Cuestionar la Maternidad

Corinne Maier

"Tengo razones para odiar a los niños": el polémico testimonio de una madre francesa que se arrepiente de haber tenido hijos

La escritora francesa Corinne Maier considera que los adultos están tan obsesionados con sus hijos, y tan exhaustos por tener que cuidarlos, que no tienen energía para nada más.

¡Es horrible: somos muchos! El planeta Tierra tiene una población humana de 7.500 millones de individuos. En el año 2100 seremos11.000 millones ¿Cómo podrán alimentarse todas esas personas?

Frente a esta tendencia, los medios de comunicación están mostrando por primera vez algo de preocupación (incluso en Francia, un país promotor de políticas a favor de la natalidad y donde los medios de comunicación están definitivamente a favor de los nacimientos).

Vivimos en una sociedad obsesionada con los niños. Un hijo es considerado garantía de felicidad, desarrollo personal e incluso status social.

A aquellos que no son padres o madres se les describe como egoístas. Están bajo sospecha de ser malos ciudadanos. Muchos de ellos sienten la presión de justificarse: "No puedo tener ninguno, pero amo a los niños".

Ante lo cual yo me apresuro a añadir, solo para ponerle picante a la conversación: "Tengo algunos, pero también tengo razones para odiar a los niños".

No es que esté en posición de defender una reducción de la tasa de natalidad. Teniendo dos hijos, no puedo decirle a los demás: "No hagas lo que yo hice". No obstante, sí me parece hipócrita esconderme detrás de una pantalla de humo idealista ("No hay nada más hermoso que la sonrisa de un niño") para justificar mis cuestionables decisiones en la vida.

Estoy fuertemente en contra del lavado de cerebros y del pathos. Es hora de dejar de vender la idea de que los bebés producen un hechizo de felicidad. ¡Basta de esta gran ilusión!

En estos días, es imposible expresar la experiencia personal de la maternidad en otros términos que no sean: "Soy una madre (o un padre) dichoso, mis hijos son mi alegría". Es obligatorio encontrar placer en la maternidad. En mi experiencia, la realidad es muy diferente: criar a un hijo es 1% de felicidad y 99% de preocupación.

Ser padre se ha convertido en un trabajo muy demandante. Muchos padres se involucran más de la cuenta en la educación se sus hijos y se convierten en "hiper" padres, presentes en cada frente: asegurando un desayuno balanceado, actividades extracurriculares, ayuda con los deberes escolares…

Yo estoy perfectamente consciente de cuán involucrada estuve (muy involucrada, de hecho) y como me convertí, lo quisiera o no, en el estereotipo de una madre judía. Eso produce niños hipercontrolados e hipervigilados. Me pregunto cómo ellos se las arreglarán un día para convertirse en adultos.

¿Por qué toda esta presión alrededor de la natalidad? La respuesta, por supuesto, es proporcionar un número cada vez mayor de pequeños consumidores que nunca se fatigarán de un capitalismo que necesita vender cada vez más productos. Es en el nombre de los hijos que los padres compran autos, lavadoras, casas y demás artefactos.

Los hijos cuestan una fortuna. En este punto en particular, extrañamente, hay muy pocos datos disponibles en Francia, aunque no hay escasez alguna de estadísticos profesionales. Los españoles, que son más pragmáticos, creen que desde el nacimiento hasta la adultez, los niños cuestan a la familia entre 98.000 y 300.000 euroscada uno. Esa es, al menos, la cifra que maneja una organización de consumidores respetada.

Criar a mis hijos no solo me dejó exhausta, sino en bancarrota también. Pronto mi hija terminará sus estudios. Tendré una gran fiesta ese día. Finalmente no tendré que encargarme de ella: ¡qué alivio! ¡Y que ahorro!

¿Por qué nos dicen constantemente que "los niños son nuestro futuro"? Es precisamente porque no estamos seguros de tener un futuro. Nuestra pasión por los niños está ligada a nuestra creciente preocupación por el futuro de la humanidad. Bienes que se agotan, recursos naturales cada vez más contaminados… ¿en qué mundo devastado viviremos mañana? ¡Y pensar que hemos renunciado al intento de cambiarlo!

Niños, bienvenidos y buena suerte a todos mientras se abren camino en este mundo podrido que sus padres, quienes los aman mucho, les han dejado. Pasaron tanto tiempo cuidándolos que no tuvieron tiempo de transformarlo. Se dieron por vencidos, renunciaron, colgaron los guantes. "El niño es lo más importante". Nos perdonarán, verdad.

El testimonio anterior generó numerosos comentarios entre el público de la BBC. Algunos confesaron que también se arrepienten de haber tenido hijos, mientras otros aseguran que no. Aquí están varias de las opiniones:

Sin arrepentimientos

Tener hijos es lo mejor que me ha pasado. Es también un trabajo duro. No sé de dónde alguien sacaría la idea de que ser padre es un trabajo fácil que trae felicidad instantánea. Ser feliz en cualquier circunstancia es algo por lo que tienes que trabajar a largo plazo.Brian, Estados Unidos.

No me puedo imaginar sin hijos. Como soy introvertida, ellos me mantienen en contacto con el mundo a través de sus profesores, entrenadores y otros padres. Me recuerdo diciéndole a mi madre que esperaríamos hasta que pudiéramos costear el tener un hijo. Ella dijo: "si esperas hasta que puedas costearlo, nunca tendrás ninguno. Tenemos hijos y nietos porque ellos nos reintroducen a las maravillas de la naturaleza y tienen una perspectiva única de la vida que nos deleita". Karen, Estados Unidos.

Tuve dos hijos en Japón. Y sí, costó mucho en términos de dinero y tiempo, pero fui no obstante capaz de mantener una carrera académica razonablemente exitosa. Los niños solo me hicieron más organizado. De modo intangible, ellos me han devuelto lo que recibieron, y continúan haciéndolo en sus vidas adultas. Ambos tienen carreras en medicina y contribuyen ampliamente al bienestar de la sociedad. En lugar de ser "pequeños consumidores", son "grandes contribuyentes". Bob, Japón.

Arrepentidos

Nunca se me han dado bien los niños… y sigue siendo así. Mi hijo tiene seis años y todavía me parece difícil relacionarme con él y sus amigos. Gran parte del tiempo no me gusta ser madre y en general no encajo en ese rol. En la escuela de mi hijo, me siento como una paria entre todas las madres que están tan activamente involucradas.Anónimo, Alemania.

Es difícil decir que me arrepiento de tener hijos porque los amo. Pero, haciendo un balance, si pudiera dar marcha atrás al tiempo y decirme cómo es todo esto en realidad, no estoy segura de que me tomaría la molestia de tener descendencia. Es "maravilloso" solo una pequeña parte del tiempo. Sin ellos, tendría dinero, libertad y muchas menos preocupaciones. Mary, Escocia.

Tengo 50 años y estoy arruinada. Por suerte, solo financieramente porque mantuve mi salud mental y mi vida intactas a pesar de los niños. Definitivamente, la maternidad no es para todo el mundo y el solo hecho de tener el equipamiento no significa que tenemos la disposición. Di todo lo que pude e hice todo lo que era necesario, pero ¿eso fue "felicidad"? No. Si volviera a mis tiempos de nuevo, nunca tendría hijos. Joy, Inglaterra.

Sentimientos encontrados

En Noruega, más que en otros países europeos, tener hijos es todavía visto como el aspecto más importante de la vida. El matrimonio es considerado un estado temporal, pero la familia y los niños se quedan. Mi esposo y yo teníamos una hermosa relación. Hacíamos el amor de manera agradable y satisfactoria. Teníamos muchos intereses en común. Ahora que somos padres, estamos estresados todo el tiempo, más gordos que antes y tenemos muy poco tiempo para dedicarnos el uno al otro. Estamos tan a tope como para complacernos el uno al otro en la mayoría de los aspectos. Sí amamos a nuestros dos hijos y somos muy felices cuando ellos están, pero de alguna manera nosotros hemos desaparecido. Mette, Noruega.

Adoro criar a mis hijos, con todo lo malo que eso conlleva. Sin embargo, es extraño pero debo decir que es algo que no les deseo a mis hijos. El mundo es un lugar muy diferente y está cambiando, de manera que se puede tener una buena vida sin la santidad del matrimonio y la unidad familiar. Se puede ser feliz y estar satisfecho sin comprometerse demasiado con el cuidado de otros. Una mascota, muchos amigos y un buen trabajo serán suficientes para la próxima generación de europeos y norteamericanos. Jean, Escocia.

Tengo dos hijos y los amo infinitamente hasta que el cansancio me atrapa y el ruido diario no parece acabar. Solía ser paciente y tener un cerebro funcional. Eso parece haber desaparecido. Ahora todo tiene que ver con agendas, siestas, comida, ropa, juegos infantiles, los zapatos adecuados, la forma correcta de educar, qué decir, qué no decir, tratar de no tomarse las cosas de manera personal... En los momentos más difíciles, me gustaría una vida sin niños, pero cuando recibes un abrazo o un beso, o cuando hacen algo importante por primera vez, no lo cambiaría por nada del mundo. Anja, Holanda.

Fuente: BBC Mundo



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Cuerda Floja


Por Mauricio Castaño H
Historiador
colombiakritica.blogspot.com

El equilibrista se balancea por la cuerda, su atención se vuelve tensa en la medida en que cualquier paso en falso va directo al precipicio. Las miradas atentas del público encarnan el miedo, la amenaza de muerte que se cierne sobre su espectáculo. La tensión que se vive es una sola, los espectadores encarnan la preocupación de caer al vacío, Similar es la preocupación de algunos analistas sociales sobre el acontecer político en Colombia que se ha balanceado durante décadas entre doctrinas Derechistas y Ultraderechistas.

