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El Cerebro y el Pensamiento *



Seguramente cada uno de nosotros se jacta de pensar, y a muchos les gustaría saber como ocurre que ellos piensen como piensan. Pero parece claro que la cuestión, manifiestamente ha dejado de ser tan sólo teórica. Pues creemos comprender que cada vez más los poderes están interesados en nuestro poder de pensar. Y por tanto, si buscamos saber cómo ocurre que pensemos como pensamos es con el fin de defendernos contra la incitación, taimada o declarada, a pesar como se querría que pensáramos. En efecto, numerosos son aquellos que interrogan sobre los manifiestos de algunos círculos políticos,
sobre algunos métodos de psicoterapia llamada del comportamiento, sobre los balances de ciertas sociedades de informática. Han creído discernir aquí la virtualidad de una extensión programada de técnicas que buscan, en último análisis, la normalización del pensamiento. Yocreo que para simplificar sin deformar es suficiente con citar un nombre: el de Leonid Plionchtch y una sigla: la de LB.M.

De la misma manera que los biólogos no han creído poder hablar del cerebro humano sin situarlo al final de una historia de los seres vivientes, así mismo me parece útil comenzar una exposición
sobre el cerebro y el pensamiento situando esta cuestión en la historia de la cultura. Si hoyes de notoriedad pública que el cerebro humano es el órgano del pensamiento, es necesario recordar sin embargo que uno de los más grandes filósofos de la Antigüedad, Aristóteles, enseño que la función del cerebro, antagonista de la del corazón, es la de enfriar el cuerpo del animal. Fue Hipócrates el.que enseño que el cerebro es la sede de las sensaciones, el órgano de los movimientos  y de los juicios; así lo muestra el tratado hipocrático, Sobre la enfermedad sagrada (la epilepsia). Esta doctrina, en parte retomada por Platón, especialmente en el Timeo, debe a Galeno el haberse impuesto en la cultura occidental. El aristotelismo militante de Galeno no le impidió buscar la confirmación de la tesis hipocrática practicando sobre el sistema nervioso y sobre el cerebro experimentos muy ingeniosos.
Al haber recibido desde sus orígenes y conservando a lo largo de los siglos, el papel de un asunto
que tiene que ver con la sede del alma, nuestro problema actual suscitó, a partir de la filosofía cartesiana, una filiación de teorías y una sucesión de polémicas de las cuales somos herederos. Una rápida reseña histórica es indispensable para localizar el lugar desde donde debe proceder nuestro examen. El siglo XIX es el lugar de combate del positivismo contra el espiritualismo: la teoría de las localizaciones cerebrales. Muy a menudo se comienza esa reseña con Descartes.

Se trata entonces de un perfecto contrasentido. Descartes enseñaba que el alma indivisible se une
al cuerpo por medio de un órgano único, y por así decir físicamente puntual, la glándula pineal (conarion de los antiguos, nuestra epífisis). No es asunto de buscar unir un pensamiento dividido con un órgano federal. Aquellos que más tarde no comprendieron que la función de la glándula pineal era una función metafisiológica criticaron a Descartes y buscaron en otra parte, en el cerebro, la sede del sensorium commune. La lista de ellos es larga, de Willis a la Peyronie. Todo incluida la invención de la guillotina, ha dado lugar a argumentos en favor de talo cual teoría por parte de médicos eminentes como Soemmering, quien era corresponsal de Kant. Cabanis (1795) -para quien el cerebro secreta el pensamiento como el hígado la bilis- tomó parte en la controversia y discutió el caso de Charlotte Corday decapitada.

En 1810 Gall publicó su Anatomie et physiologie du sistéme nerveux en général et du cerveau en particulier. Fue en ese momento cuando comenzó efectivamente la ciencia del cerebro, incluso aunque tendría luego que rebasar ese obstáculo inicial, la frenología hecha a la vez de ingenuidad y pretención. El punto fuerte de la doctrina de Gall es la exclusividad reconocida al encéfalo, y particularmente a los hemisferios cerebrales, como 11 sede" de todas las facultades intelectuales
y morales. El cerebro entendido como un 11sistema de sistemas" es presentado como el único soporte físico del cuadro de las facultades. La frenología es una eranioscopia fundamentada sobre la correspondencia entre el contenido y el continente, entre la configuración de los hemisferios y la forma del cráneo. Contra la ideología sensualista, contra lo que hoy se llamaría la adquisición de la experiencia bajo la presión del entorno Gall y sus discípulos sostienen el innatismo de las cualidades morales y de los poderes intelectuales.

Pero, a diferencia de los metafísicos espiritulistas, ellos fundamentan este innatismo sobre el substrato
anatómico de un órgano y no sobre la substancialidad ontológica de un alma. Visto de lejos, el interés de la controversia puede parecer puramente teórico, lo que de hecho no lo era. La protuberancia de las matemáticas! ha producido mucha risa, mientras que se parece estar menos dispuesto en estos  momentos a reír de los cromosomas de 11 superdotados" o de la herencia genética del cociente intelectual porque, incluso con uncociente intelectual medio, uno puede entrever las consecuencias
posibles de ello en el dominio de las condiciones sociales. Pero es necesario saber que ya Gall
y Spurzheim no habían dejado de hacer valer el alcance práctico de sus teorías en el orden de la pedagogía, del descubrimiento de las aptitudes (lo que hoy se llama orientación), de la medicina y de policía (prevención de la delincuencia). Una de las ilustraciones de daumier para el poema satírico de Antoine Francois Hippolyte Fabre, Némesis médicale (1840) representa a un frenólogo ante la tradicional colección de cráneos en yeso, en momentos en que palpa el cráneo de un muchacho al que su madre, una mujer del pueblo, ha llevado a consulta para un diagnóstico de aptitudes. Yen su Histoire de la phrénologie, Georges Lanteri-Laura ha revelado con qué rapidez la frenología, importada a los Estados Unidos por el propio Spurzheim y por un discípulo escocés de apellido de Combe, se convirtió en una frenología aplicada, un instrumento de orientación y de selección profesional,
e incluso de consulta matrimonial. Se ha podido decir que la frenología conoció entonces, en
los Estados Unidos, un éxito comparable, y por razones comparables, al éxito del psicoanálisis.
Pero sobre todo no se podría sobreestimar, pues es capital, la influencia de la frenología sobre la psicopatología.

Imposible comprender de otra manera que las primeras localizaciones cerebrales de funciones intelectuales hayan tenido que ver con las perturbaciones del habla y de la memoria de las palabras. En materia de afasia, Broca y Charcot confirmaron el descubrimiento de Bouillaud, discípulo de Gall, la localización de la función del lenguaje en los lóbulos anteriores del cerebro (1825-1848). En la segunda mitad del siglo XIX, la Exploración de las funciones del cerebro se apoderó de la corriente eléctrica, galvánica o farádica, como de un instrumento de análisis privilegiado; paralelamente,
la neurología experimental fue elevada por algunos al rango de filosofía.



de aquellos que fueron nuestros maestros, incluido Bergson, se han tomado a pecho refutar, bajo el ojo
reprobador de Théodule Ribot, especie de ejecutor testamentario de Taine. y fue Freud mismo, autor en
1888 de un artículo "Cerebro" para un diccionario médico, el que primero reconoció una deuda con respecto a Taine. Habiendo redactado, en 1895, su Esquema de una psicología científica, escribe a  Fliess (febrero de 1896): "El libro de Tanie Sobre la inteligencia me gusto muchísimo. Espero que de ello saldrá alguna cosa". Esto es quizás lo que autorizó a Ludwig Binswanger a escribir que son numerosas las concordancias entre el naturalismo psicológico de Taine y el de Freud. Y sin embargo, desde 1900, introduciendo en la Traumdeutung el concepto de aparato psíquico, Freud se interesaba ante todo en lo que llamaba la "tópica psíquica", sin renunciar a la topografía de las localizaciones. En 1915 podía escribir en el capítulo sobre "el inconsciente", de la Metapsicología: "Todas las tentativas para adivinar a partir de allí (las localizaciones cerebrales) una localización de los procesos  psíquicos, todos los esfuerzos por pensar las representaciones como almacenadas en la células nerviosas han fracasado absolutamente", Y añade que, que por el momento, la tópica psíquica (distinción de los sistemas les., Pcs., Cs.) "no tiene nada que ver con la anatomía". Para limitarme al dominio francés, recordaré dos títulos de obras de la misma época, expresamente concebidos sin referencia a conceptos filosóficos. Si en 1905 Alfred Binet da a un ensayo sobre la naturaleza de la sensación el título Eáme et le corps, en 1923, Henry Piéron, director del Instituto de Psicología publica Le cerveau et la Pensée. 

El cerebro y el pensamiento están tan estrechamente unidos e incluso confundidos en el pensamiento
-o en el cerebro- de los fisiólogos, de los médicos, de los psicólogos, que la atribución al cerebro
de toda responsabilidad de un drama dolorosamente vivido se le impone incluso a los poetas. Es así como un héroe de las letras, poeta y actor en dificultad con su yo, escribe a Jacques Riviere: "Lo único que pido es sentir mi cerebro... Soy un hombre que ha sufrido mucho del espíritu. Yo sólo espero que cambie mi cerebro y que en él se habrán los cajones supe- 

Para comenzar, desde 1836, un médico del Hospicio de Bicétre, Lelut, había escrito en una obra ¿ Qu'
est-ce que la phrénologie?: "Para ser completo sólo le faltaría a este sistema fisiológico-psicológico tratar sobre el modo de acción del cerebro en la producción de los hechos intelectuales y morales, es decir, explicar el mecanismo del pensamiento por medio de la hipótesis moderna de la electrización o de la electromagnetización de la masa encefálica" (p. 239). Medio siglo después, las investigaciones de Fermier, Fritsch, Hitzig, Flechsig inauguraban lo que Hecaen y Lanteri- Laura han llamado "la edad de oro de las localizaciones cerebrales" y permitían levantar la primera carta topográfica del cerebro. Y sin esperar mucho más tiempo, desde 1891, el psiquiatra suizo Gotlieb Burckhardt convertía los conocimientos topográficos en técnicas de psicocirugía y practicaba, por lo demás sin éxito real,  aquello que se llamó luego la lobotomía2. Se notará de nuevo la rapidez con la cual el conocimiento supuesto de las funciones del cerebro es invertido en técnicas de intervención como si la gestión teórica estuviese suscitada congénitamente por un interés de práctica. 

Paralelamente a las investigaciones de neurología cerebral, la psicología tendía a no ser más que la
sombra de la filosofía, animada por una filosofía irreligiosa, que extraía de esta psicología sus razones
de irreligiosidad. En Francia el Jefe era Hippolyte Taine. Desde 1854, en Les Philosophes francais au x/x siécie, opone las homilías espiritualistas de Paul Royer- Collard las investigaciones experimentales sobre el cerebro practicadas por Flourens, sin embargo poco sospechoso de materialismo. Y la obra de 1870, De l'intelligence, va a acreditar, a partir de una teoría de la sensación, la tesis llamada del paralelismo psicofisiológico que los filósofos universitarios franceses, los maestros 2. G. Burckhardt. U/Ja RilU!Cllcxcz:;ioIlCIl, al, Beitra; =111' "1'craliz'('11 Thcrnpic dcr 1',Yc!"J,;¡'11. Allgerneine Zeítschritg hu I'sychiatric. 19H1, N(1. 47. Sobre los comienzos de la psicocirugía cfr. el artículo de Al.un [aubert. L'c:« ision de Eapiare de la jol ic, en el No.4, 197.1-1976, de la revista Au Ir(,IIII'1I l' "Cuerir pour norrnaliser".  20 Nos. 5-6 AÑO MCMXCVII U. NACIONAL DE COLOMBIA BOGOTA,D.C. GEORGES CANGUILHEM EL CEREBRO Y EL PENSAMIENTO


riores". Se trata de Antonin Artaud. Fue en mayo de 1923 y en marzo de 1924. Ahora bien, fue en el
año universitario 1923-1924 cuando un profesor del College de France -alumno de Charcot corno Freud, médico de otro héroe de las letras y en dificultades también él con su yo, de nombre Raymond Roussel- Pierre Janet3, declara en una de sus lecciones: "Se ha exagerado relacionando la psicología con el estudio del cerebro. Desde hace cerca de cincuenta años se nos habla demasiado del cerebro: se dice que el pensamiento es una secreción del cerebro, lo que es una estupidez, o bien que el pensamiento está en relación con las funciones del cerebro. Llegará una época en la que uno se reirá de esto pues no es exacto. Lo que llamarnos el pensamiento, los fenómenos psicológicos, no es la función de ningún órgano particular: no es ni la función de la yema de los dedos corno tampoco la función de una parte del cerebro. El cerebro no es sino un conjunto de conmutadores, un conjunto de aparatos que cambian los músculos que son excitados. Lo que llamarnos idea, lo que llamarnos fenómenos de psicología, es una conducta de conjunto, todo el individuo tornado en su conjunto. Pensarnos con nuestras manos tanto corno con nuestro cerebro, pensarnos con nuestro estómago, pensarnos con todo: es necesario no separar lo uno de lo otro. La psicología es la ciencia del hombre entero, no es la ciencia del cerebro; éste es un error psicológico que ha hecho mucho mal durante mucho tiempo".

Este recuerdo de una psicología quizá injustamente abandonada actualmente'[ no responde a una
inquietud de erudición sino, por el contrario, a una preocupación de actualidad. Esta relación permite
abonarle a Janet una posición deliberada de no conformismo en materia de patogenia y de terapéutica
de las enfermedades llamadas mentales, posición tan contestataria corno puede llegar a serlo hoy la de
tal o cual adepto de la antipsiquiatría. Cuando se deja de creer en la primacía de lo cerebral se deviene escéptico en cuanto a la eficacia de un internamiento cuasi carcelario. Según Janet el concepto de alienación no es primordialmente psicológico, es ante todo" debido a la policía". Janet declara: "Un demente es un hombre que no sabría vivir en las calles de París", Sin duda no habría sido necesario forzarlo mucho para hacerle decir que son las calles de París las dementes.

Este hombre tranquilo que escribió en 1927, en La pensée iniérieur et ses troubles: "La palabra loco es pues una denominación de policía", quizás habría aprobado sonriente el consejo escrito sobre los  muros de su universidad por los estudiantes de Oxford: "Do not adjust your mind, there is a fault in reality". No tenéis que corregir vuestro espíritu puesto que es en la realidad donde algo cojea. En  resumen, un siglo después de Gall y Spurzheim se podía figurar corno psicólogo sin tornar sus argumentos en la neurofisiología. Pero es necesario volver, aún por un instante, a la frenología para comprender bien la apuesta filosófica ligada al problema "cerebro-pensamiento". Explicar por medio de la estructura y la configuración del cerebro las funciones intelectuales y sus efectos conlleva, desde el comienzo, una ambigüedad que su vulgarización ha hecho manifiesta en su bastedad. Una de las numerosas obras de vulgarización y de propaganda frenológica, Le Petit Docteur Gall, de Alexandre David contiene una página de comentarios sobre un retrato de Descartes tornado del Traité de  Physiognomonie de Lavater (1778), que es un dibujo a partir del retrato de Franz Hals. El frenólogo, discípulo de Spurzheim, encuentra en la cabeza de Descartes "todas las facultades perceptivas": individualidad, configuración, extensión, pesantez, colorido, localidad, cálculo, orden, eventualidad,
tiempo, tono, lenguaje. Se explica así que Descartes haya sido tan regular en la administración
de su interior, que haya aplicado el álgebra a la geometría y las matemáticas a la óptica. Se explica también, por la presencia cerebral de la "localidad" que él haya llevado una existencia nómade. Y se alaba a un cierto Sr. Imbert, sabio frenólogo, por haber notado que el cogito es un simple efecto de la "eventualidad", es decir de "la facultad que percibe las acciones que están en nosotros". El Cogiio de ninguna manera es un efecto de las "facultades intelectuales reflectivas", lo que justifica que Spurzheim haya dicho que Descartes no era tan gran pensador corno se creía.

En suma, antes de la frenología se creía que Descartes era pensador, autor responsable de su sistema
filosófico. Según la frenología, Descartes es el portador de un cerebro que piensa bajo el nombre de
René Descartes. Porque Descartes es su cerebro en el que "la eventualidad" está presente, él percibe en sí mismo el cogito. Porque Descartes es su cerebro donde la "localidad" está presente, él se desplaza corno un nómada, del Poitou hasta Suecia, pasando por París, por Ulm y por Amsterdam en donde anticipa a los hippies de hoy que allí gozan por 3. Pierre janet (Curso en el Colegio de Francia 1923-1924,citado por Marceljousse, Archivos de Filosofía,Vol.2, cuaderno 4; Estudes de psychologie
lingúistique).

4. Un estudio interesante de Pierre [anet se puede consultar en la tesis de Claude Prévost, LapsycJlO-l'hilosol'hie de P falle! (Payot, 1973). REVISTA COLOMBIANA DE PSICOLOGIA 21 DOCUMENTOS

atras razones distintas a las suyas. En resumen a partir de la imagen del cráneo de Descartes, el sabio
frenólogo concluye que todo Descartes, biografía y filosofía, está en su cerebro y que es bien claro que
hay que decir su cerebro, el cerebro de Descartes, puesto que el cerebro contiene la facultad de percibir las acciones que están en él. Pero finalmente ¿cuál él? y henos aquí en el corazón de la ambigüedad. ¿Quién o qué dice yo, no solamente al comienzo del Discurso del método sino sobre todo al comienzo de la Geometría" de 1637: "Yo nombraré la unidad ... Yono temeré introducir estos términos ..., etc. "?


A todo 10 largo del siglo XIX, el Yo pienso ha sido, en muchas ocasiones, rechazado y refutado en
provecho de un pensar sin sujeto personal responsable. Lichtenberg, en sus Philosophische  Bemerkungen dijo: "Es denkt sollte man sagen sowie man sagt es bliekt". Se debería decir: eso piensa como se dice eso brilla. El neurólogo Exner, citando esta expresión de Lichtenberg en una memoria, Uber allgemeine Denkfehler, 1889, escribe: "Las expresiones, yo pienso, yo siento, de ninguna manera son buenas formas de expresarse. Sería necesario decir: es pensado en mí (es denkt in mir), es sentido en mí (es fühlt in mir). El peso de los argumentos no depende de nuestra voluntad, se forma un juicio en nosotros (es denkt in uns)". Antes, claramente independientes el uno del otro, Rimbaud y Nietzsche han creído tener que excusarse por haber cedido a la ilusión de su yo pensante. En la famosa carta a Izambard, en 1871, en la que Rimbaud se define como un vidente, añade: "Es falso decir yo pienso. Se debería decir: se me piensa". Y en Más allá del bien y del mal, en 1886,Nietzsche escribe: "Es una alteración de los hechos el pretender que el sujeto yo sea la condición del atributo: yo pienso. Algo piensa, pero creer que ese algo es el antiguo y famoso yo es una pura suposición". (Aforismo 17).
Nietzsche ha retomado la misma idea muchas veces y de ellas se encontrará la lista en el libro de
Bernard Pautrat, Versions du soleil, en el capítulo: "Descomposición del cogito". Entre más amplio es el acuerdo en la denuncia de una ilusión, más indiscutible es la ilusión pero también más imperioso es
el deber de dar cuenta de ello. 'Wo Es war soll ich werden" ("Donde Ello fue, tengo yo que advenir"). Esta expresión de Freud, cuya interpretación divide las escuelas de psicoanálisis, puede ser desviada para nuestro uso. Y la última palabra de esta reseña histórica es la pregunta: ¿Cómo un Yopienso puede advenir a Eso que indica y describe, a partir del frenólogo, del fisiólogo de hoy, a Eso, un  cerebro? 

22 Nos. 5-6 AÑO MCMXCVII U. NACIONAL DE COLOMBIA BOGOTA, D.C. 
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¿Qué significa pensar? Aunque, según la mundanidad filosófica, la cuestión tenga una resonancia
heideggeriana, nosotros la tomamos por su. lado banal, trivial. Según la definición que se dé de pensar,
se admitirán pensantes de talo cual especie. El autor de los Pensamientos, el inventor de la "caña que piensa" escribió: "La máquina de aritmética produce efectos que se aproximan más al pensamiento que todo 10 que hacen los animales; pero ella no hace nada que permita decir que tiene la voluntad como los animales". Henos casi en el computador cuyos efectos se aproximan aún más al pensamiento de 10 que hacía la máquina de Pascal. La metáfora ahora repetida del cerebro computador se justifica en la medida en que se entienda por pensamiento operaciones de lógica, cálculo, razonamiento. Razón, ratio se deriva etimológicamente de reor, calcular. En cuanto a la voluntad de los animales, incluso si uno juzga que Pascal extendió abusivamente este concepto a todo tipo de conductas orientadas por la búsqueda de una satisfacción vital, se convendrá en que al menos existe un animal capaz de querer un efecto sin precedentes en su experiencia: es el hombre inventor de máquinas, como el propio Pascal. Si la máquina aritmética es el efecto del cálculo de un cerebro del cual ella misma es una aproximación, al menos se debe admitir que los cincuenta modelos de esta máquina tenazmente
construidos antes de la definición son el índice de una voluntad de construir conscientemente motivada,
Pascal piensa que no existe aproximación mecánica a este tipo de motivación. Si no es posible concebir una máquina motivada por el proyecto de construir una máquina, si no existe computador en
el origen absoluto del computador, ¿qué le impediría al filósofo plantearse, a propósito del cerebro, otras preguntas distintas de las de los fisiólogos? Y esto no quiere decir de ninguna manera que se cuestione el saber del fisiólogo en su terreno. La estructura y las relaciones que entre sí tienen las neuronas del cerebro son la condición de su ejercicio. Los progresos y la rectificación del saber de los fisiólogos son asunto de los fisiólogos. El fisiólogo es el amo en 10 suyo. Pero el fisiólogo es indiscreto por todas partes. El computador es el efecto de una tentativa por imitar, gracias a la electrónica del siglo XX, las propiedades ya reconocidas al cerebro por la neurofisiología
del siglo XIX:recepción de estímulos, transmisión y entrada en agujas de signos, elaboración
de respuestas, registro de operaciones. La descripción de este esquema funcional en el lenguaje actual de la informática no 10 altera fundamentalmente. Se puede, según se quiera, hablar del computador como un cerebro O del cerebro corno un computador. En su libro Mémoire pour Laven ir Francois Dagognet puede escribir: "El verdadero cimbronazo fue cuando el hombre llegó a exteriorizar los procesos cerebrales gracias a los cuales calcula, habla y piensa" (p. 8) e inversamente (p.199) que: "El propio cerebro ... sale redefinido al ser relevado por la memoria material". Es éste un caso particular de estrategia teórica característica de la ciencia actual: a partir de observaciones y de experimentos realizados en un cierto dominio de realidad se construye un modelo; y a partir de este modelo se continúa afinando el conocimiento, corno si se tuviera que ver con la realidad misma.

