la manera como procede la tarea arqueológica que tiende a evidenciar, bajo el devenir real de las ciencias, de sus conceptos y de sus problemas, invariantes, se constata que estas son aprehendidas según la modalidad, no de lo real, sino de lo posible. En efecto, ¿con qué tiene que ver directamente la episteme? No directamente con saberes constituidos sino con condiciones de posibilidad de esos saberes, en el sentido en que Kant habla de lo “trascendental” que se mantiene por detrás de todo conocimiento real, aquello de lo que es necesario no precipitarse a concluir que podría él mismo dar su objeto a un conocimiento real: lo trascendental no es otro real que se mantendría más acá de lo real y que cumpliría a su respecto el rol de un fundamento metafísico; sino que representa, incluso en la trama de lo real, lo que constituye en él la parte de lo posible, de lo virtual, de lo tendencial. Es la razón por la que el arqueólogo tiene que vérselas no con cosas sino con discursos sobre las cosas; parte de la base de que las condiciones de posibilidad de un saber no están dadas directamente en lo real al que se reporta ese saber, sino que tiene que ver con la forma discursiva según la cual se construye ese saber, o más bien: puede ser (peut être) construido, es decir: a ser (à être) construido a título de una virtualidad que queda por actualizarse, en el contexto de una actividad o de una práctica de conocimiento efectivo que, al no ser asunto del arqueólogo, interesa específicamente, de manera completamente legítima, al historiador de las ciencias.
Si se ven las cosas bajo este ángulo, los procederes del historiador de las ciencias que es Canguilhem y del arqueólogo que es Foucault de ninguna manera son alternativos ni excluyentes el uno del otro, porque se mantienen en planos diferentes: el uno tiene que ver con lo real, y más precisamente con lo real que se está produciendo, bajo la forma de acontecimientos de pensamiento cuya producción está en curso; y el otro se ocupa de posibles que se presentan bajo 218

forma de capas exhibidas, indiferenciadas, indiferentes a la distinción de lo verdadero y de lo falso. Inmediatamente antes de establecer el carácter no normativo de la empresa arqueológica de Foucault, Canguilhem indica:
El concepto de episteme es el de un humus en el cual sólo pueden brotar ciertas formas de organización del discurso, sin que la confrontación con otras formas pueda tener que ver con un juicio de apreciación.19
Aquello sobre lo cual sólo pueden brotar ciertas formas de organización del discurso, ese “humus” o terreno de formación que es la episteme, no es él mismo un discurso ya organizado siguiendo ciertas formas; si esas formas pueden aparecer sobre él no es a título de gérmenes preformados o de representaciones completamente hechas, sino porque él ofrece la posibilidad, a la espera de que ésta se realice, lo que no tiene que ver con su propia determinación. Queda pues por hacer que surjan las formas en cuestión de ese suelo, cultivarlas, siguiendo procesos que tienen que ver no con el arqueólogo, sino con el historiador de las ciencias; este último es conducido así a voltear prioritariamente su mirada hacia las elecciones efectuadas por los científicos luego de evaluaciones que han orientado sus tomas de partido en un cierto sentido más bien que en otro, y cuyas consecuencias están sometidas a la prueba de la verificación, que diferencia lo verdadero y lo falso; dicho de otro modo: para retomar la terminología empleada por Bachelard, condiciona la repartición entre ciencia caduca y ciencia sancionada, lo que no es la competencia del arqueólogo.
El arqueólogo, que trata de trascendentales y no de las figuras reales emergidas de su puesta en funcionamiento, no se interesa en la distinción de lo verdadero y de lo falso porque, a nivel en que se sitúa su trabajo, esta distinción no tiene un valor probatorio. En una intervención hecha por Foucault, en el marco de las Jornadas de estudio sobre Cuvier, luego de la intervención de Dagognet que había precedido inmediatamente la suya, es presentada esta reflexión a primera vista sorprendente, “eversadora” habría podido decir Canguilhem:
Es necesario distinguir, en el espesor de un discurso científico, lo que es del orden de la afirmación científica verdadera o falsa, y lo que sería del orden de la transformación epistemológica. Que algunas transformaciones epistemológicas 219

pasen por, tomen cuerpo en un conjunto de proposiciones científicamente falsas, me parece ser una constatación histórica perfectamente posible y necesaria.20
Dicho de otra manera: que Cuvier haya resultado eventualmente todo falso en el plano de su producción científica propia21 no cuestiona para nada el rol de revelador y de índice que le asigna el arqueólogo en el plano, no de la elaboración de conocimientos reales, llamados a ser sometidos a la prueba de lo verdadero y de lo falso, sino del proceso de “transformación” que da a esta elaboración sus condiciones de posibilidad, nada más.
Para comprender mejor el alcance de este razonamiento, no es aberrante servirse de un paradigma retomado de la geografía. En numerosas ocasiones, en particular en la Entrevista aparecida en 1976 en la revista Heródoto22, Foucault explicó que se sentía más geógrafo, preocupado por problemas de disposición en el espacio, que historiador, interesado en evoluciones temporales. Por su lado, Canguilhem se había interesado desde muy temprano en las investigaciones en “geografía humana” llevadas a cabo por la escuela de Vidal de La Blache y de de Martonne, en oposición a la tradición germánica de geografía física inspirada por Ratzel y sus sucesores; él había integrado aquellos resultados a su reflexión personal que, rechazando la vulgata ontologizadora, hace pasar a primer plano la consideración axiológica. Este debate entre geógrafos puede aclarar la discusión precedente con respecto a la episteme. Desde el punto de vista de los geógrafos de la escuela alemana, las poblaciones están estrechamente dependientes del suelo que ocupan, y al que están de una vez por todas prendadas o adaptadas, y de alguna manera clavadas; en esta perspectiva, la geografía explica la historia que no es sino uno de 220

sus avatares. Al introducir el concepto polémico de “geografía humana”, los investigadores de la escuela francesa inspirados por Vidal de La Blache denunciaban implícitamente el carácter “inhumano” de esa explicación que somete enteramente las actividades humanas a un determinismo físico al que ellas no pueden sustraerse, y les negaba por consiguiente la capacidad de innovar, de crear, transformando su medio de existencia; ahora bien, éste último, si les ofrecía un conjunto de posibilidades, no prejuzga sin embargo de las escogencias prácticas indispensables para que esas posibilidades, al menos algunas de ellas, sean efectivamente realizadas o explotadas, lo que tiene en cuenta su iniciativa. Una cosa es entonces el medio ambiente, espacio neutro ocupado por realidades que, estando simplemente allí a título de datos físicos, no están valorizadas en un sentido o en el otro, en la medida en que ellas no ofrecen perspectivas de escogencias completamente trazadas; otro es el medio ocupado y explotado en la práctica por poblaciones que, en particular gracias a los medios artificiales provistos por la técnica, disponen ese espacio para fines de utilidad, fines que de entrada no estaban inscritos en la naturaleza de las cosas, sino que tenían que ver con su responsabilidad de introducirlos allí22. Este análisis ampliado, más allá de lo humano y de las formas propiamente técnicas que toma su actividad, al viviente considerado en general, recorta la distinción hecha, en etología, por Uexküll entre Umgebung y Umwelt: el primero constituye un entorno natural de hecho, objetivo, como tal indiferente a las prácticas efectivas que allí se desenvuelven bajo la responsabilidad de los sujetos que las ejecutan, mientras que el segundo es un mundo de signos y de significaciones, informado por las necesidades y las tendencias de sus habitantes que se lo han adaptado con miras a llevar allí su vida propia23, y no tanto que ellos se hayan adaptado a él.
Cuando Foucault introduce la noción de arqueología, que hace referencia a un basamento que está más profundo que lo edificado encima de él, apunta su atención al entorno global que da un lugar de acogida a actividades de conocimiento que pueden aparecer dentro de ese marco, sin que su aparición obedezca a un principio de determinación sometido a la ley objetiva de las cosas. Dicho de otro modo: lo que él llama la episteme de una época no es el conjunto de los conocimientos, ya preformados, que podrán ser elaborados en esa época; ella representa únicamente su trascendental, ese “ser de razón” que constituye a fin de cuentas su condición de posibilidad . El arqueólogo se remonta hasta ese marco, humus en el que queda por hacer que se presenten realmente esas formaciones cognitivas que son las ciencias propiamente dichas, con respecto a las cuales, interrogantes como los de “la significación de la obra” o el de “la lección del hombre” merecen ser formulados. Se comprende entonces que, si bien la arqueología ha puesto entre paréntesis la consideración de la normatividad y de la subjetividad, la historia de las ciencias pueda, sobre las bases así exhumadas, reintroducir esta consideración con miras a mostrar cómo, del humus primordial, han efectivamente salido tales o cuales conocimientos reales, a lo largo de procesos que no estaban enteramente prefigurados en sus condiciones de partida, condiciones que es necesario no ir a asimilarlas con ningún tipo de fundamento, ya sea lógico o arqueológico. Desde entonces, el trabajo de Foucault y el de Canguilhem ya no son contradictorios, incluso aparecen como complementarios el uno del otro.
Esta complementariedad se ha hecho posible por el hecho de que la arqueología no saca a luz para nada a un sistema primero de conocimientos, conocimientos de esos de antes del conocimiento, a partir de los cuales los científicos no tendrán luego más que efectuar gradualmente el desarrollo. Si un tal sistema existiese, de entrada estaría estructurado y ordenado siguiendo normas destinadas a ser aplicadas de manera conforme o no conforme. Ahora bien, la episteme tal como la trata el enfoque de Foucault, se presente de manera completamente diferente: neutra axiológicamente, en el sentido en que no está sometida a criterios permanentes de comprobación de su valor propio de verdad, ella solamente ofrece un campo a la investigación de verdades que no están prefiguradas en ese campo. La episteme hace posible la prueba de la verdad, pero ella no está sometida a esa prueba, que por consiguiente presenta un carácter, no absoluto, sino relativo; en efecto, sólo existe verdad en relación con un contexto epistémico dado, contexto con respecto al cual hay o puede haber verdad, sin que haya lugar para interrogar a dicho contexto sobre su valor propio de verdad. 


