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Las Fiestas

Otras fiestas distintas a las mías

Festivales, rituales religiosos, manifestaciones populares…  En los cuatro rincones del planeta, los hombres cantan y bailan para celebrar los muertos, las divinidades, sus orígenes.  Hundida en el imaginario del Japón, de Nueva-Guinea & de Uruguay.

Japón

Mary Picone.  “En el ‘festival del hombre desnudo’, los hombres gastan su energía para alejar el mal”.

«Las fiestas en el Japón son muy numerosas.  Una de las razones de tal vivacidad tiene que ver con la inmensa cantidad de divinidades presentes en el imaginario japonés.  Esos kami, esos espíritus, serían muchos millones.  En la tradición llamada animista del shintô, se celebra la lluvia, el trueno, la luna, el sol, algunas montañas, dragones que salen del agua, entidades que toman formas naturales, y los ancestros por supuesto.  La fiesta de Gion en Kyôto, bién conocida por los turistas, reúne por ejemplo centenares de miles de personas. Desfilan carrozas adornadas con tejidos bordados, músicos que interpretan aires antiguos y, a lo largo del trayecto, las casas tradicionales exponen los tesoros de familia a los paseantes.
    
Al comienzo no era una manifestación muy positiva.  Se trataba de quitarle a la divinidad encolerizada, su capacidad de daño.  Frecuentemente, en esas fiestas llamadas matsuri, las diversiones son procedimientos de conciliación con los kami, maneras de divertirlos para que ellos sean benévolos, para que aseguren las cosechas y la salud de la familia.  Todo esto es temporal y debe pues ser reiterado cada año. La idea de repetición es un motivo esencial de la religiosidad japonesa.

En la actualidad, la sacralidad de las fiestas con frecuencia se ha atenuado.  Ir al templo se ha vuelto algo más cultural que religioso, una costumbre más que un acto de fe.  Por lo demás aparecen regularmente nuevas manifestaciones. Por ejemplo, el festival yosakoï, literalmente “viene la noche”, nació en los años 1950 y él enjambra en el mundo.  Retoma las costrumbres y los ritos campesinos, en grandes bailes colectivos al son del tambor, en un espíritu comunitario.  Se hacen cosas nuevas con lo viejo.

Pongamos otro ejemplo: en la época de Edo [h. 1600-1868], los bomberos se enfundaban especies de kimonos cortados y se exhibían en ejercicios difíciles para testimoniar de su virilidad.  Fiestas hay que retoman este principio de ordalía, de ponerse a prueba. El hadaka matsuri, el “festival del hombre desnudo”, es de ahora en adelante más bien una diversión.
Se desarrolla en invierno.  Muchos miles de hombres semi-desnudos, vestidos con el simple fundoshi, se reúnen en torno a un templo budista.  A media noche, cuando la noche se ha hecho profunda, los sacerdotes les lanzan talismanes a la multitud.  Los hombres se estrujan para recuperarlos y poner a la suerte de su lado por un año. Se atropellan empujados por el alcohol y pueden llegar a hacerse mal por conservar su trofeo y plantarlo simbólicamente en una caja llena de arroz.  Hay heridos. La violencia hace parte de la fiesta. Ocasiona gastos efectivos e improductivos de energía, incluso si este gasto permanece codificado y con un objetifo: alejar el mal. Antaño, los participantes podían tratar
   
de tocar a un hombre designado para ser el Shin-Otoko, una especie de chivo expiatorio para absorber todos los males, atravesando la muchedumbre antes de ser perseguido.  En la actualidad esta figura existe todavía, pero se trata ahora más bien de un honor, que reconoce su supuesta capacidad para absorber los pecados y para difundir por el contrario felicidad.
       
La desnudez y la aspersión de “agüita” <pa mi gente>, participan de rituales de purificación que alejarían la mala fortuna».

Papuasia-Nueva-Guinea
Steven Feld. “El gisalo de los bosavi celebra las relaciones entre los mundos material, espiritual y el de los pájaros”

«Durante estos últimos cuarenta años, frecuentemente he pasado con los bosavi, un pueblo que vive en la selva tropical de las altas mesetas de Nueva Guinea.  Uno de los momentos importantes de la vida social de los bosavi es la ceremonia del gisalo.  Como nuestras fiestas, ella tiene por motivo centrral las relaciones; pero el paralelo no va más allá pues el gisalo es la ocasión de celebrar las relaciones entre el mundo material, espiritual y el de los pájaros.

