El mundo tal como yo lo veo

Por Albert Einstein

 Qué extraña suerte la de nosotros los mortales! Estamos aquí por un breve período; no sabemos con qué propósito, aunque a veces creemos percibirlo. Pero no hace falta reflexionar mucho para saber, en contacto con la realidad cotidiana, que uno existe para otras personas: en primer lugar para aquellos de cuyas sonrisas y de cuyo bienestar depende totalmente nuestra propia felicidad, y luego, para los muchos, para nosotros desconocidos, a cuyos destinos estamos ligados por lazos de afinidad. Me recuerdo a mí mismo cien veces al día que mi vida interior y mi vida exterior se apoyan en los trabajos de otros hombres, vivos y muertos, y que debo esforzarme para dar en la misma medida en que he recibido y aún sigo recibiendo.

Me atrae profundamente la vida frugal y suelo tener la agobiante certeza de que acaparo una cuantía indebida del trabajo de mis semejantes. Las diferencias de clase me parecen injustificadas y, en último término, basadas en la fuerza. Creo también que es bueno para todos, física y mentalmente, llevar una vida sencilla y modesta.

El mundo tal como yo lo veoNo creo en absoluto en la libertad humana en el sentido filosófico. Todos actuamos no solo bajo presión externa sino también en función de la necesidad interna. La frase de Schopenhauer «Un hombre puede hacer lo que quiera, pero no querer lo que quiera», ha sido para mí, desde mi juventud, una auténtica inspiración. Ha sido un constante consuelo en las penalidades de la vida, de la mía y de las de los demás, y un manantial inagotable de tolerancia. El comprender esto mitiga, por suerte, ese sentido de la responsabilidad que fácilmente puede llegar a ser paralizante, y nos impide tomarnos a nosotros y tomar a los demás excesivamente en serio; conduce a un enfoque de la vida que, en concreto, da al humor el puesto que se merece.

Siempre me ha parecido absurdo, desde un punto de vista objetivo, buscar el significado o el objeto de nuestra propia existencia o de la de todas las criaturas. Y, sin embargo, todos tenemos ciertos ideales que determinan la dirección de nuestros esfuerzos y nuestros juicios. En tal sentido, nunca he perseguido la comodidad y la felicidad como fines en sí mismos… llamo a este planteamiento ético el ideal de la pocilga. Los ideales que han iluminado mi camino y me han proporcionado una y otra vez nuevos valores para afrontar la vida alegremente, han sido Belleza, Bondad y Verdad. Sin un sentimiento de comunidad con hombres de mentalidad similar, sin ocuparme del mundo objetivo, sin el eterno inalcanzable en las tareas del arte y de la ciencia, la vida me habría parecido vacía. Los objetivos triviales de los esfuerzos humanos (posesiones, éxito público, lujo) me han parecido despreciables.

Mi profundo sentido de la justicia social y de la responsabilidad social han contrastado siempre, curiosamente, con mi notoria falta de necesidad de un contacto directo con otros seres humanos y otras comunidades humanas. Soy en verdad «viajero solitario» y jamás he pertenecido a mi país, a mi casa, a mis amigos, ni siquiera a mi familia inmediata, con todo mi corazón. Frente a todos estos lazos, jamás he perdido el sentido de la distancia y una cierta necesidad de estar solo… sentimientos que crecen con los años. Uno toma clara conciencia, aunque sin lamentarlo, de los límites del entendimiento y la armonía con otras personas. No hay duda de que con esto uno pierde parte de su inocencia y de su tranquilidad; por otra parte, gana una gran independencia respecto a las opiniones, los hábitos y los juicios de sus semejantes y evita la tentación de apoyar su equilibrio interno en tan inseguros cimientos.

Mi ideal político es la democracia. Que se respete a cada hombre como individuo y que no se convierta a ninguno de ellos en ídolo. Es una ironía del destino el que yo mismo haya sido objeto de excesiva admiración y reverencia por parte de mis semejantes, sin culpa ni mérito míos. La causa de esto quizá sea el deseo, inalcanzable para muchos, de comprender las pocas ideas a las que he llegado con mis débiles fuerzas gracias a una lucha incesante. Tengo plena conciencia de que para que una sociedad pueda lograr sus objetivos es necesario que haya alguien que piense y dirija y asuma, en términos generales, la responsabilidad. Pero el dirigente no debe imponerse mediante la fuerza, sino que los hombres deben poder elegir a su dirigente. Soy de la opinión que un sistema autocrático de coerción degenera muy pronto. La fuerza atrae siempre a hombres de escasa moralidad, y considero regla invariable el que a los tiranos de talento sucedan siempre pícaros y truhanes. Por esta razón, me he opuesto siempre apasionadamente a sistemas como los que hay hoy en Italia y en Rusia. Las causas del descrédito de la forma de democracia que existe hoy en Europa no deben atribuirse al principio democrático en cuanto tal, sino a la falta de estabilidad de los gobiernos y al carácter impersonal del sistema electoral.

El mundo tal como yo lo veoCreo, a este respecto, que los Estados Unidos han encontrado el camino justo. Tienen un presidente a quien se elige por un período lo bastante largo y con poder suficiente para ejercer adecuadamente su cargo. Por otra parte, lo que yo valoro en el sistema político alemán es que ampara mucho más ampliamente al individuo en caso de necesidad o enfermedad. Lo que es realmente valioso en el espectáculo de la vida humana no es, en mi opinión, el estado político, sino el individuo sensible y creador, la personalidad; sólo eso crea lo noble y lo sublime, mientras que el rebaño en cuanto tal, se mantiene torpe en el pensamiento y torpe en el sentimiento.

Este tema me lleva al peor producto de la vida de rebaño, al sistema militar, el cual detesto. Que un hombre pueda disfrutar desfilando a los compases de una banda es suficiente para que me resulte despreciable. Le habrán dado su gran cerebro sólo por error; le habría bastado con médula espinal desprotegida. Esta plaga de la civilización debería abolirse lo más rápidamente posible. Ese culto al héroe, esa violencia insensata y todo ese repugnante absurdo que se conoce con el nombre de patriotismo. ¡Con qué pasión los odio! ¡Qué vil y despreciable me parece la guerra! Preferiría que me descuartizasen antes de tomar parte en actividad tan abominable. Tengo tan alta opinión del género humano que creo que este espantajo habría desaparecido hace mucho si los intereses políticos y comerciales, que actúan a través de los centros de enseñanza y de la prensa, no corrompiesen sistemáticamente el sentido común de las gentes.

La experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es el misterio. Es la emoción fundamental que está en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia. El que no la conozca y no pueda ya admirarse, y no pueda ya asombrarse ni maravillarse, está como muerto y tiene los ojos nublados. Fue la experiencia del misterio (aunque mezclada con el miedo) la que engendró la religión. La certeza de que existe algo que no podemos alcanzar, nuestra percepción de la razón más profunda y la belleza más deslumbradora, a las que nuestras mentes sólo pueden acceder en sus formas más toscas… son esta certeza y esta emoción las que constituyen la auténtica religiosidad. En este sentido, y sólo en éste, es en el que soy un hombre profundamente religioso. No puedo imaginar a un dios que recompense y castigue a sus criaturas, o que tenga una voluntad parecida a la que experimentamos dentro de nosotros mismos. Ni puedo ni querría imaginar que el individuo sobreviva a su muerte física; dejemos que las almas débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, se complazcan en estas ideas. Yo me doy por satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y con la conciencia de un vislumbre de la estructura maravillosa del mundo real, junto con el esfuerzo decidido por abarcar una parte, aunque sea muy pequeña, de la Razón que se manifiesta en la naturaleza.

Texto escrito en 1930. Publicado por primera vez en Forum and Century, vol. 84, p. 193-194,  nº 13 de la serie Forum, «Filosofías actuales». Incluido también en Living Philosophies (p. 3-7), Nueva York, 1931.