Recordemos que este país tiene la particularidad de haber usado el recurso de la violencia como ejercicio de Poder para impedir, para contener cualquier disputa que se le pueda hacer a las clases dirigentes, industriales y terratenientes por parte de liderazgos de movimientos sociales alternos que ofrecen otras miradas más democráticas del desarrollo de un país. Puede sintetizarse que la diferencia estriba en fundamentos erráticos que han circulado generaciones enteras sobre las divisiones de clases.
Son falsas creencias que se quieren hacer pasar por valores de verdad, como por ejemplo, que existe una ley natural o divina que determina una gran minoría sean ricios y la gran mayoría sean pobres. Y para hacer valer tal determinismo se recurre a cualquier tipo de justificación verbal o de violencia. Los privilegios son reservados sólo para unos cuántos que la naturaleza ha designado, para los otros pobres y miserables tan solo lo poco que les mitigue el hambre. La expresión política más expedita en nuestra historia contemporánea ha sido el fascismo, régimen de exclusión social, incluso determinaba la muerte para las personas que tuvieran alguna discapacidad, pues no eran el prototipo de la perfección humana esperada.


Las preocupaciones de algunos científicos sociales tienen su razón de ser porque en Colombia se dé un giro hacia un régimen fascista, intolerante con los movimientos sociales que luchan por instaurar un Estado con condiciones dignas para toda la población. Los asesinatos de varios líderes de izquierda hacen surgir tales miedos, incluso rememora la época aquella en la que se asesinaron a mes de seis mil militantes de la Unión Patriótica. Aquí en Colombia hay mucho lunático que sigue aferrado a viejas doctrinas de la muerte. Existen altas personalidades de la vida pública que gustan quemar libros, plenos inquisidores gustosos de llevar a la hoguera u horca a quienes consideran impíos. Sus ejércitos de paramilitares han hechos purgas despiadadas con sus seis millones de víctimas. En la existencia humana aún se sigue insistiendo en estas soluciones depredadoras.


Anexamos dos escritos ilustrativos. El primero alerta sobre la posibilidad de que en Colombia se dé un giro hacia la ultraderecha. El segundo es una entrevista con un dirigente del gremio ganadero que deja surgir de manera natural un pensamiento naturalista del derecho a la tierra por parte la élite latifundista, toda la nación, todo el territorio, dejan entrever, tanto entrevistado como entrevistadora, están a su disposición, al servicio de esa gran élite terrateniente, los campesinos no aparecen por ningún lado. Es una reflexión sobre el ejercicio del Poder en Colombia. Un país que se balancea en una cuerda floja.

Anexo 1

La crisis del sistema liberal y la emergencia del fascismo
Alejandro Reyes Posada

El gran historiador Ernest Nolte publicó un libro esclarecedor cuyo título resume su tesis: “La crisis del sistema liberal y el origen de los movimientos fascistas”.
Por: Alejandro Reyes Posada

  Años después, Hanna Arendt publicó “Hombres en tiempos de oscuridad”, que describe el clima que les tocó vivir a los intelectuales que resistieron al fascismo, incluido el más inteligente de todos, Walter Benjamin, que se suicidó a los cuarenta años cuando Francisco Franco, para complacer a Hitler, cerró la frontera de los Pirineos que comunicaba la Francia ocupada y España, donde él y otros judíos iban a escapar de los nazis hacia los Estados Unidos.

En Colombia se están incubando las condiciones para que se imponga un fascismo criollo del siglo 21, que culmine la demolición del sistema de democracia liberal que sobrevivió a medio siglo de conflicto armado. El sentimiento de tener una clase dirigente con varios estadistas de relevo, que fue el ilusorio orgullo de Colombia, dejó de existir. Nos tocó conformarnos con políticos que no ven más allá de los beneficios del poder personal, mientras el barco avanza en la tormenta en medio de arrecifes.

El último de los grandes, Carlos Lleras Restrepo, vio lo que venía cuando el clientelismo le ganó la batalla en cabeza de Turbay Ayala, que ensució las manos de una generación de jóvenes oficiales con la sangre de los torturados y desaparecidos, iniciando la pendiente resbaladiza de la guerra sucia. De allí salió la camada de generales que se aliaron con los paramilitares y terminaron en la práctica de los falsos positivos, en una escala creciente de degradación en nombre de la seguridad nacional, con la tolerancia complaciente de los gobernantes civiles.

La crisis de la democracia liberal en Colombia es el fracaso de la clase dirigente en crear un Estado moderno, al que estén sometidos los gobernantes. Se cedieron territorios y control de población a las guerrillas y las mafias armadas, y los aparatos de gobierno, justicia y órganos legislativos resultaron con grandes segmentos gangrenados por la corrupción, que ya no es subterránea sino a cielo abierto.

Santos vio clara la alternativa a la crisis y se jugó por ella: hacer la paz con las guerrillas a cambio de una apertura democrática que oxigenara el sistema político. Pero sobrestimó la capacidad inmunológica de la democracia para sanarse a sí misma y menospreció el poder de una coalición emergente para abortar la paz y escoger el exterminio militar, que les ahorre tanto las reformas sociales como el imperio de la ley sobre sus cabezas.

Ante la crisis terminal de los partidos que alguna vez construyeron Estado, ocupa el vacío un movimiento político aglutinado por Álvaro Uribe, con capacidad para enterrar la democracia liberal. Las muertes de líderes sociales son un anticipo de lo que puede actualizar el fascismo criollo cuando despliegue todo su poder. Por algo circula en las redes sociales una frase atribuida a Fernando Vallejo, el último gran moralista de Colombia: “La maldad del ser humano debería medirse en Uribes”.

http://www.elespectador.com/opinion/crisis-del-sistema-liberal-y-emergencia-del-fascismo

3 Dic 2016 


Anexo  2

  Entrevista

¿Qué papel jugarán los ganaderos en el nuevo acuerdo con las Farc?

Presidente de Fedegán asegura que muchos serán despojados de sus tierras por causa del acuerdo.
Por MARÍA ISABEL RUEDA



José Félix Lafaurie es presidente de Fedegán desde hace 12 años y es hijo del fundador del gremio, José Vicente Lafaurie Acosta.

¿Por qué el 35.º Congreso de Fedegán no lo inauguró el presidente Santos? ¿Fue que no quiso, o no lo invitaron?

No lo invitamos.

¿Y eso?

No solo por las retaliaciones de los últimos cuatro años, sino porque votado el plebiscitonegativamente, fui con el congreso gremial a Palacio para decir que estaba disponible para el gran acuerdo nacional. Le pedí que me recibiera con la junta directiva de Fedegán. Me dijo que sí, que eso era necesario. A partir de ahí me dediqué a buscar la cita y nunca fue posible. No tuvo un solo espacio para nosotros.

¿Puede tener que ver con que los ganaderos terminaron asociados con el gremio supuestamente auspiciador del paramilitarismo?

Eso es supremamente injusto. Fedegán ha sido siempre una especie de muro de contención contra una narrativa que desde los 60 ha existido a propósito del tema de la tierra, que el país terminó por asimilar. El sector rural, y especialmente los ganaderos, nos hemos llevado la peor parte. ¿Hoy en día, cómo se percibe el ganadero? Como un terrateniente, un evasor de impuestos, un gamonal, y en los últimos tiempos como un paramilitar enemigo de la paz, y eso nos ha significado tener muy poco espacio y muchas dificultades para expresar cuál es la realidad que hay detrás de todo esto.

¿Por qué se funda Fedegán?

No era igual el problema en los años 50 y 60.Cuando vino la Alianza para el Progreso a partir de unos estudios del Departamento de Estado de EE. UU. para evitar la penetración del comunismo en el hemisferio, era el tema de la reforma agraria. Por eso, desde el gobierno de Alberto Lleras fue un elemento vital del cual se agarró Carlos Lleras para formular las bases de lo que posteriormente fue la Ley 135.

En el año 58, un grupo de senadores, entre ellos mi padre, habían llegado a un acuerdo básico en el gobierno de Alberto Lleras. Le propusieron crear instrumentos para que la gente pudiera trabajar la tierra. La ley de mi padre, la 26 del año 59, fue el gran acuerdo nacional de esa época. Vino una gran bonanza del sector agropecuario, especialmente de la ganadería. En el 63, obviamente con el fantasma de la reforma agraria, todos los ganaderos, en esa época sí con mucho más acento terrateniente que no existe hoy, pensaron que la única manera de protegerse era constituyendo Fedegán.

¿No es una mala descripción decir que a Fedegán la fundan unos terratenientes para atajar la reforma agraria?

Es la verdad. Pero hoy la caracterización de la frontera productiva agropecuaria es totalmente diferente a cuando se constituyó Fedegán. Por supuesto que ha habido en los últimos tiempos concentración, pero por parte de los violentos. De los paramilitares, de las Farc, de los narcotraficantes, todo aquel que tiene armas, todo aquel que necesita corredores estratégicos, todo aquel que necesita control territorial es el que adquiere la tierra, no para ponerla a producir sino para hacer espacios importantes en la geografía productiva.

Es decir, Fedegán y la ganadería han sido un adversario de toda la vida de las Farc…

Tradicional. Fedegán ha tenido durante toda su existencia solo 5 presidentes. El primero fue Miguel Santamaría Dávila, que tuvo agrios enfrentamientos con Carlos Lleras, quien intentó boicotear más de un congreso ganadero. Lo siguió Hernán Vallejo Mejía, que criticó mucho el proceso de paz de Betancur. Pero este fue más inteligente y lo nombró Ministro de Agricultura, aunque a los 6 meses lo echó. Luego vino José Raimundo Sojo Zambrano, asesinado por las Farc. Lo sucedió Jorge Visbal, quien renunció a Fedegán por el roquetazo que le pusieron en la sede las Farc.