El fisiólogo admite claramente que el cerebro sea una parte del organismo, es decir -según la definición de Nageotte- de un mecanismo "cuya edificación está comprendida en su funcionamiento". Plantearnos la siguiente pregunta: Esta propiedad paradójica si se tiene en cuenta los mecanismos artificialmente producidos por el hombre, ¿está o no prolongada por la otra propiedad paradójica que los fisiólogos confieren al cerebro, ser el órgano cuya representación de su funcionamiento estaría comprendida en el funcionamiento mismo? para los redactores de la revista Pour la ecience' que presentaron el número sobre cerebro, ese" gran computador de nuestra vida" ha descubierto "sus maravillosas propiedades reflexionando sobre su propia naturaleza" Pero sólo se trata de periodistas. David Hubel, neurofisiólogo reputado, rechaza el argumento "materío-espírítualista" (es decir dualista) según el cual el computador cerebral es incapaz de comprenderse a sí mismo. Hubel
está de acuerdo por lo demás en que el cerebro humano (1012 neuronas; 1014 sinapsis es decir cien
billones) es diferente del computador cuyos componentes, incluso en el futuro, no podrían alcanzar tal
número. Pero además el cerebro no funciona según un programa secuencial lineal. En la misma revista
Francis Crick muestra también en que es engañosa la analogía entre el cerebro y computador. Constata
con pesar que el fisiólogo no haya llegado aún a describir la percepción consciente que permita aclarar la experiencia "tan directa" que de ella tenernos. "Se sospecha mucho que ese fenómeno sea el resultado de una retroacción de las vías de cálculo sobre sí mismas pero no se sabe exactamente cómo
se produce". Corno si una acción de retorno pudiera ser considerada corno trascendente con respecto
a una acción directa. El es sin embargo de los fisiólogos que no confunden las limitaciones y los límites de su ciencia y que, dedicándose a hacer retroceder las limitaciones se muestran prudentes en cuanto a la posibilidad de franquear en esto los límites. Un biomatemático, Pierre Nelson, termina el prólogo de su obra, Logique des neurones et du systeme nerveux, con reflexiones sobre "la insatisfactoria objetividad" del tipo de explicación que confunde el sentido y la lógica. El profesor
Michellouvet, cuando el periodista del Nouvel Observateur le pregunta si el cree posible el  descubrimiento, un día, de una fórmula química de "la consciencia de la consciencia", responde: "Un sistema sólo puede comprender a otro si es más complejo. Lógica... ¿Entonces nuestro cerebro podrá descifrar sus propios secretos? Incluso con la ayuda de un computador no estoy muy seguro de que lleguemos a traducir todos los procesos de consciencia en terminosneurobiológicos". ¿Pero la cuestión es claramente de lógica? Antes, Francois Jacob había invocado el teorema de Gódel para apoyar una respuesta parecida a la Iouvet . Uno ha de preguntarse si no se tornan demasiadas libertades con ese teorema de limitación, cuando la cuestión es ajena a su dominio de validez, la aritmética formal. Sin embargo se les debe abonar a esos biólogos su reticencia a deducir la consciencia a partir de una ciencia del cerebro, incluso fortalecida con el recurso del computador. Ante todo uno no puede sino sorprenderse por el interés universalmente puesto, tanto por el científico corno el público, en la maquinaria electrónica del pensamiento humano. Es larga la lista de las publicaciones que, en el dominio de la cultura anglosajona, tienen títulos que alían Mind (Mente) o Brain (Cerebro) con Máquina. En cuanto a la difusión entre el público, no existe en la actualidad espiritualista
que no se sienta obligado a pensar su espíritu en términos de contactos de computador, anota Bernard
d' Espagnat en una obra reciente. Es inútil recalcar el uso, es decir el abuso, de expresiones no pertinentes tales corno cerebro consciente, máquina consciente, cerebro artificial, o inteligencia artificial. Pero se preguntará ¿por qué esas conjugaciones de incompatibles? Sin duda porque esas  metáforas, nacidas entre los científicos del uso legítimo de modelos heurísticos o de simuladores
sofisticados, han sido hábilmente transplantadas a los lugares comunes publicitarios, en el estadio industrial de la informática. ¿Qué podríamos tener contra el computador si nuestro cerebro es él también un computador? ¿El computador en casa? ¿Por qué no, puesto que en cada uno de nosotros hay un computador? Un modelo de invetigación científica ha sido convertido en máquina de propaganda ideológica con dos fines: prevenir o desarmar la oposición a la invasión de un medio de regulación automatizada de las relaciones sociales; disimular la presencia del que decide tras el anonimato de la máquina. Pero que se trate de máquinas analógicas o de máquinas lógicas, una cosa es el cálculo o el tratamiento de datos según instrucciones y otra cosa la invención de un teorema. Calcular la trayectoria
de una nave espacial tiene que ver con el computador. Formular la ley de la atracción universal es una actuación que no tiene que ver con él. No existe invención sin consciencia de un vacío lógico, sin tensión hacia un posible, sin riesgo de equivocarse. Si se le hubiera preguntado a Newton cómo había encontrado lo que buscaba, habría respondido: "Pensando aquí siempre en ello". ¿Qué sentido es necesario reconocerle a este aquí? ¿Cuál es esta situación de pensamiento en la que se encara lo que no se ve? ¿Cuál es el lugar para este aquí en una maquinaria cerebral que estaría montada para relacionar datos bajo los constreñimientos de un programa? Inventar es crear información, perturbar hábitos de pensar, el estado estacionario de un sabefl. De la misma manera que el [oueur d'échecs de Torres y Quevedo, un fonógrafo puede proferir "jaque al Rey", así mismo se puede imaginar una máquina que grite Eureka después de haber encontrado la solución de un problema del cual se hubiera suministrado los datos y las obligaciones. No se la imagina descubriendo las funciones fuschianas como Henry Poincaré lo cuenta en Ciencia y Método. Después de muchos períodos de trabajo infructuoso, abandonado y retomado, de repente Poincaré apercibe una relación de identidad entre las transformaciones que le han permitido definir esas funciones y las de la geometría  no-euclidiana. Fue en Coutances, al subirse a un bus: "en el momento en el que ponía el pie en las gradas, la idea me viene ...". ¿Habrá algún día autómatas lógicos a los que les vendrán ideas? Responderé haciendo dos citas. En su estudio Au sujet d'Euréka Valéry escribió que "las investigaciones insensatas son padres de los  descubrimientos imprevistos". Y un matemático que se interroga sobre las dificultades de construcción de modelos para acercarse al azar y formalizar lo informalizable, René Thom, escribió: "En esta tarea, los sesos humanos con su viejo pasado biológico, sus hábiles aproximaciones, su sutil sensibilidad
estética, siguen y seguirán siendo aún durante mucho tiempo irremplazables'". Pero si no es posible, asimilando el cerebro a una máquina electrónica, comprender cómo es capaz de invención, ¿no sería posible llegar a ello por el sesgo de una explicación química? Puesto que el uso de ciertas substancias llamadas psicotrópicas ha permitido una mejora real de algunas enfermedades nerviosas o mentales, se ha podido crear la esperanza de extender a la causa de los desórdenes el poder obtenido sobre sus síntomas. De allí el interés creciente por la química cerebral, por las moléculas propias para modificar la transmisión de las excitaciones a nivel de la sinapsis. El descubrimiento de los neuropéptidos -encefalinas y endorfinas-, substancias endógenas, ha conferido un cierto poder de inhibición del dolor físico de las penas morales. La hostilidad presente de la antipsiquiatría con respecto a la psicofarmacología, la denuncia sistemática de las" camisolas químicas", recubre una parte de injusta ceguera para con los casos de perturbaciones metabólicas que encuentran  racionalmente su suspensión o su atenuación en la intervención química sobre los neuromediadores.
Tales son los casos de la enfermedad de Parkinson a la que se sabe oponer la acción de la L. Dopa y
la esquizofrenia, tranquilizada, si no curada, por la administración de clorpromazina, cuyo descubrimiento ha podido ser juzgado tan importante como lo fue, para la cirugía, el de los anestésicos. Habría sido muy sorprendente que, estimulados por algunos resultados espectaculares, los psicofarmacólogos no se hubieran creado la esperanza de extender los poderes de la química ya no solamente buscando paliar las deficiencias del cerebro sino también y, sobre todo, sus actuaciones
para estimularlas. Los redactores del artículo de Newswee¡¿O piensan que se aproxima el momento
en el cual se descubrirá, a la manera de las substancias propias para fortificar la memoria, substancias propias para fortificar la invención. Se habla de una droga posible, capaz de suscitar el sentimiento
del ya visto con el fin de ayudar a las gentes a resolver los problemas que sólo les parecen difíciles únicamente porque no tienen precedente. No se dice de qué tipo de problemas se podría tratar. Un problema de reparación o de contra-espionaje está bien lejos de un problema de matemáticas como por ejemplo la demostración general del famoso teorema de Fermat. ¿Cómo no ironizar sobre los extremos a los cuales son llevados los vulgarizadores? ¿Ycómo no subrayar que la invención de esta droga -que se podría llamar píldora de concepción- estaría en gran medida facilitada por la previa invención de 10 que ella tiene por fin producir? Dicho de otra manera, el proyecto de investigación para un apoyo a la heurística sería el mismo tributario, por su paso de potencia al acto, de la realización previa de aquello de 10 cual él es el proyecto. Se piensa resolver el problema particular
de la solución de los problemas en general, a nivel de las microestructuras cerebrales, por medio de la
invención de una especie de píldora pro-solución (o pro-concepción). De hecho no se trata más que de
una reduplicación del problema o, para hablar más simplemente, del uso de una palanca sin punto de
apoyo. En consecuencia, a pesar de la existencia y de los efectos satisfactorios de algunos mediadores químicos, a pesar de las perspectivas abiertas por algunos descubrimientos en neuroendocrinología, no parece que haya llegado aún el momento de anunciar, a la manera de Cabanis, que el cerebro va a secretar el pensamiento como el hígado la bilis. No olvido que Pascal no olvidó la memoria. Recuerdo
dos de sus Pensamientos: "La memoria es necesaria para todas las operaciones de la razón" y
"Cuando era pequeño, cerraba mi libro ...". Con la primera, Pascal encara la memoria del calculista, del investigador, del administrador, del estratega. La memoria archiva y hace inventarios. Es la que uno se enorgullece de imitar, de desmultiplicar, aligerar y, en el límite, de reemplazar por medio del tratamiento automático de los bancos de datos, por una memoria artificial exenta de las enfermedades de la memoria. Pero esta "Memoria para el porvenir", según la expresión de Francois Dagognet ¿qué porvenir abre a la memoria?, ¿a la memoria del "Cuando yo era pequeño ...", a la memoria del tiempo perdido y del tiempo recobrado, a esos recuerdos sobre los que Proust escribió, en las últimas líneas de su obra, "que terminarán por parecer cuando el deseo de un cuerpo viviente deje de sustentarlos"?
El examen del tema merecería más de un momento en la conferencia y más de una conferencia.
Voluntariamente no trataré de una cuestión que debería lógicamente conducir a interrogarse sobre la
probabilidad de ver, un día, en la vitrina de una librería la Autobiografía de un computador, sino su Autocrítica. Ahora ¿a qué se llama pensar cuando se trata de ese poder del ser viviente que Pascal llamó voluntad y que él le niega a la máquina el poder de simularlo? Restricción que puede parecerle torpe a todos aquellos que le opondrían gustosos los robots actuales, los animales electrónicos y las tortugas de Grey Walter o de Albert Ducrock, todas ellas máquinas a quienes gustosamente se les reconoce el sentido de la oportunidad, la adaptación a las circunstancias, la capacidad de aprender. Pascal no podía prever que era de él de quien en 1908 Henry Pieron tomaría la palabra  comportamiento para traducir la palabra inglesa behaviour, adoptada a comienzos de siglo en los EE.UU. por Thorndike, Jennings y Watson, para designar conductas animales polarizadas como
fenómenos biológicos de adaptación al entorno. Aunque se continúa llamando psicología a este estudio
de los comportamientos -en suma por una extraña conducta de exclusión y de retención- se prohibía
toda referencia al pensamiento y a la conciencia y no se interesaba en el cerebro más que como una
caja negra cuyas entradas y salidas era 10 único que se tenía en cuenta. Por supuesto que se distinguían, entre las conductas de los vivientes, algunas que se continuaron llamando inteligentes pero sin relación con alguna capacidad reflexiva de juicio. Objetivamente, la inteligencia es la corrección del comportamiento en función de los obstáculos encontrados en la búsqueda de una satisfacción.
Es bien sabido que el estudio objetivo de los comportamientos utiliza las técnicas del condicionamiento por medio de dispositivos de aprendizaje. Pero no siempre se distingue suficientemente dos tipos de condicionamiento: el condicionamiento pavloviano por medio de injerto de una relación estímulorespuesta sobre una relación de tipo reflejo innato; el condicionamiento skinneriano o instrumental que es la consolidación sistemática, bajo el efecto reiterado de una  recompensa obtenida, de una conducta de solución satisfactoria inicialmente obtenida por azar.
En la caja de Skinner, la rata o la paloma adquieren, por la repetición de situaciones falta-castigo y rectitud- recompensa, el comportamiento aparentemente inteligente de un cálculo de ventajas. Tanto en una como en otra teoría del condicionamiento se considera que se puede concluir para el hombre 10 que se dé en el animal y no se puede negar que muchos de los que las reivindican no están lejos de identificar amaestramiento y aprendizaje, de considerar como un medio a todo entorno, comprendido aquí el hecho social y cultural en el caso del hombre y finalmente de deslizar progresivamente del concepto de educación hacia el de manipulación. ¿A cuál de estas dos empresas conviene referir las técnicas de orientación o de guía de los individuos en el medio social, por medio de distribución manifiesta o enmascarada de recompensas? Para ser equitativos es necesario reconocer que 
la teoría del condicionamiento salida de los trabajos de Pavlov está incorporada, por cierta antropología que se reclama del materialismo dialéctico, a una filosofía que se llama no reduccionista, en la medida en que reconoce expresamente que el entorno cultural humano es un efecto histórico y no un dato natural. En esta óptica el pensamiento no es una función puramente cerebral, un producto biológico; es un efecto social relativo al tipo de sociedad en la cual él interviene. En una sociedad conservadora o represiva, la ecuación pensamiento = cerebro sirve de justificación para las técnicas de normalización de la conducta. El condicionamiemto skineriano es considerado
por los neurólogos progresistas como el reflejo y el medio de conservación de la sociedad americana.
A lo que los radicales americanos responden que el condicionamiento, el des condicionamiento, el lavado de cerebro y la camisola química no son privilegio de ningún país.

Pero lo esencial del entorno social humano es el ser un sistema de significaciones. Una casa no es
percibida como piedra o madera sino como abrigo, un camino no es tierra aplanada, es un pasaje, una
huella. Incluso para el hombre de Néanderthal, un sílex tallado no es solamente piedra: su dureza no
es solamente un dato de la sensibilidad, es ante todo un proyecto de utensilidad. La percusión no es sólo un movimiento, es un gesto cuyos efectos primordiales, la herramienta y el fuego, son las raíces del sentido de su existencia para el viviente humano. En consecuencia ¿se puede admitir que el aprendizaje y el dominio del sentido de las cosas y de los actos, en un entorno cultural, no plantean otros problemas de método que no sean los del adiestramiento del animal, por condicionamiento? Estos problemas culminan en el del lenguaje. La relación lenguaje-pensamiento remite a la cuestión cerebro-pensamiento por medio de la relación cerebro-lenguaje. Según la concepción de Skinner ¿es el lenguaje "aprendido" como cualquier otro comportamiento? La enseñanza del lenguaje ¿es análoga a un condicionamiento que ntre un significante, un significado y un referente? Si se identifica aprendizaje
y condicionamiento ¿no se resucita el empirismo contemporáneo de la época en la que las funciones
del cerebro eran ignoradas? Si es necesario tener en cuenta las capacidades lingüísticas innatas
¿será necesario identificar innatez y programación cerebral genética? Tal es el objeto del debate organizado en Royaumont, 1975, entre Noam Chomsky y Jean Piaget, recientemente publicado bajo el título: Théories du langage, théories de l'apprentissage. Sosteniendo que la gramática de una lengua no
es una propiedad de esa lengua sino una propiedad del cerebro humano, Chomsky piensa dar cuanta de
que el mismo niño, dado que aprende a hablar en la lengua de sus locutores adultos, aprendería otra
lengua comunicándose con otros locutores. Cuando se le objeta que la inteligencia general podría obtener lo que él supone inscrito en el núcleo fijo del lenguaje, Chomsky responde que para aprender a aprender es necesaria una disposición inicial. Según él, la obligación de recurrir a una capacidad generativa para explicar el aprendizaje de la lengua no es más que la confirmación de ese aspecto de creatividad que había reconocido Wilhem von Humboldt cuando decía: "Una lengua puede hacer un uso infinito de medios finitos". Se comprende fácilmente por qué Chomsky se vale de Descartes y de Leibniz, filosofías que han defendido el innatismo de los principios racionales, pero no se entiende cómo él puede identificar la necesidad de los constreñimientos universales de la competencia lingüística con la determinación genética de las capacidades cerebrales. Lo que es cierto es que su oposición a Skinner y a la teoría expuesta en Verbal Behavior es paralela a su actitud de oposición política a las tesis de Skinner expuestas en Beyond Freedom and Dignity (1971): "La creencia en que el espíritu humano es vacío provee una justificación a todo tipo de sistemas autoritarios.
Si el espíritu humano está vacío, todo método para moldear los espíritus a su antojo es legítimo
y esto encuentra desarrollos extremos, en Skinner por ejemplo; todo termina en una especie de esquema fascista" (p. 393, Théories du langage, théories de l'appren tissa ge). 
Pero los adversarios de Chomsky dicen que el innatismo del poder intelectual se puede convertir
en un argumento en favor del elitismo, para apoyar una justificación de relaciones sociales desiguales.
Retendremos por el momento que, en su versión biológica actual, el debate entre empirismo e innatismo provee indiferentemente argumentos para posiciones políticas opuestas. Signo sin duda de que la justificación de escogencias políticas debe ser buscada en otro lugar distinto al cerebro. Sobre este último punto, por lo demás, la conclusión de la conferencia de Jouvet11 merece ser atendida. El lanzó la idea de que el sueño, expresión de una actividad cerebral cerrada a las aferencias exteriores, cortada del entorno, podría ser considerada como el índice de una actividad de mantenimiento del programa hereditario, de una ruptura de la relación social. El sueño sería el guardián de la libertad natural en relación a los constreñimiento s culturales. Se estaría tentado a evocar a Rousseau, la oposición del hombre salvaje y el hombre civil, y al axioma según el cual el hombre ha nacido libre aunque por toda parte esté entre rejas. Pero la Profesión de Fe del Vicario Savoyano impide contar a Rousseau entre aquellos que buscan en la fisiología los fundamentos de la pedagogía y de la política.
En resumen, el lenguaje humano es esencialmente una función semántica sobre la cual no han logrado
nunca dar cuenta las explicaciones de tipo fisicalista.

