El Arte

Por Mauricio Castaño H
Historiador
http://colombiakritica.blogspot.com/

Transgresor es el arte. Rompe con la fea costumbre de ocultar lo bello. Cuando el artista con su instalación impregna su lienzo sobre el edificio, lo rescata de la cotidianidad que borra lo hermoso, a fuerza de ver todos los días se pierde la capacidad de asombro. Lo velado y lo desvelado. Renacer. Volver la mirada sobre lo que amenaza olvido no es otra cosa que conmemorar contra el olvido. El arte lucha contra la ausencia, contra el olvido, contra el tiempo que todo lo borra.  Ver lo invisible dentro de lo visible. Hacer lo visible lo abandonado. Concentrar y conservar. La Picturalidad ayuda al recuerdo y a festejar las pobres cosas olvidadas. El arte restituye, se apropia y celebra el objeto. He allí su función. El artista Christo nos lleva por una nueva aventura. Con sus obras cubre y desvela. Rescata lo que a fuerza de ver no se ve, la cotidianidad que hace invisible lo que se presenta a nuestra vista. Es un proceso de inversión, se resucita lo que antes estaba muerto, lo que estaba trivializado, olvidado. El objeto es valorizado, rescatado.


Esta definición del arte próxima a lo terrenal, a los objetos mismos, riñe con la concepción elitista que hace de este un artículo de lujo que tan sólo puede disfrutar los muy adinerados llevándose sus cuadros o esculturas a sus casas, en donde solo ellos pueden disfrutarlo. Por el contrario, el arte que se concibe toca a todas las sensibilidades humanas, de todas las clases, sin distingo alguno, el artista cada vez más sale a las calles a experimentar con lo que se le presenta ante sus ojos, incluso con la sucio y lo nauseabundo, con la chatarra, con las pobres cosas olvidadas, se valora lo más desgraciado. 



Es bueno recordar que la innovación es amiga del arte, en sus distintos momentos se ha tenido que ir a contracorriente: mientras que el positivismo oculta, el abstraccionismo está libre de todo compromiso; mientras lo que se pretende expresionismo no hay nada mejor que el impresionismo. “La nueva escuela de pintura lleva el nombre de cubismo; le fue dado en son de burla en el otoño de 1908 por Henry Matisse que acababa de ver un cuadro que repreentaba casas cuya apariencia cúbica lo golpeó profundamente… al representar la realidad – concebida o la realidad – creada, el pintor puede dar la pariencia de las tres dimensiones, puede de alguna forma cubicar. No lo podría hacer ofreciendo simplementa la realidad – vista.” Guillaume Apollinaire citado por Francois Dagognet en Por el Arte de Hoy.

Esto es un tributo a lo que somos. Somos lo que hacemos. La mano hacedora nos revelan, nos proyecta la existencia. Por sus obras los

conoceréis indica que los objetos hechos nos delatan mejor que nuestra propia existencia. La palabra Arte y próxima a Artesano, son de la misma familia. “Las civilizaciones se manifiestan menos a través de sus pensamientos (vagos y por ello desconocidos) que por sus utensilios, sus instrumentos diversos, el bazar de su cotidianiadad… una cultura se reconoce en sus ritos, en sus creencias, pero más aún en los medios materiales que emplea, sus muebles, sus equipos de cocina, su material audiovisual, et.” Seguimos a Dagognet: Por el Arte de Hoy. Cosa rara y fea para los puristas del arte, que lo conciben en una pureza celestial y elitista.


“Los antiguos relatan que una joven, desconsolada por la partida del hombre que ella amaba – quien se fue a la guerra – imaginó trazar con una tiza en el muro los contornos de su sombra  proyectada. Reprodujo así las líneas de su fisonomía con el fin de conservar su apariencia… desde entonces – después de un comienzo bastante prosaico – la escenografía – no conocerá más límites: se dedicará a recordarnos las escenas religiosas esenciales (la Anunciación, la ultima Cena, La Visita al Templo …) luego, ulteriormente, las reales (lo sacro), las militares (una batalla naval, la toma de una fortaleza). Más tarde aún vendrá el retrato, el del hombre que reina (una dinastía)” Dagognet.

Ver lo que no vemos, es una virtud del arte, a fuerza de tanto ver la cotidianidad borra lo bello existente que se nos da a nuestros ojos, convirtiéndolo en una cosa más del paisajismo que todos ignoran. Con el arte nos liberamos de la monotonía, la vida se nos presenta en todas sus riquezas y encantos. Por ello cada vez más el arte es de las calles, de lo cotiano, de las experiencias humanas libres de las odiosas clasificaciones clasistes en donde sólo unos pocos adinerados pueden disfruter llevando su fetiche para colgar en su pared.

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El despojo de la tierra en Colombia

Por Alejandro Reyes Posada

Alejandro Reyes lleva casi cuatro décadas investigando la relación entre el conflicto armado y la
ilegalidad y los conflictos agrarios en Colombia.
Introducción al libro "Guerreros y campesinos, el despojo en la tierra en Colombia" , Editoria norma, 2009.


Este libro estudia los conflictos agrarios, la expansión de las guerrillas, del narcotráfico y de los grupos paramilitares, y analiza críticamente las políticas estatales que se han adoptado para enfrentarlos. Es muy difícil generalizar sobre Colombia, por la diversidad regional del país y la debilidad del poder central de Bogotá, que ha sido retado sucesivamente por las élites terratenientes, las guerrillas, los narcotraficantes y los paramilitares. Por eso este trabajo hace énfasis en el análisis histórico y geográfico de cada tema, para presentar el conjunto nacional como resultado de diversas condiciones regionales.

La violencia ha sido usada en Colombia como recurso para presionar reformas sociales, para impedirlas, para imponer o rechazar dominios territoriales y para impugnar o recuperar la soberanía del Estado. En todos los casos, la violencia se asocia a conductas criminales, que a veces intentan encubrirse bajo justificaciones políticas. La violencia es capaz de destruir el poder de la sociedad para plantear y resolver sus conflictos, pero es incapaz de generar nuevo poder, como enseñó Hanna Arendt.

Esta paradoja permite entender el fracaso del país para resolver el problema de la injusta distribución de la tierra y su consecuencia principal, el desarraigo violento del campesinado y la concentración de la tenencia en manos de narcotraficantes y señores de la guerra. El primer capítulo del libro describe los principales conflictos agrarios que sobrevivieron durante los años ochenta en las regiones colombianas, luego de la intensa movilización campesina de los años setenta, y su creciente transformación en guerras locales de expulsión de campesinos y apropiación violenta de la tierra. Este proceso cambió las bases sociales del poder en las regiones, al desplazar también una parte de las anteriores dirigencias regionales y sustituirlas por representantes de los empresarios del narcotráfico y la violencia, en busca de reconocimiento y legitimación. Sin haber participado en ella como adversarios armados, los campesinos perdieron la guerra y pagaron las consecuencias con las vidas de muchos y con la pérdida de sus tierras.

Colombia perdió la oportunidad histórica de realizar la reforma de la estructura agraria, aprobada como la ley 135 de 1961, y los conflictos entre campesinos y grandes propietarios, al no encontrar cauces institucionales de solución, alimentaron las estrategias de grupos armados para impugnar o defender el régimen de la gran propiedad latifundista. La violencia, a su vez, hizo imposible continuar el incipiente proceso de la reforma agraria y facilitó la persecución contra los líderes sociales del campesinado, que fueron tratados como subversivos del orden establecido. De esta forma, la dirigencia colombiana cometió el primer error estratégico, que fue aplastar con represión militar las movilizaciones pacíficas de las organizaciones campesinas y por tanto cerrar la vía reformista, para enfrentar, a cambio, la lucha insurgente de las guerrillas.

Las guerrillas, que surgieron a mediados de los años sesenta del siglo 20 como expresión de resistencia campesina y adoptaron un programa revolucionario de lucha por el poder estatal con la ideología marxista de la lucha de clases, llegaron a convertirse desde los años ochenta en verdaderas máquinas de guerra, con autonomía de las causas sociales que las originaron y con capacidad para asegurar su propia reproducción. A largo plazo, las guerrillas han demostrado agenciar procesos de re-esclavización de la población, pero no un proceso de cambio social ni de emancipación popular.

La expansión geográfica de las guerrillas, igual que más tarde la de los paramilitares, se explica por su habilidad para usar la violencia y la intimidación para garantizar la obtención de rentas por extorsión de la ganadería, la agricultura empresarial, el petróleo, el narcotráfico, el comercio, el transporte y las finanzas públicas locales. Aunque cinco agrupaciones guerrilleras negociaron su desmovilización a fines de los ochenta y comienzos de los noventa (el M-19 [1989], el Ejército Popular de Liberación –EPL- [1991], el Movimiento Quintín Lame [1991], el Partido Revolucionario de los Trabajadores –PRT- [1991], y la Corriente de Renovación Socialista –CRS-, disidencia del ELN [1993]), las dos organizaciones más grandes, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército Popular –FARC-EP- y el Ejército de Liberación Nacional –ELN, continúan operando en 2007. La expansión de las guerrillas no obedece, a largo plazo, a su arraigo en los sectores pobres del país, como lo predican los textos clásicos de la lucha de clases. Las guerrillas incursionaron en las áreas de mayor riqueza y no en las regiones deprimidas donde se concentra la pobreza.

La expansión y crecimiento de la máquina de guerra de las Farc estuvo acompañada de una creciente distancia respecto de los conflictos agrarios y de los intereses de los sectores populares, en una relación inversa entre la fuerza militar y el poder de representación popular. Esta distancia se hizo más evidente cuando algunos frentes de las Farc, presionados por los mandos centrales para conseguir más recursos, aumentaron sus exigencias económicas hasta obligar a tributar a los pequeños productores y comerciantes, con lo que generaron mayor resentimiento popular contra las guerrillas.