En “¿muerte del hombre o agotamiento del cogito?”, Canguilhem plantea de paso la cuestión de saber si ese relativismo –pero quizás sería preferible hablar de un relacionismo, que desemboque en una puesta en red de la cuestión de la verdad que permita recontextualizarla– no tendrá que ver con el que da su inspiración al proceder culturalista bajo la forma que le han dado los sociólogos y antropólogos norteamericanos. Esta andadura conduce a la revelación de invariantes, como por ejemplo la “personalidad de base”, revelación que permite medir el grado de integración de los individuos a la totalidad social de la que ella constituye el paradigma identificatorio. Así mismo, si se toma en serio el acercamiento, parecería que el trabajo del conocimiento visto desde el punto de vista del arqueólogo, se desenvolvería sobre el fondo de una “episteme de base” que constituiría, según los términos empleados por Canguilhem, “su sistema universal de referencia en tal época, cuya diferencia es la única relación que mantendría con el que le sigue”24; este universal de referencia, al sólo ser universal para su época, se le supone pues que tiene valor en sí independientemente de una posibilidad de evaluación que lo haga salir de su límites propios. Pero la hipótesis de la que se reclama este enfoque, tan pronto se lo plantea, debe ser descartada. En efecto, hay una diferencia esencial entre la episteme y lo que el culturalismo estadounidense coloca bajo la categoría de personalidad de base. Bajo esta categoría se encuentra un paradigma que, sin haber sido él mismo normado a partir de los criterios de evaluación que exceden su naturaleza propia, norma los comportamiento particulares de los individuos a los que se reporta en un marco cultural dado; neutro axiológicamente
24 «Mort de l’homme ou épuisement du cogito?», p. 266. si se lo considera en sí mismo, también es en el plano de su uso, separador, generador de conformismo, por tanto no neutro, que es a lo que lo destina su naturaleza misma de paradigma; según los términos empleados por Canguilhem, él representa “el concepto a la vez de un dato y de una norma que una totalidad social impone a sus partes para juzgarlas, para definir la normalidad y la desviación”25. Ahora bien, la episteme, que ofrece un campo, es decir un conjunto de disponibilidades indispensables para las operaciones efectivas del conocimiento, no legisla sobre el uso de esas disponibilidades, y por consiguiente no le provee a las operaciones que hace posibles (a las que les ofrece sus condiciones necesarias pero no sus condiciones suficientes) modelos estándares que permitan discriminar sus resultados; la neutralidad axiológica propia de este campo se extiende al conjunto de las operaciones a las que da lugar, es decir que él no le impone nada a éstas normas de verdad preconstituidas, independientes de su puesta en funcionamiento efectivo. Sobre el humus de ese campo brota, no de lo normal apreciado como tal con relación a patrones dados ne varietur, sino de lo normativo, es decir un trabajo prospectivo de invención cuya responsabilidad la tienen personalmente los científicos, lo que los conduce en esta ocasión a “estar en lo verdadero”, o más bien a meterse en ello, por su propia cuenta y riesgo, incluso sin saber y sin poder saber, propiamente hablando, lo verdadero por adelantado. Por acá mismo se reanuda una relación entre episteme y posición de sujeto; si no existe sujeto fundador que se mantendría tras la episteme –y en este sentido es claro que ella no tiene sujeto– hay lugares delante de ella para la acción efectiva de sujetos productores de conceptos y trabajadores de la prueba, acción a la que ella ofrece, no modelos prefabricados sino disponibilidades. El sujeto no ha sido suprimido, sino que cambió de lugar y por lo mismo de naturaleza 26.

Se puede pues afirmar que, incluso durante el período en que había alejado de sus preocupaciones la consideración de un sujeto de las normas, no solamente sujetado a normas, sino creador de normas, y como tal inclinado a lo que llamará más tarde “el cuidado de sí”, Foucault no invalidó de ninguna manera la cuestión del sujeto sino que preparó una manera novísima de abordarlo, que pondrá en funcionamiento durante el período ulterior en que esa cuestión del sujeto regresará, tomada en sí misma, al primer plano de su atención. Para caracterizar ese nuevo abordaje, se puede retomar la fórmula de la que se servía Canguilhem en el título de su artículo, “agotamiento del cogito”, que no significa, como lectores demasiado apresurados se lo han figurado, la desaparición del sujeto, ni siquiera –tomando esta fórmula al pie de la letra– la “muerte del hombre”. Cuando Foucault explica que, en el plano propio de la arqueología, el hombre solo ocupa, a título de objeto de conocimiento, la posición de una formación derivada, destinada, una vez llegue el momento, a borrarse como una figura trazada en la arena a la que la marea viene a recubrir, se dedica al género de especulaciones que Althusser, sirviéndose de referencias y de medios diferentes, ponía bajo la categoría de “humanismo teórico”27; pero, poniendo en su sitio este tipo de especulaciones que, dice él, cumplieron su ciclo, él libera el campo donde podrá aparecer una noción de un tipo completamente diferente, cuya caracterización toma prestada de Nietzsche, bajo la denominación “superhombre”. Ahora bien ¿qué es el superhombre? Es el tipo de sujeto que debe salir del “agotamiento del cogito”, por tanto un sujeto que ha dejado de ser sustancial, res cogitans, y que ya no juega el papel de un fundamento teórico, sino que se ha vuelto sujeto práctico, sujeto de sus actividades, en el primer rango de las cuales está la de hacerse a sí mismo, o hacer de sí su obra propia, a prueba de los valores de los que ha hecho elección, por su propia cuenta y riesgo, no completamente solo sino con los otros, y eventualmente en conflicto con ellos. 

Canguilhem también era un lector de Nietzsche, y su concepción de la normatividad del sujeto converge (por otras vías distintas a las seguidas por Foucault) en la de un sujeto práctico, sometido a la exigencia del deber ser bien simplemente porque él ya no es completamente a la manera de una cosa; sino que él tiene que ser, debe hacerse, por su propia actividad creadora, que en nada está sometida a un determinismo natural, incluso si ese determinismo le ofrece el fondo sobre el cual le queda trazar su camino propio bajo su responsabilidad. En momentos en que preparaba su tesis de medicina, que después constituyó el cuerpo principal de la obra sobre lo Normal y lo Patológico, Canguilhem se había interesado en filósofos neokantianos de la escuela de Heidelberg28; en su espíritu, su manera singular de razonar había recortado las enseñanzas que había sacado de Renouvier y de Hamelin, y que iban en el sentido de lo que se puede llamar un “posibilismo”29, poniendo de presente un punto de vista axiológico, como alternativa a un “determinismo”, que tenía mucho más que ver con un punto de vista ontológico, es decir con una “filosofía de cosas”30. Que el hombre, como por lo demás el conjunto de los seres vivos, evoluciona en un mundo lleno de cosas que pueden indiferentemente31 serle útiles o dañinas, es algo que no se puede negar; pero esto no autoriza a llevarlo al rango de una cosa al lado de las otras, así sólo sea porque él a su manera tiene a bien ser la cosa que él es; esta manera se distingue por su capacidad de cambiar su medio de existencia transformándolo por medio de la técnica y, cuando se requiere, cambiando de medio, una capacidad de la que los seres vivos no disponen, al menos no en el mismo grado. Canguilhem, generalmente avaro en consideraciones de orden general, ha priorizado en particular esta consideración –a la que le daba la forma de una “exigencia” (palabra que regresa a menudo cuando concentra las apuestas de su orientación filosófica personal)– en la conclusión de su conferencia sobre “el Cerebro y el Pensamiento”, donde introduce, de manera bastante inesperada la referencia a Spinoza, un filósofo que, en razón del sustancialismo y del necesitarismo que se le acredita frecuentemente, no estaríamos inclinados a colocar bajo la categoría de “posibilismo”32. Es la razón por la que, cuando se refiere a Spinoza para concluir su exposición sobre “el Cerebro y el Pensamiento”, no es bajo el ángulo teórico que pudiera ser puesto bajo la rúbrica “la significación de la obra” que Canguilhem lo hace; “Spinoza” –y cuando pronuncia el nombre de Spinoza Canguilhem piensa, y piensa muy fuerte, en Cavaillès que se había declarado en muchas ocasiones “spinozista”– es ante todo para él “la lección del hombre”, un hombre que ha sido un héroe del pensamiento no solamente en el plano de sus elecciones teóricas sino en el de la vida práctica, y propiamente de la política, de sus violencias y de sus azares.
Entonces, “Spinoza”, antes que un nombre pudiendo servir de etiqueta a una doctrina que tiene su lugar en la historia de los sistemas de pensamiento, es el representante de una actitud, o para retomar una palabra que le encanta a Canguilhem, una manera de obrar filosófica, una cierta forma de orientarse, de perfilar sus intervenciones, de ser “normativo”, no solamente en el pensamiento sino también en la vida:
En cuanto a la filosofía, su tarea propia no es la de aumentar el rendimiento del pensamiento sino el recordarle el sentido de su poder. Asignarle a la filosofía la tarea específica de defender al Yo como reivindicación intransferible de presencia-vigilancia es reconocerle solamente el papel de la crítica. Por lo demás esta tarea de negación no es de ninguna manera negativa, pues la defensa de una reserva es la preservación de las condiciones de posibilidad de la salida (…) Defender su circunspección impone salir de ella cuando se requiera, como lo hizo Spinoza. Salir de su reserva es hacerlo con su cerebro, con el regulador viviente de las intervenciones que actúan en el mundo y en la sociedad. Salir de su reserva es oponerse a toda intervención extraña sobre el cerebro, intervención que tiende a privar al pensamiento de su poder de reserva en última instancia.33
Bajo una forma concentrada –una extrema concentración es la marca distintiva del “estilo” de Canguilhem– esta declaración vehicula toda suerte de reservas. Cuando Canguilhem le asigna a la filosofía, bajo la responsabilidad de un “Yo” de vigilancia34, una “tarea de negación que no es de ninguna manera negativa”, explota una concepción original de la negación que remite a la vez al Ensayo con miras a introducir en filosofía el concepto de negativo de Kant, a la interpretación no-hegeliana de la dialéctica como “heterología” de Ricket, y a la “filosofía del no” de Bachelard: pensar, como todas las otras actividades vitales, es confrontarse con valores negativos, superar obstáculos, por tanto, en el sentido fuerte del término: “resistir”, esta última palabra remitiendo a una gama de comportamientos que van desde mantener la circunspección en la adversidad, a la de oponerse, incluso por la fuerza si es necesario. Cuando evoca la necesidad en la que el filósofo se encuentra, en este caso, de “salir de su reserva”, Canguilhem piensa evidentemente en el compromiso de Cavaillès en el movimiento de la resistencia contra el régimen de Vichy y la ocupación alemana, un compromiso que le costó la vida; y en su propio compromiso con ese movimiento en el que había seguido su ejemplo, como no ha cesado de recordarlo, un ejemplo cuyo alcance es simultáneamente político y filosófico, no siendo posible el uno sin el otro. Por discreción, por “reserva” –la reserva era un carácter distintivo de la personalidad de Canguilhem– la conclusión de la conferencia sobre “el Cerebro y el Pensamiento” no hace expresa referencia a este compromiso que Canguilhem mismo practicó, como filósofo, arriesgando el pellejo en los montes de Auvergne; pero lo evoca sirviéndose de una parábola tomada de una de las biografías de Spinoza compuestas luego de su muerte. Esa parábola, de la que no se sabe si se refiere o no a hechos reales o legendarios –por lo demás en su época, Spinoza era alguien a propósito de quien se podía efectivamente contar este género de historias, ya fueran verdaderas o falsas– concierne la expedición solitaria que habría llevado a cabo Spinoza por las calles de La Haya, blandiendo una pancarta en la que estaban escritas las palabras: “Ultimi Barbarorum”; el acontecimiento habría ocurrido en 1672, en el momento del asesinato de los hermanos Witt, los Grandes Pensionistas del régimen republicano instaurado algunos años antes, en el que parece –quizás sea otra leyenda– había participado a título de Consejero; y una vez descubierto el asunto, había hecho su apología en su Tractatus Teológico-político publicado anónimamente en 1670, una llamarada que se difundió inmediatamente por toda Europa. Este proceder, a la vez temerario y simbólico, presenta una significación filosófica en la medida en que remite a la existencia de un “Yo” que no se contenta con adoptar, con respecto a la realidad, una posición de sobrevuelo, sino que, incluso en sus redes, ejerce una función de “vigilancia”. Pero en el mismo movimiento aclara el conjunto de la filosofía de Spinoza cuyo alcance es revelado plenamente:
En suma, esta filosofía que refuta y rehúsa los fundamentos de la filosofía cartesiana, el cogito, la libertad en Dios y en el hombre, esta filosofía sin sujeto, muchas veces asimilada a un sistema materialista, esta filosofía vivida por el filósofo que la pensó, imprimió a su autor el empuje necesario para insurgirse contra el hecho cumplido. La filosofía debe dar cuenta de tal poder de empuje.35
Visto bajo este ángulo, Spinoza es por excelencia un filósofo “normativo” que, profesando “el agotamiento del cogito”, abre un campo de intervención a un nuevo “Yo”, definido `por su “poder de empuje”36 que lo conduce a “insurgirse contra el hecho cumplido”.
Este desvío por Spinoza, un pensador en el que parece que Foucault nunca se interesó, conduce a él por un sesgo inesperado. En efecto, ¿qué es Spinoza para Canguilhem? Es el filósofo que detenta y ejerce un “poder de empuje” que lo impulsa a insurgirse, a resistir. Pues resulta que, en sus últimas producciones teóricas, y en las intervenciones que hacía en caliente sobre las cuestiones de actualidad, Foucault le dio una particular importancia a la noción de “resistencia”. Incluso se puede avanzar que fue esta noción la que hizo la transición entre su reflexión sobre la cuestión del poder y la del sujeto, que pasó a primer plano en sus últimos trabajos. La idea que desarrolla Foucault a este respecto es que la resistencia no es un fenómeno aislado, y como tal accidental, porque su necesidad es consubstancial al ejercicio del poder, del que constituye la otra cara; es la razón por la que no hay forma concebible de poder que no comporte en su estructura la tendencia a resistirle; en este sentido, a nivel que juegue, el poder lejos de constituir un sistema cerrado, opaco y sin fallas, deja siempre lugar a la tendencia a enfrentarlo, y en el límite a derrocarlo. Ahora bien, este lugar es precisamente aquel por el que se insinúa el sujeto salido del agotamiento del cogito; un sujeto que no reivindica una identidad sustancial independiente, por tanto absoluta, sino que,  ocupando los intersticios de la realidad, desapretando las “mallas del poder”, se hace por ello mismo normativo, es decir: ya no detentador de una subjetividad de la que dispondría como si se tratase de un hecho cumplido, sino autor responsable de sí mismo, creador de una subjetividad que se ha vuelto su propia obra. De esta orientación en dirección a los problemas de la normatividad y de la subjetividad, que se ha vuelto dominante en los últimos trabajos de Foucault, Canguilhem lo había pronosticado en 1967, lo anunció en la conclusión de su artículo “¿muerte del hombre o agotamiento del cogito?”. Luego de haber subrayado el interés de las nuevas luces aportadas por las Palabras y las Cosas sobre la formación de la idea de “ciencias humanas”, propone en las últimas líneas de su texto la siguiente hipótesis:
 

