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Naturaleza

Por  François Dagognet


Esta palabra naturaleza vendría de nascor, natus (el participio pasado del verbo latino) y orientaría hacia la idea de nacimiento, e incluso de vida, por oposición a lo que sería fabricado solamente o a lo que simplemente se puede adquirir.  La desinencia –ura subraya el resultado de la operación; se le aproximará la palabra “nación” —también sacada de nascor y natus— que caracteriza a los que pueden prevalerse de un origen común.  Esta palabra naturaleza reviste múltiples sentidos: indica tanto el fondo, la potencia, la esencia misma.  “Se puede conocer bien la existencia de un ser —anotaba Pascal— sin conocer su naturaleza”.  Personificada, la naturaleza expresa entonces la capacidad de crear o al menos de elaborar, que no se compara con las acciones humanas, limitadas, torpes, que no tocan los fundamentos de las cosas.  En su Interpretación de la naturaleza, Diderot expresa su opinión: “La naturaleza es obstinada y lenta en sus operaciones.  Se trata de alejar, de aproximar, de unir, de dividir, de ablandar, de condensar, de endurecer, de licuar, de disolver, de asimilar, ella avanza hacia su objetivo por los grados más insensibles.  El arte, por el contrario, se apresura, se fatiga y se relaja.  La naturaleza emplea siglos en preparar toscamente los metales, el arte se propone perfeccionarlos en un día.  La naturaleza dedica siglos a formar las piedras preciosas, el arte pretende falsificarlas en un momento” (XXXVII).


Esta palabra polisémica se ha diferenciado sobre todo a través de las épocas; cada una de ellas ha abierto incluso controversias o discusiones interminables.  Nos proponemos estudiar esta naturaleza de manera espectral, a través de su propia evolución; distinguiremos incluso cuatro períodos.


1) Los griegos fueron los primeros en valorizar esta palabra.  Como conocieron divisiones, e incluso guerras incesantes, buscaron (más que otros) lo que podría asegurar su equilibrio, conferirles la serenidad.  La naturaleza les pareció poder regular no solamente los problemas nacidos de las relaciones entre los hombres (lo socio-político) sino también los que provienen de su lazo con el mundo exterior (así vencer sus deseos, más bien que el orden del mundo).  Demos algunas ilustraciones:


    a) La medicina hipocrática lo pone claramente en evidencia: se trata aquí de luchar contra un desorden (orgánico).  El médico va a ayudar precisamente a la enfermedad a manifestarse ella misma, pues lo patológico a menudo se debe a un trastorno humoral, una especie de cocción insuficiente que entraña una éstasis, con sus consecuencias inmovilizadoras; conviene apresurar la crisis liberadora.  Natura sola medicatrix.  O también: si el acceso purulento no puede ser evacuado, con su lanceta el médico le abre una salida.  De este modo, se le adelanta o lleva a cabo lo que el cuerpo debilitado no realizaba suficientemente.  Pero es la naturaleza la que le ha mostrado el camino al terapeuta.  En muchas ocasiones, Platón llama la atención contra las drogas; antes de tomarlas prefiere la gimnástica tanto como la frugalidad, una dietética elaborada, que se acompañe con baños, abluciones, aguas lustrales, lo que llamamos hoy un tratamiento “naturista”.  En el Gorgias, Platón censura la lisonja culinaria; el cocinero —el sofista del cuerpo— corrompe al organismo, al mismo tiempo que lo afea (con sus manjares abundantes y untuosos).  Conviene que el cuerpo haga ejercicio, favorecer sus propios ritmos: “De todos los movimientos el mejor es el que un cuerpo produce por sí mismo y en sí mismo, porque éste es el más próximo pariente del movimiento de la inteligencia y del universo.  El movimiento que viene de otro agente es menos bueno, pero el peor es el que al venir de una causa extraña, mueve el cuerpo parcialmente mientras está acostado y en reposo” (Timeo, 88e).


    b) Aristóteles se encarga de despertar la idea de naturaleza, e incluso de ampliarla, oponiendo radicalmente la technè (la técnica, la fabricación, el afuera) a la physis (la naturaleza, lo interior).  El artesano que construye una cama, inscribe la forma que conviene en un sustrato; esta disposición obedece por lo demás a una necesidad, la función; sin embargo, según Aristóteles, el carpintero se limita a colocar esta forma sobre o en la madera; el hilemorfismo (de morphé, la forma, e ylè, la materia) experimenta así un semi-fracaso, a causa de la no simbiosis entre la idea y lo que la lleva.  Antifón, un discípulo, lo expresa de manera original: si se hunde ese lecho en tierra, en el límite podría brotar un árbol, no una cama, pues esta figura no ha sido realmente inscrita en el corazón de la cosa que la ha recibido en alguna suerte de afuera.  Lo manufacturado sufre de insuficiencia y de una cesura ontológica.  ¿Qué es lo que caracteriza la naturaleza sino la unión indisociable entre sus constituyentes (la forma y la materia), cuya mejor concreción la presenta el viviente?  Aristóteles distingue entonces cuatro tipos de causa, en la base del objeto fabricado: la causa material (aquello con lo que está hecho, como la madera de la estatua), la causa formal (lo que el artista ha buscado representar con su estatua), la causa eficiente (el propio agente que talla la madera), y la causa final (¿para quién trabaja? ¿quién la ha encargado?).  Ahora bien, en la naturaleza estas cuatro causas distintas son una sola.  “Son cosas naturales todas las que, movidas de una cierta manera continúan por un principio interior, logran un fin” (Física, II, 8, 199b).  Si lo natural sorprende por la unión, se define mucho más aún por el automovimiento que lo anima y testimonia de su potencia (el árbol se desarrolla hasta cuando alcanza su ser; por esto en él se presenta el paso de la potencialidad a la realización, del mismo modo que la fruta va hacia su madurez).  ¿Qué es la naturaleza sino la unión profunda, el automovimiento, el acabamiento, mientras que nuestros objetos sólo se reconocen en su inercia, su desunión?