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En estas ceremonias se encuentran dos grupos, uno que ofrece la hospitalidad, el otro que es invitado.  Se trata pues primero de rendir homenaje a las relaciones concretas entre las dos comunidades, que por lo demás se refuerzan con la realización de matrimonios y de numerosas formas de intercambio.  En la fiesta del gisalo, también se rinde un homenaje a los muertos recientes de las dos comunidades; se comparte la aflicción del duelo.  La ceremonia propiamente dicha está precedida por una tarde consagrada al maquillaje y a la preparación de los vestidos.

El gisalo propiamente hablando comienza a la caída de la tarde.  La ceremonia se lleva a cabo en una casa redonda muy grande en la que pueden caber hasta doscientas personas.  En el centro del círculo, los bailarines hacen su aparición. Están disfrazados de pájaros y de caídas de agua.  Efectúan movimientos de aves e imitan los cantos de los pájaros canores; los banderines cosidos a los vestidos evocan el sonido del agua.  Es muy sinestésico; esas danzas reconstituyen el mundo de la selva. Uno tras otro, a lo largo de una celebración que dura toda la noche, cada uno de los bailarines se pone a cantar, en puntos particulares del recinto.  Los textos de tales cantos forman mapas. Se trata de una verdadera topografía poética. Es como si yo les contara, etapa por etapa, un viaje a partir de Santa Fe, ca, donde estoy en este momento, hasta Paris, donde están Uds., mencionando primero mi trayecto en avión de Santa Fe a San Francisco, luego de San Francisco a Ámsterdam, finalmente Ámsterdam a Paris.  Pero las etapas descritas por los cantantes bien pueden ser más numerosas. Los bosavi hacen referencia no a ciudades sino a lugares de la selva. Es algo muy preciso, pues en las mil canciones que he grabado desde que comencé este trabajo etnográfico, he podido establecer siete mil nombres de lugares. Por otra parte he usado expresamente la imagen del avión, porque los viajes que cuentan estas canciones son vistos desde el cielo, como por el ojo de un ave.  Los bosavi a veces son llamados como hombres-pajaros. En su lengua, el término para designar los cantos de pájaros es ane mama, en donde ane significa « lo que se va » y mama designa el eco, el reflejo, por ejemplo el reflejo de mi rostro en un espejo de agua.  Un ave no es solamente un animal concreto sino también un reflejo, la reverberación de un muerto.  Cada canto de ave que se escucha en la floresta es el eco de una antigua voz humana. En la filosofía occidental a veces de habla de ontología relacional, cuando se considera que una entidad no tiene ninguna propiedad por fuera de la relación que se mantiene con ella.  Los bosavi no han leído a Gilles Deleuze ni a Gregory Bateson, pero para ellos, los pájaros establecen relaciones entre los muertos y los vivos.  Devenir pájaro, es lo que acontece cuando Ud. muere. Será transformado. Pero su voz va a reverberar en la selva y será escuchada por los vivos.
Al final del gisalo, los espectadores lloran.  Esas lágrimas son una especie de contra-don, de reconocimiento con respecto a la experiencia vivida en el curso de la audición de esos cantos que mezclan palabras, onomatopeyas, imitación de las aves y de sus gritos.  Un contacto efímero y misterioso se establece así entre los vivos y los muertos. ¿Cómo explicar esto? Imaginen que nos encontramos por primera vez. Yo pronuncio el nombre de su padre. Ud. encuentra eso extrañísimo, inquietante, pero Ud. no sabe exactamente lo que esto significa.  Es esta misma inquietante extrañeza la que tiene el gisalo, y que conduce la emoción y las lágrimas».

Uruguay

Clara Biermann. “El candombe reafirma el lugar y la historia de los afrodescendientes”
« El candombe, un género musical y coreográfico afro-uruguayo, está articulado a una historia territorial e identitaria.  Todo el año, grupos de percusionistas de tambor salen a las calles de la capital, Montevideo, desfilando en líneas de cinco en fondo percusionistas, acompañados por centenares de participantes que marchan o que bailan a sus lados.  Antes de los años 1990, los tambores sólo se empleaban con ocasión de las fiestas nacionales, en la Navidad y en el día de Reyes, una fecha en la que se desenvolvían las procesiones de los africanos reducidos a la esclavitud durante la época colonial.

Al final de la dictadura, en 1985, la practica se desarrolló, y los uruguayos de todos los orígenes se pusieron a tocar, buscando una apropiación nacional.  De unos poco que eran, los grupos de candombe pasaron a un centenar, y su composición social cambió.  En la actualidad existen grupos en toda la ciudad, que resuena en los week-end con el estruendo de los tambores.  Las organizaciones políticas negras han aprovechado este afición para entablar una lucha contra las discriminaciones raciales, utilizando para ello el candombe como instrumento político.  Se han servido de esta práctica emblemática de la cultura afro-uruguaya para poner a la sociedad ante sus contradicciones: “Adoran los tambores, pero la situación de los negros no ha cambiado”.  Después, el candombe fue declarado Patrimonio nacional en 2006 y añadido a la lista del Patrimonio inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2009. 

