François Dagognet

Comencemos por preguntar ¿qué es una empresa enciclopédica? Quizás no sea lo que uno cree. Uno se imagina que quien se consagra a las ciencias y a las técnicas se propone beneficiarse de su pluralidad. Puesto que las ha atravesado todas, sería capaz de conectarlas y discernir entre ellas correspondencias.
En realidad, Diderot movilizó ante todo a los teóricos de su época, no solamente a los que han cultivado las ciencias tradicionales, sino a los que han podido asumir disciplinas menos clásicas, el lenguaje, la economía, e incluso la legislación.


El enciclopedista se encarga más bien de retener la ciencia que va a jugar el rol de modelo, la que va a arrastrar las otras. ¿Cuál es este espíritu que influye la cultura en general? ¿En qué y cómo Diderot fue el inspirador de ese proyecto? Luego nos preguntaremos si podemos continuarlo e incluso modernizarlo.


***


Ambiciono la posibilidad de explicar en qué consiste la obra de Diderot, pues si queremos inspirarnos en su espíritu, e incluso en su revolución, conviene aprehenderlo.


El filósofo ha recurrido a una herramienta cultural, gracias a la cual va a construir su obra. Es por esto que en un primer tiempo vamos a evidenciar la operabilidad, y sobre todo la originalidad, de ese instrumento.


Diderot renunció más o menos explícitamente a los media habituales (la voz y la escritura) por algo inesperado: la gestual o la participación corporal. Sé bien que los diderotianos no estarán de acuerdo con una tal interpretación, pero los textos están ahí, sin ambigüedad; por su lado, los filósofos respingarán, porque ellos lo más a menudo han celebrado la escritura. Quiero ya como primera prueba a favor de nuestra tesis, la extraña situación de la Carta sobre los sordos (dirigida a los que escuchan); cuando nuestro filósofo iba al teatro, desde que se levantaba el telón, él se iba rápidamente al fondo de la sala y se tapaba las orejas con las dos manos, con el fin de no escuchar nada; buscaba captar sólo la pantomima de los comediantes; él sólo apreciaba el juego corporal.


Volveremos posteriormente sobre las consecuencias de esto, pero notemos ya que Diderot el escritor sólo le concedía muy poco valor a la escritura; y si no ¿cómo comprender que renuncia en 1774, y luego de nuevo en 1777, a las publicación de sus Obras Completas? Por otra parte, algunas de sus obras serán redactadas en alemán y difundidas en Alemania, a tal punto que Goethe y Schiller debieron traducirlas; vemos pues una cierta indiferencia con respecto al significante (la expresión, el medio).


Segundo argumento, o segunda batalla interpretativa en cuanto al dispositivo comunicacional: los filósofos del siglo XVIII, Locke y Voltaire entre otros, se entregaron a una especie de experimentación indirecta, en el sentido en que interrogaron a un ciego de nacimiento (Molyneux había ya abordado la cuestión) pero que veía por primera vez, pues un cirujano, Cheselden, la había operado (en 1728) y le había retirado su invidencia; entonces ¿qué veía él que veía por primera vez?


Precisamente, no podía distinguir nada y cuando lograba identificar esto o aquello se lo debía a su mano, porque gracias al tacto, él reconocía tanto un cubo o la esfera que se le mostraba; pero era el tacto previo el que le proveyó la capacidad de ver (luego de los meses de trans-sensorialidad).


Locke iba incluso más lejos: había admitido en la sensación, la participación del entendimiento; pero era necesario dejar al individuo el tiempo para mezclarse en las sensaciones sufridas. Diderot retomará este examen e irá a los Puiseaux a encontrarse con un ciego, al que habían operado también de cataratas, pero él va a sacar una conclusión inversa a la precedente. Diderot insiste primero sobre el hecho de que el tocar no ha podido informar al invidente sobre los colores directamente percibidos. Por otra parte, si la operación no ha tenido éxito previamente (el fracaso de lo visual) es necesario incriminar de ello a la herida del ojo, así como al brillo de la luz, que le ha impedido al comienzo de reconocer las cosas. ¿Y no habríamos ganado presentándole al ciego un dibujo, luego de algunos días de reposo, de un cubo negro y una esfera roja, sobre un gran fondo blanco o verde? Además, notemos que el ciego distinguirá más fácilmente los objetos irregulares, por oposición a los lisos, y por tanto menos expresivos.