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El trabajo y su evolución


El Trabajo evolución  de  una  palabra  y  de  una  idea(1) Desde  que  existen  los  hombres,  el  trabajo  no  ha  dejado  de  llenar  la  vida  de  la  mayor parte  de  ellos.    No  sé  si,  como  lo  dice  el  Libro  de  Job  (V,7)  en  la  traducción  de  Saci,  "ellos  nacieron para  el  trabajo  como  el  pájaro  para  volar"  pero  todo  ocurre  como  si  el  viejo  poema  tuviese  razón.  Ahora  bien,  de  las  maneras  sucesivas  y  contradictorias  como  los  pueblos  (y  muy  particularmente los  pueblos  modernos)  han  apreciado,  según  los  tiempos,  los  lugares  y  las  circunstancias,  el trabajo  que  se  les  imponía,  o  que  ellos  se  imponían,  sólo  sabemos  cosas  fragmentarias,  inciertas y  sin  relaciones.    Incluso  no  conocemos  la  sorprendente  aventura  de  la  palabra  que  ahora empleamos  para  designar  el conjunto  de  nuestras  actividades  de  conquista  cotidiana. * *** Pues  en  verdad,  es  una  extraña  aventura  la  de  la  palabra  que  partiendo  del  sentido de  tortura  —tripaliare,  torturar  con  el  tripalium,  la  máquina  de  tres  pies—  sustituyó  en  el  curso  del siglo  XVI,  en  el  vocabulario  francés,  a  las  dos  viejas  palabras  usadas  anteriormente:  la  una, labourer  [arar,  labrar],  que  los  labradores  acaparaban  cada  vez  más  (en  espera  que  los  "trabajadores  de laboratorio"  le  volvieran  a  dar  algún  prestigio  intelectual);  la  otra,  ouvrer  [labrar,  fabricar,  obrar, trabajar]  que  no  serviría  mas  que  a  las  damas  patronas  en  sus  ouvroirs  [obradores,  talleres],  si  nuestros obreros  no  procedieran  siempre  de  ella.    Pero  el  trabajo  guardaba  aún  la  marca  en  el  siglo  XVII de  sus  orígenes.    A  veces,  continuaba  implicando  molestia,  agobio,  sufrimiento,  también humillación(2). Cuando  los  Solitarios  de  Port-Royal,  al  retomar  por  su  cuenta  la  tradición  de  las Ordenes  monásticas,  se  pusieron  a  buscar  algún  medio  de  penitencia  verdaderamente  eficaz  que pudiera  aportarles  toda  la  mortificación  requerida,  pensaron  inmediatamente  en  el  trabajo manual.    Y  se  vio  al  Sr.  Le  Maître,  "al  no  saber  que  inventar  para  humillarse  a  sí  mismo",  recurrir a  las  labores  del  campo,  cavar  la  tierra,  segar  los  trigos,  cosechar  el  heno  bajo  el  calor  del mediodía;  después,  dedicarse  nuevamente  al  estudio  tenaz  del  hebreo  que  él  devoraba”(3),al  salir de  esos  trabajos  manuales  que  juzgaba,  que  se  consideraba  en  su  entorno,  como  más mortificantes  que  penosos.    Pero  este  trabajo  del  espíritu  por  duro  que  fuera  no  era  penitencia.  El  Sr.  Le  Maître  no  tenía  por  qué  enrojecerse  por  ello.    Por  el  contrario,  “los  Solitarios  se ruborizaban  (y  después  se  acusaban  de  haber  enrojecido)  cuando  los  trataban  de  "rústicos" porque  algunos  de  ellos  se  habían  dedicado,  para  humillarse  más,  a  hacer  zapatos.    Y  Boileau creía  necesario  vengarlos  de  esos  sarcasmos  con  chistes”(4).   ¿No  se  estaba  por  lo  demás  en  la época  en  que  el  trabajo  degradaba,  en  el  sentido  estricto  de  la  palabra,  dado  que  el  noble  del campo  perdía  su  nobleza  si empuñaba  la  pala  del jardinero  o  la  mancera  del labrador? El  optimista  siglo  XVIII  trató  claramente  de  reaccionar,  y  si  no  de  ennoblecer,  al  menos  de  justificar  el  trabajo.    Pero  también  aquí  estamos  desprovistos.    Según  lo  que  yo conozco,  no  existe  ningún  trabajo  que  estudie  las  vicisitudes  de  la  idea  de  trabajo  en  el  siglo  de los  Fisiócratas  y  de  los  Economistas.    Y  sin  embargo  ¿cuántas  investigaciones  por  hacer  y  cuál evolución  por  reconstituir?    El  trabajo,  ese  sufrimiento:  es  aún  la  noción  de  Charles-Louis  de Secondat  de  Montesquieu,  Presidente  del  Parlamento  de  Bordeaux,  feliz  de  liberar  su  conciencia al  persuadirse  que  al  precio  de  pequeñas  ventajas,  de  "pequeños  privilegios"  como  él  dice,  "por muy  penosos  que  sean  los  trabajos  que  la  Sociedad  exige,  se  pueden  hacer  todos  con  hombres libres"(5).  El  trabajo,  ese  crédito:  es  ya  el  sentimiento  de  Denis  Diderot,  hijo  del  maestro cuchillero  de  Langres;  "las  fortunas  serán  legítimamente  repartidas  cuando  la  repartición  sea proporcional  a  la  industria  y  a  los  trabajos  de  cada  uno"  (a  los  trabajos,  y  todavía  no  al  trabajo).    La fórmula  no  se  ha  encontrado,  pero  comienza  ya  a  buscarse,  la  que  todos  los  "reformadores"  del siglo  XIX  van  a  proponer  a  sus  adeptos  para  resolver  el  problema  primordial,  el  problema  de  la repartición  de  los  productos  entre  Trabajo,  Capital  y  Talento.    Pero,  Capital,  la  palabra  no  es  aún del  siglo  XVIII.    El  trabajo  del  cual  hablaban  los  hombres  de  esa  época,  es  el  trabajo  del  labrador o  del  artesano;  el  trabajo  que  procura  el  pan  cotidiano  y  el  vestido,  pero  que  no  tiende  a  procurar la  riqueza;  el  trabajo  que  por  lo  demás  salva  al  trabajador  del  más  grande  de  los  vicios,  del  vicio que  engendra  todos  los  otros  según  la  vieja  tradición  cristiana:  la  ociosidad.    La  gran  revolución no  se  ha  cumplido,  aquella  que  señala  Michelet  en  el  admirable  (y  tan  poco  conocido)  Prefacio de  su  Historia  del  siglo  XIX  cuando  nos  muestra  a  la  Vieja  Inglaterra,  la  de  los  hombres  del  campo, esfumándose  en  un  cuarto  de  siglo  para  dar  lugar  "a  un  pueblo  de  obreros  encerrado  en  las manufacturas".    Trabajadores  del  siglo  XVIII,  trabajadores  de  los  oficios,  de  esos  oficios  a  los cuales  se  asoman,  curiosamente,  los  Enciclopedistas  y  de  los  cuales  hacen  revivir,  en  sus admirables  planchas,  el  ingenioso  utillaje  y  la  libre  labor.    Y  es  necesario  anotarlo,  pues  no  se hace:  no  se  puede  hacer  una  Historia  del  Trabajo  sin  hacer  al  mismo  tiempo,  la  historia  de  los medios  de  trabajo,  la  historia  de  las  herramientas,  la  historia  de  las  técnicas.    Sin  contar,  desde que  se  aborda  el  siglo  XIX,  la  marcha  conquistadora  de  la  máquina  y  de  la  "fábrica"(6)  asociadas.  Con  todas  sus  consecuencias,  todas  sus  repercusiones  humanas... De hecho,  tan  pronto  como  a  comienzos  del  siglo  XIX  toda  una  literatura  histórica, económica  y  social  comenzó  a  inquietarse  con  lo  que  hoy  denominamos  los  problemas  del trabajo,  fue  siempre  con  la  idea  de  pobreza,  de  miseria,  de  explotación  que  los  hombres  de  esa época  asociaron,  en  sus  libros  y  a  la  vez  en  sus  preocupaciones,  la  idea  de  trabajo.    Ya  se  trate  de Buret  inquietándose  en  1840  De  la  Miseria  de  las  Clases  Laboriosas  en  Inglaterra  y  en  Francia,  de  Boyer tratando  en  1841  Del  Estado  de  los  obreros  y  de  su  mejoramiento  por  la  organización  del  trabajo,  de  Michel Chevalier  escribiendo  en  1848  sus  Cartas  sobre  la  organización  del  trabajo  o  estudios  sobre  las  principales causas  de  la  miseria,  o  de  veinte  escritores  más  que  publican  en  ese  tiempo,  con  títulos  parecidos, libros  análogos:  trabajo  y  pauperismo,  "Clases  laboriosas"  y  "Clases  que  sufren"  (son  los  títulos de  dos  artículos  sucesivos  de  Cochut  en  la  Revue  des  Deux  Mondes,  de  1842);  siempre  por  todas partes,  miseria,  trabajo,  organización  y  caridad  se  encuentran  asociados  en  la  pluma  de  los investigadores  sociales  más  diversos  y  más  opuestos. Sin  embargo  los  teóricos  reaccionan  y  se  esfuerzan  por  devolver  la  honra  al  trabajo.  Devolverle  sus  derechos  y  definírselos.    Pero  primero,  de  maldición  que  agobia  a  los  infelices,  y sólo  a  los  desgraciados,  transformarlo  en  un  verdadero  deber  social  obligatorio  para  todos:  en deber  amable,  lo  que  lo  rehabilita  tanto  como  esa  primera  promoción.    El  trabajo  "es  odioso  en civilización  por  la  insuficiencia  de  salario,  por  la  inquietud  de  que  falte,  la  injusticia  de  los patrones,  la  tristeza  de  los  talleres,  la  larga  duración  y  la  uniformidad  de  las  funciones".    Así escribe  Fourier,  a  quien  Cabet  inmediatamente  le  replica:  "Cada  uno  tiene  el  deber  de  trabajar  el mismo  número  de  horas  por  día,  según  sus  medios,  y  el  derecho  de  recibir  una  parte  igual,  según sus  necesidades,  de  todos  los  productos".    Así  planteado,  "es  general  y  obligatorio  para  todos".  Se  lo  eleva  a  la  dignidad  de  "función  pública".    Se  cumple  en  los  grandes  talleres  y  allí  se  lo  hace lo  más  atractivo  posible,  corto  y  facilitado  por  las  máquinas. Desde  entonces  no  es  nada  sorprendente  que,  finalmente,  las  clases  laboriosas  hayan conquistado  el  derecho  a  la  Historia,  porque  ellas  eran  obreras  y  ya  no  porque  fueran  miserables.  Les  llegó  una  dignidad  que  comienza  a  serles  envidiada  por  todas  partes.    Anteriormente  el epíteto  de  artesano,  el  epíteto  de  labrador  era  "vil".    "Los  artesanos  —escribía  el  viejo  Loyseau en  su  Tratado  de  los  Ordenes  en  1613—  los  artesanos  son  propiamente  mecánicos  y  reputados como  personas  viles";  y  de  hecho,  añadía,  "llamamos  comúnmente  mecánico  a  lo  que  es  vil  y abyecto".    ¿Y  a  los  labradores?    Por  supuesto;  "no  hay  vida  más  inocente  que  la  suya,  ni  de  mayor provecho  según  natura";  pero  ¿qué?    En  Francia  "son  tan  rebajados,  es  decir  oprimidos,  son  a tal  punto  considerados  como  personas  viles  que  uno  se  sorprende  al  ver  que  aún  existen  para alimentarnos".    1613.    Pero  tres  siglos  más  tarde  ¿a  quién  se  alaba  con  el  título  de  trabajadores?  Existen  los  de  la  pluma  si  existen  los  del  cepillo  de  carpintería.    Y  los  muchachos  de  fuertes bíceps,  que  sostienen  la  mancera  de  la  carreta,  horadan  el  surco,  siegan,  secan  el  heno,  o  en  sus viñedos,  sobre  la  abrupta  pendiente  no  dejan  de  subir  la  cuesta  que  siempre  baja,  se  sorprenden al  escuchar  al  escritor  en  vacaciones,  al  pedagogo,  al  músico,  al  cantante,  al  comediante,  hablar de  su  "trabajo",  es  decir  de  las  reivindicaciones  de  los  Trabajadores  Intelectuales;  o  de  los Trabajadores  del  Espectáculo  en  el  Sindicato  al  cual  él  pertenece  como  un  trabajador  carga ladrillos  de  los  trabajos  pesados.    Es  memorable  esa  frase  que  nos  cuenta  Jules  Renard  en  su Journal  de  1901  (p.  690):  "Ella  está  muy  feliz  —dice  un  marido  de  su  mujer—  al  hacer  un  trabajo que  se  ve.   