Hablar es significar, dar a entender, puesto que pensar es vivir en el sentido. El sentido no es relación entre ..., él es relación con... Es por esto que escapa a toda reducción que trate de alojarlo en una configuración orgánica o mecánica. La máquinas llamadas inteligentes son máquinas para producir relaciones entre los datos que se le suministran pero ellas no están en relación con lo que el utilizador se propone a partir de las relaciones que ellas engendran para él. Porque el sentido es relación con, el hombre puede jugar con el sentido, desviarlo, fingirlo, mentir, tender trampas 

l2. Pues, tanto en una como en otra ocurrencia, es necesario tener en cuenta un desvío de la relación
con, una alteración del sentido. La relación de sentido en el lenguaje no es réplica inmaterial de relaciones físicas entre elementos o sistemas de elementos en el cerebro del locutor. Inversamente el sentido de la palabra proferida en la relación con... no es la producción de una configuración física en el cerebro del interlocutor. De la misma manera como nuestra área visual cerebral no ve propiamente hablando los objetos que consideramos que nuestros ojos nos dan a ver, así mismo no hay en los repliegues de la corteza cerebral un pensamiento que contemple el fantasma de los objetos o de las
situaciones encaradas en nuestras palabras. Actualmente, en la edad de la electrónica, tanto como en el siglo XIX,ya no se puede explicar el conocimiento científico o la experiencia poética por medio de la réplica cerebral de la relación entre el medio y el organismo. Copérnico y Galileo pueden, cuando hablan con su jardinero o su ayudante de cámara, decir que el sol se levanta puesto que ven, como éstos, el globo del sol ascender por encima del horizonte, pero ellos piensan que el sol no se levanta. Ycomo Víctor Hugo puede pretender percibir lo inverso de lo que él ve cuando el sol se acuesta, percibir de alguna manera la verdad del movimiento aparente de los astros es decir eso que se debe pensar después de Copérnico y Galileo: El día moría; yo estaba cerca del mar, sobre la playa arenosa.
Tenía de la mano a mi hija, niña que sueña. Joven espíritu que se calla. La tierra, inclinándose como un navío que se hunde, Dando vueltas en el espacio iba sumergiéndose en la sombra; La pálida noche ascendía. (Les Contemplations: Magnitudo Parvi). La relación entre el cerebro, el pensamiento y
el mundo, no podría pues ser concebida como la reproducción mental (o interior) de los afectos físicos
producidos en el cerebro por la introducción en él del mundo (exterior) prestando a este afecto la vía
de los canales sensoriales. Según una palabra incisiva de Wittgenstein en las Zettel ("Fichas", escritas entre 1945 y 1948):"Los filósofos que creían que se puede, por así decirlo, prolongar la experiencia en el pensamiento deberían saber que se puede transmitir la palabra por el teléfono pero no el sarampión". Ciertamente no se puede transmitir el sarampión por teléfono pero se puede transmitir por teléfono discursos cuyo color simbólico no sea agradable para todos. De allí la práctica de las escuchas telefónicas. De ahí la exclusión de individuos a causa de enfermedades contagiosas del pensamiento, evicción más larga generalmente que los diez y ocho días de separación de la escuela en el caso del sarampión. Hay muchas maneras de percatarse de que la palabra humana remite al pensamiento que a su vez remite a un sujeto que no es una parte del mundo sino, como lo dice Wittgenstein, "un presupuesto de su existencia". Se puede suscribir la reflexión crítica sobre la ilusión de la interioridad psíquica, reflexión inaugural de la obra póstuma de Maurice Merlau-Ponty, Lo visible y lo invisible, sin por ello es 

]::l. Es necesario precisar que por sujeto metafísico Wittgenstein no entiende sujeto ontológico, incluso en la época del Traciatus lógico-philosophicus y que luego abandonó este concepto de sujeto metafísico. tar de acuerdo totalmente con las tesis del existencialismo. Se puede preferir, por razón de no-compromiso axiológico, la referencia a Wittgenstein ya citado. El autor del Tractatus lógico-filosófico insiste, para sacar de ello una consecuencia ,general, en que nuestro campo de visión no es visto él mismo por una especie de ojo mental, localizable en el mundo de la percepción:
"Existe realmente un sentido en el cual puede tratarse de un yo no psicológico en filosofía. El yo
aparece en filosofía porque el mundo es nuestro propio mundo. El yo filosófico no es el hombre, ni el
cuerpo humano, ni el alma humana de la que trata la psicología, sino el sujeto metafísico, el límite y
no una parte del mundo" 

13. Quizás el mejor comentario de este texto no haya que buscarlo en la filosofía sino en la pintura. La
visión del pintor es, ella también, una relación significante. Maurice Denis ha dicho que Cézanne llamaba motivo a lo que él deseaba representar, lo que lo invitaba a pintar, y no el terna, es decir las cosas representadas de las que se puede hablar. Se puede sostener que, para el filósofo, la visión del pintor corno acto de presencia en el mundo es más instructiva que una teoría psicofisiológica de la visión. El cuadro de René Magritte, El paisaje aislado, es la imagen de un paisaje contemplado por un hombre visto de espaldas y que dice en una burbuja: "No veo nada en torno al paisaje". Es muy cierto que Yono veo nada en torno al paisaje, corno vería el muro en torno de un cuadro que representase un paisaje en torno al cual alguien dice Yono veo nada. Yo soy el todo de mi visión pero yo puedo hacer siempre un otro al todo de mi visión desplazándome. Prueba de que yo no coincido con aquello de lo cual yo constituyo el límite. El campo perceptivo es, corno diría Rayrnond Ruyer, una superficie absoluta, pero es necesario añadir, móvil. El Yono está con el mundo en relación de sobrevuelo sino en relación de vigilancia. 

* * *
Hemos vuelto al mismo punto donde terminó la reseña histórica inicial. Pensar es un ejercicio del
hombre que requiere la conciencia de sí en la presencia del mundo, no corno la representación del
sujeto Yosino corno su reivindicación pues esta presencia es vigilancia y más exactamente sobre vigilancia. Desde un punto de vista filosófico no hay contradicción en reconocer una subjetividad sin
interioridad que no entrañe la sospecha de idealismo solipsista. En efecto, bien mirado, el concepto de interioridad conlleva una imagen espacial. La interioridad es la exterioridad invertida, pero no abolida. Bajo este respecto, el Yovigilante del mundo de las cosas y de los hombres es tanto el Yode Spinoza corno el Yo de Descartes. Mientras que Descartes juzga íntimamente la evidencia de su Cogito, Spinoza enuncia corno axioma impersonal Homo cogitat. Pero cuando compone el Tratado teológico político, Spinoza es ese Yoque reivindica en el último capítulo, ante el derecho
reconocido al Soberano de regular toda cosa en el Estado en cuanto a la acción de los ciudadanos, "que les sea acordado a cada uno pensar lo que quiera y decir lo que piensa". Y aunque Spinoza haya adoptado el nosotros de modestia, no puede impedirse escribir al final: "He terminado así de tratar las cuestiones que me proponía ... Sé que soy hombre y que he podido equivocarme". Proyecto, error, marcas del pensamiento, lo hemos propuesto. El Yo spinocista no es, a pesar de la Etica geométricamente demostrada, menos Yode lo que lo es el Yode la Geometría de Descartes, en razón de la cuarta parte del Discurso que la precede. Cualquiera sea la oposición entre las concepciones cartesiana y spinocista de las relaciones del alma y del cuerpo, es claro que Spinoza dice Yocomportándose corno el delegado, solitario y reprobado, de la defensa de su sistema, al mismo
título que Descartes en sus Respuestas a las quintas objeciones dice un Yo(ante Gassendi) que designa con el nombre de "Carne". Por mi parte no temeré en decir que entre Descartes y Spinoza es en este segundo donde la función subjetiva de presencia-vigilancia está más manifiesta. 
En la segunda parte del Discurso, Descartes puso mucho cuidado en defenderse de la acusación de crítica política. Dijo que sólo quería reformar sus propios pensamientos. Tornó sus distancias con respecto a las gentes que son llevadas hacia la oposición por sus "humores desordenados e inquietos". El filósofo de la generosidad comenzó con una filosofía de la prudencia. Spinoza tornó partido públicamente por el derecho a la libertad de pensar. Amigo de [ean de Witt, Gran pensionario de Holanda, con quien compartía las convicciones republicanas, fue testigo de su asesinato a manos de los amotinados orangistas, en La Haya en 1672, cuando los ejércitos de Luis XIV invadieron Holanda. La indignación y el dolor de Spinoza lo llevaron a salir de su domicilio para colgar sobre los muros
de la ciudad un cartel donde había escrito: Uliuni barbnroruni. 

Se dice que su casero hubo deviolentarlo para retenerlo'", En suma, esta filosofía que refuta y rehúsa los fundamentos de la filosofía cartesiana, el cogiio, la libertad en Dios y en el hombre, esta filosofía sin sujeto, muchas veces asimilada a un sistema materialista, esta filosofía vivida por el filósofo que la pensó, imprimió a su autor el empuje necesario para insurgirse contra el hecho cumplido. La filosofía debe dar cuenta de tal poder de empuje. Con este fin, la filosofía no tiene nada que esperar de los servicios de la psicología, de una disciplina de la que Husserl pudo decir que la manera como ella entró en escena, en tiempos de Aristóteles, ha sido "una calamidad permanente" para los espíritus filosóficos (Philosophie premiére, 1923-1924;1, p.75). Entendemos por ello una ciencia que se quiere objetiva, situándose entre las otras ciencias objetivas con la pretensión de instruirlas sobre las funciones intelectuales que les permitan ser las ciencias que ellas son. Ante esta pretensión, propia de una parte, de dar cuenta del todo, la filosofía no puede más que oponerse. Ella debe pues dejar que la psicología continúe proponiendo sus adquisiciones teóricas para que las exploten la pedagogía, la economía y, a fin de cuentas, la política. En cuanto a la filosofía, su tarea propia no es la de aumentar el rendimiento del pensamiento sino el recordarle el sentido de su poder. Asignarle a la filosofía la tarea específica de defender al Yo como reivindicación intransferible de presencia-vigilancia es reconocerle solamente el papel de la crítica. Por lo demás esta tarea de negación no es de ninguna manera negativa, pues la defensa de una reserva es la preservación de las condiciones de posibilidad de la salida. Ciertamente me es fácil imaginar los sarcasmos que la palabra reserva, llamaba a dar su sentido a esa pequeña palabra Yo,no puede dejar de suscitar, por una parte entre los psicoanalistas psicoanalizantes que la consideran como un síntoma del desconocimiento del Inconsciente, y por otra parte, entre los fisicalistas fisicalizantes que denunciarán la herencia ridículamente conservada del espiritualismo difunto. Pero la reserva filosófica no es ni escondite ni santuario, es guardia del esfuerzo. Una suspensión de consentimiento, de adhesión, de adherencia, no es ni repliegue ni abstención. Es por esto que uno debe cuidarse de parecer interiorizar el Yo, en el preciso momento en el cual se podría estar tentado a confundir subjetividad e interioridad, como reacción contra la
actual asimilación del pensamiento René Thom quincallería a eso que llamó "la electrónica". Defender su reserva impone salir de ella cuando se requiera, como lo hizo Spinoza. Salir de su reserva es hacerlo con su cerebro, con el regulador viviente de las intervenciones que actúan en el mundo y en
la sociedad. Salir de su reserva es oponerse a toda intervención extraña sobre el cerebro, intervención
que tiende a privar al pensamiento de su poder de reserva en última instancia. 
Pienso que se me concederá que tomando por ejemplo la conducta de Spinoza no he confundido
ni jugado con las palabras. Salir de su casa es la imagen simbólica de salir de su reserva. Pues resulta
que Spinoza ha hecho realmente las dos cosas. Sin duda no se debe prestar a Spinoza otra filosofía que
no sea la suya. Su conducta es la prueba de que, según la última parte de la Etica, el orden y la conexión de las afecciones del cuerpo se regulan sobre el orden y el encadenamiento de los pensamientos en el alma, correspondencia cuya perfección sería la libertad verdadera. Pero la última palabra es que "todo lo que es bello es tan difícil como raro". A la espera pues de obtener "por una necesidad eterna, consciencia de sí mismo, de Dios y de las cosas", le puede ocurrir al hombre sabio el tener que decidir, en el instante, sobre su conducta con respecto "a los peligros comunes de la vida que se pueden alejar y vencer por la presencia y la fuerza del alma". Es por esto que Spinoza se ha mostrado presente para marcar públicamente a ciertos hombres con el nombre de bárbaros, aunque él haya dicho que la indignación -generadora de odio-era forzosamente mala, aunque haya sabido que la muchedumbre es terrible cuando no teme nada. El hombre que escribió que no se conocen todas las capacidades del cuerpo humano y que equivocadamente se las atribuye a veces al alma, este hombre salió de su morada con su cerebro y con seguridad en conformidad con su filosofía. O quizá haya salido por una imperceptible falla cartesiana de su construcción filosófica.


A primera vista se podría pensar que Spinoza cometió un error. El de creer que los bárbaros que
denunciaba públicamente eran los últimos. Pero sabía latín y quiso decir: los más recientes, los últimos hasta la fecha. Por consiguiente, los filósofos de hoy cualquiera sea su línea de investigación, spinocista o cartesiana, pueden estar seguros de que no faltarán ocasiones o razones para ir, corriendo sus riesgos, en un gesto de compromiso controlado por su cerebro, a inscribir sobre los muros, murallas o paredes: Uliimi barbarorum tf'

* Texto tomado de la Revista de la Facultad de Sociología de la Universidad Latinoamericana
de Medellín, 17,junio 1994.
Traducción: Prof. Luis Alfonso Palau C, Universidad Nacional, Medellín.
18 Nos. 5-6 Alilo MCMxcvn
U. NACIONAL DE COLOMBIA
BOGOTA,D.C.
GEORGES CANGUILHEM EL CEREBRO Y EL PENSAMIENTO

1. Paul-Iules Móbius (1853-1907), neurofisiólogo alemán, apodado "Call revivido",  localizaba la protuberancia de las matemáticas por encima de la órbita izquierda en el lado exterior. Cfr. su obra Über die Annlage zur Mathematik (Leipzig, 1907). Era el nieto del ilustre matemático astrónomo, Auguste Fredinand Móbius (1790-1868), inventor de la banda de Mobius.
REVISTA COLOMBIANA OE PSICOLOGIA 19 DOCUMENTOS

5. Pour la science, número especial; noviembre de 1979.

6. Nourel Obseroateur; 29 de Oct. 1979.

7. "Pero describir en términos de física y de química un movimiento de la consciencia, un sentimiento, una decisión, un recuerdo, ese es otro asunto. Nada indica que se logrará alguna vez. Y no solamente a causa de la complejidad sino también porque como se sabe, desde Codcl, un sistema lógico no puede ser suficiente para su propia descripción". Lógica del uimente, p. 337.
REVISTA COLOMBIANA DE PSICOLOGIA 23 DOCUMENTOS

24 Nos. 5-6 AÑO MCMXCVII U. NACIONAL DE COLOMBIA
BOGOTA, D.C.

8. La persistencia de un estado estacionario del saber, más allá de una invención teórica, es como la medida objetiva de la originalidad de esta invención. Fue lo que hizo decir a Marx Plank, en su Autobiografía, que a un descubrimiento para imponerse no le es suficiente con acumular pruebas teóricas: debe frecuentemente esperar que sus adversarios hayan desaparecido y que una nueva generación llegue al poder científico,

9, Cit. por H. Atlan. Entre le cristal et lafumée (Seuil, 1979, p, 229). R. Thom insiste aún más sobre el carácter aventurero de la invención teórica cuando dice: "Casi todos los progresos del álgebra salieron del deseo de realizar operaciones prohibidas (números negativos, racionales, imaginarios,
etc)". Colloquio de Rouuamount: Thcories du langage. Theorics de 1'111'- prcntissage, Seuil, 1979, p. 508. 1D. "Drugs for the mind". Newsweek, 12 noviembre de 1979.
14. A veces discutida, esta conducta de Spinoza está referida por
[akob Freudenthal, Das Leben Spinozas (Stuttgart 1904). Cfr. OEuvres de
Spinoza, editadas por Ch. Appuhn (Garnier ed.), T. 1p. 218, nota 1; y
Georges Priedmann, Leibniz et Spinoza. (Idées, Gallimard). p. 110.

-

11. Ver la conferencia de Michel J ouvet: "Les états de vigilance: bilan et perspectivos" en Prospective et Sanié, No. 14, verano 1980, pp. 73 a 80 (N. del E.).

12. Una máquina no puede engañar como tampoco puede engañarse. Para decirlo de otra manera, una máquina no es capaz de maquinación. Michael Scriven hace de la capacidad de mentira el criterio de demarcación entre un robot aparentemente consciente y la consciencia (The Mechanicai Concepi of Ivund, in Mimls and Machines, Prentice Hall, Eglewood Clifss, 1964).

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COLOMBIANA
DE PSICOLOGIA 29

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¿Qué es la Psicología?

Situación de un texto: ¿Qué es la Psicología?
Elisabeth Roudinesco



A la memoria de Michel Pêcheux.


Georges Canguilhem siempre negó con vigor haber querido dar muerte a la psicología. Y sin embargo en su famosa conferencia del 18 de diciembre de 1956, pronunciada en el College Philosophique y que se publicó dos años más tarde en la Revue de Métaphysique et de Morale,(1) se trata realmente de un asesinato desde el primer al último renglón. Aunque más no sea por el modo de hacer la pregunta: "¿qué es la psicología?". El hecho mismo de interrogarla sobre su legitimidad lleva a sospechar que es una impostura. Literalmente torturada se la conmina a responder a la pregunta de su inencontrable identidad.

Canguilhem da una definición negativa de la psicología, antes de negarle cualquier lugar en el campo del pensamiento. Ya que ella no es, sólo es una mezcla. Y la mezcla no es digna de ser una combinatoria donde llegarían a encontrarse varios campos de la ciencia. La mezcla en la que se complace la psicología es una mezcla de calidad inferior. No existe más que bajo el signo de la humillación: unafilosofía sin rigor porque es ecléctica con el pretexto de ser objetiva, una ética sin exigenciaporque asocia experiencias sin juicio crítico, y por último, una medicina sin control ya que funda sus hipótesis en la observación de enfermedades que nunca llegan a ser inteligibles, las enfermedades nerviosas.

Después de esta asombrosa carga de caballería, Canguilhem demuestra que a la ausencia de identidad corresponde una ausencia de objeto. Y la prueba de esta segunda debilidad reside en el hecho de que la psicología siempre está en búsqueda de su imposible unidad, es decir, de una síntesis inhallable entre sus pretendidos campos de exploración: la psicología experimental, el psicoanálisis, la psicología clínica, la psicología social y la etnología. En el lugar de esa unidad siempre huidiza, se encuentra un pacto de coexistencia pacífica entre profesionales. "Cosa" sin esencia y sin objeto, la psicología se reduce entonces a ser sólo una tecnología al servicio de una corporación, ella misma sujeta al poder de jueces, censores y educadores que ejercen funciones de instrumentalización del hombre por el hombre.

Pero Canguilhem no se conforma con ese conjunto de definiciones negativas. Para dar un fundamento a su razonamiento recurre a la historia. Con lo que vuelve a dar muerte a la psicología. En efecto, cualquiera sea el sistema de pensamiento sobre el que se apoya para asegurarse la supervivencia, ella siempre es o carente de independencia, oimitativa, o suplantada por otro modelo de inteligibilidad, o bien se ahoga en su propio pantano utilitarista.

Cuando ella pretende ser ciencia natural sigue dependiendo, desde la Antigüedad, por un lado, de la fisiología, y por otro, de la medicina. Como fisiología, está incluida en el sistema aristotélico, donde se trata al alma como forma del cuerpo viviente y no como sustancia separada de la materia. Del lado de la medicina, es aniquilada por la doctrina de Galeno que hace del cerebro la residencia del alma. Aquí no hay lugar, entonces, para una psicología que quisiera ser la ciencia de dos objetos en fuga permanente.

Pero cuando pretende ser ciencia de la subjetividad, después del ocaso de la física aristotélica. corre a un nuevo callejón sin salida, estructurado en tres etapas. O bien se vuelve una física del sentido externo en busca de una descripción experimental de las sensaciones, y no hace sino imitar la física mecanicista. O bien se erige en ciencia del sentido interno, y entonces no es más que un aprendizaje de la sabiduría espiritualista, empírica o antropológica - una suerte de pedagogía. O bien se elabora como ciencia del sentido íntimo y se ve suplantada por la psiquiatría vinculada a la medicina, por un lado, y, por otro, por el psicoanálisis que, al afirmar el carácter inconsciente del psiquismo, subvierte la noción misma de sentido íntimo al dejar de lado la correlación entre el psiquismo y la conciencia. .

Le queda entonces a la psicología la posibilidad de convertirse en una ciencia del comportamiento y las reacciones. El callejón sin salida no por eso deja de ser temible ya que, apoyándose en la biología, se hace en ese caso "instrumento de una ambición de tratar al hombre como instrumento", lo que la lleva a ahogarse en el test, el peritaje y los procedimientos de orientación y selección. Después de este feroz asesinato, Canguilhem asesta a la psicología un último golpe, al pronunciar una frase que se hará célebre por su ambigüedad misma: "Cuando uno sale de la Sorbona por la rue Saint Jacques puede subir o bajar. Si uno va subiendo se acerca al Panteón, que es el conservatorio de algunos grandes hombres, si uno va bajando, con seguridad se dirige al Departamento de Policía." En ésta ocurrencia, el autor parece dejarle un callejón sin salida a la psicología: debe elegir entre subir al Panteón de los Grandes Hombres - pero allí no hay ningún psicólogo enterrado - o deslizarse hacia una tecnología del peritaje - y allí está su verdadero lugar. (2) Esto equivale a hacerle a la psicología una propuesta de "venirse abajo" que no puede rechazar.

¿Pero por qué en 1956 Canguilhem se empeña en demoler esa falsa ciencia que no tiene ni objeto, ni identidad?. ¿Por qué tal violencia?. ¿Es tan amenazadora la psicología?. No cabe duda de que aquí Canguilhem ataca un edificio construido desde 1949 por su amigo Daniel Lagache, que fue condiscípulo suyo en la Ecole Normale Supérieure en la promoción de Sartre y de Nizan, y por quien siente una viva simpatía.

En efecto, tal como está construida, la conferencia de 1956 se presenta como una respuesta política y teórica al programa universitario que Lagache estableció a partir de su lección inaugural sobre "la unidad de la Psicología".(3) Después de haber sucedido a Paul Guillaume en la cátedra de psicología general, Lagache habla elegido resucitar la antigua psicología clínica inventada por Pierre Janet, en contra de la tradición de un psicoanálisis médico representado por Sacha Nacht y la Sociedad Psicoanalítica de París, y en contra del retorno a Freud preconizado por Lacan. Utilizado una sola vez por Freud en una carta a Fliess del 30 de enero de 1899, (4) el término había caído en total desuso a medida que se expandía el freudismo en Francia, es decir. a medida que la psicología como ciencia del sentido íntimo se encontraba suplantada por un saber freudiano introducido en el terreno de un janetismo dominante.