¿Qué podemos retener de esta batalla, sino que Diderot le da ventaja a lo visual, un visual un tanto teatralizado y coloreado? Tercer argumento. Diderot no dejará de usar un logro que va en su sentido, especialmente el clavecín ocular del Padre Castel: puesto que contamos con siete notas de la gama musical, así como de siete colores fundamentales, podríamos servirnos de este instrumento y permitir a los sordos “escuchar los colores”; aquí es lo visual lo que se impone y nos dispensa de lo auditivo. 


Tres recordatorios: el reconocimiento de lo gestual; luego la defensa de un visual efectivamente soberano y que no está infeudado en lo táctil; finalmente colores que equivalen a los sonidos y que ocupan su lugar; no dudamos de que Diderot privilegia no lo audio-visual, sino lo visual en movimiento, un visual directamente escénico y cuasi cinematográfico, o también un visual directamente comunicativo.


***


De lo precedente, va a resultar que Diderot iba a revolucionar dos instituciones, el Museo y el Teatro. ¿Por qué primero el Museo? Diderot piensa que el artista –el pinto o el escultor– maximaliza lo que nos ofrece para contemplar, lo que electrizará al espectador y no dejará de emocionarlo. Nos estamos alejando de la imitación de la naturaleza, o del simple regreso a los antiguos, o de los maestros de Academia. Diderot celebra a Chardin, Vernet, Greuze (el pintor de la Novia de pueblo), así como al escultor Falconet. Para lograr ese visual coeficientado convendrá en recurrir en lo posible, no a una composición de tipo piramidal (la sumisión de todos los elementos, o también el estilo  unitario) sino de preferencia a “la serpentina” mas marcada, o también a una especie de ondulación, más rica y liberada de las líneas rectas.


Tenemos otra modalidad: Diderot le concede valor a la nota moral. Lo voy a citar: “Hacer que la virtud sea amable, el vicio odioso, que se note el ridículo, este es el proyecto de todo hombre honesto que tome la pluma, el pincel o las tijeras” (A.C., tomo X, p. 303). La mostración de la virtud se impone por su intensidad y su movimiento (lo patético) mientras que parece insípido y monótono el que viola la ley. No excluimos que Diderot cambie de base para su estética; busca lo energético o lo relacional, la emotividad o la reunión; pero todas estas intenciones se parecen; conviene encarar un espectáculo conmovedor.


¿Y por qué el teatro? Es claro que ya el filósofo renunciará tanto a los modelos del Clasicismo (Corneille & Racine) así como a las peroratas, a las afectaciones, a las reglas habituales. A veces Diderot se sube a la escena. Inventa el “drama burgués”, o también el escenario de la actualidad doméstica: el hijo natural (interpretado en 1777), el celibato, el matrimonio, el financista; insistirá sobre las dificultades inherentes a estas situaciones cotidianas.
La composición en Diderot no obedece a la lógica habitual; quiero presentar como prueba de ello el simple título de sus obras: entrevistas, correspondencias, conversaciones, discusiones, el empleo bastante constante de una estructura dialógica.


Un texto parece atravesársenos en nuestros análisis, la famosa Paradoja del comediante; en realidad, el intérprete de una obra no dejará de desdoblarse, a tal punto debe también conservar la cabeza fría y el dominio de sus medios de expresión corporal.
No se trata solamente de ver o de escuchar, deseamos sobre todo la confrontación, el movimiento que corre de un protagonista al otro, y por tanto un intercambio dramatizado.


De acá se sigue una consecuencia; no vamos a ocultar nuestro desacuerdo con la mayor parte de los comentaristas; ellos se han acostumbrado a sacar de la sombra a ese filósofo ambivalente e incluso disperso; han querido conocer la precisión de sus elecciones culturales. ¿Era ateo o agnóstico, o simplemente deísta? ¿Era un verdadero defensor de la virtud, o se inclinaba del lado de la anarquía? Él mismo se prestó a este tipo de interrogantes, puesto que escribe (en 1781) una comedia “¿Es bueno, es malo?” donde él figura bajo los rasgos del héroe, Hardouin.


Pensamos que no es posible zanjar. Como verdadero reportero, Diderot le da la palabra a los dos campos, es la consecuencia de lo escénico, que nos vale la intensidad del pro y del contra; en la actualidad, en un plató de televisión se le concede el mismo tiempo del uso de la palabra a los dos adversarios. ¿Por qué esta modalidad de presentación? Cada uno dice lo suyo, sino regresaríamos a una conclusión sugerida, por no decir impuesta; y el dogmatismo se aposentaría.