A menos de que, no tratándose ya aquí de la naturaleza y de las cosas, sino de esa aventura creadora de sus propias normas a la que el concepto empírico-metafísico de hombre, sino la palabra misma, pudiera cesar un día de convenir, no había diferencia que hacer entre el llamado a la vigilancia filosófica y la puesta al día –un día crudo mucho más que cruel– de esas condiciones prácticas de posibilidad. 

Se requería mucha lucidez y vigilancia filosófica para desentrañar de manera premonitoria que, en la reserva de los análisis desarrollados por Foucault en las Palabras y las Cosas donde la problemática del saber parecía ocupar una posición preeminente, se encontraban las preocupaciones propias de una “filosofía práctica”, preocupaciones filadas sobre actividades en las que deben participar “sujetos”, sujetos de vigilancia y no de sobrevuelo. En la continuación de su obra, Foucault dará cada vez más importancia efectivamente a tales consideraciones, lo que Canguilhem había presentido de entrada. 


* Pierre Macherey. Subjetividad y normatividad en Canguilhem y Foucault. Ponencia presentada el 1º de junio de 2016 en el marco de una jornada de estudios sobre «Michel Foucault y la subjetivación» (Universidad Paris-Est Créteil). Traducción para la revista Ciencias Sociales y Educación realizada en Medellín el 6 de junio de 2016.
 Profesor Titular de Historia de la biología de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Profesor Emérito y Jubilado de la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas. Doctor en Historia y filosofía de las ciencias de la Universidad de París I (Sorbona-Panteón). Correo electrónico: lapalau@une.net.co
1 Al final de la parte complementaria, redactada «veinte años después», con la que termina Le normal et le pathologique, Canguilhem señala que «en páginas admirables, conmovedoras, del Naissance de la clinique, Michel Foucault mostró cómo Bichat hizo «girar la mirada médica sobre sí misma, para pedirle a la muerte cuentas de la vida» (Le normal et le pathologique, Paris, PUF/Quadrige, 1988, p. 215). Esta conversión de la mirada que él llama también «eversión», es la que el propio Canguilhem ha tratado de practicar. Los dos libros de Foucault, Histoire de la folie (1961) y Naissance de la clinique (1963) son añadidos como referencia en el Suplemento a la bibliografía de la nueva edición, en 1966, de La connaissance de la vie, lo que subraya la importancia que Canguilhem les concedía.

 < M. Foucault. "La vida: la experiencia y la ciencia". Revista de Metafísica y Moral. 90º año/#1. Enero-marzo/1985. tr. Paláu, publicada in Sociología 18, Medellín: Universidad Autónoma Latinoamericana, Julio/1995 >
2 En el libro que le consagró, F. Dagognet señala que «Los amigos de Georges Canguilhem a veces se interrogan -una pregunta que linda con la reprobación- por la estima, incluso según algunos la indulgencia, que tuvo para con los trabajos de Michel Foucault» (Georges Canguilhem filósofo de la vida, in traducciones historia de la biología nº 25. tr. Paláu, Medellín: Universidad Nacional de Colombia, nov. de 2003, p. 9). Él prosigue explicando que esa sorpresa que quizá él mismo compartió en un grado o en otro, encuentra su justificación en una interpretación unilateral del pensamiento de Canguilhem; el hilo conductor de su libro es que ese pensamiento presenta “vertientes” contrastadas, la una tendencialmente conservadora, que lo alejaba de Foucault, la otra tendencialmente contestataria que lo acercaba a él. Dagognet subraya a continuación: « Hostil a la estandarización y a la uniformización de los cuerpos, la tesis sobre Lo normal y lo patológico anticipa los futuros análisis de Michel Foucault; Georges Canguilhem los había anticipado hasta tal punto que estará inevitablemente atraído por ellos, incluso si posteriormente los integrará a otros desarrollos » (ibid., p. 29) Se puede estar de acuerdo con Dagognet cuando él avanza que la relación entre Canguilhem y Foucault, relación esencialmente compleja, asocia proximidad y alejamiento, en condiciones tales que su tensión no puede ser directamente resuelta. Incluso vayamos más lejos: es esta tensión la que hace fecunda esa relación en la práctica.

3 La mayor parte de las reflexiones y de las intervenciones de Canguilhem a propósito de la enseñanza de la filosofía en los Liceos –enseñanza a la que estaba visceralmente adherido gracias a su recorrido personal– están marcadas por ese conformismo. Canguilhem era sensible a las tentativas de innovación pedagógica pero, en el fondo, él le atribuía a la enseñanza de la filosofía, y al modelo propiamente francés de tal enseñanza –la institución de la «classe de philosophie»– que le confiere a esta una función social eminente, un valor primordial que no estaba dispuesto a cuestionar. Foucault tenía sobre el modelo francés una mirada claramente más distanciada, como lo testifican sus anotaciones al respecto en una entrevista aparecida en 1970 en Le Nouvel Observateur titulada «La trampa de Vincennes», en donde el «juego» del sistema de enseñanza francés es resumido así: «a los alumnos de primaria, la sociedad les da el “leer-y-escribir” (la instrucción); a los del técnico, les ofrece saberes a la vez particulares y útiles; a los de secundaria, que normalmente deben entrar a la facultad, les entrega saberes generales (la literatura, la ciencia), pero al mismo tiempo la forma general de pensamiento que permite juzgar todo saber, toda técnica, y la raíz misma de la instrucción. Les concede el derecho y el deber de “reflexionar”; de ejercer su libertad pero sólo en el orden del pensamiento, de ejercer su juicio, pero sólo en el orden del libre examen» (Dits et Ecrits, t. II, Paris, Gallimard, 1994, p. 69 <ver el texto completo Infra como anexo 1, Paláu>). Se subrayaba así el carácter paradójico del régimen de la Sociedad-Escuela tal como se practica en Francia desde el siglo XIX, bajo formas que asocian integración y separación, incorporación y exclusión. Sin condenarla, Canguilhem por su lado estando abierto al espíritu de utopía, consideraba con una cierta perplejidad la experiencia que se llevaba a cabo en el departamento de filosofía de Vincenne. 209

4 En uno de sus primerísimos escritos, Canguilhem se reclama de una filosofía “de la toma de partido” (» Fascisme et révolution », Libres Propos, marzo de 1933, Oeuvres complètes, Paris, Vrin 2013, p. 453). Encuentra ahí la justificación filosófica de su compromiso en la Resistencia, siguiendo a Cavaillès, compromiso que responde él mismo a la exigencia de ser “normativo”, y no sometido a normas convenidas, cuya fórmula “Trabajo, familia, patria” constituye su expresión caricaturesca. En la teoría como en la práctica, Canguilhem le concede un valor primordial al espíritu de “vigilancia”, en el sentido de lo que Alain había llamado las “Vigilias del espíritu”; paradójicamente es la puesta en funcionamiento riguroso de este espíritu de vigilancia el que, en el momento de la guerra, lo alejó de Alain y del grupo de los alainistas (que terminaron acercándose a Vichy).
5 Art. cit., Revista ECO.

6 Ibid.
7 La idea directriz del estudio que Canguilhem consagró a La formación del concepto de reflejo en los siglos XVII y XVIII (Paris, PUF, 1955) es que, contrariamente a lo que uno se figura generalmente porque se considera a priori que las cosas hubieran debido pasar así, el concepto de reflejo no apareció en el contexto de un estudio del funcionamiento de los organismos apoyado en un presupuesto mecanicista (Descartes), sino por el contrario en un contexto vitalista (Willis). Se encuentra acá una aplicación del principio general según el cual la historia de las ciencias, que es una historia en el pleno sentido del término, no puede ser forzada a existir en el plano de una reducción racional que no le asignara ningún sitio a acontecimientos de pensamiento; ella no es una historia de las teorías y de su encadenamiento, historia en la que no hay lugar para tales acontecimientos, sino una historia de los conceptos cuya formación está sometida a los azares, lo que la hace por una parte imprevisible.