Ese resentimiento explica la facilidad y rapidez con las cuales creció el apoyo a organizaciones de autodefensa, que recibieron colaboración no sólo de los grandes propietarios y empresarios en las regiones, sino también la adhesión de campesinos medianos y pobres, trabajadores y productores informales. La organización de autodefensas civiles que apoyarían a las fuerzas armadas en su lucha antisubversiva fue ideada por la cúpula militar a finales del gobierno de Julio Cesar Turbay Ayala (1978-82) para contrarrestar la amenaza de parálisis militar que veían venir con la política de paz del presidente Belisario Betancur (1982-86).

En estricto sentido, las autodefensas continuaron librando la guerra que el presidente Betancur impidió afrontar a las fuerzas armadas, al acuartelarlas para honrar la tregua firmada en 1983 con las Farc, el EPL y el M-19. Las fuerzas armadas no abandonaron la iniciativa del todo, puesto que el ELN, que actuaba en el nororiente, no firmó la tregua y por tanto no cesó sus hostilidades. Además, las fuerzas armadas continuaron la guerra por interpuesta persona en tres grandes regiones dominadas por las Farc, al entrenar, apoyar y ayudar a armar a las autodefensas de Puerto Boyacá, el nororiente antioqueño y la región del Ariari en el Meta. Ese fue el segundo error estratégico de la dirigencia colombiana, porque auspició la creación de ejércitos privados para defender la propiedad cuando la tierra estaba cambiando de manos por la acumulación de divisas del narcotráfico.

El apoyo militar a las incipientes autodefensas fue una ocasión excepcional para que algunos poderosos narcotraficantes participaran con recursos y hombres en una alianza de seguridad privada, que les permitió asociarse con grandes terratenientes y empresarios al lado de las fuerzas armadas y presentarse como los defensores más importantes del establecimiento contra las guerrillas. El caso de Gonzalo Rodríguez Gacha es ilustrativo de esta relación, pues llegó a controlar tres pequeños ejércitos privados en Puerto Boyacá, San Martín y el municipio de La Hormiga, en el Putumayo, a mediados de los años ochenta del siglo 20, con los cuales combatió a las Farc y aseguró territorios para sus negocios de narcotráfico. Su alianza con las fuerzas armadas terminó cuando se asoció con Pablo Escobar en la guerra contra la extradición y participó en asesinatos de varios notables del establecimiento.

La emergencia de los grandes carteles del narcotráfico reveló la precariedad de las instituciones colombianas y la aceptación social a una amplia gama de comportamientos deshonestos, que facilitó el crecimiento de los negocios ilegales. El alcance de la ilegalidad en los negocios normales de las élites económicas es de tal magnitud, y es tan alta la corrupción de muchos políticos y funcionarios públicos, que los primeros narcotraficantes encontraron aliados naturales en todas las capas sociales, desde asesores financieros y jurídicos hasta sicarios y policías, pasando por todas las profesiones de la clase media.

La tolerancia inicial de los gobiernos de Alfonso López Michelsen (1974-78) y de Julio Cesar Turbay Ayala (1978-82) y en general de la sociedad colombiana a quienes se apodaba “los mágicos” fue premiada y estimulada por su generosa irrigación de beneficios a quienes negociaban con ellos desde la legalidad, como los propietarios de mansiones y fincas que las vendieron a alto precio, corredores de bolsa que amasaron fortunas con el lavado de dólares en la economía, empresarios que recibieron inversiones con bajos costos de capital para esconder ganancias ilegales. El presidente López abrió la puerta de entrada de los capitales del narcotráfico al crear, en medio de un rígido control a la entrada de divisas establecido por el Estatuto Cambiario de 1968, la que se conoció como la “ventanilla siniestra” del Banco de la República, para comprar dólares sin preguntar por el origen de los fondos. Al ser interrogado por el ingreso de lo que se llamó “los dineros calientes” a su campaña de reelección de 1982, López respondió con cinismo que el no usaba termómetro para tomarle la temperatura al dinero de los aportes electorales. Esta mentalidad deshonesta facilitó el ascenso de las clases emergentes y su asociación con amplios sectores de las clases pudientes.

Sólo la violencia de los ajustes de cuentas entre mafiosos y su disposición de asesinar a quienes se atravesaran en su camino, desde el Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla en 1983, el director del diario El Espectador Guillermo Cano Isaza en 1987 y el candidato presidencial Luis Carlos Galán Sarmiento en 1989, así como el uso de explosivos para aterrorizar a la sociedad, hicieron reaccionar al gobierno de Virgilio Barco (1986-90) para emprender acciones policivas, aprobar la extradición a los Estados Unidos e iniciar la persecución contra el enriquecimiento ilícito.

La ofensiva de los narcotraficantes tuvo otra respuesta, menos exitosa, por parte del gobierno de César Gaviria Trujillo (1990-94) cuando lanzó la política de sometimiento a la justicia, que ofreció rebajas de penas y trato preferencial a quienes abandonaran el narcotráfico y se entregaran a las autoridades judiciales, a cambio de no extraditarlos a los Estados Unidos. Como esa política era de difícil aceptación por parte de Estados Unidos, Gaviria aprovechó la presencia de Colombia en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y negoció el voto favorable del país a la primera guerra contra Saddam Hussein en 1992, ordenada por el presidente George Bush, a cambio de la aceptación de Estados Unidos a la política de sometimiento a la justicia y la no extradición.

La Constitución de 1991 prohibió la extradición y al día siguiente se entregó a la justicia Pablo Escobar Gaviria, cabeza del Cartel de Medellín y autor de innumerables asesinatos y varios atentados terroristas en lugares públicos. Su fuga de la cárcel de lujo, que había acondicionado con sus propios recursos, seguida por su persecución y muerte a manos de la policía en 1993, hicieron fracasar la política de sometimiento a la justicia, que se limitó a algunos capos como los hermanos Ochoa Vásquez, mientras los demás narcotraficantes, especialmente los del cartel de Cali, gozaron de amplia impunidad para expandir negocios e inversiones, hasta el punto que les permitieron patrocinar a muchos políticos para asegurar sus intereses frente al Estado.

Al entregar su cargo el presidente César Gaviria en 1994, los jefes del Cartel de Cali financiaron las campañas de tantos parlamentarios como los patrocinados por los grandes grupos económicos privados y aspiraron a contar también con presidente propio, al aportar seis millones de dólares al candidato ganador Ernesto Samper Pizano (1994-98). Con esos fondos su campaña repartió dinero para comprar el margen de votos que le permitió asegurar su triunfo. Unas grabaciones telefónicas que probaban la financiación ilegal, reveladas por el candidato perdedor Andrés Pastrana, convirtieron al presidente Samper en rehén de todos los grupos de poder. Los Estados Unidos, en primer lugar, que exigieron pruebas repetidas de compromiso en la lucha contra el narcotráfico, como la aprobación de la ley de extinción del dominio en 1996 y la captura de la cúpula del cartel de Cali. Los militares, en cabeza del general Harold Bedoya Pizarro, comandante del ejército y luego de las Fuerzas Armadas, se sintieron deshonrados con su presidente y le negaron autoridad moral para ordenar sus políticas de seguridad, mientras seguían su propia agenda de colaborar en la expansión paramilitar. Los políticos, que recibieron todas las prebendas presupuestales necesarias para declarar inocente al presidente en el juicio político que la Fiscalía inició ante el Congreso. Finalmente, los grandes empresarios, que negociaron su apoyo institucional a cambio de políticas favorables a sus negocios.

Frente al narcotráfico, las políticas de los gobiernos de Gaviria y Samper tuvieron como resultado la destrucción de los grandes carteles de Medellín y Cali durante los años noventa y el cambio de la estructura del negocio. Al desaparecer la integración vertical de la industria de las drogas a cargo de los carteles, su vacío fue llenado por varios centenares de pequeñas empresas especializadas y por una nueva relación con carteles internacionales, especialmente mexicanos, que ocuparon el espacio perdido por los colombianos. En las regiones productoras de coca y amapola también cambió la relación de fuerzas del negocio a favor de las organizaciones armadas de las guerrillas y los grupos paramilitares, que ejercieron el control territorial de los campos de cultivo, los laboratorios y las rutas de acopio y exportación. La nueva forma de integración de los grupos armados al narcotráfico aumentó sus ingresos y también los incentivos para expandir el control territorial de las fronteras y de las regiones periféricas, a las que se desplazaron los cultivos al impulso de la fumigación y erradicación forzosas del gobierno, con financiación y supervisión de los Estados Unidos.

En este contexto del conflicto armado, que puede llamarse la guerra por la coca entre guerrillas y paramilitares, el presidente Andrés Pastrana Arango (1998-2002) intentó una negociación de paz con las Farc y como garantía para los negociadores de las guerrillas despejó de fuerza pública tres municipios del Caquetá y uno del Meta, en la región del río Caguán, desde el 7 de noviembre de 1998. Los diálogos de paz, con participación de organizaciones de la sociedad civil en mesas de discusión temática, fracasaron por exceso de temas de negociación y falta de estrategia negociadora del gobierno, pues se acordó una amplia agenda de temas de 110 puntos, que comprendían todas las instituciones y problemas políticos, sociales y económicos del país.

La publicidad de las discusiones dejó en claro dos lecciones para el país. La primera es que el establecimiento político no sabía cuáles eran las reformas sociales necesarias para superar la violencia, ni había comprendido los conflictos políticos implicados en la existencia y crecimiento de las guerrillas y los grupos paramilitares, y por tanto no había definido una oferta creíble de negociación de paz con los adversarios armados. La segunda lección es que las guerrillas tampoco tenían un programa político de reformas que pudiera constituir el contenido de una negociación de paz realista y verosímil. Sus propuestas parecieron más una plataforma electoral para atraer sectores de población marginados, pero no revelaron una representación coherente y orgánica de intereses sociales.

Una democracia no puede negociar su contenido fundamental, que es la representación de la población en el sistema político mediante elecciones y votaciones, y sustituirlo por una mesa de negociación como mecanismo de toma de decisiones. Frente a la práctica imposibilidad de una revolución, una insurgencia armada no tiene otra agenda de negociación que las condiciones de su propia desmovilización y reincorporación a la democracia, para luchar con medios legales por sus objetivos. La democracia excluye, por definición, que los fines puedan ser perseguidos con medios violentos, mientras la insurgencia justifica los medios violentos de lucha con la nobleza de los fines invocados.