A partir de esas salidas de tambores cada semana, los grupos se preparan igualmente para participar en el gran desfile anual, el Desfile de Llamadas, que se desenvuelve en los barrios históricos negros de la ciudad.  Los grupos desfilan por allí con trajes y representando personajes cuya traza se remonta al siglo XIX, y que constantemente son reinvestidos de nuevas significaciones.  Son tres esos personajes y se llaman el Escobero, que danza manejando con un habilidad un bastón, el Gramillero, hombre viejo vestido con un traje y una chistera, apoyándose en una caña y llevando una valija llena de hierbas medicinales, y la Mama Vieja, una mujer corpulenta y ya anciana, que agita un abanico.  Estos dos últimos representan cuerpos de trabajadores, pero también cuerpos atravesados de una gran fuerza y de sensualidad. Estos personajes que yo llamo “arquetipos prismáticos”, autorizasn una multiplicidad de interpretaciones. Cristalizan diferentes momentos de la historia de los afro-descendientes en Uruguay.  Pues la música y la danza no son lenguajes en sentido estricto; ellas ofrecen significaciones más densas que las del discurso.

Gramillero y Mama Vieja
Por ejemplo, los tamboreros, cuando pasan ante las ruinas de las casas de los barrios históricos negros, que fueron parcialmente destruidas en los años 1970, tocan con más fuerza.  Con este homenaje, reactivan la memoria de los afro-uruguayos, una memoria singular en el espacio nacional, que pasa por el cuerpo, la música y la actuación».

Tr. Luis Alfonso Paláu, Envigado, co; diciembre 26 de 2018
Editorial

Elogio del guayabo

Los inocentes hacen la fiesta y se imaginan que ellos no experimentarán sus secuelas, que se levantarán frescos como una lechuga, y dispuestos al día siguiente.  En su gran ingenuidad, ven el guayabo como una consecuencia desgraciada, negativa, del exceso.  Pero la experiencia enseña que, paradójicamente, es también la resaca la deseable en la borrachera.
El primer mérito que tiene es distanciarte de los capullos, de los celosos, de los empleados modelos.  No sé si lo habrás notado pero los arribistas son fáciles de reconocer: siempre están frescos y dispuestos a todo.  Ya a las 8 de la mañana se agitan. Lanzan frasecitas rápidas y llenas de humor, que señalan por su presencia de espíritu (si el término espíritu les conviene), que son aptos para aprovechar la menor oportunidad, como esos idiotas que atrapan moscas al vuelo.  Un buen guayabo te ahorra esas demostraciones insoportables de eficacia.

El segundo; el día siguiente de la rasca te desajusta, te inadapta, de tal manera que ves el mundo con las ventajas de la distancia tomada.  Incluso los gestos más evidentes, los más triviales –como lavarse los dientes o rasurarse– toman un relieve desacostumbrado.  No hay nada de maquínico en una mañana alterada por la bebida de la víspera, pero esta no es una mala noticia. Entre menos máquina seas, más humano te vuelves.
Y un logro no despreciable de la resaca es el familiarizarte con procesos de curación y de reeducación.  Es verdad que un tal beneficio, para ser recibido verdaderamente, necesita el hábito frecuente de llevar el casco a punto.  O por lo menos, estoy convencido que el hábito de remontar la pendiente de los terribles dolores de cabeza, del dolor generalizado por todo el cuerpo, y hacerlo en algunas horas, es una manera de reforzarse, una manera ejemplar de acostumbrarse al veneno.  El que se ha familiarizado con los días que siguen a la bebeta sabrá reactivar ese proceso en caso de gripa, de calambres, de accidente. Se vuelve excelente en accionar los resortes de la curación, algo que las gentes rebosantes de salud no saben hacer, esos que se rompen al menor golpe, como porcelanas.