8 El texto de esta conferencia se reproduce en los Estudios de historia y de filosofía de las ciencias, tr. María Luisa Jaramillo, Medellín: Universidad Nacional de Colombia, julio de 1992. pp. 29 ss.
9 Ibid., p. 38.
10 Canguilhem concluye de todo ello que no es “normal”, como uno se lo figura bien a menudo, estar bien de salud. Este tema paradójico lo desarrolló bien al final de la parte complementaria, añadida veinte años después, al estudio sobre lo Normal y lo Patológico, en las consideraciones consagradas a «la enfermedad del hombre normal» (Lo Normal y lo Patológico, Buenos Aires: Siglo XXI, 1975, p. 216).

11 Es lo que lleva a Foucault a afirmar, como conclusión de su texto «La vida: la experiencia y la ciencia»: «Este historiador de racionalidades, él mismo tan "racionalista", es un filósofo del error; quiero decir que es a partir del error que él plantea los problemas filosóficos, digamos más exactamente, el problema de la verdad y de la vida” (Michel Foucault. "La vida: la experiencia y la ciencia". Revista de Metafísica y Moral. 90 º año/nº 1 Enero-Marzo 1985. pp. 3-14. Traducido por Luis Alfonso Paláu-Castaño. Barcelona, sabático de 1988). Dicho de otro modo, con Canguilhem se aprende a razonar, no de la verdad considerada como una adquisición, sino del error a la verdad, aprehendida dinámicamente como un objetivo por alcanzar, sin garantía de éxito. Esta inversión de perspectiva, o «eversión», resulta del paso de una lógica de la ley, que se aplica a lo que es, a una lógica de la norma, orientada en el sentido de lo que debe o puede ser, con el margen de incertidumbre señalado por la locución «quizás» (peut-être, escrita en francés con el guión): lo posible es a la vez, según la definición que de él da Aristóteles, lo que es y no es, entre presencia y ausencia. «Una saca su sentido, su función y su valor por el hecho de la existencia por fuera de ella de lo que no responde a la exigencia que ella sirve. Lo normal no es un concepto estático o pacífico, sino un concepto dinámica y polémico» (Lo normal y lo patológico, 2ª parte, «veinte años después», p. 176). Este pasaje lo comenta Foucault de la siguiente manera: «La norma no se define en absoluto como una ley natural, sino por el papel de exigencia y coerción que es capaz de ejercer con respecto a los ámbitos en que se aplica. La norma, por consiguiente, es portadora de una pretensión de poder. No es simplemente, y ni siquiera, un principio de inteligibilidad; es un elemento a partir del cual puede fundarse y legitimarse cierto ejercicio del poder» (Los anormales, lección del 15 de enero de 1975, México: Fondo de cultura económica, 2000, p. 57). «Una pretensión de poder», «un cierto ejercicio del poder»: «poder», correlativo a la intervención de la norma y no a la de la ley, debe entonces entenderse de manera polémica, en oposición a lo que es, en el sentido de la ontología y de la concepción de racionalidad que de acá se deriva (la que define la verdad como «adaequatio rei et intellectus»). Este poder, el que se adosa a la exigencia y a la coerción llevadas por la norma, no consiste en una dominación impuesta a nombre del hecho establecido, sino en el movimiento con miras a un cambio de estado, por tanto de un «puede ser» o de un «quizás». Así como el de norma, el concepto de poder es «dinámico y polémico». 213

12 En la “Introducción”, firmada por Canguilhem, a la presentación del conjunto de las intervenciones presentadas en el curso de esas jornadas de estudios, se precisa, con respecto a las discusiones llevadas a cabo en aquel grupo de estudio que personalmente él animaba y en el que habían sido preparadas aquellas jornadas: “Se trata de someter a la prueba de un examen crítico la brillante tesis sostenida por M. Foucault en su obra las Palabras y las Cosas” (Revue d’histoire des sciences, t. XXIII n° 1, janvier-mars 1970, Paris, PUF, p. 7). De hecho, en el curso de esas jornadas, la tesis paradójica, iconoclasta, sostenida por Foucault según la cual Darwin está más próximo de Cuvier, a pesar del “fijismo” profesado por este último, que de transformistas como Lamarck, heredero intelectual de Jussieu, y por su intermediario defensor de la teoría de la escala de los seres, teoría que constituía el principal obstáculo para la formación del concepto de evolución de las especies, ha sido discutida por investigadores de los cuales la mayor parte eran cercanos de Canguilhem. Éste por su parte, había ya explicado en “¿Muerte del hombre o agotamiento del cogito?” (aparecido dos años antes) que el punto de vista de Foucault, aunque estaba sujeto a discusión, le parecía perfectamente defendible: “Incluso si se piensa que Foucault no tiene razón en este punto –y personalmente pensamos que él tiene razón– ¿será esta una razón suficiente para acusarlo de haber echado por la borda la Historia?” (op. cit., p. 260). En suma, Canguilhem considera que, en este caso, Foucault está en lo verdadero, incluso si es imposible afirmar con toda certidumbre que lo que dice es verdad, lo que abre un campo de debate. No sin picardía Canguilhem reenvía así a Foucault a su propia normatividad de sujeto de saber. También se podría remarcar que el giro («éversión») operado en este caso preciso por Foucault, que conduce a interpretar la relación de Cuvier con Darwin, no en un sentido despreciativo, sosteniendo que el fijismo de Cuvier constituyó un obstáculo para la formación de la teoría de la evolución, sino en un sentido positivo, no deja de presentar formalmente una analogía con la rehabilitación del vitalismo efectuada por Canguilhem algunos años antes, en el marco de sus investigaciones sobre el reflejo.
13 Dits et écrits, II n° 77, Paris, Gallimard, 1994, p. 60. < Traducido por Luis Alfonso Paláu C. para el seminario permanente de Historia de la biología, Escuela de estudios filosóficos y culturales, Facultad de Ciencias Humanas y Económicas, Universidad Nacional de Colombia, Medellín, diciembre 3 de 2002 > Estas afirmaciones, públicamente sostenidas en 1969, recortan y resumen las tesis desarrolladas el mismo año en la conferencia “¿Qué es un autor?” y en la obra la Arqueología del Saber, aparecida igualmente en 1969.

14 Lo esencial de su participación en los debates a los que las jornadas de estudio han dado lugar, estaba luego de la exposición de Francis Courtes, «Georges Cuvier ou l’origine de la négation»; esa exposición extraordinariamente brillante, sin citar a Foucault, iba en el sentido de su propuesta, en la medida en que, en el polo opuesto de la vulgata que fila a Cuvier en el campo de los tradicionalistas conservadores obstinadamente girados hacia el pasado, él le asignaba a éste un rol creativo en la historia de las ideas sobre la vida y sobre el organismo, por el hecho de haber introducido de manera innovadora el principio de la negatividad, en un sentido cuasi hegeliano. Cuando Foucault tomó la palabra, bien al final de las Jornadas que terminaron con su intervención, Canguilhem, del que todo el mundo sabía que en el fondo estaba de acuerdo con él, permaneció en silencio, sin duda para no hacer pesar en el debate su autoridad personal que nadie habría osado discutir.

15 Recordemos que es el término que emplea Dagognet cuando nos cuenta las reticencias del entorno de Canguilhem con respecto a la acogida favorable que él le concedía a las proposiciones turbadoras de Foucault.

16 Op. cit., p. 262.

17 Si la razón no tiene el derecho de afirmar que el Yo, el Mundo y Dios “existen” de conformidad con los datos habituales de la experiencia, nada le impide emplear esas ideas a título puramente indicativo, tratándolas como hipótesis razonables bajo ciertos aspectos. No solamente nada se lo impide sino que ella tiene necesidad de hacerlo pues, en ausencia de esas hipótesis, una síntesis de los conocimientos elaborados por otra parte por el entendimiento en relación con los datos de la sensibilidad, se quedaría indefinidamente diferida. Dicho de otro modo, al ser descartada la tesis según la cual la metafísica es una ciencia exacta, queda abierta la posibilidad de emplearla a título de ficción; yendo más lejos en este sentido, uno podría preguntarse si la función reguladora de las ideas de la razón no está emparentada, en Kant, con el esquematismo de la imaginación <el Borges que declara que la metafísica es una rama de la literatura fantástica, es pues así un kantiano de estricta observancia, Paláu>. Poincaré se inscribe en el surco de esta manera de ver cuando presenta los conceptos científicos como ficciones operatorias, cuya validez es puesta a prueba en su funcionamiento; en tal perspectiva, la epistemología no es nada distinto a una rama de la Poética general. Kant, Poincaré; Valéry, Canguilhem <y Borges> se encuentran así colocados en la misma línea.

18 Op. cit., p. 262.

19 Op. cit., p. 266.

22 «Questions à Michel Foucault sur la géographie», Dits et écrits III n° 169, Paris, Gallimard, 1994, p. 28 ss. M. Foucault. Microfísica del poder. Madrid: la Piqueta, 1979. pp. 111 ss. Ver también «Des questions de Michel Foucault à Hérodote», ibid. n° 178, p. 94- 95. <se traducen aquí como anexo 2, Paláu>

20 Dits et écrits II n° 76, p. 29. Traducido por Luis Alfonso Paláu C. para el seminario permanente de Historia de la Biología, Escuela de estudios filosóficos y culturales, Facultad de Ciencias Humanas y Económicas de la Universidad Nacional de Colombia, Medellín, noviembre 24 de 2002.
21 Esta sospecha le había dado su hilo conductor a la exposición de Dagognet que, nutriéndola, consideraba quizás que eso constituía precisamente una objeción válida contra lo que sostenía Foucault. Pero este último, en su intervención, le dio vuelta (“everti”) completamente a la objeción, haciendo de ella un argumento suplementario en apoyo de su tesis. Canguilhem se debía haber divertido mucho asistiendo a este debate en el que se podía ver una ilustración de la fábula del regador regado. Que Cuvier haya podido eventualmente equivocarse no afecta para nada el rol que se le reconoce por parte de la arqueología.

22 Lucien Febvre, en su obra sobre La terre et l’évolution de l’humanité (Introduction géographique à l’histoire), aparecida en 1922 en las ediciones Albin Michel en la colección L’évolution de l’humanité, <La tierra y la evolución humana. Introducción geográfica a la historia. México: UTEHA, 1955> se sirvió de la expresión «posibilismo», como alternativa a «determinismo», para designar la orientación nueva comunicada por Vidal de Lablache a las investigaciones de los geógrafos.
23 Como la hembra de la garrapata fecundada que, estando colgada en una rama de árbol, sólo es sensible en lo que la rodea a un cierto olor a mantequilla rancia que le señala el paso, al pie del árbol, de un mamífero de sangre caliente sobre el que se deja caer para penetrar su epidermis y poner allí sus huevos, luego de lo cual, su destino de garrapata se ha realizado, y sólo le queda morir; el mundo 221

25 Ibidem.


exterior para ella se reduce a ese olor; considerado en su globalidad sólo es, en la perspectiva que es la suya, un “ser de razón” privado de objetividad, y como tal irrepresentable.
 <brillantísima explicación de algo que pocos han podido entender: que exista un a priori histórico…. Cfr. la Arqueología… Paláu>

26 Es lo que conduce a Foucault, bien al final de su texto “la Vida: la Experiencia, la Ciencia” a preguntarse: “¿No será que toda la teoría del sujeto debe ser reformulada desde que el conocimiento, más bien que abrirse a la verdad del mundo, se enraíza en los "errores" de la vida?” (Dits et Ecrits, t. IV, Paris, Gallimard, 1994, p. 776 <tr. Paláu, Sociología 18, Medellín: Universidad Autónoma Latinoamericana, Julio/1995. pp. 15-16.>). Desde entonces, la partición entre «una filosofía de la experiencia, del sentido, del sujeto» y «una filosofía del saber, de la racionalidad y del concepto» mencionada por Foucault en la introducción de su texto (ibid., 1ª col. p. 8) deja de tener un valor explicativo; una concepción del conocimiento y de su historia como la de Canguilhem, que hace 224

pasar al primer plano la vida de los conceptos, lejos de evacuar definitivamente la referencia al sujeto, conduce a repensar el estatuto de esa referencia, por tanto a asignarle una nueva posición al sujeto.