    c) Pero, si ella nos ofrece un modelo que debemos seguir ¿cómo nos salvará de las guerras y de las rivalidades entre los hombres?  Conviene que la ciudad renuncie a los arreglos artificiales, a la violencia y al deseo, que inspire una “metrética”, la ciencia de las proporciones, las igualdades, pero conformes con las desigualdades, las justas distribuciones, el orden cósmico; la ciudad debe copiarse sobre esta regularidad (cuyo ejemplo nos lo da el afuera), a tal punto la naturaleza juega un papel normalizador.


Los estoicos insistieron sobre la concordia que integra todas las partes (el mal está ausente; sólo corresponde al aislamiento de un fragmento) y nos incitarán a desprendernos de lo que depende de nosotros, para vivir conforme a esta naturaleza armoniosa.  La ciudad platónica querrá también construirse sobre una jerarquía que respeta las disposiciones de cada uno, y que por ende le asegura el comando a los mejores, a los más competentes.  Esta casi-religión de la naturaleza —referencia constante en los griegos— explica su rechazo de la entrada de los utensilios o de las máquinas en su economía o para sus trabajos.  Heron de Alejandría fabricó claramente autómatas, y también el eolipilo (agua calentada en un recipiente metálico, de donde escapa el vapor cuya potencia se conoce).  Arquímedes no solamente concibió el célebre tornillo, sino que proporcionó aplicaciones sacadas de la hidrostática, pero los griegos no le dieron continuación a esas invenciones.  Si le dan ventajas a la agricultura y a la ganadería (el campesino y el pastor), sin embargo prefieren los recursos arbustivos (la recolección de frutos) más bien que los recursos cerealeros (pues sería necesario labrar, abrir el suelo con la reja del arado).


¡No favorezcamos la violencia, el desencadenamiento y una producción que, intensificada, va a corromper a la ciudad!  Todo reposa sobre la temperancia y la estabilidad (el no-cambio).  Este naturalismo va lejos: predica la sumisión al orden del universo; reconoce la superioridad de lo no-fabricado, de lo que nos gratifica el viviente.  Recordemos el suplicio de Prometeo, que se robó el fuego del Olimpo; o la muerte de Ícaro (el hijo de Dédalo, el constructor de estatuas animadas) que buscó volarse gracias a alas que pegó con cera; pero está se fundió al sol; el desgraciado se apachurró contra el suelo.  Uno no se fuga, no podríamos abandonar “la naturaleza”.


2) Va a ser volteado lo que era venerado por los antiguos: el cosmos, la belleza, su armonía, su pretendida inteligibilidad (el modelo soberano).  Copérnico, Galileo, los cartesianos sustituyeron la física (de physis, la naturaleza) cualitativa por la mecánica racional.  La propia palabra naturaleza tiende a eclipsarse y, cuando subsiste, significa solamente universo (Descartes enuncia bien “las leyes fundamentales de la naturaleza” pero estas son las que explican nuestro mundo).  Más claro aún, Descartes escribe en el Tratado de la luz: “Por naturaleza no entiendo aquí de ninguna manera alguna diosa, o alguna otra potencia imaginaria sino… la materia y las reglas según las cuales se operan sus cambios”.  Limitémonos a evocar tres pilares de esta ciencia, la antítesis de la naturaleza:


    a) El movimiento local (el choque) —hasta entonces descuidado— va a ser suficiente para dar cuenta de las otras formas que se expresan en la generación, la alteración y el crecimiento.  No solamente la piedra que cae obedece a la ley de “la caída de los cuerpos” sino que, si alcanza lo bajo no lo hace en razón de una atracción (regresar a su lugar natural) sino por el hecho de los inevitables torbellinos que vienen a pesar sobre ella y la obligan a ganar el centro del universo (la pesantez).  Así mismo, el hipermecanicismo cartesiano defiende una concepción epigenética, en el sentido en que la formación del feto no deroga las leyes materiales, que son suficientes para explicar su nacimiento y su desarrollo.