Pero la gran ventaja del guayabo es del orden espiritual y creativo.  Al seguir a la euforia de la ebriedad, él abre a una melancolía más profunda, especie de pozo oscuro de donde se pueden extraer visiones e ideas nuevas.  Aquí hay que escuchar el consejo de un conocedor en la materia, el pintor Francis Bacon, que le decía en una entrevista a David Sylvester : «A menudo me gusta trabajar enguayabado porque mi espíritu crepita de energía y entonces puedo pensar muy claramente». Esto puede parecer contradictorio, pero el pensamiento que se despliega sin encontrar obstáculos es, en el mejor de los casos, calculador o lógico; construye edificios desencarnados, fríos.  Y no es así como funciona el espíritu artístico. Al contrario, éste necesita siempre según la expresión de Bacon, «desgarrar velos».  Demasiados estanco de tela nos separan del mundo, de los otros y de nosotros mismos.  Crear es rasgar esas separaciones. Un buen dolor de cabeza es una buena barrera interior; si el espíritu, esculcando en sus reservas secretas logra saltarlo, entonces una superación tiene lugar.

Se dice que el genio de Moisés legislador estuvo en haber instituido un día de reposo, desprovisto de servidumbres materiales, desinteresado, consagrado a la oración.  Pues que así sea. Pero si yo debiera grabar una nueva tabla de la ley, recomendaría un guayabo semanal.

Prescripción por cierto bien inútil, me dirán, puesto que si no está escrita en ninguna parte, sin embargo está aplicándose por todas partes.
Jefe de redacción
Cerveza IPA.  ¿de la amargura a la dulzura?

Este tipo de cerveza (que hay que consumir con moderación) habría acompañado a los conquistadores británicos por el mundo entero desde el siglo XVIII.  ¿Como explicar su éxito actual en todos los bares in de Occidente?

Mi maestro Georges Devereux acostumbraba citar el caso de una mujer estadounidense que él había tratado durante algunos años en psicoanálisis por su adicción alcohólica.  Su comportamiento cambiaba según lo que bebiera; cuando era champaña ella se volvía semi-mundana; con bourbon, ella se transformaba en Calamity Jane ; y si había tomado sus gin-tonics, despotricaba como una administradora de bar inglés.  En una sustancia activa, añadía él, hay mucho más que moléculas.  Allí se encuentran modelos sociales, divinidades y un llamado a la comunión.
¿Qué contiene la nueva cerveza que se ha vuelto furor hoy en los bares?  Antes de imponerse en Europa, y especialmente en Francia, había conquistado primero los EE. UU., y luego el Canadá.  Se la llamaba IPA, iniciales de India Pale Ale («cerveza rubia de la India»).  Para explicar su nombre, se cuenta que en el siglo XVIII, los ingleses, buscando una cerveza que no se corrompiera por los cuatro o cinco meses de travesía necesaria para alcanzar los lugares más recónditos de su imperio naciente, la cargaban de lúpulo de propiedades bactericidas.

Probablemente apócrifo, este relato ha sido el soporte de la verdadera invención de las IPA en los años 1970 en California, cervezas con mucho lúpulo, mucho más amargas que las cervezas habituales y que dejan en boca gustos sorprendentes a caramelo, mango, banano o a cítricos…  Estas cervezas emergieron por centenares y por fuera de los circuitos industriales, mezcladas por pequeños artesanos, a veces hasta por los consumidores mismos. Norteamérica le decía no a la banalidad de los pensamientos convenidos y a las cervezas de supermercado. Las nuevas cervezas acompañaban nuevas pertenencias, nuevas «tribus».  Hay pues residuos de rebelión en esas bonitas botellas oblongas marcadas con tres letras, un gustillo a beat generation.

Pero es sobre todo el tratamiento de la amargura el que las caracteriza.  Del latín amarus, «penoso», esta amargura produce espontáneamente las muecas del bebé.  ¿Pero estamos hablando sólo del gusto? No se sabe si la amargura sólo tiene que ver con los sentidos o si ella es también un sentimiento.  Esas cervezas contienen en verdad una doble proposición: la del primer encuentro, necesariamente de rechazo de la amargura, luego la del gusto azucarado que subsiste y se instala en el aturdimiento del alcohol.  Ellas prometen que tan pronto Ud. supere el choque de amargura, lo único que quedará en boca será el dulzor de las frutas tropicales. De este modo ellas vienen a sumarse a la moda del Spritz, ese célebre coctel italiano a base de Campari o de Aperol, o la reaparición de los Suze y otros vermouths.

Cervezas de los tiempos morosos que hacen pensar que el restablecimiento sobrevendrá de manera natural.  IPA consoladoras que prometen que a la amargura sucederá necesariamente el dulzor, convirtiendo en inútil la rebeldía contra los poderosos.  Se sitúan en las antípodas de la indignación de la feroz Naomi que acusaba a Dios de haberle quitado a su esposo y a sus dos hijos: «No me llaméis Naomi [nombre que significa en hebreo «mi dulzura»], llámame Mara [«la amarga»], pues el Todopoderoso me llenó de amargura» (extraído del libro de Ruth, 1:20).