27 Por «humanismo teórico», hay que entender la especulación ordenada a la representación de una «esencia humana» cuya realidad estaría dada en lo absoluto, a título de una «naturaleza» completa, tratada, para retomar los términos empleados por Spinoza, «tanquam imperium in imperio». Es de esta representación, aún dominante en Feuerbach, que Marx ha debido desprenderse para elaborar su materialismo histórico.

28 Windelband & Rickert, principales representantes de esa escuela, efectúan una relectura original del kantismo, que lo reduce en el fondo a una filosofía del juicio y de los valores, punto de vista en el cual la consideración del «deber-ser» (Sollen) tiene prioridad sobre la del ser (Sein). Por ejemplo, una representación verdadera es la que debe ser pensada, una acción buena es la que debe ser realizada, una cosa bella es la que debe agradar, etc., en el sentido en que “debe ser” no remite a una obligación, o al juego de un automatismo, sino que representa un posible que, una vez valorizado, falta por hacerlo pasar a los hechos; esta puesta en funcionamiento tiene que ver, según estos pensadores, no con la responsabilidad de sujetos personales sino de la cultura histórica de una época y de un lugar dados considerada, no como un sistema obligatorio, sino como un conjunto que está buscando hacerse su lugar, ordenarse, orientarse siguiendo sus tendencias propias. En la tesis de medicina de 1943, Canguilhem cita de paso una fórmula del filósofo austríaco Reininger, extraída de su obra Wertphilosophie und Ethik (1939), que resume esta orientación de pensamiento: «Unser Weltbild ist immer zugleich ein Wertbild» <”Nuestra visión del mundo es siempre al mismo tiempo una imagen de valor”> (Le Normal et le pathologique, Paris, PUF/Quadrige, 1988, p. 117). Canguilhem adoraba este género de fórmulas lapidarias.
29 Recordemos que esta expresión es la que utiliza Lucien Febvre para caracterizar la orientación propia de las investigaciones en «geografía humana».
30 Renouvier se servía de la expresión «filosofía de cosas» para caracterizar la manera de pensar propia de Spinoza.
31 Indiferentemente, en la perspectiva propia de ese mundo de cosas, si es que se le puede imputar a este último <al mundo> una perspectiva; es al sujeto, humano o simplemente viviente al que le corresponde hacer la diferencia entre lo que, viniendo de este mundo, le es útil y lo que le es dañino, corriendo por supuesto el riesgo de equivocarse. 226

32 El lector de la Ética que se detiene en la primera parte de la obra tropieza, en el Apéndice de ella donde la idea de finalidad natural es definitivamente desacreditada desde un punto de vista racional, con la fórmula «omnia sunt praedeterminata», «todas las cosas están predeterminadas» en el sentido en que obedecen al principio de causalidad cuya fuente última se encuentra en Dios, es decir en la naturaleza; si es curioso, puede entonces preguntarse si, una vez formulada tal tesis, el proyecto mismo de una “ética” –es decir de una teoría de la acción– no se encuentra por ello mismo invalidado, lo que por lo menos sería extraño en el comienzo de una obra titulada precisamente Ética, y no Lógica o Metafísica. Su sorpresa comienza a disiparse cuando, avanzando en su lectura descubre que, a comienzos de la cuarta parte de la obra, Spinoza reintroduce (con la noción de lo que es útil en el doble sentido de lo útil propio y de lo útil común) la consideración de la finalidad, es verdad que bajo un novísimo aspecto; se trata en efecto entonces de una finalidad que no está inscrita en la naturaleza de las cosas, sino que tiene que ver con la actividad humana, en tanto que esta, llevada por el impulso del conatus, que empuja a cada ser a perseverar en su ser –empresa cuyo éxito no está garantizado a priori– está sometido a la vez a la ley innovadora y mortífera de la afectividad y del deseo, a los juegos de Eros y de Thanatos estaríamos tentados a decirlo en el lenguaje de Freud. Aparece entonces que vivir –y escribir una “Ética” es precisamente proponer un arte de vivir– no es un estado, una propiedad de cosa, sino una actividad, como tal polarizada, polémica, es decir confrontada permanentemente con la alternativa entre preferir y excluir, de donde resulta la separación de lo normal y de lo patológico. La referencia a “valores”, incluso si ella opera con frecuencia sobre el fondo del conocimiento de primer género, es decir de la imaginación (lo que impide atribuirle un carácter racional) reencuentra entonces un interés filosófico; y de hecho, las dos últimas partes de la obra de Spinoza están consagradas al esfuerzo con miras a volver a trabajar la creencia en valores, salida espontáneamente de los procedimientos de la imaginación que conducen a figurarse que se desean ciertas cosas porque se juzga que son buenas, mientras que a la inversa uno juzga que son buenas porque se las desea, con el fin de elevar la convicción en el valor de los valores a nivel de la razón, lo que equivale a fin de cuentas a reconciliar afectividad y racionalidad, última palabra de la sabiduría. Resumamos: si las consideraciones sobre las sustancias, los atributos y los modos que Spinoza ha escogido como punto de partida de su demostración, parecen obstaculizar o convertirse en una pantalla al desarrollo de una axiología, filosofía de los valores o del juicio, en realidad ellas son jalones preparatorios para la elaboración de ésta, puesto que no se ve cómo una reflexión “ética”, por tanto girada hacia la práctica, podría eximirse de ella. 227
33 «Le cerveau et la pensée» (1980), reproducido como introducción al volumen colectivo Georges Canguilhem philosophe historien des sciences, Paris, Albin Michel, 1993, p. 31. G. Canguilhem. "El cerebro y el pensamiento", publicado en la revista Sociología 17 de la Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín, Junio de 1994, p. 23, 2ª & 3ª col. <colgado en la red por la Revista colombiana de psicología, nº 5-6, 1996. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia>.
 <estilo que con razón, a un poeta de los nuestros, le parecía “pedregoso”, Paláu>
34 «El Yo no está con el mundo en relación de sobrevuelo sino en relación de vigilancia» (ibid., p. 22, 3ª col.). 35 Ibid., p. 23, 2ª col.
36 Esta expresión «poder de empuje» restituye lo más cerca posible la significación de la noción de conatus.

37 Canguilhem, G. “¿Muerte del hombre o agotamiento del cogito?” In: Análisis de Michel Foucault. BsAs: Editorial Tiempo Contemporáneo, 1970.

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Autoayuda y Obediencia

Por Victorine De Oliveira
Presentación del editor

Marco Aurelio es actualmente considerado como un filósofo estoico de tiempo completo, al mismo título que Séneca o Epicteto.  Pierre Vesperini va a cuestionar esta “opinión común” a partir de un nuevo examen de los escritos del autor, especialmente de pasajes a menudo ignorados, cruzados con todas las otras fuentes, excepcionalmente numerosos, de los que disponemos a su respecto.  Conforme a una práctica corriente en la antigüedad, Marco Aurelio utiliza los “discursos filosóficos” para “permanecer recto”, cuando el alma es conmovida por los afectos producidos por el mundo exterior, o por el desequilibrio de los humores, especialmente del humor melancólico.  Por otra parte, el autor muestra hasta qué punto la ética antigua está lejos de las concepciones de Pierre Hadot y de Michel Foucault.  El “sí mismo” buscado por las práctica éticas no es un “sí” interior, sino un “sí” completamente exterior, enteramente preocupado por la mirada de los otros, y por dar la más bella imagen posible.  La “rectitud” no consiste en la adopción de un “modo de vida” específico, sino por el contrario en la adopción de un modo de vida lo más conforme posible con las expectativas sociales, en función del estatus de cada uno.  Finalmente, la ética filosófica nunca se separó de lo religioso, en la medida en que “vivir bien” es “vivir con los dioses”.

Biografía del autor

Pierre Vesperini es el autor de La philosophia et ses pratiques d'Ennius à Cicéron (Ecole française de Rome, 2012) y de muchos artículos de antropología histórica de la filosofía antigua.
 nº 104, noviembre 2016

Rectitud y melancolía. Sobre los escritos de Marco Aurelio
Auteur Pierre Vesperini
Éditeur Editions Verdier
Pages: 186
Prix : 15,00 €
Niveau lecteur curieux

¿Obedecer al emperador? Marco Aurelio, ¿será un pensador del «cuidado de si»? Falso, se subleva Pierre Vesperini, que restablece al dirigente romano en la Historia y relee sus Pensamientos como un tratado que busca mantener el orden social.

Más de mil ochocientos años después de su reino, Marco Aurelio tiene su cuota.  Ahora es el emperador filósofo, el déspota ilustrado, el hombre de la ciudadela interior amasada a punta de filosofía estoica, cuyos Pensamientos dominan en buen lugar sobre las mesas de noche.  Readaptados por las teorías del desarrollo personal y la autoayuda, restaurados por brillantes lecturas sabias, esos Pensamientos se han convertido en los nuestros a tal punto creemos reconocer en ellos nuestras angustias, nuestras dudas y nuestros deseos.  Pero en este jueguito siempre se corre el riesgo de perder de vista la singularidad de Marco Aurelio, un romano enamorado de la cultura griega, que escribió mientras era presa de las dificultad de controlar bien un imperio en medio de guerras y conspiraciones que amenazaban sin cesar.  Es por esto que el historiador Pierre Vesperini se dedica a “devolverle a Marco Aurelio y a sus Pensamientos su extrañeza, que es también la de la filosofía antigua”.

Es ante todo a las relecturas que hicieron Michel Foucault y Pierre Hadot a las que él enfrenta.  El primero encuentra en los antiguos la fuente del “cuidado de si”; el segundo lee la filosofía antigua como “ejercicios espirituales”, un conjunto de prácticas destinadas tanto al cuerpo (el régimen alimenticio) como al espíritu (el diálogo o la meditación), con el propósito de transformar, de esculpir el sujeto interior.  Para Vesperini es sin embargo “anhistórico” insistir en una espiritualidad volteada hacia el yo.  A esto, el le opone la idea de una ortopraxia, de una “rectitud” de las prácticas.  En suma, los logoi philosophoi, los discursos salidos de la filosofía, ayudarían a determinar los comportamientos adaptados: “cómo comportarse en la cama, en la cena, en los baños, durante una enfermedad, en el momento de un proceso, como ponerle cuidado a su cuerpo, cómo vestirse (…)  cómo y a qué ritmo defecar, cómo alternar el trabajo y el descanso, cómo morir finalmente”.  Se trata de manterner un ser social en el camino de la virtud; para permanecer recto de cuerpo y de alma, es suficiente con arrimarse a algunos tutores, escogidos acá y allí entre los pensadores, estoicos en lo posibles.  Vesperini lo afirma: la filosofía es una simple herramienta.  Puede ser que los que no tengan el peso de un imperio en sus espaldas puedan dedicarse a buscar la verdad; por su parte Marco Aurelio busca la eficacia.