Visbal fue la única voz varonil durante un periodo que fue muy duro, en los años 90, cuando aquí asesinaron a todo el mundo. Aún hoy no termina de solucionar sus problemas judiciales porque, claro, la capacidad que han tenido los colectivos de abogados de incidir en su causa ha sido toda. Terminó en una situación muy complicada de salud, económica...

Y luego llega usted a la presidencia del gremio…

Querían un perfil diferente, de alguien que no tuviera mucha relación con el gremio, pero sin olvidar que mi papá fue fundador de Fedegán. Llevo 12 años acá.

Y la historia de las malas relaciones de Fedegán con los gobiernos de turno se perpetúa…

No solo eso. Hoy en día yo soy casi que el símbolo del paramilitarismo, cuando, en mi vida, a duras penas casi que ni cortaúñas tengo.

Sus diferencias con este gobierno empiezan desde cuando Juan Camilo Restrepo era ministro de Agricultura…

Todavía el proceso de paz no existía, yo peleaba en ese momento con él por el TLC y la falta de instrumentos de política de parte del Gobierno. Desde entonces comenzó a hacer contra mí cosas truculentas, como acusarme de malos manejos. Incluso por 1.000 millones de pesos contrató una auditoría con un sinvergüenza que se llama Alfonso Escobar, el tipo ese que le pegó a la mujer y está hoy preso con siete años de condena. Todo lo que el tipo puso allí, la propia Contraloría dice que no es verdad.

En Contraloría aún está el proceso... Los resultados de la persecución oficial contra el sector se acaban de ver: una caída de 1,7 en el producto interno bruto.

¿Y es que con el actual ministro de Agricultura también está peleando?

El actual simplemente está cumpliendo una orden que le dieron.

¿Una orden de quién?

De Santos, por cuenta de las Farc. Estamos calcando lo que pasó en Venezuela.

¿Qué sucedió en Venezuela?

Allá había un gremio ganadero muy fuerte, Fedenaga, al que Chávez le creó una competencia con otros dos: Confagán y Fegavén. Chávez no solo creía que había que montar una clase empresarial propia, lo que llaman hoy los ‘boliburgueses’, sino unos gremios que le respaldaran sus tropelías. Expropió 5,8 millones de hectáreas; y de una ganadería de más de 21 millones de cabezas bajó a 7 millones, creando una profunda crisis de oferta tanto de carne como de leche. Aquí están intentando hacer lo mismo.

¿Crearle gremios paralelos?

Claro. Pero, además, el ministro ha convocado en más de una oportunidad a mis comités ganaderos diciéndoles: o se va Lafaurie o les quito el fondo. Ha cumplido la palabra, pero la rebeldía del gremio ha sido superior a la capacidad de destrucción de la institucionalidad ganadera del ministro. En el reciente congreso asistieron más de 2.000 afiliados. Vamos a reconstruirla, porque los ministros pasan. Pero al sector sí lo han golpeado mucho por un acuerdo con las Farc.

Explíqueme eso…

Cuando el presidente Santos tomó la determinación, a través de un decreto, de dar un golpe contra la parafiscalidad ganadera, violando todas las normas legales, en el fondo estaba cumpliendo un mandato que se venía cocinando con las Farc. Entre más fuerte Fedegán, más difícil va a ser sacar adelante el primer punto de la agenda. Una cosa es el paramilitarismo, que despojó, pero otra cosa son miles de pequeños ganaderos que están siendo ahora despojados por el Estado con una ley que no respeta ni siquiera la confianza legítima que el Estado debe de propiciarles a sus ciudadanos.

¿Pero por qué el punto uno es especialmente traumático para los ganaderos?

Muy sencillo: Colombia tiene 116 millones de hectáreas, de las cuales en bosques y zonas selváticas hay sesenta y pico. La frontera agropecuaria es de 40 millones de hectáreas. 5 o 6 millones están dedicadas a la agricultura, pequeña, mediana o grande, y el resto, a la ganadería. La inmensa mayoría a una ganadería extensiva. De las 40 millones de hectáreas, ¿qué les dieron a las Farc? 3 millones de hectáreas del Fondo de Tierras más 7 de formalización, más 2’400.000 hectáreas que ya están comprometidas como zonas de reserva campesina, más 1 millón de hectáreas por vía Ley 1448, más las que se conseguirán con los instrumentos que con el nuevo acuerdo piensan crear para poder darles a las Farc contentillo con respecto a las modificaciones que introdujeron.

¿Cuánto suma eso, mal contando? Más de quince millones de hectáreas. Nótese, la frontera agrícola son 5 o 6 millones de hectáreas. Por supuesto, la frontera ganadera puede ser de 30 o 32 millones de hectáreas. ¿De dónde va a salir esa tierra? No la van a sacar de las selvas. Va a salir de ahí, y por supuesto va a poner en riesgo, contrario a lo que el Gobierno dice, la propiedad privada. Un Fedegán débil es muchísimo mejor para que no denunciemos los atropellos que se van a cometer.

¿Usted cree que los ganaderos van a ser despojados de sus tierras?

Tengo la plena seguridad. Porque la tierra no se estira, es un recurso finito, y quienes conocemos el problema rural sabemos que es así. Le voy a dar un dato: La Ley 135 del 61, a la fecha llevamos 55 años, contiene instrumentos legales como la expropiación. Durante 55 años, lo que el Estado logró expropiar y entregar solo fueron 1’474.000 hectáreas. Y este gobierno pretende, ahora en 12 años, expropiar o extinguir el dominio de 3 millones, y formalizar 7 más.

¿Cree que no va a poder cumplir?

La expropiación por vía administrativa implica recursos fiscales –y ya sabemos cómo están las finanzas públicas–; es decir, hasta con reforma tributaria, el Gobierno está en riesgo de incumplir la regla fiscal. Y si no se aprueba es peor porque no solamente no entran los 7,8 billones de pesos, sino que el país terminará, obviamente, perdiendo la calificación en los mercados internacionales.

Y Claro, si el tema fiscal está muy comprometido, el Gobierno no va a poder cumplirles a las Farc. No tendrá los recursos para las expropiaciones administrativas y las indemnizaciones de 3 millones de hectáreas. ¿Cuál va a ser el instrumento que va a tener el Gobierno, presionado por las Farc? La extinción administrativa de dominio por afectación ambiental o por incumplimiento de la función social.

Ese es uno de los problemas que tiene la actividad ganadera, que no explota la tierra con la misma intensidad que la agricultura…

A los ganaderos no les interesa explotar la tierra, es un activo productivo; usted usa la tierra en lo que más le dé. La razón por la cual la frontera agrícola es tan reducida es porque los instrumentos de política nunca han estado en la dirección de tener un país próspero en el sector rural, como lo ha hecho Brasil.

La única ventaja comparativa que tiene Colombia es ser trópico, y podríamos ser un gran productor de bienes agroalimentarios. Pero las políticas públicas nunca han estado alineadas con el sector rural, y por consiguiente la capacidad de respuesta ha sido menor. Y cuando ha habido recursos, que este gobierno ha tenido como ningún otro gobierno, plata, este ministro de Agricultura, a dedo –y le doy el dato exacto: desde el 1.° de enero del 2015 hasta el 4 de mayo de este año, sin que haya mediado un concurso de méritos, sin una licitación pública, sin ningún proceso medianamente transparente–, ha adjudicado 3 billones 142 mil millones de pesos, es decir, más de mil millones de dólares. Mi pregunta es, ¿dónde está el impacto en el campo?

¿Y con el TLC, los ganaderos no están exportando?

No. Hoy un novillo gordo en los Estados Unidos se vende a US$ 3,17 kilo. En Colombia, ese mismo kilo novillo gordo está a US$ 1,27. ¿Entonces, por qué no estamos exportando a los Estados Unidos? Porque el ICA no cumple, porque el Estado no se ha movido.

¿Hoy cuánto exporta?

No más de 8 a 10 millones de dólares, algo absolutamente insignificante. Si el país abrió mercados fue para conquistarlos, pero no hay las condiciones. Vamos al modelo minifundista de las Farc. Uno no puede como Estado decirles a los actores económicos, ‘caminen que esta es la política pública’, y pocos años después cambiárselas.

Fíjese que ahora le incorporaron al acuerdo la coexistencia del pequeño campesino con la agricultura empresarial, pero cuando yo le hago las cuentas de los millones de hectáreas, usted termina preguntándose ¿dónde se va a hacer esa agricultura o esa ganadería competitiva para entrar a los mercados?

Conclusión: ¿qué papel jugará Fedegán dentro del nuevo acuerdo de paz con las Farc?

Fedegán seguirá siendo la atalaya, el muro de contención de las pretensiones de las Farc de tener control territorial, que necesitan para mantener su negocio ilícito de narcotráfico y minería ilegal, para mantener control social y para acceder al poder. El campo les proporciona unos votos, pero sobre todo les proporciona mucha plata. Las Farc, con los instrumentos que les da el acuerdo para fundar un partido político, y con su fortuna ilegal, va a tener un control territorial con el cual accederá mucho más rápido al poder de lo que la clase dirigente cree.

¿En toda esta explicación no hay ni un espacio para decir, hombre, si las Farc se desarman y se desmovilizan, nos conviene a los ganaderos?

Claro, en la medida en que realmente haya un Estado que ponga las cosas en su orden. Pero no cuando hay una claudicación permanente.

Una última pregunta, saliéndonos del tema. ¿A usted, cuando su esposa, María Fernanda Cabal, enciende a la opinión con sus ya célebres ‘tweets’, le da pena? ¿O, por el contrario, se los celebra?