    b) La conducta animal es evidentemente considerada como “maquínica”; no existe acá ninguna necesidad de recurrir a una naturaleza ingeniosa y astuta, capaz de hazañas (a través del instinto).  El animal no es mas que un conjunto de engranajes, de correas, de poleas, de depósitos y de hogares, gracias a los cuales comprendemos sus actitudes tanto como sus desplazamientos.  Las golondrinas son asimiladas a relojes.  En fisiología, el bastión de la vitalidad (fisiología, physis, la naturaleza), la pulsación regular del corazón se concibe con referencia al eolipilo: el vapor de una sangre que es calentada levanta sin cesar las válvulas, después de lo cual recaen o se vuelven a cerrar, y así sucesivamente.  La perdiz artificial que Descartes habría construido probaría la validez de estas afirmaciones.


    c) Finalmente, triunfo de la techné (la anti-physis), las máquinas comienzan a llegar y a procurarnos resultados importantes.  Ya los instrumentos fisicalizados como el órgano de nuestras iglesias (que nos da una variedad de sonidos) así como el célebre reloj, muestran hasta qué punto llegan las fabricaciones (tanto los dispositivos pneumáticos como los resortes: el espiral que comanda, en el reloj, el movimiento del balancín).  El reino de la naturaleza parece haber llegado a su fin; se alejan las inclinaciones secretas, las entidades (las potencias ocultas) que se le prestaban y que se juzgaban inimitables.


Pero este nuevo “imperialismo” que sustituye a la escolática será considerado como peligroso por los nuevos naturalistas; por consiguiente, estos van a descubrirnos una naturaleza dotada de propiedades hasta entonces desconocidas; ellos reinventan una idea de la naturaleza y van a servirse de ella como arma de guerra.


        I) Ante todo, cuántos vivientes que se regeneran después de la decapitación, o incluso el aplastamiento, como el pólipo de Trembley que, invertido (el biólogo puso afuera el adentro, dándole vuelta como a un guante a ese ser semi-animal semi-vegetal), sigue viviendo como antes.  La naturaleza se define entonces por su plasticidad y su posible desbordamiento; ella es, pero también es lo que ella no es todavía, o lo que ella nunca ha sido, puesto que tolera las peores modificaciones; creemos impedirla, pero ella se opone a nuestras intervenciones; sobre todo, ella subsiste, de ahí su fondo inagotable e incluso indesraizable; ella renace de sus casi-cenizas.


        II) Lo que caracteriza aún esta nueva idea de la naturaleza —si seguimos a Charles Bonnet en su Contemplación de la naturaleza, 1764— es que ella no se presta más a nuestras divisiones, a través de las cuales nosotros la repartíamos (la gradualidad, los niveles o los escalones).  Oponíamos por ejemplo, los vegetales y los animales; estos últimos a su vez había sido cuidadosa y metódicamente distribuidos.  Aristóteles había echado las bases de una tal repartición (la taxonomía).  Pero la naturaleza nueva ignora tales recortes: ella obedece al principio de la continuidad (la naturaleza no salta) que garantiza su densidad como su completitud espectral.  También Charles Bonnet llega hasta imaginar tal o cual eslabón que falta, cuando él cree darse cuenta de una laguna a lo largo de la cadena de los seres.


        III) De acá deberían derivarse decisiones o visiones sociopolíticas; la fisiocracia (el gobierno fundamentado sobre la naturaleza) debía sostener, en pleno siglo XVIII, la esterilidad de las fábricas (en la manufactura, el trabajador se limita a cambiar solamente la forma, a dividir, a cavar o a soldar, a aglomerar); la naturaleza (la tierra) es la única que produce y aumenta; el grano de trigo que germina dará una espiga que multiplicará la simiente; sembramos poco, cosechamos mucho; la tierra permite esta suerte de proliferación y de abundancia real.  Por consiguiente, el político debe limitar el número como el peso de los talleres, con el fin de favorecer la cultura de los campos, en razón de esta naturaleza nutricia y generosa.  Según la expresión de Turgot, es la harina <farine> la que nos salvará de la hambruna <famine>.


Si la fisiocracia condujo pronto la sociedad al fracaso económico y político, la idea de una naturaleza desbordante habría de suscitar el empuje de las disciplinas experimentales (zoología, botánica, agronomía, geología) así como la fiebre de los viajes y de las experimentaciones.


3) El tercer período nace de que el mundo industrial tentacular crea pronto un medio deletéreo e invisible (humo, ruido, hollín, amontonamiento) al mismo tiempo que vierte en él una oleada de mercancías uniformes (la baratija).  Así mismo, la fábrica somete a los trabajadores a las cadencias infernales de la maquinaria y arruina su salud.  Por todas partes se imponen la miseria, la fealdad, la degradación.  También por todas partes se levantan los que creen poder sacar de la naturaleza un remedio a esta paleo-técnica; entramos en el tiempo de la higiene y de una naturaleza medicinal, redentora de nuestros males (gracias a ella, la salida de esta pesadilla).


a) Algunos convocan para una gimnasia, a la respiración a pleno aire, a lo que debe revigorizar la salud.

b) Se desarrolla una estética vegetalizante, cuyo turiferario será Ruskin.