Esta eficacia es sobre todo terapéutica –la cólera, el miedo a la muerte, el deseo, son afectos que hay que curar–.  Si el emperador se exhorta cotidianamente a “realizar [su] tarea de hombre”, es para dominar una tendencia que él tiene a la melancolía que carga como un fardo.  Para los antiguos, la melancolía no era una enfermedad psicoloógica.  Tenía que ver a la vez con el heroísmo y la locura§©ª; es la cualidad del que afronta a la mayoría para decir lo que es justo sin tener en cuenta las conveniencias, lo que no deja de implicar pena o cólera.  La melancolía aisla del resto de los hombres, es asocial, es el carácter “de las bestias salvajes (…), de los tiranos”, anota Marco Aurelio.  Por todo esto la necesidad de que exista “un modo de manejar” filosófico a un dirigente atenazado entre sus deberes y sus inclinaciones naturales.

Esta extrañeza sobre Marco Aurelio a la que nos conduce Vesperini aclara sorprendentemente nuestra práctica acutal de los estoicos.  Estamos a punto de pensar que esos manuales para “superarse a sí mismo”, para “irradiar” en el trabajo, en la familia o en la cama, para volverse un buen líder de los otros y de sí mismo, son sobre todo herramientas de adaptación social.  Y si el “desarrollo de sí” sobre ese fondo de sabiduría antigua… ¿no fuera en realidad más que una nueva escuela de obediencia?



tr. Luis Alfonso Paláu C., Medellín, octubre 29 de 2016.



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Borges

Por Mauricio Castaño H
Historiador
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Sus dos fechas abstractas. La del principio 1899. La del fin 1986. Su muerte fue vida gastada en miles de páginas. Se prolongó con sus versos en los otros, en nosotros. Prefirió definirse más por el gusto literario que por sus páginas escritas. Esta misma preferencia la sugirió a sus estudiantes, deleitarse con la creación literaria en sí misma, resulta más placentera y sencilla. Lo demás, la crítica, la bibliografía es desechable, compleja y aburrida, el literato, el creador nunca la requiere para su inspiración, para su obra. Los congresos son tonterías, que ocasionan gastos inútiles, pero que pueden convenir a un currículum


Su escritura fue académica, antes que escritor fue lector, bebió de todas las culturas y de los escritores más talentosos, poseía una cultura universal exagerada (la afirmación es de Gilles Deleuze). Borges fue todos los otros: Dante, Shakespeare, Platón, Aristóteles, Heráclito, chesterton, le sigue una lista infinita... Todos ellos fueron reescritos en sus grandes temas filosóficos: la muerte… que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente.... La vida es muerte vivida, la vida es muerte que viene; la vida no es otra cosa que muerte que anda luciendo. 


La eternidad, el infinito y los sueños que engendran vida en este basto universo quizá contribuyó al desprecio, a descreer de los gobiernos, esas abstracciones pretenciosas que quieren gobernar las vidas de las gentes. El planeta, parcelado en países, es a su vez polvo de naciones, polvo cósmico. Borges es universal, gravitaba en el anarquismo moderado aunque prefirió definirse como conservador progresista. No ser de izquierda no significa ser de derecha, como no ser católico no implica ser ateo, podemos retrotraernos en nuestras angustias existenciales con el budismo, hinduismo, son otras vías de escaparnos de nosotros mismos… Llegará el momento en que la gente prescinda de los gobernantes, que les echemos de menos, llegará el día aquel en que nadie acudirá a las urnas como aconteció en las sociedades sin Estado: 


— ¿Qué sucedió con los gobiernos?
—    Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de
publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen.


Desechó los sinónimos por sus imprecisiones y confusiones. Pocas metáforas principales surcaron sus líneas, alrededor de cinco: el río del tiempo que desgasta la heroica espada (Hoy es ayer. Eres los otros cuyo rostro es el polvo. Eres los muertos. Todas las cosas son palabras del idioma en que Alguien o Algo, noche y día, escribe esa infinita algarabía); el mar, la vida es sueño soñado (Chuang Tzu soñó que era una mariposa, y al despertar no sabía si era Chuang Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa que estaba soñando que era Chuang Tzu). el viajero que vuelve, el retorno, la muerte, los espejos y el infinito, laberintos perplejos, el sexo y el fuego, su hijo sale de las cenizas en las ruinas circulares. Precisó las palabras para el gato sigiloso y de elegante caminar: tuya es la soledad, tuyo el secreto. Tu lomo condesciende a la morosa caricia de mi mano. 


Breve y bueno. Dos veces bueno. Su capacidad de síntesis en pensamientos complejos o extensos fue lo suyo. El cristianismo es la doctrina del perdón en donde el pasado es aniquilado. El odio nos hace esclavos, el perdón, libres. Mientras dure el arrepentimiento dura la culpa. Entonces el olvido es no tener deudas con el pasado. O la imposibilidad de Occidente de pensar lo inclasificable, la idea es tomada de Foucault en Las palabras y las cosas, este libro nace de la risa, de la risa que produce al leer a Borges en una cierta enciclopedia China: “Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento —al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía—, trastornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro. Este texto cita "cierta enciclopedia china" donde está escrito que "los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, c] amaestrados, d] lechones, e] sirenas, f] fabulosos, g] perros sueltos, h] incluídos en esta clasificación, i] que se agitan como locos, j] innumerables, k] dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l] etcétera, m] que acaban de romper el jarrón, n] que de lejos parecen moscas"


Y qué decir de los antepasados amerindios. Los aborígenes, los indígenas son otro ejemplo de la imposible clasificación o almenos de su comprensión. Pierre Clastres en  La sociedad contra estado nos enseña que tuvieron en alta estima el descanso, el ocio, otras lógicas que riñeron con la fiebre del oro del colonizador español, por eso muchos de ellos se batieron a muerte contra la espada y la Cruz. Encarnaron las sociedades sin Estado o los Estados Nómadas les define mucho mejor. Por eso la obligación de traer esclavos del Africa.


J. L. Borges. La Jota de Jorge, la L de Luis. Aunque palabras de universal, cosmos, infinito lo pueden nombrar mejor. El siempre Borges, el que fue, es y seguirá siendo.




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Sexo en Medellín

Por Mauricio Castaño H
Historiador
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La ciudad va al ritmo que marcan los pasos del turismo sexual. Gringos y europeos, mochileros malolientes, rancheros, jubilados y uno que otro de abolengo vivir vienen atraídos por prometedores y variados paquetes turísticos que ofertan sexo de todas las edades en cómodos apartamentos y en fogosas fiestas. La magia de la conversión del dólar a pesos convierte a simples peones en todos unos príncipes. Medellín con su dirigencia goza recibiendo sus monedas, gozan con el sonar permanente de sus registradoras. La vida es cosa vana y undívaga, el placer es la satisfacción que queda en la mortal y corta vida del aventurero. Lo comerciante también ha sido ventajoso para vender la ciudad a ojos extranjeros: ciudad innovadora, ciudad educada, ciudad que gana premios de arquitectura, de esto y de aquello, se construyen premios a quien mejor pueda pagarlos, las carátulas publicitarias los esperan. Y con ello viene la gloria para el político sediento de proyectarse como figura Nacional y luego, si las componendas alcanzan, a nivel internacional. Todos ganan.

Concretemos. Medellín se mueve a ritmo del turismo sexual, el desgastado parque Lleras de Él Poblado tiene la oferta más variada para los gozadores del sexo ligero. Para entrar en calor o vencer timideces, aquel mercado desarrolla diversa oferta que contempla el sexo y la rumba. De las nenas se escogen a la carta, amplio portafolio esgrimen los proxenetas. Desde la extranjería compran los paquetes lujuriosos. Ya las autoridades algo muestran: viejos decrépitos con menores de edad engarzados en orgías. A la distancia de dos pasos o una seña obtienes marihuana made in Medellín, coca... las Rentas criminales o los ilegales son gran emporio.


Medellín, Medellín todo tu territorio sufre el embate del negocio del bajo mundo. Comienzan en un barrio y siguen en otro. Sabido es que tras los negocios de rumba y prostitución, la sociología es pesada, de cristales rotos,  propia del hampa: rentas criminales aquí y allá, bazuco, marihuana, extorsión, drogos en ciberespacio, orinan, defecan en tránsitos residenciales... La zona residencial ya no es, los residentes huyen a sitios de paz en donde puedan educar a sus hijos, y puedan dormir sin lo estridente de la descontrolada rumba.
 

Pero esta movilidad ciudadana de familias trabajadoras parece no tener tregua, el Dios de la rumba, sexo y crimen los ha sentenciado. La desgracia Mora en los sectores exclusivos en donde el turista es príncipe. Todo esto sucede a los ojos de todos. El hampa va dos pasos adelante de las autoridades. Tanto billete vuelve ciegos y sordos a tanto señor necesitado y a punto de alcanzar la fama.

El ordenamiento territorial, lo normativo que protege, preserva lo residencial y su tranquilidad a sus moradores se va al traste con la competencia del turismo sexual que deja todo el billete a estos comerciantes, a estos dirigentes ávidos de riqueza y fama. La ciudad es la más inequitativa del mundo, la más atrasada en educación y ahora la más contaminada, las fábricas y la industria automotriz consumen el combustible más nocivo del mundo, no permitido por los estándares internacionales 

La peor parte la dejamos para lo último, como sucede siempre, lo peor viene después. Los residentes, las familias trabajadoras, las que tan sólo han escogido un lugar para vivir en paz, ahora  se ven desprotegidas ante la arremetida del negocio, de los altos dividendos que deja el turismo sexual y sus derivados de las rentas criminales, sexo, licor, drogas, fiestones, ruido, entornos sucios e inseguros. Ya alertamos de la toma de los parques públicos por las Rentas Criminales. La legendaria casa Montecasino del clan asesino de Castaño, ahora la quieren devolver a esos legados de fiestas, pese a que la norma de Áreas de Preservación de Infraestructuras lo impide. Importa el negocio, Sexo en Medellín.

Leer cuento El Signo sobre las putas de Maupaussant

http://colombiakritica.blogspot.com/2020/09/el-signo.html

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Las Penas en el Proceso de Paz

“No tiene ningún sentido condicionar la justicia transicional a la cárcel”
por Cristina Castro, editora de SEMANA

El jurista italiano Luigi Ferrajoli habló con Semana.com del significado y la utilidad de las penas en el proceso de paz con las FARC.
 