Treinta años de matrimonio son suficientes para entender lo que mi mujer piensa y siente. Ella es una clase de político que a mí me gusta, que son los no políticamente correctos. Ojalá hubiera más como ella, que se atreven a decir lo que piensan. Mi mujer lo está haciendo bien. Yo no me meto. Es más, puedo no estar de acuerdo con cosas que ella dice, pero en lo sustantivo creo que lo hace por convicción. Eso se acabó. Hoy la gente simplemente se acomoda al poder. En la medida en que no se rescate de los intereses no confesables, la política colombiana seguirá siendo una porquería.

Lo dijo todo…

MARÍA ISABEL RUEDA

Especial para EL TIEMPO
 05 de Diciembre de 2016

         


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La dictadura mediática

La dictadura mediática en la era de la post-verdad
 Ignacio Ramonet * 
          

La muerte de Fidel Castro ha dado lugar –en algunos grandes medios occidentales– a la difusión de cantidad de infamias contra el Comandante cubano. Eso me ha dolido. Sabido es que lo conocí bien. Y he decidido por tanto aportar mi testimonio personal. Un intelectual coherente debe denunciar las injusticias. Empezando por las de su propio país.

Cuando la uniformidad mediática aplasta toda diversidad, censura cualquier expresión divergente y sanciona a los autores disidentes es natural, efectivamente, que hablemos de ‘represión’. ¿Cómo calificar de otro modo un sistema que amordaza la libertad de expresión y reprime las voces diferentes? Un sistema que no acepta la contradicción por muy argumentada que sea. Un sistema que establece una ‘verdad oficial’ y no tolera la transgresión. Semejante sistema tiene un nombre, se llama: ‘tiranía’ o ‘dictadura’. No hay discusión. Como muchos otros, yo viví en carne propia los azotes de ese sistema... en España y en Francia. Es lo que quiero contar.

La represión contra mi persona empezó en 2006, cuando publiqué en España mi libro «Fidel Castro. Biografía a dos voces» o «Cien horas con Fidel» (Edit. Debate, Barcelona), fruto de cinco años de documentación y de trabajo, y de centenares de horas de conversaciones con el líder de la revolución cubana. Inmediatamente fui atacado. Y comenzó la represión. Por ejemplo, el diario «El País» (Madrid), en el que hasta entonces yo escribía regularmente en sus páginas de opinión, me sancionó. Cesó de publicarme. Sin ofrecerme explicación alguna. Y no sólo eso, sino que –en la mejor tradición estalinista– mi nombre desapareció de sus páginas. Borrado. No se volvió a reseñar un libro mío, ni se hizo nunca más mención alguna de actividad intelectual mía. Nada. Suprimido. Censurado. Un historiador del futuro que buscase mi nombre en las columnas del diario «El País» deduciría que fallecí hace una década...

Lo mismo en «La Voz de Galicia», diario en el que yo escribía también, desde hacía años, una columna semanal titulada «Res Publica». A raíz de la edición de mi libro sobre Fidel Castro, y sin tampoco la mínima excusa, me reprimieron. Dejaron de publicar mis crónicas. De la noche a la mañana: censura total. Al igual que en «El País», ninguneo absoluto. Tratamiento de apestado. Jamás, a partir de entonces, la mínima alusión a cualquier actividad mía.

Como en toda dictadura ideológica, la mejor manera de ejecutar a un intelectual consiste en hacerle ‘desaparecer’ del espacio mediático para ‘matarlo’ simbólicamente. Hitler lo hizo. Stalin lo hizo. Franco lo hizo. Los diarios «El País» y «La Voz de Galicia» lo hicieron conmigo.

En Francia me ocurrió otro tanto. En cuanto las editoriales Fayard y Galilée editaron mi libro «Fidel Castro. Biographie à deux voix» en 2007, la represión se abatió de inmediato contra mí.

En la radio pública «France Culture», yo animaba un programa semanal, los sábados por la mañana, consagrado a la política internacional. Al publicarse mi libro sobre Fidel Castro y al comenzar los medios dominantes a atacarme violentamente, la directora de la emisora me convocó en su despacho y, sin demasiados rodeos, me dijo: «Es imposible que usted, amigo de un tirano, siga expresándose en nuestras ondas». Traté de argumentar. No hubo manera. Las puertas de los estudios se cerraron por siempre para mí. Ahí también se me amordazó. Se silenció una voz que desentonaba en el coro del unanimismo anticubano.

En la Universidad París-VII, yo llevaba 35 años enseñando la teoría de la comunicación audiovisual. Cuando empezó a difundirse mi libro y la campaña mediática contra mí, un colega me advirtió: «¡Ojo! Algunos responsables andan diciendo que no se puede tolerar que ‘el amigo de un dictador’ dé clases en nuestra facultad...» Pronto empezaron a circular por los pasillos octavillas anónimas contra Fidel Castro y reclamando mi expulsión de la universidad. Al poco tiempo, se me informó oficialmente que mi contrato no sería renovado... En nombre de la libertad de expresión se me negó el derecho de expresión.

Yo dirigía en aquel momento, en París, el mensual «Le Monde diplomatique», perteneciente al mismo grupo editorial del conocido diario «Le Monde». Y, por razones históricas, yo pertenecía a la ‘Sociedad de Redactores’ de ese diario aunque ya no escribía en sus columnas. Esta Sociedad era entonces muy importante en el organigrama de la empresa por su condición de accionista principal, porque en su seno se elegía al director del diario y porque velaba por el respeto de la deontología profesional.

En virtud de esta responsabilidad precisamente, unos días después de la difusión de mi biografía de Fidel Castro en librerías, y después de que varios medios importantes (entre ellos el diario «Libération») empezaran a atacarme, el presidente de la Sociedad de Redactores me llamó para transmitirme la «extrema emoción» que, según él, reinaba en el seno de la Sociedad de Redactores por la publicación del libro. «¿Lo has leído?», le pregunté. «No, pero no importa -me contestó- es una cuestión de ética, de deontología. Un periodista del grupo ‘Le Monde’ no puede entrevistar a un dictador». Le cité de memoria una lista de una docena de auténticos autócratas de África y de otros continentes a los que el diario había concedido complacientemente la palabra durante décadas. «No es lo mismo -me dijo- Precisamente te llamo por eso: los miembros de la Sociedad de Redactores quieren que vengas y nos des una explicación». «¿Me queréis hacer un juicio? ¿Un ‘proceso de Moscú’? ¿Una «purga» por desviacionismo ideológico? Pues vais a tener que asumir vuestra función de inquisidores y de policías políticos, y llevarme a la fuerza ante vuestro tribunal.» No se atrevieron.

No me puedo quejar; no fui encarcelado, ni torturado, ni fusilado como les ocurrió a tantos periodistas e intelectuales bajo el nazismo, el estalinismo o el franquismo. Pero fui represaliado simbólicamente. Igual que en «El País» o en «La Voz», me «desaparecieron» de las columnas del diario «Le Monde». O sólo me citaban para lincharme.

Mi caso no es único. Conozco -en Francia, en España, en otros países europeos-, a muchos intelectuales y periodistas condenados al silencio, a la ‘invisibilidad’ y a la marginalidAbrirad por no pensar como el coro feroz de los medios dominantes, por rechazar el ‘dogmatismo anticastrista obligatorio’. Durante decenios, el propio Noam Chomsky, en Estados Unidos, país de la «caza de brujas», fue condenado al ostracismo por los grandes medios que le prohibieron el acceso a las columnas de los diarios más influyentes y a las antenas de las principales emisoras de radio y televisión.

Esto no ocurrió hace cincuenta años en una lejana dictadura polvorienta. Está pasando ahora, en nuestras ‘democracias mediáticas’. Yo lo sigo padeciendo en este momento. Por haber hecho simplemente mí trabajo de periodista, y haberle dado la palabra a Fidel Castro. ¿No se le da acaso, en un juicio, la palabra al acusado? ¿Por qué no se acepta la versión del dirigente cubano a quien los grandes medios dominantes juzgan y acusan en permanencia?

¿Acaso la tolerancia no es la base misma de la democracia? Voltaire definía la tolerancia de la manera siguiente: «No estoy en absoluto de acuerdo con lo que usted afirma, pero lucharía hasta la muerte para que tenga usted el derecho de expresarse». La dictadura mediática, en la era de la post-verdad, ignora este elemental principio.


*Director de “Le Monde diplomatique en español” – www.monde-diplomatique.es

Tomado de Rebelión.

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¿Liberar los animales? Un eslogan inmoral y absurdo



 Francis Wolff
 
Un articulo bien clarito de Francis Wolff sobre los derechos de los animales y sobre nuestros deberes para con ellos.

Publicado el 4 de julio de 2015 por philocolibri
Tomado de Jean Birnbaum (dir.)  Qui sont les animaux?, París: Folio essais, 2010. pp.180-193

FRANCIS WOLFF, Capítulo VIII: ¿Liberar los animales?  Un eslogan inmoral y absurdo

¿Liberar los animales?  ¿Quién podría estar contra un objetivo aparentemente tan generoso?  ¿Quién no se va a indignar viendo las condiciones de crianza, de trasporte y de sacrificio, inducidas por el productivismo contemporáneo?  ¿Quién no se ha conmovido viendo en la tele las condiciones de vida (si es que a eso se lo puede llamar vida) de los cerdos y de las terneras?  ¿Quién no se ha descompuesto al enterarse de cómo son lanzados los perros en las autopistas a comienzo de las vacaciones del verano?
Es claro que la protección animal hace parte hoy de nuestros deberes.