En Tiago el fatalista, Diderot admite la validez de las dos teorías contrarias; el Amo cree equivocadamente en la libertad, pero Diego no tiene razón; hay que mantener las dos actitudes, sin buscar ninguna componenda. Reconocemos la existencia de otro aspecto de este programa televisual antes de tiempo (un visual en movimiento, que va más allá de sí mismo); Diderot se compromete en otra dirección: ya no el conflicto entre dos interpretaciones (sin olvidar que le ocurre al filósofo inmiscuirse en la discusión) sino el relato de las manipulaciones más estupefactivas; somos introducidos al corazón mismo de una naturaleza insondable y extraña. El filósofo evidencia fenómenos que tocan al magnetismo (la atracción), a la electricidad, al calor no localizable, a los flujos y reflujos, a los menores temblores, a los choques corpusculares, a la plasticidad; desarrolla un anticartesianismo decidido, nos propone acá el equivalente a un cine de aventuras.


Estaba pensando fundar “la filosofía popular”. “Si queremos que los filósofos vayan hacia delante, acerquemos al pueblo al punto en el que están los filósofos. ¿Dirán ellos que existen obras que nunca se pondrán al alcance del común de los espíritus? Si lo dicen, mostrarán solamente que ignoran lo que puede el buen método y el largo hábito” (Sobre la interpretación de la naturaleza, § XL). 


Algunas líneas más adelante, Diderot no deja de desconsiderar las Lecciones tradicionales. “Lo que se muestra de física experimental en Lecciones públicas, ¿será suficiente para procurar esa espera de delirio filosófico? No lo creo. Nuestros hacedores de cursos de experiencias se parecen un poco al que pensaba que había ofrecido una gran comida porque había habido mucha gente en su mesa” (§ XXXIX).


Presentemos incluso dos breves muestras de la mostración diderotiana: “En Rabastens, diócesis de Albi, dos niñas nacieron espalda con espalda, unidas por sus últimas vértebras lumbares, sus nalgas y la región hipogástrica; no se podía mantener a la una de pie si la otra no estaba cabeza abajo. Acostadas, se miraban” (el Sueño de d’Alembert). Diderot aprovecha la ocasión para probar que la pluralidad invade la aparente unidad; es así como lo masculino y lo femenino estarán fundidos el uno en el otro.


Debemos igualmente unificar lo múltiple como multiplicar lo unitario. Y las siameses le muestran el advenimiento de la dualidad posible. Otro documento: Diderot retoma las observaciones de los naturalistas; ellos notarán que caracteres (hereditarios) que habían desaparecido, reaparecían luego de muchas generaciones (la recesividad). Diderot teorizará ese estatuto variable de los vivientes, con su presente invadido por lo ultra-pasado.


Finalmente, Diderot habría tomado dos vías: o bien la controversia que se prolonga, o bien el relato de una situación (física o médica) desviada y cosmoteatralizada. Y nosotros vamos a aprovechar lo esencial, la referencia a las posibilidades del “anillo de Gyges” que permitía, desde que se le daba vuelta un poco a la argolla, hundir a los espectadores en un mundo cuasi cinematográfico (las Joyas indiscretas: “Además de la virtud de hacer hablar las joyas de mujeres sobre las que se giraba el chatón, tenía también la de volver invisible a la persona que la llevaba puesta en el dedo”, O. C., t. I, p. 506, § “Peligrosa tentación de Manogogul”).


***


Pero ¿por qué Diderot hoy? He tratado de mostrar que el filósofo había innovado, que logró la proeza –considerada como imposible– de adelantarse a su tiempo; él es pues nuestro contemporáneo. Hay que reconocer que fue favorecido, sociológicamente hablando; en efecto, fue marcado profundamente por la ciudad donde vivió (se trasladó a París a proseguir sus estudios, al colegio Harcourt); una ciudad retardataria, encerrada en sus murallas, una ciudad donde se levantan campanarios, oratorios, iglesias (su hermano canónico de la catedral, su hermana religiosa y enclaustrada, que se hundirá en la locura evidenciando la empresa de una piedad que la familia siempre alentó). Fue esta ciudad la que exigirá la partida de los cuchilleros porque eran demasiado ruidosos, y ellos debieron desplazarse a un pueblo vecino, Nogent; en esta ciudad de Langres –es verdad que en el siglo XX– será concebido y difundido “el Amigo del Clérigo”, revista poco acogedora de la novedad. Se explica también que haya participado en la condenación del célebre Abate Loisy, que ejerció un cierto tiempo en Haute-Marne.