Paralelamente a la negociación con las Farc, el presidente Pastrana selló una renovada alianza militar con el gobierno Clinton de los Estados Unidos en 1999, conocido como el “Plan Colombia”, que comprometió recursos de los dos gobiernos para fortalecer las Fuerzas Armadas y la justicia en su lucha contra las guerrillas y el narcotráfico. Esta alianza militar implicó también la subordinación de la estrategia de seguridad interna a los intereses de política externa de Washington y especialmente, al cabildeo de los grandes contratistas privados de servicios de seguridad de Estados Unidos, como Dynamics Corporation, beneficiaria de los contratos de fumigación aérea de cultivos ilícitos, auspiciada por el representante Benjamin Gilman, quien fue presidente del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara por muchos años. En virtud del Plan Colombia, por ejemplo, se vinculó al ejército en la lucha contra las drogas, al considerarla una amenaza a la seguridad nacional.

Como había ocurrido con el anterior proceso de negociaciones de Belisario Betancur en 1983, la oposición militar a la negociación de Andrés Pastrana se hizo explícita en diversas oportunidades, hasta llegar a la renuncia del Ministro de Defensa Rodrigo Lloreda Caicedo, cuando planteó su desacuerdo con el Comisionado de Paz Víctor G. Ricardo frente a la falta de reglas y condiciones para la guerrilla en la zona de despeje del Caguán. Igualmente, esta oposición de las fuerzas armadas se expresó en la condescendencia con los grupos paramilitares, que bajo el mando de Carlos Castaño asumieron el liderazgo de la oposición de las sociedades regionales a la negociación con las Farc.

Durante el mandato de Andrés Pastrana se expandió extraordinariamente rápido el dominio de los grupos paramilitares, mediante un proceso de contratación de dirigentes regionales con la cúpula de las AUC para que los primeros pagaran los costos de instalación y mantenimiento de nuevos frentes, mientras los segundos enviaban instructores y entrenaban combatientes locales, reclutados en cada región. Este fue el período en el que más claramente se demostró que un proceso de paz con las guerrillas no es posible si no existe unidad de mando entre la dirigencia política y la militar. Las Farc exigieron al gobierno el desmonte de los grupos paramilitares como condición para avanzar en las negociaciones de paz. Esa exigencia llevaba implícita la idea de que los grupos paramilitares existían como expresión de una política oficial de guerra sucia y les desconocía los márgenes de autonomía y autosuficiencia que efectivamente tenían a esas alturas. El 20 de febrero de 2002, al final de su mandato, Andrés Pastrana rompió el diálogo con las Farc y el ejército recuperó el control de la zona de despeje del Caguán.

Como candidato presidencial, Álvaro Uribe Vélez (2002-10) expresó el rechazo de una buena parte de la opinión a las negociaciones de paz con las Farc y al incremento del secuestro y la extorsión practicados por ellas. Como presidente, aumentó el gasto en defensa, recuperó la presencia policial en todos los municipios del país y ordenó una campaña militar contra las Farc, que obligó a las guerrillas a replegarse a sus áreas de retaguardia. En su relación con el estamento militar, Uribe se identificó plenamente con los objetivos de victoria militar siempre ambicionados por los generales colombianos y creó líneas directas de comunicación y mando con comandantes regionales, por fuera de los canales jerárquicos formales del ejército y la policía. Su estilo personal de asumir la gerencia directa de los asuntos de gobierno se extendió al campo de la seguridad, para el desconcierto e incomodidad de la alta oficialidad. El presidente Uribe redefinió entonces el pacto de separación de poderes entre élites civiles y militares, que había regido sin interrupciones notables desde el final de la violencia de los años cincuenta, y asumió personalmente la iniciativa en materia de seguridad. Su concepto de la seguridad se resumió en sus propias palabras: “No podemos tener más un país amenazado por guerrillas o defendido por grupos paramilitares. Necesitamos control central.”

Los rápidos éxitos logrados en la seguridad ciudadana, que fueron evidentes en el mayor control en las carreteras, la disminución del secuestro, la casi desaparición de los ataques a poblaciones y la contracción de las áreas de operaciones guerrilleras, devolvieron parte de la confianza en las instituciones armadas y abrieron la puerta a la iniciativa de negociar la desmovilización de los grupos paramilitares. Desde el gobierno de Andrés Pastrana el entonces líder visible de las Autodefensas Unidas de Colombia -AUC-, Carlos Castaño Gil, había logrado presentar su movimiento armado como una lucha política y militar contra las guerrillas y reclamaba una negociación para desmovilizar a los grupos de autodefensa con ayuda del gobierno. Castaño perdió su poder en las AUC a manos de los narcotraficantes que asumieron la conducción de bloques paramilitares y a su muerte, en marzo de 2004, había iniciado conversaciones con la DEA para definir las condiciones de su posible entrega a los Estados Unidos a cambio de información sobre el negocio del narcotráfico, en el que participaban casi todos los jefes paramilitares.. A fines de 2003 se iniciaron las conversaciones entre el Alto Comisionado de Paz Luis Carlos Restrepo y los negociadores de las AUC en Santa Fe de Ralito (Valencia, Córdoba).

Para ese momento, los que comenzaron como ejércitos privados para luchar contra las guerrillas habían evolucionado hasta convertirse en mafias armadas con alianzas con empresarios, políticos, alcaldes, gobernadores, congresistas y contratistas, de manera que articularon en una sola organización regional los negocios de narcotráfico, venta de protección, extorsión, asalto al tesoro público y robo de tierras de desplazados. Quienes negociaban su desmovilización habían llegado a la cima de sus ambiciones de acumulación de capital y movilizaban amplias redes de influencia sobre el estado en las regiones, pero estaban doblemente amenazados por su condición de narcotraficantes y de señores de la guerra.

Como narcotraficantes, su principal amenaza era y sigue siendo la extradición a los Estados Unidos para ser juzgados por sus cortes. Desde la Administración Clinton la Secretaria de Justicia Janet Reno había diseñado un programa de negociación con narcotraficantes colombianos, para lograr su entrega voluntaria a la justicia, cediendo el 80% de sus bienes al Tesoro del gobierno federal, a cambio de su libertad y su residencia en los Estados Unidos, con cambio de identidad y protección de la familia. La contraprestación era su disposición de colaborar con la justicia con información que fuera requerida por las cortes contra otros narcotraficantes. Según el estudio de los periodistas Edgar Téllez y Jorge Lesmes , cerca de 500 narcotraficantes habían negociado con el Departamento de Justicia y varios de los dirigentes de las AUC, entre ellos Carlos Castaño Gil, estaban interesados en explorar esa salida a su condición de ilegalidad. Castaño se mostró

Como señores de la guerra, a medida que aumentaba el ámbito de su poder regional y sus fortunas crecía también su distancia de la legalidad e igualmente aumentaba la ilegitimidad de la representación política y la administración de las regiones bajo su influencia. Por crímenes contra la humanidad, su principal amenaza es la Corte Penal Internacional, que se creó para juzgar este tipo de delitos cuando el Estado responsable no aplique justicia internamente.

La propuesta de negociación de paz del presidente Uribe consistió en reconocer a los miembros de las autodefensas el carácter de combatientes por razones políticas, asimilando sus conductas al delito de rebelión, y en contemplar penas reducidas a cambio de la desmovilización y el sometimiento a la justicia, que incluye la confesión de todos los delitos, la reparación a las víctimas y la no comisión de nuevos crímenes. Con ello el presidente subordinó la condición de narcotraficantes a la de rebeldes políticos y suspendió las órdenes de extradición de algunos jefes a los Estados Unidos. Al ser juzgados internamente se excluye la jurisdicción de la Corte Penal Internacional, que entrará a regir para los colombianos en 2009. De esa manera, la negociación con el gobierno fue la mejor opción de los comandantes paramilitares, casi sin excepción vinculados al narcotráfico y autores de crímenes atroces.

La desmovilización de la mayoría de los grupos paramilitares y la entrega de sus jefes a las autoridades iniciaron una serie de procesos de ajuste en el escenario político, en la industria del narcotráfico y en el conflicto armado colombiano. En política, se inició la investigación sobre la asociación de muchos políticos con los paramilitares, en un arreglo que incluía la coacción armada a los electores para que votaran por candidatos escogidos por los señores de la guerra, por un lado, y el compromiso de los elegidos para desviar recursos públicos hacia las finanzas de los paramilitares, por otro. Este proceso debería conducir al desmonte de los para-estados regionales y locales que destruyen la democracia y corrompen las funciones estatales.

En el narcotráfico se está dando un ajuste a gran escala, al desaparecer del escenario algunos grandes narcotraficantes que asumieron el control de grupos paramilitares y se desmovilizaron de la guerra y del negocio. Por una parte, anteriores lugartenientes de los capos y mandos medios de los paramilitares han mantenido o reconstruido organizaciones armadas para capturar rentas del narcotráfico mediante el control territorial. Por la otra, las FARC han expandido su control del negocio de las drogas en territorios abandonados por paramilitares, aunque reducidos a sus zonas de refugio.

El impacto de la desmovilización de paramilitares en el conflicto armado ha sido el debilitamiento de los dominios territoriales que ejercían sobre amplias regiones del país, pero no ha generado un cambio estratégico en el conflicto con las guerrillas, pues la confrontación entre éstas y los paramilitares había terminado antes de la desmovilización, gracias a acuerdos para distribuir territorios del negocio. La desmovilización ha fortalecido las organizaciones de las víctimas, que se aprestan a participar en los procesos de reparación. También ha crecido una demanda social para revelar la verdad de los crímenes de lesa humanidad que han caracterizado la acción paramilitar.

Los primeros cinco capítulos estudian las principales dimensiones territoriales del conflicto colombiano. El sexto analiza la evolución reciente del narcotráfico en las fronteras terrestres del oriente y sur del país y destaca el papel que cumplen las organizaciones armadas, guerrillas y paramilitares, en el control de los cultivos, el procesamiento y las rutas de exportación de las drogas. El acercamiento progresivo a las fronteras con Venezuela, Brasil, Perú y Ecuador anuncia el desplazamiento de los cultivos, el procesamiento y las rutas del negocio de las drogas a esos países, donde quedarán en manos de mafias locales.