 c) Aparecen urbanistas que quieren devolverle a la ciudad sus playas de verdura y de aireación, al mismo tiempo que alejarían los materiales industriales, el hierro, la fundición, el vidrio (por esto el regreso a la madera, a la piedra, a la arcilla).  Correlativamente los geógrafos llegan a preocuparse por los paisajes y solicitan que se los proteja (la naturaleza frágil).  La naturaleza se vuelve aquí una fuente de energía (el depósito dinamológico) que aleja las líneas demasiado rígidas (la cuadrícula) y festeja la salubridad.  El romanticismo ha participado en esta campaña (y muy indirectamente los físicos de la termodinámica puesto que la energía da cuenta tanto de los fenómenos mecánicos como de los fenómenos psicológicos).  El darwinismo, en el mismo momento, renueva o consolida esta idea de naturaleza: los seres vivos ya no derivan de una especie de plan o de scala naturae que hubiera llenado una a una las casillas de un escaqueado (la racionalidad de la completitud y de la serie), sino de luchas entre ellos como una adaptación a las condiciones exteriores.  Se impondrán aquellos cuyas ínfimas variaciones acumulativas (la naturaleza que no cesa de moverse y de diferenciarse) se pongan por delante.


4) El cuarto período que distinguimos es este en el que nos encontramos: desencalla más que nunca la idea de naturaleza.  Por lo demás, este segundo soplo nos parece tanto más peligroso cuanto que corre el riesgo de degenerar en una mitología (el regreso a una edad de oro), o incluso en la obligación de reabastecerse en un fondo originario; pero, ¿pero por qué una tal resurgencia en nuestros días?


    a) En la medida en que la biología molecular le ha robado al viviente los procedimientos de su auto-reconstrucción, e incluso, de su organización, se ha vuelto capaz de “desprogramarlo” o de “descarriarlo” (la transgenosis).  Entonces se ha roto lo que la naturaleza concretaba desde siempre, un candado que se oponía a las tentativas más desmesuradas, lo que nos priva de la estabilidad y de la inviolabilidad (el santuario de la vida).  Hemos entrado en la era de la transnaturalidad que perdió sus antiguos límites.


    b) La propia generación (y no olvidemos que la propia palabra naturaleza a ella remite, puesto que viene de natus, lo que ha nacido) no escapa ya al prometeismo: la fecundación in vitro es un testigo, así como la actual clonación, que indica a su manera que renunciamos a la biodiversidad y que trabajamos en la repetición de lo mismo (la duplicación, el recopiado).


    c) Por su lado, la agronomía no solamente multiplica los abonos y la quimización a ultranza sino que entraba el policultivo (la afortunada alternancia de las vegetaciones, la balanza, la no-uniformidad); en el límite, se orienta hacia el cultivo de las plantas por fuera del suelo.


    d) La entrada con fuerza de la nuclear hace pesar sobre las aguas y los aires los riesgos de la radiación; las sociedad cuentan cada vez menos con los “recursos” del globo, que por lo demás han malgastado, para no decir agotado; pero al recurrir a la radioactividad, y al dotarse de “centrales” que pueden responder a sus necesidades energéticas, corren el riesgo de un no-control.


En resumen, la naturaleza significaba un amplio territorio que englobaba a los vivientes (plantas y animales), así como los primeros principios (el aire, el agua, la tierra, e incluso el soleamiento).  Ahora bien, asistimos a su “corrupción” o, al menos a su acaparamiento por parte de algunos, que sacan provecho de ello.  Todo ha sido de nuevo trastornado; la biurgia comanda a los vivientes; en cuanto al aire, al agua, la tierra e incluso el sol, han sido confiscados por los unos y contaminados por los otros.  Hasta ayer pertenecían a todos (un bien conocido); hoy, tienen que ver con un entorno degradado, entregado a los intereses particulares.  Es por esto que la palabra naturaleza ha tomado un giro nuevo y decisivo: inspira un movimiento de rebeldía, enemigo de ese falso progreso (devastador) como de la carrera a la producción, que no deja de destruir.  Incluso es invocado como salvación por los que libran la guerra contra todas las técnicas y, a través de ellas, a la ciencia juzgada como responsable; éstos preconizan por ejemplo el regreso a las energías llamadas suaves, las que nuestro mundo nos ofrece: el viento, la marea, el sol.


Si no descendemos esta pendiente (regresiva), sin embargo conservamos la palabra naturaleza y le concedemos un doble papel:


    a) ante todo el de baranda (la racionalidad ecológica): defiende la eco-industria, encargada de luchar contra los daños indiscutibles del sistema productivo (la inseguridad, los perjuicios, la polución); esta metatécnica se injerta en la técnica con el fin de regularla; da lugar a saberes y a medios ligados todos a la descontaminación o al reciclado (la transformación de los desechos en materiales utilizables).


    b) el de indicar un territorio donde reina una racionalidad de un tipo apropiado; si no se aparta de la física, él la singulariza y la hace más compleja; en efecto, el viviente invoca principios y leyes específicas que dan cuenta de su funcionamiento; estos nos impedirán caer en el “reduccionismo”, contra el cual la palabra naturaleza debería protegernos.