En París, Diderot se dedicó a llevar vida de bohemio; practica para poder vivir todos los oficios, aunque la mayor parte de ellos giran en torno a la tempestad mediática (traducciones, una imprenta, redacciones contra salario, además escribiente de un procurador). Ya Diderot comienza a soñar en su célebre Enciclopedia. Los obreros del Libro no comprenden los sabios artículos que tratan de las máquinas y de su producción; en desquite, las planchas que acompañan el texto los aclaran. La iconografía se impone a lo escritural. Desgarrado entre estas dos culturas en principio enemigas –la religión y la cientificidad tecnicizada– se piensa que Diderot se rebela y no cesa de interrogarse, además de que conservó lazos afectivos con el ritual y el ceremonial de su ciudad natal.


***
En resumen, es el medio más comunicativo que arrastra con él todo el resto, la cultura, el arte pictórico, la escena teatral, así como la ciencia del desviado.


Pero otra vez ¿por qué Diderot hoy? Porque él es un modelo, opuesto a los encierros y a las sumisiones al pasado; aboga por consiguiente por la riqueza y la inagotabilidad del mundo; una ontología de la prospección y de lo insólito, especialmente en los Pensamientos sobre la interpretación de la naturaleza (1771).
No me queda ninguna duda de que los que tomarán la palabra prolongarán y actualizarán el proyecto diderotiano. Ellos conmigo y yo con ellos participamos en una especie de vasta ruptura epistemológica con  especto a una filosofía académica y empobrecida; hubiéramos podido conservar la expresión “materialismo racional” que significa las posibilidades de una naturaleza que uno no cesa de descubrir y de recrear (la fenomenotécnica).


No tenemos necesidad de abrirle la puerta al bachelardismo, de alguna manera él ya la empujó; recuerdo que hace muy poco tiempo, todo un verano, en la parte alta de la torre Saint-Ferjeux, en las murallas se expuso una instalación que buscaba ilustrar uno de los temas del imaginario bachelardiano.


Pero insisto ¿por qué todavía hoy Diderot? Pues porque los filósofos están en presencia de un nuevo medio; están llevados al examen cultural de las consecuencias que de acá van a resultar. En suma, el programa diderotiano reactualizado.
Hoy la química del silicio, la electrónica, lo digital, que desaloja lo analógico, el recurso a categorías lógico-matemáticas, los campos de la reticularidad constituyen un conjunto que entraña una suerte de infinitización de la información y su transformación; paralelamente, la empiria no deja de ceder su lugar a la sistematicidad.


Los conferencistas que van a seguir no dejarán de precisar, y sobre todo de rectificar, lo que he avanzado tan aventureramente; los nombramos según el orden alfabético: J.-C. Beaune, el especialista en tecnología, de la más antigua como de la más moderna, uno de los especialistas más reconocidos; G. Chazal, el teórico de la informática y de lo interfacial; R. Damien, con él, entramos en la política de lo documentario y del libro. Debía consagrar un capítulo original al sitio de ese libro en el sistema bachelardiano; R. Dumas, el recurso teorizado a la vegetalidad, al árbol mismo en tanto que esquema explicativo y recapitulativo; C. Godin, también enciclopedista como ninguno. Es el autor de un trabajo de Titán: P. Maire, la entrada de la farmacología. D. Parrochia, el organizador de esta jornada, uno de los más competentes en los dos extremos del corpus filosófico: las teorías matemáticas y las sutilezas de lo novelesco; Ph. Petit, a la vez editor, escritor y periodista, la trilogía diderotiana. 


Es tiempo de que la palabra les sea entregada, una palabra llena de pasión como se debe. Sin embargo, con el fin de no huir de la pregunta, arriesguemos por lo demás a entrar en un callejón sin salida, cuando no en un flagrante error.


Podría ser que en la actualidad el saber ganara si apelase a un método proyectivo generalizado. Nada más hosti8l que el en-sí encerrado en sí mismo. Hay que desplegarlo, exteriorizarlo, transferirlo. Podría ser que la biología estructural (la genética) –la más predispuesta a la interioridad (el medio llamado interior separa al organismo y al mundo)– haya abierto el camino; sustituyó el lenguaje de la vida a la vez por su alfabeto y su gramática. La transpuso. No es sino una simple hipótesis. No la prolongo sobre todo, porque sé que tropezaré con el muro.


(Para terminar F. Dagognet agradeció al señor Desenne, presidente del Forum Diderot, tanto como al alcalde de Langres, el Dr. Loiseau, preocupado por actos culturales susceptibles de animar la ciudad langrosiana. Igualmente le agradeció a D. Parrochia, que aseguró el funcionamiento de estas dos jornadas).


Microseminario  Dagognet in memoriam mayo de 2016, mediateca Rimbaud de la Alianza francesa del parque san Antonio, Medellín. Profesor Luis Alfonso Paláu C.
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