El séptimo analiza la política de extinción del dominio de tierras en manos del narcotráfico, desde el proceso legislativo hasta la experiencia de la justicia en la aplicación de la ley y la administración y destino de los bienes extinguidos. En esta política el Estado avanzó más rápidamente desde finales de 2002, cuando fue aprobada una nueva ley de extinción del dominio que independizó la acción del proceso penal por enriquecimiento ilícito y trasladó la carga de la prueba sobre el origen lícito del patrimonio al presunto dueño de los bienes. Luego de una década de aplicación de la ley la justicia ha extinguido el dominio de cerca de un millón de hectáreas de buenas tierras, pero lamentablemente el Estado no ha definido una política coherente para disponer de ellas para solucionar los problemas del desplazamiento y la expulsión del campesinado, como hubiera podido hacerlo. En su gran mayoría, las fincas se encuentran en manos de depositarios provisionales, que pagan sumas nominales y capitalizan rentas a manera de privilegios gratuitos, y el gobierno ha empezado a vender en remate público las que tienen sentencia definitiva de extinción.

El propósito del libro es ofrecer un análisis amplio, con muchas dimensiones, de los principales problemas de violencia e ilegalidad que han afectado a Colombia en las últimas décadas y de los errores y aciertos de los distintos gobiernos en sus intentos de solución. El autor ha recorrido 30 de los 33 departamentos del país en los últimos 39 años en trabajos de investigación social y tiene, por tanto, conocimiento directo para tener un punto de vista personal sobre muchos de los temas tratados. El libro no contiene recetas ni ofrece soluciones mágicas, pero puede ayudar a mejorar la comprensión de los problemas del país, para que las mentes brillantes de las nuevas generaciones tengan a la mano los datos básicos del problema colombiano.

Tomado de la Revista Semana.

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Devenir

Por Mauricio Castaño H
Historiador
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Los tiempos inclementes y la vida salvaje ya eran temidos por todos los seres sobre la tierra. En las selvas acechaban hambrientas y temibles fieras. Eran tiempos difíciles los comienzos de la humanidad, incluso hasta en la naciente industria que facilitó la vida humana con los conglomerados humanos de las ciudades y sus servicios que allí se concentran y dispensan. Nadie discute en nuestros días de estos progresos. Nadie gustaría de estar condenado o devuelta a los tiempos ya idos de los tapa rabos, de las inclemencias del clima, o la azarosa caza para tener un poco de alimento de regreso a la choza. Nadie gusta de vivir en la hediondez, en lo nauseabundo en medio de vacunos y aves, conocimos las quejas de quienes le padecieron. A todo esto llamamos naturaleza adversa. Agrestes robisonadas, perdidos en el bosque combatiendo por la subsistencia, la tan sola economía de la recolección. 

Entonces, ¿En qué momento se olvidó todo ello y se adoptó un discurso pro naturalista, de añoranza por esos mundos ya idos, de ecolatría? “Nos explicamos esta atracción: uno se apega sin duda a lo que acaba de perder, la naturaleza vale entonces como memoria y también como medio de limitar de nuevo cambios demasiado acelerados. Se trata sin embargo de una paradoja: cuando el citadino se apresura a renunciar ´a los lugares agrestes,´ se dedica a consagrarles culto … La idea de naturaleza no ha dejado de mantener la ambigüedad. Por ejemplo, significa tanto la espontaneidad, una potencia de renovación (la physis) como indica la realización, la esencia misma del ser hacia el cual el movimiento conduce: expresa a la vez el proceso y su resultado. Correlativamente, si vale como potencia oculta, fuerza y dinamismo interno, no por ello deja de remitir al conjunto de los vivientes, a todo lo que no se puede modificar, aquello sobre lo cual conviene alienarse (la naturaleza de las cosas).  Inspira tanto el aristotelismo, el estoicismo (el alma del mundo) como el atomismo epicúreo, orquestado por Lucrecio; empuja tanto a una moral de la contemplación y de la sumisión como a la de la ataraxia (ausencia de pasiones). Pero aceptamos saltar los siglos, querríamos entonces mostrar por qué regresa siempre con fuerza – especialmente en el siglo XVII primero – una idea que se creía caduca. Además, filósofos y científicos nos proponen una visión bastante nueva de ella; a decir verdad, lo que añade al “malestar,” a menos que sea “la riqueza” de esta idea, es que cada siglo la retoma, la transforma y la carga con sus propios colores.” Dagognet en el libro Naturaleza el cual seguimos. El naturalismo sirve ante todo para negar todo cambio.


Si bien la palabra naturaleza  es una engañifa en significación actual empobrecida, es una trampa en tanto que desconoce las complejidades y riquezas de la vida y se convierte más bien en un dogma de fe que opera como un freno naturalista a los grandes desarrollos de la industria, pero que favorece las políticas que benefician a unos pocos privilegiados y hunden en la miseria a una gran mayoría pobre y miserable. La etimología de la palabra naturaleza viene de nasscor que quiere decir nacimiento pero también indica la culture, el cultivo, cultura. Naturaleza, natura, sería natus, que viene de nascor, derivado del nacimiento, de la vida, las propiedades y las potencialidades de un ser que viene al mundo.  Seguido de la terminación —ura (como en escritura, agricultura) que apunta a la actividad efectivamente realizada.  La palabra expresa lo innato, los caracteres, la potencia, en oposición a lo que se puede adquirir, que se supone menos anclado en el ser, más circunstancial.  Retoma el griego "physis" que a su vez traduce la realidad de base, la riqueza y la capacidad genésica. Implica un proceso complejo y no el simplista al que nos han llevado, el del freno naturalista que se opone a los desarrollos de la industria, condenándola. “Lo discutible es imaginar, como la moda lo difunde, que la corrección del desorden consiste en reencontrar un orden anterior desgraciadamente abolido, que se cree `más natural` o ´más humano,´ de la relación del hombre con la naturaleza. Toda solución de simple regreso o de apacible regresión tiene que ver no con la utopía, en este tema indispensable, sino con el mito, en este tema falaz.” Canguilhem citado por Francois Dagognet.


El concepto Naturaleza es un buen ejemplo de la historia de las ideas, en cómo ha sido aprovechado para escurrir ideologías. Ejemplo de ello es el Romanticismo roussoniano que desarrolló todo un discurso de añoranza por el campo y rechazo por la ciudades, el progreso y en general por la industria. Más luego la misma arma de guerra naturista va lance en ristre contra la industrialización galopante del siglo XIX en Inglaterra.


La vida misma es renovación constante, devenir, azar. Conviene entonces, no temer a las innovaciones “Que se nos tolere la siguiente ficción: mañana, los aires serán tratados por poderosas maquinas mecánicas situadas a intervalos regulares (que aspiran el gas carbónico y lo convertirían en sustancias complejas, al mismo tiempo que reoxigenarían la atmósfera)” … La hominización inscribe al hombre en el devenir, en su devenir. No deviene tanto lo que es, sino que es lo que deviene. Modificando de arriba abajo sus conductas, sus necesidades, sus actuaciones… naturaleza, en griego ante todo, la physis vendría de una raíz indo-europea Bheu o Blu, que significa el ser en devenir, inseparable de su nacimiento y de su desarrollo… el mundo asombra por ilimitado, por su hetogeneidad y por sus incesantes cambios… en efecto, el sujeto sólo es lo que el deviene.” Dagognet.


Finalmente, la naturaleza es un concepto más bien de la categoría engañifa, digno para una historia de las grandes ideas falsas. La humanidad pertenece más a lo diverso, a lo múltiple, a los devenires, admirables por su riqueza que no deja de sorprender.

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La Noción de Naturaleza



Anotaciones sobre la Noción de Naturaleza *
Luis Alfonso Paláu Castaño **

 

"Lo discutible es imaginar, como la moda lo difunde, que la corrección del desorden consiste en reencontrar un orden anterior desgraciadamente abolido, que se cree ‘más natural’ o ‘más humano’, de la relación del hombre con la naturaleza.  Toda solución de simple regreso o de apacible regresión tiene que ver no con la utopía, en este tema indispensable, sino con el mito, en este tema falaz" (Georges Canguilhem, in “La cuestión de la ecología, la técnica o la vida”, Dialogue, Cuaderno # 22 de marzo de 1974).
 

Desde el primer momento que me fue anunciada la realización de este evento bajo el título “Arquitectura natural”, se me ocurrió —posiblemente por deformación profesional que en ese momento me impidió preguntar ¿qué se entiende por natural?— que valdría la pena trazar ante Uds. una historia del concepto de naturaleza.  Historia acá en el sentido plural pues, como vamos a ver, son bastantes los hilos de tradiciones que se anudan en el significado de esta palabra que a lo largo de los siglos se ha enriquecido hasta el equívoco.  Por esto, en la actualidad la palabra de moda es ésta, y actúa como un comodín que en suma sirve para todo —esta es su riqueza y su complacencia— y no sirve para nada, si no se la decanta crítica y sintéticamente.
Tomemos no más el periódico semanal de circulación gratuita de este mismo sector de Laureles… 


<Leo dos utilizaciones de la palabra “naturaleza”, la una para referirse a la fracasada urbanización los almendros, a la entrada del Sector de Carlos E. Restrepo, sobre la calle Colombia;  y la otra, para preguntarle a los estudiantes de la U.P.B. sobre la cirugía de busto, si lo preferían operado o natural>.
Debo desde un comienzo decirles que mucho le debe esta comunicación al pensamiento de mi colega y amigo François Dagognet, en particular a sus libros Naturaleza, el Dominio del viviente y Desechos, detritus, lo abyecto.  Quienes ya los conocen reconocerán el papel de la deuda que expreso, y los que nunca los habían oído mencionar tendrán la oportunidad de familiarizarse con ellos.
 