Yo  trabajo  más  que  ella  y  ¡no  se  ve!". Sin  embargo,  el  Collège  de  France,  fiel  a  su  misión  cuatro  veces  secular,  creaba  en 1907  la  primera  cátedra  de  Historia  del  Trabajo  que  se  haya  visto  funcionar  en  Francia;  se  le confiará  a  Georges  Renard  primero  y  luego  a  François  Simiand;  y  la  dificultad  para  estos maestros  radicará  en  definir  el  sentido  de  una  palabra,  trabajo,  que  amenazaba  con  abarcar  a  todos los  hombres  —y a todas las mujeres— de nuestras sociedades  contemporáneas.    Pues  un  hombre de  mi  edad  ha  visto  con  sus  propios  ojos,  entre  1880  y  1940,  cumplirse  la  gran  decadencia  del hombre  que  no  hace  nada,  del  hombre  que  no  trabaja,  del  ocioso  rentista;  y  que  comience  — (con  el  retraso  conveniente)—  el  descrédito  de  la  mujer  "sin  profesión".    Rentistas  hoy  (quiero decir  hombres  que  tienen  el  coraje  cívico  de  calificarse  como  tal)  no  se  cuentan  mas  que  dos  por cada  cien  franceses.    No  mucho  más  que  lo  que  se  cuenta  en  nuestro  país  de  nómadas,  detenidos, hospitalizados. Así  acaba  el  ciclo.    Se  parte  del  trabajo-tortura  para  llegar  (al  menos  si  se  cree  en  los vocablos  optimistas)  al  trabajo  en  el  goce,  ese  hijo  del  "trabajo  atractivo"  soñado  y  descrito  por nuestro  viejo  Fourier.    Se  parte,  o  más  modestamente,  se  debería  partir  pues  nada  de  todo  esto se  ha  hecho.    Toda  esta  evolución  está  por  precisarse,  por  fijarse  en  detalle.    Cuando  se  haya cumplido  esta  labor  necesaria,  nos  podremos  jactar  de  haber  realizado,  con  la  ayuda  de  una  sola palabra,  un  bello  corte  de  historia  psicológica  y  social  a  través  de  cuatro  siglos  de  historia francesa. * *** De  ese  corte  preciso  y  detallado,  sólo  podemos  pues  dar  hoy  un  esquema excesivamente  simplificado  dada  la  ausencia  de  estudios  serios  y  avanzados.    El  trazado  en  forma de  dientes  de  sierra  tal  como  resultaría  directamente  de  los  hechos,  debemos  sustituirlo,  por  el momento,  por  el  gran  rasgo  corriente  y  regular  de  una  media  completamente  aproximativa.    Con ella  se  consuela  el  economista.    Su  hermano  enemigo,  el  historiador,  se  declara  ante  ella naturalmente  afligido. Esto  se  debe  a  que  nada  de  lo  que  atañe  al  hombre  es  simple.  Y  para  tomar  un  solo ejemplo,  pero  que  nos  sea  familiar,  si  observamos  muy  especialmente  de  cerca  la  evolución  de las  ideas  engendradas  por  la  actividad  laboriosa  de  los  hombres,  en  el  momento  preciso  en  que trabajo  comienza  a  cambiar  su  sentido  mal  afamado  de  tortura  por  el  sentido,  por  lo  menos  más elevado,  de  ocupación  laboriosa,  constatamos  que  entonces  los  hombres  del  siglo  XVI,  los hombres  del  Renacimiento,  esos  precursores,  trataban  precisamente  de  llevar  a  cabo  una rehabilitación  vigorosa  del  trabajo  manual,  una  exaltación  del  hombre  que  gana  su  pan  con  el sudor  de  su  frente(7).   A  Rabelais,  que  levanta  rápidamente  el  croquis  de  Frère  Jean,  el  monje paradójico  que  nunca  ha  sido  ocioso,  que  siempre  trabaja  con  sus  manos  y  que,  incluso  en  el coro,  durante  la  salmodia,  ocupa  sus  dedos  en  fabricar  cuerdas  de  ballesta,  en  pulir  dardos,  en hacer  redes  y  trampas  para  conejos(8),le  responde  el Ronsard de  las  Odas  (III,  IV): Je  hais  les  mains  qui sont  oisives; Qu'on  se  depeche  vitement! Là  doncq,  ami,  de  corde  neuve Ranime  ton  luc  endormi...(*) Al  profundizar  la  investigación  percibiríamos  cosas  extrañas:  por  ejemplo,  que  la burguesía  laboriosa  de  esa  época  no  se  dirige  solamente,  en  nombre  de  su  labor,  contra  la ociosidad  monacal  sino  también  contra  la  ociosidad  nobiliaria.    Hubo  allí  toda  una  ofensiva  que sería  tentador  trazar  si  se  tuviera  ratos  de  ocio  para  hacerlo.    Detrás  de  los  voceros  líricos  del siglo  —es  un  signo  en  todo  caso—  se  ven  aparecer,  movilizados  por  el  mismo  motivo,  a  los teólogos,  esos  jefes,  esos  guías,  esos  amplificadores. Así  como  es  laborioso  y  no  ocioso  a  la  manera  del  Dios  de  Aristóteles,  el  Dios  de  la tradición  judeo-cristiana,  así  también  son  laboriosos,  y  laboriosos  con  sus  manos,  esos  héroes  de los  Dos  Testamentos  de  los  cuales  se  conoce  el  constante  valor  de  ejemplo  y  de  referencia  en ese  entonces.    ¿No  era  Jesús  mismo  un  "trabajador  manual"  albañil  o  carpintero  como  su  padre José?    Y  en  cuanto  a  sus  discípulos  los  apóstoles,  incluso  si  ellos  no  aprobaban  la  amarga afirmación  del  Eclesiastés  (IX,10):  "Todo  lo  que  tu  mano  encuentre  para  hacer  con  tu  fuerza  hazlo, pues  no  hay  ni  obra,  ni  pensamiento,  ni  ciencia,  ni  sabiduría  en  la  compañía  de  los  muertos  a donde  tu  vas",  no  por  ello  dejaban  de  cumplir  con  resignación  su  dura  vida  de  pescadores  o  de artesanos.   Para  ejemplo  de  hombres  que,  más  que  nunca,  se  referían  a  ellos  y  a  sus  enseñanzas. Todo  esto  retomado,  vuelto  a  decir  por  la  voz  que  tuvo  sin  lugar  a  dudas  —con  la de  Platón—  la  más  grande  audiencia  de  todas  entre  los  franceses  del  Renacimiento:  la  voz  del apóstol  Pablo,  que  enseñaba  a  los  Tesalonicenses  que  sólo  el  trabajo  asegura  al  obrero  su dignidad  y  su  independencia,  que  la  mejor  alabanza  es  la  de  "no  haber  comido  gratuitamente  el pan  de  nadie"  y,  finalmente,  que  aquél  que  no  trabaja  no  come(9).   Pero  Platón,  por  su  lado,  la otra  gran  luz  del  siglo,  el  Platón  de  la  República,  no  concebía  ciudadano  sin  función  ni  trabajo(10).  Y cuando  Jean  Calvino  vino  a  establecerse  a  Estrasburgo  debió  inscribirse  en  los  registros  de  la corporación  de  talladores  y  se  felicitó  sin  duda  de  ese  acuerdo  entre  la  ley  de  la  Ciudad  y  la  de  la Ciudad platónica,  interpretada  a  través  de  las  enseñanzas  de  Pablo(11). Así  se  explica  que  en  el  siglo  XVI  una  especie  de  ola  de  fondo  haya  sacado  a  luz  el culto,  la  glorificación  del  trabajo  manual.    Recordemos  al  viejo  Platter,  autodidacta  de  genio,  a quien  sus  discípulos  debían  ir  a  buscar,  en  Basilea,  a  su  taller  de  cordelero  para  que  viniese  con su  gran  delantal  y  sus  rudas  manos  callosas  a  enseñarles  hebreo;  pero  él  no  era  el  único  que  en ese  tiempo  heroico  cumplía  el  voto  que  formula  en  la  Verdad  oculta  ante  cien  años  (1533),  la  Dama Verdad en  persona: Peuple,  laboures  loyaument De  tes  mains,  vivant  justement... Ainsi l'apostre  nous  instruict Qui besognoit  et  jour  et  nuict...(*) San  Pablo,  Platón;  había  aún  algo  más  que  el  historiador  de  la  noción  de  trabajo debería  sacar  aquí  a  plena  luz:  la  voz  de  todo  un  siglo,  piadoso  aún  y  profundamente  cristiano, profundamente  ansioso  de  verdad  cristiana,  pero  que  ya  no  se  remite  a  la  Providencia  para  que ella  asegure  su  sustento,  y  que,  dando  deliberadamente  la  espalda  a  la  lección  franciscana  y  al Pobre  de  Asís,  se  dejan  caer  en  masa  en  las  seducciones  del  capitalismo  naciente,  plantea  el trabajo  como  la  ley  suprema  del  hombre,  que  lucha  por  gobernar  la  suerte  y  captar  la  riqueza:  el trabajo  que  hace  vivir,  que  permite  que  se  gane,  que  permite  dominar. * *** Solamente  punto  de  acción  sin  reacción.    En  el  mito  del  Político  —el  mito  que  Platón retomará  en  el  libro  IV  de  las  Leyes—  la  esfera  del  mundo  se  mueve  alternativamente  en  un sentido  y  en  el  otro.    Esta  es  la  edad  de  oro,  la  edad  de  Cronos:  ni  ciudad,  ni  familia,  ni  agricultura, ni  trabajo;  sólo  la  contemplación  aproxima  el  hombre  a  los  Dioses.    Luego  es  la  edad  de  Zeus: leyes,  invenciones,  todo  el  esfuerzo  de  una  labor  paciente  y  dolorosa.    En  el  siglo  XVI  existen aquellos  que  siguen  a  Zeus.    Pero  frente  a  estos  existen  también  los  Saturnianos  retrasados,  que protestan  y  que  no  entienden  —de  acuerdo  con  la  tradición  griega  y  romana—  que  un  labrador inoportuno  y  grosero  les  perturbe  en  su  serenidad  de  contemplativos.    Esos  aristócratas, detentadores  del  saber  griego  y  latino,  reproducen  en  ellos  la  altivez  de  los  viejos  maestros, ociosos  con  sus  manos,  puesto  que  el  esclavo  trabajaba  para  ellos.    Y  son  ellos  los  que  inauguran el  menosprecio  por  los  artesanos,  los  obreros,  los  mecánicos  como  decían  ellos.    Ellos,  desde  lo alto  de  su  Thesaurus  y  de  sus  Canciones(*).   Tendrán  una  larga  progenitura.    De  Erasmo,  a  través  de los  Colegios  de  los  Jesuitas,  alcanzarán  los  Colegios  de  la  Universidad  Imperial,  luego  los Colegios  Reales  de  la  Restauración.    Los  últimos  de  estos  no  mueren  antes  del  fin  mismo  del siglo  XIX. Con  un  sólo  ejemplo  se  ve  cuánto  en  realidad  puede  y  debe  ser  complicada  la  curva muy  sumaria  de  los  promedios,  tal  como  la  hemos  reproducido  y  comentado,  por  la  labor paciente  del  historiador  si  se  quiere  alcanzar  lo  que  sólo  importa:  los  mil  matices  cambiantes,  las mil  variaciones  de  la  vida  histórica,  los  mil  encuentros  de  corrientes  distintas.    Hasta  el  presente el  historiador  no  ha  cumplido  con  esta  labor.    Este  magnífico  tema,  la  historia  moderna  de  la idea  de  trabajo,  la  historia  de  la  idea  de  trabajo  desde  que  en  Francia  la  palabra  Trabajo  sirve  para designarla,  nadie  se  ha  preocupado  aún  por  tratarlo.    Y  nosotros  nos  debemos  provisionalmente contentar  con  hacer  más  o  menos  lo  que  debió  hacer  Simiand  para  construir  las  curvas  de  su historia  de  los  precios:  utilizar  los  datos,  a  menudo  inexactos,  siempre  insuficientes  debido  a recopilaciones  sin  exigencias  críticas.    La  curva  cómoda,  fácil  y  sin  rigor  con  la  que  somos reducidos  a  contentarnos  traduce  al  menos  la  tendencia,  el  trend  como  dicen  nuestros economistas  usando  una  palabra  inglesa.    Y  la  tendencia  es  clara.    Trabajo,  dura  ley.    Pero  nada impedirá  al  hombre  trabajar,  luchar  para  que  él  se  vuelva  un  día  la  dulce  ley  del  mundo.    Desde ahora  se  trabaja  para  eso.    Y  se  ayuda  precisamente  de  las  técnicas  que  inventa,  técnicas  que, como  se  ve,  tenemos  razón  de  unir,  para  el  estudio  y  para  la  discusión,  con  la  noción  misma  de trabajo,  y  con  su  historia. Medellín,  Abril 24-25/1990. [traducido  por  Luis  Alfonso  Palau  para  todos  los  que  no  escapan  a  la  magia  del Renacimiento] Revisado  para  la  sesión  virtual de  “anarqueología  de  los  medios  técnicos”  del mes  de noviembre  de  2022. (*)  Esta  palabra  aparece  en  el  texto  en  español  [N.  del  T.] 