Desde el punto de vista teórico, el términopsicología clínica estalla en pedazos en cuanto el método psicoanalítico construye su clínica sobre la renuncia a la observación del enfermo, y sobre la interpretación de los síntomas en función de una escucha del discurso del inconsciente. Por esa razón, Freud no conceptualiza el término que pertenece al vocabulario de Janet.

En la perspectiva janetiana, el término es utilizado con el fin de retirar a la medicina el privilegio de la mirada ejercida junto a la cama del enfermo: se trata de dotar a la ciencia psicológica de una competencia clínica. Fundado en la investigación y la descripción de las conductas, ese enfoque recusa el inconsciente en beneficio del subconsciente y rechaza la estructura en beneficio de las funciones.

En el mismo momento en que el janetismo dejó de usarse, Lagache reactualizó las antiguas fórmulas para favorecer, por la vía universitaria, la expansión de la Laïenanalyse(análisis practicado por los médicos). En ese combate, obra del mismo modo que su ilustre ancestro, volviendo a verter la clínica en la psicología con el fin de dotarla de una "medicina" que no deba nada a la enseñanza médica. Pero mientras Janet era un antifreudiano convencido, Lagache es un estricto freudiano. No sólo porque es un profesional del psicoanálisis, sino porque es, desde 1953, uno de los fundadores del segundo grupo psicoanalítico francés. Por eso ocupa una posición imposible de mantener que consiste en querer integrar el freudismo al janetismo bajo la categoría de una cientificidad de la psicología cuyo principio seria el de su unidad. Según Lagache, se deben unificar la rama de la psicología denominada "naturalista", que comprende el behaviorismo y las teorías del aprendizaje (con la estadística y la experimentación) y la rama denominada "humana", que reúne la psicología y el psicoanálisis definido como "ultraclínico", estando las dos emparentadas con una fenomenología proveniente de Karl Jaspers.

Ese programa es el que Canguilhem hace pedazos en la medida en que, a través de él, se perfila el peligro de un despliegue abusivo del modelo psicológico en la enseñanza de las materias nobles. Ese modelo amenaza, por ejemplo, con imponer a la filosofía una falsa teoría del sujeto pensante, y sobre todo, con transformar a los profesores en psicopedagogos o animadores socioculturales. Sin duda, el combate canguilhemiano hoy merecería ser reactualizado ya que el modelo psicológico ha invadido victoriosamente el edificio escolar y universitario, a tal punto que la gestión de los fenómenos relacionales prima sobre la transmisión del saber.

Si en 1956 la conferencia de Canguilhem puede leerse como un asesinato teórico y político del gran proyecto unitario de Lagache, diez años más tarde se volverá el arma de un nuevo combate al que el autor no la destinaba. En 1966 Canguilhem da su autorización para reeditar el texto, cuando se lo pide el equipo de trabajo de los Cahiers pour l'analyse, publicados por el círculo de epistemología de la ENS. Enseguida se imprime un número especial de la revista, que lleva por titulo "¿Qué es la psicología?".

En esa época, bajo el impulso de Louis Althusser, los alumnos de la Rue d’ Ulm (ENS) proclaman a la vez una nueva lectura de Marx y un retorno a Freud a partir de la enseñanza de Lacan. A partir de entonces queda completamente superado el combate contra Lagache y contra la unidad de la psicología. De ahora en más se trata de constituir un frente teórico contra el espiritualismo y las ideologías supuestamente científicas y de oponerles una verdadera ciencia fundada en una triple alianza entre la lingüística saussuriana, el marxismo althusseriano y el freudismo lacaniano. En esta coyuntura, la psicología es vista como la falsa ciencia por excelencia, ya que es una tecnología al servicio del poder dominante. En esa perspectiva interviene Michel Pêcheux en losCahiers contra la psicología social.

Así como Althusser promovía el estudio de los textos de Canguilhem, así también Lacan bebía de otras fuentes. Sin duda alguna había leído y admirado la tesis sobre lo normal y lo patológico,(5) pero eran principalmente los trabajos de Alexandre Koyré sus referentes para el campo de la historia de las ciencias. Entre otras cosas toma de él una lectura de Descartes que le permite fundar, contra la psicología, una teoría del sujeto, allí donde Freud había dejado la cuestión en suspenso. Es entonces por el círculo de epistemología de la ENS que descubre la conferencia de 1956, que había ignorado al ser publicada, cuando no obstante habría podido utilizarla provechosamente contra Lagache.

Para rendir homenaje a Canguilhem, en la lección inaugural de su seminario sobre "el Objeto del psicoanálisis", adopta el tono de los alumnos y a su vez va a combatir contra la idea misma de una ciencia del hombre:

"Es conocida mi repugnancia de siempre - dice él - por la denominación ciencias humanas, que me parece ser la apelación misma de la servidumbre"

Y luego:

"Es que realmente el término es falso, salvo en lo referente a la psicología, que descubrió los medios de perpetuarse en los servicios que ofrece a la tecnocracia; incluso, como concluye un sensacional artículo de Canguilhem, de un humor realmente swiftiano: en un resbalón de tobogán del Panteón al Departamento de Policía. Por eso es en el nivel de la selección del creador en la ciencia del reclutamiento, de la investigación y de su mantenimiento, donde la psicología encontrará su fracaso." (6)

Observemos de paso que Lacan quita cualquier ambigüedad al texto de Canguilhem. En su comentario, la psicología ya no tiene ninguna oportunidad de subir hacia el Panteón, se la envía, sin opción posible, hacia el Departamento de Policía.

En un primer momento, Canguilhem construye él mismo la conferencia como una carga de caballería. Luego, en un segundo momento, dicha conferencia se lee con un suplemento de violencia: se vuelve un arma de combate al servicio de Marx, Saussure y Freud, contra las ciencias humanas en el interior de las cuales aparece la psicología como el modelo que hay que derribar. De 1956 a 1966, a pesar de las diferencias, el proyecto político es idéntico. Canguilhem luchaba por una concepción de la historia de las ciencias radicalmente antagónica a todo proyecto que apuntase a una concepción hegemónica de la psicología. Diez años más tarde, el combate es el mismo para aquellos que atacan la psicología.

Pero no debería reducirse el texto a su carga política. Si ha podido ser leído y utilizado con tal provecho por la generación althussero-lacaniana, es porque contiene algo más que un antipsicologismo radical. Y ese algo más es un homenaje constante al descubrimiento freudiano.

Georges Canguilhem es contemporáneo de la historia de la implantación del psicoanálisis en Francia. Por esa razón ha seguido todas las peripecias de la historia conjugada del freudismo y del antifreudismo a la francesa. Ya sea en los años treinta, cuando se descubría a Jaspers en la ENS, y se seguían los cursos de Georges Dumas en Sainte-Anne; ya sea por el contacto con Bachelard, en que se interrogaba al freudismo mediante el tamiz surrealista; ya sea también por el paso al hospital de Saint-Alban donde nació la psicoterapia institucional; ya sea, por último, en ocasión de la defensa de tesis de Michel Foucault sobre la historia de la locura en 1961. En cada una de estas etapas, Canguilhem no dejó de encontrar interrogantes ligados al descubrimiento freudiano, desde el estatuto de una subjetividad sin teoría del sujeto, hasta la cuestión de una identidad de la norma y la patología, pasando por la posición del sabio frente a un campo que no es objeto de su ciencia. Uno se imagina bastante bien a Sigmund Freud en sabio canguilhemiano, él que siempre demostró en qué medida el acceso a la verdad pasaba por el error. La posición de Freud en la historia de las ciencias es la que Canguilhem asigna al historiador de las ciencias, que debe ser a la vez racionalista y filósofo del error, y capaz de construir un método que no es una ciencia, para un objeto que no es científico.

La tesis actualmente clásica según la cual "los fenómenos patológicos son idénticos a los fenómenos normales salvo por las variaciones cuantitativas" es aquella misma que era enunciada por Lacan en su tesis de 1932 sobre la personalidad paranoica, y a través de esta tesis por toda una generación nutrida de freudismo.(7) Se trataba en efecto, contra el constitucionalismo que separaba la norma de la patología, de incluir en una misma ciencia, que definiera su discordancia, las afecciones denominadas normales y las afecciones denominadas patológicas. Según esta concepción. la psicosis ya no era una constitución de orden hereditario o genético, sino una reacción de la personalidad frente a una situación vital.

Para pensar esa problemática. Lacan se apoyaba en la filosofía de Spinoza mientras que Georges Canguilhem, diez años después, se inspiraba en los trabajos de Kurt Goldstein.(8) Pero la pregunta era la misma: había que pensar conjuntamente lo normal y lo patológico con el fin de restablecer la supremacía de una subjetividad (y no de un sujeto), es decir, de una existencia que reacciona con respecto a un medio.

Contemporáneo de la implantación del freudismo en Francia, Canguilhem es también un gran lector de la obra freudiana. Al respecto uno puede preguntarse por qué no dedicó ningún artículo específico ni al sabio vienés ni a su descubrimiento. ¿Quizás eligió hablar continuamente de Freud por alusión y avanzando con una máscara, con el fin de distinguirse del discurso de las escuelas psicoanalíticas, todas las tendencias confundidas? ¿Quizá pensó que el discurso freudiano en expansión había terminado por parecerse a la psicología, en su pretensión totalitaria de querer ser una ciencia y dictar su ley a las otras ciencias?

En una conferencia de 1980, pronunciada en el gran anfiteatro de la Sorbona y dedicada al cerebro y el pensamiento, (9) reactualiza su hostilidad hacia la psicología a través de una estrategia de defensa enmascarada del descubrimiento freudiano. Aquí, la psicología deja de ser sólo una filosofía sin rigor, una ética sin exigencia y una medicina sin control, es asimilada a una verdadera barbarie. En esa época, se ha vuelto mucho más temible porque pretende apoyarse en la biología para afirmar que el pensamiento no sería más que una secreción del cerebro. Sin pronunciar la palabra cognitivismo, que recién aparecerá en 1981, Canguilhem ataca la creencia que funda su ideal: la pretensión de querer crear una ciencia de la mente en que los estados mentales estarían en correlación con los estados cerebrales, en que el pensamiento se volvería un lugar vacío a fuerza de ser comprendido como un producto del cerebro. Está claramente planteada la referencia a los trabajos de Piaget y de Chomsky, y Canguilhem se burla con júbilo de aquellos que querrían hacer creer que una "máquina" seria capaz de redactar A la recherche du temps perdu:

"Deliberadamente - dice - no trataré una cuestión que lógicamente debería conducir a interrogarse sobre la posibilidad de ver un día en la vidriera de un librero La autobiografía de una computadora, a falta de su Autocrítica."(10)

Canguilhem no se molesta en diferenciar las corrientes de esa psicología de pretensión científica. Sin preocuparse por las querellas, contradicciones y conflictos internos, combate de lleno un conjunto donde se encuentran el conductismo, las ciencias cognitivas, la inteligencia artificial, etc.

Si bien el ataque es tan rudo como en el texto de 1956, es mucho, más político en la medida en que sólo retiene de la psicología su poder de opresión tecnológica. No cabe duda de que Canguilhem leyó con cuidado al Foucault deHistoria de la locura y de Vigilar y castigar.(11)Además, después de la muerte de éste, recalcará hasta qué punto Foucault buscaba del lado de los poderes la explicación de algunas prácticas por las que se habían desvelado buscando la garantía del lado de la ciencia.(12) Además, mientras que en 1956 atacaba una unidad de la psicología (la de Lagache) que pretendía retirar al médico el análisis del hecho mental privilegiando la psicogénesis, en 1980, hace pedazos una psicología que se apoya en un fundamento inverso, al pretender vincularse, por el intermediario de una ciencia de la mente, a una organogénesis. La ferocidad de Canguilhem no es menor en 1980 que en 1956, lo que demuestra que la psicología sigue siendo el enemigo a derrotar, cualquiera sea su fundamento teórico.

Y para defender a Freud, siempre indirectamente, el autor recurre a Janet cuya doctrina había demolido sin embargo en 1956. Cita un texto de éste sobre la necesidad de distinguir la psicología, como ciencia del hombre, de la ciencia del cerebro. Manera de recordar que la antipsiquiatría, a pesar de sus excesos, no se equivoca al evidenciar el fracaso de la psicofarmacología en vencer las enfermedades llamadas mentales actuando sobre el cerebro. Sólo Freud, dice él, supo abandonar el campo de las localizaciones y las tipologías por aquél, moderno, de los tópicos.

Dicho de otro modo, Canguilhem no da la razón ni a los partidarios de la organogénesis, ni a los de la psicogénesis (aunque prefiera a estos últimos) para mostrar que sólo Freud supo salir de la contradicción propia de la psicología.

Si bien esta conferencia debe situarse en la prolongación de la de 1956, es, no obstante, mucho más radical. Ahora el filósofo ya no se contenta con ridiculizar la psicología, comprueba que es triunfadora y pone en guardia a las generaciones siguientes contra esa peste que ha invadido el corazón de la ciudad:

"La filosofía no tiene nada que esperar de los servicios de la psicología, de una disciplina de la que Husserl pudo decir que la manera en que entró en escena, en la época de Aristóteles, hizo de ella "una calamidad permanente" para los espíritus filosóficos (Philosophie première, 1923 -1924; 1, p. 75). Entiéndase por ello una ciencia que pretende ser objetiva, que se sitúa entre las otras ciencias objetivas con la pretensión de instruirlas sobre las funciones intelectuales que les permiten ser las ciencias que son. A esta pretensión, propia de una parte, de dar cuenta del todo, la filosofía sólo puede resistir. Por eso debe dejar que la psicología siga proponiendo ella misma sus adquisiciones teóricas a la explotación que de ellas pueden hacer la pedagogía, la economía, y, en una última instancia, la política. En cuanto a la filosofía, su tarea propia no es la de aumentar el rendimiento del pensamiento, sino la de recordarle el sentido de su poder."(13)

Contra la "calamidad", Canguilhem convoca a Spinoza, recordando que éste, al mismo tiempo que rechazaba el cogito no dudó en salir de su reserva y su casa, después del asesinato de Jean de Witt, para fijar esta inscripción en los muros de la ciudad: Ultimi barbarorum, lo que quiere decir "los últimos bárbaros", en el sentido de los más recientes. La comparación es muy fuerte. Significa, en efecto, que el maestro Canguilhem llama a los filósofos de los años ochenta a luchar contra la "calamidad psicológica", símbolo de todas las opresiones. Eso es tanto como decir que, por Spinoza interpuesto, pide a la juventud filosófica de su país renovar el acto de resistencia del Canguilhem de 1940: negarse a servir al mariscal Pétain. En consecuencia, puede identificarse con Spinoza, fundador de una filosofía sin sujeto, para derrotar el llamado de una unidad de la filosofía en la que estarían incluidos los cartesianos contra lo que podría llamarse metafóricamente el "fascismo" de la psicología. Uno acá piensa en la frase de Foucault, en La Volonté de savoirque será saludada por él: Freud inventó un modelo que ha conferido al psicoanálisis "el honor político de haber estado en oposición con el fascismo."(14)

Pero uno piensa también en la formidable expansión de los psicotrópicos que, en el momento en que Canguilhem pronunciaba su conferencia, ya había cambiado el ejercicio de la psiquiatría y suprimido el asilo a costa de intervenir ya no en el alma o el pensamiento del hombre, como la hacía la tradición del tratamiento moral (psicoanálisis incluido), sino en su cerebro. Ese poder destructor de la farmacología es denunciado por el filósofo que se burla alegremente de la tesis según la que se podría curar la esquizofrenia tranquilizándola.

Y ya que aquí se trata de un homenaje a uno de los más grandes filósofos de nuestro tiempo, querría terminar subrayando cómo el combate de 1956, prolongado por el de 1980, está a la orden del día en un mundo donde la triple alianza de la ciencia de la mente, la tecnología y el organicismo biológico y genético ha triunfado en todos los campos del saber: hasta el punto de hacer emerger una nueva ilusión cientificista según la cual la intervención cada vez más activa de la ciencia en el cerebro humano permitiría conducir al hombre hacia la inmortalidad, es decir, hacia la cura de la condición humana. La creencia de semejante tontería es la que algunos años atrás hizo decir a un sabio tan renombrado como Jean Bernard una frase que no habría dejado de suscitar la hilaridad de Wittgenstein, a falta de los sarcasmos de Canguilhem: "Es seguro que los progresos de la farmacología en el tratamiento de las enfermedades mentales permitirán, en el año 2000, que el suicidio desaparezca de las sociedades civilizadas."



Notas:

1. G. Canguilhem, "Qu'est-ce que la psychologie?", in Revue de Métaphysique et de Morale, 1, 1958. Reeditado en Les Cahiers pour l’analyse, 2, marzo-abril 1956, con presentación de J.C.Milner y notas de Robert Pagès. Reeditado en Etudes d’Histoire et de Philosophie des sciences, Vrin, París, 1968. (Traducción castellana: "¿Qué es la psicología?", Fac. de Psicología, Depto de Publicaciones. También en: www.elseminario.com.ar).

2. Michel Plon había notado la ambigüedad de la última frase del texto de Canguilhem: "Un example d’ambiguité théorique, l'étude du rapport Mansholt" in Théorie, idéologie, pratique, 1979, vol.l, num.2, p.80-100.

3. Daniel Lagache, L’Unité de la psychologie, PUF, París, 1983. (Traducción castellana: La unidad de la psicología, Bs. As., Paidós, 1980).

4. S. Freud, La Naissance de la psychanalyse, PUF, París, 1969, p. 244. (Traducción castellana: S. Freud, "Fragmentos de la correspondencia con Fliess", O.C., Bs. As., Amorrortu, t.1).

5. G. Canguilhem, Le Normal et le Patholologique, PUF, París, 1966. (Traducción castellana: Lo normal y lo patológico, México, Siglo XXI). Citado por Lacan en el seminario sobre Le transfert, Seuil, París, 1991, p. 87.

6. Les Cahiers pour l’analyse, reeditado en Ecrits, Seuil, París, 1966, p. 859.

7. J. Lacan, De la psychose paranoique dans ses rapports avec la personnalité, Seuil, París, 1975. (Traducción castellana: De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad", México, Siglo XXI, 1976).

8. Kurt Goldstein, La structure de l’organisme, Gallimard, París, 1983.

9. G. Canguilhem, "Le cerveau et la pensée", texto escrito a máquina, curso público del MURS, de febrero de 1980, reeditado en Prospective et santé, 14, 1980. En VVAA,Georges Canguilhem. Actas du Colloque, Paris, Albin Michel, 1992.

10. Texto escrito a máquina, p.13 bis.

11. M. Foucault, Histoire de la folie, Gallimard, París, 1972. (Traducción castellana: Historia de la locura, México, FCE, 1976). Surveiller et punir, Gallimard, París, 1975. (Traducción castellana:Vigilar y castigar, México, Siglo XXI, 1976).

12. G. Canguilhem, "Sur l’histoire de la folie en tant qu’évènement", Le Débat, 41. 1986, Gallimard.

13. Op. cit., p.20.

14. Le Débat, op. cit., M. Foucault, La Volonté de savoir, Gallimard, París, 1976, p. 198. (Traducción castellana: Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber", México, Siglo XXI. 1977).


Fuente:

Roudinesco, Elisabeth: "Situation d’un texte: Qu’est-ce que la Psychologie?", en VVAA,Georges Canguilhem. Actas du Colloque, París, Albin Michel, 1992.

Traducción:

Maria Verónica Porta.

Tutor: Bernard Capdevielle


CONVENIO I.N.E.S. en Lenguas Vivas - U.B.A.

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Subjetividad y normatividad en Canguilhem y Foucault

Por Pierre Macherey

Ponencia presentada el 1º de junio de 2016 en el marco de una jornada de estudios sobre «Michel Foucault y la sujetivación» (Universidad Paris-Est Créteil)


Cuando Canguilhem tuvo conocimiento de la primera gran obra de Foucault, Historia de la locura, sobre la que tuvo que escribir un informe en tanto que jurado de tesis, inmediatamente subrayó su carácter innovador, y su importancia, mucho más allá de los límites concedidos a un trabajo especializado que concernía la historia de la psiquiatría; algunos años más tarde, hacía aparecer en la colección Galeno que dirigía en PUF, Nacimiento de la clínica, la obra de Foucault que sin duda más le interesó porque su tema lo concernía de más cerca, y a la que a menudo se refirió en sus propios trabajos .  En fin, cuando Les Mots et les choses fue puesto en circulación, le consagró con el título «¿Muerte del hombre o agotamiento del Cogito?», un importante estudio aparecido en 1967 en Critique en el que, tomando su defensa contra sus contradictores o sus censuradores –se estaba entonces en plena querella del humanismo– él elogiaba la “lucidez” del proceder de Foucault, a propósito de la que llegaba hasta sugerir en conclusión que ella podría jugar con respecto a las ciencias humanas un rol comparable al que había jugado la Crítica de la razón pura para las ciencias de la naturaleza.  Por lo demás, uno de los últimos escritos de los que Foucault autorizó su publicación fue la retoma de una presentación general del camino de Canguilhem, que había sido redactado en 1978 en el momento en que lo tradujeron en los EE. UU.; ese texto, titulado en su versión definitiva “la Vida: la experiencia y la ciencia”, es sin duda uno de los más importantes y de los más pertinentes comentarios que hayan sido consagrados al pensamiento de aquel que, en la conversación, Foucault llamaba en ese momento –sin ironía, y siendo él avaro en este tipo de efusiones– “nuestro viejo maestro”.  Se puede pues decir que Canguilhem y Foucault se han reconocido (en el sentido fuerte del término), e incluso en parte reconocido el uno en el otro a través de intereses y valores que compartían en común; entre ellos se tejió una relación intelectual fuerte que podemos suponer jugó un rol no despreciable en el desarrollo de sus respectivos pensamientos.
 