Sin embargo, cuando se habla de liberar los animales, no se quiere decir “mejorar sus condiciones de vida”.  Se quiere decir otra cosa; lo que se quiere decir es dejar de explotar.  Se da por entendido que los animales estarían subyugados por el hombre.  Esto implica que el proceso de domesticación por el que el hombre, al menos desde el neolítico, aprendió a domesticarlos, a criarlos, a mantenerlo, a cuidarlos, a amaestrar algunas especies, a crear nuevas, variedades, razas, de hecho no habría sido sino una gigantesca empresa de esclavitud.  Lo que quiere decir que, de la misma manera que hace 11.000 años puso en marcha su proceso de civilización al inventar la agricultura y la ganadería, domesticando para ello plantas y animales, habría en la actualidad que desprenderse de esa “barbarie”, liberando para ello a los animales a los que él ha avasallado ¡desde hace más de cien siglos!

Tomemos esta extraña idea en serio y veamos lo que implica.  Liberemos pues los animales.  Habría entonces que comenzar por liberar la especie más dependiente del hombre, la que sólo existe en estado doméstico.  Y no es el marrano o el perro, sino la mariposa de la morera <bovibix mori>, que los chinos inventaron para producir la sedað.  Dejemos de producir seda y no sigamos por tanto criando esta especie de mariposa.  Liberémosla ¡matémosla!
Liberemos, liberemos pues.  Abramos las conejeras, liberemos a los conejos y peor para Australia que estuvo a punto de perecer (ella y todo su ecosistema) bajo el peso de aquella invasión.  Liberemos los visones en la Dordoña, sin preocuparnos por la catástrofe ecológica que ello traerá, puesto que hay que darles a todos esos pobres animales la “Libertad” (seguro que ellos no pedían tanto). 
 Liberemos del hombre las ovejas (después de todo ¿si tenemos realmente necesidad de lana cuando hay tantas materias sintéticas?), pero también liberemos los lobos sin preocuparnos de las ovejas; y liberemos los osos sin ponerle cuidado a los campesinos de los Pirineos y a sus rebaños (pues si que les va a tocar a ellos ¡librarse también de los osos!).  Aprovechemos también para liberar a los gatos de su dependencia de nuestras casas, que vuelvan a cazar en los bosques  o en las cavas; y pensemos en liberar las ratas de los gatos a los que hemos liberado.  Y liberemos nuestros perros, cortémosles las traíllas, dejémoslos vagabundear, solos, sin dueños, puesto que el amo es, por definición, el que lo domina, lo sujeta, lo explota.  Y como consecuencia tendremos que no volveremos evidentemente a consumir carne, ni de pescado ni de crustáceos. Seremos entonces ovolactovegetarianos.  Pero tampoco tendremos la tierra prometida por la Biblia, aquella “por donde corren ríos de leche y miel”, puesto que estas provienen de la explotación de los animales.  Seremos vegetarianos del todo.  Pero tampoco tendremos suéteres de lana, ni zapatos de cuero, ni plumas de avestruz; no usaremos ninguna materia que provenga de nuestros hermanos animales.  Seremos pues veganos.  (Y entre paréntesis: si toda crianza es una forma de servidumbre, ¿cómo vamos a hacer para liberar a los pulgones que crían las hormigasð§§?  ¿Tendremos que esperar la formación de un hipotético “Frente de liberación” de los pulgones?  ¿O más bien podremos contar con una toma de consciencia por parte de las hormigas de su poder extorsivo?  ¿O también en este caso no contaremos sino con nosotros mismos, nosotros la vanguardia liberadora de los animales, y forzar a los pulgones, las mariposas, las abejas, los gatos, los perros, las ovejas, los pollos, las cotorras, los salmones, las ostras, los peces rojos, a que se liberen, a que por fin sean libres?).  ¿Hasta dónde nos llevará esta locura “liberacionaria”?  Hasta el punto que, tomando conciencia de que la mayor parte de esas variedades, razas y especies sólo deben su sobrevivencia a su relación con el hombre, y que una vez “liberadas” no podrían retornar a retozar en estado salvaje sin estar condenadas inmediatamente a muerte, tomaremos la única medida liberatoria eficaz y nos decidiremos a castrar y a esterilizar a todos los animales domésticos de la tierra con el fin de asegurarnos de que ya no habrá nunca animales víctimas de los hombres.  Es lo que preconiza el pensador estadounidense Gary Francione, que se atreve a empujar la lógica de la “liberación animal” hasta dicho extremo§¨ð.  ¿Pero será absurdo?  No, en efecto es insensato.  Pero es sin embargo absolutamente coherente.  Es incluso el único tipo de medida que deriva racionalmente del principio mismo de la “liberación animal”, eslogan tan ingenuo como irresponsable.  Se ve que, si hay practicantes de la “liberación animal” que son terroristas asumidos (ver el Animal Liberation Front𧨩), hay también teóricos de la liberación animal que son verdaderos peligros públicos.
Por supuesto que es necesario recordar que al liberar así a los animales uno se priva de una buena parte de lo que ha constituido la humanidad del hombre, que se humanizó por la domesticación <el hombre fue el primer animal que se auto-domesticó>, la crianza, el amaestramiento, la doma de las otras especies, pero también evidentemente de una parte de lo que hace la animalidad de numerosas especies animales.  Pero qué importa esto, puesto que el Hombre es el enemigo número uno, el animal malo que dominó a todos los otros (tan gentiles ellos) y que debe, de acá en adelante ¡forzarlos a que se liberen de su propia servidumbre!
¿A qué se debe esta locura “liberacionaria”?  A numerosas causas, pero también es un síntoma.

Hay primero factores sociológicos, entre los cuales hay que distinguir realidades e idealidades.  El factor real es aquel del que hemos partido: la modernidad ha entrañado una indiscutible degradación de las condiciones de crianza de algunos animales destinados al consumo humano (especialmente cerdos, terneros y pollos), reduciéndolos al estado de mercancías.  La toma de consciencia de este fenómeno terminó por conmover con toda legitimidad a las poblaciones, que encajan por lo demás mal el precio que tendrían que pagar por un eventual retorno a una ganadería más extensiva, o más respetuosa de las condiciones de vida de las bestias.

Y en paralelo a estos cambios reales, existen las mutaciones en las representaciones.  El crecimiento de la urbanización ha hecho perder a los habitantes de esas mismas sociedades industriales, todo contacto con la naturaleza salvaje; esas poblaciones olvidaron la lucha ancestral de los hombres contra las especies dañinas (piénsese en los lobos diezmadores del ganado o en las ratas portadoras de la peste), e ignoran igualmente la que siguen manteniendo hombres en otras latitudes (pensemos en las langostas que arrasan las cosechas africanas, o incluso en los perros callejeros que infestan  cantidad de ciudades del tercer mundo).  Pero esas mismas condiciones urbanas han sido las encargadas de separar a los hombres de la vida de los animales como se daba en el entorno doméstico tradicional, cuando todos cohabitaban en torno de la casa y que se sacrificaba al marrano en los días de fiesta.  Hemos roto con los animales reales, ya sean salvajes o domésticos.  Y en lugar de estos se desarrolló de forma exponencial, en estas últimas décadas, un nuevo tipo de fauna, de donde nació una nueva relación con la animalidad; los animales de compañía a través de los cuales se ve todo el reino animal.  Por primera vez en la historia, los hombres ya sólo tienen que ver, desde mediados del siglo XX, con animales que ellos crían para que no hagan nada, simplemente para que estén ahí, echados en el canapé del salón y para intercambiar caricias y afectos con sus amos.  Los únicos animales que los urbanos de las sociedades occidentales conocen son: o sus bebecitos que hacen parte de su familia (en los centros de las ciudades, porque a veces en los arrabales, son molosos; pero bueno esta es otra historia), o los animales-víctimas criados en batería que ven por la televisión.  Todo eso está bien lejos de la realidad animal y de su inmensa variedad.  En el imaginario contemporáneo el animal no es ya lo que era en el imaginario clásico, la bestia aterradora o el animal de trabajo, sino que es la víctima o el fetiche.  Y el reino de la naturaleza ya no es, como en los modelos filosóficos antiguos, la ley de la jungla (la guerra de todos contra todos) sino un mito dysneylandizado y bio-aseptizado donde reina la armonía preestablecida entre animales uniformemente graciosos, un universo que sería eternamente pacífico y sereno sin la intervención del único predador… el Hombre.  Pero este es un mito completamente elaborado por la civilización industrial, el de una naturaleza apacible (paraíso perdido en el que los animales estaban libres), y en el que el Hombre con una gran H, representante del Mal, es el verdugo del Animal con A mayúscula, la inocente víctima; esto permite meter todos los animales en el mismo saco (siguiendo la habitual visión antropomorfista); el gato y el ratón, el lobo y el cordero, el perro y la pulga, todos libres (y sobre todo libres de comerse entre todos).  Este es el fantasma que alimenta los ideales revolucionarios de la “liberación animal”.

Pero esta ideología es ante todo un síntoma.  Síntoma sin duda del derrumbe del horizonte revolucionario mismo, en todo caso del desmoronamiento de las creencias que se tenían en la salvación común, signo del ascenso de una desconfianza con respecto a todo ideal de liberación política o social, de una pérdida de confianza en los proyectos colectivos de salir adelante; ya lo político sólo aparece como el juego moroso de las ambiciones personales o de las alternancias partidistas.  Ayer, todo era política.  Hoy ya nada es político, todo es ético.  Los conceptos políticos forjados para pensar hasta hace poco las ataduras de los hombres se han desviado; se habla de “liberación animal”, como anteriormente se hablaba de liberación de ciertos pueblos o de algunas clases, en momento en que todavía hay tantos hombres esclavizados en el mundo, y ¡ellos sí realmente!  Se habla de explotación de los animales, en el sentido en que se hablaba ayer de explotación del hombre por el hombre (que sin embargo no ha dejado de existir ni ha disminuido su explotación).  Se califica incluso algunas formas de sacrificio de “genocidio animal”; la expresión estremece, como si no fuera un medio de banalizar el horror de los crímenes contra la humanidad.  (Al querer sensibilizarnos por la suerte de algunos animales, corremos el riesgo de insensibilizarnos a los más grandes dramas de la historia, si todo es igual y si las palabras pierden su sentido).  No, decididamente esos conceptos políticos no son los buenos instrumentos para pensar nuestros deberes con respecto a los animales  que hemos colocado bajo nuestra custodia.