Penalista Luigi Ferrajoli analiza los acuerdos de paz con las Farc en la Habana

“No tiene ningún sentido condicionar la justicia transicional a la cárcel” Foto: León Darío Peláez /

Luigi Ferrajoli puede ser el penalista más reputado de la actualidad. Sus libros Derecho y razón y Principia iuris lo han convertido en una voz autorizada del derecho y un tratadista excepcional para hablar de paz. El jurista italiano, profesor de la Universidad de Roma Tre, visitó Colombia hace unos días para compartir con diversos sectores de la justicia algunas reflexiones jurídicas sobre los diálogos de la Habana. Semana.com habló con él sobre la justicia transicional, las penas que se deben aplicar y los mínimos que necesitaría un acuerdo como el que se va a firmar entre el Gobierno y las FARC.

Semana: Esta semana se anunció el acuerdo de justicia con las FARC. ¿Cómo se resuelve ese dilema de lograr cesar la guerra pero no tener impunidad? ¿Cuánta justicia cree usted que soporta una paz como la que queremos firmar?

Luigi Ferrajoli: Yo no creo que exista ese dilema. La paz es un valor supremo. Sin paz no hay justicia, no hay democracia, no se puede garantizar ningún derecho fundamental. Desde Tomás Hobbes, la paz ha sido teorizada como la finalidad misma del contrato social. La salida del Estado de guerra al Estado civil se hace con la instrumentalización del derecho al servicio de la paz. En este sentido no hay ninguna contradicción entre paz y justicia. La paz es un presupuesto de la justicia.

Semana: Muchos colombianos creen que es precisamente lo contrario… 

L. F.: En la Constitución colombiana la paz ha sido consagrada como un derecho fundamental y un deber del Estado. Ese carácter implica que la paz no puede ser entendida desde las mayorías. Así como no se puede someter a una consulta popular el principio de la dignidad de la persona, de la igualdad, de la vida. Así como ninguna mayoría puede decidir que una persona pueda ser privada de la libertad, de su vida, de su salud, tampoco una mayoría puede decidir si hay o no paz.

Semana:  Sin embargo, en este proceso el Gobierno se ha comprometido a que no puede haber implementación de los acuerdos sin la refrendación del pueblo…

L. F.: No sé si en Colombia se realice una consulta. Lo que sí creo es que no es necesaria. Es impropia desde el punto de vista jurídico y teórico. Entiendo que se pueda hacer un proceso semejante por motivos de legitimidad política. Sin embargo, hay que tener claro que aun si la paz pierde en las urnas, esto no puede ser un argumento para deslegitimar su realización. 

Semana: ¿Cómo se podría cumplir entonces la promesa de refrendar los acuerdos?

L. F.: Esa consulta podría ser útil, pero no es necesaria. La batalla es más cultural. Hay que mostrar que la paz es el valor supremo y que vivir en guerra es absurdo. Se necesita una campaña cultural sobre el valor de la paz.

Semana: ¿Usted cree que debería existir algún límite a los acuerdos que se firmen con las FARC?

L. F.: Se dice normalmente que el límite jurídico es la Corte Penal Internacional. Sin embargo, este es un argumento jurídico no decidido porque en el derecho internacional, el artículo seis del protocolo adicional a la Convención de Ginebra de 1977, prevé expresamente la posibilidad de cierta impunidad en caso de solución de un conflicto armado interno. Ahora, no es posible, no sólo por razones jurídicas, sino también morales, tener una total impunidad.

Semana: ¿Entonces cuáles podrían ser esos mínimos?

L. F.: El proceso de paz requiere que las víctimas sean reparadas cuando menos con la verificación de la verdad. La estigmatización pública por los horrores cometidos en la guerra es la verdadera pena. El hecho de que estos horrores y estos crímenes sean verificados públicamente es muy importante, la pena es totalmente secundaria. Montesquieu decía que la civilidad de un país se mide por la dureza de sus penas.

Semana: El modelo de justicia transicional que presentó el Gobierno le da mucho peso a la verdad…

L. F.: No tiene ningún sentido condicionar ese tipo de justicia a la cárcel. Es una justicia altamente excepcional y alternativa, pues el objetivo máximo es la verdad. El reconocimiento de la responsabilidad implica una reconciliación con las víctimas. En el derecho penal existe la garantía de no autoincriminación, pero la justicia transicional va a favorecer es precisamente la confesión. Por eso, la pena o la sanción podría ser simbólica. Una total impunidad produciría una falta de reconciliación, un sentido de lesión de la dignidad personal de las víctimas. Por eso una condición política es la verdad, es no olvidar. Sudáfrica es un precedente contra la ilusión de que el derecho penal es la respuesta a todos los problemas.

Semana: Ya que habla de la pena, ¿qué alternativas podrían existir? En el acuerdo con las FARC se habla de una restricción de la libertad…

L. F.: Medidas alternativas como la detención domiciliaria, el confinamiento en un lugar específico, la destitución de los cargos públicos. No es difícil encontrar penas, pero como dije, la verdadera pena es la estigmatización política, el proceso mismo es una pena.

Semana: Como tratadista, usted ha sido muy escéptico de la cárcel, no sólo respecto a la justicia transicional. ¿Por qué?

L. F.: La cárcel ha sido teorizada en la etapa ilustrada como alternativa a la pena de muerte, a los suplicios, a la atrocidad, a la tortura. Sin embargo, no ha cumplido su promesa. No es solamente una pena que priva de la libertad personal, sino que priva de tantísimos más derechos. La cárcel puede ser un lugar de mal educación, de corrupción, de lesión de la dignidad personal, contradice todos los principios para lo que fue creada. Por esto, debería ser reducida cuantitativamente y estar prevista sólo para los delitos más graves. También en una medida en que el máximo deberían ser 15 o 20 años, como es en Europa. Esa idea del derecho penal como una varita mágica que resuelve problemas es simplemente demagogia y populismo penal.

Semana: Si no es con cárcel, entonces ¿cómo se combate el crimen?

L. F.: Contra la criminalidad se necesitan más políticas sociales que penales. Las políticas sociales tienen como efecto la construcción de un espíritu cívico y de uno de pertenencia. Si las personas se sienten excluidas de la sociedad, buscarán sentirse incluidas de otra manera, como en el narcotráfico o en la criminalidad. Una de las garantías de la consolidación de la paz es el desarrollo de la democracia en todas sus dimensiones: la máxima libertad de prensa y de asociación, la salud, la igualdad… el problema de la seguridad no se resuelve con las penas.

Semana: Sin embargo, esta percepción no la comparten muchos colombianos que sí quieren castigo para los autores de crímenes, como las FARC.

L. F.: En una sociedad violenta, como en Italia, se piensa siempre en la idea de la pena como una venganza. Creo que en una sociedad que tiene tantos años de sufrimiento, con millones de víctimas a cuestas, es obvia también la idea de que deban sufrir los autores. Sin embargo, esa idea del derecho penal como la varita mágica que elimina el delito es equivocada. Eso es una ilusión. El derecho penal busca minimizar la violencia, pero no se le puede dar la tarea de solucionar todos los problemas.


Fuente: Editora de Justicia, revista SEMANA

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País

Por Mauricio Castaño H
Historiador
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Mi país, tú país, mi nación, la mía y la de todos. El planeta es parcelado es países. La patria y sus sentimientos y sus enigmas, reviste lo afectivo, apego a la madre patria, todos nos sentimos calurosos y próximos, muy evidente cuando en las lejanías nos reconocemos. Pero nada tan abstracto como todas estas cosas. La nación viene de natus que quiere decir el lugar en donde hemos nacido, y en especial nos recuerda que hacemos parte de una comunidad ampliada. ¿Qué es ser colombiano? Un acto de fe, como ser noruego… sentencia Borges. Sus fronteras y su lengua nos dan una unidad común que encierran una cultura que se diversifica en sus territorios llamados departamentos, ciudades o municipios. Y Estado hace referencia o asegura una organización y funcionamiento administrativo.

Pero en los tiempos modernos esto que era compacto ha estallado, el inglés se nos impone para poder acceder a productos varios como los de la tecnologías, sus manuales detallados precisan de esta lengua así como las investigaciones de punta. Es el país del norte quien puede invertir grandes recursos financieros para investigar, es el internet un invento de los norte americanos. Estos desarrollos tan localizados han obligado a los países a federarse: la Comunidad Europea, Andina, Latinoamérica, especie de meta-nación. ¿Confunde esta agregación? ¿Conviene conciliar la conservación y la transformación? (Sugerencias de Dagognet) Complica aún más el tema que la cantidad de ciudadanos de una nación no se puede ratear o porcentuar entre países chicos y gigantes, qué criterio escoger para determinar a quién toca más y a quién menos. Senderos difíciles los de la equidad cuando se cabalga con el capitalismo sin alma.

La palabra fracaso viene a bien a las naciones, estilamos decir de Colombia Estado fallido o nación insuficiente, mucho territorio y poco Estado, desarrollos desiguales entre la ciudad y el campo, la primera con progreso, la segunda sin él. En las ciudades con los servicios que propenden la buena vida, al menos para quienes tengan los recursos, en el campo ausencia de ellos: sin electricidad, ni vías, ni maquinarias para óptima explotación del campo.

Se agrega a esta breve reflexión un moderado pesimismo del necesario Estado que congrega, al menos en la ilusión, una unidad nacional, porque se descree de su inmortalidad, ecos hay de Estados nómadas, tan diferentes a los de la supersticiosa democracia que pretende ¿gobernarnos?. Un Estado es tan abstracto como las dos finitas fechas y el real olvido que seremos cuando ya no estemos. La micro sociología nos devela mejor en nuestros deseos y creencias que difieren en cada micro territorio, nuestro caminar, acento, pensar nos distingue de un lugar a otro.

Y cosa rara es el deseo de autodestrucción, a todos deseamos la muerte trágica, los asesinatos con moto sierra o con las mejores técnicas aprendidas en el mundo que aseguran la muerte dolorosa. Y saberse que se puede ser el próximo en la lista nos mantiene a raya: El Miedo es empresa del Poderoso. Cosa rara porque éstas técnicas que usa el poder para preservarse, sospecho se han transferido en el ciudadano común que piensa como el más genuino asesino, que quiere acelerar la muerte de esos otros que sospecha diferentes, indignos de vivir. Somos caos. Infierno y cielo. Es mí País.

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La Estrategia del No

Por Mauricio Castaño H
Historiador
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Una mentira repetida constantemente genera valores de verdad, efectos sicológicos en las gentes y mayor aún si se les ha generado sentimientos de preocupación, en concreto, una persona así es de fácil manipulación, es un tesoro para la pragmática electoral y para el político que las tiene como un recurso para mantener su poder en el mundo de la política, para ser fuerte frente a sus contendores, para mantenerse vigente. Tergiversar los mensajes reporta altos dividendos en la política. Aquí, un tesoro, de la confección de una campaña, nada de grandes bondades para la población, importa son los intereses del gran político. Lo demás son purezas de la imaginación popular.