Sin embargo, este reconocimiento estaba lejos de ser evidente, incluso a primera vista no hubiera debido presentarse, tanto por la diferencia en las posiciones de los protagonistas de esta relación en el campo filosófico, como por la distancia que existía entre algunos de los presupuestos intelectuales que comportaban sus respectivas gestiones .  En efecto, Canguilhem pertenecía al linaje de Alain, un filósofo del juicio, del deber-ser y del sujeto que asume –como él lo decía– sus “exigencias”, que lo hacen “normativo”, tanto como lo pueda; mientras que Foucault, al menos al comienzo se caracterizaba por su reserva con respecto a una posición subjetivizadora, tendencialmente humanista, orientada por consideraciones privilegiadas de las figuras de la conciencia, cuya consecuencia era que una cuestión como la del deber-ser, en el sentido de un imperativo asumido de manera reflexiva, no tenía a priori sentido para él, por no decir incluso que no tenía ninguno.  Por otra parte, Canguilhem era una figura respetada en la Universidad, que si no era propiamente el guardian del templo se había hecho conocer en tanto que profesor, inspector general, miembro o presidente del jurado de la agregación, por el rigor de sus posiciones, que había podido hacer interpretarlas en el sentido de un cierto conformismo ; mientras que las relaciones de Foucault con las instituciones estuvieron desde el comienzo marcadas por la desconfianza, lo que las hizo difíciles, por no decir que en ocasiones eran tumultuosas.  Para resumir en una sola palabra esta situación, Canguilhem –lector asiduo de Renouvier, de Lachelier & de Hamelin, filósofos neo-kantiano reputados entonces como de retaguardia, de los que uno difícilmente imagina que Foucault se haya podido interesar– estaba de lleno en “el sistema”, incluso si detentaba dentro de él una posición singular; mientras que Foucault (que había tenido dificultades para digerir su fracaso la primera vez que se presentó al concurso de la agregación en filosofía) adoptaba con respecto a ese “sistema” la actitud de un contestatario, que a lo sumo consiente en ocupar ciertos márgenes, lo que marcó su carrera universitaria (si es que esta expresión es apropiada en su caso) y la hizo seguir una trayectoria bastante imprevisible e irregular, pero no por ello menos brillante.
En estas condiciones, ¿cómo Canguilhem y Foucault lograron entenderse, permaneciendo cada uno firme en sus posiciones respectivas, cuando cada uno por su lado la asumía con el más grande rigor?  El presente estudio tiene por hilo conductor la hipótesis siguiente: es en torno a la relación entre lo normativo y lo subjetivo donde se anudó la discusión entre Canguilhem y Foucault.  A la pregunta ”¿qué es ser sujeto bajo normas?” ellos respondieron, el primero, Canguilhem, razonando del sujeto hacia las normas, por tanto planteando que las verdaderas normas son aquellas que los sujetos ponen en funcionamiento dinámicamente en la medida en que “toman partido” ; el otro, Foucault, razonando de las normas al sujeto, por ende planteando que sólo existen sujetos sujetados a normas que tienen sus fuentes en otra parte distinta a una conciencia, instancia de juicio (Foucault).  desarrollando hasta sus últimas consecuencias estas dos opciones de sentido aparentemente inverso, Foucault y Canguilhem no dejaron de acercarse y entenderse, en un espiritu de verdadera connivencia, sin que sin embargo sus respectivas posiciones llegaran exactamente a confundirse.
 

Para darle un contenido preciso a la alternativa que se acaba de esbozar, veamos cómo intervino en el marco de la discusión suscitada por el concepto de episteme.  En “¿Muerte del hombre o agotamiento del cogito?”, Canguilhem señala:
 

“No existe en la actualidad filosofía menos normativa que la de Foucault, más ajena a la distinción de lo normal y de lo patológico” .
 

Esta anotación toma toda su importancia cuando uno se recuerda que, en la situación opuesta, Canguilhem hace él mismo pasar al primer plano de su trabajo la consideración de lo normativo, y hace de la separación de lo normal y de lo patológico el objetivo principal de su reflexión.  Por consiguiente, uno no se sorprende que plantee la siguiente cuestión en la continuación de su artículo, que a primera vista es una objeción hecha a Foucault:
“Tratándose de un saber teórico ¿será posible pensarlo en la especificidad de su concepto sin referencia a ninguna norma?” .
 

Pensar un saber teórico en la especificidad de su concepto, reintegrándolo para ello a la dinámica propia del conocimiento científico que es una actividad completa cuyo desenvolvimiento es histórico, no es en efecto aprehenderlo en un plano de generalidad, como orden teórico puro, indiferenciado y neutro, cuyo desarrollo unívoco estaría sometido a una ley objetiva de la cual él saca su carácter de necesidad, sino que es seguir el camino efectivo en el curso del cual se elaboraron poco a poco, de manera imprevisible e irregular, los conceptos que permiten tratar problemas específicos, como por ejemplo el del comportamiento reflejo (tema de la tesis que Canguilhem preparó bajo la dirección de Bachelard ); ahora bien, hacer la historia de un concepto es establecer el inventario de las elecciones que han sido hechas en tal o cual momento por tal o cual científico que, descartando para ello otras, las ha privilegiado, de alguna manera las ensaya; y no se ve cómo esas escogencias hubieran podido ser efectuadas en ausencia de normas, por tanto de principios de evaluación, asumidos con toda responsabilidad por los que de ellos se reclaman, que habrían fijado las orientaciones en respuesta a esperas y a exigencias de orden axiológico, y no únicamente lógico.  De hecho, la historia de las ciencias practicada por Canguilhem, que es a la vez una historia de los problemas y una historia de los conceptos que permiten formular esos problemas a la espera de su solución que no estaría de ninguna manera prefigurada desde el comienzo en su enunciado, es, no un desenvolvimiento predeterminado en y por su estructura de partida, sino una sucesión de experimentos y de aventuras teóricas llevadas a cabo por los científicos, auténticos sujetos de saber que, a medida que –se van volviendo bajo sus propios riesgos y peligros, normativos– han decidido dirigirse en tal o cual sentido y sacar todas las consecuencias de dicha elección.  Es pues pesando cuidadosamente sus palabras que Canguilhem tituló la conferencia que pronunció en 1964, en conmemoración del cuarto centenario del nacimiento de Galileo: “la Significación de la obra y la Lección del hombre” .  Una cosa es la significación de la obra, es decir el valor de verdad o el grado de cientificidad, que le pueden ser atribuidas a las tesis que ella vehicula; y otra es la lección del hombre, es decir el compromiso de éste con un trabajo de pensamiento jalonado a punta de tomas de partido, como el rechazo del geocentrismo, una orientación bien arriesgada cuya responsabilidad fue asumida personalmente por Galileo.  Canguilhem muestra en su conferencia de 1964 que, comprometiéndose por esta vía –una elección que sabemos le costó personalmente muy caro– Galileo “estaba en la verdad” (se lo puede afirmar hoy) sin que esto signifique propiamente hablando que él decía la verdad, pues de hecho, él no disponía de todas las pruebas –que finalmente sólo fueron provistas en el marco de la mecánica newtoniana– que permitieran establecer lo bien fundada de dicha elección, que era (en el sentido fuerte del término) una escogencia, un partido que se tomaba de alguna manera, que resultaba de un juicio efectuado a la espera de su validación, por tanto que estaba por verse:
“Estar en la verdad no significa siempre decir verdad. Y es aquí donde la lección del hombre va a aclarar la significación de la obra.”
 

De la misma manera que tener buena salud no es encontrarse en un estado estable cuya perpetuación estaría a prueba de todo riesgo , para un científico estar en lo verdadero no es encontrarse en un camino que conduce derechito y con toda seguridad a la verdad, lo que exigiría que ésta preexistiese a su manifestación; sino que es ser normativo, corriendo el riesgo de escogencias teóricas audaces, que producen rupturas, cuya pertinencia no está de entrada, ni automáticamente, garantizada; figurarse que podría ser de otra manera es concebir el devenir del conocimiento como el desarrollo de una sistema completamente racional cuyas condiciones estaban fijas desde el momento de la partida, que siguen un recorrido que conduce necesariamente de verdades en verdades, sin confrontarse con posibles errores y desvíos .  En este sentido, a título personal Galileo estaba bien agarrado por su compromiso propio, era el “sujeto” auténtico de las intervenciones cuyos resultados se consignan en su obra.  De manera comparable, en la historia de la biología –dominio al que Canguilhem consagró lo esencial de sus investigaciones– Claude Bernard o Darwin, lejos de estar hundidos en el curso de una lógica inexorable de verdad con respecto a la cual ellos no disponían ya de ningún margen de iniciativa (lo que haría de ellos simples jalones de su desenvolvimiento) han sido verdaderos inventores, creadores de conceptos (el medio interior para Claude Bernard, la evolución de las especies para Darwin) cuya pertinencia estaba destinada a ser puesta a prueba, en un ambiente forzosamente polémico de deber-ser.  Es por esto que la historia de las ciencias tal y como la practica Canguilhem es, en el sentido fuerte del término, una historia de científicos que se confrontaron, con los medios de que disponían, y por medio de rectificaciones sucesivas, al debate de lo verdadero y de lo falso, sin saber exactamente al momento de partir a dónde iban, salvo que buscaran reinsertar ficticiamente sus procesos en el movimiento retrógrado de lo verdadero.
 

A primera vista, en Foucault las cosas se presentan de forma completamente diferente; se duda inmediatamente, su reflexión va a pasar claramente por problemas que conciernen “la significación de una obra” como los concernientes a “la lección de un hombre”.  Cuando intervino en el Instituto de historia de las ciencias, con ocasión de las Jornadas de estudio organizadas en 1969 por el bicentenario del nacimiento de Cuvier por parte de Canguilhem , en el marco de un debate bastante tenso que siguió a su exposición, él generalizó sus apuestas de la siguiente manera:
«Pero cuando se trata de estudiar capas discursivas, o campos epistemológicos que comprenden una pluralidad de conceptos y de teorías (pluralidad simultánea o sucesiva) es evidente que la atribución al individuo se vuelve prácticamente imposible.  Así mismo, el análisis de estas transformaciones puede difícilmente ser referido a un individuo preciso […]De suerte que la descripción que trato de hacer debería dejar de lado en el fondo cualquier referencia a una individualidad, o más bien retomar de arriba abajo el problema del autor […]  Pues mi problema es señalar la transformación.  Dicho de otra manera, el autor no existe» .
 

Continuando su intervención, Foucault llega incluso hasta reprocharse haber utilizado nombres propios como los de Cuvier, Bopp o Ricardo, en las Palabras y las Cosas, mientras que el proceso de «transformación» que buscaba evidenciar, sobre cuyo fondo había aparecido la idea de “ciencias humanas”, se desenvolvía en un plano en el que no intervienen ni los autores ni las obras.  Visto bajo este ángulo, la historia de los conocimientos se presenta como un proceso sin sujeto.
Canguilhem asistía a la discusión que siguió la presentación de esta tesis, discusión en la que, con excepción de una breve anotación consagrada a la temática de la escala de los seres, no intervino .  Sería difícil reconstituir el hilo de los pensamientos que han debido sucederse en su espíritu escuchando afirmaciones como las que acabamos de oir que, sin duda por téctica más que por perturbación, se abstuvo de comentar.  Pero las personas que siguieron esos debates, y los lectores contemporáneos de sus reseñas que han sido publicadas y conservadas, no han podido y no pueden más que estar afectadas por el contraste entre las posiciones defendidas, por un lado por Foucault, para quién (retomando sus términos) “el autor no existe”, y por otra parte por Canguilhem, atento a la vez, en el conjunto de sus investigaciones en tanto que historiador de las ciencias, a “la significación de la obra” y a la “lección del hombre”; y este contraste produce tanta más perplejidad cuanto que estaba probado que, en puntos precisos de los que se debatían, Canguilhem se ponía de lado de Foucault contra sus objetores y detractores, lo que no podía sino perturbar, por no decir escandalizar a algunas de las personas que trabajaban con él en el Instituto de historia de las ciencias; no podían comprender eso que ellas llamaban su “indulgencia”  con respecto a tesis que, en el fondo, contravenían el espíritu de sus propias investigaciones, o al menos así les parecía.
 

Para desenredar este enigma es oportuno volver sobre el diagnóstico hecho por Canguilhem en su artículo “¿Muerte del hombre o agotamiento del cogito?” con respecto al concepto de episteme, diagnóstico favorable en el conjunto, lo que no impide sin embargo que esté abierto a una discusión con respecto a algunos aspectos que esta noción que presentan dificultades u oscuridades.  Lo que, en este concepto le interesa principalmente a Cangulhem es que él introduce en el análisis histórico lo que el llama con un término que regresa en muchas ocasiones en su texto, un principio de “eversión”; por ello se ha de entender el volteo de la mirada que permite desprender el devenir de los conocimientos científicos a la vez, en el plano de su interpretación, del régimen de las ideas recibidas, por tanto de la opinión y, en el plano de su desenvolvimiento real, del presupuesto logicista o formalista según el cual la ciencia progresaría en virtud de su propio empuje recional interno, de adquisición en adquisición, sin posibilidad de derivación o de regreso atrás.  Pero una vez admitido esto, surge la pregunta:
“la episteme, razón de ser de un programa de eversión de la historia, ¿es o no es algo más que un ser de razón?”
 

Suponiendo que la episteme sólo pueda ser un ser de razón, Canguilhem somete esta noción a un examen crítico que no deja de presentar una cierta analogía con el que, en la Dialéctica trascendental de la Crítica de la razón pura, Kant le hace sufrir a las “ideas” de la razón, forzosamente ideales y tendencialmente idealistas, el Yo, el Mundo y Dios.  Asignarle a estas ideas un contenido objetivo, por tanto una disciplina especial, la metafísica, aseguraría el tratamiento bajo la forma de un conocimiento sometido a la prueba de la verdad es, según Kant, ir más lejos de lo que lo permiten las capacidades impartidas a la razón y, a término, es legislar en el vacío.  Así mismo ¿no podemos preguntarnos, si la noción de episteme no responde objetivamente a ningún contenido asignable, lo que invalida la tentación de hacer de ella el objeto de una ciencia completa bautizada “epistemología”?  Pero planteándose esta interrogación, es preciso no olvidar que las ideas de la razón, una vez que se les ha negado un carácter objetivo, no por ello han perdido, desde el propio punto de vista de Kant, toda suerte de legitimidad, eso sí con la condición de que un estatuto diferente les sea atribuido; si no tienen el poder de legislar, esas ideas no por ello dejan de ejercer esa función que Kant llama reguladora que, sin que se reporten directamente a contenidos reales, les hace jugar en el modo del “como si”, por tanto a título virtual, a título de posibilidades tomadas en cuenta por sí mismas .  En el mismo sentido, cuando él sugiere que la episteme podría no tener otra realidad que la de un ser de razón, Canguilhem, lejos de considerar que esta noción debe ser descartada, incita a reconsiderar su modo de funcionamiento, es decir el uso que se puede hacer de ella en el marco impartido a lo que Foucault llama una “arqueología del saber”.
 

Lo que cuestiona Canguilhem es pues precisamente la idea según la cual la episteme podría tener un contenido “objetivo”.  Luego de haber avanzado la hipótesis de que ella podría ser a lo sumo un ser de razón, él saca la siguiente consecuencia:
“Una ciencia es un objeto para la historia de las ciencias, para la filosofía de las ciencias.  


Paradójicamente, la episteme no es un objeto para la epistemología”
Esto quiere decir que, para la epistemología –es decir, retomando la terminología empleada por Foucault, para la arqueología– ¿ella es otra cosa que un objeto?  Ahora bien, si se examina atentamente la manera como procede la tarea arqueológica que tiende a evidenciar, bajo el devenir real de las ciencias, de sus conceptos y de sus problemas, invariantes, se constata que estos son aprehendidos según la modalidad, no de lo real, sino de lo posible.  En efecto, ¿con qué tiene que ver directamente la episteme?  No directamente con saberes constituidos sino con condiciones de posibilidad de esos saberes, en el sentido en que Kant habla de lo “trascendental” que se mantiene por detrás de todo conocimiento real, aquello de lo que es necesario no precipitarse a concluir que podría él mismo dar su objeto a un conocimiento real: lo trascendental no es otro real que se mantendría más acá de lo real y que cumpliría a su respecto el rol de un fundamento metafísico; sino que representa, incluso en la trama de lo real, lo que constituye en él la parte de lo posible, de lo virtual, de lo tendencial.  Es la razón por la que el arqueólogo tiene que vérselas no con cosas sino con discursos sobre las cosas; parte de la base de que las condiciones de posibilidad de un saber no están dadas directamente en lo real al que se reporta ese saber, sino que tiene que ver con la forma discursiva según la cual se construye ese saber, o más bien: puede ser (peut être) construido, es decir: a ser (à être) construido a título de una virtualidad que queda por actualizarse, en el contexto de una actividad o de una práctica de conocimiento efectivo que, al no ser asunto del arqueólogo, interesa específicamente, de manera completamente legítima, al historiador de las ciencias.
 

Si se ven las cosas bajo esta ángulo, los procederes del historiador de las ciencias que es Canguilhem y del arqueólogo que es Foucault de ninguna manera son alternativos ni excluyentes el uno del otro, porque se mantienen en planos diferentes: el uno tiene que ver con lo real, y más precisamente con lo real que se está produciendo, bajo la forma de acontecimientos de pensamiento cuya producción está en curso; y el otro se ocupa de posibles que se presentan bajo forma de capas exhibidas, indiferenciadas, indiferentes a la distinción de lo verdadero y de lo falso.  Inmediatamente antes de establecer el carácter no normativo de la empresa arqueológica de Foucault, Canguilhem indica:
“El concepto de episteme es el de un humus en el cual sólo pueden brotar ciertas formas de organización del discurso, sin que la confrontación con otras formas pueda tener que ver con un juicio de apreciación”
 

Aquello sobre lo cual sólo pueden brotar ciertas formas de organización del discurso, ese “humus” o terreno de formación que es la episteme, no es él mismo un discurso ya organizado siguiendo ciertas formas; si esas formas puede aparecer sobre él no es a título de gérmenes preformados o de representaciones completamente hechas, sino porque él ofrece la posibilidad, a la espera de que ésta se realice, lo que no tiene que ver con su propia determinación.  Queda pues por hacer que surjan las formas en cuestión de ese suelo, cultivarlas, siguiendo procesos que tienen que ver no con el arqueólogo, sino con el historiador de las ciencias; este último es conducido así a voltear prioritariamente su mirada hacia las elecciones efectuadas por los científicos luego de evaluaciones que han orientado sus tomas de partido en un cierto sentido más bien que en otro, y cuyas consecuencias son sometidas a la prueba de la verificación, que diferencia lo verdadero y lo falso; dicho de otro modo: para retomar la terminología empleada por Bachelard, condiciona la repartición entre ciencia caduca y ciencia sancionada, lo que no es la competencia del arqueólogo.
 

El arqueólogo, que trata de trascendentales y no de las figuras reales emergidas de su puesta en funcionamiento, no se interesa en la distinción de lo verdadero y de lo falso porque, a nivel en que se sitúa su trabajo, esta distinción no tiene un valor probatorio.  En una intervención hecha por Foucault, en marco de las Jornadas de estudio sobre Cuvier, luego de la intervención de Dagognet que había precedido inmediatamente la suya, es presentada esta reflexión a primera vista sorprendente, “eversador” habría podido decir Canguilhem:
 

“Es necesario distinguir, en el espesor de un discurso científico, lo que es del orden de la afirmación científica verdadera o falsa, y lo que sería del orden de la transformación epistemológica.  Que algunas transformaciones epistemológicas pasen por, tomen cuerpo en un conjunto de proposiciones científicamente falsas, me parece ser una constatación histórica perfectamente posible y necesaria” .
Dicho de otra manera: que Cuvier haya resultado eventualmente todo falso en el plano de su producción científica propia  no cuestiona para nada el rol de revelador y de índice que le asigna el arqueólogo en el plano, no de la elaboración de conocimientos reales, llamados a ser sometidos a la prueba de lo verdadero y de lo falso, sino del proceso de “transformación” que da a esta elaboración sus condiciones de posibilidad, nada más.
 