Todado de:

Dominique Lecourt (ed.).  Dictionnaire d’histoire et philosophie des sciences.  4ª ed.  París: P.U.F., 2006.  François Dagognet.  “NATURE”.  pp. 782-785.
Naturaleza (Sistema de la)

Traducido por Luis Alfonso Paláu C., Medellín, mayo 24 de 2009.
tr. Luis Alfonso Paláu C., Medellín, abril 10 de 2016. Para ser leído en la cuarta sesión del micro-seminario François Dagognet, in memoriam, mayo 24 de 2016.  Medellín, Mediateca Arthur Rimbaud de la Alianza Francesa del parque san Antonio.


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Expulsar lo Natural, Dominar al Viviente

Catherine Halpern entrevista a François Dagognet





La palabra “artificio” es una palabra desafortunada porque se la connota de manera negativa.  Pero lo artificial es el arte.  El hombre se reconoce en su poder demiúrgico para cambiarlo todo, para renovarlo todo, para reconstruirlo todo.  Los que quieren limitar esta proeza me parece que están librando una batalla perdida por adelantado.  No hay nada que sea verdaderamente natural.  Lo que nos parece natural es frecuentísimamente artificial.  La naturaleza, en sus formas más típicas para nosotros, lleva la impronta del hombre.  La campiña tal y como la vemos en la actualidad es el fruto de largas transformaciones; los campos, los bosques, los senderos han sido modelados por el hombre.  Considere las frutas y las legumbres; ellas no son naturales; la agronomía las seleccionó, las cruzó para mejorarlas.  La revolución verde al intervenir sobre la naturaleza ha sido muy provechosa para el hombre, y le ha permitido escapar a bastantes servidumbres.  El agrónomo norteamericano Norman Ernest Borlaug, premio Nobel de la paz en 1970, pudo por ejemplo desnaturalizar el trigo para hacerlo más resistente a la sequía y a condiciones climáticas muy difíciles *.  Gracias a esto, países cuasi desérticos han podido cultivar el trigo y escapar a las hambrunas.  Bendigamos pues sus artificios.  La naturaleza nunca ha existido, excepto como ideología que permite condenar los cambios.  ¿Qué puede haber de natural?  El hombre todo lo ha confeccionado, todo lo ha modelado, retomado por su cuenta, asumido, transformado.


Difícil aprehender la obra multiforme de François Dagognet que toma por objeto tanto la biología, la geografía, la química, el derecho, el Estado, el arte, la moral…  Nada serio el hombre, dirán algunos.  Contra éstos, Dagognet reivindica el derecho de abarcar lo real, todo lo real: “No vemos al filósofo a la manera de un minero que debe barrenar el suelo, sino más bien como un viajero que se preocupa por el conjunto del paisaje.” .  Ampliar las perspectivas en vez de cavar.  Su trabajo testimonia su insaciable curiosidad y su entusiasmo siempre renovado por lo real bajo todas sus formas.

Contrariamente a una tradición filosófica tenaz que desde Platón valoriza lo espiritual, F. Dagognet muestra un interés bien particular por la materialidad: los objetos, los materiales, las construcciones, los cuerpos…  Se define como “materiólogo”, para evitar el término de “materialista” que considera demasiado reductor y dogmático.  En efecto, según él se requiere superar el dualismo entre el espíritu y la materia: “soy monista puesto que digo que el espíritu está en las cosas y que las cosas expresan el espíritu”.  Basta con observar las estructuras moleculares para ver la extraordinaria riqueza y complejidad de lo real.  Esta posición es bien polémica: “para mí, el enemigo es la subjetividad –afirma él con vigor–.  No hay por qué atrincherarse en la conciencia, en el ego.”


A propósito provocador, F. Dagognet se insurge contra una filosofía conservadora y timorata, que cree que a las evoluciones y las novedades les falta realidad, sustancia o entidad.  Es necesario “cambiar la vida y no plegarse a ella” .  Por esta razón el se regocija con las proezas de la biotecnología, la eficacia de la agricultura productivista o los milagros realizados por las diversas técnicas de procreatica médica asistida…  La intervención en el vivo no lo espanta: “No es a la vida a la que hay que respetar en tanto tal sino a su lógica sorda, su búsqueda de la maximilidad y de la amplitud; a veces ella fracasa, se la endereza pues, se la agranda, también se debería rebasar lo biológico y "manipularlo".” .  Personaje bien molesto sin duda, y que detona en el paisaje de las ideas.  F. Dagognet se apasiona por la moral y especialmente por los problemas que plantea sin cesar el progreso de la biología y de la medicina.  Pero la moral no constituye para él una disciplina etérea que determinaría simplemente grandes principios universales.  Por supuesto que ella debe tener principios.  Pero no es porque se ocupe de “lo que debe ser” que ella puede impedir “lo que es”.  “La moral no se encuentra allí donde algunos la sitúan, en la altura de las ideas o el dominio de la pura reflexión.  Sin descanso, la moral se aplica; ella no podría pues abandonar el suelo de la realidad donde se debe inscribir.” .  Es por esto que F. Dagognet prefiere dedicarse a entrar en el detalle y a analizar casos límite, más bien que armar un sistema moral muy abstracto.