Notas


)   Journal  de  psychologie  normale  et  pathologique.   Enero-marzo  1948.    pp.l9-28. (2)    La  palabra  trabajo  es  empleada  aún  en  pleno  siglo  XVII  y  por  buenos  autores,  en  el  sentido  de fatiga:  "Calamus  había  subido  a  un  caballo...,  pero  no  pudiendo  soportar  el  trabajo,  se  hizo  llevar  en una  litera".    También  (en  Bossuet):  "La  Iglesia  por  los  piadosos  trabajos  que  siente  por  los moribundos...".    El  sentido  aquí  es  de  inquietud,  solicitud.    Cfr.  Brunot.    Histoire  de  la  Langue française, t.VI, IIª  parte,  fasc.  I, p.1349. (3)    Cfr.  Sainte-Beuve.    Port-Royal,  I, p.392.  Cfr. también  III, p.322. (4)    Sainte-Beuve.    Ibid.    t.I,  p.500.    A  un  Jesuita  que  sostenía  que  hasta  Pascal  había  hecho  zapatos: "Yo  no  sé...   Pero  convenid  mi  R.  P.  que  él  os  ha  dado  excelentes  botas  [os  ha  propinado  famosas estocadas]"    [Juego  de  palabras.    N.  del  T.]. 


(5)    Espíritu  de  las  Leyes,  libr.  XV,  cap.8.    El  capítulo  se  titula:  Inutilidad  de  la  Esclavitud  entre  nosotros.  "Se  puede  con  la  comodidad  de  las  máquinas  suplir  el  trabajo  forzado  que  en  otra  parte  se  obliga  a hacer  a  los  esclavos".    Pero  sobre  esas  máquinas  precisamente,  ver  un  curioso  texto  del  mismo Montesquieu  que  debe  añadirse  al  excelente  esbozo  de  Marc  Bloch  sobre  El  Molino  de  Agua,  en  los Annales  d'Histoire  Economique  et  Sociale  (t.  VII,  p.538):  "Si  los  molinos  de  agua  no  estuviesen establecidos  por  todas  partes,  yo  no  los  creería  tan  útiles  como  se  dice  porque  ellos  han  hecho inactivos  una  infinidad  de  brazos,  han  privado  a  mucha  gente  del  uso  de  las  aguas  y  han  hecho perder  la  fecundidad  a  muchas  tierras"  (Espíritu  de  las  Leyes,  XXIII,  cap.15).    También  esta  nota  de Montesquieu  (Espíritu,  XXIII,  cap.28):  "El  clero,  el  príncipe,  las  ciudades,  los  grandes,  algunos ciudadanos  principales  se  han  vuelto  insensiblemente  propietarios  de  todo  el  condado;...el  hombre de  trabajo  no  tiene  nada". (6)   Habrá  lugar  de  hacer  la  historia  de  esta  expresión.


(7)    Buenas  reflexiones  a  este  respecto  en  el  libro  de  Victor  Monod,  El  problema  de  Dios  y  la  Teología cristiana  desde  la  Reforma,  Estudio  Histórico  (Tesis,  Fac.  libre  de  Teología,  Montauban),  1910.  Recojo  de  la  Dedicatoria  de  Jacques  Peletier  en  El  arte  Poético  de  1557  este  texto  significativo:  "Un hombre  bien  nacido  no  debe  tener  muchas  ocupaciones  que  secunden  las  unas  a  las  otras". (8)    (Gargantua, XI) (*)  [traducción  tentativa]:  Odio  las  manos  que  están  ociosas;/    Movámonos  rápidamente!/    Eh!  tu, amigo,  de  cuerda  nueva  /  Reanima  tu  (luc)  adormecido...  [N.  del  T.] 


(9)    IIa  Tesalonicenses, III, 8  y  10. (10)  Hablamos  del  Platón  de  la  República.    Pero  nosotros  no  olvidamos  que  Plutarco,  en  la  Vida  de Marcelo,  XIV,  5,  relatando  la  condena  que  oponía  Platón  a  los  hombres  como  Eudoxio  o  Arquitas, quienes  pretendían  construir  instrumentos  para  resolver  problemas  difíciles  de  geometría,  escribe que  Platón  se  indignaba  con  la  pretensión  de  ellos  de  resolver  dificultades  intelectuales  recurriendo a  objetos  "confeccionados  laboriosa  y  servilmente  por  la  mano". (11)  De  allí  el  capítulo  De  artificiis  de  Thomas  More  (Liber  Secundus,  ed.  Marie  Delcourt,  Paris,  Droz, 1936,  pp.112  ss.),  capítulo  en  el  cual  More  habla  de  magistrados  encargados  de  cuidar  que  nadie permanezca  sin  trabajo,  que  ejerza  concienzudamente  su  oficio  y  consagre  a  él  tres  horas  en  la mañana y tres horas en la tarde.    Con libertad  de  trabajar  aún  en  sus  horas  libres  si  ellos  lo  deseaban. (*)  [traducción  tentativa]:  Pueblo,  labora  lealmente/  Con  tus  manos,  viviente  con  justicia.../  Así  nos instruye  el  apóstol  /  Quien  trabaja  día  y  noche...    [N.  del  T.] 


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La Civilización Mundial

 Tres ciudades, tres territorios, tres culturas que explican la civilización mundial, la humana. Atenas es el verbo, el espíritu, el mito la luz, el fuego, la geometría, es la ciudad rodeada por el mar, por el agua. Jerusalén es el código, el signo, el escrito, es el tiempo, es el contenido o continente, es la ciudad en el desierto. Atenas es mito. La otra ciudad es Roma, es la ciudad de la piedra, del objeto, es piedra, es la escultura, es el gesto que produce el cuerpo, es el rito, es el oro. Es tinieblas en sus tumbas y sus cuevas, en sus huellas están los sentidos como por ejemplo en las pisadas. Todas tres si se las sabe mezclar producen un buen entendimiento, un buen conocimiento. Es como el trabajo del panadero que con su amasar pliega aquí y allá, y así vuelve a comenzar y a repetir para sacar lo mejor. Arlequín es otro buen ejemplo para decir lo múltiple y no lo único de una razón. 


Acá pongo, transcribo una página 48 del libro Roma de Michel Serres en su traducción inédita de Luis Alfonso Paláu y que describe los renglones dichos arriba:


Hoy me parece tocar, por una experiencia, lo que se puede llamar la encarnación. Roma no es del verbo como Atenas, ella no es del libro, del soplo o del escrito como Jerusalén. Inversamente, ella no es del agua como la primera, ni del desierto cómo la segunda. Roma es dura y bestia cómo la piedra, negra como las entrañas de una piedra, nunca transparente como la pirámide o el tetraedro de la epifanía griega, nunca multiplicada cómo la interpretación hebraica sobre el espacio blanco del desierto. Jerusalén es lo ligera y dútil como cien mil signos, Atenas vuela entorno al logos, Roma es pesada. Ella gaguea, balbucea, hace el gesto, nunca sabe. Ella es del rito, no del mito. El cuerpo tiene el bastón, tras el templo y los puntos, no sabe por qué. El judío sabe escribir siete veces por qué; el Griego puede decirlo once veces también. Mi cultura judeogriega es tan ligera que yo puedo llevarla más allá del mar, más allá del desierto.