Para comprender mejor el alcance de este razonamiento, no es aberrante servirse de un paradigma retomado de la geografía.  En numerosas ocasiones, en particular en la Entrevista aparecida en 1976 en la revista Heródoto , Foucault explicó que se sentía más geógrafo, preocupado por problemas de disposición en el espacio, que historiador, interesado en evoluciones temporales.  Por su lado, Canguilhem se había interesado desde muy temprano en las investigaciones en “geografía humana” llevadas a cabo por la escuela de Vidal de Lablache y de de Martonne, en oposición a la tradición germánica de geografía física inspirada por Ratzel y sus sucesores; él había integrado aquellos resultados a su reflexión personal que, rechazando la vulgata ontologizadora, hace pasar a primer plano la consideración axiológica.  Este debate entre geógrafos puede aclarar la discusión precedente con respecto a la episteme.  Desde el punto de vista d elos geógrafos de la escuela alemana, las poblaciones están estrechamente dependientes del suelo que ellas ocupan, y al que están de una vez por todas prendadas o adaptadas, y de alguna manera clavadas; en esta perspectiva, la geografía explica la historia que no es sino uno de sus avatares.  Al introducir el concepto polémico de “geografía humana”, los investigadores de la escuela francesa inpirados por Vidal de Lablache denunciaban implícitamente el carácter “inhumano” de esa explicación que somete enteramente las actividades humanas a un determinismo físico al que ellas no pueden sustraerse, y les negaba por consiguiente la capacidad de innovar, de crear, transformando su medio de existencia; ahora bien, éste último, si les ofrecía un conjunto de posibilidades, no prejuzga sin embargo de las escogencias prácticas indispensables para que esas posibilidades, al menos algunas de ellas, sean efectivamente realizadas o explotadas, lo que tiene en cuenta su iniciativa.  Una cosa es entonces el medio ambiente, espacio neutro ocupado por realidades que, estando simplemente allí a título de datos físicos, no están valorizadas en un sentido o en el otro, en la medida en que ellas no ofrecen perspectivas de escogencias completamente trazadas; otro es el medio ocupado y explotado en la práctica por poblaciones que, en particular gracias a los medios artificiales provistos por la técnica, disponen ese espacio para fines de utilidad, fines que de entrada no estaban inscritos en la naturaleza de las cosas, sino que tenían que ver con su responsabilidad de introducirlos allí .  Este análisis amplíado, más allá de lo humano y de las formas propiamente técnicas que toma su actividad, al viviente considerado en general, recorta la distinción hecha, en etología, por Uexküll entre Umgebung y Umwelt : el primero constituye un entorno natural de hecho, objetivo, como tal indiferente a las prácticas efectivas que allí se desenvuelven bajo la responsabilidad de los sujetos que las ejecutan, mientras que el segundo es un mundo de signos y de significaciones, informado por las necesidades y las tendencias de sus habitantes que se lo han adaptado con miras a llevar allí su vida propia , y no tanto que ellos se hayan adaptado a él.
 

Cuando Foucault introduce la noción de arqueología, que hacer referencia a un basamento que está más profundo que lo edificado encima de él, apunta su atención al entorno global que da un lugar de acogida a actividades de conocimiento que pueden aparecer dentro de ese marco, sin que su aparición obedezca a un principio de determinación sometido a la ley objetiva de las cosas.  Dicho de otro modo: lo que él llama la episteme de una época no es el conjunto de los conocimientos, ya preformados, que podrán ser elaborados en esa época; ella representa únicamente su trascendental, ese “ser de razón” que constituye a fin de cuentas su condición de posibilidad.  El arqueólogo se remonta hasta ese marco, humus en el que queda por hacer que se presenten realmente esas formaciones cognitivas que son las ciencias propiamente dichas, con respecto a las cuales interrogantes como los de “la significación de la obra” o el de “la lección del hombre” merecen ser formulados.  Se comprende entonces que, si bien la arqueología ha puesto entre paréntesis la consideración de la normatividad y de la subjetividad, la historia de las ciencias pueda, sobre las bases así exhumadas, reintroducir esta consideración con miras a mostrar cómo, del humus primordial, han efectivamente salido tales o cuales conocimientos reales, a lo largo de procesos que no estaban enteramente prefigurados en sus condiciones de partida, condiciones que es necesario no ir a asimilarlas con ningún tipo de fundamento, ya sea lógico o arqueológico.  Desde entonces, el trabajo de Foucault y el de Canguilhem ya no son contradictorios, incluso aparecen como complementarios el uno del otro.
Esta complementariedad se ha hecho posible por el hecho de que la arqueología no saca a luz para nada a un sistema primero de conocimientos, conocimientos de esos de antes del conocimiento, a partir de los cuales los científicos no tendrán luego más que efectuar gradualmente el desarrollo.  Si un tal sistema existiese, de entrada estaría estructurado y ordenado siguiendo normas destinadas a ser aplicadas de manera conforme o no conforme.  Ahora bien, la episteme tal como la trata el enfoque de Foucault, se presente de manera completamente diferente: neutra axiológicamente, en el sentido en que no está sometida a criterios permanentes de comprobación de su valor propio de verdad, ella solamente ofrece un campo a la investigación de verdades que no están prefiguradas en ese campo.  La episteme hace posible la prueba de la verdad, pero ella no está sometida a esa prueba, que por consiguiente presenta un carácter, no absoluto, sino relativo; en efecto, sólo existe verdad en relación con un contexto epistémico dado, contexto con respecto al cual hay o puede haber verdad, sin que haya lugar para interrogar a dicho contexto sobre su valor propio de verdad.
 

En “¿muerte del hombre o agotamiento del cogito?”, Canguilhem plantea de paso la cuestión de saber si ese relativismo –pero quizás sería preferible hablar de un relacionismo, que desemboque en una puesta en red de la cuestión de la verdad que permita recontextualizarla– no tendrá que ver con el que da su inspiración al proceder culturalista bajo la forma que le han  dado los sociólogos y antropólogos norteamericanos.  Esta andadura conduce a la revelación de invariantes, como por ejemplo la “personalidad de base”, revelación que permite medir el grado de integración de los individuos a la totalidad social de la que ella constituye el paradigma identificatorio.  Así mismo, si se toma en serio el acercamiento, parecería que el trabajo del conocimiento visto desde el punto de vista del arqueólogo, se desenvolvería sobre el fondo de una “episteme de base” que constituiría, según los términos empleados por Canguilhem, “su sistema universal de referencia en tal época, cuya diferencia es la única relación que mantendría con el que le sigue” ; este universal de referencia, al sólo ser universal para su época, se le supone pues que tiene valor en sí independientemente de una posibilidad de evaluación que lo haga salir de su límites propios.  Pero la hipótesis de la que se reclama este enfoque, tan pronto se la plantea, debe ser descatada.  En efecto, hay una diferencia esencial entre la epistema y lo que el culturalismo estadounidense coloca bajo la categoríaa de personalidad de base.  Bajo esta categoría se encuentra un paradigma que, sin haber sido él mismo normado a partir de los criterios de evaluación que exceden su naturaleza propia, norma los comportamiento particulares de los individuos a los que se reporta en un marco cultural dado; neutro axiológicamente si se lo considera en sí mismo, también es en el plano de su uso, separador, generador de conformismo, por tanto no neutro, que es a lo que lo destina su naturaleza misma de paradigma; según los términos empleados por Canguilhem, él representa “el concepto a la vez de un dato y de una norma que una totalidad social impone a sus partes para juzgarlas, para definir la normalidad y la desviación” .  Ahora bien, la episteme, que ofrece un campo, es decir un conjunto de disponibilidades indispensables para las operaciones efectivas del conocimiento, no legisla sobre el uso de esas disponibilidades, y por consiguiente no le provee a las operaciones que hace posibles (a las que les ofrece sus condiciones necesarias pero no sus condiciones suficientes) modelos estándares que permitan discriminar sus resultados; la neutralidad axiológica propia de este campo se extiende al conjunto de las operaciones a las que da lugar, es decir que él no le impone a éstas normas de verdad preconstituidas, independientes de su puesta en funcionamiento efectivo.  Sobre el humus de ese campo brota, no de lo normal apreciado como tal con relación a patrones dados ne varietur, sino de lo normativo, es decir un trabajo prospectivo de invención cuya responsabilidad la tienen personalmente los científicos, lo que los conduce en esta ocasión a “estar en lo verdadero”, o más bien a meterse en ella, por su propia cuenta y riesgo, incluso sin saber y sin poder saber, propiamente hablando, lo verdadero por adelantado.  Por acá mismo se reanuda una relación entre episteme y posición de sujeto; si no existe sujeto fundador que se mantendría tras la episteme –y en este sentido es claro que ella no tiene sujeto– hay lugares delante de ella para la acción efectiva de sujetos productores de conceptos y trabajadores de la prueba, acción a la que ella prové, no modelos prefabricados sino disponibilidades.  El sujeto no ha sido suprimido, sino que cambió de lugar y por lo mismo de naturaleza .
 

Se puede pues afirmar que, incluso durante el período en que había alejado de sus preocupaciones la consideración de un sujeto de las normas, no solamente sujetado a normas, sino creador de normas, y como tal inclinado a lo que llamará más tarde “el cuidado de sí”, Foucault no invalidó de ninguna manera la cuestión del sujeto sino que preparó una manera novísima de abordarlo, que pondrá en funcionamiento durante el período ulterior en que esa cuestión del sujeto regresará, tomada en sí misma, al primer plano de su atención.  Para caraterizar ese nuevo abordaje, se puede retomar la fórmula de la que se servía Canguilhem en el título de su artículo, “agotamiento del cogito”, que no significa, como lectores demasiado apresurados se lo han figurado, la desaparición del sujeto, ni siquiera –tomando esta fórmula al pie de la letra– la “muerte del hombre”.  Cuando Foucault explica que, en el plano propio de la arqueología, el hombre solo ocupa, a título de objeto de conocimiento, la posición de una formación derivada, destinada, una vez llegue el momento, a borrarse como una figura trazada en la arena a la que la marea viene a recubir, se dedica al género de especulaciones que Althusser, sirviéndose de referencias y de medios diferentes, ponía bajo la categoría de “humanismo teórico” ; pero, poniendo en su sitio este tipo de especulaciones que, dice él, cumplieron su ciclo, él libera el campo donde podrá aparecer una noción de un tipo completamente diferente, cuya caracterización toma prestada de Nietzsche, bajo la denominación “superhombre”.  Ahora bien ¿qué es el superhombre?  Es el tipo de sujeto que debe salir del “agotamiento del cogito”, por tanto un sujeto que ha dejado de ser sustancial, res cogitans, y que ya no juego el papel de un fundamento teórico, sino que se ha vuelto sujeto práctico, sujeto de sus actividades, en el primer rango de las cuales está la de hacerse a sí mismo, o hacer de sí su obra propia, a prueba de los valores de los que ha hecho elección, por su propia cuenta y riesgo, no completamente solo sino con los otros, y eventualmente en conflicto con ellos.
 

Canguilhem también era un lector de Nietzsche, y su concepción de la normatividad del sujeto converge (por otras vías distintas a las seguidas por Foucault) en la de un sujeto práctico, sometido a la exigencia del deber ser bien simplemente porque él ya no es completamente a la manera de una cosa; sino que él tiene que ser, debe hacerse, por su propia actividad creadora, que en nada está sometida a un determinismo natural, incluso si ese determinismo le ofrece el fondo sobre el cual le queda trazar su camino propio bajo su responsabilidad.  En momentos en que preparaba su tesis de medicina, que después constituyó el cuerpo principal de la obra sobre lo Normal y lo Patológico, Canguilhem se había interesado en filósofos neokantianos de la escuela de Heidelberg ; en su espíritu, su manera singular de razonar había recortado las enseñanzas que había sacado de Renouvier y de Hamelin, y que iban en el sentido de lo que se puede llamar un “posibilismo” , poniendo de presente un punto de vista axiológico, como alternativa a un “determinismo”, que tenía mucho más que ver con un punto de vista ontológico, es decir con una “filosofía de cosas” .  Que el hombre, como por lo demás el conjunto de los seres vivos, evoluciona en un mundo lleno de cosas que pueden indiferentemente  serle útiles o dañinas, es algo que no se puede negar; pero esto no autoriza a llevarlo al rango de una cosa al lado de las otras, así sólo sea porque él a su manera tiene a bien se la cosa que él es; esta manera se distingue por su capacidad de cambiar su medio de existencia transformándolo por medio de la técnica y, cuando se requiere, cambiando de medio, una capacidad de la que los seres vivos no disponen, al menos no en el mismo grado.  Canguilhem, generalmente avaro en consideraciones de orden general, ha priorizado en particular esta consideración –a la que le daba la forma de una “exigencia” (palabra que regresa a menudo cuando concentra las apuestas de su orientación filosófica personal)– en la conclusión de su conferencia sobre “el Cerebro y el Pensamiento”, donde introduce, de manera bastante inesperada la referencia a Spinoza, un filósofo que, en razón del sustancialismo y del necesitarismo que se le acredita frecuentemente, no estaríamos inclinados a colocar bajo la categoría de “posibilismo” .  Es la razón por la que, cuando se refiere a Spinoza para concluir su exposición sobre “el Cerebro y el Pensamiento”, no es bajo el ángulo teórico que pudiera ser puesto bajo la rúbrica “la significación de la obra” que Canguilhem lo hace; “Spinoza” –y cuando pronuncia el nombre de Spinoza Canguilhem piensa, y piensa muy fuerte, en Cavaillès que se había declarado en muchas ocasiones “spinozista”– es ante todo para él “la lección del hombre”, un hombre que ha sido un héroe del pensamiento no solamente en el plano de sus elecciones teóricas sino en el de la vida práctica, y propiamente de la política, de sus violencias y de sus azares.
Entonces, “Spinoza”, antes que un nombre pudiendo servir de etiqueta a una doctrina que tiene su lugar en la historia de los sistemas de pensamiento, es el representante de una actitud, o para retomar una palabra que le encanta a Canguilhem, una manera de obrar filosófica, una cierta forma de orientarse, de perfilar sus intervenciones, de ser “normativo”, no solamente en el pensamiento sino también en la vida:
 

“En cuanto a la filosofía, su tarea propia no es la de aumentar el rendimiento del pensamiento sino el recordarle el sentido de su poder.  Asignarle a la filosofía la tarea específica de defender al Yo como reivindicación intransferible de presencia-vigilancia es reconocerle solamente el papel de la crítica. Por lo demás esta tarea de negación no es de ninguna manera negativa, pues la defensa de una reserva es la preservación de las condiciones de posibilidad de la salida (…)  Defender su circunspección impone salir de ella cuando se requiera, como lo hizo Spinoza.  Salir de su reserva es hacerlo con su cerebro, con el regulador viviente de las intervenciones que actúan en el mundo y en la sociedad. Salir de su reserva es oponerse a toda intervención extraña sobre el cerebro, intervención que tiende a privar al pensamiento de su poder de reserva en última instancia”
 

Bajo una forma concentrada –una extrema concentración es la marca distintiva del “estilo” de Canguilhem– esta declaración vehicula toda suerte de reservas.  Cuando Canguilhem le asigna a la filosofía, bajo la responsabilidad de un “Yo” de vigilancia , una “tarea de negación que no es de ninguna manera negativa”, explota una concepción original de la negación que remite a la vez al Ensayo con miras a introducir en filosofía el concepto de negativo de Kant, a la interpretación no-hegeliana de la dialéctica como “heterología” de Ricket, y a la “filosofía del no” de Bachelard: pensar, como todas las otras actividades vitales, es confrontarse con valores negativos, superar obstáculos, por tanto, en el sentido fuerte del término: “resistir”, esta última palabra remitiendo a una gama de comportamientos que van desde mantener la circunspección en la adversidad, al de oponerse, incluso por la fuerza si es necesario.  Cuando evoca la necesidad en la que el filósofo se encuentra, en este caso, de “salir de su reserva”, Canguilhem piensa evidentemente en el compromiso de Cavaillès en el movimiento de la resistencia contra el régimen de Vichy y la ocupación alemana, un compromiso que le costó la vida; y en su propio compromiso con ese movimiento en el que había seguido su ejemplo, como no ha cesado de recordarlo, un ejemplo cuyo alcance es simultáneamente político y filosófico, no siendo posible el uno sin el otro.  Por discreción, por “reserva” –la reserva era un carácter distintivo de la personalidad de Canguilhem– la conclusión de la conferencia sobre “el Cerebro y el Pensamiento” no hace expresa referencia a este compromiso que Canguilhem mismo practicó, como filósofo, arriesgando el pellejo en los montes de Auvergne; pero lo evoca sirviéndose de una parábola tomada de una de las biografías de Spinoza compuestas luego de su muerte.  Esa parábola, de la que no se sabe si se refiere o no a hechos reales o legendarios –por lo demás en su época, Spinoza era alguién a propósito de quien se podía efectivamente contar este género de historias, ya fueran verdaderas o falsas– concierne la expedición solitaria que habría llevado a cabo Spinoza por las calles de La Haya, blandiendo una pancarta en la que estaban escritas las palabras: “Ultimi Barbarorum”; el acontecimiento habría ocurrido en 1672, en el momento del asesinato de los hermanos Witt, los Grandes Pensionistas del régimen republicano instaurado algunos años antes, en el que parece –quizás sea otra leyenda– había participado a título de Consejero; y una vez descubierto el asunto, había hecho su apología en su Tractatus Teológico-político publicado anónimamente en 1670, una llamarada que se difundió inmediatamente por toda Europa.  Este proceder, a la vez temerario y simbólico, presenta una significación filosófica en la medida en que  remite a la existencia de un “Yo” que no se contenta con adoptar con respecto a la realidad una posición de sobrevuelo, sino que, incluso en sus redes, ejerce una función de “vigilancia”.  Pero en el mismo movimiento aclara el conjunto de la filosofía de Spinoza cuyo alcance es revelado plenamente:
 

“En suma, esta filosofía que refuta y rehúsa los fundamentos de la filosofía cartesiana, el cogito, la libertad en Dios y en el hombre, esta filosofía sin sujeto, muchas veces asimilada a un sistema materialista, esta filosofía vivida por el filósofo que la pensó, imprimió a su autor el empuje necesario para insurgirse contra el hecho cumplido.  La filosofía debe dar cuenta de tal poder de empuje” .
Visto bajo este ángulo, Spinoza es por excelencia un filósofo “normativo” que, profesando “el agotamiento del cogito”, abre un campo de intervención a un nuevo “Yo”, definido `por su “poder de empuje”  que lo conduce a “insurgirse contra el hecho cumplido”.
 

Este desvío por Spinoza, un pensador en el que parece que Foucault nunca se interesó, conduce a él por un sesgo inesperado.  En efecto, ¿qué es Spinoza para Canguilhem?  Es el filósofo que detenta y ejerce un “poder de empuje” que lo impulsa a insurgirse, a resistir.  Pues resulta que, en sus últimas producciones teóricas, y en las intervenciones que hacía en caliente sobre las cuestiones de actualidad, Foucault le dió una particular importancia a la noción de “resistencia”.  Incluso se puede avanzar que fue esta noción la que hizo la transición entre su reflexión sobre la cuestión del poder y la del sujeto, que pasó a primer plano en sus ultimos trabajos.  La idea que desarrolla Foucault a este respecto  es que la resistencia no es un fenómeno aislado, y como tal accidental, porque su necesidad es consubstancial al ejercicio del poder, del que constituye la otra cara; es la razón por la que no hay forma concebible de poder que no comporte en su estructura la tendencia a resistirle; en este sentido, a nivel que juegue, el poder lejos de constituir un sistema cerrado, opaco y sin fallas, deja siempre lugar a la tendencia a enfrentarlo, y en el límite a derrocarlo.  Ahora bien, este lugar es precisamente aquel por el que se insinúa el sujeto salido del agotamiento del cogito; un sujeto que no reivindica una identidad sustancial independiente, por tanto absoluta, sino que, ocupando los instersticios de la realidad, desapretando las “mallas del poder”, se hace por ello mismo normativo, es decir: ya no detentador de una subjetividad de la que dispondría como si se tratase de un hecho cumplido, sino autor responsable de sí mismo, creador de una subjetividad que se ha vuelto su propia obra.  De esta orientación en dirección a los problemas de la normatividad y de la subjetividad, que se ha vuelto dominante en los últimos trabajos de Foucault, Cangulhem había pronosticado en 1967, el anuncio en la conclusión de su artículo “¿muerte del hombre o agotamiento del cogito?”.  Luego de haber subrayado el interés de las nuevas luces aportadas por las Palabras y las Cosas sobre la formación de la idea de “ciencias humanas”, propone en las últimas líneas de su texto la siguiente hipótesis:
“A menos de que, no tratándose ya aquí de la naturaleza y de las cosas, sino de esa aventura creadora de sus propias normas a la que el concepto empírico-metafísico de hombre, sino la palabra misma, pudiera cesar un día de convenir, no había diferencia que hacer entre el llamado a la vigilancia filosófica y la puesta al día –un día crudo mucho más que cruel – de esas condiciones prácticas de posibilidad” .
 

Se requería mucha lucidez y vigilancia filosófica para desentrañar de manera premonitoria que, en la reserva de los análisis desarrollados por Foucault en las Palabras y las Cosas donde la problemática del saber parecía ocupar una posición preeminente, se encontraban las preocupaciones propias de una “filosofía práctica”, preocupaciones filadas sobre actividades en las que deben participar “sujetos”, sujetos de vigilancia y no de sobrevuelo.  En la continuación de su obra, Foucault dará cada vez más importancia efectivamente a tales consideraciones, lo que Canguilhem había presentido de entrada.
tr. Luis Alfonso Paláu, Medellín, junio 6 de 2016.

anexo 1
 

78.- la Trampa de Vincennes
“Le piège de Vincennes” (entrevista con P. Loriot), le Nouvel Observateur, nº 274, 9-15 fwbeweo sw 1970, pp. 33-35 [Michel Foucault.  Dits et écrits.  t. II.  París: Gallimard, 1994.  pp. 67-73]
En enero de 1970, el ministro de educación nacional, Olivier Guichard le comunica al presidente de la facultad de Vincennes, M. Cabot, su intención de no conceder el título de licenciado en la enseñanza a los estudiantes del departamento de filosofía de Vincenne.  En Radio Luxemburgo, el ministro justificó su proyecto explicando que el contenido de la enseñanza de la filosofía en Vincenne era demasiado particular y “especializado”.  Para convencer a sus escuchas, enseguida leyó los títulos de algunos cursos  consagrados al marxismo y a la política.  Esas declaraciones provocaron todo tipo de rumores.  Michel Foucault era entonces el responsable del departamento de filosofía.
 