Confiesa Juan Carlos Vélez,
excandidato a la alcaldía de Medellín y gerente de la Campaña por el No en el plebiscito, en treinta días viajó en avión 35 veces para cumplir sus funciones de asesor y para recaudar finanzas de empresarios. “En total logró recaudar $1.300 millones de 30 personas naturales y 30 empresas, entre las que se destaca la

Organización Ardila Lülle, Grupo  Bolívar, Grupo Uribe,  Colombiana de Comercio (dueños de Alkosto) y Codiscos.” La victoria dio sus frutos,  buscar que “gente saliera a votar verraca”,  funcionó. Nunca imaginaron ganar. Las Encuestas ayudaron inculcando triunfalismos, optimismos que contribuyeron a bajar la guardia a los del Sí, pero el ejercicio de la política y sus caciques sigue intacta. “De hecho, esas mismas encuestas le hicieron mucho daño al Gobierno que se llenó de optimismo y de triunfalismos .  Empezamos a notar un No avergonzante. Por ejemplo, los miembros de la junta de la Andi decían que iban a votar por el Sí pero realmente muchos iban por el No.” 

La campaña del Sí buscó que la gente saliera a votar verraca. “Descubrimos el poder viral de las redes sociales. Por ejemplo, en una visita a Apartadó, Antioquia, un concejal me pasó una imagen de Santos y ‘Timochenko’ con un mensaje de por qué se le iba a dar dinero a los guerrilleros si el país estaba en la olla. Yo la publiqué en mi Facebook y al sábado pasado tenía 130.000 compartidos con  un alcance de seis millones de personas.”


“Hicimos una etapa inicial de reactivar toda la estructura del Centro Democrático en las regiones repartiendo volantes en las ciudades. Unos estrategas de Panamá y Brasil nos dijeron que la estrategia  era dejar de explicar los acuerdos para centrar el mensaje en la indignación. En emisoras de estratos medios y altos nos basamos en la no impunidad, la elegibilidad y la reforma tributaria, mientras en las emisoras de estratos bajos nos enfocamos en subsidios. En cuanto al segmento en cada región utilizamos sus respectivos acentos.  En la Costa individualizamos  el mensaje de que nos íbamos a convertir en Venezuela.  Y aquí el No ganó sin pagar un peso. En ocho municipios del Cauca pasamos propaganda  por radio la noche del sábado centrada en víctimas.”


“¿Con cuánto dinero se hizo la campaña? Fue una campaña hecha con las uñas. En el partido del Centro Democrático y en  la corporación que creamos ‘La paz es de todos’ logramos  recaudar $1.300 millones, principalmente de 30 empresas y 30 personas naturales. Fue muy difícil conseguir respaldo y los bancos no estaban preparados. Sin embargo, el No fue la campaña más barata y efectiva en mucho tiempo. Su costo-beneficio es muy alto… ¿Cuál es el Top 5 de empresas que más aportaron? Organización Ardila Lülle,  Grupo Bolívar, Grupo Uribe, Codiscos, y Corbeta.”

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La Horrible Noche

Por Mauricio Castaño H
Historiador
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Todos los astros políticos parecían estar alineados para dar el triunfo de la paz, así lo dejaba entrever cierta solvencia del Gobierno y su Equipo Negociador. Los encuestadores anticipaban triunfo (Sólo a los dioses les está permitido hacer promesas). Desde el Distrito Capital se irradiaba la estrategia de pedagogía de la paz, una puerta abierta a la esperanza. Pero el fracaso hizo estremecer a los futuristas del marketing político. Los astros jugaron mal. El Gobierno falló en su triunfalismo y con él las pobres víctimas y un puñado de ciudadanos solidarios vieron venir de nuevo la desgracia de la guerra.

Si es de sentido común preferir la paz a la guerra ¿qué pasó entonces por las mentes de esos treinta y cuatro millones de votantes habilitados para ir a las urnas ese domingo dos de octubre? Fecha ésta en la cual se decidiría si se estaba de acuerdo con la construcción de una paz estable y duradera.

De todo el universo de votantes tan sólo fueron a votar el treinta y siete por ciento, no menos de doce millones. La negación por el acuerdo ganó por una diferencia estrecha aproximada de sesenta mil votos. Estas desproporciones, el abstencionismo del sesenta y tres por ciento y un margen pírrico de la victoria, hace pensar muchas cosas sobre el gobierno y la población. Con el gobierno porque tuvo todos los recursos humanos y económicos para desplegar la campaña a su favor y aventajar a sus opositores afanados en apuñalar la paz.

Todo el diseño del plebiscito fue pensado a su favor: la cantidad de votos permitidos para ganar, el umbral fue tan sólo un poco más de cuatro millones y medio; la pregunta fue escogida por el propio presidente así como las tan sólo dos opciones de respuesta, un Sí o un No, sin opción para el voto en blanco. En suma, el traje fue hecho a la medida, favorable para contestar con un Sí, para refrendar el proceso de paz. Pero entonces ¿qué pasó? ¿Por qué no resultó tal cual y ganó el No que sume al país en una incertidumbre sin proporciones? ¿Acaso Colombia está animado por un espíritu festivo de la guerra?

Una horrible noche de aquel domingo cerró la puerta de la paz. La horrible noche no cesó. Tanto el Gobierno como los escasos ciudadanos que se movilizaron en torno a la paz, a poner fin a un conflicto de más de medio siglo, no salían del asombro de la apretada derrota. El principio de realidad que distingue el mundo real del virtual se difuminó. El gobernante en el centro pierde de vista su periferia.

Este viejo problema data desde el nacimiento de la República con esa eterna división entre Centro capitalino y las aisladas regiones. Centralismo versus Regionalismo. Aquí el Centro, la gran ciudad, la gran capital monumental y ostentosa, Bogotá, y allá la región marginal y pobre y distante, apartada de los recursos y de lo más moderno del mundo actual. Estas diferencias se pueden dimensionar desde la proporción con la que se distribuye el Presupuesto Nacional de las regalías, por cada cien pesos, Bogotá se queda con ochentaidos, el resto se distribuye para el restante y basto territorio nacional. Este tema de inequidad presupuestal y por ende de desarrollos desequilibrados, ha llevado a grandes disputas, grandes broncas entre la élite bogotana, los llamados patricios, y las élites regionales. Es un tema de quién se queda con la mayor tajada del presupuesto Nacional, quien se queda con los mejores terruños, con los mejores circuitos económicos. Esto se repite en cada contienda electoral, se pone en juego por encima de los intereses nacionales o de propósitos nobles como es la búsqueda de la paz.

Este tema de concentración del presupuesto es lo que alimenta el llamado clientelismo, el gobierno central distribuye a las élites regionales según las conveniencias. Y ésta lógica no operó para el plebiscito de la paz. Los políticos regionales o gamonales no sacaron a su electorado. No hubo dádivas, no había presupuesto para repartir mercados, bultos de cemento o alguna promesa futura de empleo para el incauto seguidor. Esa tal maquinaria política no fue aceitada como suele suceder cuando se requiere proteger los intereses de cada quién.

 Cada político maneja sus propios intereses para engorde de su propio ego. Se cuida de no endosar triunfos a causas ajenas, y la paz era otra mercancía más sin dividendos clientelares. Y este es uno de los grandes peligros en la actual incertidumbre del país. Uno de los líderes más representativos que impulsaron el voto por el NO, fue el expresidente Uribe, que con habilidad mantuvo una campaña en la cual acudía a las emociones sencillas de la gente del común para infundirles miedo y resentimiento hacia los guerrilleros: que este país se iba a quedar sin papel higiénico como sucede con Venezuela, que les iban a quitar sus tierras o la tal desproporción de que a un guerrillero asesino le iban a dar catorce millones mientras que a usted señor obrero, señora ama de casa tan sólo le pagan setecientos mil pesos. O que al jubilado le iban a quitar o rebajar la pensión. Y otras escaseces más se avecinarían

En una entrevista el Gerente de Campaña del No del partido de derecha Centro Democratica devela: “Hicimos una etapa inicial de reactivar toda la estructura del Centro Democrático en las regiones repartiendo volantes en las ciudades. Unos estrategas de Panamá y Brasil nos dijeron que la estrategia  era dejar de explicar los acuerdos para centrar el mensaje en la indignación. En emisoras de estratos medios y altos nos basamos en la no impunidad, la elegibilidad y la reforma tributaria, mientras en las emisoras de estratos bajos nos enfocamos en subsidios. En cuanto al segmento en cada región utilizamos sus respectivos acentos.  En la Costa individualizamos  el mensaje de que nos íbamos a convertir en Venezuela.  Y aquí el No ganó sin pagar un peso. En ocho municipios del Cauca pasamos propaganda  por radio la noche del sábado centrada en víctimas.” Así, esta estrategia de lo emocional y del terror más muchas otras mentiras, bastó para que el inculto votante se informara. Bastaba tan solo acudir al Twitter o a las redes sociales para reafirmarse en sus miedos y rumores que su mecías le anunciaba.

 Pero además de este zócalo emotivo está aquella gente emergente que posa de pertenecer a una clase adinerada en supuesto peligro de perder sus privilegios. En estas desigualdades en las que se mueve este país, la propaganda mercantil ha inculcado el sueño de la familia burguesa, basta con tener una casa, un carro, mujer e hijos para sentirse identificado con la clase más adinerada del país y hasta del mundo entero. La propia identidad no existe, más bien se reniega de su pasado, sus orígenes son motivo de verguenza. Y quien reniega de su identidad y de sus raíces es un ser diluido. La sabiduría popular dice que quien se avergüenza de su pasado familiar se avergüenza de sí mismo. Y es aquí donde vemos esa insolidaridad de las gentes citadinas de origen humilde, que dan la espalda a los sufridos campesinos, a sus identidades. A aquellos que no han descansado de la guerra. Recordemos las más de doscientas mil muertes y los ocho millones de víctimas. Recordemos el mapa electoral: los pueblos más golpeados por la violencia actual, es decir, las regiones campesinas fueron los que votaron por el Sí, ellos no quieren seguir poniendo más muertos, ellos quieren parar el dolor de una guerra ajena. Y en contraposición, la ciudad, los ciudadanos de sueños burgueses, sin identidad, alejados del sonar de la metralla, votaron en rechazo de la paz.

Dijimos renglones arriba de la incertidumbre actual del país y de la inequidad en la distribución del presupuesto Nacional y claro, de su riqueza en general. Y queremos agregar de lo inescrupuloso que ha sido esta misma clase dirigente: recordemos que el conflicto actual con la subversión comenzó con la negativa de los gobernantes a un grupo de campesinos que reclamaban cosas buenas, inofensivas para Dios, pedían servicios básicos tales como escuelas, puestos de salud, energía eléctrica, hacer vías para transportar sus productos... Cuenta la historia que la respuesta del gobernante fue echarles plomo. Y uno de los reclamos del entonces legendario guerrillero, Tirofijo o Manuel Marulanda Vélez fue que le repusieran sus gallinas y sus marranos. Sin solución y amenazado, se resguardó monte adentro. Hicieron conejo a la paz, a sus peticiones.

Ese horrible domingo tiene a Colombia en la incertidumbre, a portas de saltar al vacío, en  crisis institucional que afecta la economía, los bolsillos de todos. Sobreviene negociar con los opositores clientelares, se asoma el chantaje en clave de próximas contiendas. ¿Harán otra vez conejo a la paz?


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