Crónica de TOBIE NATHAN 
 Etnopsiquiatra y escritor / acaba de publicar L’Évangile selon Youri (Stock).
Última entrega del dossier dedicado a la fiesta del Philosophie magazine, nº 125, diciembre de 2018.  Tr. por L. A. Palau, Envigado, co; dic. 31 de 2018.


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Y ¿cómo festejan Uds.?

Y ¿cómo festejan Uds.?

Jefe de rédaction

Déc. 2018 / Jan. 2019

Recorrido de este dossier

☛ ¡Todas las culturas humanas, todo los grupos sociales hacen sus fiestas!  A través del mundo y de las épocas, esos momentos de exaltación adoptan mil y un rostros.  Sin embargo es posible descubrir cinco ingredientes presenten en todo agazajo exitoso. Comenzamos pues este dossier intentando sacar a luz las «estructuras elementales de la festividad».
☛ ¿Prefiere Ud. la improvisación o las veladas organizadas, a la buena de Dios o las mundanidades?  Acá traemos un test para conocer mejor al festivo que duerme en Ud.
☛ Artista burlesco, raver impenitente, música cadenciosa, aventurera de los partys o creadora de los nuevos salones de conversación; porque han hecho de la fiesta un modo de vida, nuestros cinco testigos entregan una bella materia para que la piense nuestro filósofo noctámbulo Michaël Fœssel.
☛ En otraparte, es decir por fuera del espacio occidental, las fiestas tienen otros envites sociales y metafísicos; por ejemplo el antropólogo Steven Feld nos permite descubrir el gisalo de los Bosavi, su colega Mary Picone, la fiesta de los hombres desnudos <Hadaka Masuri> de Okayama, Japón, y Clara Biermann, la salida de los tambores en Uruguay.
ARTÍCULO
Las estructuras elementales de la festividad

Pumm, champagne, ¡qué comience la fiesta!  ¿Imagina Ud. que es una ocupación frívola? No, para nada, es el momento en que Ud. puede liberarse de sus limitantes y explorar nuevos horizontes filosóficos.  ¡Sin olvidar reírse!!

«La exuberancia es belleza», escribe el poeta británico William Blake en el Matrimonio del cielo y del infierno (1790).  Una fórmula digna de iluminar nuestras fiestas.  En efecto, piénsese en las Saturnales de los romanos, o en el carnaval de Río, o en los picnics bajo los cerezos en flor en el Japón, o en la Pessah del judaísmo, en la Saint-Patrick de los irlandeses o en las fiestas de los pueblitos españoles, en el corrobori de los aborigènes de Australia, o en el baño de las reliquias reales de los sakalava de Madagascar, o en las recepciones mundanas del fauburg de Saint-Germain tan queridas por Marcel Proust, o en las veladas intercambistas descritas por Michel Houellebecq, o en los bailes de candil o en las techno partys… la fiesta se nos presenta como un universal: la encontramos en todas las épocas, en todos los lugares, atraviesa culturas y medios, calienta a los dominantes como a los dominados.  Es un hecho antropológico inevitable. Cada grupo humano tiene sus celebraciones, sus momentos de exuberancia y de loco despilfarro. Con esta extravagancia: una fiesta bien lograda debe ser una especie de boda del paraíso y del infierno, prodigar visiones luminosas de felicidad y atisbos de tinieblas, ofrecer cimas pero también vértigos.
Ante tanta universalidad, uno está tentado a tratar de abstraer las estructuras elementales de la festividad.  Para que haya fiesta, ¿habrá figuras inevitables que se requieran?  ¿Habrá ingredientes comunes a todos esos regocijos colectivos, más allá de sus aparentes diferencias?  Si la miramos de más cerca, la fiesta parece caracterizarse por la articulación de cinco elementos estructurales.