El encuentro con el historiador de las ciencias Georges Canguilhem, del que fue estudiante y amigo, se reveló determinante para F. Dagognet.  Bajo su impulso, luego de la agregación en filosofía se embarcó en largos estudios de medicina y de neuropsiquiatría, sin por ello renunciar a la enseñanza.  Sus primeros trabajos tienen pues que ver con historia de las ciencias: “Siempre me chocó que los profesores, algunos de ellos por lo demás notables, se preocupasen más por los resultados que por los métodos por los que se los había obtenido.  Me parecía más interesante para un filósofo detenerse en las estrategias.  ¿Por qué por ejemplo Lavoisier revolucionó la química mientras que había ya tantos químicos en su tiempo, y que él mismo no era por lo demás químico?  ¿Por qué Mendeleiev, por qué Pasteur?  ¿En qué consistía su proceder y por qué fue tan fructuoso?  Era la materialidad misma de su astucia la que me interesaba más que lo que él había obtenido.”


F. Dagognet se impone como un especialista del viviente.  Su sed de saber lo conduce a adquirir sólidos conocimientos científicos.  Sin embargo no serán las ciencias experimentales en sí mismas las que le interesen, sino las cuestiones filosóficas que ellas provocan.  Pero si le profesó una admiración extrema a G. Canguilhem, no fue solamente por el historiador de las ciencias, sino también por el hombre que había sabido decir no al petanismo, renunciando en 1940, y que había luchado al lado del filósofo Jean Cavaillès en la Resistencia.  F. Dagognet piensa que la reflexión filosófica no puede ahorrarse el pensar la moral y la política.  Filósofo comprometido, tercamente republicano, es un convencido de que el lugar del Estado es el de protector del interés general y de la ciudad, contra todas las desviaciones.  Y falta a su misión en la medida en que deje perdurar desigualdades insoportables.  Dagognet no olvidó sus orígenes modestos que no le permitieron ir al liceo.  Obtener en estas condiciones el bachillerato fue –nos lo confiesa– un verdadero “suplicio”.  Por esto, luego de publicar 100 palabras para comenzar a filosofar  hará aparecer Filosofía para el uso de refractarios , pequeño manual de filosofía rudimentaria, simple y accesible a todos, para uso de los “alumnos más vulnerables”, que no han tenido la oportunidad de frecuentar los grandes liceos parisinos: “el filósofo tiene el deber de trabajar en la disminución de las injusticias.”


Su campo de investigación es inmenso.  ¿Cuál ha sido su proyecto filosófico, su avance?


Ud. sabe, hay para mí dos tipos de filosofía: una filosofía erudita que se va a dedicar a un autor y a profundizarlo, y que lo juzga un poco muerto; y una filosofía que quiere tener en cuenta todo lo que acontece en el mundo presente.  Lo que me interesa son los problemas actuales.  Los trastornos que afectan la biología, el derecho, el arte, la producción, son tales que el filósofo ha de dedicarse a reconocerlos y a pensarlos, en caso contrario, dimite.  Ahora bien, no estoy tan seguro que haya actualmente un aporte de la filosofía.  Me gustaría que hubiera un filósofo por todas partes en la sociedad, para analizarla, para promover cosas, para pensarla en su historia, en su patrimonio, para denunciar sus flagrantes injusticias.  Incluso en el Concejo municipal o en la empresa, el filósofo debería ser el hombre de los problemas, el cuestionador, no dedicado a destruir sino para modernizar.
 

En estos tiempos en que se valoriza la naturaleza y en el que se busca protegerla de los desgastes provocados por el mundo industrial, Ud. adopta una posición más bien atípica.  Contra los nostálgicos de una naturaleza perdida, Ud. defiende en efecto lo artificial y la innovación técnica.

La palabra “artificio” es una palabra desafortunada porque se la connota de manera negativa.  Pero lo artificial es el arte.  El hombre se reconoce en su poder demiúrgico para cambiarlo todo, para renovarlo todo, para reconstruirlo todo.  Los que quieren limitar esta proeza me parece que están librando una batalla perdida por adelantado.  No hay nada que sea verdaderamente natural.  Lo que nos parece natural es frecuentísimamente artificial.  La naturaleza, en sus formas más típicas para nosotros, lleva la impronta del hombre.  La campiña tal y como la vemos en la actualidad es el fruto de largas transformaciones; los campos, los bosques, los senderos han sido modelados por el hombre.  Considere las frutas y las legumbres; ellas no son naturales; la agronomía las seleccionó, las cruzó para mejorarlas.  La revolución verde al intervenir sobre la naturaleza ha sido muy provechosa para el hombre, y le ha permitido escapar a bastantes servidumbres.  El agrónomo norteamericano Norman Ernest Borlaug, premio Nobel de la paz en 1970, pudo por ejemplo desnaturalizar el trigo para hacerlo más resistente a la sequía y a condiciones climáticas muy difíciles *.  Gracias a esto, países cuasi desérticos han podido cultivar el trigo y escapar a las hambrunas.  Bendigamos pues sus artificios.  La naturaleza nunca ha existido, excepto como ideología que permite condenar los cambios.  ¿Qué puede haber de natural?  El hombre todo lo ha confeccionado, todo lo ha modelado, retomado por su cuenta, asumido, transformado.