Pero esta nueva ortodoxia “animalista” es también el síntoma de otra ideología.  La idea que se impone es que la moral no reposa sobre leyes universales, ni sobre reglas comunes o sobre contratos (implícitos o no), ni sobre la reciprocidad o sobre el reconocimiento del otro como persona, ni sobre deberes colectivos que hay que respetar, o sobre virtudes por transmitir, sino sobre el solo valor intrínseco e individual que se le debe conceder a todos los seres que podrían ser las víctimas de nuestra conducta malévola (niñitos, viejos seniles, disminuidos mentales, animales).  A esta moral centrada sobre la solo idea de víctima, corresponde el ascenso irreprimible de la noción de “derechos subjetivos”; ya no se habla de virtudes educativas o de deberes de los padres, sino de los derechos del niño; ya no se habla de igualdad o de justicia, sino de los derechos de la mujer; y por supuesto, y en fila con tales derechos, ahora los derechos del animal.  Esta noción también importada indebidamente del dominio político, reposa sobre una reinterpretación moralista de la idea de derechos del hombre.  Los derechos del hombre afirmaban la necesidad de reconocer un territorio de independencia de los sujetos con respecto a la omnipotencia de los Estados.  Ellos suponían correlativamente la afirmación de la igualdad fundamental de todos los hombres, y proclamaban por consiguiente que todas las formas de discriminación, racial, religiosa, sexual, etc. debían ser combatidas.  Pero, ahora que la discriminación racial se ha quedado sin fundamento puesto que las razas no existen, tampoco tiene sentido hablar de discriminación entre especies; ¿vamos a decir que los lobos discriminan a las ovejas cuando se las comen?; esto no tiene sentido.  Y mientras que existe un sentido cuando se pretende fundar la igualdad de derechos entre los hombres sobre su común naturaleza, ¿sobre cual identidad de naturaleza fundar la igualdad de derechos entre animales?  ¿Sobre el hecho de que son vivientes y que todo viviente tendría a priori un “derecho a la vida”?  Pero si hay un carácter común a los animales, es que son vivientes “heterótrofos”, es decir que se alimentan de sustancias orgánicas, de vegetales y de animales.  Proclamar que todos tienen un derecho a la vida es pues una absurdidad, puesto que por definición un animal sólo puede vivir en detrimento del viviente.  Yo puedo hacer bonito absteniéndome de comer especies vivientes, pero eso no impedirá nunca a todas las otras especies vivientes que lo hagan, bajo pena de su propia muerte.  De forma más general, la noción de derechos de los animales es contradictoria: si se le concede al lobo el derecho de vivir, se le retira ese derecho a la oveja; y si se dice que la oveja tiene derechos, ¿qué se va a hacer con el derecho natural que tiene el lobo de alimentarse?  Proclamar la igualdad de los derechos de los animales es absurdo; si mi perro tiene derecho de vivir sin pulgas, la pulga no tiene derecho a cohabitar con mi perro.

Añadamos que la noción de derechos subjetivos supone una autoridad neutra encargada de hacerlos respetar; ahora bien, los únicos animales que pueden hacer respetar esos derechos son los animales humanos que son también, se dice, ¡los únicos que deben respetarlos!  Decididamente estamos en plena confusión.  Prueba que nunca tenemos por qué calcar las normas que deben guiar nuestras relaciones con los animales sobre conceptos, como ese de “liberación” o el de “derechos”, forjados para pensar las relaciones políticas de los hombres entre sí.

Un factor no menos importante que explica esta estrepitosa ola de ideología “animalista” es el cambio de paradigma científico y epistemológico del que somos testigos.  En el estudio del hombre, hemos pasado del paradigma de las ciencias humanas (que dominó el siglo XX) a un paradigma biológico, o más generalmente naturalista. 

Las ciencias humanas estaban fundamentadas en la idea de que el hombre tenía una especificidad que lo oponía al resto de la naturaleza; especificidad de objeto que permitía justificar el particularismo de los métodos y de los conceptos de dichas ciencias; por ejemplo, la historia humana estaba fundada sobre su oposición a la noción de evolución natural; el psicoanálisis sobre la especificidad del inconsciente y de lo simbólico propiamente humano; las ciencias sociales sobre la oposición instinto/institución; la antropología cultural sobre la oposición naturaleza/cultura; la lingüística sobre la oposición lenguaje humano/comunicación animal.  Por tanto, según el postulado epistemológico fundador de esas ciencias, el hombre estaba opuesto al resto de la naturaleza, en particular al animal.

El actual paradigma dominante es por el contrario naturalista, incluidos acá el estudio de los fenómenos humanos; es la conjunción de las teorías del evolucionismo darwiniano, de la biología molecular, de las neurociencias, de las ciencias cognitivistas, etc.  Tiende evidentemente a negar toda especificidad humana por razones simétricas a las precedentes.  Se trata de justificar métodos y conceptos también ellos naturalizados en el estudio de los seres naturales, de los que hacen parte los hombres al mismo título que los animales.  De esta manera, las oposiciones de antaño (hombre/animal; naturaleza/cultura) han sido sustituidas por una visión unitaria del mundo natural del que el hombre no es sino un elemento, un viviente adaptado a su medio, fruto de la selección natural, un animal como los otros.  Por esto algunos de aquí en adelante afirman que lo que hasta hace poco se proclamaba como lo propio del hombre (la vida política, la cultura, el lenguaje, el arte, lo simbólico, las reglas morales, etc.) puede ser ya atribuido igualmente al animal.

Esta es una visión falsa.  Pues es tan ingenuo pretender que “el lenguaje”, por ejemplo, no es lo propio del hombre, o que hay arte entre los animales, como es ingenuo pretender lo contrario.  Forzosamente hay un concepto de lenguaje que engloba todas las formas de comunicación animal, y hay impajaritablemente otro concepto de lenguaje que sólo incluye el lenguaje humano (su estructura sintáctica, su poder de creatividad infinita, etc.).  Y lo mismo ocurre para el arte, para la cultura, para la vida social, para la moral, para el pensamiento, etc.; todas estas cosas se las puede siempre “naturalizar” al mostrar la comunidad de todos los vivientes (y se gana acá con toda seguridad un plano de inteligibilidad), o se puede negar hacerlo buscando mostrar la especificidad de las culturas o de las sociedades humanas (y se gana aquí otro plano de inteligibilidad).

El problema comienza entonces cuando, apoyándose en un postulado fundador de las investigaciones naturalistas (la proposición “no hay especificidad humana”), se pretende tomarlo por una verdad absoluta y hacerlo jugar un rol normativo: “puesto que el hombre es un animal como los otros –se dice– debe conducirse, o no conducirse, de tal o cual manera con respecto a los otros animales”.  Es pues un sofisma bien conocido al que ceden la mayor parte de los ideólogos “animalistas.”

Pues la falla más profunda de estos razonamientos sobre la “liberación animal” viene del concepto mismo de “animal”, que no tiene para nada sentido en un contexto moral.  El concepto de animal no solamente es excesivamente extensivo (puesto que va del microbio al chimpacé) sino que es contradictorio.  En efecto, debe a la vez incluir al hombre, al que se proclama que es “científicamente” un animal como los otros, y excluir al hombre, del que se dice que es “moralmente” un animal opuesto a todos los otros, puesto que es el único animal que tiene un comportamiento reprensible con respecto a los otros.  Ahora bien, una de dos: o es el hombre un animal como los otros, y entonces no se ve por qué debería constreñir a su propia naturaleza animal y obligarse a cumplir reglas a las que no se obligan los otros animales.  O se reconoce que el hombre sólo debe abstenerse de algunas conductas con respecto a los otros animales.
Evidentemente que la buena hipótesis es la segunda.  Pero entonces habría que admitir el corte hombre/animal y conceder que es esto lo propio del hombre.  ¿Qué es en efecto lo propio del hombre, si se le quiere excluir todas las propiedades naturales (a este título es un animal) pero también todas las propiedades culturales (puesto que se pretende que ellas se encuentran ya en germen en algunas especies animales)?  Es la moral precisamente.  El hombre no es un animal como los otros porque él es el único animal moral, en el sentido fuerte del término, es decir: el único que puede regular sus conductas siguiendo normas y teniendo valores, el único que se puede plegar a sus deberes, es decir a no solamente desear, sino también a poder querer desear o no desear lo que desea.  Debe pues ante todo reconocer que tiene deberes para con cualquier otro hombre, que como él puede plegarse a deberes, y aceptar reglas de reciprocidad; pero también puede reconocer deberes (no recíprocos) con respecto a algunos animales que no tienen por naturaleza ningún derecho, como tampoco tienen deberes.