Elemento n° 1 / la temporalidad-agujero
Algunas fiestas son improvisadas, y a menudo son las más alegres; otras tienen su fecha precisa –como nochebuena, año viejo, la fiesta nacional o su cumpleaños.  Pero en los dos casos las fiestas cavan un hueco en el calendario. El tiempo convencional que miden nuestros relojes es a la vez lineal, continuo y homogéneo.  Hacer la fiesta es descubrir en una casilla de la agenda que uno creía banal, el acceso a un subterráneo, y descender a él. Una experiencia que condensa el magnífico título de una novela del británico Allan Sillitoe, Sábado por la noche, domingo por la mañana (1958) < http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/sabadonoche_domingomanana_boomeran2.pdf  >. En esa ¡se realiza una expedición!
De esta manera, el tiempo de la fiestá está roto, discontinuo, es heterogéneo con respecto al resto de la existencia.  Para hacer la fiesta, hay que dejar de preocuparse por el porvenir, sobre todo no pensar en el mañana. Pero también hacer tabla rasa del pasado; imposible llevar a ella consigo sus pesares y sus deseos de venganza.  El resentimiento tácito, el pasivo acumulado, hacen pesada a veces la noche vieja de familia, y se la tiran. Pues la fiesta nos exige entregarnos por entero a ella, ofrecernos a su presente que no fluye, que es estable.  Si por descuido, Ud. saca la cabeza por fuera del tiempo-hueco de la fiesta, si recupera la conciencia del tiempo social, se jodió, se lanzó por fuera de la nave de los locos. Cuando Ud. le echa una mirada al péndulo del bar, y Ud. dice: «recórcholis… ya las tres y cuarto de la mañana», la fiesta terminó para Ud.
El historiador de las religiones rumano Mircea Eliade subrayó claramente en Lo Sagrado y lo Profano (1956), esas propiedades específicas del tiempo de la fiesta: «podría decirse de él que no «transcurre», que no constituye una «duración» irreversible. Es un Tiempo ontológico por excelencia, «parmenídeo»: siempre igual a sí mismo, no cambia ni se agota.  En cada fiesta periódica se reencuentra el mismo Tiempo sagrado, el mismo que se había manifestado en la fiesta del año precedente o en la fiesta de hace un siglo: es el Tiempo creado y santificado por los dioses a raíz de sus gesta, que se reactualizan precisamente por la fiesta»  < https://antroporecursos.files.wordpress.com/2009/03/eliade-m-1957-lo-sagrado-y-lo-profano.pdf  >.
A los ojos de Eliade, el tiempo social –regular, previsible– es profano.  Pero el tiempo de la fiesta –irregular, imprevisible– pertenece a la dimensión de lo sagrado.  Se trata del tiempo original del que hablan los mitos, el que la fiesta reactiva. Incluso antes de la llegada de los dioses, según la Teogonía de Hesíodo, existía el caos.  Es este caos primitivo el que nos permite revisitar la fiesta.  Por esto ella está fuera de la Historia, ella nos transporta por así decirlo antes del tiempo humano.  Por eso también las verdaderas fiestas están a la vez espaciadas en el calendario (conservan así su carácter excepcional) y siempre son posibles, ellas se extraen de una fuente que podría secarse.

Elemento n° 2 / La ebriedad como medio
Existe cantidad de maneras de embriagarse: por medio de sustancias de venta libre –vino, cerveza, alcoholes fuertes, tabaco– o ilegales –cocaína, shit, ecstasys y drogas llamadas recreativas..  El transe a veces lo desata la danza y el canto.  O también, la ebriedad puede ser solamente sexual.  No importa; para hacer la fiesta se necesita encontrarse en un estado alterado de conciencia.  La especie de claridad fría y pragmática con la que consideramos ordinariamente las cosas, en ayunas, cede progresivamente su lugar a las alteraciones más o menos espectaculares del principio de realidad.  Los pensamientos pasan del gallo al asno, y son difractados por el libre juego de las sensaciones, de las emociones, de las pasiones. Sin embargo, la ebriedad no es la finalidad de la fiesta, ella es más bien el médium, el medio o también el catalizador.
En su obra culta Las Puertas de la perception (1954), el intelectual británico Aldous Huxley, gran explorador de los paraísos artificiales, destaca una función importante de los psicotropos: nos hacen salir de nuestro universo casa-fabricada.  Un concepto agradable que define así: «Mental y físicamente, el hombre es el habitante, durante la mayor parte de su vida, de un univeros puramente humano y, de alguna manera, “fabricado-sobre-medida”, cavado por él mismo en el inmenso y no-humano cosmos que lo rodea, y sin el cual ni ese universo, ni él mismo podrían existir.  Dentro de esta catacumba privada, edificamos para nosotros nuestro pequeño mundo». De hecho, esta tibia pecerita –la de la civilización técnica, de nuestras habitaciones cuidadosamente amobladas, de nuestros hábitos comportamentales y de nuestras rutinas de pensamiento– obedece poco o mucho a la misma lógica que el tiempo social.  Es convencional. Probablemente sea indispensable para nuestro bienestar. Pero se trata también de una simplificación, de una reducción más o menos deliberada del campo de experiencia. Estar sobrio es permanecer en ese universo doméstico debidamente balizado.  Embriagarse es abrir la puerta y mirar por fuera de casa.