Y esto no impide que el entorno deba ser protegido.  Sería ridículo decir lo contrario.  Pero a partir de acá, es necesario limitar el derecho al respeto de los lugares.  Algunos caen en una filosofía de la naturaleza excesiva.  Ahora bien, se trata de una batalla que es más ideológica que real, en el sentido en que algunos defienden por aquí una mitología.  Lo que más me indigna es que esta mitología es explotada, especialmente por la publicidad.  Se ha vuelto también un eslogan político; ahora bien, si es verdadera en algunos puntos, no se tiene el derecho de generalizarla.  Siento muchísimo verdaderamente esta tecnofobia ambiente.


Por lo que hace referencia al hombre, el culturalismo ha hecho la prueba por mí de que el naturalismo es una mitología.  Ciertamente que tenemos un patrimonio genético, pero las experiencias que tienen que ver con los verdaderos gemelos separados desde su nacimiento, y educados en medios diferentes, muestran que la inmersión cultural es determinante.
 

Pero sin embargo Ud. se preocupa de las consecuencias morales de las innovaciones tecnológicas sobre el viviente…
 

Yo creo que la moral es la disciplina filosófica más importante.  Aunque yo me haya dedicado a la filosofía de las ciencias, aunque me haya dirigido hacia la metodología y hacia el arte contemporáneo, es la moral la que me parece ser el eje cardinal.  En tanto que médico, me interesé naturalmente en la bioética.  Los progresos de la biología y de la medicina plantean problemas cruciales que perturban las bases mismas de nuestra existencia: la familia, el cuerpo, la procreación.  Hay algo que me ha chocado particularmente en este dominio: los filósofos de la bioética y los médicos son todos respetuosísimos de la naturaleza y de lo biológico.  Mi posición es al contrario privilegiar todo lo que es cultural.

Soy pues favorable al aborto.  No el de comodidad o de facilidad.  Lo que cuenta es la fuerza y la voluntad de acoger al niño.  Si los padres no lo reciben, esta hijo será desgraciado.  El nacimiento ya no es una fatalidad.  Pero a la ley le toca fijar el momento de la muerte pero igualmente aquel en que la vida nace.  En Francia, se autoriza la interrupción voluntaria del embarazo hasta el final de la duodécima semana (la ley Veil de 1975 la autorizaba hasta fines de la décima semana; en 2000 se alargó un poco este plazo).  ¿Cuál es el sentido que tiene este plazo de detención?  La pregunta que subyace es: ¿cuándo comienza la existencia?  No creo, como lo creen los natalistas por lo demás, que existan estadios objetivos en el curso de la embriogénesis.  Pero luego de ese plazo, la IVE es más difícil de realizar y puede provocar secuelas en la fertilidad de la madre.  Y sobre todo, esto coincide con el momento en que el niño comienza a tener movimientos autónomos y en el que la madre comienza a sentir al niño y a percibirlo como tal.  Prefiero de hecho los signos antropológicos a los signos físicos o biológicos.


¿Cuál es su posición sobre la inseminación post mortem, que actualmente está prohibida?


No soy del todo enemigo de la inseminación post mortem.  En algunos casos me parece completamente legítima.  Tomemos un ejemplo: un hombre está afectado de cáncer, lo irradian pero ha tomado la precaución por adelantado de ir a depositar esperma en el Cecos (Centro de estudio y de conservación del esperma), un organismo paramédico habilitado para la crioconservación del esperma.  Este hombre muere.  La ley de 1994 sobre la bioética le prohíbe a su mujer que recurra a una inseminación que dará lugar a un nacimiento, pues ya no tiene una familia.  Se requiere para que la inseminación sea posible el asentimiento de los dos esposos vivos.  Todo reposa pues sobre una concepción biológica.  Pero la familia no es sólo un dato biológico.  Para mí, el muerte no está ausente y son sus voluntades las que cuentan.  Quiso depositar su esperma en el Cecos, quiso ese nacimiento y su mujer también.
 

El principio que funda su concepción bioética ¿es pues la voluntad humana y no el carácter más o menos natural de los actos considerados?