Entonces ¿qué vamos a concluir?  Es muy simple; simplemente vamos a tomar todos nuestras hilos sucesivos.
Es necesario ante todo dejar de lado todos los conceptos políticos que no hacen sino embrollar las pistas: liberación, explotación, derechos, etc.  Hay que admitir que los animales no tienen derechos, lo que no quiere decir que nosotros no tengamos deberes para con ellos.  En segundo lugar hay que cuidarse del razonamiento que pretende que el hombre es un animal como los otros; esto sería aceptar que él se conduce como una bestia o pretender que él no debe normar su conducta con respecto a los animales.  Es necesario por el contrario afirmar que hay un corte entre el hombre y el animal puesto que el hombre es un ser moral.  Es preciso en tercer lugar poner cuidado en no echar a todos los animales en el mismo costal.  Ese pseudo concepto de “animal” sólo conduce a callejones sin salida.  Por ejemplo, no podemos tener los mismos deberes con respecto a nuestros perros… y a sus pulgas; con respecto a nuestras ovejas… y a todos los otros mamíferos que pueblan las selvas, las montañas y los ríos del mundo.  No se puede formular una sola regla de conducta que podamos aplicar indistintamente a todos esos animales.  Y no se puede poner en el mismo plano el dolor (quizás considerable) del gobio pescado, que puede muy bien morir comido por un pez más grande que él, por ejemplo por un orgulloso pescador de domingo, y el del perro al que se golpea a muerte por parte de su dueño que le debía protección y afecto.  Lo que conviene hacer es partir de lo que son nuestras relaciones con algunos animales para determinar así los deberes diferenciados y jerarquizados  que podemos tener con ciertas especies, o con respecto a algunos individuos, aquellos con los que hemos anudado relaciones de afecto recíproco o relaciones de dependencia mutua.
Para ir rápido digamos lo siguiente.  Hay en principio una división moral tripartita de los animales.  Están los animales de compañía a los que nos atan relaciones afectivas individualizadas.  Nos dan su afecto a cambio del nuestro.  Es pues inmoral traicionarlos, por ejemplo, desembarazándose de su perro y lanzándolo a la carretera y privándolo así de su relación con su amo.  Dicho de otra manera: ¡es inmoral querer liberarlo!  Están después los animales domésticos, que hemos criado por su carne, su leche, su lana o su trabajo, y a los que nos ata una suerte de contrato de intercambio y de relaciones individualizables.  Nos dan sus productos a cambio de su pastura y de nuestra protección.  Puede ser moral el sacrificarlos puesto que sólo viven con frecuencia para esto.  Pero es inmoral privarlos de condiciones decentes de vida o de sacrificio.  Y es igualmente inmoral quererlos liberar; ellos dependen de nosotros como nosotros dependemos de ellos.  Y están finalmente los animales salvajes a los que no nos ata ninguna relación individualizable, ni afectiva ni vital, sino solamente una relación con su especie.  Es pues moral, en el respeto de los ecosistemas, y eventualmente de la biodiversidad, luchar contra las especies dañinas o proteger algunas especies amenazadas.  Y es ciertamente inmoral hacer sufrir por placer a un animal salvaje; pero la pesca y la caza no son más inmorales practicadas por el hombre como lo hacen los otros animales entre ellos, desde que el hombre se restrinja al respeto de los equilibrios ecológicos entre especies naturales.  Sería evidentemente absurdo querer liberar a los animales salvajes.  No porque ellos sean ya “libres” (lo que sin duda tampoco tiene ningún sentido en la naturaleza), sino porque ellos están sujetos de todas maneras a las leyes de la naturaleza y a los comportamientos de todos sus depredadores distintos al hombre.

Ciertamente, esta división tripartita es muy reductora y se la podría matizar hasta el infinito.  Sigue siendo cierto que no tenemos los mismos deberes de asistencia con respecto a los animales salvajes que con respecto a los que viven bajo nuestro cuidado.  Y sobre todo es verdad que no tenemos ningún deber de “liberación” con respecto ni a los unos ni a los otros.  Es pues tan absurdo como inmoral querer liberar a los animales cualquiera sean ellos.

FRANCIS WOLFF

tr. Luis Alfonso Paláu C., Medellín, noviembre 23 de 2016.

  * http://historiaybiografias.com/seda/ Paláu >
** http://www.bayergarden.es/Cuida-de-tus-plantas/Plagas-del-Jardin/Pulgones-y-Hormigas 
*** https://es.wikipedia.org/wiki/Frente_de_Liberaci%C3%B3n_Animal#Reivindicaci.C3.B3n_de_las_acciones_directas



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Una nueva moral

François Dagognet

"Las ideas generales son demasiado nebulosas
como para que se encuentre siempre el medio de verificarlas.
Las ideas generales son razones de inmovilidad.
Por esto pasan por fundamentales."


(Gaston Bachelard. La actividad racionalista de la física contemporánea.
[París: Presses universitaires de France, 1951, p.12] Buenos Aires: Siglo XX, 1975. p. 20).



INTRODUCCION

A causa de nuestra entrada en un nuevo campo de la filosofía —por lo demás nuevo solo en apariencia— vamos a desagradar.
 

Por dos razones al menos: según la primera se nos reprochará correr 
así detrás de muchas liebres, de emprender un examen en un territorio diferente del que hasta entonces habíamos frecuentado, por no decir cultivado; un filósofo debe siempre ahondar en lo que él piensa haber obtenido, meditarlo aun, en lugar de circular, de moverse en todos los sentidos y probablemente de errar. O además, el filósofo debe seguir un camino y no marchar a través de la planicie.
 

Hemos respondido ya a esta sempiterna observación. Dejaremos de lado lo que podría haber de personal tanto en la objeción como en la réplica; nos limitaremos pues a preguntar si ha existido un solo filósofo (Descartes, Kant, Bergson) que no haya tenido en cuenta la totalidad del "mundo filosófico" que creemos no-segmentable; y en efecto, no se encontrará ninguno. Evitemos por consiguiente confinar a cualquiera en un perímetro restringido. No vemos al filósofo a la manera de un minero que debe barrenar el suelo, sino más bien como un viajero que se preocupa por el conjunto del paisaje. Por lo demás es probable que haya más que ver en la superficie que en "las entrañas de la tierra". Aprendamos a no fijarnos y sepamos visitar todos los lugares del espacio de la reflexión 1.

La segunda razón que se tiene para rechazar nuestra excursión por la moral, nos parece más sólida porque, como insistiremos en este punto sin descanso, no solamente entramos en la moral sino que la consideramos también como una ciencia cardinal, la reina de las ciencias.


De ello resulta, de paso, que no hemos cambiado de registro y que permanecemos en el mismo, lo que debería atenuar el alcance de la objeción precedente.


Esta definición —la moral vista y tratada como una ciencia— ha suscitado siempre los sarcasmos más justificados; pero toda la cuestión está en saber lo que se pone bajo las palabras. Es claro que si se considera infeudar la moral en "lo que es" —una interpretación de estilo sociológico— se la suprime pura y simplemente. Y el sociólogo hace bien en decirnos que esta moral obedece a un "lo que es" que se esboza y que comienza a sustituir a lo antiguo; nosotros le recordaremos que el "deber-ser" le da la espalda muy frecuentemente a lo que es y que este deber-ser trata de salvar el conjunto de "lo que es" de su pobreza y de sus límites. Por lo demás, "lo que es" se encierra en el presente, cuando el "deber-ser" abre más bien el porvenir o al menos aspira a él.


Pero, ¿por qué y cómo la moral debe ser concebida como una ciencia, la ciencia suprema, y en qué es una ciencia? Ante todo, puesto que es necesario preconizar 


Otra crítica, menos interesante, viene a duplicar la que acabamos de examinar: ella ataca la poligrafía o la monomanía escritural a la que cederíamos. El filósofo no debe proyectarse excesivamente en la escritura.

¿Acaso este “exceso” no transforma la teoría en insistencia, en propaganda, incluso en consigna? ¿No debe ser rodeada la idea de silencio y de reserva?


En parte esto es verdad, a tal punto la página en blanco y virgen parece imponerse a la que ha sido manchada. A la minimalidad no le falta medios y atractivos, tanto más cuanto que la abundancia no siempre está dominada. Si este fuera el momento, nos gustaría mostrar que “lo más” está en “lo menos”.


Sin embargo, ¡no pasemos de un extremo al otro! Psiquiátricamente hablando nos preocupa más la abstención, la agrafia, que oculta más sicopatología, más complicación y más perturbación, que el desbordamiento gráfico. Tememos más lo “poco” (o lo nada) que lo “demasiado”. ¿Por qué la censura, el laconismo o incluso la sequedad? ¿Por qué la aridez o la superioridad implícita del que “podría” pero se reserva, o del que se cuidad de la facilidad?


soluciones a los problemas más candentes y más embrollados (dada su saturación de afectos) de nuestro tiempo, ¿se guiará el moralista por sus deseos y sus gustos? Se condenaría al seguir tal camino. Esperamos que él justifique la línea que ha considerado como su deber mantener, que realice el balance (objetivo) de los beneficios o de los peligros de sus prescripciones, una contabilidad meticulosa. ¿No es este un trabajo racional y por tanto científico? Por lo demás nadie ha protestado contra un hecho ordinario pero significativo, el que la Academia mantenga una sección llamada "de las ciencias morales y políticas". No está en los hábitos de una tal Compañía el inflar su vocabulario; vayamos más lejos: ha estado bien inspirada reuniendo las dos disciplinas, la una (la moral) y la otra (la política) que no dejan de inter-penetrarse, e incluso fundirse en ciertos momentos.

Es verdad que en general la ciencia experimental parte de los hechos 

y se remonta hacia la idea que los aclara y los reagrupa. La moral se contenta con invertir este camino: comienza por defender o proponer una "idea" y trata de evaluarla a partir de sus presuntos efectos. A veces el proyecto ha sido incluso implementado aquí o allá y es posible observar sus consecuencias. Si nunca ha sido realizado, podemos "simular" la respuesta. ¿No es este un trabajo que es necesario calificar de "científico" pues la decisión encomiada no tiene que ver con lo arbitrario sino que se ordenaría más bien en las ciencias llamadas de programación?