Élemento n° 3 / la comunicación con otro mundo
Y precisamente, afuera ¿qué es lo que vemos?  ¡Otros mundos!  Esto es particularmente evidente en el caso de las fiestas religiosas, que se caracterizan en general por reactualizar un momento importante de la vida de un dios: las Saturnales celebraban un tiempo anterior a la fundación de Roma, en el que Saturno estaba afincado en el Lacio y gobernaba una comunidad que conoció una edad de oro; mientras que la Ascensión o la Asunción recuerdan los días en que, primero Jesús subió al cielo, y luego María fue asunta por los ángeles.  Es precisamente lo que subrayaba Mircea Eliade: en el tiempo de la fiesta se vuelven a revivir los gestos divinos, los que son reinyectados en la vida colectiva, sin nunca agotarse. Así es como Jesús renace todos los 25 de diciembre.
En otro orden de ideas, algunas fiestas menos religiosas que panteistas nos hacen abandonar el universo de “la tibia pecerita” para reanudar el contacto con las fuerzas cósmicas o las energías vitales presentes en la naturaleza.  En este sentido Friedrich Nietzsche, en su obra de juventud ardiente El Nacimiento de la tragedia (1872), interpreta las grandes celebraciones dionisíacas de la antigüedad, acompañadas de libaciones: «Bajo la magia de lo dionisíaco —escribe él: es decir del vino— no sólo se renueva la alianza entre los seres humanos; también la naturaleza que luego de serle ajena, hostil, o haberle estado subyugada, celebra su fiesta de reconciliación con su hijo perdido, el hombre» <Librodot.com. p. 7>.  También en nuestros días, las fiestas de vendimia o igualmente las batallas de flores <del carnaval de Barranquilla> son vestigios de esos encuentros paganos con la tierra nutricia.
Pero otras fiestas buscan ponernos en contacto con el mundo de los muertos…  La fiesta de Navidad no es en cualquier momento. Ella está cerca del solsticio de invierno, la noche más larga del año <en el hemisferio norte>.  Con la invasión de las tinieblas, una amenaza se cierne sobre los vivientes; no solamente la luz podría muy bien desaparecer para siempre, sino que los muertos bien podrían atormentarnos.  En un artículo aparecido en Les Temps modernes en 1952, «el Suplicio de Papá Noel » <México: Fondo de cultura económica, 2014>, el antropólogo Claude Lévi-Strauss propuso una lectura decapante de la moda occidental, tan popular, que consiste en ofrecer regalos a los niños en la mañana de Navidad.  De hecho se trataría de ofrendas. Y los niños estarían ocupando en este rito el lugar de los muertos. ¿Acaso nuestros descendientes no son los recipiendarios de las almas de nuestros ancestros? Esta función de Noel es aún más clara, subraya Lévi-Strauss, en los países anglo-sajones, pues el ciclo allí se completa; en el momento del equinoccio de otoño, con la fiesta de Halloween, los niños disfrazados de muertos-vivientes vienen a reclamar a los adultos lo que se les debe, y este período inquietante del año marcado por el alargamiento de las noches, llega a su fin en Navidad; y en ese momento, los muertos son atiborrados de presentes, con el objetivo de convencerlos de desaparecer hasta el año siguiente, y dejar a la primavera, y por tanto a la vida, que regrese al mundo.