 

Ella vuela como la lengua y cómo la escritura. Es del logicial. Roma está en su gesto y en su cuerpo, cuando el signo de detiene o se hará. Ella es lo material. Su mano es tan segura como es rápida la boca griega o como estalla en red la complejidad judía. Roma no puede estar por fuera de Roma como Atenas estuvo por fuera de sí, como Jerusalén nunca ha  dejado de estarlo. Roma está en Roma entera y siempre en sus muros. 


Atenas es espíritu, Jerusalén es signo y Roma es objeto. Res. Res pública, a veces B, Brutus, Bruto, lleva consigo un cornejo en cuyo interior está el oro para ofrecerlo al dios Apolo en Delfos. Es el enigma de Roma y es su solución.


Yo creo comprender, pero eso no es nada; yo creo en la actualidad tocar el objeto. Yo lo veo construido, yo veo cómo fue construido. Rudo, graneado, grosero, gestualmente rígido. Pero yoblobhe sabido siempre porque yo viví besa experiencia. Mi padre, sin cultura, como se dice, sin embargo me ha legado todo lo que en mí vive de cultura, es decir, todo lo que vive en mí y rechaza la muerte; mientras que el discurso llamado cultural nunca me ha enseñado más que algunas frivolidades. 


Si tú me das un signo o una palabra, sobre todo un sentido claro o una teoría diáfana, tú me das un contenido que tiene todo en su continente, una bolita de vidrio o una bola de cristal. En un instante, yo sé, yo no he recibido más que un minuto o un destello. Ello puede ser bello y grande, ello no llena mi tiempo. Sobre todo, eso no puede producir un tiempo, eso no hace aún buena historia. He recibido de mi padre pedazos de piedra, el era picapedrero; yo recibí de él trancoso de fresa, él era labrador. Yo recibí de él arenas y casquijos, duros y negros. Del neolítico hasta mi muerte, esas cosas almacenadas permanecen por comprenderse. 


Seguramente es bueno aprender lo que se puede comprender, pero de vive de lo que no se puede comprender, pero se vive de lo que no de ha comprendido aún. Es esto, en el sentido literal, llevar consigo símbolos, esos guijarros quebrados, esas teseras.


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El Seudoanimal, el Hombre

Por Mauricio Castaño H
Historiador
Colombiakritca

Somos seudoanimales. Estamos aquí pero también más allá. Somos una bestia domesticada, todo un bricolaje que permite la emergencia de un mundo artificial o cultural pero también anclado en la capa zoo, en ese estrato biológico que nos asiste. Deriva biológica pero también devenir artificial, naturaleza y cultura son una sola, el paso de una a otra se dan sin que siquiera se note. No existen purezas, la mezcla, el bricolaje nos define bien. 

Es un mecanismo de neo-tenia que se constata así: "Entre los humanos también observamos rasgos neoténicos en relación con los grandes simios. Por ejemplo, el cráneo redondeado y elevado, con la cara proporcionalmente pequeña y el hocico no protuberante. Stephen Jay Gould ha sido uno de los principales defensores de la tesis que sostiene que los humanos son especies neoténicas en comparación con sus parientes cercanos como el chimpancé. Esto nos permite seguir aprendiendo y adquiriendo nuevos hábitos durante toda o casi toda nuestra vida. Por su parte, el etólogo y antropólogo Desmond Morris ha relacionado ciertas sensaciones gozosas de adultos de nuestra especie, el sentirse protegidos o queridos con la neotenia (The Nature of Happiness, 2004). El hecho de que nuestro cerebro se mantenga durante más tiempo en estadios ontogénicos plásticos que en la mayoría de las especies finalizan al poco de nacer es también un ejemplo de procesos de neotenia." (Luis Alfonso Paláu)


Está bricolaje que nos asiste, en su paso, en esa bisagra, en ese vértigo, en ese vacío del existir, recordemos que ex-sistir quiere decir estar por fuera, existimos en el afuera, nos exteriorizamos en la herramienta producida, en los medios técnicos. Por lo demás na-ser quiere decir no-ser, vaciarnos siempre, vocación de vacío y con razón queremos buscar un hacer, ocuparnos para volver a llenarnos.


La vida bien se define por el movimiento y por las relaciones que trenzamos con los otros. Somos un ser inacabado, somos especialistas en la no especialización, nuestra mano sirve para agarrar, para hacer gestos, acariciar, pero el puño del martillo golpea más fuerte, es más eficaz, así como la trompa multifacética del elefante agarra, absorbe, acaricia, aprieta, mata, ruge, comunica. 


En esencia somos un bípedo que hace gestos, que se comunica, que crea un lenguaje especializado y complejo. No sólo creamos símbolos, también manipulamos los códigos genéticos. Incluso se tiene que la epigenética es la capacidad de modificar estructuras hereditarias a fuerza de prácticas culturales: el deporte, la alimentación, el manejo del estrés, propiciarse una vida placentera y de buenos amigos, todo esto genera calidad de vida qué ayuda a controlar o disminuir el riesgos de enfermedades, incluso a revertir el cáncer. 


En la amistad, con el otro nos reafirmamos, incluso en la soledad cuando escribimos la epístola, el libro o fetiche, se busca ese interlocutor ausente pero activo y virtualmente presente. Un libro es siempre una amistad que está ahí ofrecida para cuando la necesitemos. Salimos de la evolución natural para entrar en la evolución artificial consentida. Incluso mejor decir bricolage, cuerpos mezclados, genética y epigenética.


Somos seudo-animales porque sabemos que algún día moriremos, tenemos conciencia del pasado y del futuro, Deleuze nos enseñó que los dos tiempos copulan para dar un eterno presente, el hoy es mañana y es ayer. También nos precisa Dufour: voy a  morir, allí donde los demás, los verdaderos animales, sólo piensan siempre en «bonito-bueno…»…. En la misma página 32 también se Lee: " el lenguaje es aquello gracias a lo cual las cosas ausentes pueden traerse al presente, es decir, re-presentarse." De nuevo la evocación al vaciarse, al vértigo, al vacío, y el lenguaje cumple con sustituir el cuerpo ausente. Se pone un signo en lugar de una presencia, el lenguaje representa. La cultura, lo mítico funciona también como una gramática, es un instrumento lógico que develan a los grupos, fue la enseñanza de Levi Strauss.


Dufour nos evoca una vez más el camino, el caminar, una vez más se insiste en el afuera, en la exteriorización. Método vale por camino, enseña Dagognet. Todo decir, toda experiencia es un camino recorrido. Y cuando se emprende un viaje, cuando se sueltan las amarras uno va dispuesto a vivir experiencias, hacer parajes, echar atajos, perderse, en todo caso no existen seguridades, nada determinado. La serendipidad es más común. Los experimentos los hay copiosos que encontraron lo no buscado. Se encuentra lo que menos se piensa. Eureka. Allí se olisquea mucho el fracaso para lo mejor.


Otras lógicas inéditas nos sorprenderán. Recuerda Michel Foucault en la introducción de Las Palabras y las Cosas:

Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento —al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía—, trastornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro. Este texto cita "cierta enciclopedia china" donde está escrito que "los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, c] amaestrados, d] lechones, e] sirenas, f] fabulosos, g] perros sueltos, h] incluídos en esta clasificación, i] que se agitan como locos, j] innumerables, k] dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l] etcétera, m] que acaban de romper el jarrón, n] que de lejos parecen moscas". En el asombro de esta taxinomia, lo que se ve de golpe, lo que, por medio del apólogo, se nos muestra como encanto exótico de otro pensamiento, es el límite del nuestro: la imposibilidad de pensar esto.


Y el mismo Borges refiere a un pájaro de otras lógicas: Goofus Bird, pájaro que construye el nido al revés y vuela para atrás, porque no le importa a dónde va, sino dónde estuvo.


Estamos condenados a vivir en sociedad, pagamos un costo, la servidumbre voluntaria.  "Oír, es obedecer. Escuchar se dice en latín obaudire. Obaudire derivó en la forma obedecer. La audición es la  audientia, es una obaudientia, una obediencia.». p. 70. El lenguaje es mandato.


El parque humano de Slorterdijk es la casa común, el oikos, es el nuevo contrato del homo sapiens demens. Es asumir que no somos el centro del universo, que somos una especie más entres Miles de millones. Es un discurso trillado pero necesario recordarlo. Insistir en esta aventura, en esta deriva evolutiva y en el gesto técnico que nos devele mejor de lo que se cree.


El libro es una invitación extendida a un posible amigo, y más allá, es la sociedad de la comunicación, de la transmisión de los saberes y destrezas que la cultura hizo propios y los requiere para su persistencia. Fue a mitad del siglo XIX con la industrialización, que se dió el propósito universal de la alfabetización, ahora más que nunca, la criatura humana necesita aprehender técnicas, habilidades para ejercer una actividad, para desempeñarse en el mundo laboral. Más que un saber por saber, una sabiduría por sí misma, es un saber hacer, una obediencia inteligente y consentida. Pedagogía es llevar de la mano a quien aprende, es un viaje en compañía para fijar saberes enriquecidos con la experiencia, porque el mundo nunca está quieto, siempre está en movimiento, de allí el valor dado a la transformación. 


Por ese mismo sendero más que amigo de la sabiduría, es el rebelde, quien cuestiona lo establecido para advenir nuevos valores. El ciudadano ilustrado, el que sabe hacer, es una función si se quiere en perspectiva del pacto social sin desestimar el peligro que se escurre por allí por cuenta del poder que somete para beneficio de una élite, ejemplo hoy es la inequidad social sin resolver por la forma Estado burgués. Leer nos hace mejores obreros, mejores esclavos bien pagos.


Aquel propósito por la alfabetización planetaria anclada en el mundo industrial contrastada con el mundo de la técnica robotizada y la consecuencia de liberación del hombre del encierro en la fábrica, nos tira a pensar no ya en una sociedad de sabios como en la Grecia Antigua, sino en una Paideia para la Vida, aprender a vivir, la epigenética ha dado sus pasos en ese sentido. 


Vemos en la deriva biológica de la sobrevivencia el combustible que no sólo empuja a cada viviente con su manada o grupo a mantenerse con vida. Con ello se matiza un poco el pan y el circo tan acostumbrados en estás sociedades de vigilancia y control.