Empecemos con la etimología.  Naturaleza, natura, sería natus, que viene de nascor, derivado del nacimiento, de la vida, las propiedades y las potencialidades de un ser que viene al mundo.  Seguido de la terminación —ura (como en escritura, agricultura) que apunta a la actividad efectivamente realizada.  La palabra expresa lo innato, los caracteres, la potencia, en oposición a lo que se puede adquirir, que se supone menos anclado en el ser, más circunstancial.  Retoma el griego "physis" que a su vez traduce la realidad de base, la riqueza y la capacidad genésica.
 

La idea de naturaleza no ha dejado de mantener la ambigüedad.  Por ejemplo, significa tanto la espontaneidad, una potencia de renovación, así como indica la realización, la esencia misma del ser hacia el cual conduce el movimiento; expresa a la vez el proceso y su resultado, lo que en ocasiones conduce a la aporía.
 

Correlativamente, si vale como potencia oculta, fuerza y dinamismo interno, no por ello deja de remitir al conjunto de los vivientes, a todo lo que no se puede modificar (la naturaleza de las cosas).
Desde el punto de vista semántico, es amplia la familia de sus allegados entre los que debemos destacar: universo, mundo, materia, cosas, incluso cosmos.  La palabra naturaleza se diferencia de ellos, aunque no ha dejado de ampliarse para finalmente designar, a partir de lo original, lo espontáneo, la manera de ser, la esencia, la sustancia, la ley universal, el orden del mundo, la realidad entera, todo esto opuesto a lo fortuito, a lo accidental, a lo convencional y eventualmente a lo social, a lo artificial y a lo humano.
 

Mundus es el universo concreto, mientras que natura, aunque designa la misma realidad, es siempre un abstracto.  La palabra "materia", seguida de su corolario la necesidad, indica también "lo real", pero le falta la espontaneidad, así como el principio de vida que se discierne en el fondo de la palabra "naturaleza".  Naturaleza realiza pues una síntesis: es lo que nace —lo engendrado, lo creado— pero al mismo tiempo contiene "lo que ya no cambiará", lo que es necesario tener en cuenta, lo ineluctable.
 

En cuanto al sustantivo "cosmos" tan próximo —se le encuentra al menos en "cosmología"—, acentúa el aspecto estético de la naturaleza; al comienzo, en griego significa el ornamento, el adorno de las mujeres, y termina por indicar la belleza, la regularidad, el orden, finalmente el cielo; en resumen, parece destacar uno de los lados de la naturaleza dejando a distancia su efervescencia, el dinamismo, la productividad genésica.
 

Otra síntesis que realiza la noción de “naturaleza”:
 

a) por una parte su incansable renovación al mismo tiempo que su constancia, su permanencia.
 

b) además, lo que nace, por definición, muere, pero la naturaleza, aunque ligada a la generación, no deja de permanecer siempre allí, indispensable.  Los individuos mueren, las especies se perpetúan… aunque ellas también desaparecen.
 

c) sin olvidar otras características: lo ínfimo donde logra alojarse (el grano) tanto como lo ilimitado (ella ocupa todo el universo).
 

d) Ella desborda lo métrico y puesto que regresa siempre tal como era, aunque admita también el cambio y las variaciones, contiene seguramente en sí un principio de orden (por eso su regreso en forma de estaciones).

Antónimos de naturaleza:
 

A) El artificio define uno de sus contrarios aunque esté en la naturaleza del hombre recurrir a él.  Aparentemente todo el mundo conoce de manera intuitiva y evidente el contenido de esa contradicción naturaleza/artificio.  Pero la verdad es que comporta toda una ambigüedad con respecto a la naturaleza del hombre.  ¿Dónde se sitúa entonces lo nativo, lo primero, lo espontáneo, en el caso del hombre?  El hábito ha sido considerado como una segunda naturaleza que sin duda recubre y borra la primera.
No podemos olvidar además que la naturaleza, o lo que consideramos como tal, resulta de nuestros arreglos: el estado llamado de naturaleza no es sino el que se define socialmente en un momento histórico de la relación de los hombres con ella, lo que le hace perder toda absolutez a la distinción "naturaleza-artificio", “naturaleza-cultura”.  Dicho en otros términos, lo propio de la naturaleza humana es la cultura, el artificio.
 

Es más, a este respecto vamos a intentar mostrar que "el sentimiento de la naturaleza" ha nacido recientemente, muy recientemente, en el siglo XVIII, y nos viene fundamentalmente de "la literatura".  Comienza no tanto por una mirada sobre los campos, las praderas y las selvas sino por una adhesión a los jardines.  Este pedazo de tierra cuadrado, próximo de la casa de habitación, sirve primero al alimento (la huerta) y permite distanciar al ganado.  Pero él debía sobre todo evitarnos el universo de las llanuras y de las tierras.  Paradójicamente, con el fin de ocultar "la miserable campiña", se interpone entre ella y nosotros un muro, un espacio que se urbaniza.  Esto es lo que nos dicen los análisis de Horace Walpole, en su Essai sur les jardins modernes (1774).  La función decorativa invade este espacio encerrado: alamedas, glorietas, cuadros de céspedes y de flores, tresbolillos, "salones rústicos".  Se comprende que Jean-Marie Morel, en su Théorie des Jardin ou L'art des Jardins de la Nature (1764), se queje de ese exceso de arquitectura: se han multiplicado en demasía —dice él— las rampas y las escaleras favorables a los descensos como a las repentinas apariciones de cortejos.  Se ha introducido lo chino (pagodas, kioscos, cascadas, piedras artificiales, etc.), luego lo egipcio (pirámides, pórticos, columnas, templos, tumbas).
 

Fue necesario nada menos que la revolución francesa para quebrar esas murallas y acceder a aquello de lo que nos privaban (las perspectivas, el paisaje).
 

Uno de los que condenaron más claramente esos encierros para abrirnos emotivamente, a las praderas y a las florestas, fue Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), a él le debemos esta especie de devoción, este famoso “amor por la naturaleza” que nos aporta una prueba suplementaria del origen cultural de la noción que hemos mencionado.  Hasta el siglo XVIII no existió nada menos espontáneo, y por tanto nada menos “natural” que la inclinación por los paisajes: incluso se les hacía repulsa, se huía de ellos y se los ocultaba…  Fue el romanticismo del siglo siguiente el que llegó a convertir en pasión el gusto por los paisajes.
 

B) Ahora una oposición bastante próxima, la noción de “naturaleza” contradeciría la de “convención” o de “regla”, el reino del sujeto, de la historia y de sus decisiones.  La naturaleza significaría lo irreducible, lo constante, lo inmutable, mientras que el "pacto" o "el contrato" viene del hombre y por tanto suena a arbitrario; cambian por lo demás con los tiempos y los lugares.  ¿Se puede sostener seriamente una tal dualidad?  Mas vale la pena atenuarla, pues el universo del derecho nos lo impone ya sea con referencia a la teoría de un "derecho natural" (necesario, racional, universal) que se refiere a un conjunto de principios sacados ora del universo en su propia organización, ora del individuo y de sus tendencias; ya sea contemporáneamente a una posibilidad de establecer un “contrato natural” como el que propone Michel Serres y que implicaría hacer de la naturaleza un sujeto de derecho.
 

C) La oposición más clara viene de que la filosofía acepta sin dificultad la herramienta, que prolonga nuestro cuerpo, pero que la cultura se levanta a menudo contra la máquina, operador de barbarie y de devastación.  Entonces contra ella, se recurre a la naturaleza con el fin de contrarrestar la fábrica y limitar su furor.  La naturaleza abunda en "cosas" raras y lentamente elaboradas.  Ella utiliza pocos medios y nos ofrece lo más complejo: minerales y sales que se aprenderá a descomponer puesto que ensamblan una pluralidad de elementos; flores y frutos incomparables, cada uno llevando consigo un olor como un sabor, incluso un color.  Se dice, por el contrario que la fábrica, su rival, sólo disemina lo insípido, lo forzado y lo frágil.
 

Se alabará la tierra (la arcilla), la planta y la madera (lo que crece) y se desvalorizará el tropel de las mercancía actuales, en serie y repetitivas (lo que se fabrica, diferente del simple "hacer").  Se inferioriza pues la producción que se distingue de la creación como de la generación (la physis).  Y entre lo que es realizado por el hombre se coloca, en el lugar más bajo, lo que la máquina ha confeccionado, mientras que se tolera lo que el gesto avisado y la mano hábil han trabajado poco a poco (la artesanía).
 

Es cierto que existe una distancia entre ellos, pero no debemos exagerarla.  No olvidemos que ya "la máquina-herramienta" asegura una relativa transición entre lo que se soporta (la herramienta) y lo que se rechaza (la máquina).  Además este mixto se limita a acelerar lo que nosotros emprendemos laboriosamente, mal y lentamente.  De esta forma, el tractor con su reja múltiple, labra la tierra más rápido y mejor que el arado que ya antes había sustituido la pala.  No agrandemos la diferencia.
 

Y en cuanto a la máquina de vapor o a la central termonuclear, que siembran el terror, las dos explotan la posibilidad de las transformaciones de energía.  Pero nuestro cuerpo trabaja de la misma manera: es un convertidor sofisticado; el metabolismo asegura uno de esos pasajes, de lo químico a lo mecánico o a lo térmico.
 

En resumen, el artefacto que hemos maldecido, solamente intensifica una operación o un movimiento.  
No ampliemos hasta el exceso la separación, a menos que por principio queramos caer en la anti-tecnología o que se desee retrogradar en lo artesanal.
***
(…)
 

***
 

Época Clásica o del apogeo: en el siglo XVII tanto como en el XVIII, la naturaleza toma colores metafísicos y teológicos
Recordemos que Copérnico puso la tierra en movimiento al desalojarla del centro del Mundo.  Kepler transforma los orbes circulares de los astros en elipses.  Se destruye el paradigma griego de la circularidad.  Las manchas solares que se comienzan a percibir le quitan al Cielo su inalterabilidad y su pretendida eternidad.  El anteojo de Galileo descubre un pululamiento de estrellas, la Vía láctea.  Se ve desaparecer poco a poco el corte entre lo supra-terrestre y lo sub-lunar que terminarán por reunirse en una sola mecánica.
 