Elemento n° 4 / la redistribución política
Las fiestas tienen tradicionalmente por función en los planos social y político, hacer llevadera la relación entre los dominantes y los dominados, ya sea aboliéndola simbólicamente (como en esos carnavales en los que se quema la efigie de un rey de paja <o como en aquella san Joan en la que vimos cómo los jóvenes anarquistas de Poble sec en Barcelona, quemaban los reyes tamaño natural de la baraja española>; ya sea ridiculizándola (como en las cencerradas de la Edad Media en las que se infundía la zozobra en torno a un matrimonio juzgado escandaloso, y que amenazaba la institución familiar), para no mencionar el caso de su inversión (como en las Saturnales romanas, en las que amos y esclavos intercambiaban sus roles toda una semana <tal es el sentido del fantasearse brasileño en el carnaval…>).
Si es tan difícil hacer una fiesta de empresa bien lograda, si las fiestas de año viejo son tan lúgubres entre tías y compañeros de trabajo —incluso a la tercera copa de champaña ya nadie se atreve a hacer una broma— es porque no se logra hacer abstracción de las relaciones jerárquicas y del organigrama de la sociedad.  Uno no se zafa. Nos espiamos recíprocamente. Nada más melancólico en el fondo que una falsa fiesta, en la que posamos de estarnos divirtiendo mientras que tenemos que continuar manteniendo la compostura; es pura y simplemente un mercado de tontos, pues el tiempo de la fiesta promete la igualdad.
En un ensayo de 1991 (trad. de Guadalupe Sordo, revisada por Alguien) que se vuelve rápidamente la biblia del movimiento squats de artistas, pero también de los rave partys, TAZ. Zona temporalmente autónoma, el pensador anarquista norteamericano Hakim Bey analiza el fracaso de todos los movimientos revolucionarios, que sólo echan por tierra un poder para establecer otro, a veces más feroz.  A pesar de esta constatación desilusionada, Bey regresa a la primera fiebre del proceso revolucionario que él considera como esencialmente festiva: «la revuelta es "temporal". En ese sentido una revuelta es como una "experiencia límite", lo contrario del estándar de la conciencia y experiencia "ordinaria". Como las fiestas, las revueltas no pueden ocurrir todos los días —de otra forma no serían "extraordinarias"—  Pero tales momentos le dan forma y sentido a la totalidad de una vida.»  < https://lahaine.org/pensamiento/bey_taz.pdf  p. 2 >
Y anota Bey que, cuando el mapa del mundo se cerró en 1899 (año a partir del cual no existe ya una sola tierra sobre el planisferio que no pertenezca a algún Estado-nación) y cuando el enmallado de los poderes no puede sino reforzarse por efecto de la tecnología, se ha vuelto muy poco probable lograr crear una otraparte, una utopía pirata, una ciudad ideal donde igualdad y libertad sean efectivas.  ¿Pero habrá que renunciar entonces a estos ideales revolucionarios? No, porque sigue siendo posible formar zonas temporales de autonomía, de concretar experiencias de anarquía efímera. Y las fiestas hacen parte. «La esencia de la fiesta es el cara a cara, el grupo de humanos que pone en común sus esfuerzos para realizar sus deseos, se trate de comida y bebida, baile, conversación o el arte de vivir; puede que incluso para el placer erótico, o para crear obras de arte colectivas, o para atraer la pura circulación de la alegría. En síntesis, la «unión de los egoístas» -en el sentido de Stirner- o acaso -en términos ahora de Kropotkin- una base biológica que conduce al “apoyo mutuo”.»  [Max Stirner (1806-1856) & Pierre Kropotkine (1842-1921) son dos teóricos del anarquismo].

Elemento n° 5 / el(los) rey(es) de la fiesta
Sin embargo, un último elemento viene quizás a contrariar esta utopía de la fiesta como laboratorio igualitario; incluso en el tiempo desajustado de los regocijos, algunos toman el ascendiente.  Son los reyes de la fiesta, el sacerdote que conduce la misa, el chamán en el rito iniciático, el DJ en la discoteca, a menudo secundados por ofiantes, niños del coro o bailarines entrenados, que ocupan un sitio importante en la ceremonia y son los garantes de su éxito.
Ud. está invitado a una velada en casa de unos amigos; aquello remolonea un poco en torno al buffet, las conversaciones se arrastran… cuando, de repente, dos personas se ponen a bailar y modifican la atmósfera, ayudando a los otros a desarrugar el alma.  Son indispensables, pues sin ellos tal vez no se presente el jaleo. Habrán reconocido a un rey y a una reina de la fiesta.  Sin embargo, su soberanía es inclusiva y no por encima de nadie, transgresiva y no normativa.  Ayudan a los otros a entrar en transe, a echar por la borda los códigos sociales habituales.  Estas soberanías son frecuentemente espontáneas, y tanto más misteriosas, como si algunos manifestasen un don oculto.  <Un don de gentes>. Un poco como lo que ocurre en la playa un 1º de julio; uno se sorprende de encontrar allí bañistas ya bronceados, con cuerpos perfectamente esculpidos por el nado, el beach-volley y el kitesurf, como si el resto del año no hubiera existido para ellos y que no hubieran abandonado el borde del mar desde el verano anterior, continuando en la diversión, holgazaneando y practicando los deportes náuticos.  A propósito de los reyes de la fiesta, se tiene la misma impresión… de que sólo viven de fiesta en parranda, y uno se pregunta qué bricolan el resto de la semana.  Su existencia testimonia simplemente que, cualesquiera sean las reglas del juego que se propongan, por desajustadas que parezcan… siempre aparecen como por arte de magia jugadores más hábiles que el común de los mortales.  Pues tal es la plasticidad creativa de nuestra humanidad, tan admirable que uno no podría dejar de brindar por ello.
Tomado de: Philosophie Magazine nº 125.  Diciembre de 2018

Tr. por Luis Alfonso Paláu, Envigado, día de la Inmaculada Concepción, 2018.


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