Somos bestias domadas, llamadas a obedecer. Pero también a revelarnos. Foucault nos enseñó que si hay vida hay lucha, y si hay lucha hay resistencia. Comunidad, es estar en común acuerdo, en comunión... ¿qué sociedad estamos dispuestos a crear, a Comunicar? somos seres de la comunicación, ¿qué tono, qué formato escogemos? El hombre es un lobo para el perro. El seudo animal que somos, que denota la capa biológica que nos determina, y echando mano de esa capacidad creativa de reflexionar, de jugar con los símbolos, habilita la pregunta por qué tipo de comunión, de comunidad estamos dispuestos a promover, a construir, qué papel queremos desempeñar en este juego de la sobrevivencia, de la persistencia por la vida.


La doma tiene el peligro del perro o del asno, de ser demasiado obedientes, de ser borregos que aguantan toda la carga sin importar que se les parta el lomo. Pero con Nietzsche aprendimos que se puede ser el león rebelde. ¿Quiénes doman y quiénes crían? es una pregunta pertinente para la sociedad que se quiere promover. ¿Cuál es el pastoreo por el cual tomaremos partido? ¿Qué tipo de hombre queremos ensamblar o configurar? El maestro compite con la tv, las redes sociales... ¿Ganará la batalla? ¿Se hará a un lugar propio? Parque humano o gestión de hombres, construir tejido social, aunque nos gusta más decir Paideia para la Vida, aprender a vivir.



PD. 

Homenaje al traductor, al curador de contenidos y sobre todo al maestro generoso que sabe compartirlos. Homenaje a Luis Alfonso Paláu por mantener el seminario de estudio de arqueología y filosofía de los medios técnicos. 


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Configuración Espiritual y Material

Por Mauricio Castaño H
Historiador
Colombiakritca

El espíritu y la materia, el cuerpo y el alma se configuran, son barro que se amasa y moldea. Desde los tiempos más remotos, desde la aparición del hombre se tiene esta preocupación, este interés por lo que somos y por lo que nos rodea. La vida entera es animación, es movimiento y unión, quien no se mueve se tuye y en aislamiento morimos, la vida son las fuerzas o funciones que contrarrestan a la muerte, sentenció Bichat. El cerebro tan sólo es una glándula que responde a la sobrevivencia al igual que los demás seres vivientes. Sólo la capacidad de simbolizar es propiamente humana, la capacidad de crear lenguaje complejo y reflexionado, esta capa de pensarnos o reflexionarnos es la que nos diferencia de las demás especies, pero que no nos hace ni mejores ni peores, pero sí los más depredadores, somos la especie que más consume tierra y recursos al punto de amenazar la vida en este planeta llamado Tierra.


En la configuración material y espiritual humana, se tiene matrices culturales cómo la sociedad patriarcal que ha comandado la vida y las relaciones sociales como por ejemplo el sometimiento de la mujer que han hecho los machos porque han encontrado en ella un vientre en el que se pueden reproducir y un producto o símbolo para intercambiar entre culturas y de esta manera sellar alianzas para detener guerras y vivir en tregua, vivir en paz. Es un fenómeno muy estudiado en antropología en cabeza de Levi Strauss y recientemente por Heritier, información que puede ampliarse en la siguiente publicación de Françoise Héritier titulada en link El incesto y la Violencia.


En esta conciencia de sí mismo, en esta capacidad de crear símbolos, los seres humanos han manifestado desde los tiempos más remotos miedos, angustias existenciales por saber qué pasa después de la muerte. Tan bien han vivido en carne propia el sufrimiento con pandemias y enfermedades que amenazan su propia vida. Recordemos que se tiene por cierto que los humanos son la única especie que tienen conciencia de su propia muerte, saben que van a morir, que el tiempo transcurre y por eso se apuran a dar cuerda a su propio reloj.


Más allá de elucubraciones abstractas, queremos evidenciar en lo concreto cómo el espíritu es la misma materia y a la inversa, la materia es la concreción del espíritu, lo que hacemos está impregnado de nosotros mismos, en la obra se puede rastrear al artesano que la construyó, y más allá, a la cultura de dónde proviene. El espíritu, la simbolización, el lenguaje, el verbo se hace carne, se vuelve materia. 


Son ejemplos concretos de la configuración espiritual del territorio, el trazo de los caminos que permiten que las personas vayan de un lado para otro, por acá y no por allá, para los intercambios que le permiten sobrevivir: llevar los productos al mercado y a su vez proveerse de otros que necesitan. Los caminos, las carreteras son trazos que van configurando el territorio privilegiando unos sitios con su paso obligado, y a su vez en dónde se estacionan, encontrarán lugares para tomarse alguna hidratación, dónde descansar y dar solaz a sus cuerpos, algo de diversión no está mal para liberar tensiones, preocupaciones acumuladas, unas cuantas copas de licor y algo de música ayudan a olvidar las penas por un buen rato, en todo caso ayudan a renovarse, a tomar nuevo aliento, a tomar fuerzas para persistir con la subsistencia. 


También se tienen caminos o carreteras muertas y con ellas los propios lugares mueren con sus comunidades, la razón: han encontrado mejores atajos para un mejor costo y beneficio. Un camino que pasa por acá y no por allá, una placa deportiva, un templo para rendir tributos a sus dioses, una cantina para el desfogue, un club para hablar con los amigos de las cosas que son comunes y compartir quizá las mismas preocupaciones, ayudan a aliviar en algo los males que agobian. El tipo de tiendas, de negocios también hablan de lo que una comunidad es, a qué se dedica. Si es un pueblo pobre pero abundan las estaciones de combustible, lo más explicable son los renglones económicos los que demandan estos servicios, por ejemplo, dónde hay minería y cultivos de coca, allí se requiere mucho de ese combustible. Otro tanto se explica que en los lugares mineros el licor y la prostitución responden a la dureza del trabajo del minero, tanto trabajo duro encuentra su liberación en los bacanales en los que cada quien se olvida de sí mismo mientras dura la traba, mientras pasa el fiestón. Por lo demás, la diversión, el sexo pasa por el disfrute comunes a las especies vivientes, ello explica que más de la mitad de las visitas en internet son de pornografía, no es un secreto, los negocios se develan por lo jugosos que resultan.


Curiosa esa cosa del espíritu. Y más aún cuando se habla de su configuración. ¿Atrevimiento? ¿Osadía? No de sabe. Desde que se sabe del bípedo humano, se habla de ello época tras época, los griegos recomendaban una dietética espiritual, los miedos, las angustias a lo desconocido y el sufrimiento alentaban a ello. Cuando la ciencia empezó a explicar los misterios desconocidos, las fuerzas que parecían sobrenaturales, cuando los experimentos prometían remediar los sufrimientos, los dolores y enfermedades, iban dando cura a estos males. Entonces, sobre todo en ésta, nuestra época gloriosa en la técnica, se pasa a otros problemas. Ciertos fármacos, no sin afán bursátil, prometen con sus menjurges, eterna juventud. Y los más extravagantes, los ricos y famosos, apuestan a la vida eterna. Si la materia, dicen los prometeicos, no tiene principio ni fin, incluso si existen bacterias que han vivido siglos de los siglos como esa denominada elefante, encontrada en fósiles desde el principio de la vida sobre la tierra, si se le ha encontrado congelada... ¿por qué no intentar descubrir el principio de persistencia eterna de vida para los humanos? Más allá de las especulaciones y vanidades de estas celebridades de farándula, lo que sí puede verse detrás de todo ello es el gran negocio de los fármacos. Quien no quiere ver su piel y su cuerpo joven que desafía el paso del tiempo, quien al menos que esté en esa lógica de despreciar la humillación de envejecer quiere probar unturas y brebajes?


En suma, somos hijos de nuestro tiempo, de las configuraciones existenciales, culturales, se echan a rodar matrices explicativas que derivan estás o aquellas creencias, como esa del patriarcado, que dió por sentado la predominancia del género macho sobre la hembra, y así suele pasar con muchas creencias que se dan por sentadas que existen de una vez y para siempre, sin percartarse de las formaciones de esas capas simbólicas, de esas configuraciones materiales y espirituales que cada sociedad hace en un momento histórico.


Develar, desentrañar estas lógicas, estás capas culturales y simbólicas pueden ayudan a equilibrar en algo la balanza de la dignidad y respeto por todo ser viviente. Por ejemplo, saber que el género masculino y femenino es una construcción social, ayuda a aliviar poco a poco el sometimiento en el que han estado las mujeres en muchas sociedades. Son matrices explicativas que ayudan a entender, a construir y vivir un mundo en toda su diversidad y en todos sus devenires.


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El incesto y la violencia

 El incesto y la violencia luego de F. Héritier

Françoise Héritier, antropóloga, directora de estudios en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, fue profesora honoraria del Collège de France, donde sucedió a Claude Lévi-Strauss en la cátedra de antropología y dirigió el Laboratoire d’anthropologie sociale.

Françoise Héritier.  Les Deux sœurs et leur mère. Anthropologie de l’inceste.  Paris: Odile Jacob, 1994.  Las Dos hermanas y su madre. Anthropología del incesto.

Una madre y su hija, o también dos hermanas, ¿pueden compartir el mismo hombre?  Al lado de las relaciones entre padre e hija, entre madre e hijo, entre hermanos y hermanas, existe un incesto de «segundo tipo» qui concierne en particuliar a los consanguineos del mismo sexo que comparten un mismo compañero(a).

¿Por qué este tipo de relaciones se va a considerar como tabú?  El análisis de las razones qui explican esta prohibición conduce a una nueva teoría del incesto en général. *


Del incesto. Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión. 1995. ISBN 950-602-326-3.

Realizó dos seminario sobre la Violencia en los que participaron Jackie Assayag, Henri Atlan, Florence Burgat, Philippe Descola, Michael Houseman, David Le Breton, Pierre Pachet, Angela Procoli, Lucien Scubla, Jacques Semelin, Jean-Pierre Winter, Margarita Xanthakou.

Séminaire de Françoise Héritier. De la violence I, Odile Jacob, 1996. 

• ¿Cómo se pone la violencia al servicio de la religión?  ¿Qué uso político se puede hacer de la crueldad?  ¿Por cuales sesgos las lógicas de odio conducen a masacres de poblaciones enteras?  Tales fueron algunas de las preguntas que Françoise Héritier y sus inviteados se plantearon en 1995, en el curso del seminario que ella anima en el Collège de France.  A través de las reflexiones sobre la situación en Colombia, la depuración étnica en la ex-Yugoeslavia, el genocidio de los rwandeses tutsi, pero también la Biblia, el derecho musulmán, la medicina, el poder...  Este libro privilegia un enfoque pluridisciplinario para tratar de circunscribir y de comprender un fenómeno que a veces hace bascular sociedades en la locura destructora.