Nos orientamos hacia un Universo ilimitado, y sobre todo sin jerarquías; ahora bien, la antigua filosofía de la naturaleza se caracterizaba por la importancia dada a los “intermediarios”, un sabio escalonamiento entre Dios y la materia.
 

Según la bella fórmula de Galileo —la naturaleza está escrita en lenguaje matemático— Descartes dará cuenta del universo por medio de las solas leyes del movimiento, que se despliega en una extensión homogénea.
 

Las intenciones del creador permanecen en parte desconocidas, pero ¿cómo dudar que él actúe con inteligencia, sabiduría y simplicidad?  Nos es suficiente pues con pensar para estar seguros de aprehender los primeros principios que comandan lo real.  Por consiguiente, Descartes renuncia al término naturaleza al que reemplaza por el de mundo; sólo conserva la palabra naturaleza como una manera de hablar (“las leyes de la naturaleza”) para significar las solas leyes del movimiento que pueden precisamente engendrar la totalidad de los fenómenos.
 

La naturaleza supone un exceso de “entidades” oscuras y ocultas, las formas sustanciales, el dinamismo propio; ahora bien, Descartes expulsará este conjunto ininteligible e incluso peligroso, en beneficio de la figura, de la magnitud y la disposición de las partes, así como de su posible desplazamiento, es decir de los operadores particularmente claros y explícitos.  Descartes rechaza al mismo tiempo las cualidades: calor, frío, humedad, sequedad, puesto que, en vez de explicar algo, “parecen tener ellas mismas necesidad de explicación”.
 

Uno de los primeros principios nos asegura que un cuerpo puesto en movimiento lo conserva si nada viene a modificarlo desde fuera (Principios, 2ª parte, art. 37).  Otro quiere que un cuerpo no gane o no pierda movimiento mas que si el choque con otro se lo da o se lo quita, a no ser que por otra parte lo gane o lo pierda por sí mismo (2ª, art. 40).  Estos dos enunciados constituyen el “principio de inercia.  Un tercer principio garantiza la constancia de la cantidad de movimiento (2ª, 36).  No se puede romper más claramente con el aristotelismo, su finalismo y sus concepciones sustanciales.
 

Estas leyes, apriorísticas o al menos racionales, de las que se deducirán los efectos, son suficientes para dar cuenta de lo real más complejo y más embrollado.  Nunca la naturaleza fue tan claramente denunciada y suprimida puesto que ella personifica la ignorancia y forma la pantalla más gruesa, al mismo tiempo que la más estéril, entre el mundo y nosotros.  Cree proveer un sistema integrador y aclarador, mientras que sustituye las cosas por palabras vacías, entidades que sólo duplican lo que piensan justificar, a la manera como se ha creído dar cuenta del despertador de un reloj recurriendo a una “facultad despertadora”, en lugar de recurrir a los piñones y los resortes.  Las leyes del movimiento, la cinemática, reemplazan de aquí en adelante las referencias a la naturaleza y a sus capacidades imaginarias.  Una visión teológica se pone de acuerdo con esta nueva física: ¿no es mucho mejor con algunas pocas leyes físicas realizar un mundo variado, antes que dirigirse hacia una semi-deidad como es la naturaleza, una falsa providencia que reemplaza así al creador y lo oculta?  Impidamos la idolatría pagana.
 

Ya no se hablará sino del mundo y del universo, y Descartes piensa que logrará llegar a una rigurosa cosmogénesis.
 

A) Ante todo, aceptada la existencia de hecho de la gravedad, es decir la de la atracción hacia abajo, parecería inevitable la idea de naturaleza, porque ésta insiste precisamente en los enlaces (la simpatía universal) entre segmentos alejados, que se corresponden y se atraen.  Descartes rechaza por adelantado la futura “atracción” y sobre todo la idea de que los cuerpos puedan tender hacia un lugar preferencial.  Ha puesto ya fin al privilegio del “reposo” sobre el movimiento que postulaba la física aristotélica.  Importa pues distinguir claramente el hecho de la gravedad, de la hipótesis de la atracción que supone una fuerza quimérica.  Se explica la caída de los graves sin tener necesidad de ese imaginario de la atracción, por medio de las corrientes de partículas que giran en torno de la tierra.
 

B) ¿La imantación no condena la mecánica de los choques?  ¿No será necesario reconocer afinidades?  Para nada.  Es suficiente con postular en el hierro canales entorchados y, en el universo, un pululamiento de corpúsculos estriados.
 

Los partidarios de lo maravilloso se dedicaban a lo que parecía mostrar “escogencias” e inclinaciones secretas de la naturaleza.  El mecanicismo hace transparente al universo y pone fin a lo novelesco, se expulsa el “naturalismo”.
 

Descartes tuvo aquí tanto más alcance cuanto que los dispositivos (los autómatas) se hicieron más complejos y llegaron a realizar proezas.  Los artesanos componen, con la ayuda de algunas piezas, máquinas que realizan acciones variadas.  ¿Por qué no pensar la naturaleza de la misma manera?  ¿No es suficiente con el pneumatismo o con la hidráulica para producir hazañas?  El reloj obsesionará al pensamiento cartesiano; le servirá de constante referencia tecnológica.  Con él se trata de una composición bien ajustada y sincronizada (resortes, ruedas, un balancín, un regulador) de tal manera que el instrumento nos indica la hora e incluso la suena (un resultado mecánico pero además informacional, para quien sabe leer; por tanto un aparato de segundo grado y que mide el tiempo).
La naturaleza desaparece pues en tanto que tal, en tanto que fuerza, y se vuelve equivalente a una suma de dispositivos físicos o a ingeniosos montajes.  Indiscutiblemente, el obstáculo más irreducible al mecanicismo y el más tenaz viene del viviente.  ¿Cómo, por ejemplo, dar cuenta de la contracción regular (involuntaria) del músculo cardíaco, de la circulación igualmente organizada, sin tener que admitir, en el corazón, “una fuerza pulsífica”?  Los tubos, los resortes, las cribas, las compuertas, los orificios, los trastos del “fabricante de utensilios” ¿lograrán dispensarnos del recurso a la vitalidad?  Descartes –que no quiere reconocer ninguna diferencia “entre las máquinas y los cuerpos que la naturaleza compone”– piensa que puede alinear al viviente sobre un simple dispositivo espacio-técnico.
 

El Discurso del método piensa sacarnos del engaño; en efecto, él ve en este ritmo la consecuencia de la vaporización de la sangre que cae, gota a gota, en una cavidad caliente, una especie de marmita hirviente y cuya tapadera se levantaría así a intervalos iguales .
Pero la interpretación cartesiana –que se separa claramente de la fisiología de Harvey– debía levantar una tempestad de oposiciones y de objeciones; va a levantar tantas resistencias que entrañará un regreso precipitado a lo que ella había eliminado.  La idea de naturaleza conocerá un empuje sin precedentes.
 

Se tiene reticencia a este cinetismo porque conduce al “spinozismo”, es decir a la doctrina que se consideraba como más impía, dado que –bajo su aparente panteísmo– ocultaba el ateismo más virulento.  El Deus sive natura suponía la identificación de Dios con la naturaleza, por tanto finalmente “la muerte de Dios”, como si el mundo emanara necesariamente de aquel que de ahora en adelante no se le separaría ya.
 

No solamente el cartesianismo negaba finalmente los milagros o lo sobrenatural, no solamente su cosmogénesis rompía con el relato de la Biblia, sino que conducía a un inmanentismo latente del sistema, y por tanto a su materialismo subterráneo.  Un Dios encadenado a la necesidad y que recurre a leyes casi-lógicas –el principio de inercia ofrece la mejor muestra- ¿no merece desaparecer?  Desde el momento que no puede actuar de otra manera, en el límite deja de existir.  Se ha creído desembarazarse de los intermediarios, es decir de la naturaleza, pero al dejar solos, cara a cara, a Dios y a la materia, se termina tarde que temprano por concederle lo esencial a ésta, hasta disminuir y perder el pretendido motor, que sólo la habría puesto en marcha al comienzo y luego la abandonaría a sus propias determinaciones.  Si Dios continúa teniendo algún papel, éste sería cada vez más reducido, hasta casi el desvanecimiento.  Como lo ha concluido Koyré, “el divino Artífice cada vez tenía menos que hacer en el mundo.  Ni siquiera necesitaba conservarlo, puesto que el mundo resultaba cada vez más capaz de pasarse sin sus servicios.  El poderoso y activo Dios de Newton que de hecho “hacía marchar” el Universo según su libre voluntad y decisión, se tornó en rápida sucesión en un poder conservador, en una intelligentia supramundana y en un “Dieu fainénat”, en un Dios holgazán” .
 

A cualquier precio es necesario impedir este movimiento; se encuentran dos maneras de impedirlo: o bien reactualizar “la filosofía de la naturaleza” que autonomiza la naturaleza y separa a Dios de ella, o bien reequilibrar el sistema cartesiano, en el sentido de dedicarse a limitar en lo posible la presencia o el peso de la materia (la naturaleza) con el fin de restituirle lo más importante a Dios; en resumen, o bien el rechazo más radical posible de la naturaleza, o bien su regreso.
 

Malebranche escogió la primera vía, la de un Dios que en su omnipotencia terminó prisionero de los más nimios actos.  Leibniz sacará su lección; tomará un camino menos arriesgado.  Anula precisamente la crítica de Aristóteles y no duda en reactualizar las fuerzas sustanciales, en el polo opuesto de la física puramente cinética.
 

Ya el organismo viviente no se reduce más al mecanismo; aunque sea una máquina no se parece ya a las que se fabrican o se conocen.  La diferencia entre las obras de la sabiduría divina, y las más grandes obras maestras del arte de un hombre no es sólo de grado sino también de género.
Según Leibniz, Malebranche que había destruido la naturaleza introdujo el “milagro perpetuo”.  