Pasemos rápido a los elementos de la discusión.  Habría que objetar: ¿cómo impartir una enseñanza desarrollada y diversificada cuando se tiene novecientos cincuenta estudiantes para ocho profesores?  También habría que objetar: en Vincennes hay estudiantes que han hecho ya seis meses de estudios, otros dieciocho; y,  mientras se ha hecho camino se les dice: lo que habéis hecho es bordado, hay que recomenzar en otra parte.  Pero también habría que objetar: ¿se quiere producir deliberadamente muchos centenares de desempleados intelectuales en la época en que las estadísticas son amenazadoras?  Y finalmente  podría añadir: que se nos diga claramente qué es la filosofía y a nombre de qué –de qué texto, de qué criterio o de cuál verdad– se rechaza lo que estamos haciendo.
Pero yo creo que es necesario ir a lo esencial; y lo esencial, en lo que dice un ministro, no son las razones que él da; es la decisión que quiere adoptar.  Es clara: los estudiantes que hayan hechos sus estudios en Vincennes no tendrán el derecho de enseñar en la secundaria.
 

Planteo a mi vez preguntas: ¿por qué este cordón sanitario?  ¿Qué es lo que tiene la filosofía (es decir la clase de filosofía) de precioso y de frágil que haya necesidad, con tanto cuidado, de protegerla?  ¿Y qué es lo que hay de tan peligroso entre los vanceneses?
 

— ¿Qué le reprocha Ud. a la enseñanza de la filosofía y, en particular, a la clase de filosofía?
 

— Sueño con un Borges chino que citara, para divertir a sus lectores, el programa de una clase de filosofía en Francia: “el hábito; el tiempo; los problemas particulares de la biología; la verdad; las máquinas; la materia; la vida; el espíritu; Dios –todo de una está sobre la misma línea–; la tendencia y el deseo, la filosofía, su necesidad y su objetivo”.  Pero a nosotros nos toca cuidarnos de no reír; ese programa fue hecho por gentes inteligentes e instruidas.  Escribas sin defecto, ellos han retranscrito muy bien, en un vocabulario a veces arcaico, a veces al que se ha desempolvado, un paisaje que nos es familiar y del que somos responsables.  Pero sobre todo, él conservó lo esencial: es decir la función de la clase de filosofía.  Y esta función se me aparece en la posición de la clase de filosofía.  Posición privilegiada, puesto que es la clase de undécimo, la “coronación” como se dice de la enseñanza secundaria.  Posición amenazada: desde hace cien años no se deja de discutir su existencia, se propone siempre suprimirla.
 

A comienzos del siglo XX, hubo toda una discusión que habría que releer.  Uno de los más feroces adversarios de la clase de filosofía le reprochaba entonces estar poniendo en circulación bandas de “anarquistas”.  Ya.  Era Maurice Pujo, uno de los fundadores de la Acción francesa.  Frágil realeza de la clase de filó; corona expuesta y siempre presta a caer.  Tenemos pues cien años viéndola sobrevivir en esta posición peligrosa.
 

La filosofía está ahí, al término de la enseñanza secundaria, para dar a los que han recibido el beneficio, la conciencia de que ellos tienen de acá en adelante un derecho de mirar sobre el conjunto de las cosas.  Se les dice: “No, no les enseñará nada; la filosofía no es un saber, es una reflexión, una cierta manera de reflexionar, que permite cuestionarlo todo, y que incluso obliga a ello.  Durante cinco o seis años venís creyendo en las bellezas de Ifigenia, en la meiosis de las células sexuales, en el take-off económico de la Inglaterra burguesa.  Todo ese saber, tenéis el derecho de reexaminarlo, no en su exactitud sino en sus límites, sus fundamentos, sus orígenes.  Y lo que habréis de aprender, cuando os convirtáis en médico, jefe de marketing o químico, habrá que someterlo al mismo tribunal.  Estáis camino de volveros libres ciudadanos en la república del saber; os corresponde ejercer vuestros derechos.  Pero con una condición: que hagáis uso de vuestra reflexión y sólo de ella.  Reflexión, es decir buen sentido ligeramente realzado, juicio imparcial que sabe escuchar el pro y el contra, libertad en fin.  Es por esto –continúa el profesor – que a pesar de la letra de un programa que no les obliga por completo, yo trataría de enseñaron a juzgar libremente.  Libertad y juicio, tal sería la forma de nuestro discurso; tal sería pues naturalmente su contenido; mi colega de la clase de al lado, que es sexagenario, insistirá más sin duda en el juicio refiriéndose a Alain.  Yo os hablaría sobre todo de la libertad, y de Sartre; yo soy cuadragenario.  Pero ni vosotros ni vuestros camaradas perderán en el reparto.  Sartre y Alain, es clase de filosofía que se ha vuelto pensamiento”.
 

Este discurso no es en vano.  Pero del exterior, otro le responde.  “Los profesores de filosofía son charlatanes, siempre inútiles, a veces peligrosos.  Hablan de lo que no les importa; se arrogan el derecho de criticarlo todo, el conocimiento que no tienen y la sociedad que los alimenta.  Llegó el momento de que los alumnos no pierdan su tiempo.  Suprimamos todo ese fárrago”.
 

Es necesario no subestimar la amenaza.  Pero ella no ha dejado de existir.  En Francia hace parte de las condiciones de existencia de la clase de filosofía.  Es el gendarme necesario para la intriga; gracias a él el telón no cae.  Me parece que el juego es el siguiente: a los alumnos de primaria, la sociedad les da el “leer-y-escribir” (la instrucción); a los del técnico, les ofrece saberes a la vez particulares y útiles; a los de secundaria, que normalmente deben entrar a la facultad, les entrega saberes generales (la literatura, la ciencia), pero al mismo tiempo la forma general de pensamiento que permite juzgar todo saber, toda técnica, y la raíz misma de la instrucción.  Les concede el derecho y el deber de “reflexionar”; de ejercer su libertad pero sólo en el orden del pensamiento, de ejercer su juicio, pero sólo en el orden del libre examen.  La clase de filosofía es el equivalente laico del luteranismo, la anti-Contra-Reforma: la restauración del edicto de Nantes.  La burguesía francesa, como las otras burguesías, tuvo necesidad de esta forma de libertad.  Luego de haber casi carecido de ella en el siglo XVI, la reconquistó en el XVIII y la institucionalizó en el XIX, en su enseñanza.  La clase de filosofía, es el luteranismo de un país católico y anticlerical.  Los países anglosajones no tienen necesidad y prescinden de ella.
 

— en Francia también, de cierta manera ocurre lo mismo dado que hay relativamente pocos jóvenes franceses que acceden a la clase de filosofía.
 

— Ud. tiene razón; es un luteranismo de uso interno de la burguesía.  En el siglo XIX se la obligó a conceder el sufragio universal.  Ahora bien, a diferencia del protestantismo, la conciencia católica no podía a la vez sostener la burguesía (que había establecido su poder a pesar de la Iglesia) y asegurar el control de esta libertad.  Se requirió pues recurrir a la instrucción.  A la instrucción pública.  La secundaria, abriéndose en la filosofía, aseguraba la formación de una élite que debía compensar el sufragio universal, guiar su uso, limitar sus abusos.  Se trataba de constituir una conciencia político-moral en aquel lugar donde falta un luteranismo.  Una guardia nacional de las conciencias.
 

— Todo esto es quizás verdad para la primera mitad del siglo.  Pero ¿ahora?
 

— Es verdad, las cosas están cambiando.  La prolongación de la escolaridad es un hecho y, en el límite, la enseñanza de la filosofía le podría ser dada a todo el mundo.  Pero, al mismo tiempo, se trata de encontrar un medio para evitar la entrada de todos a las universidades.  La clase de filosofía corre el riesgo de volverse inútil (si todo el mundo accede a ella) y peligrosa (si ella da el derecho de mirar a todo conocimiento).  Su supresión está realmente al orden del día.
 

— Luego de lo que ha dicho, sin duda que Ud. no lo lloraría mucho.
 

— Sí, sí, en un sentido y quizá en muchos.  Vea Ud., la situación es bastante complicada.  Están los que dicen: “hay que suprimir la clase de filosofía; ya he hecho demasiados daños y se deben esperar muchos peores cuando los estudiantes de la nueva generación (los de Vincenne en particular) lleguen a los liceos; comencemos por poner fuera de circuitos a los estudiantes de Vincenne y, poco a poco, de supresión en supresión, limpiaremos la secundaria y la superior”.
 

Hay otros que dicen: “hay que salvar como sea la clase de filosofía.  Los vanceneses, con sus extravagancias, la comprometen; si podemos asegurarnos de que esos extraños “filósofos” no accedan a los liceos, seríamos más fuertes para defender la clase de filosofía en su tradición legítima”.
Me parece que querer conservar la clase de filosofía en su vieja forma, es caer en la trampa.  Pues esa forma estaba ligada a una función que está, una vez más, llamada a la desaparición.  Y pronto vendrá el día en que se oirá decir: “¿Por qué conservar todavía una enseñanza tan obsoleta y tan vacía, en una época en que todo el saber se ha reorganizado?  ¿qué significa de acá en adelante esa universal reflexión crítica?  Hace rato llegó el momento de echarla por la borda”.
 

— Pero ¿no les reprochan de estar haciendo Uds. otra cosa distinta de la filosofía?
 

— No estoy seguro, Ud. sabe, de que exista la filosofía.  Lo que existe son “filósofos”, es decir una cierta categoría de gentes cuyas actividades y discursos han variado de época en época.  Lo que los distingue, como a sus vecinos los poetas y los locos, es la repartición que los aísla, y no la unidad de un género o la constancia de una enfermedad.
 

Hace bien poco que todos se volvieron profesores.  Quizás este sólo sea un episodio, quizás sea algo por mucho tiempo.  En todo caso, esta integración del filósofo a la Universidad no se ha hecho de la misma manera en Francia y en Alemania.  En Alemania, el filósofo ha estado ligado, desde la época de Fichte y de Hegel, a la constitución del Estado; por ello ese sentido de una destinación profunda, por eso, esa seriedad de los “funcionarios de la historia”, por esta razón, ese rol de portavoces, de interlocutores o de denostadores del Estado que han jugado de Hegel a Nietzsche.
 

En Francia, el profesor de filosofía ha estado encargado más modestamente (de una manera directa en los liceos, indirecta en las facultades) de la instrucción pública, de a conciencia social de una forma cuidadosamente medida de “libertad de pensamiento”; digamos para ser claros: del establecimiento progresivo del sufragio universal.  Por esto, ese estilo de director, o de objetor de conciencia, por esto el papel que les encanta jugar de defensores de las libertades individuales y de las restricciones de pensamiento; pero también su gusto por el periodismo, su preocupación por hacer que se conozca su opinión y la manía de responder entrevistas…
 

— No es algo que esté tan mal.  Las declaraciones públicas de los “filósofos” han prestado algún servicio…
 

— En todo caso se comprende que con el papel que se les ha devuelto, lo que ellos debían enseñar era una filosofía de la conciencia, del juicio y de la libertad.  Debía ser una filosofía que mantuviese los derechos del sujeto ante todo saber, la supremacía de toda conciencia individual con respecto de toda política.  Ahora bien, llevados por los desarrollos recientes, nuevos problemas han aparecido; ya no cuáles son los límites del saber (o sus fundamentos), sino ¿cuáles son los que saben?  ¿Cómo se opera la apropiación y la distribución del saber?  ¿Cómo un saber puede tomar lugar en una sociedad, desarrollarse allí, movilizar recursos y ponerse al servicio de una economía?  ¿Cómo el saber se forma en una sociedad y se transforma en su seno?  Por esto dos series de preguntas: las unas más teóricas sobre las relaciones entre saber y política, y las otras, más críticas, sobre lo que es la Universidad (las facultades y los liceos) en tanto que lugar aparentemente neutro donde un saber objetivo está llamado a redistribuirse equitativamente.  Si estas preguntas llegasen a ser planteadas en la clases de filosofía, es claro que su función tradicional tendrá que ser profundamente transformada.
El Sr. Guichard finge defender la filosofía contra una intrusión de estudiantes que no han sido formados para enseñarla.  De hecho, él protege el viejo funcionamiento de la clase de filosofía contra una manera de plantear los problemas que la hace imposible.
 

— ¿Cómo llegaron las cosas a esto?  ¿No le hicieron promesas cuando fue creada la universidad de Vincennes?
 

— Recibimos desde el comienzo entera libertad.  Evidentemente, habríamos podido tratar de trampear con esa libertad.  Hubiéramos podido recurrir a esa formita de hipocresía que habría consistido en modificar las formas pedagógicas de la enseñanza (constituir grupos de estudio, dar una cierta libertad de intervención a los estudiantes) sin cambiar nada del contenido; habríamos continuado enseñando a Plotino o a Hamelin, pero en formas que les gustaran a los “reformadores”.  Y había otra hipocresía posible: modificar el contenido, introducir en el programa autores como Nietzsche, Freud, Marx, etc., pero manteniendo la forma tradicional de la enseñanza (disertaciones, exámenes, diversos controles).  Hemos rehusado uno y otro de estos acomodamientos; hemos tratado de llevar a cabo la experiencia de una libertad, yo no digo total, pero lo más completa posible en una universidad como la de Vincenne.
Encontramos que los estudiantes, el año pasado, venían en su mayor parte directamente de la clase de filosofía; sabían pues exactamente lo que deseaban y de lo que tenían necesidad en esa clase.  Eran la mejor guía para definir la forma y el contenido de la enseñanza que teníamos que impartir.  Y fue con su acuerdo que hemos definido dos grandes dominios de enseñanza: uno que está esencialmente consagrado al análisis político de la sociedad y el otro dedicado al análisis del hecho científico y al análisis de un cierto número de dominios científicos.  Estas dos regiones, la política y la ciencia, nos han parecido a todos, estudiantes y profesores, los más activos y los más fecundos.
 

Por lo demás esto recibió en su momento el acuerdo no solamente de la asamblea general del departamento de filosofía, sino de la administración de la universidad, e incluso del ministerio.  En esta medida, cuando se nos dice hoy: “lo que Uds. enseñan no está conforme con lo que nosotros entendemos por filosofía y lo que debe ser un programa de filosofía”, podemos considerar que se nos ha tendido una trampa, que en todo caso se nos ha dejado avanzar en una dirección en la que se nos anuncia ahora está cerrada.
 

— ¿Cómo prevé que van a evolucionar las cosas?
 

— Estamos decididos a luchar al máximo para que la licenciatura de Vincenne sea considerada como una licenciatura en enseñanza, por tanto para obtener  que los estudiantes de Vincenne no sean excluidos de la enseñanza secundaria.
 

— ¿No se puede hacer una objeción y decir que la enseñanza de Vincenne es demasiado diferente de la de las otras facultades?
 

— Esta diferencia siempre ha existido.  Se nos ha dicho: “su programa no corresponde al programa de enseñanza secundaria”.  Yo respondería esto: antaño había tantos programas de licenciatura cuantas universidades existían.  Y en cada universidad, el programa se definía esencialmente por los intereses de los profesores o su especialidad, o su curiosidad, eventualmente su pereza.  Luego existió un segundo programa, el de la agregación.  Fue bien diferente del programa de la licenciatura.  Ni el uno ni el otro eran conformes al tercer programa, el del bachillerato.  Y tras todo esto estaban las necesidades, los deseos, las curiosidades de los alumnos de los liceos.  Entre los estudiantes de la enseñanza superior y los alumnos de los liceos, había pues tres pantallas constituidas por tres programas diferentes.
 

— Si la licenciatura de Vincenne estuviera valorada ¿estos estudiantes podrían presentarse tan fácilmente como los otros a la agregación?
 

— Pues claro.  El programa de agregación ha sido, en el curso de los años recientes, muy afortunadamente corregido por un presidente del jurado al que hay que rendirle homenaje, Georges Canguilhem.  Por lo demás, la mayor parte de las gentes que enseñan en Vincenne son alumnos de este presidente.  La pelea que nos buscan es una mala querella.  Ahora, me toca a mi preguntar.  ¿Sabe Ud. de quién es esta frase: “Rechazando toda novedad, la universidad de París ha alcanzado el colmo del ridículo y de lo odioso”?
 

— ¿Edgar Fauré?
 

—    No, Renan.

tr. Luis Alfonso Paláu, Medellín, junio 6 de 2016.


Anexo 2

178.- «Preguntas de Michel Foucault a Heródoto»

«Des questions de Michel Foucault à Hérodote», Hérodote, nº 3, julio-septiembre de 1976, pp. 9-10.  [M. Foucault. Dits et Ecrits, t. III, Paris, Gallimard, 1994. n° 178, p. 94- 95].
No son preguntas que les planteo a partir de un saber que yo tendría.  Son interrogantes que me hago, y que les dirijo pensando en que Uds. sin duda están más avanzados que yo por este camino.

1) La noción de estrategia es esencial cuando se quiere hacer el análisis del saber y de sus relaciones con el poder.  ¿Implica ella necesariamente que a través del saber en cuestión se hace la guerra?
¿No permite la estrategia analizar las relaciones de poder como técnica de dominación?
O ¿será necesario decir que la dominación no es sino una forma continuada de la guerra?
Dicho de otra forma: ¿qué extensión le dan Uds. a la noción de estrategia?

2) Si yo los comprendo bien, buscan constituir un saber de los espacios.  ¿Es importante para Uds. constituirlo como ciencia?
¿Aceptan Uds. decir que el corte que marca el umbral de la ciencia no es sino una manera de descalificar ciertos saberes, o hacerlos escapar del examen?
La repartición entre ciencia y saber no científico es un efecto de poder ligado a la institucionalización de los conocimientos en la Universidad, los centros de investigación, etc.
3) Me parece que Uds. ligan el análisis del espacio o de los espacios no tanto a la producción y a los “recursos” como al ejercicio del poder.
¿Es que pueden esbozar lo que entienden por poder? (con respecto al Estado y a sus aparatos, con respecto a la dominación de clase).

O consideran que el análisis del poder, de sus mecanismos, de su campo de acción está todavía en sus comienzos, y que todavía es demasiado pronto como para dar definiciones generales?
En particular ¿piensan que se pueda responder a la pregunta quién tiene el poder?

4) ¿Piensan que es posible hacer una geografía –o según las escalas, geografías– de la medicina (no de las enfermedades, sino de las implantaciones médicas con su zona de intervención y su modalidad de acción)?
tr. Luis Alfonso Paláu, Medellín, junio 5 de 2016.

  Al final de la parte complementaria, redactada «veinte años después», con la que termina Le normal et le pathologique, Canguilhem señala que «en páginas admirables, conmovedoras, del Naissance de la clinique, Michel Foucault mostró cómo Bichat hizo «girar la mirada médica sobre sí misma, para pedirle a la muerte cuentas de la vida» (Le normal et le pathologique, Paris, PUF/Quadrige, 1988, p. 215).  Esta conversión de la mirada que él llama también «eversión», es la que el propio Canguilhem ha tratado de practicar.  Los dos libros de Foucault, Histoire de la folie (1961) y Naissance de la clinique (1963) son añadidos como referencia en el Suplemento a la bibliografía de la nueva edición, en 1966, de La connaissance de la vie, lo que subraya la importancia que Canguilhem les concedía.
 < M. Foucault.  "La vida: la experiencia y la ciencia".  Revista de Metafísica y Moral.  90º año/#1.  Enero-marzo/1985.  tr. Paláu, publicada in Sociología 18, Medellín: Universidad Autónoma Latinoamericana, Julio/1995 >
  En el libro que le consagró, F. Dagognet señala que «Los amigos de Georges Canguilhem a veces se interrogan -una pregunta que linda con la reprobación- por la estima, incluso según algunos la indulgencia, que tuvo para con los trabajos de Michel Foucault» (Georges Canguilhem filósofo de la vida, in traducciones historia de la biología nº 25.  tr. Paláu, Medellín: Universidad Nacional de Colombia, nov. de 2003, p. 9).  Él prosigue explicando que esa sorpresa que quizá él mismo compartió en un grado o en otro, encuentra su justificación en una interpretación unilateral del pensamiento de Canguilhem; el hilo conductor de su libro es que ese pensamiento presenta “vertientes” contrastadas, la una tendencialmente conservadora, que lo alejaba de Foucault, la otra tendencialmente contestataria que lo acercaba a él.  Dagognet subraya a continuación: « Hostil a la estandarización y a la uniformización de los cuerpos, la tesis sobre Lo normal y lo patológico anticipa los futuros análisis de Michel Foucault; Georges Canguilhem los había anticipado hasta tal punto que estará inevitablemente atraído por ellos, incluso si posteriormente los integrará a otros desarrollos» (ibid., p. 29)  Se puede estar de acuerdo con Dagognet cuando él avanza que la relación entre Canguilhem y Foucault, relación esencialmente compleja, asocia proximidad y alejamiento, en condiciones tales que su tensión no puede ser directamente resuelta.  Incluso vayamos más lejos: es esta tensión la que hace fecunda esa relación en la práctica.
  La mayor parte de las reflexiones y de las intervenciones de Canguilhem a propósito de la enseñanza de la filosofía en los Liceos –enseñanza a la que estaba visceralmente adherido gracias a su recorrido personal– están marcadas por ese conformismo.  Canguilhem sensible a las tentativas de innovación pedagógica pero, en el fondo, él le atribuía a la enseñanza de la filosofía, y al modelo propiamente frencés de tal enseñanza –la institución de la «classe de philosophie»– que le confiere éste una función social eminente, un valor primordial que no estaba dispuesto a cuestionar.   Foucault tenía sobre el modelo francés una mirada claramente más distanciada, como lo testifican sus anotaciones al respecto en una entrevista aparecida en 1970 en Le Nouvel Observateur titulada «La trampa de Vincennes», en donde el «juego» del sistema de enseñanza francés es resumido así: «a los alumnos de primaria, la sociedad les da el “leer-y-escribir” (la instrucción); a los del técnico, les ofrece saberes a la vez particulares y útiles; a los de secundaria, que normalmente deben entrar a la facultad, les entrega saberes generales (la literatura, la ciencia), pero al mismo tiempo la forma general de pensamiento que permite juzgar todo saber, toda técnica, y la raíz misma de la instrucción.  Les concede el derecho y el deber de “reflexionar”; de ejercer su libertad pero sólo en el orden del pensamiento, de ejercer su juicio, pero sólo en el orden del libre examen» (Dits et Ecrits, t. II, Paris, Gallimard, 1994, p. 69 <ver el texto completo Infra como anexo 1, Paláu>).  Se subrayaba así el carácter paradójico del régimen de la Sociedad-Escuela tal como se practica en Francia desde el siglo XIX, bajo formas que asocian integración y separación, incorporación y exclusión.  Sin condenarla, Canguilhem por su lado estando abierto al espíritu de utopía, consideraba con una cierta perplejidad la experiencia que se llevaba a cabo en el departamento de filosofía de Vincenne.
4.  En uno de sus primerísimos escritos, Canguilhem se reclama de una filosofía “de la toma de partido” (Fascisme et révolution », Libres Propos, mars 1933, Oeuvres complètes, Paris, Vrin 2013, p. 453).  Encuentra ahí su justificación filosófica de su compromiso en la Resistencia, siguiendo a Cavaillès, compromiso que responde él mismo a la exigencia de ser “normativo”, y no sometido a normas convenidas, cuya fórmula “Trabajo, familia, patria” constituye su expresión caricaturesca.  En la teoría como en la práctica, Canguilhem le concede un valor primordial al espíritu de “vigilancia”, en el sentido de lo que Alain había llamado las “Vigilias del espíritu”; paradójicamente es la puesta en funcionamiento riguroso de este espíritu de vigilancia el que, en el momento de la guerra, lo alejó de Alain y del grupo de los alpinistas (que terminaron acercándose a Vichy).