Séminaire de Françoise Héritier. De la violence II, Odile Jacob, 1999. 

• ¿Es el sacrificio un asesinato?  ¿Para qué sirve el dolor infligido?  ¿Cuáles son los límites del pacifismo y de la no-violencia?  Estas son algunas de las cuestiones que plantea este libro a través de las reflexiones sobre la tortura política, las ejecuciones públicas, pero también el estatus del animal, el sacrificio de sí o de los otros, la vendetta y el chivo expiatorio, el odio en bandas organizadas.  Es la génesis de la intolerancia violenta la que trata de describir, para servir de previo a una ética universal.

¿Cómo fue que en su vida privada o profesional terminó sensibilizada por la no violencia?

En 1995, organicé en el Collège de France un seminario público sobre la violencia.  Tomé consciencia que para ser eficiente la violencia debe dirigirse a un público.  Es lo que llamo «el teatro de la crueldad».  Ya se trate de la tortura o de la violencia insurreccional, ella se ejerce con la idea de que hay un público para verla y para darle un sentido.  Me propuse entonces que se podía utilizar ese mismo teatro de la crueldad, para voltear allí esa fuerza, para realizar la acción no-violenta.  Ante un amplio público, el más amplio posible, en aquella ágora donde se ejerce habitual y frecuentemente la crueldad, la no-violencia encontrará su sentido con una eficacia decuplicada.

¿Qué hay de la violencia ejercida en el dominio privado?

Desde un punto de vista personal y en mi trabajo, me intereso más particularmente en la violencia que se ejerce contra las mujeres.  En el marco de la guerra, la violencia se ejerce de la maniera más insidiosa a través de los cuerpos de las mujeres.  Se lo ha podido ver en numerosas ocasiones, en la guerra de España, en la ex-Yugoeslavia o en África: el cuerpo de la mujer es considerado como un territorio del enemigo, por conquistar.  En la India, se han visto ejemplos en los que incluso se ha vuelto un lugar de inscripción viviente, en sentido literal.

Ahora bien, la violencia contra las mujeres es subestimada.  He podido así notar en Masculino/Femenino que en España hay más mujeres asesinadas por sus maridos que los muertos debidos a la acción de ETA.  Los mass-media y la opinión pública sólo hablan o no se escucha hablar sino ¡de los segundos!  Esta violencia no es tratada o designada como un problema político pues se inscribe en un modelo arcaico de dominación, sellado en nuestros espíritus.

¿Cómo romper ese modelo?

Por supuesto que tiene que ser con la educación.  Y desarrollando para ello y poniendo en funcionamiento método de acción no-violentas.  El «boycott publicitario» contra la utilización sistemática del cuerpo de la mujer como objeto, es un ejemplo concreto.  En el dominio privado, la primera respuesta no-violenta que se impone a la violencia conyugal, es ante todo la huida.  En este dominio existen comisarías a las cuales presentarse a denunciar; y si ellas hacen un trabajo importante, no podemos olvidar que existe siempre una víctima y un victimario.  La no-violencia tiene por objetio sacar al individuo del estado de torpor, mezcla de sorpresa y de terror, en el que la violencia lo fija.

(...)

Preguntas formuladas por Anne-Isabelle Legeay.

 

Françoise Héritier.  Masculin/Féminin. La Pensée de la différence (Paris, ed. Odile Jacob, 1996).  Masculino, femenino I, el pensamiento de la diferencia.  Barcelona: Ariel, 1996.


Chicas y muchachos.  Mujeres y hombres.  Si la diferencia de los cuerpos es bien visible, ninguna sociedad ha organizado a partir de esta diferencia el sistema de las relaciones humanas.  Pero sin embargo existe una especie de constante puesto que es casi siempre la dominación masculian la que se ha instituido.  ¿Por qué, cómo?  ¿Explica la diferencia de los sexos su desigualdad?

A partir de la evidencia histórica de Occidente y de datos etnográficos provenientes de diversas sociedades alrededor del mundo, Héritier observa que en todas las sociedades las mujeres se encuentran sometidas a la dominación de los hombres.  Lo que Héritier se propone en Masculino/femenino es observar los “resquicios y fallos” de los sistemas de representación de la oposición simbólica de los sexos para, a partir de ellos, emprender una labor reflexiva que le lleve a comprender mejor las “razones profundas” de la relación asimétrica entre hombres y mujeres.

La oposición entre género femenino y masculino es una categoría binaria, y como tal, los términos que la componen cargan implícitamente una valoración negativa o positiva. La conclusión a la que llega Héritier en su libro es que la valoración negativa es asignada en todas las sociedades a las mujeres (2002: 291).  Por ello, aunque en Occidente a partir de la década de 1960 las mujeres han venido ganando poder —no sólo en la arena política sino sobre sus propios cuerpos—, Héritier (2002: 298) insiste en que también pueden producirse y se han producido cambios en el sentido contrario, es decir, la reconstrucción de los ámbitos reservados masculinos.

El texto de Héritier está compuesto por doce capítulos.  Contiene un pequeño prólogo en el que la autora encuadra el contexto contemporáneo de las relaciones entre los sexos.  Al final incluye un apartado de conclusiones donde analiza ese mismo momento histórico a partir de las cuestiones teóricas y etnográficas plasmadas en el libro.

Los dos primeros capítulos se dedican al enfoque teórico de la valencia diferencial de los sexos y las aplicaciones de esto en el campo de la antropología del parentesco.  Los capítulos del III al VI hablan sobre los elementos sobre los que se monta la relación jerárquica de los sexos.  Los capítulos VII al X retratan representaciones culturales de lo masculino y lo femenino.  Los dos últimos capítulos abordan imágenes concebidas en el contexto de la modernidad occidental.


 Héritier, Françoise.  Masculin/Féminin II, Dissoudre la Hiérarchie, Paris: Odile Jacob, 2002.  Masculino / Femenino II : Disolver la jerarquía.  México: Fondo de Cultura económica.

Masculino/femenino II: disolver la jerarquía es la traducción al español de Masculin / féminin: dissoudre la hiérarchie, obra de Françoise Héritier.  Esta obra aborda la diferencia entre los géneros masculino y femenino, poniendo particular énfasis en las representaciones sobre las que se encuentra construida la relación y la universal subordinación de lo femenino a lo masculino.  A decir de la autora, Masculino/femenino II nace de la «insatisfacción» que le producía el argumento de Masculino/femenino I, de acuerdo con el cual la relación jerárquica entre los géneros es producto de una condición fisiológica y en un contexto histórico que sería demasiado complicado subvertir.  Así, Masculino/femenino II constituye una contribución a la discusión sobre las relaciones entre los géneros y hacia el establecimiento de relaciones más equitativas entre hombres y mujeres.

La obra continúa el trabajo que la autora comenzó con El pensamiento de la diferencia y profundiza el análisis de la relación masculino/femenino y los violentos efectos que un modo de dominación masculino impuesto como única voz, posible y legítima, para definir representaciones y asignar lugares, ha tenido sobre los cuerpos de las mujeres.  Las preguntas que se proponen están dirigidas a una genealogía de un sistema de jerarquía estructurado en la diferencia de sexos y hacia la investigación de los aspectos centrales que posibilitarían una transformación de este estado de cosas.  La autora propone un estudio a lo largo de la historia y de las culturas, desde un enfoque antropológico y político de los problemas fundamentales que hacen a esta cuestión: el afán de los hombres por el control de la fecundidad de las mujeres, la prostitución y las actividades domésticas, en desmedro de otras posiciones que las mujeres pueden ocupar; la utilización de los cuerpos y representaciones en los mensajes publicitarios.

En la introducción, intitulada «Lo femenino vivo», Héritier da cuenta de las insatisfacciones que le dejó la lectura en retrospectiva de su obra Masculino/femenino (1996). Básicamente se trata de dos asuntos. En primer lugar, porque el argumento de su obra anterior conduce a que la base de la jerarquía entre los géneros se encuentra en que las mujeres pierden sangre sin tener control sobre ella —la sangre de la menstruación—, mientras que los hombres pueden perderla y hacerla perder a otros individuos a voluntad —básicamente mediante la guerra—. De acuerdo con Masculino/femenino, estos dos hechos se convierten en símbolos a los que se atribuyen significados, pero la relación jerárquica entre ambos no es natural sino construida socialmente. En segundo lugar, Héritier dice que el panorama histórico presentado en su libro anterior es tan agobiante que difícilmente se podrían encontrar alternativas que conduzcan progresivamente a una mayor igualdad entre ambos géneros.

Una vez planteadas las motivaciones que la autora tuvo para emprender la escritura de este libro, se plantea unas preguntas acerca de la jerarquía masculino/femenino:

«¿Por qué razones la humanidad en su conjunto ha desarrollado sistemas de pensamiento que valorizan lo masculino y desvalorizan lo femenino, y traduce estos sistemas de pensamiento en acciones y situaciones concretas?  ¿Por qué la situación de las mujeres está minimizada, desvalorizada y oprimida de manera que puede denominarse universal, si el sexo femenino es una de las dos formas que revisten la humanidad y el sexo, y si, de hecho, su "inferioridad social" no es un dato biológicamente fundado?»

Héritier considera que la base objetiva e incontrovertible de los sistemas de clasificación la constituye la oposición entre lo idéntico y lo diferente. Sin embargo, es muy explícita en señalar que las relaciones jerárquicas entre las categorías de un sistema de clasificaciones no es natural, sino producto de la historia y de los procesos culturales y sociales.  En esto, Héritier se encuentra completamente de acuerdo con otros antropólogos estructuralistas, entre cuyos intereses se encuentran las operaciones simbólicas que conducen al establecimiento de categorías.  Considera que las representaciones sobre las que se sustenta la organización jerárquica del género tienen un origen arcaico, transhistórico, pero no imposible de erradicar o modificar; en contraste, asume que en tanto que el equilibrio es una noción abstracta que no nace de la naturaleza, las oposiciones binarias —que constituyen la estructura de pensamiento común a todas las sociedades— como la de género tienen en su origen un carácter desigual.