Entonces reemplazará el “ocasionalismo” y la asistencia de Dios por las “mónadas” sin puertas ni ventanas, unidades individuales que desarrollan lo que desde siempre está contenido en ellas (de aquí la auto-suficiencia y el auto-dinamismo que les concede a las criaturas su autonomía o su fuerza).  No le quitemos pues su energía a los seres individuales.  En caso contrario, no habría de ninguna manera sustancia fuera de la de Dios, lo que nos conduciría a todas las absurdidades del Dios de Spinoza.
Pero, si el universo está regido enteramente por leyes, nos deslizamos no tanto hacia el spinozismo como hacia el ateismo mismo, porque algunos principios son suficientes entonces para engendrar y mantener el universo.
 

De repente, la naturaleza se va a volver “un caballo de batalla” tanto para los neo-materialistas como para los teólogos más fervientes.  Estos acrecientan los focos de singularidad porque importa sustraer el mundo del determinismo físico y revelar por consiguiente las maravillas que él encierra, de las que sólo Dios puede responder.
 

Tanto el spinozismo como el mecanicismo dan alas a la idea de naturaleza, idea bastante indeterminada que alaban a la vez los defensores de la Providencia y los adeptos de un cosmos lucreciano.  La ambigüedad del estatuto de la naturaleza se reencuentra en la ciencia clásica de la Historia Natural: por un lado, parece refrendar el empirismo descriptivo; por el otro, esta disciplina no puede ignorar su origen “sacerdotal”, teologizante.  Se trata de admirar las sutilezas, la ingeniosidad y la originalidad de una naturaleza inagotable (la creación).
Nunca “la naturaleza” debía suscitar, por una parte y por la otra, una tal fiebre.  Todos se abisman en ella.  Dagognet nos da una prueba de este ardor en el número de las obras que le están consagradas.
 

Para los teólogos:

— El abate de Vallemont, Las curiosidades de la naturaleza y sobre el arte de la vegetación (1703).
— Nieuwentyt, La existencia de Dios demostrada por las maravillas de la naturaleza (1718, tr. 1725).
— El abate Pluche, Espectáculo de la naturaleza, en 9 vol., 1745.
— Bullet, la Existencia de Dios demostrada por las maravillas de la naturaleza, 1768.
 

Christian Sturm, Meditaciones sobre las obras de Dios en el reino de la naturaleza y de la Providencia 
(1772), traducidas por la Reina Elizabeth Cristina de Prusia (1777).
 

Y no contamos las Revistas, los breviarios, los diccionarios incluso, etc.
 

Por el lado opuesto citemos solamente los libros más conocidos:
 

Maupertuis, Sistema de la naturaleza (1751)
Diderot, Sobre la interpretación de la naturaleza (1753)
Charles Bonnet, Contemplación de la naturaleza (1764)
D´Holbach, Sistema de la naturaleza (1770)
Buffon, Sobre las épocas de la naturaleza (1778).
Y la lista está lejos de ser completa.
 

Romanticismo: combates de retaguardia y estética vegetalizante
 

No siempre se discutirá “de las maravillas de la creación”.  A fines del siglo XIX se recurre a la naturaleza por otra razón, más apremiante: tratar de ponerle freno a la industrialización galopante.  Sólo la naturaleza puede salvarnos de la inundación de productos feos, a veces embusteros, estrictamente utilitarios.  Uno de los primeros en desencadenarse contra la máquina y sus artificios, J. Ruskin, abre la vía al “floralismo”.
 

En ese momento se levanta el uno contra el otro: lo construido, por tanto lo artificial, y lo que se nos ofrece desde siempre, lo dado en sus realizaciones más complejas y más elaboradas, los vegetales, los animales, en particular los ligeros insectos.
 

Entre los materiales el naturalismo encuentra en la piedra y la madera medios seculares, ricos, individualizados y sólidos, con miras a nuestras arquitecturas y a nuestros edificios (el habitar).  Se desconfía de los que inventamos, estandarizados, menos diversificados, más pobres y a menudo más frágiles.  En resumen, por todas partes la naturaleza deja de tener su antiguo papel, el de un campo de seres variados, la creación misma; ella sirve sobre todo de caballo de batalla contra las innovaciones fabriles.  Anti-mundo moderno, remite a un universo perdido, anterior al hombre que sólo ha sabido derrocharlo, profanarlo, en todo caso, olvidarlo.  ¿Por qué no volver a los valores y a las formas que ella prodiga?  ¿Por qué no inspirarse en ella, “generar” a partir de ella y regenerarnos al mismo tiempo?
 

Esta petición, esta protesta, no data del siglo XIX.  Seguramente nace en Inglaterra, el país de la revolución industrial; sin embargo el movimiento se esboza también desde el siglo XVIII contra las primeras manufacturas y fábricas, con la célebre fisiocracia.  La idea central y salvadora consiste en despreciar la industria “que nada crea; solamente enriquece la agricultura”.  Nunca la naturaleza ha sido tan invocada con el fin de fundar una reorientación político-económica.  Se cuenta con una de sus propiedades, la de que sólo ella engendra (naturaleza, nasci, nacer).  La vida, que todo el tiempo recomienza y enjambra, se impone sobre la materia inerte reducida a sí misma.
 

1) Sólo la agricultura puede “aumentar” y multiplicar verdaderamente, tal es el principio de base.  El que planta, si ha sabido cultivar y preparar su campo, cosecha mucho más de lo que ha sembrado.  Inversamente, “el valor de la obra de la industria resulta solamente de un cambio de forma y no de una adición de sustancia”, déficit a la vez cualitativo y cuantitativo
 

2) La fisiocracia o el gobierno a partir de la sola naturaleza, se opone a la historia (la anti-naturaleza) y al cambio; desde que nos alejamos de las leyes fundamentales de la producción, corremos hacia la pérdida.  Jean-Jacques Rousseau, de acuerdo con los fisiócratas en muchos puntos, sabrá retomar y patetizar esta condena.
 

3) Otras ocupaciones serán igualmente disminuidas o discutidas en sus prerrogativas: además de los “fabricantes” y los manufactureros, los transportadores.  Se admite que sean necesarios; ellos amplían los mercados y luchan contra la degradación, como también contra la avería y el pudrimiento de los productos; los transportan allá donde faltan y pueden ser consumidos.  Esto es cierto.  Pero todos vemos sin embargo que ellos no añaden nada.  Con ellos, el comercio no tarda en complicarse, por no decir pervertirse: se transforma a menudo en tráfico; en este caso, en lugar de una simple circulación-intercambio, es necesario prever muchos agentes o comisionistas, lo que eleva aún más el precio.
 

4) Los fisiócratas atacan a todos los asalariados que usan de su saber, de su talento o de su destreza, considerados más estériles que todos los anteriores.  Como por ejemplo médicos y artistas.  Se los asimila a los criados, los tamborileros y los cuentachistes.  La fisiocracia vitupera el conjunto de este sector, consagrado al lujo, atraído según ellos por la comodidad, los adornos, lo frívolo.
 

5) Se distingue sin dificultad “los productivos” y los “estériles” en la clasificación social de Quesnay.
 

6) Esta nueva agricultura, pilar del sistema, no se parece a la otra, a la que se considera estancada y arcaica; ella implica “reagrupamientos de fondos”, grandes haciendas, y la disminución de los “brazos” o de la mano de obra.  En resumen, se mecaniza.  El regreso a la naturaleza no significa ni la fiesta de las vendimias a la Rousseau, ni el elogio de la rusticidad, ni la defensa del artesanado, ni la gloria serena de lo bucólico, la paz de los campos o el lirismo de los terruños.  No se trata sino de producir y sobre todo de reproducir más.
 

Nunca antes la historia, la anti-naturaleza, había estado plegada hasta ese punto a su contrario, el orden de los campos y los cálculos productivistas.  La palabra fisiocracia merece ser tenida en cuenta: la naturaleza se levanta contra su rival, la industria; es privilegiada al punto que comanda al hombre y su gestión.  La naturaleza o el orden natural conoce aquí una importancia sin precedente.  “Sólo Dios es productor”, según Dupont de Nemours .  La glorificación de la naturaleza –incluso en el plano económico– implica el teocentrismo.
 

Cuando la fisiocracia se disloque, los enemigos de la industria se repliegan entonces en una concepción más segura, una ciencia comparativa de los materiales, así como en la valorización de los únicos que son “tradicionales”, los que la tierra nos ha dado siempre –el mármol, la madera–; ella nos entrega también metales, pero la mayor parte de ellos suponen tantas operaciones modificadoras que se les excluye a veces de los únicos aceptados como “naturales”.
En las Siete lámparas de la arquitectura, el campeón del “naturalismo”, J. Ruskin, se apodera de este tema e incrimina como signo y prueba de nuestra decadencia el recurso a las “armaduras metálicas”.  Ruskin le declara la guerra a la llegada de esos “materiales” que juzga pobres.
 

“En las regiones planas, se puede de manera legítima y muy afortunadamente servirse del ladrillo para la ornamentación, para una ornamentación trabajada, por no decir incluso delicada” .  Ruskin prefiere incluso la arcilla cocida al mármol: “En efecto, no es la materia, es la ausencia del trabajo humano la que le quita a la cosa todo valor.  Un pedazo de tierra cocida, o de yeso de París trabajado por la mano del hombre, vale todos los bloques de Carrara tallados a máquina” .  En efecto, el artesano añade su marca individualizante al elemento que es ya variable.  Ruskin rechaza con fuerza “la estandarización” o la uniformidad que entraña el modelado industrial.
 

Según él, es la naturaleza la que lo guía, la que se caracteriza por la inimitabilidad, y por consiguiente, por la particularización, sin descuidar la armonía con el entorno.
Los constituyentes “modernos” se definen por su homogeneidad y su similitud.  El ladrillo escapa precisamente a esta reprobación.  Ruskin piensa defender ese material, más aún, protegerlo contra lo que lo amenaza más directamente, como los señuelos, los enlucidos y las simulaciones que lo adornan inútilmente.
 