5 Art. cit., Revista ECO.

8.  Ibid.

9.  Ibid., p. 38.
10.  Canguilhem concluye de todo ello que no es “normal”, como uno se lo figura bien a menudo, estar bien de salud.  Este tema paradójico lo desarrolló, bien al final de la parte complementaria añadida, veinte años después, al estudio sobre lo Normal y lo Patológico, en las consideraciones consagradas a «la enfermedad del hombre normal» (Lo Normal y lo Patológico, Buenos Aires: Siglo XXI, 1975, p. 216).
 11. Es lo que conduce a Foucault a afirmar, como conclusión de su texto «La vida: la experiencia y la ciencia»: «Este historiador de racionalidades, él mismo tan "racionalista", es un filósofo del error; quiero decir que es a partir del error que él plantea los problemas filosóficos, digamos más exactamente, el problema de la verdad y de la vida” (Michel Foucault.  "La vida: la experiencia y la ciencia".  Revista de Metafísica y Moral. 90 º año/nº 1  Enero-Marzo 1985.  pp. 3-14.  Traducido por Luis Alfonso Paláu-Castaño.  Barcelona, sabático de 1988).  Dicho de otro modo, con Canguilhem se aprende a razonar, no de la verdad considerada como una adquisición, sino del error a la verdad, aprehendida dinámicamente como un objetivo por alcanzar, sin garantía de éxito. Esta inversión de perspectiva, o «eversión», resulta del paso de una lógica de la ley, que se aplica a lo que es, a una lógica de la norma, orientada en el sentido de lo que debe o puede ser, con el margen de incertidumbre señalado por la locución «quizás» (peut-être, escrita en francés con el guión): lo posible es a la vez, según la definición que de él da Aristóteles, lo que es y no es, entre presencia y ausencia.  «Una saca su sentido, su función y su valor por el hecho de la existencia por fuera de ella de lo que no responde a la exigencia que ella sirve.  Lo normal no es un concepto estático o pacífico, sino un concepto dinámica y polémico» (Lo normal y lo patológico, 2ª parte, «veinte años después», p. 176). Este pasaje lo comenta Foucault de la siguiente manera: «La norma no se define en absoluto como una ley natural, sino por el papel de exigencia y coerción que es capaz de ejercer con respecto a los ámbitos en que se aplica.  La norma, por consiguiente, es portadora de una pretensión de poder.  No es simplemente, y ni siquiera, un principio de inteligibilidad; es un elemento a partir del cual puede fundarse y legitimarse cierto ejercicio del poder» (Los anormales, lección del 15 de enero de 1975, México: Fondo de cultura económica, 2000, p. 57). «Una pretensión de poder», «un cierto ejercicio del poder»: «poder», correlativo a la intervención de la norma y no a la de la ley, debe entonces entenderse de manera polémica, en oposición a lo que es, en el sentido de la ontología y de la concepción de racionalidad que de acá se deriva (la que define la verdad como «adaequatio rei et intellectus»).  Este poder, el que se adosa a la exigencia y a la coerción llevadas por la norma, no consiste en una dominación impuesta a nombre del hecho establecido, sino en el movimiento con miras a un cambio de estado, por tanto de un «puede ser» o de un «quizás».  Así como el de norma, el concepto de poder es «dinámico y polémico».
12.  En la “Introducción”, firmada por Canguilhem, a la presentación del conjunto de las intervenciones presentadas en el curso de esas jornadas de estudios, se precisa, con respecto a las discusiones llevadas a cabo en aquel grupo de estudio que peronalmente él animaba y en el que habían sido preparadas aquellas jornadas: “Se trata de someter a la prueba de un examen crítico la brillante tesis sostenida por M. Foucault en su obra las Palabras y las Cosas” (Revue d’histoire des sciences, t. XXIII n° 1, janvier-mars 1970, Paris, PUF, p. 7).   De hecho, en el curso de esas jornadas, la tesis paradójica, iconoclasta sostenida por Foucault según la cual Darwin está más próximo de Cuvier, a pesar del “fijismo” profesado por este último, que de transformistas como Lamarck, heredero intelectual de Jussieu, y por su intermediario defensor de la teoría de la escala de los seres, teoría que constituía el principal obstáculo para la formación del concepto de evolución de las especies, ha sido discutida por investigadores de los cuales la mayor parte eran cercanos de Canguilhem.  Éste por su parte, había ya explicado en “¿Muerte del hombre o agotamiento del cogito?” (aparecido dos años antes) que el punto de vista de Foucault, aunque estaba sujeto a discusión, le parecía perfectamente defendible: “Incluso si se piensa que Foucault no tien razón en este punto –y personalmente pensamos que él tiene razón– ¿será esta una razón suficiente para acusarlo de haber echado por la borda la Historia?” (op. cit., p. 260).
En suma, Canguilhem considera que, en este caso, Foucault está en lo verdadero, incluso si es imposible afirmar con toda certidumbre que lo que dice es verdad, lo que abre un campo de debate.  No sin picardía Canguilhem reenvía así a Foucault a su propia normatividad de sujeto de saber.  También se podría remarcar que el giro («éversión») operado en este caso preciso por Foucault, que conduce a interpretar la relación de Cuvier con Darwin, no en un sentido despreciativo, sosteniendo que el fijismo de Cuvier constituyó un obstáculo para la formación de la teoría de la evolución, sino en un sentido positivo, no deja de presentar formalmente una analogía con la rehabilitación del vitalismo efectuada por Canguilhem algunos años antes, en el marco de sus investigaciones sobre el reflejo.
13.  Dits et écrits II n° 77, Paris, Gallimard, 1994, p. 60. < Traducido por Luis Alfonso Paláu C. para el seminario permanente de Historia de la biología, Escuela de estudios filosóficos y culturales, Facultad de Ciencias Humanas y Económicas, Universidad Nacional de Colombia, Medellín, diciembre 3 de 2002 >  Estas afirmaciones, públicamente sostenidas en 1969, recortan y resumen las tesis desarrollas el mismo año en la conferencia “¿Qué es un autor?” y en la obra la Arqueología del Saber, aparecida igualmente en 1969.
14.  Lo esencial de su participación en los debates en los que las jornadas de estudio han dado lugar, estaba luego de la exposición de Francis Courtes, «Georges Cuvier ou l’origine de la négation»; esa exposición extraordinariamente brillante, sin citar a Foucault, iba en el sentido de su propuesta, en la medida en que, en el polo opuesto de la vulgata que fila a Cuvier en el campo de los tradicionalistas conservadores obstinadamente girados hacia el pasado, él le asignaba a éste un rol creativo en la historia de las ideas sobre la vida y sobre el organismo, por el hecho de haber introducido de manera innovadora el principio de la negatividad, en un sentido cuasi hegeliano.  Cuando Foucault tomó la palabra, bien al final de las Jornadas que terminaron con su intervención, Canguilhem, del que todo el mundo sabía que en el fondo estaba de acuerdo con él, permaneció en silencio, sin duda para no hacer pesar en el debatre su autoridad personal que nadie habría osado discutir.
  15 Recordemos que es el término que emplea Dagognet cuando nos cuenta las reticencias del entorno de Canguilhem con respecto a la acogida favorable que él le concedía a las proposiciones turbadoras de Foucault.
16  Op. cit., p. 262.
17.  Si la razón no tiene el derecho de afirmar que el Yo, el Mundo y Dios “existen” de conformidad con los datos habituales de la experiencia, nada le impide emplear esas ideas a título puramente indicativo, tratándolas como hipótesis razonables bajo ciertos aspectos.  No solamente nada se lo impide sino que ella tiene necesidad de hacerlo pues, en ausencia de esas hipótesis, una síntesis de los conocimientos elaborados por otra parte por el entendimiento en relación con los datos de la sensibilidad, se quedaría indefinidamente diferida.  Dicho de otro modo, al ser descartada la tesis según la cual la metafísica es una ciencia exacta, queda abierta la posibilidad de emplearla a título de ficción; yendo más lejos en este sentido, uno podría preguntarse si la función reguladora de las ideas de la razón no está emparentada, en Kant, con el esquematismo de la imaginación <el Borges que declara que la metafísica es una rama de la literatura fantástica, es pues así un kantiano de estricta observancia>.  Poincaré se inscribe en el surco de esta manera de ver cuando presenta los conceptos científicos como ficciones operatorias, cuya validez es puesta a prueba en su funcionamiento; en tal perspectiva, la epistemología no es nada distinto a una rama de la Poética general.  Kant, Poincaré; Valéry, Canguilhem <y Borges> se encuentran así colocados en la misma línea.
 18. Op. cit., p. 262.
19.  Op. cit., p. 266.
20.  Dits et écrits II n° 76, p. 29. Traducido por Luis Alfonso Paláu C. para el seminario permanente de Historia de la Biología, Escuela de estudios filosóficos y culturales, Facultad de Ciencias Humanas y Económicas de la Universidad Nacional de Colombia, Medellín, noviembre 24 de 2002.
21.  Esta sospecha le había dado su hilo conductor a la exposición de Dagognet que, nutriéndola, consideraba quizás que eso constituía precisamente una objeción válida contra lo que sostenía Foucault.  Pero este último, en su intervención, le dio vuelta (“everti”) completamente a la objeción, haciendo de ella un argumentos suplementario en apoyo de su tesis.  Canguilhem se debía haber divertido mucho asistiendo a este debate en el que se podía ver una ilustración de la fábula del regador regado.  Que Cuvier haya podido eventualmente equivocarse no afecta para nada el rol que se le reconoce por parte de la arqueología.
 22. «Questions à Michel Foucault sur la géographie», Dits et écrits III n° 169, Paris, Gallimard, 1994, p. 28 et sq.  M. Foucault.  Microfísica del poder.  Madrid: la Piqueta, 1979.  pp. 111 ss.  Ver también «Des questions de Michel Foucault à Hérodote», ibid. n° 178, p. 94- 95.   <se traducen aquí como anexo 2, Paláu>
23.  Lucien Febvre, en su obra sobre La terre et l’évolution de l’humanité (Introduction géographique à l’histoire), aparecida en 1922 en las ediciones Albin Michel en la colección L’évolution de l’humanité, <La tierra y la evolución humana.  Introducción geográfica a la historia.  México: UTEHA, 1955> se sirvió de la expresión «posibilismo», como alternativa a «determinismo», para designar la orientación nueva comunicada por Vidal de Lablache a las investigaciones de los geógrafos.
 24. Como la hembra de la garrapata fecundada que, estando colgada en una rama de árbol, sólo es sensible en lo que la rodea a un cierto olor a mantequilla rancia que le señala el paso, al pie del árbol, de un mamífero de sangre caliente sobre el que se deja caer para penetrar su epidermis y poner allí sus huevos, luego de lo cual, su destino de garrapata se ha realizado, y sólo le queda morir; el mundo exterior para ella se reduce a ese olor; considerado en su globalidad sólo es, en la perspectiva que es la suya, un “ser de razón” privado de objetividad, y como tal irrepresentable.
 25. «Mort de l’homme ou épuisement du cogito?», p. 266.
26.  Ibidem.
27.  Es lo que conduce a Foucault, bien al final de su texto “la Vida: la Experiencia, la Ciencia” a preguntarse: “¿No será que toda la teoría del sujeto debe ser reformulada desde que el conocimiento, más bien que abrirse a la verdad del mundo, se enraíza en los "errores" de la vida?” (Dits et Ecrits, t. IV, Paris, Gallimard, 1994, p. 776 <tr. Paláu, Sociología 18, Medellín: Universidad Autónoma Latinoamericana, Julio/1995.  pp. 15-16>).  Desde entonces, la partición entre «una filosofía de la experiencia, del sentido, del sujeto» y «una filosofía del saber, de la racionalidad y del concepto» mentionada por Foucault en la introducción de su texto (ibid., 1ª col. p. 8) deja de tener un valor explicativo; una concepción del conocimiento y de su historia como la de Canguilhem, que hace pasar al primer plano la vida de los conceptos, lejos de evacuar definitivamente la referencia al sujeto, conduce a repensar el estatuto de esa referencia, por tanto a asignarle una nueva posición al sujeto.
28  Por «humanismo teórico», hay que entender la especulación ordenada a la representación de una «esencia humana» cuya realidad estaría dada en lo absoluto, a título de una «anaturaleza» completa, tratada, para retomar los términos empleados por Spinoza, «tanquam imperium in imperio».  Es de esta representación, aún dominante en Feuerbach, que Marx a debido desprenderse para elaborar su materialismo histórico.
29.  Windelband & Rickert, principales representantes de esa escuela, efectúan una relectura original del kantismo, que lo reduce en el fondo a una filosofía del juicio y de los valores, punto de vista en el cual la consideración del «deber-ser» (Sollen) tiene prioridad sobre el del ser (Sein).  Por ejemplo, una representación verdadera es la que debe ser pensada, una acción buena es la que debe ser realizada, una cosa bella es la que debe agradar, etc., en el sentido en que “debe ser” no remite a una obligación, o al juego de un automatismo, sino que representa un posible que, una vez valorizado, falta por hacerlo pasar a los hechos; esta puesta en funcionamiento tiene que ver, según estos pensadores, no con la responsabilidad de sujetos personales sino de la cultura histórica de una época y de un lugar dados considerada, no como un sistema obligatorio, sino como un conjunto que está buscando hacerse su lugar, ordenarse, orientarse siguiendo sus tendencias propias.  En la tesis de medicina de 1943, Canguilhem cita de paso una fórmula del filósofo austríaco Reininger, extraída de su obra Wertphilosophie und Ethik (1939), que resume esta orientación de pensamiento: «Unser Weltbild ist immer zugleich ein Wertbild» <”Nuestra visión del mundo es siempre al mismo tiempo una imagen de valor”> (Le Normal et le pathologique, Paris, PUF/Quadrige, 1988, p. 117). Canguilhem adoraba este género de fórmulas lapidarias.
30.  Recordemos que esta expresión es la que utiliza Lucien Febvre para caracterizar la orientación propia de las investigaciones en «geografía humana».
 31. Renouvier se servía de la expresión «filosofía de cosas» para caracterizar la manera de pensar propia de Spinoza.
32.  Indiferentemente, en la perspectiva propia de ese mundo de cosas, si es que se le puede imputar a este último una perspectiva; es al sujeto, humano o simplemente viviente al que le corresponde hacer la diferencia entre lo que, viniendo de este mundo, le es útil y lo que le es dañino, corriendo por supuesto el riesgo de equivocarse.
33.  El lector de la Ética que se detiene en la primera parte de la obra tropieza, en el Apéndice de ella donde la idea de finalidad natural es definitivamente desacreditada desde un punto de vista racional, con la fórmula «omnia sunt praedeterminata», «todas las cosas están predeterminadas» en el sentido en que obedecen al principio de causalidad cuya fuente última se encuentra en Dios, es decir en la naturaleza; si es curioso, puede entonces preguntarse si, una vez formulada tal tesis, el proyecto mismo de una “ética” –es decir de una teoría de la acción– no se encuentra por ello mismo invalidado, lo que por lo menos sería extraño en el comienzo de una obra títulada precisamente Ética, y no Lógica o Metafísica.  Su sorpresa comienza a disiparse cuando, avanzando en su lectura descubre que, a comienzos de la cuarta parte de la obra, Spinoza reintroduce (con la noción de lo que es útil en el doble sentido de lo útil propio y del útil común) la consideración de la finalidad, es verdad que bajo un novísimo aspecto; se trata en efecto entonces de una finalidad que no está inscrita en la naturaleza de las cosas, sino que tiene que ver con la actividad humana, en tanto que esta, llevada por el impulso del conatus, que empuja a cada ser a perseverar en su ser –empresa cuyo éxito no está garantizado a priori– está sometido a la vez a la ley innovadora y mortífera de la afectividad y del deseo, a los juegos de Eros y de Thanatos estaríamos tentados a decirlo en el lenguaje de Freud.  Aparece entonces que vivir –y escribir una “Ética” es precisamente proponer un arte de vivir– no es un estado, una propiedad de cosa, sino una actividad, como tal polarizada, polémica, es decir confrontada permanentemente con la alternativa entre preferir y excluir, de donde resulta la separación de lo normal y de lo patológico.  La referencia a “valores”, incluso si ella opera con frecuencia sobre el fondo del conocimiento de primer género, es decir de la imaginación (lo que impide atribuirle un carácter racional) reencuentra entonces un interés filosófico; y de hecho, las dos últimas partes de la obra de Spinoza están consagradas al esfuerzo con miras a volver a trabajar la creencia en valores, salida espontáneamente de los procedimientos de la imaginación que conducen a figurarse que se desean ciertas cosas porque se juzga que son buenas, mientras que a la inversa uno juzga que son buenas porque se las desea, con el fin de elevar la convicción en el valor de los valores a nivel de la razón, lo que equivale a fin de cuentas a reconciliar afectividad y racionalidad, última palabra de la sabiduría.  Resumamos:  si las consideraciones sobre las sustancias, los atributos y los modos que Spinoza ha escogido como punto de partida de su demostración parecen obstaculizar o convertirse en una pantalla al desarrollo de una axiología, filosofía de los valores o del juicio, en realidad ellas son jalones preparatorios para la elaboración de ésta, puesto que no se ve cómo una reflexión “ética”, por tanto girada hacia la práctica, podría eximirse de ella.
34.  «Le cerveau et la pensée» (1980), reproduicido como introducción al volumen colectivo Georges Canguilhem philosophe historien des sciences, Paris, Albin Michel, 1993, p. 31.  G. Canguilhem.  "El cerebro y el pensamiento", publicado en la revista Sociología 17 de Unaula, Junio de 1994, p. 23, 2ª & 3ª col. <colgado en la red por la Revista colombiana de psicología, nº 5-6, 1996.  Bogotá: Universidad Nacional de Colombia>.
 <estilo que con razón, a un poeta de los nuestros, le parecía “pedregoso”, Paláu>
 35 «El Yo no está con el mundo en relación de sobrevuelo sino en relación de vigilancia» (ibid., p. 22, 3ª col.).

 36. Ibid., p. 23, 2ª col.
 37. Esta expresión «poder de empuje» restituye lo más cerca posible la significación de la noción de conatus.

 38. CANGUILHEM, G. “¿Muerte del hombre o agotamiento del cogito?” In: Análisis de Michel Foucault. BsAs: Editorial Tiempo Contemporáneo, 1970.


 7. La idea directriz del estudio que Canguilhem consagró a la La formación del concepto de reflejo en los siglos XVII y XVIII (Paris, PUF, 1955) es que, contrariamente a lo que uno se figura generalmente porque se considera a priori que las cosas hubieran debido pasar así,  el concepto de reflejo no apareció en el contexto de un estudio del funcionamiento de los organismos apoyado en un presupuesto mecanicista (Descartes), sino por el contrario en un contexto vitalista (Willis).  Se encuentra acá una aplicación del principio general según el cual la historia de las cienias, que es una historia en el pleno sentido del término, no puede ser reducida en el plano de una reducción racional que no le asignara ningún sitio a acontecimientos de pensamiento; ella no es una historia de las teorías y de su encadenamiento, historia en la que no hay lugar para tales acontecimientos, sino una historia de los conceptos cuya formación está sometida a los azares, lo que la hace por una parte imprevisible.
7.  El texto de esta conferencia se reproduce en los Estudios de historia y de filosofía de las ciencias,

tr. María Luisa Jaramillo, Medellín: Universidad Nacional de Colombia, julio de 1992.  pp. 29 ss.

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