La valencia diferencial de los sexos —que es el valor simbólico que se asocia a la diferencia fisológica entre el cuerpo del hombre y el cuerpo de la mujer— se haya instalada en los fundamentos de los sistemas de parentesco que constituyen, de acuerdo con la teoría de la alianza, la base de la sociedad. Estos elementos suponen una organización jerárquica articulada en torno a lo anterior y lo posterior, donde lo primero tiene un valor superior y lo segundo un valor inferior.  Los sistemas de parentesco se construyen sobre la prohibición del incesto, que motiva el intercambio de las mujeres y su poder reproductor; aunque no hay nada natural en que el intercambio sea de mujeres y no de hombres. Esto es así por una apropiación simbólica por parte de los hombres de la capacidad de las mujeres para reproducir lo idéntico y lo diferente —para dar a luz mujeres y hombres—,lo que obliga a los primeros a pasar por el cuerpo de las segundas si quieren reproducirse.

«Para reproducirse como idéntico, el hombre está "obligado a pasar por el cuerpo de una mujer". No puede hacerlo por sí mismo. Esta incapacidad es la que asegura el destino de la humanidad femenina. Se notará al pasar que la humillación femenina no está relacionada con la envidia del pene, sino con el escándalo que implica que las mujeres conciban a sus propias hijas, mientras que los hombres no pueden concebir a sus hijos.»

De esta manera, la dominación masculina se basa en una representación muy arcaica de la mujer como reproductora de los hombres, y no como una persona en todo el sentido de la palabra. A lo largo de todos los capítulos del libro, Héritier va a mostrar evidencia de ello, y de cómo esta representación trasciende en la historia de la humanidad y de una sociedad a otra, incluso en la sociedad occidental contemporánea donde el parentesco ha perdido su papel como organizador de la sociedad. En consecuencia con lo anterior, Héritier considera que el derecho a la anticoncepción es una «palanca» que puede contribuir a romper la jerarquía, al poner completamente en manos de las mujeres la voluntad de ejercer la maternidad o no.

En 2003 recibió el premio Irène Joliot-Curie, en reconocimiento a la investigación científica realizada por mujeres.

Hommes, femmes, la construction de la différence. Paris, Le Pommier. 2005. ISBN 978-274-650-244-4.

 Muere Françoise Heritier la antropóloga que demostró que la violencia machista no tiene nada de natural

 


 24 de noviembre de 2017

Pablo Francescutti (Agencia SINC) “La humanidad es la especie más estúpida: es la única donde los machos matan a sus hembras”, dijo Françoise Heritier. Esta semana ha muerto la etnóloga francesa, que probó que la violencia de género no responde a ninguna ferocidad natural, sino a un exceso de cultura patriarcal.

Una intuición fundamental del antropólogo Claude Lévi-Strauss le llevó a basar en el intercambio de mujeres la teoría del parentesco que explicaba la sociabilidad humana. Lo respaldaba la práctica milenaria de las bandas paleolíticas, los asentamientos neolíticos y las primeras sociedades históricas. ¿Razones? La prohibición del incesto, que obligaba a los hombres a conseguir esposas fuera del grupo de parientes consanguíneos, y el apremio por aliarse con los pueblos vecinos para evitar la guerra de todos contra todos.

Las mujeres servían de moneda de cambio entre padres y hermanos de distintas tribus, que se asociaban al convertirse en suegros y cuñados. En resumidas cuentas: las mujeres fueron sometidas en beneficio de la supervivencia grupal y la cohesión social.

En Burkina Fasso se sumergió en la vida de los Samo, una etnia mandinga, para estudiar las relaciones de género y el incesto

¿Y por qué no ocurre al revés y no son las mujeres las que intercambian hombres?

Tal fue la pregunta que movió a la francesa Françoise Heritier a buscar una respuesta que la alejaría del estricto estructuralismo de su maestro. Y la buscó guiada por la hipótesis de que, para que dicho intercambio fuera aceptado, tenía que existir previamente una convicción común a ambos sexos de que las cosas debían ser así y que sus parientes masculinos actuaban correctamente.

Su pesquisa la llevó lejos de su patria, hasta Burkina Fasso, a sumergirse en la vida de los Samo, una etnia mandinga cuyo sistema de filiación estudió, en especial las relaciones de género y el incesto de segundo tipo –entre una madre y una hija con un mismo amante–. De formación geógrafa, gustaba contar que las fascinantes clases de Lévi-Strauss la decidieron a apuntarse a una expedición a Gabón que requería un geógrafo y, a falta de candidatos varones, la aceptaron.

Apoderarse de sus vientres

Con esos conocimientos y otros que fue adquiriendo con el correr de los estudios tejió una explicación de la universalidad de la subordinación femenina. La respuesta la encontró en la capacidad reproductiva de las mujeres; ellas pueden “producir” niñas y, sobre todo, ¡niños!

Ese gran don siempre asombró a los hombres, que han tratado de controlarlo desde la noche de los tiempos. Para apoderarse de sus vientres y su poder generador se convencieron a sí mismos de que eran ellos quienes introducían el principio sexualizante en la mujer. Aristóteles teorizó esa fantasía al afirmar que todo dependía del esperma.

Como Heritier explicó, a Levi-Strauss no le preocupaba la sumisión femenina sino el intercambio, las reglas estables que gobiernan el aparente desorden social y cultural. Y por eso le enmendó la plana a su concepción del incesto, demostrando que este no obedecía únicamente a las exigencias del intercambio, pues el tabú se impone incluso a los parientes políticos. Al fin y al cabo, ¿qué necesidad de intercambio obliga a vetar las relaciones de un hombre con su cuñada o su nuera?.

Fiel, sin embargo, a la lógica binaria a la que era tan adepto su maestro, postuló que la singular biología de los dos sexos ha sido la inspiración de todo un intrincado complejo de creencias sobre las identidades de los géneros. Y enseguida aclaró que “los dos sexos son diferentes, pero la naturaleza no dice nada en términos de jerarquía”, valores establecidos por una estructura de poder, el patriarcado.

¿Por qué es universal la subordinación femenina? La respuesta está en la capacidad reproductiva de las mujeres

La dominación masculina continúa

Como se encargó de recalcar, los últimos descubrimientos de la neurología niegan las diferencias sexuales en el funcionamiento y organización cerebral. Es el aprendizaje discriminatorio –las niñas con las muñecas, los niños con los caballitos– lo que promueve el desarrollo de conexiones sinápticas divergentes.

Conjeturaba que, en algún momento del Paleolítico medio, nuestros ancestros inventaron la prohibición del incesto, una de las mayores innovaciones de la especie, para salir del refugio precario de sus familias extensas. Superaron así el brete mortífero que los empujaba a guerrear sin fin con los vecinos para robarles esposas cuando su grupo endogámico no se las podía proporcionar.

“Hoy los hombres ya no intercambian mujeres”, reflexionaba [excepto en la prostitución, donde las mujeres siguen circulando en las redes de proxenetas, puntualizamos nosotros]. “Pero la dominación masculina existe igualmente. Es por eso que desarrollé la idea de que la diferencia sexual era una invariante todavía más fundamental que la necesidad del intercambio”.

Pero que la subordinación femenina sea universal no significa que tenga nada de natural, como tampoco lo tiene la igualmente extendida violencia machista. No existe un comportamiento semejante en la fauna, afirmaba categóricamente. Y aunque se intenta explicar la agresividad masculina como un vestigio bestial, una recaída en el animalismo, se trata de una explicación sin fundamento.

Ningún animal agrede a sus hembras

“Algunos animales matan a las crías de las hembras, pero solo para interrumpir la lactancia y volverlas sexualmente receptivas. Y si es cierto que a menudo los machos pelean entre ellos por la supremacía en una manada, jamás combaten ni matan a las hembras de su grupo”, decía Heritier en un artículo publicado en Science et Avenir. En síntesis: la violencia de género no responde a ninguna ferocidad natural, sino más bien a un exceso de cultura, de cultura patriarcal.

Los demás machos pelean entre ellos por la supremacía en una manada, pero jamás combaten ni matan a las hembras de su grupo

Titular de la cátedra de antropología del Colegio de Francia, un templo del saber señalado por su misoginia, a la que accedió por sus méritos y gracias al apoyo de Levi-Strauss, se distinguió además como divulgadora de las grandes aportaciones de la antropología en materia de género.

Socialista moderada, se mojó en los crispados debates que han dividido a Francia en las últimas décadas: defensora del matrimonio gay, del control de la natalidad y del derecho al aborto, se opuso con todas sus fuerzas al velo en las escuelas y a la adopción por parejas homosexuales.

Al final de su vida se aproximó a Lévi-Strauss en el pesimismo acerca del cambio de estructuras socioculturales que se le antojaban inmutables, como el reparto sexual del trabajo, el tabú del incesto y la valencia diferencial de los sexos, la raíz de las desigualdades jerárquicas. No creía que en un plazo cercano se pudiera llegar a la deseada igualdad entre hombres y mujeres.

La antropóloga que feminizó el estructuralismo murió el pasado 15 de noviembre en París, el día de su 85º cumpleaños.

Frases de Heritier que remueven la conciencia colectiva

“Decir que las mujeres tienen el derecho de venderse es enmascarar que los hombres tienen el derecho de comprarlas”

“Se dice que un hombre no puede casarse con tal o cual mujer. Pero jamás se ha dicho que una mujer no puede casarse con tal o cual hombre. De hecho, las mujeres nunca han sido sujeto de derecho con voz en los textos históricos”.

“Seguimos moviéndonos con patrones de conducta y pensamiento forjados en el Paleolítico Superior”

“La humanidad es la especie más estúpida: es la única donde los machos matan a sus hembras”

“No me intriga saber lo que ocurrirá después de mi muerte. Después de todo, nadie se plantea la cuestión de qué era antes de nacer”

* https://books.google.com.co/books?id=hgS_Un4ZHZkC&pg=PA373&lpg=PA373&dq=table+de+matières+de+les+deux+soeurs++et+leur+mère+de+F.+Heritier&source=bl&ots=6lwXhUVG7I&sig=ACfU3U1tcgZPnQJFKArY0_P8iNTglU-x_A&hl=es&sa=X&ved=2ahUKEwiC3Iep1JjzAhUNZzABHaOtA3AQ6AF6BAgXEAM#v=onepage&q=table%20de%20matières%20de%20les%20deux%20soeurs%20%20et%20leur%20mère%20de%20F.%20Heritier&f=false 


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