Pero furioso estalla sobre todo contra la invasión del hierro; éste representa la modernidad y el prometeismo, así como el insostenible privilegio concedido a la verticalidad (las columnas, los tallos, los pilares, incluso los paneles).  La torre Eiffel no tardará en marcar la victoria, el insolente triunfo del metal; por lo demás, ella estuvo precedida por numerosos edificios industriales o comerciales, estaciones de ferrocarril, galerías, el poste de fundición eliminó por todas partes el de madera.
En este reventón, Ruskin ve el retroceso de la naturaleza y, correlativamente, el avance de la barbarie.  La filosofía “vegetalizante” de Ruskin le permite responder sin dudar: “Todas las bellas formas están en la naturaleza…  No existe nada más frío, nada más desmañado, nada más vulgar y nada más incapaz esencialmente de una bella línea, o de una sombra, que los ornamentos en hierro fundido” .  Y la observación reprobatoria reaparece sin cesar: “Obras como la flecha central en hierro de la Catedral de Rouen, o los techos y pilares de hierro de nuestras estaciones de ferrocarril y de algunas de nuestras iglesias, no son para nada arquitectura” .  El hierro fundido concreta el mal dos veces: no solamente por su propia constitución, puesto que modifica “el hierro”, sino también por su génesis industrial, es decir el vaciado y la ausencia del trabajo humano que lo habría marcado, o martillado, o incluso pulido.
 

Sin embargo los ruskinianos van a perder esta batalla, en el momento en que la libran.  La discordia nace en las propias filas de los organicistas.  Viollet-le-Duc, por ejemplo, defiende el gótico en el que se inspira.  Aunque retome los principios de la estética vegetalizante, desea con todos sus anhelos el uso generalizado del hierro, ya sea estirado, o laminado, o forjado o incluso vaciado.  Después de todo, viene siempre de la tierra; permite tanto como los otros “las ornamentaciones florales”; con él se pueden obtener construcciones tan livianas como sólidas (el nuevo gótico); “debe proveer puntos de apoyo cenceños y muy resistentes, pero debe también permitir, sea disposiciones de bóvedas nuevas elásticas, sea atrevimientos prohibidos a los albañiles, como columpios, salidizos, vanos, etc.” .  Incluso no nos somete a la sola verticalidad puesto que por el contrario favorece lo oblicuo e incluso los arabescos .
 

De esta manera, aunque comparten los mismos principios –el modelo orgánico– los dos teóricos se oponen.  Ruskin se aferra incluso a una tesis limitada, retrógrada tan pronto fue enunciada.  En su obra Los pintores modernos, el Paisaje, retoma el mismo combate y multiplica los análisis despiadados.  Nos muestra siempre cómo los artistas modernos se extravían y, así, nos echan a perder.  El arte perdió el contacto con las fuerzas vivas pues la arborescencia se le escapa.
 

Ruskin querría obligar al artista a preocuparse por energías visibles, por el brote de las ramificaciones y por la exuberancia hojosa.  La naturaleza para él vale como un depósito dinamológico; supera nuestros esquemas demasiado rudimentarios.  La naturaleza se vuelve así “el fondo” que renueva y autoriza las imágenes, como los estilos.  Por esto, ese elogio incesante de la arcilla tierna, de la piedra que se puede tallar, y sobre todo de la madera.  Ruskin la ha alabado particularmente: quiere armazones, muebles, y sostenes de madera.  Correlativamente, defiende el inacabamiento, es decir lo rústico, y por esto mismo el arte gótico que ignora la regla y el orden.
 

Lo que se buscaba excluir –el hierro fundido, el acero, los metales, el estuco, etc…— no hace sino regresar con más fuerza; por consiguiente, los “floralistas” que perdieron la batalla se repliegan a la sola obligación de una “ornamentación” que se inspiraría en las plantas y se las recordaría a los citadinos asfixiados por el artificio.
 

Precisamos anotar aquí dos evidencias: esta corriente mencionada sumergirá a Alemania, Francia, la Gran Bretaña, a España, tanto a Europa entera como más allá del Atlántico.  Nunca una campaña artística tan agresiva ha logrado una “tal universalidad de hecho”.  El mundo saldrá de ella súbitamente transformado.  Además, nada escapará a la invasión (los tapices, las tinturas, los afiches, los vitrales, los edificios, los encuadernados, las letras del alfabeto, las entradas del metro, los timbres, las luminarias, las joyas, las chucherías, la quincallería, las chimeneas, los reverberos, etc…).  Por todas partes, ¡en todo e incluso todo!  El más insignificante utensilio será estampillado o modificado.  ¿No ha tomado así la referencia a la naturaleza su más bello desquite, hasta ahogar bajo su oleada la producción fabril?
 

Correlativamente, nuevos materiales surgirán de acá, los que mejor se prestan al “vegetalismo” ilimitado (las cerámicas, los esmaltes, las pastas de vidrio, las aleaciones, etc…).  Lo que se ha llamado el Jugendstil o Liberty o modern style, o Wellenstil (el estilo ondulado) no ha consistido sobre todo en retomar los motivos florales académicos y estilizados desde hacía tiempo, sino en renovar completamente lo pintoresco campestre e introducir los vegetales más ordinarios (el cardo, el acebo, la yedra, el amargon, etc…).  Ya no el acanto, la encina o las guirnaldas de rosas, sino lo común y lo aparentemente hostil, lo salvaje (los chuzos, los rizos, las espinas, los nudos).
Nuestro mundo actual está aún parcialmente dominado por esta influencia, recubierto por una vegetación estilizada, por la obsesión de una naturaleza que siempre debe, según sus adeptos, rodearnos y por tanto alejar las líneas demasiado duras, las verticales y las horizontales, demasiado utilitarias, en provecho de las curvas y las serpentinas.
 

También se llamó a este movimiento el del “estilo metro”, por irrisión, porque uno de sus representantes, Hector Guimard, no dudó en preconizar –para las entradas del metropolitano como para sus estaciones subterráneas– los recursos de la vegetalidad que así se implantaría en lo más moderno y en lo más titanesco.  Pinta todo verde, incluso las flores de hierro fundido, y da incluso a los caracteres de las letras, indicadores de las estaciones y de las entradas, aspectos prestados de las lianas y de los tallos (en lugar de nombres, uno cree discernir hileras de lirios, con sus hojas en forma de lanzas).  En cuanto a las luminarias, se sitúan en el centro de un inmenso cáliz encorvado, colocado en la extremidad de un tallo ligeramente inclinado en la parte alta, en resumen, pensamos encontrarnos en un bosque de árboles o de plantas gigantes.  Por todas partes se diseminan los ramilletes y los racimos.

A partir de 1920, es verdad, el artista temperará esta exuberancia salvadora (el arte llamado deco) pero no renuncia a lo precedente; se limita a enfriarlo por medio de líneas más geométricas y más austeras.  Admitimos sin embargo que hemos asistido a una inflexión estilística porque, en esa misma época, se trata de comunicarle a las construcciones, a los aparatos y a los productos un poco de aerodinamismo, y los atributos de la velocidad simplificadora.  Lejos de combatir la modernidad, sus artefactos y sus primeros bólidos, se tiende aquí a imitarla y por tanto a prestarle su violencia propia.
El arte nuevo no da el brazo a torcer; por el contrario espera vencer “la fabricación” y no alejarse de lo que nos ofrece el inmenso mundo, un mundo que siempre se recomienza y se caracteriza por su energía, su proliferación.  La planta, en y a pesar de su constancia, incluye los opuestos, lo que añade a su riqueza.  Ella expresaría mejor la naturaleza.  Recordemos esa ley organológica según la cual siempre se encuentra en ella un dispositivo y su contrario.  Saquemos de acá la idea de un vegetal menos “unitario” que el animal; este último variaría menos y aseguraría a sus elementos más coherencia federativa.  Pero el vegetal se expone, se desliga, y libera por ahí “arquitecturas” insólitas y audaces; razón de más para tomar prestado de él, y gracias a él, variar los motivos.  El mundo de las flores nos daría acceso a un feliz y armonioso frenesí.  ¡No nos alejemos de esa fuente!  Es verdad que desde siempre los artistas no han dejado (en sus esculturas, sus cuadros, e incluso sus arquitecturas) de entregar la mar, los follajes, los árboles y las flores; basta con citar los girasoles y los cipreses de Van Gogh, el vallejo de Corot, los nenúfares de Monet; pero de ahora en adelante se trata de otra cosa.
Ante todo el movimiento hiper-naturalista tomó un giro “político-social”; importa luchar contra la máquina y la ciudad geometrizada.  Al comienzo, los discípulos de Ruskin y de Morris quieren no solamente valorizar el artesanado sino sobre todo rivalizar con la producción en serie, y para este efecto intentan una doble operación: a) darle importancia a la decoración que evita la estandarización, 

b) evocar lo que se olvida y abandona, la campiña y sus campos.

Se dedican a adornar los utensilios más comunes con una estilización rural, e incluso simbólica.  Se busca incluso no tanto imponer y esparcir el vegetal como comunicar por medio de él la energía, la vitalidad, el anti-conformismo.


En efecto, la naturaleza por sí sola no puede nada; ella sólo existe por el que la descubre o la exalta.  Bergson lo ha subrayado en las Dos fuentes de la moral y de la religión: fue Jean-Jacques Rousseau el que inventó el sentimiento de la naturaleza y especialmente la pasión por la montaña.  Antes de él, ella sólo inspiraba rechazo, e incluso miedo.


**  Luis Alfonso Paláu Castaño
Doctor en Historia y filosofía de las Ciencias
Universidad Pontificia Bolivariana, Facultad de Arquitectura
Medellín, Agosto 9 de 2006


* Primeras páginas y las últimas de una intervención  en la Universidad de Bolivariana... y que informa en parte sobre el pensamiento de Dagognet al rescpecto de la noción de naturaleza..


[1] Quinta parte, Alfaguara, p. 36.

[2] Alexandre Koyré.  Del mundo cerrado a universo infinito.  Madrid: Siglo XXI, 1979.  p. 255
 [3] Lettre à Jean-Baptiste Say, 22 de abril de 1815, Guillaumin, p. 399.
 [4] Op. cit., p. 165.
[5] Ibidem.
[6] Ibid., p. 166.
[7] Ibid., p. 148.
[8] Ibid., p. 61.

[9] Entretiens sur l´Architecture, t. II, p. 64.

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