Para mí es necesario considerar ante todo la voluntad individual.  La contracepción constituye un progreso; un nacimiento ya no es una fatalidad, expresa un querer.  Hay numerosas situaciones médicas donde me parece preferible considerar la voluntad más bien que respetar una improbable naturaleza.  El enfoque biológico es a menudo incapaz de proveer un criterio.  Un feto está gravemente mal formado.  ¿Se va a tolerar el aborto terapéutico?  La medicina se va a poner a buscar criterios biológicos y va a meterse en camisa de once varas.  ¿Por dónde pasa la línea de demarcación entre lo que es soportable o no?  Tener una mano menos, ¿es aceptable?  ¿y el enanismo, la trisomia?  Puede ver Ud. que con un enfoque solamente biológico no puede salirse del embrollo.  Es por esto que siempre busco un criterio antropológico.  En el caso de la procreación, lo que me parece importante es la capacidad familiar de acoger o no acoger al niño.  Por supuesto, este criterio puede ser dificultado, por ejemplo en el caso en que un niño demande ante el juzgado a sus padres porque él considera que sus malformaciones le son insoportables.  La voluntad de acoger al niño estaba ahí, pero esto no fue suficiente para hacerlo feliz.  Hay pues callejones sin salida, pero yo preferiría siempre invocar motivos humanos más bien que principios de naturaleza.
 

¿Por qué es Ud. tan severo con respecto a los comités de bioética?

Porque, ya digan blanco o negro, difícilmente logran un acuerdo y cambian de doctrina según las situaciones.  Los comités de ética reúnen a especialistas y a representantes de las principales familias espirituales y morales presentes en la sociedad.  Por este hecho, sólo logran consensos por defecto.  A causa de las divergencias, sólo se ponen de acuerdo sobre decisiones débiles y sólo dan respuestas mínimas.  Muy a menudo, se contentan con temporizar sin resolver los problemas.  Sobre todo, tienen un criterio del que soy adversario, el criterio biológico, y ellos se refieren demasiado a menudo a una “naturaleza inmutable” del hombre.
 

Ud. recurre a veces en sus consideraciones morales a los problemas que plantean ciertas decisiones jurídicas mucho más que a las morales filosóficas tradicionales.  ¿Qué le aporta el derecho a su reflexión moral?

Adoro el derecho porque nos permite tocar el fondo del individuo y de la sociedad, y eso que tiene que ver con situaciones bien concretas.  Algunas orientaciones jurídicas trastocan en efecto concepciones morales tradicionales que ya no están adaptadas al mundo actual.  Consideremos por ejemplo la noción de responsabilidad.  Nuestro mundo tecnicizado obliga a pensar el problema de forma diferente de lo que lo ha sido tradicionalmente.  En derecho laboral, es el empleador el que tiene la responsabilidad de todo incidente que acontezca en el lugar de trabajo, y no el culpable que por negligencia o por descuido lo haya provocado directamente.  El empleador no es propiamente el culpable, pero es responsable.  Puede parece absurdo.  ¿Por qué alguien que no ha participado en el accidente, y que a lo mejor ni siquiera estaba presente, sería el responsable?  Simplemente porque el empleador es el único que podría impedir preventivamente que accidentes de este tipo se reproduzcan, invirtiendo para ello en higiene y en seguridad.  Prevenir más bien que curar.  Esto cambia totalmente las concepciones morales clásicas.  El problema no es únicamente saber quién ha cometido la “falta” sino quién podía actuar para evitar y proteger a los hombres en el porvenir.  El derecho es pues una disciplina que nos pone en presencia de problemas concretos y de cuestiones conflictivas.  Es por esto que lo aprecio.
 

¿Para reflexionar sobre el mundo contemporáneo, se necesita pues un buen conocimiento científico y jurídico?

En efecto, es por esto que me gustaría que el filósofo tuviera una formación muy amplia que no se redujera al análisis de textos, incluso si esto último es indispensable.  Sería necesario que tuviera por esto mismo una iniciación al derecho, a las ciencias humanas en general, a las ciencias experimentales…  No es adentro donde se juega para mí la filosofía, sino afuera.





[1] F. Dagognet (1998).  Una nueva moral, familia, trabajo, nación.  tr. Paláu,  Medellín, abril de 2006 – marzo de 2009.  p. 3.
[2] F. Dagognet (1988).  el Dominio del viviente.  tr. Paláu in traducciones historia de la biología ## 9, 10, 11, 12.  Octubre 1999 – junio & octubre 2000.
[3] Ibid., in traducciones historia de la biología # 11, junio de 2000, p. 34.

[4] F. Dagognet (2002). Cuestiones prohibidas.  tr. Paláu.  Medellín, julio de 2008 – mayo de 2009.  p. 27.

[5] F. Dagognet (2001).  Ochenta y tres palabras para comenzar a filosofar. tr. Paláu.  Medellín, septiembre de 2002 – septiembre de 2006.  Última corrección: junio de 2009.
[6] F. Dagognet (2004). Filosofía para el uso de refractarios.  Iniciación a los conceptos. tr. Paláu, Medellín, agosto de 2009 – abril de 2010.


* < https://www.isaaa.org/kc/cropbiotechupdate/tribute/borlaug/Norman%20Borlaug-Tribute-Spanish.pdf >

Véronique Bedin (dir.).  Filosofías y pensamientos de nuestro tiempo.  Auxerre: Sciences Humaines Éditions, 2011.  pp. 92-99.

Traducción. Luis Alfonso Paláu C., Medellín, mayo 12 de 2016.


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