Finalmente, esta moral que expondremos no dejará de apoyarse, no en fundamentos, sino en algunas bases que nos será posible legitimar. Por regla general, descartamos "los fundamentos" porque los juzgamos demasiado indeterminados y demasiado alejados de los campos de aplicación. Preferimos algunos sólidos principios de los cuales extraeremos las consecuencias. Aun aquí, ¿no es esto lógica? ¿No ganamos al no separar la teoría moral de la efectividad (la realización)?


Sobre todo, no abandonaremos los tres medios dentro de los cuales evolucionamos y que nos rodean: la familia, la fábrica productiva de riquezas, la nación. ¿Cómo organizarlos para que aseguren su papel? Y nos opondremos de comienzo a fin a todo lo que tenga que ver con el individualismo o con la separación, los factores de alguna manera anti-ontológicos, los que demuelen las comunidades que nos vivifican.


Estos son los problemas que nos esperan: ¿facilitaremos o no el aborto? ¿Es la organización capitalista la que da los mejores resultados (tanto materiales como humanos)? ¿Aceptaremos perder nuestra nación para integrarla a un conjunto más vasto (la Europa en vías de constitución)?


Siempre se nos preguntará sobre qué base nos apoyamos para zanjar (esta pregunta obsesiona al moralista pues ella le permite elevarse de condición en condición, hasta alcanzar un cielo inteligible, liberado de la contingencia o del peso de las urgencias). Beccaria, en el siglo XVIII, se refería "al mayor bienestar posible para el mayor número".


No estamos de acuerdo más que a medias, pues ¿en qué signo reconocer el bienestar, que nos recuerda la felicidad de los Antiguos, dado también él como un fin? Y luego, ¿el bienestar del uno coincide con el del otro? ¿Qué recubre esta palabra? Desconfiamos de estas referencias (el bien, el goce, el deber, la autoestima, etc.).


El sabio en el pasado sabía contentarse con poco; transformó en regla de oro esa carencia. Con él, el placer más sabroso y el más puro (lo deleitoso) se nos ofrece, no en la opulencia, el aflujo que nos carga, ni aun menos en lo complicado, que huele a facticio, sino en lo "casi nada", lo ligero y lo común, como en el ejemplo del vaso de agua que apaga la sed.
 

No estamos seguros del aspecto inocente y virtuoso de esta práctica renunciadora.

¡Qué los pobres se regocijen, a tal punto están preservados del mayor riesgo! Pero, ¿no es este un alegato, el de los afianzados y de los ricos en vías de embaucar a los desheredados y a los desposeídos?
 

No seguiremos las morales tradicionales, ni las de los más ilustres filósofos (Aristóteles, Malebranche, Kant, etc.) ni las de sus comentaristas o de sus afiliados (Le Senne, Nabert). ¿Es aceptable que uno de estos últimos busque convencernos de que "el coraje" es la virtud moral por excelencia, mientras que nunca ningún moralista ha sostenido lo contrario y privilegiado la flojera o la cobardía? En estas condiciones, el que se pierde en tal desarrollo entra en las facilidades de lo tautológico o al menos en las del discurso hueco; puede desplegarse sin encontrar obstáculo. Pero la moral no puede alojarse sino en lo concreto, más particularmente en el examen de lo institucional o de los cuadros que nos encierran y en los cuales estamos llamados a vivir. Mostraremos por otra parte, al final de nuestra exposición, que la moral comparte con la ciencia (y con razón puesto que la consideramos de la misma naturaleza que ella) la obligación primera de la realización: Gaston Bachelard no duda en definir la ciencia por su poder y su fuerza de aplicación que la garantiza (El Racionalismo aplicado).
 

La moral no puede atenerse a "opiniones" o a simples "sentencias" o "a maneras de vivir"; ella encara la verdad (lo justo), consistiendo todo su problema en dilucidarlo y definirlo. Y a esto nos dedicaremos en las páginas que siguen.
 

Pero el moralista experimenta dificultades para abandonar el círculo de la moral de la conciencia que nosotros discutimos; en efecto, le opondremos una moral francamente materializada. Kant debía fortificar la corriente "interiorista": uno de sus argumentos, sobre el cual volveremos, quiere que, si tengo la firme intención de realizar el acto moral (dar la limosna al miserable que la solicita), aunque no lo pueda (no poseo los medios que me permitan cumplir mi deseo), sin embargo he realizado el acto virtuoso. La sola intención ha salvado la moralidad que ella define. No seguiremos al filósofo: lo más que este hombre ha logrado (con la intención) es la mitad de la acción; le falta pues la otra mitad, la de la realización. Además de que siempre nos podremos interrogar por la cualidad y la autenticidad de una idea que no se aplica, ella no podrá ser suficiente por sí misma. Incluso preferimos el caso inverso: el que da generosamente aunque esté inspirado por un móvil poco noble, sucumbe a la piedad y sobre todo desearía recibir el óbolo si se encontrase en esta situación de carencia. Es a él mismo, en la ficción de su desgracia imaginada, al que consiente dar. Kant lo desaprueba: lo sitúa por fuera de la esfera de la moralidad, evoluciona en la empiria.

El kantismo ha interiorizado pues la moralidad; ella está en nosotros como lo verdadero o lo bello 2. La objetividad, o más bien la materialidad, sale roída de este asunto, 2 por no decir anulada. En el acto moral conviene sin duda considerar "la forma" que lo constituye y el "contenido" que lo hace original. Kant debía suprimir el uno (el contenido) para valorizar mejor la otra (la forma ligada a lo universal, incluso a la lógica, puesto que ella excluye la contradicción). Buscaba desembarazarse de lo particular, de lo contingente, de todo lo que se refiere a la sensibilidad (el pathos). Pero al conservar la una sin el otro solo podía deslizarse hacia una moral volatilizada.


Nos alejamos pues del "formalismo" kantiano y, en este punto, preferimos voltearnos hacia la recomendación de Nietzsche: él quiere confiarle sólo al médico el cuidado de la moral y de sus bases. En efecto, la vida del cuerpo domina esta disciplina.


Por lo demás es una ciencia que en general no se ha tomado suficientemente en cuenta, ni por la cultura ni siquiera por la biología, la higiene, la que asegura la transición entre las otras dos ciencias: la medicina y la moral; ella lucha contra el desorden (o el mal) exterior, el de afuera (la suciedad, la polución, lo "podrido", lo corrompido), cuando la medicina se dedica al mal interno (lo somático, la gangrena, lo tórpido) y mientras que la moral perseguirá e impedirá el mal social (la fractura, el enquistamiento); indiscutiblemente, las tres disciplinas pertenecen claramente al mismo grupo. Así mismo, la higiene mediadora asegura la correspondencia por medio de su sólo vocabulario: ella cruza lo físico y lo social (la contaminación, la suciedad, las manchas, el perjuicio, lo dañino, etc.).


¿Quién dudará que la familia toca a la medicina (la procreación, la filiación) así como el trabajo (por ciertos lados, moviliza las energías instintuales)? Finalmente, ¿no nos ofrece la nación un cuadro lingüístico y medioambiental que nos asegura y nos fija? Es por
esto que nos esforzaremos en evaluar "médicamente" los tres (higiénicamente).


A cada uno de estos tres medios culturales y humanos, le asignaremos un problema más particular: el testamento para la familia; la propiedad o el instrumento de producción con el trabajo y la vida económica; el Estado finalmente como lo que secunda o limita la nación. Estas tres cuestiones anexas vendrán a completar la gama de las tres comunidades


Tomado de: Una nueva moral: familia, trabajo, nación
Le Plessis-Robinson: Institut Synthélabo pour la connaissance, 1998
Traducido por Luis Alfonso Paláu C. Medellín, abril de 2006 – marzo de 2009

2. Uno de mis corresponsales particularmente informado (G. Escat) atrae mi atención sobre las dificultades que se encuentran en el kantismo no solamente en lo que concierne al bien (el deber) o lo bello, sino también con lo verdadero y la constitución de la experiencia.

En efecto, en la Crítica de la razón pura, Kant comienza a restituir a lo real todo lo que le había sido quitado. Lo empírico comienza a contar. Impone de ahora en adelante su consistencia, su solidez y su permanencia. El contenido ya no tiene que ver solamente con la representación, como si el idealismo se corrigiese. Anotaremos que esta suavización se opera o se confiesa en un “apéndice” (de arrepentimiento). “Si el cinabrio [un mineral de mercurio] fuera unas veces rojo, y otras negro, unas veces ligero y otras pesado; si un hombre tomara unas veces esta forma animal, y otras otra... mi imaginación empírica no encontraría la ocasión de llevar al pensamiento el pesado cinabrio con la representación del color rojo. Ninguna síntesis empírica de la imaginación podría tener lugar”. (Apéndice: Deducción de los conceptos puros del entendimiento, “Analítica Trascendental”, primera edición de 1781 de la Crítica de la Razón Pura de Kant. que vamos a examinar como moralistas (la familia, la empresa, la nación).


tr. Pedro Ribas. Madrid: Alfaguara, 1978. p. 132). De esta manera no construimos enteramente nuestra
“percepción”: lo real (el cinabrio) mismo se beneficia de un estatuto tal que participa en la operación y asegura su estabilidad, por no decir su posibilidad.

tr. Pedro Ribas. Madrid: Alfaguara, 1978. p. 132). De esta manera no construimos enteramente nuestra
“percepción”: lo real (el cinabrio) mismo se beneficia de un estatuto tal que participa en la operación y
asegura su estabilidad, por no decir su posibilidad.

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