Por Maria Luisa Restrepo Arango

Historiadora, Argentina

Colaboración Colombiakrítcia

“En la medida en que quienes tienen las herramientas para argumentar con inteligencia se refugian en la complejidad irrelevante, la cortesía tolerante o la incomunicación presuntuosa, el mundo de la razón crítica se debilita frente al ámbito de la propaganda o la manipulación emocional” 

Jorge Orlando Melo

En los último años, gracias al debate abierto en torno al proceso de paz en Colombia, se ha evidenciado una generalizada visión complotista de la historia y maniquea de la política; cimentada en construcciones ideológicas engañosas como el “castrochavismo”, sin sustento alguno a nivel histórico o teórico. Así mismo se han ondeado con fuerza y gran aceptación, discursos que niegan con vehemencia acontecimientos y procesos fundamentales del devenir nacional, como la Masacre de las bananeras, el despojo de tierras por parte de terratenientes o la existencia misma de un conflicto armado de más de cinco décadas. Esta realidad muestra, en mi opinión, la pobre formación de la ciudadanía colombiana para abordar críticamente la copiosa, y tantas veces falsa información, generada y difundida por grupos políticos y económicos a través de medios de comunicación a su servicio, con la clara intención de imponer sus intereses particulares, tan alejados como sabemos del bien común, la democracia y la justicia social.

En un país donde la educación es todavía privilegio de pocas personas y los índices de lectura están entre los más bajos de América Latina, no es de extrañar que la gran mayoría carezca de conocimientos básicos respecto a los fenómenos sociales, políticos y económicos que influyen en la realidad nacional e internacional. Buena parte de la población permanece aún aislada del debate público, en tanto no contradice o confronta, ni siquiera reconoce las falacias que se le presentan como objetivas realidades, aunque no tengan fundamento alguno o vayan incluso en contra de evidencias comprobadas; pero no solo eso, sino que además contribuyen a  difundir dicha información engañosa a través de las redes sociales, sin ningún tipo de filtro crítico.

Este panorama pone de relieve la precariedad de nuestra educación, claro. Evidencia, también, la pobre o nula formación política en Colombia, pero es, además, el resultado de un prolongado desinterés, por parte de la academia, de hacer accesibles a la ciudadanía los avances de las investigaciones sociales en el país. Como bien lo dice Jorge Orlando Melo: “Los trabajos se escriben con la esperanza de que sean admitidos para su publicación en una revista académica internacional, aunque sean ignorados y no tengan ningún impacto local: la carrera es lo que importa y no lo que contribuya al debate entre los colombianos”; para ajustar “se escriben cada vez más mal, en un estilo rebuscado, confuso e impreciso, que hace cada vez más difícil la comunicación”.

Esta realidad exige, sin duda, una reflexión autocrítica por parte de quienes nos hemos formado (o se están formando) en el campo de las ciencias sociales. Es necesario preguntarnos por nuestro papel en la formación de una ciudadanía crítica y activa, consciente de su responsabilidad en la construcción democrática desde la acción colectiva y desde la reflexión en torno a la complejidad de la realidad política, social y económica del país; una ciudadanía capaz de identificar las falacias ideológicas e intereses velados que se esconden bajo formas muy elaboradas (y eficaces) de violencia simbólica, al servicio de grupos político-económicos bien específicos. 

Sin duda las ciencias sociales aportan herramientas importantes para ayudarnos a entender críticamente nuestro pasado colectivo, así como el presente y los discursos que sobre este se configuran. También pueden contribuir a que más personas en Colombia encuentren en la palabra reflexiva y el diálogo argumentado, una manera de acceder a la existencia social y política, condición sine qua non para la construcción de una sociedad verdaderamente democrática, en la cual, como decía Estanislao Zuleta: “los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo”.

Poder alcanzar este loable sueño exige, en mi opinión, asumir responsabilidades, individuales y colectivas, en las dramáticas realidades que nos alejan hoy de el. Es urgente, pues, crear estrategias para  aportar, a la ciudadanía en general, conocimientos y herramientas teóricas propias de las ciencias sociales y humanas, que puedan ayudarles a analizar críticamente su realidad cotidiana, así como la información difundida por los medios de comunicación y por la propaganda ideológica engañosa. Debemos, además, difundir experiencias diversas de cambio social, llevadas a cabo en Colombia y en el mundo, para generar conciencia sobre el rol individual y colectivo en dichos procesos.

Por ello, es necesario dejar a un lado los prejuicios en torno a las redes sociales y nuevas tecnologías, tan generalizados en el mundo académico. Pues son precisamente estas herramientas las que nos permiten llegar fácilmente y sin grandes inversiones económicas ni logísticas, a las personas sin formación académica, en cualquier rincón del territorio colombiano. Teniendo como eje transversal la utilización de un lenguaje sencillo y accesible. Para ello debemos desechar también los prejuicios sobre disciplinas como la comunicación social, la publicidad y el diseño gráfico, las cuales, sin duda, tienen mucho que enseñarnos sobre estrategias para la transmisión de la información y del conocimiento. Solo a través de un verdadero trabajo interdisciplinario y mancomunado, alejado de las soberbias de títulos y áreas micro específicas de saber, podremos democratizar los aportes fundamentales de las ciencias sociales y humanas, y darles el lugar preponderante que deberían tener en nuestra sociedad.

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1 Response to " Ciencias sociales a la calle "

  1. Unknown Said,

    De acuerdo: debemos aprender a utilizar mejor las redes sociales y las nuevas tecnologías.No lo podemos negar, en general,los colombianos conocemos muy poco nuestra historia y, para acabar de ajustar, no es en los colegios donde ella se aprende y se debate. Recordemos toda la polémica que se dio cuando la iban a volver a incluir en el currículo. ¡Conocer la historia colombiana es casi que una tarea a nivel individual! Felicito a los integrantes de este blog por su trabajo permanente y a María Luisa por este artículo.

    Posted on 18 de agosto de 2020, 18:15

     

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