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Escritor sin Rostro

Por Mauricio Castaño H
Historiador
http://colombiakritica.blogspot.com/

El escritor no es un autor. La gloria y la vanidad es de quienes buscan el camino de la notoriedad, de quienes quieren salir una y otra vez en la televisión, en los medios masivos de comunicación. Lo importante es vender una determinada figura que luego será premiado con altos ranking de fama, de fans, y luego revertidas en sus cajas registradoras. La fama y el dinero es la finalidad del autor, de mostrarse, es un asunto de marketing publicitario, de mercadeo. 

No importa su libro, su obra en sí, interesa más vender su imagen. Incluso muchos buenos libros terminan en esa miserable dinámica, los comentaristas hablan del autor, de sus banalidades, de sus curiosidades de la vida privada más que de la obra, abortando a posibles buenos lectores. En fin, vale es la cursilería, el autor, la persona, su fama. Por ejemplo, muchos periodistas transcriben, escriben sus habladurías, ponen sobre el papel sus pendejadas de diario hablar, como el portero de los edificios que se creen los biógrafos más competentes de los residentes del edificio.

Un escritor es lo contrario, el deviene experiencias, sensaciones que se traducen en una obra determinada. Es más bien un medio que un fin en sí mismo, por eso es posible hacer la lectura de una obra escrita igual a como se escucha una pieza musical, para dejarse afectar, para experimentar las sensaciones que despiertan en uno. Por ello se habla del escritor sin rostro, pues cuenta más su obra, las experiencias que despierta en cada quien. 

Foucault definió del libro algo bien distinto a ello, es una caja de herramientas, se extrae lo que necesita para trabajar. Deleuze lo definió como un devenir o agenciamiento, algo que ocurre, un acontecimiento, su experimentación deviene algo inesperado, algo inédito, en el cual muchos tienen que tocar fondo en la droga, en el alcoholismo, Fitzgerald por ejemplo. En este sentido importa más la obra en sí que el escritor.

Un escritores un transgresor, revierte ordenes establecidos develando las miserias humanas, poniendo al descubierto las trampas de la cultura que a fuerza de rutina todo se nos vuelve normal, incluso aquello que amenaza con devastarnos. Por estar por fuera de los códigos de la cultura, fuera de la domesticidad social es que se dice que un escritor es quien inventa una lengua extranjera incluso en su propio idioma. En esa medida es un extranjero en su propio país, dibuja mapas, cartografías inéditas, intempestivas diría Nietzsche. 

Por eso poco importa ese ruido de fondo que no deja escuchar lo excelso de la música, cada vez que ocurre una fatalidad, la muerte incluso de un interesante escritor, nobel, etc, todos los medios salen en su alaraca a sacar partido de su vulgar negocio, olvidando que los verdaderos escritores no tienen rostro.


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Las Redes

Por Mauricio Castaño H
Historiador
http://colombiakritica.blogspot.com/

Somos los otros que hay en mí, como cuando se dice que uno nunca se suicida; que uno mata al otro que hay en mí. Una línea es una sucesión de puntos. Una Red es la sumatoria de los cruces de líneas, las uniones enriquecen por el intercambio de los flujos, los enlaces no son desgracia, ganamos en las uniones, uniéndonos, desposeyéndonos. “Es el aislamiento y la reclusión lo que matan” (Daniel Parrochia, 1993). El aislamiento nos mata. ¡Maldecimos a los anacoretas! Soy los otros que hay en mí, los que percibo y vivo según llegan a través de flujos de sentires, de mis sensaciones. La sociedad nos confecciona de acuerdo a los deseos y creencias. 

La voz del escritor, del artista, es el reflejo ampliado del mundo, de su mundo que le ha tocado vivir. Un escritor es una bomba a punto de estallar, una especie de guerrillero, de subversivo, alguien que con el grito quiere subvertir el orden, saturado de las mezclas de sensaciones, encuentra un propio lenguaje de imágenes y metáforas para develar ángeles y demonios, paraísos e infiernos. Uno pensaría que revierte la realidad, más bien la expresan. En un pasaje Dostoievski describía la mirada de un niño en la que se agitaba el mundo, el mundo de la desesperanza, de la guerra, de la miseria. 

O cuando Fernando Vallejo devela la mampara de los dirigentes asesinos, de los matones de esquina de barrio, de la sociedad hipócrita que peca, reza y empata, la que miente, roba, asesina, y luego va a ganar bendiciones del peor invento griego, del pastor, del cura, del que administra los pecados, de quien los lava a cambio de almas, de indulgencias.  Se dice del hombre institucional que es un pobre hombre carente de objetividad, la ha perdido porque fue, comprado, embriagado por el pedazo de poder que sus amos le concedieron. El hombre institucional es contrario al hombre libre, independiente, no comprometido por unos cuantos denarios, es el filósofo, es la pura máquina que anuncia los peligros en los que puede caer un individuo, una sociedad por sus miserables rutinas o por seguir a sus déspotas que amenazan con acabar todas las libertades. 

La sociedad moderna está hipertrofiada por la política, por aquello que algunos han llamado el hecho social total, por todo aquello que ha reducido nuestras vivencias, nuestras experiencias a simples lógicas duales, desconociendo la riqueza infinita de las redes que nos preceden, que nos definen. El político, a quién sólo interesa su enriquecimiento, el que con sus oficios legislativos favorece sus empresas privadas, o incluso peor, con su máscara ideológica empotra fascismos, maneras de pensar que él cree son las mejores, quien cree que en el autoritarismo está la mejor solución para imponer su razón que estima la más conveniente para su clan, país, el mundo. Hitler soñaba con la paz mundial, con su paz, con su lógica, con imponer lo que él pensaba era el mejor de los mundos posibles.

En suma, renegamos de todo autoritarismo, promulgamos las diferencias, las autonomías, nos sentimos guerrilleros, esto es, el hombre no institucionalizado, el hombre no comprado por unas miserables monedas, nos sentimos desobedientes del orden establecido que amenaza uniformidad, con imponer sus razones, sus totalitarismos, sus fascismos, los que invitan a otros a morir por causas irrespetuosas, innobles. La diversidad conviene, es saludable, nos expresa en nuestra esencia diferencial. Por eso alentamos a todo lo que lo reivindica, a los buenos escritores, pintores, músicos, luchadores sociales, a todos aquellos que prefieren la cercanía de los otros, a los que disfrutan los enlazamientos, el calor de aquellos que me reafirman en la diferencia, los que cuestionan las trampas de la fe, de los atajos facilistas que conducen a los precipicios de muerte.


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